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¿De qué hablamos cuando hablamos de narrativa? ¿Qué es la narrativa? Desde un punto de vista estrictamente teórico, la narrativa es uno de los géneros de la literatura, acaso el más concurrido y quizá precisamente por ello quizá el más depauperado. Pero sin ser tan estrictos, narrativa también son el grueso de las películas (de cualquier extensión) que vemos todos los años, y también las ficciones televisivas, y la casi totalidad de la música que escuchamos. Y la narrativa es la verdadera razón de ser de estas páginas, de modo que es necesario que establezcamos términos. Y es que quizá valdría la pena decir que más que de narrativa, de lo que hablamos es de la narratología, la disciplina semiótica que se dedica al estudio estructural de los relatos. Es de eso, y no de otra cosa, de lo que se nutren, o de lo que habrían de nutrirse, todos los que quieren o aspiran a escribir sobre narrativa. Y es de eso de lo que algunos, como yo, nos encontramos permanentemente colgados, como si se tratara de una inefable hierba del diablo que nos tuviera consumidos los sentidos.

Ha dicho Francis Ford Coppola, en más de una ocasión, que el cine es una forma maravillosa de literatura. No debe sorprender a nadie tal idea viniendo de un profundo humanista como él, pero no sé si estoy muy de acuerdo con esa afirmación. Desde luego, Tarkovski no lo estaría. No estoy seguro en el caso de Bergman. Lo que parece absolutamente claro, y cada vez más, es que es imposible, tal como por desgracia hacen algunos, estudiar la historia del cine sin conocer la historia de la literatura, por lo menos de los dos últimos siglos, porque sea cierta o no la aseveración de mi admirado Coppola, el cine ha dependido en muy alto grado no solamente de las creaciones literarias más de moda (es decir, de sus temas y de sus ideas para nuevas historias), sino ante todo y sobre todo de sus formas narrativas. De tal forma que si el cine no hubiese nacido ya con un sentimiento de inferioridad tan marcado respecto a otras artes, si desde un principio sus creadores, que se acercaban a él por instinto, hubieran encontrado y potenciado lo que convirtiera al cine en un arte independiente, sin duda el cine hoy día sería algo muy diferente.

No creo que haya prueba mayor de esto el hecho de que, salvo contadas excepciones que también se dan en cualquiera de las bellas artes (y no creo que el cine sea una de ellas), los que más han cambiado la faz de las ficciones cinematográficas hayan sido grandes hombres de letras como Orson Welles, Ingmar Bergman y Francis Ford Coppola, los tres de muy sólida formación teatral y literaria, y que desde el principio comprendieron que para darle al cine el empujón que necesitaba, habían de impulsar sus márgenes narrativos, proponiendo y dando forma estructural, temporal, de representación, nítida y exclusivamente cinematográficas, por supuesto inspirados en conquistas literarias, pero mitigadas por lo que estos grandes genios comprendían que podía dar el cine. Por su parte, Welles, que pudo llevar a cabo el gran sueño de su vida con su obra maestra Campanadas a medianoche (Chimes at Midnight, 1966), empleó en su compleja estructura varias obras shakesperianas (Ricardo II, Enrique IV 1ª y 2ª parte, así como algunos diálogos y personajes de Las alegres comadres de Windsor), de modo que es difícil un precedente más literario, y sin embargo su genio visual creo una maravilla netamente cinematográfica.

¿Dónde empiezan y dónde terminan las formas narrativas de una u otra expresión artísticas, las novelas, los cuentos, los cómics, las películas o las series? ¿Es todo una amalgama de formas indivisibles e intercambiables entre sí? Yo no lo creo. Es deber del crítico comprender que no es así, y es una de las razones de que la mayoría de ellos fracasen estrepitosamente en su trabajo, pues incluso en el caso de un género tan específico como la novela, sus esfuerzos se vierten en comentar únicamente la peripecia que se nos cuenta. Y cuando advierten de la insoslayable decadencia de las formas narrativas de este siglo no saben por dónde empezar. Y es normal que así sea, cuando al parecer una película es un cómic en movimiento, un videojuego tiene el mismo calado que una película, y novelar es lo mismo que contar o referir. Si en verdad el videojuego es capaz de sustituir al cine, o por lo menos es su descendiente más directo, y parece obvio que el cine depende anémicamente de la literatura, sería lo mismo que decir que los videojuegos son una nueva forma de literatura, y estoy convencido de que Coppola no estaría tan de acuerdo con esa idea.

En lo único en que se pueden acercar es que, más o menos, todas ellas ejercen de vidas no vividas. Es decir, que proponen una vida ficticia que el lector/espectador/jugador puede experimentar como propia. Pero, si así fuera, se habría destruido el realismo que ha dotado a la literatura narrativa de las cumbres de inicios del siglo XX y al cine de las suyas de los años 60 y 70. Y eso significaría que los videojuegos son un residuo del cine, y que el cine lo es de la literatura. Ni más ni menos. Y vendría a ser así no por un imperativo de progreso estético, sino por meras necesidades sociológicas y culturales, que nada tienen que ver con los valores estético/narrativos de una época. Porque además, y que me perdonen todos los que se sienten colgados de los videojuegos, que llevan varias décadas luchando con denuedo (mejor sería que se luchara por otras cuestiones con el mismo denuedo) porque se les reconozca que su pasatiempo favorito es un arte a la altura del cine y la literatura, pero los videojuegos, más allá del diseño visual y sonoro, más allá de una historia…¿qué valores estético/narrativos contienen? Pues ninguno.

Al menos el cine sí tiene una semiótica, una narratología. Su estructura, en relación con lo que cuenta, su empleo del tiempo, la construcción de sus personajes, los significados que nacen entre la armónica relación de todos estos elementos, son valores narrativos puros, la mayoría de las veces deudoras de la literatura, pero sólidos y perdurables. En otras palabras: es posible analizar una película desde varios puntos de vista, se nos puede revelar el mundo interior de un/una cineasta, sus constantes, sus obsesiones, su particular visión del mundo y de la naturaleza humana, algo que es imposible en los videojuegos. No creo que sea necesario seguir. Y en cuanto a que los cómics son una forma de expresión muy cercana al cine, tampoco lo creo. Sí creo en lo que dijo Tarkovski de que todo arte tiene que encontrar su esencia. Y esto es porque un artista elige un soporte o es elegido por él, por una razón muy concreta, no casual, y muy pocos, contados con los dedos de una mano, han triunfado en más de uno.

Esta hierba que nos tiene sorbidas las neuronas a muchos, esta narratología o estudio y ensayo de las formas narrativas, que se metamorfosean y son siempre hijas de su tiempo, pero que pueden trascender a él, que en el caso de las bellas artes aspiran a comunicar una cualidad trascendental de la emoción, que son completamente inútiles desde un punto de vista social pero determinantes en nuestra vida privada, oculta, culta, secreta, sería algo parecido a lo que se refería Herman Hesse en El juego de los abalorios: un sistema de formas estéticas y narrativas escindido de la poesía pura y con el que se canalizan los temores, las pulsiones, los anhelos y las incertidumbres de la especie humana. Y que en cada una de sus manifestaciones (cuento, relato breve, novela corta, novela, teatro, película, cortometraje, serie TV) posee una especificidad propia, que se define a sí misma por el estado anímico, también específico, que crea en el receptor.

Estas formas no pueden ser aprendidas sin más leyendo muchas novelas o viendo muchas películas, por ejemplo. Hay que zambullirse en su estudio y, de alguna forma, hay que reconfigurar la mente para hablar en su mismo idioma, que es universal pero que no por ello es más accesible. Es necesario, por suerte o por desgracia, ser un espectador/lector cualificado para entenderlas y mucho más para escribir o vivir de ellas y por ellas. Por eso me sorprende que existan novelistas que no sean espectadores cualificados, iniciados, de cine, o que no tengan oído musical. Eso ya es un importante indicativo. Porque aunque cada forma de expresión narrativa tiene sus códigos, esos códigos se relacionan entre sí en literatura, cómic, cine y televisión. Opino que un verdadero creador, que tiene sorbidas las neuronas por la misma hierba que los que escribimos sobre ellos, bebe por igual de todas esas fuentes.

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