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Antes de mí ninguna cosa fue creada

sólo las eternas, y yo eternamente duro:

¡Perded toda esperanza los que entráis!

Todavía me impresiona constatar como muchos se lanzan a ejercer la labor de la crítica sobre un trabajo (en este caso un texto medieval, precursor del Renacimiento), cuando para ello se valen de instrumentos con los que realizarían una crítica acerca de una obra contemporánea, lo cual es en sí mismo no solamente un tremendo error, sino una prueba de dejadez intelectual. Eso cuando no se reseña la obra en cuestión como si de una película se tratase, empleando términos usuales, tales como “buena” o “mala”, o “mejor” o “peor”. Bastantes problemas tenemos, a nivel mundial, con la crítica cinematográfica, como para dejar que los mismos sujetos se encarguen de la crítica literaria.

Pero tampoco me convence del todo esa crítica historicista y comparativa tan propia de los anglosajones, del que el máximo exponente sería Harold Bloom (al que a menudo le tengo el mayor de los respetos, a pesar de lo tendencioso de gran parte de su corpus), consistente en interpretar la obra como si de un juego de espejos intertextual se tratase. Y digo esto porque con tales críticas va a ser difícil, por no decir imposible, que el potencial lector que no tenga entre sus planes inmediatos leerse La Divina Comedia (o La Comedia…para ser más exactos) vaya a convencerse de la necesidad de hacerlo leyendo según qué reseñas o críticas o como se las quiera llamar. Pero en realidad yo tampoco estoy aquí para eso. Hace tiempo que dejé de recomendar lecturas, películas o música a los demás. Mi intención es la de establecer mis ideas sobre ese hilo exuberante que une la cultura de todos los siglos y que, más que ninguna otra actividad humana, nos sitúa en otro plano de la existencia universal.

Me refiero por supuesto, como se puede adivinar por el título del artículo, a la insoslayable conexión entre La Comedia (entre Dante), La Eneida (Virgilio), y La Odisea (y Homero), como quizá uno de los fenómenos artísticos más importantes de todos los tiempos: el que a través de los siglos enriquece un sistema de pensamiento con otros que fueron previos a él. Y dejo para otro trabajo el que sería el siguiente peldaño en esta escalera aparentemente infinita: la novela La muerte de Virgilio de Hermann Broch. Hay otros ejemplos de esto, por supuesto, como el célebre que componen el Orlando Innamurato, de Matteo Maria Boiardo, el Orlando Furioso, de Ludovico Ariosto, y finalmente el Orlando de Virginia Woolf. Pero ese quizá lo desmenuzaremos en otra ocasión.

La CommediaLa EneidaLa Odisea

Ese era el titulo que realmente le puso Dante Alighieri a su obra magna, Commedia, a la que luego al parecer Bocaccio creyó conveniente añadir el “Divina”, quizá por su contenido altamente espiritual. Pero no estamos ante una comedia en el sentido contemporáneo, y por comentarios del propio Dante en sus cartas aludía a esta palabra por estar el texto escrito no en el lenguaje de las tragedias (el latín), sino en un “vulgar” italiano de la época. Sea como fuere, no puede haber discusión acerca de su importancia histórica. Pero, ¿merece la pena acercarse a esta obra? ¿Qué es realmente la Commedia? Pues ni más ni menos que un compendio de todo el saber cultural, religioso, mitológico y político de su autor, disfrazado de vasto poema casi litúrgico, que trata, con pasmosa soberbia, de erigirse en un sistema de conocimiento único, que expulsa de sí toda moral o creencia antagónica, y que contra todo pronóstico se erige hoy día como una creación asombrosamente persuasiva. No me extraña que se la considere la obra maestra de la literatura italiana. Posee el carácter arcaico de una obra atemporal, y en su seno laten muchos más elementos que los meramente especulativos, al intentar erigirse en la obra total.

Guiado por el poeta Virgilio a través del Infierno y el Purgatorio, y una vez en el Cielo por su amada Beatriz (ya que Virgilio, al no haber sido bautizado, tiene cerradas las puertas del cielo…), este viaje místico de miles y miles de versos, algunos de ellos los más hermosos de su tiempo, otros los más crípticos, no es de extrañar que esté apadrinado por el autor de La Eneida, escrita unos mil cuatrocientos años antes, y que fue un encargo del emperador Augusto, quien deseaba que un poeta de la altura de Virgilio crease, como de la nada, una nueva mitología para el Imperio Romano, y así Virgilio escribió la improbable historia de Eneas, uno de los últimos supervivientes de la guerra de Troya, y designado para fundar una nueva gran orbe (Roma), tras una serie de viajes y pruebas al más puro estilo de Ulises. Pero Virgilio no era Salustio, ni cualquier otro tendencioso escritor romano. Era un hombre de un alcance lírico más que notable, y su Eneida es, dos milenios después de escrita, el ejemplo de relato heroico por excelencia, del que parten muchos otros relatos heroicos. No es de extrañar, por tanto, que Dante tomara a Virgilio como un personaje de su poema, pues así mismo Dante quería imaginar, en los albores del Renacimiento, una nueva Italia, casi una nueva fe en el hombre a partir del dogma cristiano, ¿y qué mejor guía para eso que el excelso poeta que imaginó la creación de Roma?

Lo curioso del asunto es que La Eneida parte, como es bien sabido, del aún más críptico y lejano texto de La Odisea, atribuida por supuesto a Homero, y escrita hace entre dos mil quinientos y dos mil ochocientos años. En su reelaboración de los mitos griegos para hacerlos romanos, Virgilio se imbuyó del espíritu de Homero, y en su aquilatamiento de una nueva era, Dante quiso hacer del carácter itálico del Renacimiento una fusión de los esplendores griegos. De ahí que se diga que Dante propició este renovador movimiento cultural. En este mudarse de piel, los trazos helenos y griegos se transmutaron en arte renacentista, y el viaje de Ulises, huyendo primero de la dulce prisión de Calipso, y en todas sus desventuras con el objetivo de regresar a su hogar, se transforma en el viaje del propio Dante, acompañado del gran poeta romano, desde el infierno hasta el paraíso, en una continuidad, en un cordón umbilical, que une milenios y que funde culturas, y que de alguna forma ha configurado el arte antiguo tal y como lo conocemos hoy día.

El último peldaño de este viaje sería La muerte de Virgilio, de Hermann Broch, pero eso lo dejaré para otra ocasión. Lo que ahora me pregunto es si ese viaje cultural y temporal, y otros viajes como el que comentado que comenzó Matteo María Boiardo y prosiguió Ludovico Ariosto, para finalizar en las capaces manos de Virginia Woolf, y otros tantos ejemplos de la vitalidad del arte, podrán continuar vivos en el siglo XXI y venideros. Ahora mismo podemos asegurar que los presagios no son buenos, y sería necesario preguntarnos para qué han servido tantos siglos de esfuerzos artísticos. Pero por lo menos podemos quedarnos con que el ser humano ha propiciado obras de arte como La Commedia, el único libro que en los últimos años de su vida dicen que leía el gran Samuel Beckett.

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