Clint Eastwood en unos pocos párrafos

(Inicio con este artículo una serie de textos en pocos párrafos en los que desglosaré la trayectoria de varios directores que, a pesar de la gran valía puntual de algunos de sus trabajos, me parecen lo suficientemente sobrevalorados como para no extenderme más allá de un sucinto texto)

Si hay una figura, en el cine estadounidense actual, venerada y respetada como un viejo maestro de referencia, como un tótem viviente, ese es sin duda Clint Eastwood, cuya prolífica carrera (como actor y como director) le ha otorgado ese lugar de privilegio casi intocable de quien se sabe una leyenda. Eastwood se ha ganado ese lugar de privilegio por su trabajo constante, su visión de productor, su talento interpretativo, su innegable carisma. Tal es la veneración que se le tiene, que se le considera el último director clásico, signifique eso lo que signifique. Pero a mi modo de ver, si algo no es Eastwood es un director clásico, pues cada vez se parece más a ese John Huston al que interpretó en Cazador blanco, corazón negro (1990), y pocos directores hay menos clásicos que Huston. Pero ahora que su carrera se acerca a su fin, es más sencillo valorar la carrera de este buen director, y es muy difícil considerarle ese gran maestro que tantos fanáticos reverencian. Ciertamente, su aportación al cine es, en estos tiempos que corren, superior a la media, pero en ningún caso es siquiera comparable a los grandes maestros de su tiempo.

Mucho más parecido a Don Siegel, de quien de verdad aprendió casi todo lo que sabe, que a Sergio Leone, cuyo barroquismo y vehemencia no tienen nada que ver con el temperamento de Eastwood, su carrera comenzó con humildad y buen oficio, y no empezó a destacar hasta que dirigió su segundo western, el muy estimable The outlaw Josey Wales (1976), que junto con Infierno de cobardes (High plains drifter, 1973), y sobre todo El jinete pálido (Pale rider, 1985), suponen los primeros borradores de lo que será su obra maestra (cuyo guión, según cuentan, lo escribió David Webb Peoples precisamente en esos primeros años de carrera de Eastwood). Pero aún tardaría en acometer ese proyecto, mientras seguía creciendo como realizador. Y no fue hasta que dirigió un casi western crepuscular, el muy notable El aventurero de medianoche (Honkytonk Man, 1982), que algunos empezaron a percibir que este hombre era algo más que el tipo duro por antonomasia capaz de encarnar al policía más despiadado del cine, o al pistolero más frío del oeste.

Pero Eastwood siguió sin prisa, madurando su estilo y sus intereses, hasta que dirigió su primera gran película, la primera de las dirigidas por él en la que no figuraba como actor, ni siquiera fuera de créditos, la magnífica Bird (1988), cuya fotografía en color casi parecía un blanco y negro, y que indagando en la personalidad de Charlie Parker se erigía en un fascinante fresco sobre la creación y la autodestrucción. A continuación la ya mencionada Cazador blanco, corazón negro, que aunque estimable suponía un paso atrás respecto a Bird, y luego la olvidable El principiante (The Rookie, 1990), un remedo hábil pero hueco de sus antiguos thrillers policíacos. Pero ya llegaba Sin Perdón (Unforgiven, 1992), que es su obra maestra, la mejor película por él dirigida y la auténtica culminación del western. Compró los derechos del guión de Webb Peoples y esperó varios años hasta tener la edad adecuada para interpretar al protagonista, el inolvidable William Munny, y la apuesta fue un rotundo éxito y se alzó con el Óscar a mejor película del año, amén del premio al mejor director, actor secundario y montaje.

Convertido por tanto en un director de prestigio, Eastwood afrontaba una nueva vida como realizador, ahora con mucha mayor atención por parte de los medios y con más respeto por parte de crítica y público, sin embargo su carrera posterior no fue tan brillante como algunos se empeñan en ver. Los genios lo son porque nos ofrecen un trabajo extraordinario tras otro, y ese no es el caso de Eastwood. Sin perdón fue extraordinaria, pero no así Un mundo perfecto (A perfect world, 1993), Poder absoluto (Absolute Power, 1997), Medianoche en el jardín del bien y del mal (Midnight in the Garden of Good and Evil, 1997), Ejecución inminente (True Crime, 1999), Space Cowboys (2000), Deuda de sangre (Bloodwork, 2002)…. que nos mostraban a un buen realizador y mejor director de actores (salvo en películas puntuales como Poder absoluto…), a un director prolífico cada vez más avejentado y con mayor número de seguidores, pero en ningún caso a un gigante del cine, e incluso la grandeza que percibimos en Los puentes de Madison (The Bridges of Madison County, 1995), se ve constantemente quebrada por un guión mal meditado.

Sí que supo extraer todas las esencias de una gran historia en Mystic River (2003), un excelente policíaco con interpretaciones magistrales y un pulso y un tempo magníficos, y dotó de excelentes claroscuros las trampas y las oquedades en la historia de Million Dollar Baby (2004), que le reportó su segundo Óscar, pero a partir de ahí los bandazos en su carrera han sido constantes, y las oportunidades de mostrar el gran talento de Bird o Sin perdón, de Mystic River o de Honkytonk Man, han quedado malogradas. Blood Work en su momento a muchos nos pareció muy floja, pero en comparación con las blandenguerías de Invictus (2009), Hereafter (2010), Jersey Boys (2014) o Sully (2016), casi nos parece una buena película. Y la densidad y turbación que intenta imprimir en The Changeling (2008), J. Edgar (2011) o American Sniper (2014), quedan impostadas, sin verdadero alcance ni vuelo artístico, simples artefactos con los que Eastwood intenta erigirse en el gran cronista estadounidense, a mi juicio sin conseguirlo. Así las cosas su última buena película, aunque con sus caídas en lo melodramático y lo sensiblero, es Gran Torino (2008), que vista hoy no cabe duda de que podría haberse llegado más lejos con ella.

Ensalzar como el gran director americano a Eastwood (un actor-director al que yo siempre he admirado mucho) es una temeridad y una equivocación. Película a película, trabajo a trabajo, logro a logro, si lo comparamos sin ir más lejos con Scorsese, Eastwood no es rival. Su aportación no es particularmente original, e incluso su obra maestra, Sin perdón, no tiene nada que hacer en intensidad, en genio narrativo, en vuelo estético, con Goodfellas o The aviator, por ejemplo. Mucho me temo que se le respeta y se le venera más por su condición de anciano prolífico y de tipo duro que por sus valores de cineasta, algo que no debería sorprender a nadie tal como están las cosas. Y así seguirán, hasta que se abra los ojos, y todos los críticos que establecen la superioridad y el supuesto “clasicismo” de Eastwood empiecen a ver las evidencias que se exponen ante ellos.

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