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Lamentarlo. Eso es lo que podemos hacer en muchos casos. Lamentar, por ejemplo, que John Carpenter, uno de los narradores más brillantes del cine norteamericano, viera truncada su carrera desde los años noventa, cuando contaba con cuarenta y pocos años, y que desde los cincuenta, sólo haya dirigido dos largometrajes. Lamentar que en veintidós años de carrera, James Cameron sólo haya dirigido Avatar (2009).

Y sobre todo, creo yo, hay que lamentar que F. F. Coppola, definitivamente, haya entrado desde hace ya bastantes años, en el ocaso de su carrera, y por lo que parece en sus últimas entrevistas, en el ocaso de su vida. El pasado abril cumplió ochenta años, y cada vez que le vemos en alguna conferencia o entrevista, más nos damos cuenta de que el gran genio del cine estadounidense se ha convertido en un anciano, y que incluso físicamente es una sombra de lo que fue. Por supuesto que me gustaría equivocarme, y que ojalá finalmente vea la luz alguno de sus grandes proyectos, pero parece muy probable que ese octogenario que ha perdido su obesidad y que ya ni siquiera usa las gafas que le han acompañado toda su vida, no se encuentre en condiciones de volver a filmar nada, ni mucho menos alguna gran obra.

Tampoco nos perdemos nada, dirán algunos, después de sus últimas tres películas, las poco apreciadas ‘Twixt’ (2011), ‘Tetro’ (2009) y ‘Youth Without Youth’ (2007). Y no faltarán los que se remontarán bastante más atrás, y argumentarán que ya la década de los noventa no fue ninguna época dorada de este cineasta, con la que para muchos es un telefilme, ‘The Rainmaker’ (1997), con una película para niños, ‘Jack’ (1996), con la muy cuestionada versión de ‘Bram Stoker’s Dracula’ (1992), o con la muy vilipendiada tercera parte de ‘The Godfather’ (1990). Y ya, para terminar de apuntalar esos argumentos, incluso podría cuestionarse gran parte de su producción de los años ochenta, su década más prolífica, en la que fue perdiendo paulatinamente su enorme poder en la industria al mismo tiempo que aceptaba algunos proyectos alimenticios para salir de la enorme deuda que contrajo con ‘Corazonada’ (One From the Heart, 1982).

Así las cosas, estos exégetas dirán que tras su gloriosa década de los setenta, el fuego creador de Coppola se fue apagando demasiado deprisa, y que poco más hay de genio en su trayectoria. Yo, por el contrario, creo que el noventa por ciento de los realizadores de fuste de hoy día daría el brazo derecho porque en su filmografía existieran títulos como ‘Rumble Fish (1983), ‘Cotton Club’ (1984), o ‘Tucker: The Man and His Dream’ (1988), y estoy plenamente convencido de que la mayoría del público, y demasiados integrantes de la crítica, no son en ningún modo conscientes de la importancia global de la obra de este hombre, más allá del hecho de haber filmado cinco obras maestras.

Sin él, no habría sido posible que tuviese lugar el llamado Nuevo Hollywood (integrado por Steven Spielberg, Martin Scorsese, Brian de Palma, George Lucas y John Milius), o no habrían gozado del mismo impacto. Quizá tan sólo Spielberg, por su capacidad comercial, podría haber funcionado al margen de todo ello, pero no así el resto. Él fue el mascarón de proa de toda una nueva generación, y él fue el que impulsó, económicamente y creativamente, la carrera de George Lucas, apoyando su ‘American Graffiti’ (1973), cuy enorme éxito hizo posible ‘Star Wars’ (1977). Y su genio creador ha impulsado el arte del sonido y el montaje cinematográfico, casi como en ningún otro caso de la historia del cine, y su increíble ambición cambió la estructura de producción de Hollywood desde dentro y desde fuera, en su sede de San Francisco.

Es cierto que la trilogía de ‘El padrino’, (1972, 1974, 1990), ‘La conversación’ (1974) y ‘Apocalypse Now’ (1979), son tan grandes, tan extraordinarias, que prácticamente eclipsan el resto de su corpus, pero no es menos cierto que no solamente en estas sino en unas cuantas más, Coppola ha demostrado ser uno de los más refinados y astutos directores de actores del mundo, que cuando cuenta con un operador de fuste, su precisión en la narración puede llegar a ser majestuosa, y que es uno de los pocos cineastas con un mundo y un punto de vista acerca del cine y del ser humano absolutamente personal e intransferible.

Lo que Coppola siempre ha necesitado, me temo, es un proyecto grandioso, inabarcable, para dar cabida a lo mejor de sí mismo, para, según sus propias palabras “ser Ícaro, directo al sol, dispuesto a quemarse las alas”. Y no por grandioso ha de ser un proyecto a lo ‘Apocalypse’, sino en ambición artística, como las otras cuatro películas nombradas. Su ego, su anhelo de grandeza, le ha llevado a proyectos suicidas, como la tercera parte de ‘El Padrino’, y es eso lo que necesita para hacer algo más grande que la vida. El frustrado proyecto, ‘Megalópolis’, tenía toda la pinta de ser uno de esos proyectos, por eso también hay que lamentar que nunca se haya materializado.

La historia del cine está llena de casos así, y no necesariamente sólo de directores. También actores o guionistas, cuya carrera, por la razón que sea, se quedó frustrada demasiado pronto o demasiado rápido. Hay muchos casos, pero ninguno como el de Coppola, con su gigantesca deuda financiera de los ochenta, con la prematura muerte de su hijo, con su ego y su grandeza, con semejantes obras maestras (en mi opinión, las más grandes de la historia del cine estadounidense) en su haber.

Ahora dicen que, a pesar de todo, ‘Megalópolis’ podría hacerse realidad. Yo lo dudo. El ave fénix que siempre ha sido Coppola parece haber quemado sus últimas plumas. Aunque he de confesar algo: muchas veces que manifiesto una certeza, la realidad me contradice, y es por eso, entre otras cosas, que he escrito estas líneas.

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