Dirección de actores: The Fearless Vampire Killers, de Roman Polanski

Voy a intentar retomar el objetivo seminal de estas páginas, después de haber dejado por escrito mis ideas sobre el desastroso panorama editorial español, algo que he hecho en dos entradas ya, y que en un futuro abordaré de un modo, espero, más didáctico y menos luctuoso. Y voy a hacerlo hablando de un aspecto del cine que muy pocas veces se estudia o se analiza, aunque el objeto de estudio sea la carrera de un director, no digamos ya en suplementos de prensa o televisión.

La dirección de actores es uno de los dos o tres talentos o virtudes más importantes de todo gran cineasta que se precie. Incluso algunos con un gran talento visual adolecen (como es el caso de Brian De Palma), de una dirección de actores irregular o mecánica. Otros, como George Lucas, son directamente malos directores de actores. Y otros, como Julio Medem, ni siquiera saben lo que es un actor, ni el trabajo que desempeñan, ni tienen respeto por su función en una película. Pero no quiero disparar en todas direcciones sino centrarme en una película en concreto, y tras muchas dudas y deliberaciones me he decidido por comentar lo mejor que pueda el trabajo con los actores de Roman Polanski en la muy apreciable sátira, que linda de forma fascinante con la tragicomedia, El baile de los vampiros, cuyo título original era The Fearless Vampire Killers.

Como bien puede saber el lector de estas líneas, este largo (el cuarto de Polanski) es un acercamiento al mito vampírico en clave de humor no exento de momentos e imágenes inquietantes, cuyos protagonistas vienen a ser unos chiflados sosias de Albert Einstein (el profesor Abronsius, interpretado Jack MacGowran) y de Franz Kafka (su pupilo Alfred, al que da vida el mismo Polanski), probablemente la pareja de cazadores de vampiros más disparatada e inútil de la historia del cine y la literatura. Ambos, en su viaje a Transilvania, se hospedan en el hostal de Shagal (encarnado por Alphie Bass), un sinvergüenza que abusa de la atractiva criada de la casa (Fiona Lewis), fugándose cada noche de la cama de su oronda mujer (Jessie Robins), y con una bella hija llamada Sara (interpretada por Sharon Tate), que no tarda en ser raptada por el vampiro del castillo más cercano, el conde Von Krolock (Ferdy Mayne), cuyo hijo, también vampiro, Herbert (Iain Quarrier), casi un Oscar Wilde venido a menos, se sentirá atraído por Alfred. Ambos, padre e hijo, tienen a un sirviente deforme y casi mudo llamado Koukol (Terry Downes), una suerte de Igor chepudo y bestial.

Delicadeza y sagacidad

Bien. Se trata de nueve personajes, algunos por supuesto más centrales que otros, que en mi opinión están trazados con mano maestra por el genio de Polanski, uno de los directores de actores más hábiles y refinados del mundo (no me atrevo a decir quienes podrían ser los mejores de la historia, pero quizá Polanski se halle entre los más sagaces), y sobre los que resulta muy estimulante examinar el modo en que la estrategia narrativa del director funciona sobre ellos, tal cual fueran instrumentos musicales a la batuta de un director de orquesta capaz de demostrar su sapiencia y su delicadeza en cada mínimo detalle. Algunos quizá aleguen que al tratarse de una comedia disparatada, algo que a ratos es sin duda esta película, es más fácil trabajar con los actores, dado que han de ceñirse a roles muy específicos. Y nada más lejos de la verdad.

Porque el frágil equilibrio, entre comedia y terror, entre sátira y tragicomedia, que establece Polanski, se podría haber quebrado con un mínimo error o despiste por su parte, especialmente en la configuración de los personajes y en su trabajo con los actores, todos ellos en estado de gracia, tan imbuidos de sus caracteres que realmente parece que han nacido para hacer esta película. Es un placer infinito ver compartir escena a dos eminentes intérpretes como Jack MacGowran (Abronsius, inefable cazador de vampiros) y Ferdy Mayne (Von Krolock), en la que quizá sea mi secuencia favorita de la película: la llegada al castillo por parte de los dos cazadores. La cosa sucede de la siguiente manera: tras esquiar parte del camino nevado para ahorrar tiempo, y sin intercambiar palabra, los compañeros llegan a las murallas y tras algunos cómicos esfuerzos (como si estuviéramos viendo una película muda) consiguen trasponerlas, cruzan el cementerio, y se topan, más que encontrarle, con el sirviente Koukol, quien por el momento les encierra, y que después les lleva a conocer a Von Krolock…

…el vampiro, ahora con aspecto más  humano y al que adivinamos con interés momentáneo en mantener esa mascarada, al que al parecer han interrumpido en una partida de ajedrez consigo mismo y que a lo lejos les hace un lánguido gesto para que se acerquen. Lo hacen, y se inicia un delirante diálogo y una interacción física en la que ambos saben que el otro sabe quiénes son unos y quién es el otro, y qué es lo que la pareja ha ido a hacer al castillo (obviamente, rescatar a Sara y terminar con los vampiros), y es una excusa maravillosa para que Polanski despliegue todo su inmenso talento con los actores. El conde les pregunta cómo han ido a parar allí, y jamás hemos visto a dos peores mentirosos que Abronsius y Alfred. Abronsius toma la iniciativa, seguido muy torpemente por Alfred, y le explica al conde que están buscando, en pleno crudo invierno, un raro ejemplar de murciélago. Bien, ¿qué es lo que hace a esta secuencia tan especial y un verdadero delicatessen para los gustos más refinados? Pues todos los gestos, detalles, actitudes, réplicas ingeniosas, el diálogo brillantísimo y absurdo, la forma en que la cámara mima a los actores para que puedan desplegar todas sus artes. Ferdy Mayne, que por físico y apostura pareciera casi un Christoper Lee, pero mucho más aristocrático, sin su vena visceral, asombra por su buen gusto, sus maneras distinguidas, su aire lánguido, a la vez que su fina ironía…y en frente Jack MacGowran, dando un recital de histrionismo, afectadísimo, dándose aires de gran científico, mostrándose servil con el conde, tropezándose con su propio maletín, el cual acaba de dejar en el suelo… Ambos construyen una secuencia dividida en varias partes y que es un gran guiñol desde el principio hasta el final.

Huelga decir que secuencias así sólo pueden apreciarse en versión original. Por eso, cuando el conde, hierático, en clara oposición al histrionismo de McGowran, le enseña su biblioteca con esa frase “…my library…”, vemos la dirección de Polanski, lo mismo que cuando les lleva a sus habitaciones y, al ver que ambos cazadores, preocupados por dormir en dormitorios distintos, cuchichean por lo bajo, les suelta un muy irónico, casi cómico, a punto de romper su personaje pero incrustado en la estrategia narrativa de la secuencia, “…the rooms…comunicate…” (“las habitaciones se comunican”) vemos también a Polanski el director, perfectamente en sintonía con Ferdy Mayne. Eso sin olvidarnos del disparatado encuentro con el hijo del conde, que ya muestra atracción por Alfred. Tal secuencia, que dura unos diez o doce minutos, obtiene su respuesta narrativa con el segundo y definitivo diálogo entre Abronsius y el conde, ya con las cartas boca arriba, y en la que Ferdy Mayne / Von Krolock, sin salirse jamás de su personaje, está dirigido/interpretado de una forma bien distinta, mucho más triunfante, más cercano al Drácula de Lee, imbuido de su verdadera naturaleza, terminando en un primerísimo primer plano a contraluz, una imagen turbadora, en la que mira de lado a los protagonistas y les insta a “esperar su turno”.

Pero estos dos eminentes intérpretes tienen un duro competidor en la figura de Alfie Bass, un extraordinario actor que en el papel de Shagal, mucho más pequeño en comparación, amenaza incluso con superarles. Grotesco, risible, burlesco, su Yoine Shagal es un personaje fascinante, vicioso, nauseabundo y divertidísimo. Resulta una maravilla observar sus desproporcionadas reacciones a todo lo que sucede, y su negrísimo sentido del humor. No me cabe duda de que Bass y Polanski se lo pasaron en grande componiendo este personaje tan al límite y que ofrece un contrapunto tan brillante a ese duelo de gigantes entre Mayne y MacGowran.

He especificado los momentos quizá más complejos y fascinantes, pero hay docenas de detalles interesantísimos en todas las secuencias, empezando por el hecho de que si el lector se fija, en todas las secuencias en que hay más de un actor en el plano, cada uno de ellos va por libre, y a veces la mirada del espectador, con la atención puesta en el que está más cerca, se pierde la delirante torpeza o el gesto inesperado o la mirada cargada de intención de un personaje en segundo plano. No digamos ya en las secuencias en las que hay varios personajes en un solo plano, como el encuentro inicial con el hijo del conde, y las miradas, impagables, todas ellas dirigidas con mano maestra por el realizador, de todos los personajes, especialmente las de Mayne y MacGowran.

Todo esto demuestra la minuciosidad y la atención que presta, casi siempre, Polanski a sus actores y a los personajes, algo que, lamentablemente, no siempre, por no decir pocas veces, tiene lugar en el cine. Pero, y esto es algo que muy poca gente sabe, los actores son, junto con la composición del plano, lo único a lo que el director presta atención en el proceso de rodaje, y es responsabilidad de él que en efecto haya eso, una dirección, una guía, una partitura interna por la que todo se guíe, del mismo modo que es responsabilidad suya que la energía de los actores y de la cámara hablen un mismo idioma y hagan algo, que ocurra algo, realmente interesante en la pantalla. Y esto, en definitiva, es maestría narrativa, al alcance de muy pocos.

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