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Con motivo del reciente estreno del largometraje que cierra ya de forma definitiva la serie, ha vuelto a tener cierta notoriedad y ha vuelto a hablarse de esa ya mítica creación de David Milch titulada Deadwood, y que muchos se afanan por reivindicar como la obra maestra truncada que pocos supieron ver en su momento. Es loable que algunos intenten dejar por escrito lo mucho que les gusta la serie y que pidan que se la aprecie en lo que vale, pero estaría bien, una vez más, que alguno expusiera razones de peso, algo que, una vez más, no he leído en ninguna parte.

A veces tengo la sensación de que yo fui el único que acudió a la asignatura de narrativa o de estética, al menos el único de los que leo (y a los que pagan precisamente para establecer razones, argumentos, no tan solo ideas). Al parecer, Deadwood es una obra maestra porque sí. Como mucho, algunos (en masculino), pensarán que es una maravilla de serie (poniéndome a elucubrar, aunque sospecho que ando en lo cierto), porque es un western (es decir, algo muy masculino), porque es muy violenta (lo cual también es muy masculino), porque es bastante o muy compleja en su trama y en sus personajes (lo cual, a lo masculino le añade una pátina de categoría), y poco más. Quizá una defensa o una apreciación se merezca algo más que epítetos grandilocuentes o reacciones de adolescente. Y ahora que tenemos la tv movie que debiera haber cerrado lo que no se cerró con el último episodio de la tercera temporada (el único de todos realmente chapucero y que cierra con muy poca dignidad esta serie), es el mejor momento para hablar de la serie como la creación extraordinaria que fue, y para tratar de profundizar en sus imágenes.

El sinuoso camino de una creación

No digo nada nuevo si afirmo que el western, como género cinematográfico (que algún cursi llamó el género de géneros…), alcanzó su máxima depuración con la única obra maestra dirigida por Clint Eastwood, Sin Perdón, en 1992. Eastwood (que había mamado sus códigos y sus formas trabajando primero en televisión, luego en los tres spaguetti que interpretó a las órdenes de Sergio Leone, más tarde en westerns post-clásicos de Ted Post o John Sturges, y finalmente interpretando tres westerns dirigidos por él mismo, antes del magistral Sin Perdón) es el final de un viaje. Un viaje que empezó en el mudo, cuyas historias se basaban en la literatura barata basada en aquella época, y que alcanzó cierto esplendor y primera madurez en los años 30, para después establecer su canon, más o menos estable y siempre pendiente de los autores más personales, en los 40 y 50.

Lamentablemente para el western, lo que la mayoría de sus historias nos contaban no es que fueran leyendas románticas, es que eran directamente mentira. Su iconografía, la mayor parte de ella, partía de supuestos falsos, encubriendo un espantoso racismo, un feroz colonialismo y una evocación tramposa del pasado. Esto bien lo supieron los que en los años sesenta y setenta cambiaron el western para siempre: Leone, por supuesto, y más aún Peckinpah. En unos años sesenta en los que se procedió a una revisión histórica de Estados Unidos, los planteamientos clásicos, por llamarlos de algún modo, se subvirtieron, y poco a poco, muy poco a poco, aparecieron creaciones que eran visiones más sinceras de aquellas décadas y aquel territorio. Todo esto culminó en Sin Perdón, tan solo dos años después de la muy tramposa y gris Dances with Wolves, de Costner, que era un intento más de reverdecer antiguos modelos, pese a su fingido revisionismo.

Y ahí, precisamente, radica el valor más importante, de los muchos que atesora, en la serie Deadwood, primer y último gran western de este siglo (2004-2006): su absoluta honestidad. Viéndola, asistiendo a esta abrumadora reconstrucción histórica, por fin parece que hemos viajado ciento cuarenta años al pasado, y estamos asistiendo a unos hechos incuestionables. David Milch recoge el testigo de Peckinpah e Eastwood y hace lo impensable: llegar dos pasos más allá, o cien pasos más allá, creando un microcosmos autosuficiente, un mundo propio con reglas propias (tanto narrativas como estéticas) que es, a todos los niveles, una metáfora y un reflejo de cualquier sociedad en cualquier época. Esa honestidad, brutal, inmisericorde con el espectador, nos abre los ojos a lo que en verdad tuvo que ser el Oeste Americano. Sentimos la verdad emanando de cada una de sus imágenes como si fueran grabados de la época puestos en movimiento.

Es sabido que lo que Milch más deseaba era contar la historia de la Antigua Roma, pero HBO ya tenía la extraordinaria serie Rome a punto de salir al aire, así que hizo algo muy parecido a lo que ya pensaba hacer, hablar de lo absoluto desde lo universal, y se fue a la historia real del campamento Deadwood, una ciudad que aún existe y que fue fundada por buscadores de oro, aventureros y chusma de baja ralea, con el único propósito de enriquecerse con las sustanciosas vetas de oro de las Black Hills (territorio sagrado de los aborígenes), mientras todavía no era parte de los Estados Unidos de América. Y lo hizo, con ayuda de un equipo de primerísimo nivel, con tal descarnada humanidad, con tal salvaje poesía en sus diálogos y sus imágenes, que jamás el western volverá a ser igual.

Pero Deadwood no es una serie fácil. Su fracaso comercial era bastante previsible (no solamente no perpetúa ningún icono del western clásico, sino que es de un nihilismo y una desesperanza terribles), y desde la primera temporada tuvieron verdaderos problemas para una continuidad. Lo que Milch había planteado eran por lo menos cuatro temporadas, pero la serie salió del aire en la temporada número tres, y desde entonces ha sido considerada, porque lo es, una obra truncada. Ahora, trece años después de su cierre, ha tenido lugar la largamente esperada película que cierre de alguna forma la serie. Y una vez más, no ha sido posible cerrarla, al menos desde un punto de vista estrictamente dramático, aunque al menos ha servido de despedida y homenaje a estos personajes, y sigue luciendo el nervio narrativo y la intensidad emocional consustanciales a esta serie.

36 capítulos + 1

Bien, ¿qué es lo que hace verdaderamente grande esta serie? Deadwood es una serie manifiestamente imperfecta, desequilibrada, no solamente porque su historia ha quedado contada a medias, sino por su mero sustrato narrativo. Lo que Milch habría necesitado, creo yo, para dar verdadera cabida a todo lo que tenía en la cabeza y el corazón habría necesitado una saga mucho más amplia y un cierre (la tv movie) acorde con esa visión. Eso no significa que no sea excelsa. Muchas veces, las grandes obras maestras son imperfectas, truncadas, y eso no les resta valor, sino que de alguna forma extraña se lo añade.

Se ha hablado mucho de que es una serie shakesperiana, y aunque sin duda en el dibujo de ciertos caracteres (Al o el mefistofélico Cy Tolliver) en efecto puede ser deudora de Shakespeare, de donde bebe mayoritariamente, y lo que representa su deuda más grande, es de la literatura norteamericana. Milch, como Coppola, es un grandísimo humanista, de una cultura abrumadora, y sus inspiraciones e influencias más notables las encuentra en Herman Melville y su gigantesco Moby Dick, en Nathaniel Hawthorne, en Henry James, en Thoreau, en Faulkner (…y quizá en el Meridiano de Sangre de McCarthy). Milch es digno sucesor de todos ellos, y sabe inculcar en su equipo de guionistas ese espíritu primigenio que animó las ficciones de los más grandes literatos estadounidenses, para sí contar la historia de este sinvergüenza arrollador llamado Swearengen, del idealista sheriff Bullock, y de toda la pléyade (más de cincuenta intérpretes en papeles cruciales) de personajes que pueblan este infierno en la tierra llamado Deadwood.

Muy difícil, casi imposible, cerrar la historia de esta sórdida urbe, y algo más accesible contar los avatares de sus criaturas. Pero al carecer de un cierre bien medido, Milch, acosado por las deudas y la enfermedad, al menos ha podido cerrarlo con una tv movie magnífica que, sin embargo, deja nuevamente en el aire la historia sin cerrarla, porque era imposible condensar en una hora y cuarenta y cinco minutos todo lo que quería contar, y la historia parece atropellada, descompensada y forzada en muchos tramos. Era inevitable. Habría hecho falta un filme de tres horas. Habría sido necesario, qué diablos, una temporada más. Hacer las cosas bien. Esta tv movie, pese a todo, posee no pocas virtudes que la convierten en un cierre digno a tan extraordinaria serie.

Trece años son bastantes para volver a un universo narrativo, pero el creador y sus cómplices tienen talento de sobra para hacerlo y recuperar las esencias de la serie. ¿Y cuáles son esas esencias? Las de un western filmado con el intimismo y la calidad literaria de una novela en imágenes. Abrupta, visceral, parece narrada a navajazos, con un montaje soberbio y que casi siempre pone en paralelo varias acciones para ofrecer al espectador una visión más global, más psicológica si se quiere, del campamento. La intensidad de la literatura verbal y visual de Deadwood sólo puede compararse con la prosa de un Faulkner o la energía casi apocalíptica de un Melville. Su intrincada trama, que convierte al campamento en un tablero de ajedrez en el que un mero movimiento puede significar la muerte brutal de varios de sus miembros, hacen de cada episodio una fascinante batalla psicológica en la que por mucho que se hable nunca se dicen nada de forma directa, y cuando por fin estalla la contenida violencia que parece llenar cada escena, lo hace con un salvajismo pasmoso, inédito, que convierte las correrías del Grupo Salvaje de Peckinpah en La Casa de la Pradera.

Y como toda gran novela que se precie, Deadwood cuenta con personajes maravillosos. Sobre todos ellos, sin duda, la inconmensurable creación de Ian McShane, que con su Al Swearengen puede competir de tú a tú con Tony Soprano o con el Walter White/Heisenberg de Breaking Bad. Al, que en la película se encuentra ya en el ocaso de su vida, es el espíritu y el corazón de la serie. Un encantador asesino y rufián, el individuo más inteligente entre muchos bastante inteligentes, el más honesto y el más brutal, quizá un alter-ego del mismo Milch, que consigue elevar aún más esta serie y hacerla todavía más singular. Ligeramente desdibujado en la tv movie, se halla magníficamente acompañado de Olyphant, Anna Gunn, John Hawkes, Dayton Callie, Molly Parker y otros muchos, todos los actores de esta joya. Una de esas joyas cuya dificultad para saborearla es un valor en sí mismo. Porque algunas obras maestras, quizá las más importantes, nos exigen un esfuerzo consciente y contínuo.

Deadwood, una serie que habla sobre el pasado, es una serie sobre el futuro, irónicamente. Su profundo y desgarrado nihilismo, su despiadada visión de la naturaleza humana, están dedicados a mirar hacia el futuro. El del campamento, por supuesto, pero sobre todo el de la especie humana. Es una visión incómoda y dolorosa de lo que fuimos, lo que somos y lo que seremos. Su inmensa dignidad estética, su honestidad, son los supremos valores por las que debe ser vista y recordada.

One comment on “Las razones por las que Deadwood es una obra maestra

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