Condenados por una visión

Hace pocos días, gracias a la lectura de un libro absolutamente extraordinario, Retrato del artista adolescente de James Joyce, tuve acceso a lo que este singular, extraño y apasionado novelista considera la definición de artista:

«La voz del director que le excitaba desplegando ante él las orgullosas prerrogativas de la Iglesia y el misterio y el poder del estado sacerdotal, resonaba en vano en su memoria. Su alma no estaba allí para oírla y recibirla y comprendió que aquel discurso que había escuchado se le había ya convertido en una fábula vana y convencional. Nunca había él de ser el sacerdote que balancea el incensario ante el tabernáculo. Su destino era eludir todo orden, lo mismo el social que el religioso. La sabiduría del llamamiento del sacerdote no le había tocado en lo vivo. Estaba destinado a aprender su propia sabiduría aparte de los otros o a aprender la sabiduría de los otros por sí mismo, errando entre las asechanzas del mundo»

Otros muchos, antes y después que Joyce, intentaron hacer su propia definición del artista, y supongo que cualquiera de esas es tan válida como esta. Lo que me seduce de la definición de Joyce es la frase que nos dice que su destino era eludir todo orden, lo mismo el social que el religioso. Y aún más la frase de que estaba a destinado a aprender su propia sabiduría aparte de los otros. A mí sí me tocaron en lo vivo estas palabras de Joyce, porque en ellas me siento identificado y reconozco a los artistas a los que más admiro. Y creo, sinceramente, que son más necesarias (las palabras), o son más necesarios (los artistas), de lo que nunca creímos. Sí, el arte es completamente inútil. Precisamente por eso es necesario.

Para algunos, como me sucede a mí, la ventana que nos ayuda a respirar cuando el mundo, y eso sucede casi siempre, se vuelve irrespirable, cuando no encontramos salida, es la ventana de la fantasía. No existe otra. El mundo de la imaginación es el único en el que en verdad podemos y somos libres. Y los campeones de la imaginación, por tanto, son los campeones de la libertad. Quizá eso quería decir Wilde cuando dijo que «cualquiera puede hacer historia, pero sólo los grandes hombres pueden escribirla». Y quizá tenía razón el salvaje Bukowski cuando dijo que de todos los artistas, los más extraños, los más solitarios, los más singulares, son los escritores. Al escribir creamos el tiempo. Escribiendo participamos de la ola que carga en su cresta la espuma del presente. Un escritor es, ante todo, un tejedor de tiempo. Y, lamentablemente, cada vez más advenedizos, cada vez un mayor número de diletantes, decide no sólo escribir, sino que es aupado por las editoriales a los primeros puestos de venta.

Un verdadero novelista, créanme, no se dedica a vender su libro en los programas de televisión como un mono de feria. No se apunta a cualquier sarao para ganar amistades y notoriedad. No le interesa la fama ni el impacto mediático ni las modas. Y aunque evidentemente no le importaría ganar millones de euros con su trabajo, porque no vamos a ser hipócritas en eso, a un verdadero novelista, a un escritor de los pocos que hoy día andan por ahí, le es suficiente con ganar lo bastante con su trabajo para poder seguir haciéndolo. Nada más y nada menos. Porque para un escritor, para un novelista, no es un trabajo en realidad. Es una forma de vida. No escribe para ganar dinero, sino que quiere ganar dinero con lo que publica para poder escribir. Eso es así, y nunca ha sido de otra manera. Un escritor auténtico está condenado por su visión. Esa visión le entrega un mandato, el de ser creada, el de ser alumbrada por el creador. Y un verdadero creador, como si estuviera marcado por ese estigma, no tiene más remedio que darlo a conocer al mundo.

Lejos de mi ánimo querer decirle a la gente lo que debe leer. Pero he de decir que se me cae el alma al suelo observando lo que la gente paga con la mejor de sus intenciones, entregando el dinero que a todos nos cuesta mucho esfuerzo ganar, para poder llevarse ese libro y leérselo en su casa. En su mayor parte, no siempre (por fortuna), una literatura, si literatura se le puede llamar, de muy escaso valor e interés, que no le va a aportar nada. Tan solo un pasatiempos con el que, además, se va a engañar a sí mismo pensando que se está culturizando. Un mamotreto, porque la mayoría de estos «bestsellers» suelen ser mamotretos con una portada muy vistosa de colorines y diseño, ya sean extranjeros o españoles, con el que poder ocupar un poquito más la estantería, o con el que calzar una mesa. O con el que golpear a otro hasta matarle. Tanto da, porque es un producto de entretenimiento, nunca una obra cultural, creativa o artística. Y si lo que le pedimos a la literatura, convertida ya en este siglo que amenaza con ser aún más catastrófico, a todos los niveles, que el XX, es que los libros nos entretengan los fines de semana, cuando no tenemos otra cosa en qué ocuparnos, entonces no solamente le pedimos muy poco, sino que no la tenemos en verdadera estima, y tampoco a nosotros mismos.

Hay que ser honestos, valientes, y afrontar las cosas como son: lo friqui ha sustituido a la verdadera cultura, y lo ha hecho gracias a varios factores: un inabarcable diletantismo, una conversión de los valores estéticos y culturales por otros de mercado y de consumo rápido, un rápido crecimiento de un narcisismo vacuo que amenaza con arrasarlo todo, una desidia absoluta por parte de la crítica artística, que se ha dejado arrollar por la dictadura de la opinión y lo políticamente correcto. Ya no hay películas o libros arriesgados, ambiciosos. Algo en otros países, nada en España. La mayoría de escritores se contentan con publicar algún volumen de relatos más o menos amables e interesantes, o alguna novela corta e insustancial. Al menos les han publicado y con eso les vale. Ahora bien, la oferta de material para lo fandom es abrumador. Casi nada tiene hoy día un éxito notable que no provenga de los cómics, o de novela de fantasía medieval, o de space operas, o de ese magma recalcitrante que suponen las ficciones de los años ochenta, ya sean de la televisión o incluso de la serie B. Y mientras tanto, algunos artistas, los últimos verdaderos de todos ellos, siguen haciendo películas y siguen buscando quien les publique su libro.

Hace muchos años, cierto amigo que yo tenía me dijo que Matrix, una película que en su momento no me interesó nada, y que ahora me interesa todavía menos, era para él una maravilla, algo tan creativo y profundo como un cómic. Ni entonces ni ahora entendí el significado de tales palabras. Pero lo que me gustaría haberle dicho es que si es por leer un cómic, le echaría valor y me leería un cómic. Estoy seguro de que esa persona, por lo demás, cómics no había leído muchos. Más bien pocos o ninguno. Y yo, que siempre me he sentido un poco apartado de los gustos de la mayoría, sí veía que hasta cierto punto, durante muchos años, esa minoría de la que yo formaba parte seguía leyendo ciertos libros, viendo ciertas películas, ciertas obras mas minoritarias, más arriesgadas, noto que esa minoría ha desaparecido. O mejor dicho, la han hecho desaparecer. La cultura no interesa, sólo interesa la diversión, el entretenimiento, el negocio, el mercado. Cuando no importa lo inútil, y sólo importa lo útil, el dinero, una sociedad comienza a degradarse de forma invisible e irreversible.

Este año Black Panther, una superproducción de superhéroes, ha sido nominada a mejor película en los Óscar, cuyo premio máximo, el de mejor película, fue entregado el año pasado a un director tan poco estimulante como Guillermo del Toro, sin duda un tipo inteligente que sabe mucho de maquillaje o efectos especiales, pero que nunca ha destacado por la gracia en el narrar. Ahora mismo, consultando la lista de más vendidos que me ofrece una web de procedencia, como poco, dudosa, observo que están los siguientes títulos: La frontera, de Don Winslow, Yo Julia, de Santiago Posteguillo, Iki, de Mery Turiel, Reina Roja, de Juan Gómez Jurado, Tus pasos en la escalera, de Antonio Muñoz Molina, y Una historia de España, de Arturo Pérez-Reverte. Dudo que a ninguno de estos se le pudiera aplicar la definición que el gran Joyce hizo del artista, o bien la que yo he bosquejado en este artículo.

Arriesgo a decir algo como cierre. Todos los que compran y leen esas novelas, todos los que siguen a Pérez-Reverte, no leen. Es decir, no han leído a Joyce, Faulkner, Beckett, Mann, Yourcenar, Junger, McCarthy, Dostoievski, Flaubert. Y si han leído a estos autores, o a otros como Woolf, Musil, Hesse, Stendhal, Walter Benjamin, Bataille, Bulgakov, Solzhenitsyn, Calvino, Moravia, Böll…es imposible que puedan considerar a Reverte, a Almudena Grandes o a Juan Gómez Jurado como novelistas. No hacen lo mismo, no aspiran a lo mismo, no huele a lo mismo y no aporta lo mismo. Luego no es lo mismo. El otro día estuve viendo una conferencia de Reverte en la que hablaba de best sellers en general y de sus autores de siempre en particular. Es decir de Pierre Alexis Ponson du Terrail, de Morris West, de Tintín, de Fantomás, del prisionero de Zenda, y de best sellers americanos de los años treinta, cuarenta y cincuenta, es decir, de literatura barata que este autor reconoce que es lo que, junto con el cine, más le ha influido. Por lo menos en este caso, sufre un rapto de honestidad y reconoce lo que él es, además de un eterno aspirante a Dumas. Como a él, a la mayoría de escritores actuales les ha influido el cine americano, y no tendría nada de malo si hubieran sido verdaderos novelistas. Pero no son nada de eso, sólo mercaderes de drogas de diseño conocidas con el nombre de «grandes éxitos literarios».