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Cuando yo era un chaval, hace ya unos cuantos años, ciertos nombres importantes de la historia de la literatura me intimidaban, tanto como la literatura misma. Y esa sensación nunca se pierde, por mucho que llega el momento que te enfrentas a esos grandes nombres históricos y tratas, como lector, de hacerlo lo mejor posible cuando eres más que consciente de tus limitaciones y de que, muchas veces, son obras escritas hace casi cien años, en el mismo momento en que la novela, como género, comenzaba a alcanzar algunas cumbres. Y ahora que he leído algunas cosas de Herman Hesse, de Thomas Mann… y también de otros como James Joyce, Virginia Woolf y Max Frisch, comprendo algo que me ha costado bastante saber que ya sospechaba: se trata de algunos de los hombres y mujeres más sabios del siglo XX. Quizá no fueran, en muchos casos, las “mejores” personas del mundo, pero sí existía en su interior el deseo de colaborar a crear un mundo más justo y más hermoso, y con eso es suficiente.

Pero también me he dado cuenta por mí mismo de algo que otros repiten y que hasta que no lo ves no puedes constatarlo por ti mismo: no es posible juzgar La montaña mágica o El juego de los abalorios, o el trabajo de Joyce, o de Woolf, con los cánones actuales, en el caso, bastante cuestionable, de que ahora mismo exista algún tipo de canon. Resulta hasta cómico imaginar lo que un consumidor de best-sellers podría pensar y hasta opinar de una obra maestra del calibre de La montaña mágica o de una obra tan compleja como El juego de los abalorios. Hay quien diría, incluso, que son creaciones que nada tienen que aportar al lector actual, y yo podría decir que no es cierto. Que si ese hipotético lector está dispuesto a leer un compendio de sabiduría, una narración radical que nada tiene que ver con los caminos trillados de la narrativa actual, debe acercarse a estos dos grandes nombres de la literatura centroeuropea de primera mitad de siglo, y quizá descubra lo que el género de la novela es capaz de albergar.

No cabe duda de que como debe suceder con La muerte de Virgilio, de Hermann Broch, o con La conciencia de Zeno, de Italo Svevo, en El juego de los abalorios no encontramos otra cosa que una coda, un resumen, a toda la labor creativa, a todas las inquietudes (que eran muchas), a un compendio del pensamiento y la filosofía del muy culto, humanista y atormentado escritor germano-suizo Herman Hesse. Y, como tal, no es una novela al uso. No dispone de una trama ni tiene como objetivo absorber al lector con una historia apasionante. Lo que busca es otra cosa: buscar la musicalidad de sus elementos y proponer un sistema de conocimiento que sume todas las artes y las ciencias. Por supuesto que en el libro el juego de los abalorios está tan solo sugerido, y que esta falsa utopía post-renacentista nace quebrada desde un principio, pero en el aprendizaje de este Magister Ludi (al igual que en el caso de Hans Castorp) no es tan importante lo que es como lo que podría llegar a ser, no se sacralizan las conquistas del presente sino que se buscan sin descanso soluciones para el futuro, y la densa prosa de Hesse, mucho más críptica en cierto sentido que la de El lobo estepario, por ejemplo, no lo pone fácil, pero si el lector persevera encontrará lo más parecido a una novela total.

Algo parecido sucede con La montaña mágica, pero allí donde Hesse es críptico y denso, Mann es cristalino y de una sencillez casi ascética. De extensión ligeramente superior a El juego de los abalorios, su novela exige una considerable cultura y reflexión analítica, pero es un viaje que merece la pena recorrer porque todos somos, o quisiéramos ser, tan lúcidos, valientes y generosos como Hans Castorp, el alumno ideal. Aunque en verdad el gran personaje de la novela es Lodovico Settembrini, el progresista escritor que pone a Hans bajo su tutela. Settembrini, con su erudición, su pasión, su visión revolucionaria del arte y el hombre, es uno de los personajes más fascinantes de la literatura del siglo XX, y muy cerca le anda su rival en la novela, Leo Naphta, de muy elaboradas ideas reaccionarias, que pugna con Settembrini por el alma de Castorp, hasta el memorable y muy emocionante final.

Ambas creaciones aspiraban, como otras de los grandes novelistas del siglo XX, a ser la novela total, a explicar su tiempo y a erigirse como monumentos del pensamiento y la filosofía de sus autores. Nada que ver con los escritores actuales, ocupados en nimiedades que pronto quedarán olvidadas.

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