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La imaginación es más importante que el conocimiento. El conocimiento es limitado, la imaginación rodea el mundo

La medida de la inteligencia es la capacidad de cambiar

Si lo puedes imaginar lo puedes crear

-Albert Einstein

Muchas veces, delante del teclado, me quedo pensando: ¿cuáles deben ser las primeras palabras de este ensayo o artículo que estoy empezando? Y no se sabe cómo, pero poco a poco, va saliendo lo que quieres decir. Y has de confiar en que vas a poder decir todo aquello que te vibra en la cabeza y en el corazón, con la experiencia y los conocimientos que hayas acumulado, lo que a menudo parece demasiado poco para según qué empeños.

¿Y qué es lo que tienes en la cabeza o en el corazón? ¿Por qué te sientas a escribir todos los días de tu vida? Dicen que las personas más extrañas e indescifrables son las que escriben todos los días. Y lo hacemos por algo, y para algo. Hace muy poco volví a leer uno de esos textos con los que, más que estar en completo desacuerdo (que lo estaba), me siento impulsado a oponerme mis argumentos a las ideas contenidas en ese texto, como si se tratara de una invitación personal. Ideas que me han sublevado gran parte de mi vida, y ni siquiera sabía por qué. Se trata de la muy extendida opinión de que los conocimientos científicos, sus disciplinas, sus logros, juegan en otra liga, muy separada de las artes y las humanidades. En pocas palabras, la manida concepción del saber desgajado en dos grandes ramas: las ciencias y las letras.

Y los de ciencias siempre tratando a los de letras como si no fueran más que una panda de hippies, unos hedonistas que se divierten con retórica, o con espectáculos frívolos, mientras los de ciencias, los verdaderamente inteligentes, hacen avanzar al hombre, a la sociedad, y por tanto al mundo. La persona de ciencias, casi siempre desde hace ya muchas décadas, ha mirado a la de letras por encima del hombro, como diciendo: “sí, me divierten tus ideas, me sorprende tu creatividad, pero no aportan nada importante a la humanidad”. Eso es así desde hace muchísimo tiempo, y no tiene visos de cambiar. Y en mi opinión es un signo más de la dejadez y los lugares comunes de este tiempo, que es el mío, y de la repetición de unos esquemas mentales que en lugar de aspirar a comprender la globalidad, el todo, se conforman con un chauvinismo intelectual que les limita a quedarse en las partes, en pequeños compartimentos del conocimiento, que ellos tratan de enfrentar entre sí, como si esto fuera una especie de absurda competición por saber quién es el más listo.

Ignoran, muchos de esos hombres y mujeres de ciencias, divulgadores o ensayistas, o lo que sean, que la ciencia no es un esquema del conocimiento fuera de las humanidades, y por tanto desgajado y apartado de ellas, por encima de ellas, opuesta a ellas. En verdad es, por mucho que quizá no quieran o no puedan comprenderlo, una rama de las humanidades, de la cultura, de las que depende tan estrechamente como un fruto depende de la rama en la que se ha desarrollado hasta alcanzar la madurez. Este pensamiento, esta forma de ver las cosas, que enfrenta ciencia con letras, me temo que es una muestra de indolencia tóxica, que no es nuevo pero que cada es más dañino, porque pocas cosas hay más destructivas que negar la realidad, y más aún en este cada vez más frenético y despiadado mundo moderno en el que vivimos.

Si esos divulgadores se pararan a pensar cinco minutos, o cinco segundos, que tampoco hace falta mucho más, se percatarían de que los primeros científicos, los precursores de todo, eran antes que otra cosa, las personas más ilustradas, más cultas y de temperamento más poético de su tiempo. Determinar que la ciencia camina lejos de las letras, que juega en otra liga, no es otra cosa que tapar el sol con un dedo, pues desde sus orígenes la ciencia está estrechamente relacionada con las artes, la cultura y la ideología. Y es tan cristalino como el agua que sin filosofía, es decir, sin la disciplina que se pregunta las cosas sin llegar nunca a ningún axioma, la ciencia no existiría, y probablemente tampoco el hombre tal como hoy lo conocemos.

La ciencia, como la filosofía, la política, la ideología o la religión, surge para dar respuesta a ciertas necesidades de la humanidad. Si el ser humano tiene esas necesidades, es porque ha llegado a cierto desarrollo cultural que las origina y las demanda, y no de otra manera. Si nuestra civilización (si es que civilización se le puede llamar…) necesita seguir aprendiendo, seguir explorando, seguir investigando, es porque sabe que de ello depende probablemente su propia existencia, y aún más, su estilo de vida, su cultura, su identidad. Y para llegar a tener una identidad, al igual que sucede a escala individual, es imprescindible una formación, un desarrollo sociocultural, una profundización en el yo, y en el todo. Y es ahí donde las artes juegan un papel fundamental.

Porque en realidad todo funciona a escala, como si el universo entero fuera un mosaico de reflejos, desde lo más pequeño, aparentemente, a lo más gigantesco. De ahí que un grano de arena, una piedrecita minúscula en la falda de una montaña, si la viéramos a escala, tendría la misma forma que esa montaña. Y con nosotros, las personas que nos arrastramos por este desgraciado planeta, ocurre lo mismo, sólo que a muchos más niveles, y una sola persona es, a escala, un reflejo de toda la humanidad, y podríamos decir que una galaxia entera se encuentra en nuestro interior, como si nuestros miles de millones de células fueran el reflejo de los miles de millones de estrellas de la Vía Láctea. Tal como dijo Protágoras, “el hombre es la medida de todas las cosas”.

No somos, por tanto, simples organismos pluricelulares en el tercer planeta de un sistema situado en la zona de habitabilidad de su galaxia, tal como quizá quieren hacernos ver ciertos pensadores científicos. Sí, morimos. Sí, sufrimos de las mismas necesidades y humillantes dolencias del reino animal. En efecto, somos animales. Pero también somos otra cosa. Puede que la autoconciencia no sea más que un accidente evolutivo, pero ser autoconscientes también contribuye a nuestra identidad. Para los científicos, me temo, no somos demasiado diferentes de cualquier otro animal…tan solo tenemos la necesidad, y la facultad, de mirar hacia las estrellas. Porque, a fin de cuentas, tan solo interesan los hechos. Sólo los hechos son medibles, observables de un modo objetivo, desapasionado. En otras palabras: sólo importa lo real.

El problema, quizá, es que tampoco estamos seguros de lo que es real o lo que no, pero eso es motivo para otro debate. Los científicos observan el universo, lo que está ahí fuera, y lo hacen cada vez con instrumentos más potentes y más precisos, y a todos nos maravillan, y nos sobrecogen, con imágenes y con datos. Ahora sabemos, realmente, lo grande que es el sistema solar. Ahora sabemos, o empezamos a saber, lo grande que es la Vía Láctea. Y cuanto más sabemos (ese es uno de los problemas del conocimiento), más sabemos lo que no sabemos, y así hasta el infinito. Lo más importante, con todo, es que gracias a los telescopios de última generación (y los que están por venir), gracias a las misiones a otros planetas e incluso a nuestra estrella, hemos averiguado muchas cosas, y hemos empezado a mirar planetas parecidos a la Tierra, no tanto con el objetivo de tener un segundo hogar, como de averiguar de qué modo se originó este, cuál es la procedencia real del agua, cómo es posible que se origine la vida (sobre todo la vida inteligente) y otros misterios cuya respuesta quizá no sepamos nunca.

Una de las estrellas más cercanas, Próxima Centauri, alberga en su zona de habitabilidad un planeta, Próxima Centauri b, que quizá sea parecido a la Tierra. Hace un tiempo empezó a especularse con la idea de ir hasta allí. Son un poco más de cuatro años luz de distancia. Lo que equivale, aproximadamente, a 40.000.000.0000.0000 de kilómetros. Una distancia impracticable para nosotros con la tecnología actual, si no queremos tardar setenta mil años en llegar hasta allí. La clave, claro, está en viajar a una fracción de la velocidad de la luz (un 15%, un 20% de esa velocidad). El problema es que hasta ahora hemos viajado a una milésima parte de la velocidad de la luz, ni siquiera eso. La luz viaja a 300.000 km por segundo, lo que equivale, poco más o menos, a 1000 millones de kilómetros por hora. Es una velocidad estratosférica, increíble, y quizá algún día logremos alcanzar un porcentaje o incluso igualarla. Pero aunque lográsemos semejante proeza técnica, hay que tener una cosa bien presente: la velocidad de la luz, aunque para nosotros es una maravilla, un objetivo extraordinario, a escala cósmica, o incluso a escala galáctica, es ir un poco más deprisa que a paso de tortuga.

La Vía Láctea tiene entre 100.000 y 200.000 años luz de diámetro. Eso significa que si fuéramos a esa increíble, fantástica velocidad luz (sin todavía preguntarnos con qué recursos energéticos…) tardaríamos entre 100.000 y 200.000 años en ir al otro lado de la galaxia. Una locura. Y no digamos ir a la galaxia más cercana, Andrómeda. Esa galaxia, tan cercana. Está a dos millones de años luz de distancia. Sobran más comentarios.

En pocas palabras: jamás vamos a visitar, como especie, ni siquiera un barrio de las afueras de nuestra propia galaxia. Tendremos con contentarnos con ir “a la vuelta de la esquina”, es decir a sistemas a unos pocos años luz, en el caso de que lo logremos. Lo que significa que todo eso que vemos con nuestros estupendos telescopios, todas esas nebulosas y cúmulos y objetos extraños, estarán fuera de nuestro alcance real para siempre. Podremos estudiarlos desde una enorme distancia, sacar conclusiones, hacer experimentos por ordenador basados en simulaciones cada vez más certeras…y poco más. Será como mirar un conjunto de células en un microscopio. O mejor aún: será como ver una película en la que no podemos intervenir.

Claro, siempre podemos contar con la posibilidad de encontrarnos una inteligencia artificial, gracias al programa SETI, o a otros programas dedicados en exclusiva a encontrar otras civilizaciones. Algunos científicos muy optimistas piensan que esto podría ocurrir en un par de décadas. Otros no lo ven tan claro. Si así fuera, piensan algunos, no sin razón, quizá esas otras civilizaciones avanzadas puedan explicarnos cómo explorar el universo sin emplear para ello todos los recursos energéticos no ya de nuestro planeta si no de nuestro sistema solar, y sobre todo sin destinar a esa misión cientos de miles de años de nuestra ya de por sí precaria existencia. Pero parece poco probable que eso suceda. Por mucho que buscamos, y aunque nuestro radio de influencia o búsqueda es realmente muy corto, no encontramos nada. La posibilidad de que seamos los únicos en el universo, si bien una aberración estadística, es también bastante alta.

Y ahí es a donde quiero llegar. A que quizá sería necesario cambiar ciertas perspectivas. Dada la inmensidad no ya de nuestra galaxia, tan solo de nuestro sistema solar, unos seres tan pequeños como nosotros adquirimos de forma instantánea el calificativo de insignificantes. Pero somos los únicos. No hay nada más. De modo que no somos tan insignificantes, en realidad somos tremendamente importantes. Todos nosotros. Constreñidos a este planeta, a nuestro día a día, a lo que nuestra mente, incapaz de concebir la enormidad del universo, nos fabrica para nuestra comodidad, no nos damos cuenta de ello.

Mientras los científicos pugnan, con cierta lógica, por llevar nuestros límites hacia las estrellas, mientras buscan y buscan sin descanso respuestas, información, conocimiento, quizá se olviden de que en realidad, y hasta que se demuestre lo contrario, lo más extraordinario del universo somos nosotros. Y no digo esto con un buenismo impostado. La mayoría de la especie humana no me cae bien. Pero nuestra mera existencia, quizá la mayor improbabilidad estadística de la historia del universo, es algo que se acerca al concepto de milagroso. Porque nada preestablece que en un planeta surja la vida, aunque esté en la zona de habitabilidad de su estrella o del centro de la galaxia. Y mucho menos que esa vida se vuelva inteligente.

Los artistas, todos ellos, han elegido como objeto para mirar a través de su telescopio o microscopio interno, al ser humano. Mientras el sol viaja a través de la galaxia, dando una vuelta completa a Sagitario-a cada 225 millones de años, la especie humana, no se sabe cómo, ha prosperado, se ha hecho consciente de sí misma, y se ha pasado los últimos miles de años creando. Música, escultura, literatura, cine. No tenemos muy claro si servirá de algo, cuando llegue el fin de todo, pero lo hacemos igual. Lo hacemos para algo.

Apolo Belvedere – Museo Vaticano

En realidad, acabamos de empezar. Hace quinientos años que existe la imprenta. Eso es como decir antes de ayer. Y en este corto espacio de tiempo hemos logrado proezas increíbles. Si hoy Leonardo Da Vinci (inventor o científico, pero sobre todo pintor y poeta multidisciplinar) levantara la cabeza de su tumba y viera todo lo que hemos logrado en unos pocos siglos, no se lo creería. Y probablemente consigamos realizar muchas más hazañas, si dejamos de intentar destruirnos unos a otros. Pero sin la imprenta, sin figuras capitales como Giordano Bruno, eminente poeta y literato renacentista, sin otros muchos artistas cuya visión y sacrificio cambiaron la historia de la humanidad, el viaje a la Luna no habría sido posible.

Separar artistas de científicos es una tremenda equivocación, por tanto. De hecho, muchos de los artistas más eminentes de las últimas décadas tenían grandes conocimientos e intuición científica. Es más, el arte requiere mucho de la técnica y en última instancia de la tecnología, como puede comprobar el lector acudiendo a las páginas de las Cartas a Teo escritas por Van Gogh, o los diarios del mencionado Da Vinci. Los artistas siempre han tenido, y siempre tendrán, un ojo puesto en la tecnología, mientras que quizá muchos científicos no poseen un temperamento artístico y poético y quizá, sólo quizá, de ahí derive cierta frivolidad y falta de escrúpulos de algunas investigaciones científicas y de garrafales errores que han devenido en catástrofes para la humanidad. Y de ahí quizá derive también ese sentirse superiores, ese mirar por encima del hombro a las personas de letras. Dicho de otra forma: los de letras no necesitan acercarse más a la ciencia, y los de ciencia deberían leer un poco más.

Señaló muy sagazmente Manuel García Viñó que durante muchos años del siglo XX los científicos utilizaban frases e ideas provenientes de las novelas, porque “las ideas y las inquietudes eran, básicamente, las mismas”. En efecto, así es. La ciencia necesita mucho más de las letras de lo que se puede imaginar cualquier divulgador. Por mucho que quizá no quieran reconocerlo, pocas cosas han contribuido tanto a crear vocaciones científicas como la serie The Big Bang Theory, y pocos han empleado de forma más creativa los adelantos tecnológicos que los artistas. Pero a los creadores, a los narradores, a los artistas, que han elegido mirar con lupa no el universo ni los fenómenos de la naturaleza, sino al ser humano, les importa poco la verdad absoluta que puede ofrecer la ciencia, ni siquiera les importan los hechos, sino la verdad interior de las personas, la que cada uno lleve consigo.

Insisto, no es cuestión de buenismo, sino de perspectiva, de amplitud de miras. Y ahora que empezamos a saber lo vasto, casi infinito del espacio, podemos entender la verdadera importancia, y la verdadera insignificancia del ser humano, sin lugar a ninguna duda lo más extraordinario que ha creado este universo

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