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Muchos dicen que el cine alcanzó su cénit en los años cuarenta y cincuenta. No lo sé. No estoy muy seguro. Quizá lo que alcanzó su cénit fuera el estilo de producción del sistema de estudios y la aceptación del público masivo de ese estilo, de un academicismo y una teatralidad que hoy, por suerte o por desgracia, no es que esté superado, es que hace muy difícil volver a ver muchas películas (no todas), de esa época, pues padecen de un acartonamiento, de una incapacidad para hablar de temas y caracteres universales, más que palmarios.

Pero es lo que hay. Yo, y otros como yo, pensamos diferente: que el cine empezó a tomar su verdadera forma (y aún no ha alcanzado la definitiva), en los años sesenta y setenta, con sus auténticos visionarios, tanto europeos como estadounidenses, dotándole de una cima en su expresividad, de una capacidad para emplear todas sus herramientas (no solamente el guión o los actores, también la puesta en escena, el montaje, la fotografía… el sonido…), que convirtió a lo inmediatamente anterior en una reliquia. Sí, venimos de ahí, pero por suerte no nos hemos quedado allí. Insistir, como he manifestado unas cuantas veces, en formas expresivas obsoletas es más propio de nostálgicos reaccionarios que de verdaderos poetas.

De hecho, en aquella época “dorada”, el director de la película pintaba más bien poco. Era mucho más importante, más determinante y poderoso, el productor. Incluso los actores, a los que nadie dirigía (o en todo caso les dirigía el guionista, como bien podemos ver en la maravillosa ‘Trumbo’), suponían más peso en el tono y forma de la película que la visión del director. Y aún así esas películas, en cierto modo, funcionaban, porque el cine, en verdad, es un arte colectivo, y no es imprescindible el director.

Y hoy día, en ciertas películas (muchas más de las que parece), sucede lo mismo, pero desde un punto de partida muy diferente, o por lo menos no igual que en aquella época. Tenemos películas que no están dirigidas, sino producidas, o mejor dicho fabricadas. Dependen más de la personalidad de su productor o estrella, que del director. Por ejemplo, ‘Dunkerque’, el bélico de Christopher Nolan, o ‘El Juez’, el melodrama que es un vehículo de lucimiento para la superestrella Robert Downey Jr. ¿Pues no querían algunos que nos hubiéramos quedado en los años cuarenta y cincuenta? Bien, en cierto sentido, con algunos títulos, estamos exactamente en el mismo sitio.

Dunquerke o Dunkerque

Reconozco que soy un grandísimo ignorante y que nunca sé cómo se escribe la maldita ciudad: con k y q, o con q y k. Prefiero el título en inglés, ‘Dunkirk’, más fácil para todo el mundo. Sea como fuere: desde la primera vez que la vi (y ya van tres), he tenido la misma sensación con ella: no es una película realmente dirigida, pese al renombre de su máximo responsable. Nolan, convertido hace ya unos cuantos años en uno de esos directores superestrella con una legión de fans para los que cada nuevo título es poco menos que el segundo advenimiento de Jesucristo, intenta con ella un bélico al mismo tiempo ambicioso y austero, espectacular y psicológico. A mi juicio la película adolece de falta de verdadero interés, por muchas razones.

La multiplicidad de sus puntos de vista, en lugar de enriquecer el relato como si fuera una obra coral, termina empobreciéndolo, pues ninguno de ellos se desarrolla de forma satisfactoria. Tampoco ayuda que ni el guión, ni el montaje, parecen muy inspirados. Tratando de zambullirnos en uno de los escenarios más trágicos y tensos de la II Guerra Mundial, Nolan intenta, sin conseguirlo, jugar en la misma liga del Spielberg de ‘Saving Private Ryan’ o del Malick de ‘The Thin Red Line’. Quiere ser un director total, no solamente realizador de películas comerciales y taquilleras muy impresionantes, sino dejar un legado autoral. Pues me temo que va a tener que seguir intentándolo. Tampoco pasa nada. ‘The Dark Knight’ le quedó muy bien. Tiene películas estimables. Sus fanáticos sobrevivirán.

Lo peor de todo es que Nolan no parece actuar aquí como director, sino como productor. Al menos su huella se ve mucho más en el ámbito de la producción, el aspecto visual de la película, la escenografía, la fabricación de sus elementos por separado, que lo que significa tener una voz, una mirada, una personalidad, que aúne, que cristalice en un todo. Con ‘Dunkirk’, Nolan se convierte de pronto en uno de esos directores de los años cuarenta y cincuenta, de esos con los que Carlos Pumares y gente así parecen llegar al nirvana, directores más productores que autores, que se construían ejercicios para su propio lucimiento, pero que no aportaban nada a su filmografía en particular ni al cine en general.

‘The Judge’, regreso al Star-System

En lo que concierne a ‘El juez’, o ‘The Judge’, cabe decir que no es una película del tal David Dobkin (el susodicho director), sino una película de Robert Downey Jr. Hecha para él, con él, dedicada a él, que existe para mayor gloria de él. Es una de las películas que más descaradamente existen para mayor gloria de una superestrella y que, además, tiene ínfulas de gran película, pero que se queda en una nadería sentimentaloide que nada aporta al espectador.

Yo no creo que Downey Jr. sea un mal actor. Tampoco creo que sea un actor extraordinario. Hace varias décadas muchos querían ver en él a un futuro gran intérprete (algo como lo que ha sido Sean Penn, por ejemplo…), pero sus muchos problemas personales, sus peligrosas adicciones y su tendencia a la autodestrucción, casi acaban con su carrera y con su vida. Ahora, tras el ciclo de películas de Iron Man, tanto en solitario como con el resto de la galería de superhéroes, es una de las mayores estrellas del planeta, es inmensamente rico, inmensamente famoso, parece haberse rehabilitado de forma definitiva, parece feliz. Pero le falta algo: hacer una buena película.

Y, claro, esta historia de ‘The Judge’ parecía ser una buena candidata, con su historia de familia disfuncional, con su rol de abogado fullero y encantador, con esa tormentosa relación con su padre en la ficción… siendo, además, una película del subgénero de juicios, que siempre dan mucho juego. Pero la cosa no acaba de funcionar, por mucho que el padre esté interpretado por el extraordinario (este sí) Robert Duvall, por mucho que anden por allí Vera Farmiga, Billy Bob Thornton o Vincent D’Onofrio, o que el director de fotografía sea el operador habitual de Spielberg, Janusz Kaminski (por cierto, en un trabajo bastante rutinario, indigno de su talento), o la música esté a cargo de Thomas Newman. La película no funciona porque en ningún momento es creíble. Juega con las cartas marcadas y el espectador lo nota.

Supongo que con ella Downey Jr. quería conseguir, o al menos rozar, lo que le falta para tener una vida perfecta: el maldito premio Óscar. Pero ni siquiera le nominaron, y la película pasó sin pena ni gloria por los cines. Ahora bien, Downey Jr. sale muy guapo y muy encantador, y al igual que me pasa con ‘Dunkirk’, vuelvo a ver una jugada que se parece mucho a ese tipo de cine de los años cuarenta y cincuenta, en el que la estrella justificaba la película.

Pero por suerte o por desgracia el cine ha evolucionado. Yo creo que para bien. Lo que antes pasaba por buen cine ahora no lo hace, porque nos hemos espabilado. Cabría hacer el mismo ejercicio crítico con películas hoy día consideradas como canónicas, simplemente por que tienen varias décadas a sus espaldas. No tengo ninguna duda de que los críticos y los aficionados al cine más superficiales se rasgarían las vestiduras. Por mí se pueden pasar los próximos cien años viendo la trilogía de la caballería de John Ford. Otros estamos a cosas más importantes.

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