CINE, TELEVISIÓN

Dirección de actores: Matthew McConaughey en ‘True Detective’

Hace ya muchas semanas que no escribo sobre la dirección de actores, desde aquel artículo sobre el maravilloso trabajo de Roman Polanski con sus intérpretes en ‘The Fearless Vampire Killers’. Y es una disciplina que me interesa mucho, por cuanto representa una de las dos o tres piedras de toque de los grandes cineastas. Muchos espectadores no tienen muy claro qué es eso de dirigir actores, más que decir acción y corten, o de corregirles una frase o un movimiento inapropiados. En realidad, es todo un desafío dirigir bien a tus actores, e incluso un gran director de actores como Eastwood, que ha hecho maravillas en más de una ocasión, puede dar un patinazo y darnos algo tan lamentable como el Gene Hackman de ‘Absolute Power’ (1997).

En realidad, existen muchos directores, más de lo que se pueda creer, que efectivamente hacen eso de acción, corten, y corrección de movimientos y de frases. Y son directores que pueden hacer películas bastante decentes, pero que no saben comunicarse con sus actores. Que manejan la cámara, la técnica, que saben lo que quieren, pero que no tienen ni idea de hablar con sus intérpretes. Un caso extremo de este estilo sería George Lucas. Pero en realidad, en el rodaje, un director tiene que encargarse principalmente de dos cosas: del cuadro, en el combo (es decir que todo esté como debería en el plano que se va a rodar, después de semanas de preparación), y de los actores. Nadie debe hablar con los actores para dar instrucciones de interpretación salvo él. Muchos de esos directores aludidos se esfuerzan en que el plano quede exactamente como quieren mientras los actores van de aquí para allá como simples muñecos. Cuando son grandes actores, con mucha experiencia, saben bien lo que tienen que hacer, pero nunca estaría de más hacerles un poco de caso.

Los actores son como instrumentos de una sinfonía. Y el director, además del guion literario de la película, y del guion técnico, ha de disponer de un guion de dirección de actores. De una partitura que ir manejando para sacar de ellos exactamente lo que quiere y dirigirles a un lugar muy determinado. Por eso se llama dirigir. Y ha de saber cuántas tomas va a necesitar, no para cubrirse, sino para, si es talentoso, extraer de su actor cuatro o cinco tonalidades diferentes con las que poder luego jugar en el montaje hasta establecer una secuencia completa…

Pero tampoco es necesario aturdir al actor con docenas de sugerencias, con una biografía demasiado detallada de su personaje, con objetivos, intenciones, recuerdos. Hay que hablar en su idioma, nada más. Esto significa ser lo más simple y directo posible. Significa ponerse en su situación e inspirarles. El actor lo agradecerá. Y si no es muy bueno, echarle una mano para que se sienta a gusto y trabaje con naturalidad. Y si está nervioso darle confianza. Es todo un arte dirigir actores, y por eso cuando te encuentras con maravillas, que de vez en cuando las hay, es todo un placer disfrutarlas y luego escribir sobre ellas.

Una de las mejores interpretaciones de la historia

En esta época de grandes series norteamericanas, en la que tenemos maravillas como el Bryan Cranston de la magnífica ‘Breaking Bad’, el James Gandolfini de la insuperable ‘The Sopranos’, la Lena Heady de ‘Game of Thrones’, o la Katey Sagal de ‘Sons of Anarchy’, parece difícil que sigan surgiendo grandes personajes y grandes interpretaciones. Pero lo hacen. Y es cierto que a veces asoma por ahí el fantasma de la sobreestimación, pero hay que rendirse a la evidencia que ofrece la pantalla. Y pocos trabajos tan deslumbrantes y extraordinarios como el de Matthew McConaughey en la primera temporada de ‘True Detective’.

La impresionante primera temporada de ‘True Detective’ se asienta en tres bases: el guión, absolutamente férreo y con ecos de gran novela, de Nic Pizzolato; la magistral realización de Cary Joji Fukunaga, una de esas en las que cabe el apelativo perfección; y la memorable, pasmosa, interpretación de McConaughey. Y no está solo el actor, pues le acompaña el gran Woody Harrelson (un actorazo de raza al que algún día reconocerán su gran talento), y un grupo de intérpretes muy afinado. Pero sobre todos ellos vibra él, encarnando a un personaje fascinante, que alberga una gran oscuridad y al mismo tiempo una sorprendente humanidad. Con este trabajo el actor lleva el arte de la interpretación a niveles que serían insospechados en los años cuarenta y cincuenta. Lo lleva más allá. No mejor que por ejemplo Spencer Tracy, o Laurence Olivier, no más memorable que Marlon Brando, o Alec Guinness. Simplemente más allá.

En comparación con él, los mejores trabajos de grandes actores como Kevin Speacy… como Russell Crowe… como Jeremy Irons… me parecen hasta triviales. Prosaicos. Con esta interpretación hay que colocarle en otra liga, la de los Heath Ledger, Joaquin Phoenix, Anthony Hopkins, Forest Whitaker, Daniel Day-Lewis, Philip Seymour Hoffman… No creo estar exagerando. Y esto sorprende aún más por el hecho de que la carrera previa de este actor no auguraba nada de esto. McConaughey había debutado en los noventa con ‘Dazed and Confused’, del gran Richard Linklater, y había aparecido en películas estupendas como ‘Lone Star’, de John Sayles, para después encasillarse rápidamente en papeles de guaperas sin la menor sustancia, apareciendo en una serie de comedietas sin gracia hechas para adolescentes, pero arriesgándose también en pequeños papeles como el de ‘El imperio del fuego’, que indicaban que quería ser algo más que un niño bonito. Pero hubo de esperar a 2012, con 43 años, momento en el que compuso su magnífico personaje para ‘Mud’, de Jeff Nichols, abonando el camino para el Rusty Cohle de ‘True Detective’.

¿Cómo está dirigido aquí este actor? ¿Cómo está compuesto su personaje? Rust es el centro, comienzo y final de toda la historia. Desde el primer momento en que aparece, a través del visor de la cámara que graba el interrogatorio, su imagen demacrada, sus ojos poderosos, atrapan al espectador en un despliegue de imaginación actoral inefable, inexplicable. En un acto de transformación pura, verdadera capacidad de los grandes actores, el actor se ha convertido en el personaje, externa pero sobre todo internamente. McConaughey parece haber nacido para interpretar a Rusty Cohle. Seguramente no sea así, pero por su intensidad, su perfección técnica, así lo parece. Rust es un iluminado, un guerrero, un solitario y un ser brillante, marcado por una pérdida íntima muy dolorosa. En ninguno de esos aspectos McConaughey se mueve por clichés o por imágenes manidas, no se da soluciones fáciles o caminos de menor resistencia, sino que lo vive hasta el final, con extrema valentía.

Dos décadas en la vida de su personaje dan para muchos detalles y momentos distintos. Dan para una apertura emocional puntual, y también para el desplome final. En mi opinión el personaje y su composición están en sus ojos, su voz y sus gestos. Pero sobre todo en sus ojos, en la forma de mirar. Y es muy importante cómo mira Rust los objetos, los hechos y las personas. Desde una altura intelectual, sin la menor piedad. Con un cierto distanciamiento, como si todo fuera un deja vu. Con ironía, con cinismo, con resignación, con nihilismo. Ahí está el personaje. Y la demoledora secuencia final, que da un atisbo de esperanza al espectador (aunque sólo un resquicio) es el clímax de tanta emoción contenida, de tanto dolor inexpresable, al que por fin puede expresar en palabras.

Woody Harrelson está sensacional a su lado (como casi siempre en este gran actor), pero lo que hace Mathew McConaughey debería estudiarse en las escuelas de interpretación.

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CINE, CRÍTICA, TELEVISIÓN

‘El irlandés’, de Martin Scorsese

Es muy difícil hablar de una película de Scorsese (el largometraje de ficción número veinticinco de su carrera, nada menos, excluyendo el sensacional mediometraje ‘Life Lessons’ del filme de episodios ‘Historias de Nueva York’) que de alguna manera, aunque es muy posible que el genio italoamericano siga filmando películas, significa el reencuentro con algunos títulos de su filmografía y al mismo tiempo la despedida de un tipo de cine, y que además se haga a través de una plataforma de streaming como Netflix, que ha permitido su estreno durante un par de semanas. Son muchos los temas y las ideas y las sensaciones que desprende el visionado de una película de tres horas y media exactas, de un torrente de cine y de energía tan arrollador como lo es ‘El irlandés’.

Pero antes de profundizar en sus imágenes vale la pena dejar algo por escrito que muy pocos parecen estar dispuestos a decir en voz alta: Netflix está cometiendo una equivocación histórica a la hora de exhibir sus películas. La única razón, en realidad, por la que la han estrenado, es para poder competir en los Óscar, que tienen unos requerimientos muy estrictos siquiera para seleccionar las nominadas. No lo han hecho para que la película pueda ser disfrutada en pantalla grande. Su estrategia, claro, es que la gente se suscriba a su servicio. Y es muy lógico. Pero no perderían absolutamente nada si dejasen que sus películas tuviesen una vida más larga en las salas, y si exigiesen menos a los cines. Películas como ‘El irlandés’ (y otras como ‘Roma’, y muchas más) son filmadas para ser vistas en cine. Es el cine, y los espectadores, los que pierden con estas estrategias comerciales. Netflix defiende lo suyo, pero demuestra que le importa poco el objetivo primordial de los cineastas a los que produce sus películas.

Dicho esto hay que enfrentarse de una vez a la ardua tarea de comentar las imágenes desplegadas en pantalla por Marty. Unas imágenes que no se parecen, en realidad, a nada de lo que haya filmado antes, y que en el fondo se parecen mucho. La obra de Scorsese es el gran fresco histórico de la vida estadounidense del siglo XX y XIX, contada a través de sus personajes atormentados, obsesivos, pertinaces, incapaces de dejar de ser quienes son aunque su vida dependa de ello.

Ironía, nervio, nostalgia, desamparo

Lo primero que sorprende en el visionado de esta película es el sutil humor que se desprende en gran parte de su extenso metraje. Pocas veces Scorsese ha sido tan irónico, tan cáustico. Parece echar una mirada distanciada y burlona a una época desquiciada, la que sigue a la II Guerra Mundial, en la que los EEUU cambiaron por completo y se convirtieron en el circo mediático que es hoy día. No parece casual que se haya estrenado en plena era Trump, en la que tantos fantasmas del pasado parecen resurgir en cada esquina.

Pero esa mirada irónica, ese humor soterrado, poco a poco va dejando paso al nervio, a la vibrante energía scorsesiana de siempre, ahora sazonada con una nostalgia, una melancolía, que se va filtrando antes de que llegue el tercio final de la historia, y que se apodera de la película en su clímax, hasta ofrecer un desolado retrato de la soledad y el desamparo que deja al espectador completamente noqueado. El final de ‘El irlandés’ llega todavía más lejos que el de ‘Casino’ en la devastación emocional de su personaje central. Parece, en realidad, continuar con la vejez de Ace Rothstein (también interpretado por De Niro) en la figura de Frank Sheeran, con el que no tiene piedad pese a observar su ruina moral con ojos compasivos.

Precisamente desde ‘Casino’, hace ya casi un cuarto de siglo, que no coincidían De Niro y Scorsese, una de las asociaciones cinematográficas más longeva y legendaria de la historia del cine americano. Y vale la pena apuntar que al igual que Pacino no es ni la mitad de sí mismo sin la sombra de Coppola detrás, tampoco De Niro parece ser capaz de enfrentarse a grandes retos sin su amigo Marty en la dirección. Este gran actor, al que demasiado a menudo se le nota que está interpretando, parece agotado y envejecido antes de tiempo. Lleva casi dos décadas participando en películas muy por debajo de su reputación (con algunas comedias realmente infumables), pero por suerte ha podido coincidir una vez más con el director con el que ha colaborado otras ocho veces, para componer un personaje memorable.

Su Frank Sheeran, el irlandés al que quizá se refiere el título de la película (aunque bien podría ser por JFK, cuya figura es crucial en el devenir de la historia), se aleja bastante de otros personajes dibujados al alimón con Scorsese. Le dota de mucha mayor humanidad y muy complejas contradicciones, muy bien escritas por el curtido guionista Steven Zaillian sobre el libro de Charles Brandt ‘I Heard You Painted Houses’, pero en gran parte de la película Sheeran no es más que un espectador privilegiado de los intrincados acontecimientos en los que la hermandad de camioneros se vincula con la mafia italiana, apoya el mandato de John Kennedy, se enfrenta a él por no cumplir sus promesas, con el desastre de Bahía de Cochinos de fondo… una compleja trama que sin embargo no es lienzo, sino que es marco, y que al final ejerce como excusa para contarnos la historia de una doble amistad.

El genial Scorsese

Porque al igual que en otras películas de Scorsese, de lo que trata ‘El irlandés’ es de la amistad, de sus frágiles vínculos y de la dificultad de mantenerla a lo largo de los años. Sheeran con Russell (interpretado con honda verdad y sabiduría escénicas por el irrepetible Joe Pesci), y Sheeran con Jimmy Hoffa (al que da vida un desatado, como casi siempre, Pacino, que por una vez es capaz de canalizar el inmenso histrión que puede llegar a ser). Una especie de historia de amistad a tres bandas que no puede acabar bien y que en sus ramificaciones narrativas es perfecta para la sensibilidad y la mirada de Scorsese, que vuelve a regalarnos otro trabajo extraordinario.

Y ya habíamos visto a los wiseguys de ‘Mean Streets’, o de ‘Goodfellas’, o de ‘Casino’ crecer juntos y compartir mil penalidades para luego traicionarse unos a otros sin el menor escrúpulo. Pero no habíamos presenciado un pesar tan grande, tan nítido, en ninguna de sus películas. El destino de los personajes de ‘El irlandés’ conmueve verdaderamente pese a volver a tratarse de una panda de asesinos y extorsionadores. Nos conmueve porque ellos lamentan por primera vez tener que actuar como lo hacen, aunque lo hagan para no ahogarse en un desesperado sálvese quien pueda. Esta vez la idealización no es sustituida por el cinismo, sino por la amargura de una vida que se acaba y plaga de errores nefastos.

Y una vez más tenemos a la portentosa Thelma Schoonmaker haciendo de las suyas, mano a mano con Scorsese, en el montaje. Y tenemos un gran trabajo de Rodrigo Prieto en la fotografía. Ambos, en total sintonía narrativa con el director, despliegan un virtuosismo nada complaciente, una tensión cinética a la que muy pocas películas pueden aspirar. La nerviosa, rebelde cámara del director está un poco más reposada esta vez. Pero sólo un poco. En cuanto te descuidas la secuencia se vuelve un verdadero huracán de imágenes y sonidos que te demuestran por qué este hombre es uno de los más grandes cineastas de la historia del cine. Poco importa que pese al CGI se note que De Niro está muy mayor. Poco importan sus tres horas y media de metraje. ‘El irlandés’ es una celebración de cierto tipo de cine que quizá nunca vuelva a verse. El cine por el cine, la pasión por la pasión. Es lo que hace Scorsese desde hace más de cincuenta años. Vivir el cine. No entender la vida sin el cine.

Aún recuerdo lo que dijo de él cierto crítico de cine con motivo del estreno de ‘El aviador’ (2004): que Scorsese era un director inelegante. Ni entonces ni ahora puede entenderse el motivo de estas palabras. ‘El irlandés’ es una clase de elegancia narrativa, de sabiduría narrativa. Quizá otros se queden con el falso clasicismo del último Clint Eastwood, pero algunos nos rendimos a la evidencia una y otra vez, a cada nueva película de Scorsese, que cuando falte nos dejará tan huérfanos que no podremos creerlo.

Habrá que volver a ver (la siguiente vez en Netflix, qué remedio…) este ‘El irlandés’, porque es imposible abarcar todo, y saborear todo, de una sola tacada. Yo no sé si es una obra maestra, como muchos han dicho antes de verla, pero estoy seguro de que es una de sus grandes películas. Otro trabajo extraordinario, de los que abundan en la carrera de un director extraordinario.

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CINE, LITERATURA

Narrativa y Antinarrativa, literatura narrativa y literatura artística

Como últimamente, a raíz de los textos dedicados a Stephen King, Arturo Pérez-Reverte o Juan Gómez-Jurado, he escrito bastante sobre literatura más o menos narrativa, y literatura más o menos artística, me veo quizás en la necesidad de profundizar en estos conceptos, no solamente para explicar un poco mejor lo que quiero decir con ellos, sobre todo para afianzar mis puntos de vista ante mí mismo, que soy al primero al que tengo que convencer cuando hablo de narrativa. Y la narrativa es el tema de estas páginas, en todas sus formas, de modo que si quiero construir una idea definida sobre ella, he de hacerlo bien.

Recuerdo perfectamente cuando en cierta ocasión, en un texto sobre una película recién estrenada de Terrence Malick, empleé el término «antinarrativa». No solamente algunos de los lectores más profanos se quedaron extrañados ante esa palabra, también hubo otros que supuestamente escribían de los mismos temas que yo y que no entendieron a qué me estaba refiriendo (haciendo palmaria la evidencia de su enorme y cerril ignorancia). Quizá tenga yo la suerte de haber tenido profesores de narrativa, de audiovisual y de escritura, y eso me haga más digno a la hora de escribir sobre estos temas, o quizá que me preocupé de saber de qué iba todo esto del cine, de la literatura y de la ficción en general.

Merece quizá la pena explicar que antinarrativa no significa que no se narre nada, y que tengamos doscientas páginas de novela, o cien minutos de película, dedicados a un tipo mirando fijamente una pared. Lo antinarrativo narra hechos, peripecias y personajes de una forma radicalmente distinta, y a veces hasta opuesta, a lo narrativo, pero narra. Sus códigos son diferentes, a menudo abstrusos y hasta opacos para los no iniciados, pero cuando es realmente valiosa, consigue cosas, llega a lugares, que a la narrativa convencional le están vedados. Por tanto se entiende que al grueso de los espectadores este concepto, y ese tipo de ficciones, les cause rechazo o aburrimiento, cuando no animadversión. Porque para muchos espectadores, si todas las películas fueran iguales, tanto mejor, incapaces de darse cuenta de que el arte ha de avanzar en sus formas, más que en sus temas.

Decía Godard que efectivamente una historia ha de tener presentación, nudo y desenlace… pero no necesariamente por ese orden. Por ahí van un poco los tiros. Y yo, aportando mi granito de arena después de tres décadas de ver películas, leer libros y escuchar música, intento siempre que puedo evidenciar la diferencia, palpable, entre ficciones más narrativas y otras más literarias, más poéticas o incluso más antinarrativas. Y sin anteponer nunca una a la otra, y convencido de que lo antinarrativo, lo estrictamente literario y lo poético puede adherir a sus formas las de lo narrativo y más convencional (y al revés sucede también, aunque en raras ocasiones), intento (he intentado siempre) al escribir sobre películas, o libros…. sobre narrativa en definitiva, hablar de los valores de uno y otro plano del espectro de la narrativa. Porque en mi opinión, los que meten todo en el mismo saco, sin hacer diferencias, lo hacen por desidia o por interés. Y si Reverte engloba, en su visión de la literatura, las novelas de Anthony Hope o de Alejandro Dumas, o los cómics de Tintín, con ‘Moby Dick’ es que no se entera de nada, o no se quiere enterar. Porque le conviene, claro.

Para mí, lo más falsario es cuando un creador de ficciones netamente narrativas intenta trascender y hacerse pasar por algo que no es. Esto es un artista, un poeta. O cuando quiere convencer a sus partidarios de que en el fondo todo es lo mismo. Es una de las razones por las que respeto tanto a Stephen King. Él sabe perfectamente cuáles son sus limitaciones, y no intenta convertirse en Willliam Faulkner. Se contenta con ser lo que es, y lo que hace lo hace muy bien. Ojalá muchos otros siguieran su ejemplo.

Bien, entremos en materia. ¿Qué sería una literatura más narrativa y otra más artística? Antes nombré ‘Moby Dick’, la monumental obra maestra de Herman Melville sobre la que algún día escribiré un estudio en profundidad. Este sería un ejemplo perfecto de obra estrictamente literaria que incorpora a su estrategia formas de una literatura más narrativa, más convencional si se quiere. Pero son solo carcasa. El fondo y la inspiración nuclear de Melville es un mundo poético y con bastantes vetas antinarrativas. Su interés es más formal, más elevado. De ahí el estilo de su novela, y de ahí, seguramente, su fracaso de ventas en el momento de su publicación. Que haya trascendido como una de las novelas cimeras de la literatura norteamericana también podría atribuirse a su excelsa y singularísima mirada, a la fuerza artística de Melville.

La novela, tras unos primeros deslumbramientos en la segunda mitad del XIX, alcanzó una incontestable culminación en la primera mitad del XX, más concretamente en los años treinta y cuarenta, en todo el mundo, con los extraordinarios precedentes de ‘La montaña mágica’ de Thomas Mann, y el ‘Ulysses’ de James Joyce. Una de 1924 y otra de 1922. Estaban preparando el camino para Faulkner, Broch, Stapledon, Woolf, Junger, el Hesse de ‘El lobo estepario’ (1927), Yourcenar, Sarraute, y un largo etcétera. Ellos son los que intuyeron el verdadero alcance de las formas narrativas de la novela, volviéndola antinarrativa en algunos de sus títulos, atribuyendo importancia máxima al flujo de conciencia, el perspectivismo, el monólogo interior, la dislocación expresiva, y otros conceptos que lograron por fin que la novela fuera una manifestación de las bellas artes. Y lo hicieron sin olvidarse del lector, contando historias apasionantes, construyendo universos personales y dibujando una pléyade de inolvidables personajes.

Este tipo de literatura es esa que muchos, por razones que se me escapan, desprecian por insoportable, aburrida o densa. Ese lector, menos exigente, suele tender en sus gustos a una ficción más narrativa. Nada en contra, pero muchas veces me pregunto qué puede encontrar el lector en ciertas ficciones que de narrativas no tienen nada, o muy poco. Porque si nos olvidamos del perspectivismo, el monólogo interior, el flujo de conciencia y todas esas zarandajas más características de una literatura no comercial, encontramos en la gran literatura narrativa algunos valores extraordinarios que merecen destacarse cuando se encuentran en algunas películas o en algunas novelas, y que muchas veces no se encuentran en ninguna parte.

El primero de esos valores netamente narrativos sería el de contar una historia con gracia, con gusto, con sensibilidad, con pasión. Es el primero de los valores que hecho en falta cada vez que abro un libro nuevo en las estanterías de novedades. El segundo de esos valores sería el de construir unos personajes mínimamente interesantes, originales, rotundos, poderosos. Otro que me cuesta horrores encontrar en muchas películas y muchos libros. Podríamos seguir con otros valores, como la imaginación, la violencia, el suspense, el terror, la acción, la aventura… El sentido de todo ello parece proscrito del noventa por ciento de los libros que se publican, más preocupados por construir un costumbrismo epocal, o el de demostrar los meses o años de documentación histórica para hablar de la historia de los Austrias o la de El Cid Campeador. Hace falta ser un escritor de raza para escribir una gran novela de aventuras. O una gran novela de terror. Y cuando aparece por ahí una rara avis capaz de conseguirlo, intento siempre dejar claro que es alguien valioso al que hay que seguirle la pista.

Patricia Highsmith, John le Carré, Graham Greene, Raymond Chandler, John Steinbeck, Aldous Huxley, Stefan Zweig, J.R.R. Tolkien, Fernando Vallejo, Ryszard Kapuscinski, Louis-Ferdinand Céline, Stephen King… todos ellos, y otros muchos, escritores muy diferentes entre sí, han logrado grandes cosas en ficciones netamente narrativas, cada uno en su campo o especialidad. Y lo han hecho escribiendo grandes novelas, narradas con gracia y estilo, con estupendos personajes, con suspense, con acción, violencia, realismo, imaginación, terror… Es a eso, bajo mi punto de vista, a lo que tiene que aspirar un novelista que sepa que no es James Joyce o William Faulkner, y que nunca lo será.

Tristísimo resulta que hoy día la literatura de aventuras haya desaparecido. Si se busca en google la frase novela de aventuras aparecen dos docenas de libros de hace más de cien años. Supongo que los escritores de ahora están más preocupados de ser como estrellas de cine, o de televisión, o de rock, con más pose que narrativa en sus venas.

¿Y en el cine? Pues lo mismo. Terrence Malick es un director totalmente antinarrativo. Cuenta lo mismo que muchos otros, pero de distinta manera. Con una mirada única. Como David Lynch, como el mencionado Godard, como lo hizo Tarkovski o lo hizo Bergman. Todos ellos antinarrativos, y por eso a menudo despreciados por aburridos (?), densos (??) o inabordables (???). Son esos artistas a los que pseudo críticos sin la menor sensibilidad artística tilda de presuntuosos, o de estafadores…

También hay muchos cineastas narrativos que merecen un respeto, porque saben contarte una historia con un estilo y una clase inapelables, y que nos enseñan día a día cómo hacer las cosas. Pero son los verdaderos poetas, los que no hacen ficciones comerciales, los que son tachados de insoportables, los que hacen avanzar el arte, le pese a quien le pese.

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CINE, CRÍTICA, LITERATURA

‘El resplandor’ y ‘Doctor Sueño’, Kubrick y King

Cuando me enteré de que iban a estrenar una especie de remake o secuela de ‘El resplandor’, quise pensar que aquello no era sino la enésima jugada comercial a las que tanto nos tienen acostumbrados desde el otro lado del Atlántico. Y lo pensé porque en ese momento no me acordaba de que efectivamente el propio Stephen King había escrito la continuación de una de sus novelas más famosas. Y aquí tenemos ya la película, que por lo que parece no ha entusiasmado a demasiados espectadores, no está provocando el río de dólares esperado, y que sin duda se trata de uno de esos títulos con los que la crítica y el público no sabe muy bien qué hacer.

‘Doctor Sueño’ es un filme magnífico, que por momentos roza, y hasta abraza a manos llenas, la condición de película magistral. De las ficciones de su clase (terror sobrenatural, thriller gótico y hasta metafísico) es la mejor estrenada en mucho tiempo. Está filmada con un pulso y un estilo, con una clase, que sólo tienen los grandes narradores. Confieso no saber muy bien quién es este Mike Flanagan, pero pienso seguirle la pista y rescatar cualquier filme suyo que pueda encontrar. Lo único que sabía de él es que hace dos años dirigió otra adaptación de King, ‘El juego de Gerald’, que tuvo excelentes críticas aunque tampoco un gran impacto mediático. Ciertamente, no me sorprende… En estos tiempos que corren, la narrativa de calidad no está muy bien vista, que digamos.

Demonios vacíos que se comen a niños, y secuelas brillantes que devoran a sus predecesoras

Es ‘El resplandor’ (The Shining), una de las películas más famosas de la historia del cine en general, y del terror en particular. Y lo es por razones que siempre se me han escapado. Kubrick no estaba interesado (ni tenía por qué estarlo, vaya esto por delante…) en la novela original, sino en coger su carcasa más superficial y construir con ella el filme de terror definitivo. A juzgar por la respuesta de muchos de sus fans, probablemente lo consiguió. En lo personal, a pesar de que encuentro aciertos parciales en su fotografía (siempre soberbia en Kubrick), en su atmósfera, y en algunos momentos puntuales, ésta me parece una de sus peores películas. Y no porque fuera muy poco fiel a la novela, sino porque los cambios que proponía quedaban muy pequeños frente a ella.

Recuerdo lo que dijo Paco Plaza hace bien poco: «¿Qué más podía querer King? Le adapta nada menos que Kubrick y lo hace a lo grande. Y además de una de sus peores novelas». Algo parecido dijo. Supongo que cada uno tiene sus gustos y luego ha de defenderlos. Yo, particularmente, tengo una teoría con la que he dado la vara a bastante gente: ‘El resplandor’ le gusta a la gente que no se ha leído la novela (como creo que en realidad le pasa a Paco Plaza). Si se la leen, si entran al juego de Stephen King, se dan cuenta de que Kubrick le banalizó, le empequeñeció. Kubrick, al igual que hizo en ‘2001, una odisea del espacio’, que es poco más que una sucesión de lujosos cromos de sci-fi que nada aportan al espectador más exigente, lo único que construye son pedazos de celuloide de terror mal ensamblados entre sí y sin coherencia interna ni verdadero alcance estético.

Es conocido el hecho de que a King no le agradó demasiado la versión de Kubrick. Creo que tampoco llegó al límite de odiarla, como se ha dicho tantas veces, pero desde el principio quedó patente que eran dos sensibilidades narrativas diferentes. Kubrick cambió no solo el final de la novela sino el espíritu mismo de la historia, convirtiendo a Jack en un cliché andante, carente de verdad o profundidad psicológica alguna.. Era lo más lógico que a la hora de escribir la continuación que sus lectores le han pedido durante décadas, King no hiciera una continuación de la historia de la película, sino de su propia historia, y que Flanagan, cogiendo los mandos de la dirección, no hiciera solamente una adaptación de ‘Doctor Sueño’, sino a su manera una continuación de ‘El resplandor’ de Kubrick. Lo notable no es que haya logrado una secuela respetuosa con la mítica película de 1980, sino que en todos los aspectos es una película muy superior a la de Kubrick.

Esta historia de demonios que se alimentan del resplandor de niños a los que hacen sufrir para obtener un alimento más puro es, desde ya mismo, un clásico del cine de terror.

Magnífica novela, soberbia adaptación

Decía yo, hace poco, que algunas de las novelas menos famosas de King, y de las menos extensas, se encuentran a veces entre sus trabajos más apasionantes. ‘Doctor Sueño’ es uno de esos casos. Es una novela de madurez absoluta, en la que continúa una de sus historias más queridas y recordadas, y lo hace sin plagiarse a sí mismo ni repetirse, sino abriendo nuevos caminos narrativos a su ficción, demostrando una vez más que lo que más le importa son los personajes, y sus vidas, y sus vicisitudes. La trama es algo secundario, en el fondo. Importante, claro, pero en realidad secundario. Es un verdadero placer leer ‘Doctor Sueño’ porque una vez más King dota de una vida increíble a sus personajes, que poseen una encarnadura, una verdad, más rotunda que mucha gente que conozco o he conocido.

De igual manera, es un verdadero placer ver ‘Doctor Sueño’, que es tan emocionante, tan vibrante, tan rotunda como la novela. Flanagan dirige con mano firme, adapta con mucho criterio y sensibilidad el texto de King, y monta él mismo, en solitario, sus propias imágenes, en un montaje soberbio. Y no solamente eso, sino que posee una música muy bien ensamblada en la estrategia narrativa de la película, y un trabajo de sonido ejemplar y muy creativo. Y por si no bastaba con eso, las referencias a ‘El resplandor’ son sutiles y nada pueriles, así como las referencias a clásicos del cine de terror como el ‘Frankenstein’ de James Whale. Ahí es nada… Y arma esta portentosa película con tan buen gusto, con tal dominio de los resortes del miedo y el suspense, con tanta vehemencia por lo gótico, lo macabro, insertado con total naturalidad en el mundo real, que se convierte, por méritos propios, en un digno sucesor de John Carpenter a sus cuarenta años.

No es una película de terror de las que se estilan hoy día, y de ahí seguramente su fracaso en taquilla. De poco vale un Ewan McGregor en estado de gracia (su mejor trabajo, el más contenido y el más sabio, en muchos años), la interpretación estelar de la gran Rebecca Ferguson como Rose la Chistera (una de las villanas más inolvidables de los últimos tiempos), o los momentos de puro terror. El espectador medio de hoy día, quinceañero de carné o en sus gustos cinéfilos, probablemente no sabe apreciar los valores narrativos de esta excelente película. Algunos, sin embargo, somos como esos personajes sedientos del resplandor de la película, sólo que estamos sedientos, hambrientos, de narrativa de altura a la que hincar el diente, y por eso sabemos apreciar delicatessen en cuanto se nos pone al alcance.

Poco importa que en un giro esperable, Flanagan decida situar el clímax final en el hotel Overlook. Es lógico y es razonable y con eso hace subir la película hasta extremos macabros difíciles de describir, haciendo un homenaje a la primera película y a todos sus fans, que no son pocos. Tal cosa no sucede en la novela, como es lógico, porque en ‘El resplandor’ de King el hotel no se congelaba, sino que ardía hasta los cimientos. Pero es un final emocionante y conmovedor, el broche final a una película redonda.

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PRESENTACIONES

Unas cuantas propuestas absurdas y disparatadas para el 2020 y más allá

1ª Dado el cabreo que mucha gente, sobre todo en EEUU, sentía cada vez que el personaje de Apu salía en pantalla en ‘Los Simpson’, ya que al parecer propagaba clichés racistas sobre los hindúes, propongo que también borren del show al subnormal de Ralph, que con su presencia ofende a los discapacitados mentales, y a Marge Simpson, que ofende a las amas de casa puritanas y complacientes; también, ya de paso, a Waylon Smithers, el cual está claro es una intolerable afrenta para el colectivo gay; y a Montgomery Burns, un insulto para los vejestorios ricachones sin corazón. Como guinda, que se carguen a Homer, que es un insulto para toda la humanidad.

2ª Ya puestos, que reemplacen a todos los personajes de ‘Los Simpson’, y que hagan otros cien o doscientos nuevos, y que la renueven hasta el 2039. Los guiones seguirán siendo una basura (más o menos como desde la temporada 13-14), pero nadie se sentirá ofendido y todos contentos.

3ª Que le den de una puñetera vez el Cervantes a Arturo Pérez-Reverte. Y el Nobel, dicho sea de paso. No se sabe si se lo merece o no (probablemente sí, no vayamos a invocar a la bestia), pero eso no es lo importante. Lo importante es que es Pérez-Reverte, y que a su lado Chuck Norris es una hermanita de la caridad. Si queremos que la humanidad sobreviva unos años más, hay que alimentar el narcisismo más arrollador de los últimos tiempos.

4ª Que dejen de dar el Premio Planeta a autores a los que nadie conoce, y que se lo den a Juan Gómez-Jurado por la tercera parte de ‘Reina Roja’, que saldrá probablemente en pocos meses a la venta. Cierto que los otros dos libros ya habrán vendido, cada uno, un millón de ejemplares, y que no necesita el premio, pero es el premio el que le necesita a él. Todos sabemos que el prestigio del Planeta está por los suelos. Sólo puede salvarlo alguien de la talla de Gómez-Jurado, a quien aún le sobra tiempo en su enternecedora cruzada de hacer que la gente lea un poquito más.

5ª Que canonicen de una vez a Clint Eastwood y a Ridley Scott, de tal manera que todos los melodramas o películas más o menos serias sean como las del primero, y que todos los thrillers y películas de ciencia ficción sean como las del segundo. Lo que no cumpla esos requisitos, que ni se estrene.

6ª Enlazando con eso, y echando un vistazo al estado de las cosas: en cuanto Eastwood, Allen y Scott se mueran o se retiren (ya no faltan muchos años, por suerte desgracia), que cierren los cines. Total, las plataformas de streaming nos darán todo lo que queramos a las hordas ávidas de hype y de imágenes impactantes que comentar a los compañeros de trabajo.

7ª Que los políticos «profesionales» se borren, y que ocupen su lugar los tertulianos estrella que copan las pantallas y nos regalan con su sabiduría casi de forma diaria. Eduardo Inda, Francisco Marhuenda, Antonio Ferreras, Carlos Herrera, Jose Antonio Zarzalejos… ¡No podemos permitir que continúe su frustración! Deben dar un paso adelante y hacer aquello que tantos estamos esperando. Ponerse manos a la obra y arreglar este país. Todos ellos tienen mi voto incondicional.

8ª Que los telediarios dejen de llamarse así, telediarios. Que sean honestos y que se llamen Información Futbolística, dentro de la cual, de forma esporádica, pueden hablar un poquito de alguna noticia importante que suceda en el mundo.

9ª Que todos y cada uno de los ciudadanos de Madrid se compre un perro (por lo menos uno) de forma obligatoria. Y cuanto más grande mejor. Cuanto más grande sea el animal, o animales, más le devuelven en hacienda al año siguiente. ¿Qué es eso de que solamente unos pocos tengan la oportunidad de llenar de porquería una ciudad? O todos o ninguno. Eso sin contar las innumerables molestias a vecinos y viandantes. Tener un perro debe dejar de ser un derecho para ser un deber.

10ª Que los bares y tabernas, desde la mañana hasta las nueve de la noche, impidan el paso a personas individuales: únicamente familias con niños. Si no tienes niño no puedes entrar a beberte una caña o a ver el partido. A partir de las nueve de la noche, dependiendo del aforo y de que los padres decidan meterles en la cama, algunos locales podrán dejar el paso a civiles sin hijos.

11ª Viendo que nadie se entera de lo que le conviene a todo el mundo, propongo no que deceleremos el cambio climático, sino que lo aceleremos. No podemos quedarnos en cinco meses de calor al año. El objetivo han de ser once meses. Uno de frío a fin de temporada por eso de la Navidad y tal, y el resto calor. Calor de ir a la playa y de acudir al trabajo en chanclas, apestando a sudor, de no dormir bien por las noches y de perder el apetito. Eso es la felicidad, que parece que muchos no quieren darse cuenta.

12ª Propongo que cierre la ONU. Mucho gasto para tan pocos y pobres resultados. En su lugar, que se cree un superconsejo mundial con EEUU, Israel, el Estado de la ciudad del Vaticano y Arabia Saudí al mando. Los primeros saben entretenernos, los segundos saben matar con discreción y son el pueblo elegido por Dios, los terceros nos proporcionan paz espiritual y los cuartos tienen todo el petróleo del mundo. ¿Qué más queremos? ¿Rusia? ¿China? Que se vayan a otro planeta.

13ª Propongo que silencien a todos los científicos del mundo. Que solamente trabajen para los gobiernos en sus proyectos locales. En realidad, nadie les hace ni caso en nada de lo que nos aconsejan o en nada de lo que descubren. Otra pérdida de tiempo y de dinero.

14ª Ya puestos a pedir, que reduzcan aún más las aceras de Madrid. ¿Qué es eso de que por algunas de ellas aún se pueda caminar de a dos? Como mucho en fila india, y que los moteros, pobrecitos ellos, puedan aparcar incluso ahí. Los discapacitados que se jodan. Si quieren vivir tranquilos que se vayan a su pueblo.

15ª Finalmente, que suban todavía más los precios de todos los libros. El sector está muy malito, y cobrar 30€ por una edición decente debería ser considerado algo inmoral. Los libros son artículos de lujo, y como tal deberían ser tasados. Una edición corrientucha que cueste 100€, y una buena entre 300 y 400. Total, nadie lee. Los que lo hagan que apoquinen, que los lujos cuestan dinero.

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CINE, CRÍTICA

The Dark Knight y Scorsese

Como todavía seguimos con la absurda polémica suscitada por la respuesta que Scorsese le dio a un periodista, quisiera aportar mi grano de arena a este asunto, ahora que mi intención de traducir la carta que Scorsese escribió a The New York Times se ha visto truncada porque otros lo han hecho antes que yo. Pero recapitulemos: Scorsese sólo ha dado su punto de vista sobre un fenómeno (el cine de superhéroes en general, y el de Marvel en particular) que a él no le interesa demasiado, porque su bagaje cultural es otro, y porque según él esas películas no son cine. No ha faltado, por supuesto, el eterno grupo de ofendiditos que se han rasgado las vestiduras porque un cineasta de su talla diga con sinceridad lo que piensa. Incluso el siempre espectacular Juan Gómez-Jurado ha puesto en su twitter, en consonancia con su altura de miras y la profundidad habitual de su pensamiento, que eso que ha dicho Scorsese «es una tontá».

Para Scorsese, y muchos estamos de acuerdo con él, todo este cansino fenómeno del cine de superhéroes, ejemplificado sobre todo en la maquinaria Marvel, ha sido más pernicioso para el arte del cine que un tsunami, y las increíbles ganancias económicas que han proporcionado a los estudios no van ayudar en nada a que cineastas más humildes encuentren su hueco en las pantallas. Este legendario cineasta no hace sino lamentar que en los cines sólo se proyecten franquicias de superhéroes, y que sea muy difícil para otro tipo de cine encontrar un hueco. Y tiene toda la razón, ahora que además él se ha visto obligado a filmar ‘El irlandés’ para Netflix. El que se quiera ofender por eso y escribir soflamas al respecto, que lo haga. Pero ahora se considera un fracaso cualquier película que en una semana no haga cifras cercanas a los cincuenta millones de dólares. Si el personal no quiere darse cuenta del problema que esto representa ni siquiera merece el esfuerzo de que se le explique.

Resulta irónico y tremendamente interesante que el proyecto de ‘Joker’ (2019), que finalmente ha filmado Todd Phillips, fuera considerado en un inicio por el propio Scorsese. Es probable que nunca pensara seriamente en dirigir él la película, pero quizá acarició durante una temporada la posibilidad de hacerla. No en vano, este ‘Joker’ bebe directamente del nihilismo y la angustia de ‘Taxi Driver’, así como de la causticidad y la negrura existencial de ‘The King of Comedy’, ambas de Scorsese. La película no la ha dirigido él, y como todos sabemos está siendo un grandioso (y en muchos aspecto, muy sorprendente) éxito en todo el mundo. Phillips hace un trabajo más que solvente y Joaquin Phoenix está increíble en su papel del Joker, tal como esperábamos. Pero quizá valga la pena, a raíz de los comentarios de Scorsese, a raíz del debate suscitado por la dictadura comercial de ese tipo de cine y de la película de Phoenix, hablar un poco sobre la que probablemente es la mejor película de su clase. Sobre todo porque, para rematar el asunto, tiene más de Scorsese de lo que pudiera parecer.

El ruido y la furia

No es Christopher Nolan un director de mi devoción. Le reconozco la ambición, la inteligencia y la energía. Es un tipo avezado, que conoce la técnica y sabe lo que se hace, pero a estas alturas de su carrera está ya claro que no es un gran cineasta. Su carrera se ha visto afectada de ese defecto del más grande todavía, del hype desaforado, de una supuesta autoría que no mezcla demasiado bien con sus necesidades comerciales. Sin embargo, con ‘The Dark Knight’, sin lugar a dudas su película más completa, consiguió un raro equilibrio, a pesar de sus imperfecciones, para erigirse en la superproducción de superhéroes más compleja y más profunda tanto en lo temático como en lo formal. Ni una sola película de Marvel llega a estas latitudes de suspense, ambigüedad moral y oscuridad psicológica. Muchos lo achacan al sugerente guión escrito al alimón con su hermano Jonathan, al parecer mucho mejor guionista que Christopher. Sea como fuere, ni siquiera la mejor película en mi opinión de Marvel, ‘Guardianes de la galaxia’ (Gunn, 2014), puede hacerle sombra a esta aventura.

Con un reparto formidable (nada menos que Christian Bale, Morgan Freeman, Michael Caine, Gary Oldman, Aaron Eckhart, Maggie Gyllenhaal…) Nolan tuvo sobre todo la grandísima suerte de contar con Heath Ledger en el papel del Joker. Creo que Phoenix está formidable en la película de Phillips, y hasta es posible que se lleve el Óscar. Pero es evidente que en su composición debe mucho a Ledger. Por lo menos no se entiende sin tener en cuenta a Ledger, que logró algo absolutamente icónico con su Joker. Phoenix explica al personaje y le dota de un pasado y un patetismo arrolladores, pero Ledger fue el que cinceló una leyenda. Su Joker es absolutamente terrorífico, insuperable. Convierte en una caricatura lo que otros grandes actores han hecho con él, trascendiendo con mucho el original del cómic.

Su Joker no es solamente la némesis del héroe, sino además un pensador anarquista, un filósofo del caos como forma de vida. Ningún personaje, en la larga carrera de Nolan, tiene un ápice de la grandeza de su Joker, que puede rivalizar, en intensidad, en furia, en genio creador, con las grandes composiciones de Hopkins (Hannibal Lecter), Day-Lewis (Bill el carnicero o Daniel Plainview) o el propio Phoenix (en ‘The Master’), y eso dentro de una película que narrativamente atesora no pocos valores y virtudes (y olvidemos detalles cogidos con pinzas, como la reconstrucción desde la nada de una huella en una bala, o la milagrosa y poco plausible fuga del Joker de una comisaria atestada de policías), muchas de las cuales son herencia directa del genio de Scorsese.

Y dirá el lector, ¿cuales? Personalmente, en la densidad atmosférica de ese Gotham de Nolan percibo rastros del New York de ‘Taxi Driver’. Y en la precisión del corte en su montaje (muy superior también, por cierto, al del resto de sus películas) noto que Nolan se ha visto en el espejo de grandes maestros como Scorsese. Pero ante todo en la figura del propio Joker, en la valentía con la que se ha afrontado este personaje, en la libertad que sin duda Nolan permitió a Ledger, es evidente que se sitúan en un espacio antes roturado por los torturados, obsesivos y casi mefistofélicos personajes scorsesianos. La locura aparente del Joker, su compleja estructura moral, es deudora tanto del Travis Bickle de ‘Taxi Driver’ como del Max Caddy de ‘Cape Fear’ (1991), y si esos personajes no hubieran existido, tampoco lo habría hecho el Joker de Nolan y Ledger de la manera en que se nos presenta en pantalla.

Por todo ello es más que lógico que la primera opción, más allá de coincidencias temáticas, para dirigir el ‘Joker’ que ahora arrasa en las pantallas de cine, la primera opción fuera el bueno de Marty, como también es más que lógico que por estilo e inquietudes, Scorsese finalmente declinara el proyecto y se dedicara a otras cosas.

Y así seguiremos, porque el panorama no tiene visos de cambiar. Seguirán estrenándose mega producciones que marcarán el ritmo de la industria, y que obligarán a pensar, por una suerte de ósmosis, que una producción más pequeña, filmada con veinte o treinta millones de dólares, ya es un fracaso si en Estados Unidos no llega a los cien millones recaudados. Y seguirán pulverizándose récords de taquilla año tras año (el récord de taquilla en el estreno de un mes determinado, el récord de una festividad, el récord del verano, el récord del año, o el récord de la historia del cine), hasta que la maquinaria, por fuerza, se colapse sobre sí misma. En esta década que todavía no acabará en 2020 (porque la siguiente década empieza en 2021… aunque poco importa, porque todo el mundo dirá que hemos cambiado de década), el cine de superhéroes ha sido la norma. Marvel ha echado la casa por la ventana y ha hecho película de casi todos sus personajes. Y la fórmula ha funcionado.

Mientras tanto, los pocos directores de verdad que van quedando y que no quieren plegarse al canto de sirena de lo estudios, es decir, que no quieren hacer las películas que ellos les marquen, sino contar las historias que llevan dentro, lo tendrán cada vez más difícil para salir adelante y sobrevivir como artistas. Otros grandes maestros, como Scorsese, concluirán su carrera, porque por desgracia no pueden existir para siempre. Y sus sucesores o continuadores heredarán un mundillo despiadado, en el que será casi imposible expresarse. Es de eso, y no de otra cosa, de lo que habla Scorsese. Puede que a algunos les parezca mal, pero quizá sería una buena idea escuchar a gente como él.

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CÓMIC, CINE, LITERATURA, MÚSICA

¿El arte es intraducible?

Creo que lo dijo Tarkovski. Lo dejó por escrito en su imprescindible libro ‘Esculpir en el tiempo’, aunque es posible que no fuera una frase acuñada por él. Poco importa. Es interesante que lo escribiera no un escritor sino un director de cine como él, aunque sin duda se refería sobre todo a la poesía. Su padre, Arseni Tarkovski, fue uno de los poetas líricos más destacados de la Rusia de finales del siglo XX. Y para Tarkovski, el arte verdadero, en todas sus formas (y él mismo lo practicó en sus maravillosas películas), era poesía. Estaba elaborado por los auténticos poetas. Pero, ¿es verdaderamente intraducible?

Uno de los temas que inevitablemente nos surgen, de cuando en cuando, a los que invertimos parte del tiempo que no tenemos en leer o en hablar de literatura y de arte, es si, por ejemplo, merece la pena leer la obra de un escritor extranjero cuya lengua no dominemos. En ese caso, ¿estamos realmente leyéndole? ¿No es un ejercicio fútil y hasta falaz? ¿No estamos leyendo a otro u otra (el traductor, claro), y no al artista original? Son preguntas perfectamente válidas. Si en verdad nos interesara este autor o aquel de más allá… ¿no sería imprescindible que antes aprendiéramos el idioma en el que está escribiendo para apreciar verdaderamente su escritura? Es muy posible que así sea.

Dijo Borges, en uno de esos arrebatos polémicos que tanto le caracterizaban, que tras leer ‘El Quijote’ en inglés, al leerlo luego en español le parecía una mala traducción. Más allá de la gracia o falta de ella en ese famoso chascarrillo, la obra de Cervantes nos da una medida relativa del problema. Es virtualmente imposible que una traducción al alemán, al japonés o al mandarín de ‘El Quijote’ pueda incluir siquiera una décima parte del carácter intrínseco, esencial, de la obra. La forma de hablar del Caballero de la Triste Figura, sus parlamentos con Sancho, el castellano antiguo de la prosa, incluso los errores gramaticales, intencionados o no, de Cervantes, son exclusivos de la versión original de esta obra maestra. Pero todo eso, ¿es imprescindible para conocer, siquiera tangencialmente, ‘El Quijote’? ¿Para conocer su esencia, su espíritu, su mensaje, su legado? Pues quizá no.

En un mundo ideal, además del inglés, deberíamos dominar perfectamente el francés, el italiano, el alemán, el ruso y el japonés para no perdernos una miríada de obras maestras literarias cuya lectura puede proporcionarnos un placer estético inconmensurable. Como esto, para la mayoría de la gente, no es posible, tendremos que conformarnos con las dichosas traducciones. En el caso de una traducción de ‘El Quijote’, evidentemente se van a perder muchas cosas, pero por otra estoy seguro de que el ocasional lector de otro idioma podrá saber quién es el personaje, y cuál es su peripecia, y por qué esa, o cualquier otra, es una obra esencial de la literatura. Y con eso debería bastar. Dejo para otro artículo una profundización en la diferencia, esencial, entre literatura como arte, y literatura más narrativa y menos artística, pero incluso en la literatura como arte, no residen únicamente en la escritura sus valores artísticos, sino en las ideas, en los caracteres y en las propuestas narrativas.

Además, por muy cuestionable que sea una traducción, me consta que los traductores hacen un esfuerzo ímprobo, en la mayoría de los casos, por adaptar los modismos, la expresividad, el estilo, del autor cuyo libro están llevando a otro idioma. De tal forma que, aunque lo leamos en español, podemos reconocer la prosa de un autor extranjero determinado, aunque lo traduzcan dos personas distintas. Y eso sucede aún en casos como el de ‘Las palmeras salvajes’, que aquí en España sólo lo encontramos (hasta donde yo sé), con la traducción más que discutible de Jorge Luis Borges. Y pese a ello, se distingue con facilidad el estilo, la fuerza, la intensidad de Faulkner. He leído la obra en inglés (el único idioma que domino además del español), y aunque es lo preferible, no creo que al traducirla al español (y eso que la prosa de Faulkner es una de las más excelsas que podemos encontrarnos en la novela) pierda demasiado. Ahí está Faulkner, en mi lamentable traducción del tal Borges.

En cuanto al doblaje de las películas… eso es harina de otro costal. Y más aún en un país tan inculto y atrasado como España, en el que el doblaje todavía es la norma y la excepción la V.O. En mi prescindible opinión, no solicitada por nadie, se debería prohibir el doblaje en este país. Tal cual. El ocasional lector de estas líneas puede buscar mi nombre en la red unido a la palabra doblaje, y verá que en algunos foros, hace ya unos años, me pusieron a parir por defender esta idea. Foros en los que escribían verdaderos defensores acérrimos de algo tan pueril como el doblaje. Pero tal como dijo algún crítico de cuyo nombre no me quiero acordar, ver una película doblada es ver una película adulterada. No es cuestión de ver películas «en inglés», sino de verlas en el idioma en las que se hicieron, con la opción siempre agradecida de los subtítulos. Un buen amigo mío me contaba que en un club de cine, nada menos, algunas personas se marchaban indignadas porque iban a proyectarse las películas en V.O. Y esto en un club de cine. No me quiero imaginar fuera de allí.

Lo ideal, siempre, es acceder, cuando se puede, al material original, si de verdad queremos saber qué es lo que se hizo y sobre todo cómo se hizo. Con qué estilo, con qué palabras. Esto en la literatura. En el cine, lo ideal es escuchar a Michael Caine o a Toshiro Mifune, y no a un actor de doblaje. Pero eso no significa que el arte sea o no intraducible. Puede que el arte no tenga que ser traducido para ser disfrutado. Esa es mi opinión. Las más grandes obras de arte, en el fondo, no se entienden. Son un maldito enigma que atrapa, como en el caso del surrealismo, la imaginación más visceral del receptor. El arte, creo, es nada más que una imagen. Una sola imagen. Puede aparecer desnuda, directa, sin filtrar, como en el cine o en la fotografía. Puede aparecer filtrada por la fantasía y el mundo interior del autor, como en la pintura o la escultura. O puede situarse ante nuestra cámara interior, después de leer del libro las palabras que la convocan. Pero es una imagen. Y esa imagen es universal, intraducible o no. Y es el receptor el que, más allá de que la imagen le entretenga, debe averiguar qué hacer con ella.

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CRÍTICA, LITERATURA

Stephen King y la fiebre narrativa

Después de comentar la obra (o, por mejor decir, la producción…) de dos autores españoles tan mediocres, insustanciales e insoportables como Juan Gómez-Jurado y Arturo Pérez-Reverte, quiero dejar por escrito mis sensaciones con la obra (esta vez sí) del que quizá sea el escritor más famoso del mundo en la actualidad, y uno de los de mayores ventas globales de todos los tiempos, el norteamericano Stephen King. Un novelista por el que siento un gran respeto pero del que, en ningún modo, soy otro admirador o fanático de los millones que por el mundo escriben sobre él o hacen vídeos en youtube. Creo que este señor merece que se haga crítica literaria con él (de la de verdad), algo que una vez más tampoco encuentro por ninguna parte.

Supongo que desdeñar con tanta pasión a dos mediáticos (pseudo)novelistas ibéricos, y apreciar la carrera de otro estadounidense que se ha hecho multimillonario con sus ventas, y que además no goza precisamente de ningún prestigio crítico, puede no dejarme en buen lugar ante los ojos de algunos. No me importa. Me consta que hay buenos cuentistas o escritores de relatos españoles, pero si el ocasional lector de estas líneas tiene tiempo, ganas y energía (me temo que le hará falta mucha), vuelvo una vez más a habilitar los comentarios para que me deje, si le apetece, algún nombre de algún novelista español verdaderamente grande de los últimos… digamos… veinte años. Y si además es capaz de vendérmelo con un poco de gracia, puede incluso que le haga caso y me lea algo de lo suyo. Por lo demás, no siempre unas ventas descomunales garantizan tener delante a un mal escritor, aunque a menudo sean indicativo de que no te vas a encontrar nada bueno.

Lo cierto es que pocos elementos externos de Stephen King ayudan a cambiar la imagen objetiva que se tiene de él. A sus increíbles ventas, constantes a lo largo de varias décadas, hay que añadir lo prolífico que es (aunque por suerte ya nadie sospeche de que tenga a varios escritores fantasma a sueldo escribiendo las novelas por él) y a que gran parte (no toda) su obra pertenece a ese poco prestigioso, por no decir «infame», género del terror. Con estos mimbres, muchos no quieren ni acercarse a él, y el paso de los años, de los títulos y de las adaptaciones cinematográficas no ha hecho sino confirmar la teoría de quienes no han leído ni una sola línea de sus libros. Tampoco es mi intención ensalzar a este novelista como uno de los más regios de la actualidad, pero sí, quizá, ser uno de los que ayuden a desmontar prejuicios y lugares comunes acerca de sus libros.

La senda del perdedor

Si valoramos los libros de Stephen King desde las alturas de la exquisitez literaria, es muy probable que nos parezca un novelista tirando a normalito. No posee una prosa distinguida, elaborada y excelsa, y jamás podría escribir un libro como ‘Meridiano de sangre’ o como ‘La subasta del lote 49’, o como ‘Mientras agonizo’. Su suerte, sin embargo, reside en que él es totalmente consciente de ello. No puede escribir novelas así y por eso ni siquiera lo intenta. Él está a otra cosa. King, que de niño y chaval tenía todas las papeletas para ser un perdedor y un fracasado en su vida, es un fervoroso obsesionado por contar historias, las más impactantes, poderosas y emocionantes que pudiera escribir. Y a eso se sigue dedicando. No es un literato extraordinario, pero sí es un narrador extraordinario.

Cuando no tienes nada que perder, porque eres un Loser con todas las letras, y vives en una caravana y cobras el salario mínimo, pero al mismo tiempo sospechas o empiezas a darte cuenta de tu caudal narrativo, te entregas a ello con una pasión desbordada. Eso es lo que hizo King, y no es de extrañar que muchas de sus novelas sean efectivamente del género del terror, porque quizá ese tono, ese espíritu, es en el que él podía disparar con mayor potencia, extrayendo de sus demonios interiores una riqueza imaginativa incomparable. Que con sus primeras novelas consiguiera un éxito arrollador no es más que un efecto colateral (aunque supongo muy satisfactorio para él y su cuenta corriente…) que aunque ha desvirtuado en gran medida la percepción que se tiene de él, no ha corrompido la que él tenía de sí mismo, que ha seguido siendo fiel a sus ideas y a su forma de escribir y de entender la literatura.

¿Qué es lo que le llega habitualmente al que jamás ha leído nada de Stephen King? Pues la forma de vender sus novelas, evidentemente, que en sus inicios no fue la más adecuada, y que en algunas épocas posteriores era bastante equívoca. El que no conozca la obra de King, me consta, cree que es un escritor con tendencia fácil hacia lo macabro, en el que lo más importante es el terror o el horror en sí mismo, que nos cuenta historias de estadounidenses de clase media y de la «américa profunda» que nada tienen que ver con nosotros, que su escritura y que sus historias carecen de la menor profundidad emocional o psicológica, y que son novelas para pasar el rato sin ningún otro interés. Nada de todo esto es verdad, pero convencer de eso se hace muy complicado cuando por ejemplo Alberto Olmos dice en una entrevista de hace ya bastantes años que no puede leer a King porque una frase no tiene conexión con la siguiente, cuando el purista Harold Bloom, recientemente fallecido, no le concedía el menor mérito, o cuando la mayoría de las adaptaciones cinematográficas de sus novelas (dicen que es el autor más adaptado al cine de la historia) inciden precisamente en esa falta de valores narrativos.

Ni siquiera el hecho de que algunas adaptaciones de sus novelas o relatos sean magníficas películas, como por ejemplo ‘Cadena perpetua’ (The Shawshank Redemption’, Darabont, 1994), que en mi opinión es una obra maestra incontestable, ‘Carrie’ (De Palma, 1976), que ha envejecido pero que tiene momentos magníficos, ‘Misery’ (Reiner, 1987), que pese a estar un tanto sobrevalorada y a tener un tono un tanto equívoco posee la magistral interpretación de Kathy Bates, ni siquiera eso hace cambiar de idea a muchos, que se quedan con las más cutres o desafortunadas adaptaciones de sus historias más macabras. Le sucede un poco como a Robert E. Howard, cuyas adaptaciones de Conan el bárbaro, más basadas en taparrabos y testosterona que en el verdadero espíritu howardiano, desvirtúan en gran medida la imagen de su literatura.

La situación llega hasta tal punto que incluso una de las películas de terror más famosas de todos los tiempos, admirada por millones de fanáticos, como ‘El resplandor’ (The Shining, Kubrick, 1980), es considerada una buena película porque se aleja de la novela de King. Mi opinión es la siguiente: la película de Kubrick le gusta mucho a la gente que no se ha leído la novela de King. Si se la leyesen se darían cuenta de que su historia es mil veces más interesante e imaginativa que la de la película, y que Kubrick tan solo cogió el esqueleto básico de la novela (tres personas que se van a vivir unos meses a un hotel cerrado en invierno, que da la casualidad de estar maldito o encantando, o lo que Kubrick creyese que era mejor para epatar al espectador). El director no entendió, ni quiso entender, la novela de King, que es lo mismo que les sucede a muchos que no quieren ni acercarse a sus ficciones.

Construyendo un universo

Hay muchas razones para no considerar a King un escritor eminentemente literario, sobre todo si consideramos la literatura en dos niveles bien diferenciados: la literatura como forma de arte absoluto, y la literatura como forma narrativa. Ambos niveles a veces pueden unirse, pero es bastante complicado que lo hagan. La mayor parte, o toda, la literatura de King pertenece al segundo grupo. Está muy influenciado por la forma de escribir del gran Richard Matheson, quien no en vano le dedicó una de sus colecciones de cuentos por considerar a King el futuro del género… y no se equivocó. La forma de representación de Matheson, su prosa, su estilo, dejaron una honda huella en el joven King, quien muchos años más tarde le dedicó su novela ‘Cell’ (2006).

En lo temático, sin embargo, King no tiene ningún problema en admitir que está muy influenciado por Lovecraft y por toda una miríada de escritores pulp y de la black mask, cuyo estilo directo y seco también ha intentado emular en algunos de sus trabajos. También, y aquí vendrán los puristas a no dejar pasar ni una, está muy influenciado por las películas de su infancia, pero al contrario que algunos pésimos escritores de hoy día (algunos de los cuales han tenido su valoración en estas páginas mías), King es un verdadero escritor por varios motivos. Y el primero de todos ellos es que al contrario que muchos, él posee un universo propio (que tantos han tratado de emular con tan poca fortuna), y un profundo conocimiento de la literatura narrativa, de la que ha extraído sus mejores armas para escribir los mejores relatos y novelas de los que ha sido capaz.

En ese universo (no hablo del multiverso de King, en el que cada novela conecta con las otras por detalles o enlaces temáticos), King ha sido capaz de crear, gracias a lo prolífico que es y a su fértil imaginación, una forma casi única de escribir que le pertenece sólo a él, y que le ha hecho acreedor de un lugar privilegiado en el imaginario colectivo de los que sí han dado el paso de quitarse los prejuicios de encima y leer algunas de sus novelas. Puede no ser un escritor literario, pero es incontestable que si se leyera cualesquiera de sus novelas, unos pocos párrafos, sin saber qué se está leyendo, se podría reconocer con bastante facilidad que es una de sus ficciones. Porque King posee otra cosa que sólo pertenece a los grandes narradores y a todos los grandes escritores literarios: un gran oído musical.

Con ese oído ha sido capaz de erigirse como uno de los mejores dialoguistas de la actualidad, y no precisamente uno de los más reconocidos. Pero si prestamos un poco de atención, observaremos la increíble frescura y naturalidad de sus diálogos, con los que es capaz de conseguir atrapar al lector y hacerle creer aquello que está contando, olvidándose de que es una ficción, como muy pocos escritores de hoy en día. Y de su capacidad innata para escribir diálogos surge la que sin duda es una de sus grandes fortalezas como novelista: su gigantesco talento a la hora de crear personajes. Y no solamente personajes memorables desde un punto de vista estético e icónico (y de esos tiene docenas), sino que esos personajes, en la mayoría de sus libros, están vivos. Son personajes creíbles de arriba a abajo, a los que él dota de una vida y una verdad sólo al alcance de los grandes novelistas de todos los tiempos. Y esa, y no otra, aunque estoy seguro de que muchos no estarán de acuerdo conmigo, es la razón del enorme éxito de ventas de sus novelas.

Si la razón fuera su capacidad para escribir historias horripilantes, hay muchos otros que se le parecen, y que escriben historias tan terroríficas, o más, que las suyas. En su caso, es una afortunada mezcla de imaginación, ingenio, suspense y humanidad, que él ha sabido dosificar muy bien para golpear anímicamente al lector de la forma más perdurable posible. Y es por eso que el lector se identifica con los personajes de King de una forma poderosísima, hasta tal punto que llega a afectarle la historia que le están contando. El horror en sí mismo no le interesa a King casi nunca. Lo que le interesan son sus personajes, o por mejor decir las personas a las que él dota de vida en sus páginas. Cuando King escribe ‘El resplandor’ está más interesado en contarte la historia de esa familia desestructurada, que en los horrores de hotel Overlook, en los que estaba más interesado Kubrick.

Novelas, novelas cortas, libros de relatos, ensayos, guiones…

Sin embargo, como es bien sabido, aunque de la cantidad nace muchas veces la calidad, también deriva la irregularidad. No todos los trabajos, como es hasta lógico, de King, gozan de idéntica inspiración o solidez, y en algunos casos es palpable que King no se siente cómodo con aquello que está contando.

Personalmente considero que ‘Apocalipsis’, también titulada ‘The Stand’, es su obra maestra. No me he leído todas las novelas de King, porque tiene muchas y hay que leer más cosas, pero sí la mayoría de las más importantes, y dudo que este hombre tenga algo de este calibre escondido entre su producción. Ni siquiera la celebérrima ‘It’, con la que comparte similar número de páginas en edición de bolsillo (1.500, nada menos), se le acerca. ‘Apocalipsis’, que cuenta la casi extinción de la humanidad por un supervirus de la gripe, es de una rara perfección, en la que King nos narra la historia de docenas de personajes, a cada cual más interesante y verdadero, sin desfallecer jamás de intensidad, ingenio y riqueza expresiva. Es una novela colosal cuya lectura se hace fácil, y cuya trama es apasionante y de una hondura y humanidad difíciles de describir.

En comparación con ella, ‘It’, para muchos su gran obra, se me antoja una brillante historia con momentos extraordinarios, pero más tendente a la dispersión, y en la que King cae en cierta incontinencia verbal y profusión de detalles que el lector se pregunta si son realmente necesarios para contar la historia. La trama, eso sí, es una vez más apasionante y, esta vez sí, terrorífica, con el payaso Pennywise convertido en uno de los monstruos más icónicos y duraderos de la ficción narrativa de nuestro tiempo. ‘It’ es, sin duda, una gran novela, en la que el horror no tiene tanta importancia como las vidas y las personalidades de sus caracteres principales, de nuevo dotados de una vida y una verdad incontestables.

Otras grandes, y muy famosas, novelas de King, como ‘Misery’ o ‘El resplandor’, son sin duda excelentes narraciones, muy bien medidas y contadas por este gran escritor, así como ‘Cementerio de animales’, que no es una gran novela, pero cuyas últimas cincuenta páginas son verdaderamente aterradoras.

Pero creo que King tiene verdaderas joyas no demasiado conocidas, y que en las novelas menos extensas demuestra un talento y una gracia en el contar casi genética. Me refiero a novelas cortas como ‘El cuerpo’, que es absolutamente emocionante y maravillosa (y que dio lugar a la conocida película ‘Cuenta conmigo’, también de Rob Reiner). También otras como ‘Verano de corrupción’, o ‘El fugitivo’, o ‘Ojos de fuego’, que es realmente estupenda, o ‘La niebla’, llena de ingenio. Esas novelas, menos ambiciosas en lo temático y en su extensión, nos revelan sus verdaderas armas de narrador, lo que le gusta contar historias, espeluznantes o no, el casi inagotable caudal creativo de este hombre.

Otras novelas son mucho menos conseguidas o directamente muy cuestionables, como su querencia por contarnos relatos de máquinas que se vuelven malvadas (no en vano dirigió una única película, ‘Maximun Overdrive’, precisamente sobre este tema), que ha repetido en novelas como ‘Christine’ o ‘From a Buick 8’, y que rebajan la calidad de su obra. King ha intentado, con bastante éxito, desmarcarse del terror puro en estupendas novelas como ‘La chica que amaba a Tom Gordon’, en la que muestra su capacidad para la literatura de supervivencia, o la trilogía reciente sobre el detective Bill Hodges, con la que se adentra en el noir más clásico. Pero por ejemplo su primer volumen de la que el considera su Magnum Opus, ‘La torre oscura’, titulado ‘El pistolero’, es bastante mediocre y no consigue elaborar una mítica hasta que escribe su segundo volumen, ‘La llegada de los tres’, probablemente una de sus mejores novelas.

No he leído el resto de sus novelas de la saga ‘La Torre oscura’, aunque espero hacerlo dentro de no mucho tiempo. Por lo que sé, dentro de esta larga serie también hay títulos más conseguidos que otros. Pero de momento baste decir que ‘El pistolero’ es muy irregular, y que ‘La llegada de los tres’, el segundo volumen, es directamente sensacional.

Tampoco me convence en ‘La historia de Lisey’, una novela casi autobiográfica sin duda bien escrita, pero en la que da la sensación de no sentirse del todo cómodo. ‘Desesperación’ podría haber sido una gran novela, y aunque es larga parece desfalleciente, con temas repetitivos de sus novelas previos, con un suspense no del todo conseguido.

De su gigantesca producción cuentística se pueden destacar algunos cuentos excelentes, y otros más alimenticios. Es un buen escritor de relatos, algunos muy Poe, otros muy Lovecraft. Me gustan más los que están apegados a la realidad, los más fabuladores, como ‘El último peldaño de la escalera’, o ‘Corazones en la Atlántida’, que ‘Los chicos del maíz’, por ejemplo, mucho más convencional. Su estupendo libro en el que te explica sus técnicas de escritura, llamado precisamente ‘Mientras escribo’, es muy recomendable, aunque sin duda podía haber llegado más lejos en sus premisas.

En definitiva, para valorar a King, hay que leerle. Y si se leen sus novelas libres de prejuicios, tanto mejor. Dudo que a este hombre nadie le haya regalado nada. Su estatus lo ha logrado a base de trabajo duro, de un enorme interés por sus personajes, de una imaginación y un ingenio indiscutibles salvo por los más recalcitrantes, de una fiebre narrativa que lo ha llevado a construir una obra gigantesca en títulos. Tiene libros mejores y libros peores, como es inevitable. Pero sus grandes novelas perdurarán. Y él sabe que dentro de doscientos años, en el improbable caso de que la especie humana siga existiendo, su nombre, por suerte o por desgracia, será recordado.

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CINE, LITERATURA

Catedrales

Sigamos un poco con el tema del que hablaba yo el otro día: el de las estrellitas para valorar una obra artística, preferiblemente narrativa, que es el campo de estas páginas a las que de tanto en tanto puedo dedicar algo de tiempo.

Cuando era un enano, y veía todo este tinglado de las estrellitas, pensaba que la cosa venía dada. Es decir, que las estrellitas, pocas o muchas, aparecían por arte de magia delante del título de una película, o de una novela, o de un disco musical. Luego, claro, me enteré de que no, de que había un fulano que se las ponía. También llegué a creer, durante un tiempo, que a cuantas más estrellas, peor era una película. Para rematar el asunto, estaba convencido de que si tal o cual título de este o de aquel soporte narrativo, tenía cuatro estrellas… pues las tenía para todo el mundo, y que nadie podría decir lo contrario. Cuál fue mi sorpresa al constatar lo equivocado que estaba, pues unos le podían poner a una misma creación una estrella, y otros cinco estrellas. De modo que mi desconcierto era total.

¿Cómo era posible esto? ¿Para qué entonces las dichosas estrellitas? ¿Y por qué estrellitas y no limones, por ejemplo, de esos que se veían caer de la nada y formar una fila en la pantalla de las máquinas tragaperras a las que jugaba mi abuelo? ‘Los diez mandamientos’, de Cecil B. DeMille, dos limones. ‘Depredador’, de John McTiernan, tres limones. ‘Star Wars’, de George Lucas, diez limones… o eso quería yo creer en aquella época.

Crear es construir

Ahora sé que las estrellitas no sirven, en realidad, para designar la excelencia, o la carencia de ella, en una película/novela/serie/disco, etc… Sé que a cuantas más estrellas, más grandeza, más altura. De eso va esto: de ir hacia arriba. Si tienes una estrella, vas por el suelo dando saltitos torpes, incapaz de desplegar las alas. Se puede decir que lo has intentando, sí, pero cada vez que miras hacia arriba te das de bruces contra el suelo y quedas hecho un cristo. Si tienes dos estrellas… ¡vaya!, estás volando, pero a ras de suelo, y en cualquier momento pareces a punto de caer… aunque también hay momentos que pareciera que podrías haber ido más arriba, y no has querido o no has sabido hacerlo. Si tienes tres estrellas la cosa cambia: la creación vuela. No tienes un vuelo muy majestuoso, también es verdad, más bien justito. Pero volar, vuelas, y lejos del suelo. No te puedes permitir grandes piruetas, ni fardar demasiado, pero hay que reconocer que vas bastante arriba. Se podría decir que lo has conseguido. Te has ganado el respeto del personal.

A partir de aquí empieza lo complicado. Muy pocos tienen cuatro estrellas. Cuatro estrellas empieza a ser élite, primera división. Las obras que tienen esta categoría albergan un poder, una fuerza, una clase, que las de dos o tres estrellitas observan con envidia. Cuatro estrellas sí es para fardar. Sólo las obras de gran profundidad y hondura, las más valientes y sabias, las perdurables, las que van a quedar en la memoria de muchos, alcanzan esta categoría. E incluso algunas, muy pocas, rozan las cinco estrellas. Porque, amigo, las de cinco estrellas son lo más. Lo más delicado, lo más bello, lo más frágil y lo más raro. Las cinco estrellas es esa rara flor ubicada en esa montaña escarpada, casi imposible de alcanzar, siempre en peligro de extinción, y además para conseguirla y apreciarla hay que currárselo. No basta con querer verlas. Hay que saber verlas.

Por este razonamiento que acabo de desarrollar, veo que a veces alguien le ha puesto cinco, o acaso cuatro estrellas a películas o novelas que si tienen dos (siempre bajo mi punto de vista, huelga decir) se pueden dar por satisfechas. La cosa va de construir. La cosa va de subir, de volar.

Cada vez que veo una película o leo una novela (o un cuento, o veo una serie, o escucho un disco), la cosa empieza a subir o no. El autor va colocando piedra tras piedra, edificando a cada palabra, a cada imagen, a cada capítulo, a cada secuencia, a cada riff y a cada arpegio. Su creación está viva (y el que no crea que está viva… qué equivocado está…), paso a paso va adquiriendo su sistema inmunológico, se vas desperezando, va hallando su personalidad, va ganando espacio, entidad, identidad. A veces la obra parece que va a crecer mucho más y, de pronto, gatillazo y todo se viene abajo con estrépito. A veces la cosa va lenta pero segura, y requiere cierta paciencia por parte del receptor. Otras veces la cosa no se ve, en toda su grandeza, hasta el mismo final. Y muchas, demasiadas, se advierte al autor tratando de levantar su edificación con manos torpes, con herramientas oxidadas o inadecuadas, y más que una construcción, lo que tenemos es un agujero… horadado en el buen gusto y creatividad del receptor.

Puede ser apasionante estar viendo una película, o leyendo una novela, y antes de que llegue el final estar seguro de que estás ante una obra maestra, pero aún no sabes de cuánto alcance, de cuánto vuelo, y empezar a ver que la cosa se tuerce y que puede quedar más roma de lo que esperabas, o que en el último momento el autor hace un último esfuerzo y conquista algo memorable. En otras ocasiones, te da lo mismo si te las estás viendo con algo más o menos grandioso, porque estás volando por la estratosfera casi desde el mismo comienzo. Es lo que me sucede a mí con Faulkner. He leído seis o siete páginas de alguna de sus novelas y ya estoy tan arriba, mucho más alto que con la gran mayoría de novelistas, que me da igual a donde me lleve, y ese juicio de valor ya carece de importancia, porque me ha enamorado por completo.

Para mí, todo esto de que haya algunas personas que admiren películas o novelas mediocres, escritores o directores más que cuestionables, es más una cuestión sociológica que de cualquier otro orden. Es como entrar en la catedral de Santiago y que el vecino me diga que prefiere entrar en la choza prefabricada de un poco más allá. Que usted lo pase bien.

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CRÍTICA, ENSAYO, LITERATURA

Don Arturo Pérez-Reverte y el desaforado narcisismo

En el improbable (aunque no imposible) caso (a fin de cuentas en Zenda Libros trabaja un antiguo compañero mío de andanzas literarias, un tipo realmente grande, en todos los sentidos…) de que Pérez-Reverte acceda a estas páginas mías, sé perfectamente, aunque no le conozco en persona (ni falta que hace, pues él se da a conocer a fondo por tierra, mar y aire), que lo primero que pensará o dirá es que ya está aquí otro envidioso, otro que va a atacarle porque le gustaría triunfar como él, otro «tonto del culo» con argumentos de «chichinabo», o alguna expresión castiza parecida de las que tanto gusta. En fin, lo cierto es que no escribo esto para él.

Lo escribo para hacer esa cosa que ya nadie sabe muy bien lo que es, ni dónde se encuentra, ni quién la practica ni por supuesto quién la lee, que se llama «crítica literaria». Y ya que las últimas (y únicas, si alguien encuentra otras he vuelto a habilitar los comentarios, allá abajo) críticas verdaderas que le hicieron a este señor fueron por parte del gran M. García Viñó, quien por cierto murió hace seis años, me parece que ya va siendo hora de ponernos al día, y así aprovecho y configuro la cabecera con el cuadro de las lanzas de Velázquez, titulado ‘La rendición de Breda’ (queda demasiado excelso para la nada excelsa pluma de P-R, pero poco importa). Llevo tiempo queriendo ponerlo, para tener algo de variedad, pero ‘La balsa de la Medusa’, de Gericault, es demasiado hermoso…

Hablaba yo el otro día de la generación de «Escritores Twitter», la mayoría periodistas venidos a más, con motivo de mis apreciaciones sobre el deleznable trabajo literario de Juan Gómez-Jurado. Pero para «Escritor Twitter», Pérez-Reverte, que es sin duda el máximo exponente. Lleva ya mucho tiempo convertido en el escritor más poderoso e influyente de este país. Y, al contrario de lo que me sucedía con Gómez-Jurado, me he leído enteras algunas novelas suyas. Concretamente ‘El capitán Alatriste’, y también de la saga ‘Limpieza de sangre’, ‘El sol de Breda’, ‘El oro del rey’ y ‘El caballero del jubón amarillo’, así como ‘La carta esférica’, ‘El club Dumas’, ‘Cabo Trafalgar’, ‘El húsar’, ‘La sombra del Águila’ y finalmente ‘Falcó’. Son unas cuantas, aunque ha escrito bastante más. De otros títulos sólo me he leído algunas partes. Fuera de su ficción, he leído no pocas columnas suyas de las que escribe para XL Semanal.

Así que mi historia con este señor es bien larga.

Vitam regit fortuna, non sapientia

He buscado esta expresión latina por internet, no me importa admitirlo. Pero viene muy al caso. Este texto que estoy empezando va a ser, simplemente, una crítica literaria a la labor de Arturo Pérez-Reverte. Por desgracia la única que existe desde que se murió García-Viñó. Pero no va a ser como algunos artículos que me he encontrado en la red, ni siquiera como algunas críticas de García-Viñó. No voy a vertir insultos, ni voy a intentar demostrar que es un machista, o un reaccionario, o un clasista, o un chulo. Todo eso ya lo demuestra él en sus ficciones, en su columna y en su cuenta de Twitter. Y no solo lo demuestra, lo exhibe como una bandera de veinte metros cuadrados. También en sus apariciones públicas. No es mi objetivo hablar de su vida privada, ni de los rumores de que cuando salía por la tele, cubriendo alguna guerra, tenía amañados unos cuantos disparos para que la cosa pareciera peor de lo que era. Tampoco voy a comentar oscuros episodios familiares, ni de su condena por plagio. Si hiciera algo de eso no sería crítica literaria.

Si hiciera algo de eso estaría haciendo lo que todo el mundo: cayendo en la trampa. Lo mejor es empezar por relatar, de la mejor forma que sepa, mi propia experiencia.

Al contrario de lo que pueda parecer, incluso a los que alguna vez me han conocido en persona, casi nunca he sido alguien seguro de mí mismo. No lo he sido durante gran parte de mis treinta, y seguro que no lo he sido en ningún momento de mis veinte. Y esta inseguridad se reflejaba en mis gustos estéticos, que eran muy intensos en uno u otro sentido, pero de los que no estaba seguro y que en cierta medida me avergonzaban. En otras palabras: no solamente era fácilmente manipulable, sino que sobre todo era rápidamente aplastado y ninguneado. Debido a ello me he esforzado toda mi vida por tener un criterio, por saber lo de que hablo, y quizá también por ello algunas reacciones mías a ideas que detesto o a actitudes que rechazo pueden haber sido desproporcionadas.

La primera novela que leí de Pérez-Reverte, que fue ‘El club Dumas’, la leí con unos veinte años, si no recuerdo mal. Me gustó mucho. Yo en aquella época intentaba averiguar no solamente qué quería hacer con mi vida y qué clase de hombre quería ser, también quería leer los mejores libros… pero no sabía cuáles eran. Lo que sabía seguro es que no eran los que decían los profesores. De modo que cuando empecé con Pérez-Reverte de alguna manera él estaba empezando, pero a hacerse rico y famoso. Hoy, veinte años después, es mucho más famoso, supongo que es mucho más rico, y su influencia en la cultura española es enorme. Si en aquella época no me hubiera gustado ‘El club Dumas’ jamás me habría atrevido a dejarlo por escrito, y debido a mi inseguridad, ni siquiera me habría permitido el pensarlo.

Ahora, a mis cuarenta, no me pasa nada de eso. No me avergüenza decir o dejar por escrito las cosas que pienso, y he aprendido a defenderme argumentando y sin atacar. No hay necesidad. Y tengo mucha experiencia. Ya no me siento intimidado por nadie. Y no creo que ‘El club Dumas’ sea una mala novela. Pero ahora sé que no es literatura. Y siendo en gran parte uno de los mejores trabajos de Reverte, es perfecto para empezar con él. Muchos que le leyeron hace veinte años hoy siguen pensando lo mismo que entonces: que es una gran novela. Porque algunos no aprenden ni evolucionan ni se quieren enterar nunca de nada. Y por eso yo ya no me pienso avergonzar ni sentir más inseguro de mis conocimientos ni de mis ideas.

La gran suerte, la fortuna en latín del subtítulo de hace cinco párrafos, que tiene Pérez-Reverte, es que muchos lectores no evolucionan, no aprenden, no leen, y siguen pensando hoy lo mismo que pensaban hace veinte años. Lectores que han encontrado en él a una especie de macho alfa de las letras ibéricas, y que por leerle a él (sin poseer el menor filtro estético), y a gente como él, han quedado completamente incapacitados para apreciar la literatura. Y es que, aunque siempre hayan existido las ficciones de kiosco (es decir, libros pulp, libros baratos… algunos magníficos, eso sí), el panorama se enrarece cuando a esas ficciones se las sitúa en el mismo lugar y categoría que a la literatura, cuando a sus responsables se les hace académicos de la lengua, cuando venden millones de ejemplares, se les hacen conferencias y mesas redondas, y eclipsan a escritores verdaderos.

Profesores de historia y eruditos

Probablemente uno de los paradigmas de lo que le ha sucedido a la literatura en los últimos cuarenta años es ‘El nombre de la rosa’ (Umberto Eco, 1980). De él viene Ken Follett, y de Follett y otros y otras parecidos vienen los Juan Gómez-Jurado y los Pérez-Reverte de hoy día. Pérez-Reverte, como Eco, podría ser historiador y hasta podría calificársele, en ciertas disciplinas, como un erudito. Pero al contrario que Eco, no es novelista, y el hecho de que ‘El nombre de la rosa’ sea una buena novela, sin ser extraordinaria, es menos relevante que el hecho de que fue un éxito arrollador de ventas. Ese éxito y el de títulos como ‘Los pilares de la tierra’ han asentado el género histórico como el más rentable para las editoriales poderosas, poco dispuestas a arriesgar con innovación y talento. Y esa es la razón de que existan y se hayan mantenido a lo largo de las décadas escritores como Pérez-Reverte.

Una de las características de la escritura de este historiador venido a pseudo-novelista que es Pérez-Reverte consiste en introducir en sus novelas una ingente, desmedida cantidad de tecnicismos y términos históricos. Así, si su libro tiene a la navegación como marco, el lector accede a una narración, si narración se le puede llamar a esa fatua exhibición de conocimientos, en la que en un solo párrafo puede encontrar una docena de expresiones y términos que desconoce por completo. Y si en su historia tiene lugar un duelo entre espadachines, pues lo mismo. Y si un personaje entra a una biblioteca o a un corredor palaciego, lo mismo. Pérez-Reverte ignora, al parecer, que no es su misión como novelista, si realmente quiere serlo, apabullar al lector con sus conocimientos técnicos, sino novelar, es decir, construir una realidad consistente y creíble. Ignora muchas otras cosas por lo visto y no debería ignorarlas, siendo como es académico de la lengua.

No sabe, o no quiere saber, que existe una diferencia crucial entre la erudición y la sabiduría. Y supongo que no está dispuesto a comprender que se puede ser un erudito y, al mismo tiempo, ser un grandísimo ignorante. Pero un novelista verdadero, si algo no se puede permitir, es ser ignorante. Cuando Thomas Mann escribe su monumental, extraordinaria, ‘La montaña mágica’ en 1924, no se muestra como un erudito (aunque lo era), sino como un hombre increíblemente sabio, que es lo que convierte a ese libro en una obra maestra literaria al alcance de unos pocos elegidos. En la sabiduría cabe la humildad, en la erudición (como en su hermana bastarda, la pedantería) no. Y Pérez-Reverte, que necesita de la erudición, de los datos históricos, para dar cierta apariencia de categoría, se documenta con una absurda exhaustividad (dicen que a veces durante años) para escribir sus novelas. Y lo más cómico de todo es que otros (como su delfín J G-J) le imitan y hacen exactamente lo mismo que él.

Un novelista no puede ser un historiador que nos cuente relatos, que es justo lo que hace P-R. En tal caso nos habríamos quedado en la Edad Media. Tenía cierta razón García Viñó al reprocharle que practicara una narrativa anquilosada, pero por otro lado es el propio temperamento tradicionalista de Pérez-Reverte el que le impele a emular a Alejandro Dumas, Walter Scott o Rafael Sabatini. García Viñó tenía aún más razón al afirmar que Pérez-Reverte no novela, sino que relata. Esto es aún más importante, porque las influencias de Pérez-Reverte, por mucho que quiera emular a ciertos ídolos, son más cinematográficas que de otra índole.

Pero es en el estilo de escritura perez-revertiana donde se debe incidir, porque no novela, sino que relata. Un ejemplo de gran lenguaje literario y que novela en lugar de relatar sería el siguiente:

«Y se alejó. La carreta reanuda su lento estrépito, devorador de kilómetros. Tampoco él vuelve la cabeza y al parecer tampoco mira hacia adelante, porque no advierte a la mujer sentada en la cuneta, a la orilla de la carretera, hasta que la carreta casi ha llegado a lo alto de la cuesta. En el momento en que reconoce el vestido azul no podría decir si la mujer ha visto la carreta. Y tampoco habría podido adivinar nadie si él ha visto a la mujer, viéndoles acercarse el uno al otro, sin apariencia de progreso, mientras la carreta se arrastra implacablemente hacia ella, envuelta en su lenta y palpable aureola de somnolencia, de polvo rojo, en el que los firmes cascos de las mulas se mueven como en un sueño, al ritmo desordenado de los crujientes arneses y de los leves sobresaltos de sus orejas de libre. Cuando se detienen, las mulas no están ni dormidas ni despiertas.»

Supongo que tampoco es muy justo meter aquí un texto (siquiera traducido), de un verdadero gran escritor como Faulkner, con su ‘Luz de agosto’, (aunque quizá sí sea justo, dado el poco aprecio que le tiene P-R a este escritor) pero fíjese el lector la clase de este artista, la forma en que novela. No es más que un párrafo, pero en él el tempo interno de los personajes y el externo del mundo se contraponen de manera magistral, con frases como «envuelta en su lenta y palpable aureola de somnolencia», con pequeños detalles que no dependen de documentación, sino de imaginación pura.

Un párrafo habitual de la ficción perez-revertiana podría ser el siguiente:

«Quelennec se apoya en el cabillero y pone toda su atención en la masa gris que la proa de la Incertain hiende. Nada. Ni una silueta, ni un ruido salvo el de la roda que bajo sus pies corta suavemente el agua. La bruma un poco a cuatro cuartas por la amura de babor. También la brisa refresca, y la lona de los foques gualdrapea cada vez menos. Amurada, a estribor la Incertain lleva izados el foque, el perifoque y la enorme cangreja; y en la gavia del único palo el velacho se encuentra aferrado pero listo para soltarlo con rapidez, por si hay que largarse cagando leches. Quelennec se hurga la nariz y levanta la vista a cofa, oscilante sesenta pies sobre su cabeza y apenas visible entre la bruma. No se atreve a gritarle al otro vigía que está arriba, con toda esa niebla alrededor que cualquiera sabe lo que esconde; así que manda por los obenques al guardiamarina Galopín, que tiene catorce años y trepa como un simio. Un momento después Galopín se desliza de nuevo abajo por el estay de la trinqueta, para llegar antes, y comunica que desde arriba se ve menos que por el culo de muerto.»

He escogido este párrafo porque creo que resume bien el estilo y las constantes de Pérez-Reverte. Y no se crea el lector que he elegido un mal trabajo suyo, pues esto pertenece a ‘Cabo Trafalgar’, a la que considero uno de sus trabajos más divertidos. El resto de su producción es bastante parecida en cuanto a construcción formal, pero sin los tacos y sin la ironía de brocha gorda que le caracteriza. Nótese no solamente el nutrido número de tecnicismos y expresiones que ningún lector puede ni debe conocer (cabillero, roda, amura, gualdrapea, foque, perifoque, cangreja, velacho, obenque, estay, trinqueta… nada menos que once en un solo párrafo…), todo ello puesto aquí para demostrar cuanto sabe de mar este periodista metido a escritor metido a marino, sobre todo el hecho de que este señor no novela, sino que relata.

En teoría, toda esta composición debería ser el punto de vista del personaje principal situado en ella, Quelennec. Pero el escritor traiciona y rompe la continuidad de ese punto de vista con enorme torpeza, así como el ritmo y el tempo del momento que está intentando levantar, porque está más preocupado de demostrar sus conocimientos navales que en el lector de su obra. Y esto es una constante en su estilo. Ni Conrad ni Patrick O’Brian apabullaban al lector con conocimientos técnicos, porque su intención no era crear un manual de navegación, sino literatura. Sin embargo, insisto, creo que ‘Cabo Trafalgar’ no está del todo mal, porque en las ficciones cortas se puede defender, hasta cierto punto, el trabajo de Pérez-Reverte.

Autoengaños y el marketing espectacular

Creo que sus relatos largos (nunca novelas cortas) ‘El húsar’, ‘La sombra del águila’ y ‘Cabo Trafalgar’, que formarían una especie de trilogía bélica-histórica con las guerras napoleónicas como marco general, podrían ser los mejores trabajos de Pérez-Reverte. Como lector, son los que más he disfrutado y en los que, a pesar de su absurda querencia por el detallismo más farragoso, de su incapacidad para establecer un tono y un ritmo, de la inexistencia de un equilibrio entre el fondo y la forma, del hecho de que no haya personajes sino caricaturas en el mejor de los casos y clichés en el peor, albergan, eso sí, mucha guasa y mucho cinismo, y la acumulación de chascarrillos, los tacos a mansalva, la desvergonzada prosa aquí desplegada, los hacen muy disfrutables. En otras palabras que me río mucho con ellos y se leen en una tarde.

El resto de su ya extensa producción es demasiado desigual, y cuando no pertenece a ese sub-sub-sub género del best-seller thriller-histórico (‘La tabla de Flandes’, ‘La piel del tambor’, la saga del capitán Alatriste, ‘Un día de cólera’, ‘El asedio’, ‘Hombres buenos’, la saga Falcó… es decir, el grueso de sus libros) trata de ejecutar bandazos con los que quitarse de encima la insoportable y limitante etiqueta del best-seller, y escribe cosas como ‘La carta esférica’, ‘El pintor de batallas’ o ‘El francotirador paciente’, relatos en los que por lo menos intenta ser un escritor más interesante, sin conseguir otra cosa, en la mayoría de esos casos, que un descenso en el número de ventas. Y es que no se puede tener todo.

Manifestaba P-R, cuando le preguntaban si él tenía cosas en común con escritores de best-sellers norteamericanos:

«Creo que no. Eso lo explicó muy bien una crítica francesa, cuando salió ‘El Club Dumas’ en Francia, que decía que mis novelas eran el exponente del thriller cultural europeo, frente al huérfano thriller norteamericano. Creo que es una buena definición. Mi novela hunde sus raíces en una cultura europea muy intensa. No hay confusión posible. Y además, cualquier confusión es insultante. Yo no soy un analfabeto cultural. Soy europeo y el hecho de ser europeo marca una diferencia muy importante. De todas formas, no soy productor de best-seller, escribo las novelas que me gusta escribir.»

No concede muchas entrevistas P-R (y cuando me refiero a entrevistas, quiero decir ese evento consistente en que le hagan preguntas que no le gusten necesariamente), y las pocas veces que lo hace suele responder con baladronadas semejantes, o mucho más a la defensiva aún, incluso como un niño malcriado. Para autoconvencerse (o, por mejor decir, para autoengañarse) de que él es algo más que un simple escritor de best-sellers, se ha refugiado en esa impostada erudición antes referida, en un afán de desmarque que a pocas personas exigentes puede realmente convencer. No le basta con ser el creador de best-sellers español más leído en el mundo entero, él quiere ser un autor respetado. En su mente, estoy convencido, sus libros no están muy lejos de los de Joseph Conrad, los de Herman Melville o los de Anthony Hope o Alejandro Dumas. Hablan de cosas parecidas (se supone), y el espectacular (falaz, pero a la vista está que también muy eficaz) marketing de sus libros bien que lo dice.

Pero si se le echa un vistazo a ‘La carta esférica’, una de sus novelas más defendibles, en la que intenta tomarse un poco más en serio su condición de autor, se percibe que no ha asimilado bien sus (supuestas) influencias, y que no basta con leer a los clásicos para convertirte en uno de sus epígonos. Su prosa, demasiado funcional y hasta pedestre y tosca; su visión del mundo, consistente en un impostado tono sombrío, producto en teoría de sus años como reportero de guerra, que se ha encargado de subrayar durante décadas; la escasa, por no decir nula, riqueza de sus caracteres, poco más que clichés sin vida; lo predecible y hasta maniqueo de sus argumentos, todo ello queda impreso hasta en sus obras más ambiciosas, y sólo puede convencer a personas de entre quince y veinte años (como era yo mismo) con escasas lecturas a sus espaldas.

«Coy buscó a la mujer rubia. En otras circunstancias habría dedicado más atención a la sonrisa de la joven recepcionista, que se acercó bandeja en mano ofreciéndole una copa. La recepcionista lo conocía de otras subastas; y pese a saber que nunca pujaba por nada, era sin duda sensible a sus descoloridos pantalones tejanos y a las zapatillas deportivas blancas que vestía como complemento de la chaqueta de marino azul oscuro, guarnecida por dos filas paralelas de botones que en otro tiempo fueron dorados, con el ancla de la marina mercante, y que ahora sustituían otros de pasta negra, más discretos.»

Este párrafo desmañado, que como siempre rompe el punto de vista del personaje protagonista al que en teoría seguimos, en que una vez más las disgresiones arbitrarias son la norma y acaban convirtiéndose en el centro de atención de la estructura, es el estilo de Pérez-Reverte. Esto no es novelar. Y esto tampoco:

«Seguía sin ver a la mujer, que continuaba detrás de él, aunque intuyó su mirada. Al menos, se dijo, espero que no salga corriendo y tenga tiempo de decir gracias, si es que no me rompen la cara. Incluso aunque me la rompan. Por su parte, el de la coleta se había vuelto hacia su izquierda, mirando el escaparate de una tienda de modas como si esperase que alguien saliera de allí con una explicación en una bolsa de Armani. A la luz del farol y del escaparate, Coy comprobó que tenía los ojos pardos; aquello lo sorprendió un poco, pues los recordaba verdosos de antes, en la subasta. Luego el hombre volvió el rostro en dirección contraria, hacia la calzada, y pudo comprobar que tenía un ojo de cada color, pardo el derecho, verde el izquierdo: babor y estribor.»

Cuando Pérez-Reverte abandona de forma consciente sus chascarrillos y sus bravuconadas plagadas de tacos, su prosa se vuelve farragosa y aburrida. Sorprende que un tipo tan preparado como Alberto Olmos diga que ‘Falcó’ le ha gustado mucho, después de repetir que a él lo que le interesa es la novela literaria, cuando ‘Falcó’ es el culmen de esta forma de escribir, sin la menor gracia, petulante, tediosa. Sin tempo, sin musicalidad y sin el menor interés narrativo.

Bajemos el listón

Está claro que Pérez-Reverte se cree grande, o quiere serlo, y no ve en ello la necesidad de emplear un lenguaje literario, ni de novelar de forma estricta, ni de provocar en el lector un placer estético. Es posible que además de no querer, no tenga la capacidad de hacerlo. Por eso quizá deberíamos bajar el listón y hablar de otras características narrativas. Es decir: olvídemonos del punto de vista, el extrañamiento, el equilibrio formal, el tempo, la musicalidad (por cierto, notable que todos estos pésimos novelistas no tienen el menor sentido musical, rasgo que es consustancial a los grandes escritores…), el perspectivismo, el monólogo interior y todas esas zarandajas y vayamos más a ras de suelo. A la efectividad más prosaica.

El problema es que ahí tampoco Pérez-Reverte da la talla. Si tratamos de buscar en sus novelas valores tales como el suspense, el sentido de la aventura, la emoción…. incluso romanticismo, o nostalgia, o una búsqueda de lo otoñal y pasajero, o violencia e intensidad, o sentido de la maravilla, o ya para no volvernos locos el clásico viaje del héroe, o el clásico camino de redención, o catarsis, o reencuentro, o una peripecia de búsqueda personal, o un análisis histórico psicológico de un grupo de caracteres, o de una época, o ya para bajar el listón del todo un collage de costumbrismo… no encontramos absolutamente nada de eso, porque no hay absolutamente nada que encontrar, y esa es la razón fundamental de este texto: no sé ni qué buscan ni qué encuentran los lectores de Pérez-Reverte ni los críticos que tanto le adulan.

Sus novelas no son otra cosa que películas contadas, relatadas. Tal cual. No es de extrañar que muchas de ellas se hayan llevado al cine (con catastróficos resultados en la mayoría de los casos, también debo decir). Películas contadas sin gracia ni talento ni perspicacia ni sagacidad. Pérez-Reverte no quiere ser Dumas, ni Hope, ni Conrad. Quiere ser John Ford o John Huston. Quiere escribir, en otro formato, las películas del oeste y de aventuras de su infancia. De ahí su estilo y de ahí sus novelas. Y de ahí por tanto el estilo de las novelas de sus seguidores, como las de Juan Gómez-Jurado.

Esa es una de la razones más poderosas de que tanta gente le lea. Especialmente el grueso de sus lectores, varones de entre cincuenta y ochenta años. Todos esos lectores de escasa exigencia, por no decir ninguna exigencia, que quieren leer una historia viril, cinematográfica, cargada de testosterona, que les haga sentirse un poco más listos porque contienen muchos datos históricos y técnicos que ellos pueden sentir como conocimientos propios, y que se leen de un tirón, con lenguaje de oficinista, que no les haga madurar ni evolucionar como lectores, que les haga sentir orgullosos de sentirse españoles (ese españolismo de patria chica a la que son tan dados los votantes de derecha).

Pérez-Reverte ha entendido muy bien todo eso, y actúa en consecuencia. Tan bien como ha entendido Twitter, y el modo en que gestiona sus consabidas polémicas, insultando a este o a aquel de más allá, en su mesiánica actitud de salvador de literaturas y de patrias, de azote de la injusticia y los listillos, encantado de que le llamen Don Arturo y de poder, con cuatro frases contundentes y sonoras, sentenciar por encima del bien y del mal, como un Trump cualquiera.

Para Pérez-Reverte, Gómez-Jurado, Falcones, Zafón, Posteguillo, esto de la literatura va de vender muchos libros, de firmar muchos ejemplares en las ferias, de ganar mucha pasta y de contar historias más grandes que la vida sobre héroes y heroínas cinematográficas, mientras destrozan el buen gusto y la creatividad de sus ingenuos lectores, que les siguen en las redes por miles o puede que millones, sin tolerar que la crítica pueda siquiera rozarles, y pataleando porque el prestigio y los premios más importantes y la posteridad les cierra sus puertas, y ninguneando a los pocos que se atreven a ponerles peros a sus trabajos. Al menos aquí va una de las pocas críticas literarias serias, honestas, que se ha escrito sobre este supuesto autor.

Y la he escrito por una razón más visceral que intelectual: odio a los abusones. Los he odiado desde pequeño, a esos que hacen lo que quieren, por su fuerza bruta o por su falta de escrúpulos, sin que nadie pueda oponérseles. Eso son estos escritores, que copan las portadas, las librerías y la atención mediática, en detrimento de escritores de verdad, mucho más valiosos, valientes y sabios que ellos. No aman la literatura, se aman a ellos mismos, y en el caso de Pérez-Reverte es un éxtasis absoluto de haberse conocido y de escucharse sus proclamas y sus bravatas. Es el ejercicio de narcisismo desaforado más pasmoso de nuestro tiempo.

Supongo que cada uno elige a sus héroes, y que se es muy libre de elegir a quien se quiera. Hay mucha gente que ha elegido a Juan Gómez-Jurado y a Arturo Pérez-Reverte como sus héroes literarios. Mis condolencias para todos ellos.

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