CINE

Stanley Kubrick en unos pocos párrafos

En mi opinión Kubrick es uno de esos directores cuyos defensores acérrimos son, por lo común, espectadores que no han visto mucho cine o no tienen un gran bagaje cultural. Por supuesto que no es una norma, pues he conocido a verdaderos cinéfilos que tienen a Kubrick en muy alta estima, pero es lo habitual que el espectador no cualificado que busque un gran faro en el que mirar el cine, ponga a Kubrick en un desmesurado pedestal. También es bastante habitual que lo pongan ahí aspirantes a críticos o diletantes sin la menor formación. Esto, para mí, ya es un indicativo lo suficientemente poderoso.

Kubrick, como muchos otros directores muy famosos, es un director de verdadero talento. No se trata de ningún farsante o de ningún torpe. Formado en fotografía, es uno de esos cineastas que tienen muy claro lo que quieren y qué tipo de cineasta quiere ser, y lo fue hasta su prematura muerte (71 años no es una edad muy avanzada para morir). Conocía el lenguaje, conocía la técnica a fondo, y tenía una mirada. Ahora bien, eso no se traduce, por necesidad, en la obra de un genio del cine, principalmente cuando hablamos de un tipo que quería hacer, nada más y nada menos, que la película definitiva de cada género que tocase. La ambición por sí misma es admirable, pero no la desmesura ni las pretensiones de perfección absoluta.

Sus primeros trabajos, incluso ‘El beso del asesino’ (1955) o ‘Fear and Desire’ (1953), eran no sólo estimables en su amateurismo, sino que anticipaban un talento narrativo incontestable, que luego se vio refrendado con la rotunda solidez de ‘The Killing’ (1956) y ‘Senderos de gloria’ (1957), especialmente esta última, sin duda una de sus mejores películas. Gracias a ella, por uno de esos rebotes del destino, terminó dirigiendo ‘Espartaco’ (1960), que había empezado Anthony Mann, y debido a su éxito cimentó una reputación con la que pudo moverse con mayor soltura a través de los procelosos años sesenta. Década en la que poco a poco iría autoconvenciéndose de dos cosas, a cual más delirante: que él, Stanley Kubrick, era un genio sin parangón en la historia del cine; y que en el arte la perfección es no sólo posible, sino ante todo alcanzable para un genio como él.

Así las cosas, dirigió la hoy muy superada, aunque sin duda brillante en su momento, ‘Lolita’ (1962), sobre el texto original de Nabokov, y a continuación otro de sus grandes aciertos: ‘Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb’ (1964), una sátira político-bélica que quizá representa la verdadera medida de su talento, y que de alguna forma significó la cumbre de su carrera y el principio del declive. Porque a Kubrick se le resquebrajaron los aposentos de la cabeza y empezó a creerse que podía hacer la película definitiva del género que se pusiera por delante, y así llegó ‘2001: Una odisea del espacio’ (1968), escrita al alimón con Arthur C. Clarke, con la que quería realizar la película del espacio definitiva, su ‘Conquista del espacio’ ahora que se había hecho ‘La conquista del oeste’ (Ford, Hathaway, Marshall, 1963), filmada en algunas partes también en cinerama, como aquella, y con la que establecería su grandiosidad como director de cine.

Lo cierto es que ‘2001’, con una soberbia y en cierto modo revolucionaria fotografía de Geoffrey Unsworth y John Alcott, no es la película definitiva del espacio, y aunque posee no pocos valores cinematográficos y narrativos, está presidida por una grandilocuencia, unas ínfulas, una arrogancia y una soberbia que a día de hoy resultan risibles. Comenzar su gran epopeya con el ‘Así habló Zaratustra’ de Johann Strauss, y terminar con el bebé planeta o bebé estelar, tras el viaje psicodélico del astronauta, y con imágenes como el hueso lanzado al aire que se transforma en una nave espacial a corte de montaje, son ideas propias no ya de un presuntuoso engreído, sino de una petulancia casi infantil. No aporta nada al espectador, más que una colección de imágenes primorosamente diseñadas, como nada aporta ‘La naranja mecánica’ (1971), sólo que en lugar de bellas y sugerentes imágenes del espacio, sucias y sórdidas imágenes de violencia sin trascender.

Pero Kubrick, ya convencido de que es un genio, disfrutando de un contrato privilegiado con Warner, tenía que seguir demostrándose que era un artista sin parangón. Y casi lo consigue con la magnífica ‘Barry Lyndon’ (1974), quizá su última buena película, con un tono y un ritmo casi fascinantes. No es la gran película histórica de todos los tiempos, pero es una gran película, sin ningún género de dudas. Mucho mejor, más cuidada, en cierto modo más emocionante, que sus tres últimos trabajos: la muy convencional y epidérmica ‘El resplandor’ (1980), sobre la novela de King, el bélico ‘La chaqueta metálica’ (1987), de la que se salva su primer tercio, y la muy irregular ‘Eyes Wide Shut’ (1999). De la primera de las tres cabe destacar que gusta mucho a los que no se han leído la novela, cuya historia y peripecia es mucho más interesante que lo que nos ofrece la adaptación. La segunda ya muestra a un director que se está quedando por detrás de los cineastas más jóvenes que en ese momento están haciendo filmes bélicos, y la tercera a punto está de despeñarse por los escombros de la nimiedad después de un comienzo prometedor.

Yo no creo que esto sea una carrera digna de elogio, aunque no faltará quien salga y diga que Kubrick es inabarcable, como Shakespeare (que también es más que abarcable…). Kubrick fue un buen director, con aciertos como ‘Senderos de gloria’, ‘Lolita’, ‘Dr. Strangelove’ o ‘Barry Lyndon’, lo que no es poco. En mi opinión el resto está muy por debajo de su leyenda, y le convierten, de forma inevitable, en un cineasta increíblemente sobrevalorado. Quizá de los más sobrevalorados de la historia del cine.

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LITERATURA

¿Dónde diablos está la crítica literaria?

Estas páginas, estos artículos míos, al menos por el momento, no los lee mucha gente (aunque este fin de semana, por alguna razón, he tenido cientos de lecturas… misterios de la vida), pero aún siendo muy consciente de mis limitaciones quiero lanzar una queja, una protesta o una demanda, o como carajo lo quieran llamar, en forma de pregunta: ¿Dónde diablos está la crítica literaria? ¿Dónde coño se ha metido? ¿Qué es lo que está pasando?

Daría para otro debate el argumentar si la crítica (literaria o de cualquier otra disciplina) vale para algo, porque seguro que no faltará quien quiera ponerlo en duda. Precisamente quiero demostrar, o por lo menos dejar claro que para mí no es que valga para algo, es que es un componente fundamental de la cultura. Y de eso voy a hablar en este artículo. He trabajado de crítico (pagado, claro está) en varios medios, y aunque la experiencia ha sido a veces complicada y difícil, creo que merece la pena. Y también merece la pena dejarse influir por los críticos, aunque sea un poco. Pero ya llegaré a eso.

Si uno busca crítica literaria en la prensa escrita, tiene un verdadero problema. En primer lugar porque la mayoría de los periódicos importantes forman parte de un conglomerado editorial, por lo que será muy difícil encontrar opiniones discordantes a la mayoría o que puedan poner en tela de juicio a un autor consagrado. Y en segundo lugar, y en directa relación con eso, porque no hay crítica como tal, sino promociones de libros disfrazados de reseñas.

Y para terminar, de todo eso deriva que no hay críticos literarios de peso, no hay grandes nombres más allá del que lleva veinte años trabajando para un periódico o suplemento o medio concreto, y que ya se ha vendido a las editoriales tantas veces (y no me refiero a que le unten, sino que ha aceptado el status quo) que ha olvidado que está ahí para algo.

¿Por qué debemos buscar crítica literaria, en primer lugar? Pues porque son, se supone, personas que han leído más que nosotros, que tienen un criterio formado, y que van a poder darnos una primera valoración tanto de las novedades como de ediciones nuevas de títulos del pasado. Son una guía, un intermediario que nos va a ayudar a nadar en el inmenso (por decir una palabra suave) océano de tinta y papel sin ahogarnos en él.

Y, más aún, el crítico siempre es el guardián del canon, o por lo menos de cierto canon. Y es el que va a anteponer, siempre (cuando es un crítico comprometido con su oficio) lo arriesgado y lo vibrante, frente a lo comercial y acomodado. Por supuesto que además el crítico tiene el deber (y supuestamente el talento) de escuchar la voz que inspiró al artista cuya obra critica. Pero eso ahora mismo es lo de menos.

El lector puede hacer la prueba. Que busque en Babelia, o en El Cultural, críticas literarias. No las va a encontrar. Como mucho encontrará textos laudatorios, encomiásticos, del que se espera sea el siguiente éxito de Pérez-Reverte o Falcones. Hay muchos escritores estrella en España, y por algún increíble milagro todo lo que escriben, a juzgar por los medios más leídos, son obras maestras o algo parecido. Y los lectores, maravillados y manipulados, se van a creer que están comprando joyas absolutas, cuando lo que están adquiriendo, demasiadas veces, son libros carentes del menor valor literario.

No queda otro remedio, si de verdad queremos leer sobre literatura, y aprender, y contrastar nuestros conocimientos y opiniones, que recurrir a la web. Uno de los pocos críticos que vale algo es Alberto Olmos (que además ha escrito novelas, por lo que sabe de lo que habla), aka Juan Malherido, que durante muchos años tuvo un blog bastante cañero, divertido y macarra. Ese estilo de crítica basada en el chascarrillo culto, en el retruécano cínico, que tanto se estila hoy día y del que él puede ser uno de los más sólidos exponentes. Tiene gracia el hombre, que ahora escribe sobre literatura (y sobre lo que le da la gana) en El Confidencial. Pero se echa en falta mayor rigor, menor pasión por gritar a los cuatro vientos los gustos personales y más interés por divulgar conocimientos, por inspirar, por ser un crítico más comprometido con su tiempo.

Uno de los más grandes críticos de arte en general y de literatura en particular que ha dado este país, Manuel García Viñó, ya fallecido y que al parecer no le hacía mucha gracia a Olmos (tampoco Olmos le hacia mucha gracia a Viñó), sí era un hombre de una vasta cultura y una preocupación moral por defender el canon de la novela y la importancia de la literatura en la sociedad. Lamentablemente, tuvo poca repercusión, pero en lo personal le considero un maestro. Lo único que le achacaría es su inclinación al ataque verbal directo, sin la menor sutilidad. Quizá tenía razón cuando llamaba a Pérez-Reverte un capullo integral, pero ese tipo de declaraciones desdibujan bastante el discurso.

Existen webs, por supuesto, como Un libro al día (que recomiendo al lector puntual de este artículo que le eche un vistazo), en la que un equipo de comentaristas, que han leído lo suyo y que son bastante honestos, dejan una reseña al día sobre cualquier clase de libro. Y hay otros al parecer muy leídos, como el infame Papel en Blanco, que es más una web de cómics que otra cosa. Seguro que el lector interesado por la literatura tiene unos cuantos ejemplos más. Pero es poca cosa, me temo. Yo también, desde estas páginas, intento escribir sobre literatura, y mi intención es hacerlo con mayor asiduidad en las próximas semanas.

Hace pocos días que murió Harold Bloom, que dicen era el crítico literario más importante del mundo. No sé muy bien por qué decían eso ni quién decidió que lo fuera. No me agradaba mucho Bloom, con su soberbia y su obsesión por mirar la creación literaria desde las cimas de la exquisitez, pero no se puede negar su coraje, su erudición y su honestidad. No argumentaba, simplemente sentenciaba. Shakespeare era el escritor más grande de todos los tiempos simplemente porque sí, porque él lo creía así, y como lo era, pues él proclamaba que lo era. Pero, tristemente, en comparación con tanto crítico dispuesto a alabar un truño escrito por algún majadero de cuarenta años que va de estrella literaria, me quedaba con Bloom.

Siendo yo crítico, me he enfrentado a una realidad increíblemente absurda: al poner mal una obra, la persona a la que le había gustado que leía mi texto, se sentía ofendida, como si la atacara personalmente. Y no hablo de niños recién destetados, naturalmente, sino de supuestos hombres y mujeres adultos que no aceptan una crítica negativa porque en realidad no aceptan un pensamiento distinto al suyo. Eso se parece mucho al fascismo. Recuerdo críticas mías a películas en las que una horda (no puedo calificarla de otro modo) de energúmenos, en lugar de contrastar su opinión con la mía me atacaba personalmente, como si les hubiera insultado o escupido a la cara. Era un fenómeno grotesco. Y no creo ser el único que lo ha vivido. Pero por eso creo que es necesario. Hay que ser valiente y decir lo que se piensa, aunque a la mayoría no le guste. Y estoy convencido de que esa es una de las razones de que la crítica literaria haya desaparecido, y de que la cinematográfica sea un chiste contado por fans sin la menor formación artística o narrativa.

Pero algunos no pensamos rendirnos. No tenemos nada que perder.

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CINE

Este mundo estúpido en que vivimos

En una de las escenas iniciales de ‘Aliens’, la obra maestra de James Cameron de 1986, el personaje protagonista, Ellen Ripley, interpretado por Sigourney Weaver, interpelado una y otra vez por lo poco creíble de su relato, responde con una pregunta: ¿ha bajado el nivel intelectual de la gente mientras ella ha estado en el espacio? Yo me encuentro demasiadas veces recordando esta línea de diálogo, y preguntándome lo mismo a tenor de las noticias que nos llegan cada día. Con las noticias de todo tipo, pero especialmente con las noticias que tienen que ver con la cultura.

Viene todo esto por la absurda polémica, si polémica se le puede llamar, propiciada por unas declaraciones de Martin Scorsese de hace algunos días, en las que afirma que para él todo este circo mediático de las producciones de superhéroes de Marvel gira en torno a películas que no son cine, o algo por el estilo. Acto seguido, la prensa y otros medios de comunicación se han hecho eco y han empezado a llamarlo, con esa estrechez mental y tendenciosidad tan propia de estos días, «la cruzada de Scorsese contra Marvel». Y han añadido, a este relato, el de James Gunn, director de la muy estimable ‘Guardians of the Galaxy’ (para quien esto firma, aunque a nadie le importe realmente, la mejor película de Marvel de lejos), y su respuesta vía Twitter a las palabras de Scorsese. Y para rematar el asunto, las recientes palabras de Francis Ford Coppola, que respondiendo a una pregunta acerca de este tema, y sabiendo que Marty es buen amigo suyo, ha dicho que Scorsese ha sido bastante blando, y que para él esas películas de superhéroes son despreciables.

Con lo cual, como no podía ser de otra manera, «Coppola se ha unido a la cruzada de Scorsese». Yo leo estos titulares y se me quitan las ganas de leer prensa durante los próximos veinte años. Y más aún leyendo los comentarios de los anónimos o los graciosillos de turno, esos que no tienen otra cosa que hacer que meterse a comentar en blogs o en periódicos, o en cualquier medio digital que lo permita, porque creen que el mundo necesita de sus opiniones, y porque así se sienten ganando ese espacio que ellos merecen simplemente por existir. Comentarios en los que la esa gente, como si pudiesen hablar directamente con Coppola o con Scorsese, les echan en cara sus ideas y tratan de darles lecciones. Lecciones. A Scorsese y a Coppola.

Y claro, luego surge el tema de la libertad de expresión, y que todo el cine es válido, y que cada uno ve el cine que le da la gana, y una colección de obviedades parecidas a esas. Pero yo creo que merece la pena destacar que cuando sale un titular, aunque nos parezca lo contrario, no es que un señor, quien sea, se asome y diga a voces lo que piensa, sino que la mayoría de las veces es preguntado acerca de ello en alguna entrevista o conferencia. Y que del mismo modo que hay que leer todo tipo de prensa para hacerse una idea aproximada de unos hechos concretos (pues unos tiran a la izquierda y otros a la derecha, y entre ambos extremos uno puede sospechar la verdad de lo sucedido, como por ejemplo con lo que está pasando en Cataluña), hay que tener muy presente el contexto de las afirmaciones o ideas que vamos a cuestionar. Y sobre todo, y ante todo, hay que preguntarse si no es una estupidez como un piano de grande sugerir que Scorsese y Coppola, a sus años y siendo quienes son, realmente están haciendo una cruzada contra algo.

No puede sorprendernos, sin embargo, cuando los medios tienen titulares como ‘Bong Joo-ho, un coreano al mando del cine mundial’, o cuando se da voz a personajes adolescentes y semi-analfabetos (aunque tengan 40 años), que no dejan de soltar majaderías por tierra, mar y aire, como si fueran los nuevos intelectuales, o los nuevos portadores de eso tan frágil y huidizo a lo que llamamos cultura. Imbuidos de un infantil narcisismo, de unas lagunas humanísticas abismales… abrumados por las novedades literarias, cinematográficas… sin tiempo para procesar, para aprender, para reflexionar… el panorama no puede ser más desalentador.

Es de dominio público que la última película de ‘Los Vengadores’ es ya la película más taquillera de la historia del cine… sin tener en cuenta la inflación, claro, ni el precio de las entradas. Es interesante recordar que hace cuarenta y siete años, en 1972, ‘The Godfather’ se convirtió en la película más taquillera de la historia. Debería bastar con eso para que todos los defensores a ultranza del cine más comercial se miraran al espejo y se compararan con los espectadores de entonces. Pero supongo que eso es mucho pedir para toda esa élite de comentaristas estrella, tan furibundos y cargados de razón como siempre.

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CINE

Películas fabricadas, no dirigidas

Muchos dicen que el cine alcanzó su cénit en los años cuarenta y cincuenta. No lo sé. No estoy muy seguro. Quizá lo que alcanzó su cénit fuera el estilo de producción del sistema de estudios y la aceptación del público masivo de ese estilo, de un academicismo y una teatralidad que hoy, por suerte o por desgracia, no es que esté superado, es que hace muy difícil volver a ver muchas películas (no todas), de esa época, pues padecen de un acartonamiento, de una incapacidad para hablar de temas y caracteres universales, más que palmarios.

Pero es lo que hay. Yo, y otros como yo, pensamos diferente: que el cine empezó a tomar su verdadera forma (y aún no ha alcanzado la definitiva), en los años sesenta y setenta, con sus auténticos visionarios, tanto europeos como estadounidenses, dotándole de una cima en su expresividad, de una capacidad para emplear todas sus herramientas (no solamente el guión o los actores, también la puesta en escena, el montaje, la fotografía… el sonido…), que convirtió a lo inmediatamente anterior en una reliquia. Sí, venimos de ahí, pero por suerte no nos hemos quedado allí. Insistir, como he manifestado unas cuantas veces, en formas expresivas obsoletas es más propio de nostálgicos reaccionarios que de verdaderos poetas.

De hecho, en aquella época «dorada», el director de la película pintaba más bien poco. Era mucho más importante, más determinante y poderoso, el productor. Incluso los actores, a los que nadie dirigía (o en todo caso les dirigía el guionista, como bien podemos ver en la maravillosa ‘Trumbo’), suponían más peso en el tono y forma de la película que la visión del director. Y aún así esas películas, en cierto modo, funcionaban, porque el cine, en verdad, es un arte colectivo, y no es imprescindible el director.

Y hoy día, en ciertas películas (muchas más de las que parece), sucede lo mismo, pero desde un punto de partida muy diferente, o por lo menos no igual que en aquella época. Tenemos películas que no están dirigidas, sino producidas, o mejor dicho fabricadas. Dependen más de la personalidad de su productor o estrella, que del director. Por ejemplo, ‘Dunkerque’, el bélico de Christopher Nolan, o ‘El Juez’, el melodrama que es un vehículo de lucimiento para la superestrella Robert Downey Jr. ¿Pues no querían algunos que nos hubiéramos quedado en los años cuarenta y cincuenta? Bien, en cierto sentido, con algunos títulos, estamos exactamente en el mismo sitio.

Dunquerke o Dunkerque

Reconozco que soy un grandísimo ignorante y que nunca sé cómo se escribe la maldita ciudad: con k y q, o con q y k. Prefiero el título en inglés, ‘Dunkirk’, más fácil para todo el mundo. Sea como fuere: desde la primera vez que la vi (y ya van tres), he tenido la misma sensación con ella: no es una película realmente dirigida, pese al renombre de su máximo responsable. Nolan, convertido hace ya unos cuantos años en uno de esos directores superestrella con una legión de fans para los que cada nuevo título es poco menos que el segundo advenimiento de Jesucristo, intenta con ella un bélico al mismo tiempo ambicioso y austero, espectacular y psicológico. A mi juicio la película adolece de falta de verdadero interés, por muchas razones.

La multiplicidad de sus puntos de vista, en lugar de enriquecer el relato como si fuera una obra coral, termina empobreciéndolo, pues ninguno de ellos se desarrolla de forma satisfactoria. Tampoco ayuda que ni el guión, ni el montaje, parecen muy inspirados. Tratando de zambullirnos en uno de los escenarios más trágicos y tensos de la II Guerra Mundial, Nolan intenta, sin conseguirlo, jugar en la misma liga del Spielberg de ‘Saving Private Ryan’ o del Malick de ‘The Thin Red Line’. Quiere ser un director total, no solamente realizador de películas comerciales y taquilleras muy impresionantes, sino dejar un legado autoral. Pues me temo que va a tener que seguir intentándolo. Tampoco pasa nada. ‘The Dark Knight’ le quedó muy bien. Tiene películas estimables. Sus fanáticos sobrevivirán.

Lo peor de todo es que Nolan no parece actuar aquí como director, sino como productor. Al menos su huella se ve mucho más en el ámbito de la producción, el aspecto visual de la película, la escenografía, la fabricación de sus elementos por separado, que lo que significa tener una voz, una mirada, una personalidad, que aúne, que cristalice en un todo. Con ‘Dunkirk’, Nolan se convierte de pronto en uno de esos directores de los años cuarenta y cincuenta, de esos con los que Carlos Pumares y gente así parecen llegar al nirvana, directores más productores que autores, que se construían ejercicios para su propio lucimiento, pero que no aportaban nada a su filmografía en particular ni al cine en general.

‘The Judge’, regreso al Star-System

En lo que concierne a ‘El juez’, o ‘The Judge’, cabe decir que no es una película del tal David Dobkin (el susodicho director), sino una película de Robert Downey Jr. Hecha para él, con él, dedicada a él, que existe para mayor gloria de él. Es una de las películas que más descaradamente existen para mayor gloria de una superestrella y que, además, tiene ínfulas de gran película, pero que se queda en una nadería sentimentaloide que nada aporta al espectador.

Yo no creo que Downey Jr. sea un mal actor. Tampoco creo que sea un actor extraordinario. Hace varias décadas muchos querían ver en él a un futuro gran intérprete (algo como lo que ha sido Sean Penn, por ejemplo…), pero sus muchos problemas personales, sus peligrosas adicciones y su tendencia a la autodestrucción, casi acaban con su carrera y con su vida. Ahora, tras el ciclo de películas de Iron Man, tanto en solitario como con el resto de la galería de superhéroes, es una de las mayores estrellas del planeta, es inmensamente rico, inmensamente famoso, parece haberse rehabilitado de forma definitiva, parece feliz. Pero le falta algo: hacer una buena película.

Y, claro, esta historia de ‘The Judge’ parecía ser una buena candidata, con su historia de familia disfuncional, con su rol de abogado fullero y encantador, con esa tormentosa relación con su padre en la ficción… siendo, además, una película del subgénero de juicios, que siempre dan mucho juego. Pero la cosa no acaba de funcionar, por mucho que el padre esté interpretado por el extraordinario (este sí) Robert Duvall, por mucho que anden por allí Vera Farmiga, Billy Bob Thornton o Vincent D’Onofrio, o que el director de fotografía sea el operador habitual de Spielberg, Janusz Kaminski (por cierto, en un trabajo bastante rutinario, indigno de su talento), o la música esté a cargo de Thomas Newman. La película no funciona porque en ningún momento es creíble. Juega con las cartas marcadas y el espectador lo nota.

Supongo que con ella Downey Jr. quería conseguir, o al menos rozar, lo que le falta para tener una vida perfecta: el maldito premio Óscar. Pero ni siquiera le nominaron, y la película pasó sin pena ni gloria por los cines. Ahora bien, Downey Jr. sale muy guapo y muy encantador, y al igual que me pasa con ‘Dunkirk’, vuelvo a ver una jugada que se parece mucho a ese tipo de cine de los años cuarenta y cincuenta, en el que la estrella justificaba la película.

Pero por suerte o por desgracia el cine ha evolucionado. Yo creo que para bien. Lo que antes pasaba por buen cine ahora no lo hace, porque nos hemos espabilado. Cabría hacer el mismo ejercicio crítico con películas hoy día consideradas como canónicas, simplemente por que tienen varias décadas a sus espaldas. No tengo ninguna duda de que los críticos y los aficionados al cine más superficiales se rasgarían las vestiduras. Por mí se pueden pasar los próximos cien años viendo la trilogía de la caballería de John Ford. Otros estamos a cosas más importantes.

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LITERATURA

1.950 LIBROS

No sé quién dijo cierta vez que elegir qué libro leer, significa también elegir qué libro no leer, o qué libros. Nuestro tiempo es limitado, así que más nos vale elegir bien, aunque me temo que hay mucha gente a la que esta consideración le trae sin cuidado. Pero hagamos un sencillo cálculo. Digamos que al año, y es mucho decir, nos leemos unos cincuenta libros, entre ensayos, narrativa, teatro y poesía. Eso significa leer menos de un libro por semana… No, mejor: digamos que nos leemos cien libros al año… Tampoco: eso son muchos, pues significaría leer dos libros por semana, y aunque en efecto hay volúmenes que se leen en dos o tres días, hay otros que en cinco o seis no te los terminas, porque además de leer, hay que hacer muchas otras cosas durante el día, como por ejemplo trabajar para no morirte de hambre.

Bueno, pues pensemos en una cifra asequible, más o menos redonda: sesenta y cinco libros al año. Para algunos puede suponer mucho, pero creo que es una cifra que está bien. Eso al año. Por tanto en diez años son seiscientos cincuenta libros. En treinta años son mil novecientos cincuenta libros. Si empezamos a tomarnos en serio la lectura a los veinticinco años, significará que a los cincuenta y cinco, sin parar de leer como verdaderos obsesos, además de trabajar y de vivir, y cumplimos por tanto con esos sesenta y cinco volúmenes al año, no habremos añadido a nuestra lista de lecturas ni siquiera dos mil libros más. Tan sólo unos pocos menos. Insisto: a algunos les parecerán muchos libros. A otros nos parecen muy pocos.

Así, a bote pronto, se me ocurren, en una lista meramente superficial, unos seiscientos títulos obligatorios (entre clásicos, novela del siglo XIX y XX, ensayos…) que incluir en ese tercio del total. Eso nos deja con mil trescientos cincuenta libros. Pero, claro, algunos no tienen títulos obligatorios, y aquí ya entramos en otro tipo de consideraciones. Lejos de mi intención decirle a la gente qué debe leer, porque creo que no hay nada más personal que las lecturas de cada cual (y pocas cosas más funestas que obligar a leer… porque todos nosotros nos rebelamos de forma instintiva contra eso, como a menudo sucede en el colegio…), pero estoy seguro no ya de que la mayoría de las personas no se propondrán jamás leer sesenta y cinco volúmenes al año, sino de que en el caso de que lo hicieran, seguramente malgastarían gran parte de esos treinta años de lectura incesante, engañados por la industria cultural, que les dicta lo que tienen que leer, y por ellos mismos, que creen que con leer cualquier cosa pueden considerarse lectores.

Volvamos a esos seiscientos más mil trescientos cincuenta hipotéticos. Supongamos, aunque ya sé que es mucho suponer, que los que intentan llevar una vida de lecturas, ocupan esos hipotéticos seiscientos (que pueden llevarles treinta años o toda una vida) con lo mejor, lo más importante que se ha escrito (aunque insisto, seiscientos se quedan cortos), y que ocupan los otros mil trescientos cincuenta con literatura más…digamos…barata. Más de chavales. Más de kiosco. Más comercial, en definitiva, y para que nos entendamos. Yo, por ejemplo, he de reconocer que de esos mil trescientos cincuenta libros, algunos los han ocupado ciertos volúmenes de Stephen King, uno de los escritores de mayores ventas objetivas de la historia. No me arrepiento de haberle leído (y de seguir leyendo algunos títulos suyos que todavía no he podido obtener), sin embargo, porque King, en contra de lo que tantos (con el pelmazo de Harold Bloom a la cabeza) dicen, es un escritor de verdad, con sus luces y sus sombras, pero un verdadero narrador.

Otros ocupan sus lecturas en cosas, me temo, mucho peores. Más pendientes, supongo, de lo que está de moda o de lo que puede comentarse en corrillos y en reuniones de amigos, que en literatura que pueda considerarse de tal, que les aporte algo a sus vidas. Y parece muy probable que gran parte de esa literatura barata consumida por los que leen y compran libros con cierta asiduidad, sea esa del género histórico (ellos), o del género histórico-romántico (ellas), en una pinza de edad de entre los cuarenta y los setenta y cinco años (la de los lectores, claro). Y así tienen el éxito y la aceptación popular los Pérez-Reverte, Falcones, María Dueñas, Gómez-Jurado, Muñoz-Molina, Almudena Grandes, Carlos Ruiz-Zafón, Santiago Posteguillo, Matilde Asensi… muchos de ellos, o todos ellos, a la sombra de Ken Follett y otros como él (ya se sabe: Dan Brown, E.L. James, gente así).

Por mi parte, a pesar de que tengo cierta debilidad por Stephen King (ni mucho menos soy un fanático suyo, pero el tipo sabe contarte una historia con un desparpajo, un talento y una naturalidad, amén de un afecto por los personajes, una riqueza en los caracteres, un amor por el simple hecho de escribir un relato, que le da mil vueltas a todos los nombrados con una mano atada a la espalda), intento cuidar mis mil trescientos cincuenta libros, y los seiscientos restantes también. No sé si me quedan quince años más para completar mis dos mil, o si me quedaré en unos míseros mil novecientos cincuenta, pero sí sé una cosa:

‘Sidi’, el último relato (nunca novela, ábranlo y a la quinta página se darán cuenta, los que quieran darse cuenta, que llevo razón), de Pérez-Reverte, se vende ahora mismo en las librerías por el módico precio de 20,90€. He sido testigo, hace no muchos días, de cómo varias personas entraban en la Casa del Libro, iban directas al mostrador en el que se apilaban un par de cientos de ejemplares de la última obra maestra histórica de Pérez-Reverte, y se lo compraban, tan contentos. Bien. 20,90€. Yo, que de matemáticas tengo pocas nociones, aún sé sumar. Y, además, en lugar de comprar en la Casa del Libro, siempre que puedo voy a una librería de viejo o de segunda mano, y busco ejemplares si bien quizá no perfectos, sí casi nuevecitos. Paso a detallar algunos precios de libros que he adquirido:

‘Fortunata y Jacinta’, 3€ – ‘El amante de Lady Chatterley’, 2,5€ – ‘Dublineses’, 2,5€ – »Los cosacos’, 1€ – ‘El ruido y la furia’, 2€ – ‘Siddhartha’, 2€ – ‘Miss Lonelyhearts’, 2,5€ – ‘Todo modo’, 1€ – ‘El maestro y Margarita’, 2€.

Esto es lo que me han costado a mí esos libros, algunos verdaderas obras maestras de la literatura, y la suma de todos ellos es inferior a lo que cuesta ‘Sidi’. Cada uno elige lo que quiere meter en su cabeza.

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