CRÍTICA, ENSAYO, LITERATURA

Juan Gómez-Jurado Vs. La Literatura

Antes que nada convendría hacer una aclaración: no pretendo hacerme el héroe, ni el mártir, porque soy consciente de que otros han tenido experiencias parecidas cuando han escrito reseñas o críticas, pero debo decir que cientos, o quizá miles de veces, como respuesta a una argumentación mía, me han dejado comentarios diciéndome que lo que pienso me viene de la envidia, o del odio. Ante tales afirmaciones, no sé si cabe decir que lo único que pretendo es escribir crítica, porque creo que la crítica honesta es más importante hoy día de lo que pudiera parecer. En este caso una crítica literaria, puede que la única (si alguien busca alguna por internet, o en la prensa escrita, que me diga si es capaz de encontrarla) acerca de este inventor de best-sellers. Yo no odio o envidio a aquellos que critico. Solamente desprecio a los cínicos, y envidio a los genios.

La primera vez que escuché hablar de Juan Gómez-Jurado fue con ocasión de una reseña o frase, que leí en alguna parte, acerca de su novela ‘Cicatriz’, a la que se le concedía la categoría de buen thriller. Ocupado en otros asuntos que nada tenían que ver con las novedades literarias españolas, no hice mucho caso.

Algunos años más tarde, durante un viaje, mi hermano puso en la radio de su coche un podcast que a él, según me dijo, le divertía mucho. Eran cuatro fulanos hablando de libros, de películas, o de lo que les daba la gana. Y en efecto, era muy divertido. Pero de nuevo no hice mucho caso.

El problema es que me paso la vida con unos auriculares en los oídos, y a veces me apetece escuchar otra cosa que no sea música a todas horas. Y por eso algunos meses después me interesé por buscar programas de radio que hablasen de temas que a mí me pudieran interesar, y me acordé de ese podcast que mi hermano me había puesto en su radio, llamado Todopoderosos, y empecé a escuchar sus episodios.

Y en verdad conocía a tres de los cuatro integrantes de ese podcast: al director Rodrigo Cortés, cuyo ‘Enterrado’ incluí, por cierto, en la lista de las mejores películas de su año; al presentador Arturo González-Campos, una de las mejores voces y uno de los cómicos más interesantes de este país; y al humorista y actor Javier Cansado, que siempre me ha parecido uno de los tipos más graciosos del mundo. Y hete aquí que el cuarto en discordia era el tal Gómez-Jurado, que al parecer estaba a punto de presentar nuevo trabajo (‘Reina Roja’).

Mi intención, al escuchar este podcast, era doble: por un lado entretenerme y por otro, quizá, aprender cosas que yo no supiera de cine o de literatura. Lo segundo no lo conseguí, pero lo primero sí. Y siempre es un placer acceder a discusiones sobre cine o sobre literatura de gente que sabe de lo que habla, como es el caso de Rodrigo Cortés, a quien nunca había escuchado. Y así, poco a poco, fui conociendo también a Juan Gómez-Jurado, quien por cierto dio a luz a su muy exitosa ‘Reina Roja’, que según dicen los de su editorial ha vendido en estos meses nada menos que un cuarto de millón de ejemplares.

De modo que empecé a interesarme, aunque sólo fuera por el fenómeno social que estaba teniendo lugar, por ese autor de fulgurantes best-sellers, al que muchos días escuchaba decir no pocas banalidades, baladronadas, generalizaciones y torpezas en el que quizá sea el podcast más famoso de este país. Y como supongo que me gustan las emociones fuertes y hasta tóxicas, intenté leer alguno de sus libros, aunque solo fueran las primeras páginas. Y una vez más, tuve que enfrentarme a una clamorosa y en cierto modo aterradora verdad: que la basura vende y puede hacer ricos a los que la producen.

Un fenómeno grotesco

No sé quién bautizó a este país como democracia cocotera, o república bananera, pero pocos ámbitos pueden dar fe de ello con tanta nitidez como el ámbito cultural. Lo pensaba yo el otro día ojeando la librería de El Corte Inglés. El día anterior había salido a la venta la continuación de ‘Reina Roja’, titulada muy sagazmente como ‘Loba Negra’. Sin embargo ya estaba entre los más vendidos. Muy lejos de mi ánimo argumentar que eso no podía ser otra cosa que un montaje, porque en un país que lee tanto, y tan bien, como el nuestro, que al segundo día, por mucho que haya arrasado en la preventa, de su publicación que una novela ya cope los primeros puestos (siempre por detrás de la superestrella Pérez-Reverte, con su ‘Sidi’) que esto ocurra es lo más normal del mundo.

En este momento soy capaz, sin gran esfuerzo, de leer la mente de algunos de los lectores que puedan acceder a este artículo mío. Están pensando: «Massanet, eres un envidioso de mierda, un pedante, un triste, etc, etc, etc…». Lo mejor de todo es que ellos no pueden leer mi mente, y así puedo continuar escribiendo.

Juro que me he pasado los últimos días buscando reseñas y críticas literarias a las obras de Juan Gómez-Jurado, y no he encontrado absolutamente nada. Nada serio, quiero decir. Hace no mucho dejé aquí un texto sobre la deserción de los críticos en este país, sobre todo los de literatura. La situación no es que sea espantosa, es que parece una comedia bufa. Pero las cosas son como son, y no pueden ser de otra manera cuando por ejemplo me encuentro con un comentario en Amazon, escrito por un admirador de Gómez-Jurado, que reza lo siguiente: «Es de Juan, no necesitas saber nada más… A ver, vamos a ser claros. Juan Gómez-Jurado podría escribir un libro con un Lorem ipsum de principio a fin y lo compraría». Sin duda, un ferviente seguidor. Nada que objetar. El problema es cuando cosas parecidas las escriben supuestos críticos literarios.

¿Cómo olvidar aquel glorioso «Es el mejor escritor de thrillers de Europa», dicho por un tal Gorka Rojo, de la revista digital Zenda?… revista en la que de vez en cuando también deja sus cosas Gómez-Jurado. Mi pregunta es: ¿cuando alguien escribe semejante majadería no siente aunque sea un poco de bochorno, de degradación? O a lo mejor estoy yo equivocado, y nos encontramos ante un genio del relato de suspense, ante un escritor extraordinario capaz de mirar de tú a tú a Patricia Highsmith o a Thomas Harris, a juzgar por sus increíbles ventas, por su innegable carisma, por todo lo bueno que dicen de él absolutamente en todas partes.

Si tanta gente hace cola, aunque sea en plena calle y pasando frío, para que este autor le firme un libro, es que algo bueno debe tener. ¡A tanta gente inteligente no se la puede engañar! Es decir, que Massanet se ha equivocado otra vez. Y aunque en realidad estoy acostumbrado a equivocarme con muchas cosas y con muchas personas, no me importa admitirlo aquí y ahora: es posible que me haya equivocado.

Y también es posible que no.

Es más que probable que si hubiera leído una reseña, tan solo una, que argumentara con ideas, y no con lisonjas, un libro de este señor… o una crítica negativa igualmente argumentada, yo no estaría escribiendo esto ahora.

Entremos en materia

Vamos a echar un vistazo al material escrito por este señor. Escribió tres libros seguidos entre 2006, 2007 y 2008: ‘Espía de Dios’, ‘Contrato con Dios’ y ‘El emblema del traidor’. Por lo que sé, estas novelas, de las que me he leído algunos trozos (y prometo que es lo único que pienso leer de ellas, porque se me caen literalmente de las manos, y tengo muchas cosas importantes que leer), no se diferencian en nada de las de docenas (o cientos, o miles) de escritores tipo Javier Sierra o Dan Brown: thrillers muy cinematográficos, que delatan que este escritor está más inspirado y más influenciado por las películas que ha visto que por las novelas que ha leído; plagados de diálogos y de personajes con nombres como Fowler o Rachel. Es decir, anglosajones. La primera va de un asesino en serie en el Vaticano, la segunda sobre la búsqueda del Arca de la Alianza (sí, la misma que buscaba Indiana Jones), la tercera gira en torno a un personaje en la Alemania de entreguerras, galardonada con el Premio Torrevieja de novela.

Estos tres thrillers, que al parecer se vendieron muy bien y que son historias más o menos trepidantes, son como los cientos o miles de libros parecidos que se escriben cada año y que las editoriales deciden publicar porque saben que pueden vender bastante, no por su calidad literaria, sino por su facilidad de lectura. Pero sería un error hacer un comentario de los trabajos de Gómez-Jurado desde una óptica estrictamente literaria. Es decir, como si pudiera estar en la misma liga que grandes escritores. No se compara una hamburguesa del McDonald’s con un arroz abanda. O una vivienda prefabricada con una catedral gótica. Claro, es lo que hacen los «críticos» literarios españoles, ponerle en la misma liga (a él y a otros). Pero en verdad, a las viviendas prefabricadas se las compara con otras viviendas prefabricadas.

Basta echar un vistazo a las primeras páginas de esas tres novelitas, y del resto de trabajos suyos, para comprender que este muchacho, que quizá sea un buen chico (aunque empiezo a dudarlo, pero luego llegaré a eso… aunque tampoco ha matado a nadie, claro), no está dotado para hacer aquello que quiere hacer (es decir, escribir un libro medianamente solvente). No está influido por la literatura, que tanto dice amar (bueno, y a la lectura, y a los lectores también los ama… Gómez-Jurado dixit), sino por las películas norteamericanas, y entre estas las más comerciales. Sus novelas son como películas más o menos narradas, plagadas de diálogos básicos y descripciones de manual, que se consumen de un tirón. Por eso venden. Son ideales para un vuelo con escala, o para el lector menos exigente, que quiere el chute de una historia con aspecto trepidante, que no le exija tampoco mucho a él.

Tras su inicial trilogía, tardó cuatro años en presentar ‘La leyenda del ladrón’ (2012), que es algo así como un cruce entre el Alatriste pérez-revertiano y ‘Assasin’s Creed’. Hay que reconocer que la prosa está aquí ligeramente más cuidada que en sus thrillers, aún sin ser ninguna maravilla. pero al menos abandona sus chascarrillos sin gracia e intenta parecerse a un escritor un poco más serio. Leyendo esta historia no me abandona la sensación de que estoy ante un niño que juega a ser escritor. Es lo mismo que sucede con Pérez-Reverte. Y no puede calificarse de otra forma que de risible esas imágenes suyas documentándose para sus novelas, viajando a países árabes (disfrazado de Indiana Jones… busquen en youtube, si no me creen), empapándose de su cultura, un poco también a la manera pérez-revertiana, ese estilo pseudo-novelista que consiste en hacer(se) creer que para escribir una historia de narcos hay que subirse a un helicóptero y darse un garbeo por la costa para saber de lo que se habla.

Todo eso niega la imaginación del novelista, y convierte la literatura, aún la de aventuras (que es en cierto modo la que más ha de servirse de la fabulación del autor), en una suerte de reportaje más o menos cercano a la realidad. Así es imposible construir un mundo propio, novelístico, con un lenguaje estrictamente literario. Pero supongo que pedirle a Gómez-Jurado tener un mundo propio y un lenguaje literario es como pedirle a Pérez-Reverte que escriba algo más que literatura de kiosco.

La novela suya que más páginas he leído es ‘El paciente’ (2014), un nuevo thriller que podía haber escrito un Michael Crichton cualquiera en horas bajas, sobre un cirujano, un tal doctor Evans (de nuevo mundo anglosajón), que ha de vivir una trepidante aventura moral y psicológica. Dicen que sus derechos están vendidos a alguna productora y que cualquier día tenemos la versión cinematográfica. No lo dudo. Es, por supuesto, otro best-seller. Y lamento decir que, una vez más, su prosa es digna de un adolescente semi-analfabeto. Algún cultismo por aquí y alguna ocurrencia por allá, pero todo presidido por la más aplastante mediocridad. No niego que la historia pueda tener su gancho, pero todo se diluye cuando tenemos que enfrentarnos a cosas como esta:

«Arrastraba las vocales al hablar, y supe enseguida que la factura del minibar iba a ser considerable. Probablemente no iría cargada a la cuenta de gastos del hospital, sino que la pagaría la propia doctora Wong en efectivo. Todos los cirujanos bebemos, y bebemos mucho más cuantos más años tenemos. Ayuda a dormir y a calmar el temblor de las manos según te vas haciendo viejo. Pero lo que nunca, nunca hacemos es admitirlo en público. A no ser que, como es ahora mi caso, no tengas nada que perder…»

De las cincuenta y tantas páginas que he leído de ‘El paciente’, no hay ni una que no contenga párrafos como estos, plagados de generalizaciones (todos los cirujanos beben), de frases hechas, de clichés y de una construcción dedicada a describir el pensamiento de uno o varios personajes bastante cuestionables. No solamente debido a que su forma de pensar y de hablar carece de toda naturalidad y verosimilitud… tampoco se entiende que los ponga como el centro de sus historias, porque carecen del menor interés y a menudo son personajes bastante estúpidos y despreciables. En pocas palabras, no son personajes ni caracteres, sino un cúmulo de clichés, marionetas sin vida al servicio de una historia.

Por no hablar de sus diálogos, a los que no pocas veces se refieren sus admiradores como un ejemplo de brillantez y sentido del humor. En mi opinión sus diálogos, sin ser del todo malos, son una colección de lugares comunes a los que el autor es incapaz de dotar de verdadera hondura emocional o psicológica. El diálogo es siempre, al igual que el personaje, una extensión de la prosa, y si esta es desmañada, los diálogos lo son más aún. No sabe crear atribuciones poderosas, ni siquiera competentes, y por eso a menudo sus diálogos carecen de ellas, pero si el lector es capaz de imaginar (cosa nada fácil, lo adelanto) a dos personas hablando al leer sus diálogos, se dará cuenta de que suenan muy poco creíbles, muy forzados y hasta infantiles.

El proceloso mundo del best-seller

No tendría ningún sentido comparar a Gómez-Jurado con escritores grandes, con auténticos artistas. Sí, quizá, para hacernos una idea de sus capacidades, con esos que él tanto dice admirar. Según le he leído, sus tres escritores predilectos son Stephen King, J.K. Rowling y Arturo Pérez-Reverte. Con esta declaración bastaría para establecer su más que probable (y escasa) autoexigencia, y quizá para entender un poco más al individuo detrás del escritor. No es cuestión de preferir a un elitista cuyos escritores preferidos fueran, por ejemplo, Tolstoi, Nietzsche y Simone de Beauvoir, pero nuestro bagaje cultural, nuestras preferencias, determinarán en gran medida a qué nos queremos acercar, o qué tipo de escritor queremos ser. Gómez-Jurado no está interesado en ser un gran escritor, ni mucho menos un buen escritor. Ni siquiera un escritor. Está interesado en hacerse rico y en paladear el éxito que gozan esos escritores nombrados. Nada más. Para él y para otros muchos como él la felicidad, créanme, consiste en firmar muchos libros y así sentirse mejor consigo mismos.

Personalmente le tengo un gran respeto a Stephen King como novelista. Creo, por otro lado, que J.K. Rowling no es una buena novelista pero sí, quizá, una narradora competente y una más que talentosa creadora de caracteres. Arturo Pérez-Reverte es un pésimo novelista que se ha manejado con cierta gracia, sin tirar cohetes, en relatos más breves. Estos tres nombres son, en cierto modo, la quintaesencia del best-seller (estadounidense, británico, español), y que este muchacho llamado Juan Gómez-Jurado les tenga en un pedestal es totalmente lógico, si bien carece de la capacidad fabuladora y del talento narrador de King, así como de la fuerza creadora de Rowling. Alcanzar en capacidades a Pérez-Reverte (y por lo que parece ahora en ventas), no tiene ningún mérito, pues Pérez-Reverte no posee casi ningún valor literario ni narrativo, así que supongo que al menos eso sí lo conseguirá.

El asunto del best-seller es espinoso… y al mismo tiempo no lo es. Hay quien lo compara con las películas comerciales. Yo no, aunque entiendo esa comparación. Algunos best-seller (escasos) son buenas novelas. La mayoría no son literatura. Así de sencillo. Efectivamente, son libros. Es decir, un conjunto de hojas de papel u otro material semejante, que al ser encuadernadas forman un volumen. Pero no son literatura strictu sensu. No están escritas en lenguaje literario, ni su objetivo es producir una impresión estética en el lector. Son pasatiempos, o algo peor: son droga. Puede que haya quien piense que exagero… pero no lo hago en absoluto.

Me llama la atención el hecho (cualquiera puede comprobar que digo la verdad… como en todo lo demás), de que muchos lectores de Gómez-Jurado aseguran de forma espontánea que leerle es «como una droga». Que le leen a toda velocidad y que se les hace corto y quisieran más. Sería una pérdida de tiempo explicarles, a todos esos lectores, que los libros que se leen a toda velocidad no valen la pena. Que sólo aquellos que requieren algún esfuerzo (esfuerzo ligero o esfuerzo ímprobo) merecen ser leídos. Pero sin duda es importante dejar aquí por escrito que hay droga de muchos tipos, y que la literaria (o pseudo literaria) destroza el buen gusto y la creatividad de igual manera que el tabaco daña los pulmones o el alcohol el cerebro. Por eso he leído a Gómez-Jurado pero lo he hecho a pequeños sorbos.

Su última novela, ‘Loba Negra’, que supongo va a vender medio millón de ejemplares, ha sido comentada por Gorka Rojo (el que dijo que Jurado es el mejor escritor de thrillers de Europa y que luego dormirá a pierna suelta…) en Zenda, y ha dejado sobre ella comentarios como que «…Es un logro inmenso y, al menos por mi conocimiento, absolutamente único en la historia de la novela negra y del thriller en general. Este hijo de puta ha hecho historia….» Y supongo que seguirá durmiendo a pierna suelta. Pasando por alto el estilo chabacano, de barra de bar, de su «crítica», ignoro qué libros ha leído Gorka Rojo en su vida, pero lo que no ignoro es que es un buen amiguete de Gómez-Jurado, quien ahora resulta que está haciendo historia en la novela negra. Compara, de forma increíblemente arbitraria, el estilo del escritor con el del cineasta Lars Von Trier, para luego decir que «…No hay dos autores más alejados en estilo e intenciones que el escritor madrileño y el cineasta danés». Y ya, para deleite del lector poco avisado, culmina su artículo volviendo a comparar al susodicho con figuras eminentes, esta vez con Hammett y con Chandler.

Leer un mal libro, como lo son los de Jurado, los de Pérez-Reverte, los de Rowling, Dan Brown, Katherine Neville, Javier Sierra, Santiago Posteguillo y gente así, no sólo destroza el buen gusto y la creatividad, sino que poco a poco, de manera insidiosa e irreversible, nos deja incapaces de apreciar la buena literatura, del mismo modo que pasarnos años consumiendo comida rápida nos deja el paladar insensible ante un plato cocinado con esmero. Cualquier buen lector sabe que lo que estoy diciendo es una gran verdad. Pero eso poco le importa a Gómez Jurado y a sus amiguetes, para quienes un escritor vale tanto como el número de lectores que tenga, y para quienes la crítica literaria es poco más que un conjunto de lisonjas adosadas al proceso de marketing de su libro.

Porque de amiguetes hablamos

En un artículo escrito hace ya bastante años, Enrique Dans hablaba sobre la capacidad de una herramienta como internet, poniendo el foco, precisamente, en la actividad en las redes sociales de Juan Gómez-Jurado. No estaba haciendo crítica literaria (no es su campo ni su intención), pero Dans estaba dando en el clavo. En este mundo absurdo, narcisista hasta el extremo, en el que vivimos, personajes como Juan Gómez-Jurado medran gracias a unas redes sociales que, al mismo tiempo, les desnudan. Si tienes la capacidad y el poder de convocatoria y conoces a gente famosa, será fácil que cientos de famosos recomienden tu libro en las redes, y así tendrás miles de ventas aseguradas. ¿Parece fácil? No lo es. Sólo es necesario babosear durante años, y hacerte colega de todo el mundo, en el tumultuoso mundo del famoseo cultureta español.

Por supuesto, no es el único. Otros muchos como él se valen de las redes sociales (Pérez-Reverte, sin ir más lejos, comprendió desde muy pronto el poder de Twitter), y consiguen resultados parecidos. Hoy día, si quieres vivir de ser escritor, has de dedicar más tiempo a querer a todo el mundo, a contestarles a los lectores, a estar omnipresente en las redes, que a escribir una buena novela. Eso es así y no va a cambiar. El problema para ellos, claro, es que esta actividad incesante, esta agobiante ubicuidad, se vuelve en su contra de cierta manera, porque detrás de tanto buenrollismo, detrás esa maraña de colegueo, es más fácil retratar al personaje y desnudar sus falsedades.

Dice G-J en su Twitter que ama escribir, ama la lectura y ama a los lectores. Ningún buen escritor, ni uno solo que valga la pena (ni siquiera Stpehen King), piensa así, ni lo ha pensado nunca. Pero es una de las pocas veces en las que este chiquillo, en su cuenta de Twitter, deja en cierto modo de hablar de sí mismo. Hoy día todo parece diseñado para un autobombo y una vanidad desmesuradas. Para una personalidad como la de G-J, Twitter es perfecto. Pinta un mundo ideal, una existencia feliz y colorida, para todo aquel que quiera construírsela. En él, los lectores le aman y él les ama a ellos, mientras no deja de hablar de sí mismo todo el tiempo. Pero en las numerosas entrevistas que concede, y en las columnas que escribe para Abc Cultural, es exactamente lo mismo.

Al igual que Pérez-Reverte se ufanaba de haber rescatado la novela de no se qué secuestro, G-J se autoproclama como un visionario editorial, que supo muy pronto que el libro electrónico era el futuro, y que el lector ha de ser el que mande en el mercado editorial (mientras se «asombra» de que nadie en toda la historia de la ficción haya colocado a una mujer como la persona más inteligente del mundo). Cuando alguien tiene una visión del mundo tan chata, tan roma, cuando una persona está tan pagada de sí misma, tan presa de una vanidad tan tóxica, disfrazada de altruismo y humildad, es capaz de creerse sus propias falacias con una sonrisa en los labios. Pero no, ningún escritor valioso jamás ha «amado» la lectura o a los lectores, y los libros de G-J, dentro de unos años, no valdrán nada… porque nada valen ahora.

Si a todos estos individuos se les diera a elegir entre escribir una gran novela, una novela perdurable, y escribir un best-seller que les hiciera millonarios (en el supuesto caso, harto improbable, de que fueran capaces de escribir una gran novela), elegirían lo segundo sin pestañear. Porque ya lo han hecho. Con una soberbia casi obscena, Gómez-Jurado advierte que lleva toda una vida aprender a escribir bien. Es probable que lleve más de una vida comprender que nunca se debió empezar a escribir. Dice G-J, a tenor de los comentarios habituales en contra de best-sellers, que la gente no es gilipollas, y que no se puede engañar a millones de personas. No es probable que además de un pésimo novelista sea un ingenuo. No alguien capaz de sacarse tres o cuatro selfies al día con cientos de ejemplares de sus novelas detrás.

Pero es en ‘Todopoderosos’ donde G-J se muestra más tal cual es. Ahí al yoísmo pertinaz de este muchacho se une una nítida representación de su verdadera personalidad, la que está detrás de millones de libros vendidos y millones de creatividades hechas añicos.

3+1

He de reconocer que me gusta el programa. Me lo paso bien escuchándolo, a pesar de G-J. Cuando él interviene, debo reconocer que también me lo paso bien, pero no con él, sino a su costa. Lo que más me choca, en cada uno de los programas, es que no solamente Rodrigo Cortés (por supuesto), también Javier Cansado y Arturo González-Campos, se expresan con mucha mayor riqueza, ingenio y gracia que el susodicho. Escuchando las conversaciones, nadie diría que él es el escritor del grupo. Pero el caso es que supuestamente lo es.

El contraste mayor, sin duda, es entre Rodrigo Cortés y G-J. Afirmo sin ningún complejo que para mí, escuchar a Cortés supone un verdadero placer. Y no siempre estoy de acuerdo con él. No comparto, por ejemplo, su veneración a Leone, Kubrick o Spielberg. Pero Cortés es todo lo que no es Gómez-Jurado, y Gómez-Jurado es todo lo que no es Cortés. No puedo entender que se lleven tan bien. Rodrigo Cortés es una persona verdaderamente culta, con mucha clase. Jamás alardea de sus conocimientos, o de su experiencia, y podría alardear mucho más de lo que lo hace su amigo novelista. Se expresa con una facilidad de palabra, con una riqueza de ideas… argumenta con un conocimiento, una serenidad… en él me reconozco, porque hablamos el mismo idioma. Encuentro conocimientos similares sobre narrativa, ideas no muy diferentes aunque yo no haya dirigido ninguna película. Cortés es un tipo al que merece la pena escuchar. Cuando ‘Todopoderosos’ no cuenta con él, no me molesto en escuchar el programa.

G-J es todo lo contrario. No argumenta sino que opina. No da ideas, sino que se comporta como un pedante soberbio absolutamente todos los programas. Por supuesto que sus compañeros se lo perdonan porque son sus amigos y le tienen afecto, pero continuamente se ríen con él, de buen rollo, con su capacidad para congelar el ritmo del programa, con sus explicaciones dignas de un adolescente con ínfulas. Realmente al lado de Cortés parece un niño, y Cortés un anciano sabio. Pero sólo se llevan cinco años. No debería existir un contraste tan acusado.

En el programa todos tienen su función: González-Campos presenta y dirige (y muy bien, por cierto), Cansado es el contrapunto cómico (y magnífico, sin duda), Cortés da la réplica ingeniosa e interesante. A estos tres grandes se les suma Jurado, con sus chistes sin gracia y su nulo carisma… pero dicen que el muchacho tiene carisma, de ahí sus ventas. Pues debe tratarse de un caso como el de Hamlet, el personaje sin carisma y sin carácter, que corrije a sus compañeros todo el tiempo (y de mala manera), pero no le gusta que le corrijan a él; que intenta dárselas de conocedor de cine (según parece o según cuenta hizo un curso de crítico de cine… creo que debería solicitar que le devuelvan el dinero) y sabe tanto de cine como mis compañeros de los diversos blogs en los que yo he trabajado en el pasado; que no sabe hacer otra cosa que repetir yo, yo, yo de mil maneras diferentes, contando anécdotas personales que nadie le ha preguntado y demostrando (demostrándome) que dos y dos son cuatro y que ese es, sin duda, el autor de los libros cuyos fragmentos lamento haber leído.

Existe un episodio dedicado a Harry Potter. Creo que es uno de mis favoritos. Es un episodio que existe por la insistencia de G-J, para el que es una saga de importancia literaria universal. Durante gran parte del episodio, Cortés, que no está dispuesto a pasar por el aro, le pone bastantes peros a la narrativa de la Rowling con mucha argumentación y mucha sagacidad. Incluso creo que llegan a un conato de discusión. Es lógico: Cortés es una persona culturalmente exigente, y G-J no lo es. Me pregunto qué opinará de los libros de su amigo si piensa que los libros de Rowling no son nada del otro mundo.

Resulta patético escucharle hablar de estructura quiástica, o referirse al cine de David Lynch como «que no transcurre en un universo diegético narracionista sino que es más bien una experiencia fenomenológica de eventos relacionales»… o el paracosmos de Leone… o cuando dice que nunca ha visto una manipulación del espacio fílmico como en ‘After Hours’ y Cortés ha de explicarle que esa manipulación es consustancial al cine. Juan Gómez-Jurado se instala en la pedantería y en la suficiencia porque en el fondo sabe que es un grandísimo ignorante. Por eso ha de definir el cine de Miyazaki con la expresión «fractalidad interrelacionada», o decir constantemente palabras en inglés, fingiendo que no sabe cuál es la palabra en español para expresar tal idea.

Todo esto supongo que le hace mucha gracia a mucha gente. Gracia compasiva, claro, como la que provocará a sus compañeros de programa. Para mí, queda nítida la personalidad y la mente detrás de sus libros que se venden por millones. Una persona que piensa como él solo puede escribir como él lo hace. Eso no tiene de particular. Lo que sí lo tiene es que cientos de miles de personas compren sus libros, y los libros de otros como él (porque por desgracia no está solo en su viaje), ninguneando a verdaderos escritores. Ninguneando a la literatura.

Algunos hablan ya de generación de «escritores twitter». Puede ser. Yo añadiría «escritores twitter antiguos periodistas» que vieron en fenómenos literarios como ‘El nombre de la rosa’ (una más que interesante novela, en ningún modo una gran novela), la llave para poder escribir sus ficciones.

A la gran mayoría de la gente, me consta, le da exactamente igual que un pésimo escritor, que no escribe más que basura, venda 240.000 ejemplares de cada una de sus novelas. A mí nunca me dará igual. Cada uno es como es.

Dejo abierta por una vez la opción de los comentarios, por si alguien quiere decirme que este trabajo es fruto de la envidia o del odio… o por si hay suerte y alguien me pasa una crítica medianamente argumentada (positiva o negativa) sobre el trabajo de este creador de best-sellers.

IMAGEN DE FRAN FERRIZ

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