‘Mildred Pierce’ y ‘Olive Kitteridge’, el fingimiento y la verdad

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Entre las no pocas alegrías que nos da la HBO a sus suscriptores, a veces es complicado ponerse a elegir para cubrir las no pocas lagunas que una oferta tan enorme de ficciones inevitablemente nos proporciona. En otras palabras: no sabe uno por dónde empezar. Y a menudo, ante tanta serie supuestamente brillante, es fácil decantarse por las miniseries, que en pocos capítulos se dan por finalizadas y por tanto no nos exigen muchas semanas para verlas enteras. Y entre las miniseries de la HBO, hay dos protagonizadas por actrices de renombre (Kate Winslet y Frances McDormand) que obtuvieron en su momento no pocos elogios y parabienes de la crítica, amén de premios, prestigio y un largo etcétera. De modo que primero vi una, Mildred Pierce, y luego la otra, Olive Kitteridge, y creo que merece mucho la pena escribir sobre los valores narrativos o deficiencias de la una y de la otra, y de mi pasmo ante algunos de esos elogios y parabienes, al menos en uno de los dos títulos.

La cruz: el fingimiento

Mildred Pierce, adaptación de la novela homónima de James M. Cain de 1941 (y que ya fue llevada al cine por el gran Michael Curtiz en 1945…aquí en España la titularon Alma en suplicio…), está dirigida por uno de los más grandes directores de la actualidad. Me refiero por supuesto a Todd Haynes, que pese a una filmografía no muy amplia, ha demostrado su sensibilidad, su inteligencia y su inmenso talento en maravillas como Carol (2015), Far From Heaven (2002), o la que sin duda es su obra maestra, la extraordinaria I’m Not There (2007). Este gran hombre de cine también se encarga de escribir el guión que adaptaba las palabras de Cain. Todo indicaba que nos hallaríamos ante una miniserie de cabecera. Y sin embargo, para mi sorpresa, no ha sido así, y me veo en la necesidad de oponerme a la gran cantidad de premios y elogios que esta serie recibió en su momento.

Es una producción a la que sólo puede caberle el apelativo “perfecta”. Perfecta es la reconstrucción histórica (escenografía, vestuario, peluquería, atrezzo…). Perfecta es la fotografía y la selección de temas musicales de la época. Perfecta está Kate Winslet, ya claramente asentada como una de las mejores actrices de su generación. Perfecta es la planificación y la ambientación y la escritura fílmica de Haynes. Y sin embargo, secuencia tras secuencia, momento tras momento, no he llegado a creerme la historia que me están contando, y me he sentido desconectado una y otra vez, y al final he deseado que la serie terminase, porque pese a tantas virtudes la serie no me ha convencido. Y esto demuestra que no basta con un equipo de primera que sólo la HBO puede proporcionarte, no basta con una actriz enorme liderando el reparto, para crear una ficción sólida y duradera. Las razones de que esto suceda no son fáciles de explicar, pero confío en poder hacerlo:

El principal problema, creo, es la propia Mildred Pierce. Desconozco la novela de Cain, pero el personaje que ha creado Haynes carece de densidad psicológica y de coherencia interna. Quiero decir que sus emociones ocultas, de las que hay muchas en la serie, están mal escritas, por cuanto no actúa desde una partitura bien elaborada por el guionista Haynes (muy al contrario de lo que sucede con los dos personajes protagonistas de su magistral Carol…) y una y otra vez Mildred actúa o reacciona por razones incoherentes, una y otra vez su carácter se desdibuja en la pantalla por las numerosas decisiones poco creíbles, mal armadas, que no se sustentan en un andamiaje interno, que va tomando a lo largo de esta larga historia. A la composición de este personaje, por supuesto, no ayuda en absoluto que las elipsis temporales están defectuosamente narradas. Se supone que transcurren varios años decisivos en la vida de la protagonista, en la que pasa de simple ama de casa a empresaria de éxito, y de ahí, una vez más, en bancarrota, a ama de casa con su primer marido.

Este viaje de ida y vuelta, circular, está sazonado por su relación con un vividor bien interpretado por Guy Pearce, y con su manipuladora y psicótica hija mayor, interpretada con un histrionismo falaz por Evan Rachel Wood. Ambas tramas, la de la empresaria de éxito que surge de la nada y que luego va a la bancarrota y lo pierde todo, y la de la madre y amante que arrostra una situación de una toxicidad irrespirable, no se alimentan la una a la otra, sino que se repelen, se dañan e impiden que por separado lleguen a funcionar. Y todo termina en un clímax exasperante y nada creíble, que parece de otra película, de otra serie, de otra historia, en la que Haynes, que otras veces ha demostrado sabérselas todas en esto de narrar con imágenes, se estrella y a punto está de hacer el ridículo, si es que no lo ha hecho ya por no haber sabido mostrar el paso del tiempo de forma creíble, asimilando las lagunas temporales, en un ejercicio puro de implausibilidad narrativa. Por tanto, y en resumen, no entiendo tanto elogio a esta serie tan fallida. Un simulacro de buena serie, que más parece fingida que interpretada, en la que la gran Winslet poco o nada puede hacer para crear algo parecido a una cohesión dramática.

La cara: la verdad

Sin embargo, Olive Kitteridge, que no está basada en ninguna novela, sino que es un material narrativo original, dirigida por Lisa Cholodenko, una directora por la que no tengo ningún aprecio (aún recuerdo cierto filme suyo que detesté en el Festival de Berlín), pues creo que sus películas para el cine son de una aplastante mediocridad, es todo lo que no es Mildred Pierce: allí donde la otra parece un simulacro de melodrama, un fingimiento, aquí uno palpa, aspira, ve y escucha lo más parecido a un reflejo de la verdad, de la naturaleza humana. En ella, una formidable Frances McDormand hace suyo, como si hubiera nacido para él, el carácter de Olive, una maestra retirada con arranques de depresión, que es uno de los personajes más fascinantes y profundos, no solamente femeninos, que hemos visto en mucho tiempo. Y no está sola, pues la acompañan los magníficos Richard Jenkins, Bill Murray y Peter Mullan, entre otros, y la serie dura cuatro episodios y se hace corta (mientras que Pierce, ya dije, quieres que termine de una santa vez…), y se erige en una representación de un moderno nihilismo que aterra y conmueve al mismo tiempo.

Y hace todo esto sin tomar caminos fáciles, y aún así con una sencillez y una clarividencia que niegan toda la carrera fílmica de esta directora, quien por fin, por lo que parece, ha encontrado un material con el que demostrar su talento. Algunos de los mejores diálogos, réplicas y contrarréplicas, silencios y gestos, giros y sorpresas emocionales que he visto en bastante tiempo se encuentran en esta Olive Kitteridge, una serie verdaderamente sensacional.

Esto demuestra que no es tan fácil hacer una gran creación. Haynes, que pese a ese tropiezo de Mildred Pierce tiene todo mi respeto y admiración, y Cholodenko, que pese a este gran triunfo sigo pensando que tiene una carrera como poco mediocre, son sólo dos cineastas más de los muchos que tienen la suerte de llegar a grandes masas de espectadores, sobre todo gracias a la HBO, pero aunque tengan a veces todos los medios a su alcance, y excelentes intérpretes, y una buena historia, hace falta algo más para llegar lejos.