Valores estéticos: conquistas de la humanidad

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Mucho me temo que en la actualidad, tal expresión, “valor estético”, no es que esté en desuso, o mal empleada, sino que su sola escucha causa rechazo generalizado, incluso entre aquellos que en teoría trabajan con esos valores, que son sus primeros depositarios y preceptores, y que por tanto deberían ser los que mejor los conocieran, los que más los defendieran y los que más y con mayor vehemencia los divulgaran. Esos supuestos preceptores, los críticos y los analistas, los escritores y articulistas, ni siquiera se molestan en comentar los valores de una obra. No pueden o quizá simplemente no pueden. Han desertado.

Recuerdo cierto momento del programa “Qué grande es el cine”, presentado por Jose Luis Garci, en el que con motivo de la película Duel, de Steven Spielberg, todos lanzaban ideas que nada tenían que ver con la estética de la película, hasta que Juan Miguel Lamet (por cierto, profesor mío de guión hace unos cuantos años) les dijo que a ver si hablaban de una vez de cine, porque hasta ese momento no habían hablado del punto de vista, de la narrativa, de la forma en definitiva de la película. Y tenía mucha razón, y es exactamente lo que pasa en todo tipo de medios, ya sea televisivos, de radio o escritos, ni que decir tiene el basurero de internet en el que todo el mundo que no tiene nada mejor que hacer opina sin hablar de la narrativa. En lo personal, considero que Lamet era demasiado radical y purista (por tanto, muy limitado en lo que se refiere a sus percepciones estéticas), pero en cierta manera había él, sin proponérselo, diagnosticado el estado de las cosas. Y es que nadie habla de valores.

Que entre las personas de escasa o nula formación humanista, o incluso entre personas inteligentes e interesados en ciertas áreas del conocimiento y la expresión artística, la percepción de la mal llamada música clásica sea siempre la de “esa música aburrida”, o “esa música que me relaja”, o “esa música que me da sueño”, ya no puede sorprendernos porque llevamos mucho tiempo escuchándolo, pero que tales expresiones vengan de periodistas o de gente en teoría preparada para otro tipo de percepción, y nos la hagan llegar desde medios de comunicación, va a dejar de sorprendernos, porque es continuo. El espacio que dedica un informativo a las artes, incluso a las más populares como puede ser el caso del cine o las series de TV, es con suerte de unos pocos minutos, y muchas veces es inexistente. Por el contrario, todos los días nos llegan horas y horas de información deportiva, especialmente sobre fútbol. Este es el estado de cosas.

Sé, perfectamente, que si le hablo a cualquier persona con la que me encuentre, ya sea por la calle, o al amigo de un amigo, o en el trabajo, sobre “valores estéticos”, la reacción casi instintiva del sujeto que tenga delante, la reacción íntima y primera, va a ser de rechazo, de encontrarse frente a un pedante (o sea yo), de creer que le van a adoctrinar con ideas liberales o locas o poéticas que nada tienen que ver con su vida ni con sus necesidades, ni con su forma de ver el mundo, ni con su personalidad ni sus intereses ni sus gustos. Y todo en esta sociedad está programado para que esto suceda así, pese a que esa hipotética persona pueda “consumir” diariamente series de tv, novelas recién publicadas, películas, canciones del último disco de la estrella recién aparecida en los medios, videojuegos, alguna que otra exposición fotográfica, escultórica o pictórica, y puede que hasta documentales de la más diversa índole. Nada de todo eso, que él o ella quizá incluso compartan con sus amistades o que le nutran de alguna u otra manera, tiene en verdad para él o ella un valor estético. Y en el caso en que se lo señales con un puntero rojo, no lo verá.

En realidad, muy pocos llegan a saber lo que significa ese valor. Lo que supone ese valor. Y en esto incluyo a determinados novelistas, no pocos de entre ellos, cineastas, actores, músicos y pensadores. Si lo pensamos bien, la imprenta, los tipos móviles de Gutenberg, se han hecho realidad, por así decirlo, antes de ayer. En 1450, aproximadamente, es decir, hace dos días. Desde un punto de vista biológico o histórico, cinco siglos y pico representan un largo periodo de tiempo. Desde un punto de vista emocional, psicológico e intelectual, representan el lapso de un pestañeo. Que la imprenta comenzara a funcionar fue el verdadero primer paso de la humanidad hacia la conquista del futuro, de la esperanza de salir de las tinieblas de la ignorancia, el fanatismo, el terror y la superstición. Es decir, empezar a elevarse. Y de elevarse hablamos, porque en todo esto, por muy extraño que suene, hay algo espiritual, anímico.

Yo, por supuesto, hablo desde mi experiencia personal, que supongo que es lo único que puedo aportar a esta materia, además de mi bagaje intelectual, mis conocimientos y mi personalidad. Y estoy convencido de que no soy el único que, habiéndome embarcado en un viaje sin retorno hacia aquello que Thoreau denominó, con su maravillosa y libérrima voz, “el velo de lo sublime”, he comenzado a acceder a ámbitos restringidos a muchos otros. Y como, además, estoy totalmente de acuerdo con esa afirmación escrita por Junger y surgida quasi ex nihilo en su extraordinario Sobre los acantilados de mármol, “la palabra, la libertad y el espíritu son trinas y unas”, estoy dispuesto por mi parte a afirmar que quien en verdad se ha propuesto levantar ese “velo de lo sublime” sabe perfectamente de lo que estoy hablando, porque ha experimentado lo mismo que yo: una libertad del espíritu, una elevación, que es en verdad el objetivo último y más cabal de todo arte.

Ya decía Ingmar Bergman, en sus propias palabras, que el arte tiene sentido en cuanto habla de nuestra relación con Dios. Yo añadiría a esa idea: con Dios o con nuestro lado espiritual, con nuestra verdadera vida. Si con la imprenta comenzamos a andar, todo lo que hemos conseguido desde entonces, absolutamente todo lo que ha dado lugar a un avance científico y cultural sin precedentes en la historia de la humanidad, nos viene dado por esos valores estéticos a los que aludo una y otra vez. Esos valores, y no cualesquiera otros, como los capitalistas, los liberales, o los deportivos, o los morales, o los de superación personal…esos valores son los que conforman nuestra vida y nuestra forma de pensar, aunque ni siquiera seamos conscientes de ello.

No vamos al cine, o leemos un libro, para ser mejores personas, ni para ser más útiles a la sociedad, ni para madurar…para nada de eso. Tampoco para aprender o para comprender mejor el mundo. Vemos una buena película o leemos un buen libro y seguimos siendo las mismas personas. Pero el arte, en su más diáfana manifestación, nos da otras cosas. Y no se trata de entretenimiento ni de una falsa sensación de superioridad moral. El arte es un regalo forjado en el pasado y fructificado en el futuro. No es posible desentrañarlo ni descodificarlo. El arte es necesario, o en caso contrario no existiría. De él dependemos, y por eso lo creamos. El arte es un espejo no solo del mundo, sino de nosotros mismos. Es una vida no vivida, que percibimos como negación de la nuestra, porque en ella los valores son absolutos, y reflejan la endeblez de los nuestros. Es una purga, con la que exorcizamos fantasmas y demonios que existen en nuestro interior desde que salimos de los bosques, y quizá antes de emerger de ellos. Es nuestro lado animal y, al mismo tiempo, espiritual.

Lo sublime, en el arte, lo que posee unos valores estéticos rotundos y feroces y refinados, lo he encontrado yo en algunas obras maestras cuya potencia, electricidad, me es imposible de describir, y que me han persuadido, en una desvelada intimidad de imágenes y conceptos que se funden entre sí de una forma que habría aprobado el Hesse de El juego de los abalorios, de que este mundo no es el único. En verdad, las obras maestras son como asomarse a un abismo, a una playa que a cada nuevo oleaje te renueva por dentro. Son la prueba viviente de que somos creadores de mundos. Y si somos creadores de mundos, podemos ser creadores, también, de este mundo, y somos responsables, por tanto, de hacerlo más libre, más hermoso y más esperanzador.