Don Arturo Pérez-Reverte y el desaforado narcisismo

En el improbable (aunque no imposible) caso (a fin de cuentas en Zenda Libros trabaja un antiguo compañero mío de andanzas literarias, un tipo realmente grande, en todos los sentidos…) de que Pérez-Reverte acceda a estas páginas mías, sé perfectamente, aunque no le conozco en persona (ni falta que hace, pues él se da a conocer a fondo por tierra, mar y aire), que lo primero que pensará o dirá es que ya está aquí otro envidioso, otro que va a atacarle porque le gustaría triunfar como él, otro “tonto del culo” con argumentos de “chichinabo”, o alguna expresión castiza parecida de las que tanto gusta. En fin, lo cierto es que no escribo esto para él.

Lo escribo para hacer esa cosa que ya nadie sabe muy bien lo que es, ni dónde se encuentra, ni quién la practica ni por supuesto quién la lee, que se llama “crítica literaria”. Y ya que las últimas (y únicas, si alguien encuentra otras he vuelto a habilitar los comentarios, allá abajo) críticas verdaderas que le hicieron a este señor fueron por parte del gran M. García Viñó, quien por cierto murió hace seis años, me parece que ya va siendo hora de ponernos al día, y así aprovecho y configuro la cabecera con el cuadro de las lanzas de Velázquez, titulado ‘La rendición de Breda’ (queda demasiado excelso para la nada excelsa pluma de P-R, pero poco importa). Llevo tiempo queriendo ponerlo, para tener algo de variedad, pero ‘La balsa de la Medusa’, de Gericault, es demasiado hermoso…

Hablaba yo el otro día de la generación de “Escritores Twitter”, la mayoría periodistas venidos a más, con motivo de mis apreciaciones sobre el deleznable trabajo literario de Juan Gómez-Jurado. Pero para “Escritor Twitter”, Pérez-Reverte, que es sin duda el máximo exponente. Lleva ya mucho tiempo convertido en el escritor más poderoso e influyente de este país. Y, al contrario de lo que me sucedía con Gómez-Jurado, me he leído enteras algunas novelas suyas. Concretamente ‘El capitán Alatriste’, y también de la saga ‘Limpieza de sangre’, ‘El sol de Breda’, ‘El oro del rey’ y ‘El caballero del jubón amarillo’, así como ‘La carta esférica’, ‘El club Dumas’, ‘Cabo Trafalgar’, ‘El húsar’, ‘La sombra del Águila’ y finalmente ‘Falcó’. Son unas cuantas, aunque ha escrito bastante más. De otros títulos sólo me he leído algunas partes. Fuera de su ficción, he leído no pocas columnas suyas de las que escribe para XL Semanal.

Así que mi historia con este señor es bien larga.

Vitam regit fortuna, non sapientia

He buscado esta expresión latina por internet, no me importa admitirlo. Pero viene muy al caso. Este texto que estoy empezando va a ser, simplemente, una crítica literaria a la labor de Arturo Pérez-Reverte. Por desgracia la única que existe desde que se murió García-Viñó. Pero no va a ser como algunos artículos que me he encontrado en la red, ni siquiera como algunas críticas de García-Viñó. No voy a vertir insultos, ni voy a intentar demostrar que es un machista, o un reaccionario, o un clasista, o un chulo. Todo eso ya lo demuestra él en sus ficciones, en su columna y en su cuenta de Twitter. Y no solo lo demuestra, lo exhibe como una bandera de veinte metros cuadrados. También en sus apariciones públicas. No es mi objetivo hablar de su vida privada, ni de los rumores de que cuando salía por la tele, cubriendo alguna guerra, tenía amañados unos cuantos disparos para que la cosa pareciera peor de lo que era. Tampoco voy a comentar oscuros episodios familiares, ni de su condena por plagio. Si hiciera algo de eso no sería crítica literaria.

Si hiciera algo de eso estaría haciendo lo que todo el mundo: cayendo en la trampa. Lo mejor es empezar por relatar, de la mejor forma que sepa, mi propia experiencia.

Al contrario de lo que pueda parecer, incluso a los que alguna vez me han conocido en persona, casi nunca he sido alguien seguro de mí mismo. No lo he sido durante gran parte de mis treinta, y seguro que no lo he sido en ningún momento de mis veinte. Y esta inseguridad se reflejaba en mis gustos estéticos, que eran muy intensos en uno u otro sentido, pero de los que no estaba seguro y que en cierta medida me avergonzaban. En otras palabras: no solamente era fácilmente manipulable, sino que sobre todo era rápidamente aplastado y ninguneado. Debido a ello me he esforzado toda mi vida por tener un criterio, por saber lo de que hablo, y quizá también por ello algunas reacciones mías a ideas que detesto o a actitudes que rechazo pueden haber sido desproporcionadas.

La primera novela que leí de Pérez-Reverte, que fue ‘El club Dumas’, la leí con unos veinte años, si no recuerdo mal. Me gustó mucho. Yo en aquella época intentaba averiguar no solamente qué quería hacer con mi vida y qué clase de hombre quería ser, también quería leer los mejores libros… pero no sabía cuáles eran. Lo que sabía seguro es que no eran los que decían los profesores. De modo que cuando empecé con Pérez-Reverte de alguna manera él estaba empezando, pero a hacerse rico y famoso. Hoy, veinte años después, es mucho más famoso, supongo que es mucho más rico, y su influencia en la cultura española es enorme. Si en aquella época no me hubiera gustado ‘El club Dumas’ jamás me habría atrevido a dejarlo por escrito, y debido a mi inseguridad, ni siquiera me habría permitido el pensarlo.

Ahora, a mis cuarenta, no me pasa nada de eso. No me avergüenza decir o dejar por escrito las cosas que pienso, y he aprendido a defenderme argumentando y sin atacar. No hay necesidad. Y tengo mucha experiencia. Ya no me siento intimidado por nadie. Y no creo que ‘El club Dumas’ sea una mala novela. Pero ahora sé que no es literatura. Y siendo en gran parte uno de los mejores trabajos de Reverte, es perfecto para empezar con él. Muchos que le leyeron hace veinte años hoy siguen pensando lo mismo que entonces: que es una gran novela. Porque algunos no aprenden ni evolucionan ni se quieren enterar nunca de nada. Y por eso yo ya no me pienso avergonzar ni sentir más inseguro de mis conocimientos ni de mis ideas.

La gran suerte, la fortuna en latín del subtítulo de hace cinco párrafos, que tiene Pérez-Reverte, es que muchos lectores no evolucionan, no aprenden, no leen, y siguen pensando hoy lo mismo que pensaban hace veinte años. Lectores que han encontrado en él a una especie de macho alfa de las letras ibéricas, y que por leerle a él (sin poseer el menor filtro estético), y a gente como él, han quedado completamente incapacitados para apreciar la literatura. Y es que, aunque siempre hayan existido las ficciones de kiosco (es decir, libros pulp, libros baratos… algunos magníficos, eso sí), el panorama se enrarece cuando a esas ficciones se las sitúa en el mismo lugar y categoría que a la literatura, cuando a sus responsables se les hace académicos de la lengua, cuando venden millones de ejemplares, se les hacen conferencias y mesas redondas, y eclipsan a escritores verdaderos.

Profesores de historia y eruditos

Probablemente uno de los paradigmas de lo que le ha sucedido a la literatura en los últimos cuarenta años es ‘El nombre de la rosa’ (Umberto Eco, 1980). De él viene Ken Follett, y de Follett y otros y otras parecidos vienen los Juan Gómez-Jurado y los Pérez-Reverte de hoy día. Pérez-Reverte, como Eco, podría ser historiador y hasta podría calificársele, en ciertas disciplinas, como un erudito. Pero al contrario que Eco, no es novelista, y el hecho de que ‘El nombre de la rosa’ sea una buena novela, sin ser extraordinaria, es menos relevante que el hecho de que fue un éxito arrollador de ventas. Ese éxito y el de títulos como ‘Los pilares de la tierra’ han asentado el género histórico como el más rentable para las editoriales poderosas, poco dispuestas a arriesgar con innovación y talento. Y esa es la razón de que existan y se hayan mantenido a lo largo de las décadas escritores como Pérez-Reverte.

Una de las características de la escritura de este historiador venido a pseudo-novelista que es Pérez-Reverte consiste en introducir en sus novelas una ingente, desmedida cantidad de tecnicismos y términos históricos. Así, si su libro tiene a la navegación como marco, el lector accede a una narración, si narración se le puede llamar a esa fatua exhibición de conocimientos, en la que en un solo párrafo puede encontrar una docena de expresiones y términos que desconoce por completo. Y si en su historia tiene lugar un duelo entre espadachines, pues lo mismo. Y si un personaje entra a una biblioteca o a un corredor palaciego, lo mismo. Pérez-Reverte ignora, al parecer, que no es su misión como novelista, si realmente quiere serlo, apabullar al lector con sus conocimientos técnicos, sino novelar, es decir, construir una realidad consistente y creíble. Ignora muchas otras cosas por lo visto y no debería ignorarlas, siendo como es académico de la lengua.

No sabe, o no quiere saber, que existe una diferencia crucial entre la erudición y la sabiduría. Y supongo que no está dispuesto a comprender que se puede ser un erudito y, al mismo tiempo, ser un grandísimo ignorante. Pero un novelista verdadero, si algo no se puede permitir, es ser ignorante. Cuando Thomas Mann escribe su monumental, extraordinaria, ‘La montaña mágica’ en 1924, no se muestra como un erudito (aunque lo era), sino como un hombre increíblemente sabio, que es lo que convierte a ese libro en una obra maestra literaria al alcance de unos pocos elegidos. En la sabiduría cabe la humildad, en la erudición (como en su hermana bastarda, la pedantería) no. Y Pérez-Reverte, que necesita de la erudición, de los datos históricos, para dar cierta apariencia de categoría, se documenta con una absurda exhaustividad (dicen que a veces durante años) para escribir sus novelas. Y lo más cómico de todo es que otros (como su delfín J G-J) le imitan y hacen exactamente lo mismo que él.

Un novelista no puede ser un historiador que nos cuente relatos, que es justo lo que hace P-R. En tal caso nos habríamos quedado en la Edad Media. Tenía cierta razón García Viñó al reprocharle que practicara una narrativa anquilosada, pero por otro lado es el propio temperamento tradicionalista de Pérez-Reverte el que le impele a emular a Alejandro Dumas, Walter Scott o Rafael Sabatini. García Viñó tenía aún más razón al afirmar que Pérez-Reverte no novela, sino que relata. Esto es aún más importante, porque las influencias de Pérez-Reverte, por mucho que quiera emular a ciertos ídolos, son más cinematográficas que de otra índole.

Pero es en el estilo de escritura perez-revertiana donde se debe incidir, porque no novela, sino que relata. Un ejemplo de gran lenguaje literario y que novela en lugar de relatar sería el siguiente:

“Y se alejó. La carreta reanuda su lento estrépito, devorador de kilómetros. Tampoco él vuelve la cabeza y al parecer tampoco mira hacia adelante, porque no advierte a la mujer sentada en la cuneta, a la orilla de la carretera, hasta que la carreta casi ha llegado a lo alto de la cuesta. En el momento en que reconoce el vestido azul no podría decir si la mujer ha visto la carreta. Y tampoco habría podido adivinar nadie si él ha visto a la mujer, viéndoles acercarse el uno al otro, sin apariencia de progreso, mientras la carreta se arrastra implacablemente hacia ella, envuelta en su lenta y palpable aureola de somnolencia, de polvo rojo, en el que los firmes cascos de las mulas se mueven como en un sueño, al ritmo desordenado de los crujientes arneses y de los leves sobresaltos de sus orejas de libre. Cuando se detienen, las mulas no están ni dormidas ni despiertas.”

Supongo que tampoco es muy justo meter aquí un texto (siquiera traducido), de un verdadero gran escritor como Faulkner, con su ‘Luz de agosto’, (aunque quizá sí sea justo, dado el poco aprecio que le tiene P-R a este escritor) pero fíjese el lector la clase de este artista, la forma en que novela. No es más que un párrafo, pero en él el tempo interno de los personajes y el externo del mundo se contraponen de manera magistral, con frases como “envuelta en su lenta y palpable aureola de somnolencia”, con pequeños detalles que no dependen de documentación, sino de imaginación pura.

Un párrafo habitual de la ficción perez-revertiana podría ser el siguiente:

“Quelennec se apoya en el cabillero y pone toda su atención en la masa gris que la proa de la Incertain hiende. Nada. Ni una silueta, ni un ruido salvo el de la roda que bajo sus pies corta suavemente el agua. La bruma un poco a cuatro cuartas por la amura de babor. También la brisa refresca, y la lona de los foques gualdrapea cada vez menos. Amurada, a estribor la Incertain lleva izados el foque, el perifoque y la enorme cangreja; y en la gavia del único palo el velacho se encuentra aferrado pero listo para soltarlo con rapidez, por si hay que largarse cagando leches. Quelennec se hurga la nariz y levanta la vista a cofa, oscilante sesenta pies sobre su cabeza y apenas visible entre la bruma. No se atreve a gritarle al otro vigía que está arriba, con toda esa niebla alrededor que cualquiera sabe lo que esconde; así que manda por los obenques al guardiamarina Galopín, que tiene catorce años y trepa como un simio. Un momento después Galopín se desliza de nuevo abajo por el estay de la trinqueta, para llegar antes, y comunica que desde arriba se ve menos que por el culo de muerto.”

He escogido este párrafo porque creo que resume bien el estilo y las constantes de Pérez-Reverte. Y no se crea el lector que he elegido un mal trabajo suyo, pues esto pertenece a ‘Cabo Trafalgar’, a la que considero uno de sus trabajos más divertidos. El resto de su producción es bastante parecida en cuanto a construcción formal, pero sin los tacos y sin la ironía de brocha gorda que le caracteriza. Nótese no solamente el nutrido número de tecnicismos y expresiones que ningún lector puede ni debe conocer (cabillero, roda, amura, gualdrapea, foque, perifoque, cangreja, velacho, obenque, estay, trinqueta… nada menos que once en un solo párrafo…), todo ello puesto aquí para demostrar cuanto sabe de mar este periodista metido a escritor metido a marino, sobre todo el hecho de que este señor no novela, sino que relata.

En teoría, toda esta composición debería ser el punto de vista del personaje principal situado en ella, Quelennec. Pero el escritor traiciona y rompe la continuidad de ese punto de vista con enorme torpeza, así como el ritmo y el tempo del momento que está intentando levantar, porque está más preocupado de demostrar sus conocimientos navales que en el lector de su obra. Y esto es una constante en su estilo. Ni Conrad ni Patrick O’Brian apabullaban al lector con conocimientos técnicos, porque su intención no era crear un manual de navegación, sino literatura. Sin embargo, insisto, creo que ‘Cabo Trafalgar’ no está del todo mal, porque en las ficciones cortas se puede defender, hasta cierto punto, el trabajo de Pérez-Reverte.

Autoengaños y el marketing espectacular

Creo que sus relatos largos (nunca novelas cortas) ‘El húsar’, ‘La sombra del águila’ y ‘Cabo Trafalgar’, que formarían una especie de trilogía bélica-histórica con las guerras napoleónicas como marco general, podrían ser los mejores trabajos de Pérez-Reverte. Como lector, son los que más he disfrutado y en los que, a pesar de su absurda querencia por el detallismo más farragoso, de su incapacidad para establecer un tono y un ritmo, de la inexistencia de un equilibrio entre el fondo y la forma, del hecho de que no haya personajes sino caricaturas en el mejor de los casos y clichés en el peor, albergan, eso sí, mucha guasa y mucho cinismo, y la acumulación de chascarrillos, los tacos a mansalva, la desvergonzada prosa aquí desplegada, los hacen muy disfrutables. En otras palabras que me río mucho con ellos y se leen en una tarde.

El resto de su ya extensa producción es demasiado desigual, y cuando no pertenece a ese sub-sub-sub género del best-seller thriller-histórico (‘La tabla de Flandes’, ‘La piel del tambor’, la saga del capitán Alatriste, ‘Un día de cólera’, ‘El asedio’, ‘Hombres buenos’, la saga Falcó… es decir, el grueso de sus libros) trata de ejecutar bandazos con los que quitarse de encima la insoportable y limitante etiqueta del best-seller, y escribe cosas como ‘La carta esférica’, ‘El pintor de batallas’ o ‘El francotirador paciente’, relatos en los que por lo menos intenta ser un escritor más interesante, sin conseguir otra cosa, en la mayoría de esos casos, que un descenso en el número de ventas. Y es que no se puede tener todo.

Manifestaba P-R, cuando le preguntaban si él tenía cosas en común con escritores de best-sellers norteamericanos:

“Creo que no. Eso lo explicó muy bien una crítica francesa, cuando salió ‘El Club Dumas’ en Francia, que decía que mis novelas eran el exponente del thriller cultural europeo, frente al huérfano thriller norteamericano. Creo que es una buena definición. Mi novela hunde sus raíces en una cultura europea muy intensa. No hay confusión posible. Y además, cualquier confusión es insultante. Yo no soy un analfabeto cultural. Soy europeo y el hecho de ser europeo marca una diferencia muy importante. De todas formas, no soy productor de best-seller, escribo las novelas que me gusta escribir.”

No concede muchas entrevistas P-R (y cuando me refiero a entrevistas, quiero decir ese evento consistente en que le hagan preguntas que no le gusten necesariamente), y las pocas veces que lo hace suele responder con baladronadas semejantes, o mucho más a la defensiva aún, incluso como un niño malcriado. Para autoconvencerse (o, por mejor decir, para autoengañarse) de que él es algo más que un simple escritor de best-sellers, se ha refugiado en esa impostada erudición antes referida, en un afán de desmarque que a pocas personas exigentes puede realmente convencer. No le basta con ser el creador de best-sellers español más leído en el mundo entero, él quiere ser un autor respetado. En su mente, estoy convencido, sus libros no están muy lejos de los de Joseph Conrad, los de Herman Melville o los de Anthony Hope o Alejandro Dumas. Hablan de cosas parecidas (se supone), y el espectacular (falaz, pero a la vista está que también muy eficaz) marketing de sus libros bien que lo dice.

Pero si se le echa un vistazo a ‘La carta esférica’, una de sus novelas más defendibles, en la que intenta tomarse un poco más en serio su condición de autor, se percibe que no ha asimilado bien sus (supuestas) influencias, y que no basta con leer a los clásicos para convertirte en uno de sus epígonos. Su prosa, demasiado funcional y hasta pedestre y tosca; su visión del mundo, consistente en un impostado tono sombrío, producto en teoría de sus años como reportero de guerra, que se ha encargado de subrayar durante décadas; la escasa, por no decir nula, riqueza de sus caracteres, poco más que clichés sin vida; lo predecible y hasta maniqueo de sus argumentos, todo ello queda impreso hasta en sus obras más ambiciosas, y sólo puede convencer a personas de entre quince y veinte años (como era yo mismo) con escasas lecturas a sus espaldas.

“Coy buscó a la mujer rubia. En otras circunstancias habría dedicado más atención a la sonrisa de la joven recepcionista, que se acercó bandeja en mano ofreciéndole una copa. La recepcionista lo conocía de otras subastas; y pese a saber que nunca pujaba por nada, era sin duda sensible a sus descoloridos pantalones tejanos y a las zapatillas deportivas blancas que vestía como complemento de la chaqueta de marino azul oscuro, guarnecida por dos filas paralelas de botones que en otro tiempo fueron dorados, con el ancla de la marina mercante, y que ahora sustituían otros de pasta negra, más discretos.”

Este párrafo desmañado, que como siempre rompe el punto de vista del personaje protagonista al que en teoría seguimos, en que una vez más las disgresiones arbitrarias son la norma y acaban convirtiéndose en el centro de atención de la estructura, es el estilo de Pérez-Reverte. Esto no es novelar. Y esto tampoco:

“Seguía sin ver a la mujer, que continuaba detrás de él, aunque intuyó su mirada. Al menos, se dijo, espero que no salga corriendo y tenga tiempo de decir gracias, si es que no me rompen la cara. Incluso aunque me la rompan. Por su parte, el de la coleta se había vuelto hacia su izquierda, mirando el escaparate de una tienda de modas como si esperase que alguien saliera de allí con una explicación en una bolsa de Armani. A la luz del farol y del escaparate, Coy comprobó que tenía los ojos pardos; aquello lo sorprendió un poco, pues los recordaba verdosos de antes, en la subasta. Luego el hombre volvió el rostro en dirección contraria, hacia la calzada, y pudo comprobar que tenía un ojo de cada color, pardo el derecho, verde el izquierdo: babor y estribor.”

Cuando Pérez-Reverte abandona de forma consciente sus chascarrillos y sus bravuconadas plagadas de tacos, su prosa se vuelve farragosa y aburrida. Sorprende que un tipo tan preparado como Alberto Olmos diga que ‘Falcó’ le ha gustado mucho, después de repetir que a él lo que le interesa es la novela literaria, cuando ‘Falcó’ es el culmen de esta forma de escribir, sin la menor gracia, petulante, tediosa. Sin tempo, sin musicalidad y sin el menor interés narrativo.

Bajemos el listón

Está claro que Pérez-Reverte se cree grande, o quiere serlo, y no ve en ello la necesidad de emplear un lenguaje literario, ni de novelar de forma estricta, ni de provocar en el lector un placer estético. Es posible que además de no querer, no tenga la capacidad de hacerlo. Por eso quizá deberíamos bajar el listón y hablar de otras características narrativas. Es decir: olvídemonos del punto de vista, el extrañamiento, el equilibrio formal, el tempo, la musicalidad (por cierto, notable que todos estos pésimos novelistas no tienen el menor sentido musical, rasgo que es consustancial a los grandes escritores…), el perspectivismo, el monólogo interior y todas esas zarandajas y vayamos más a ras de suelo. A la efectividad más prosaica.

El problema es que ahí tampoco Pérez-Reverte da la talla. Si tratamos de buscar en sus novelas valores tales como el suspense, el sentido de la aventura, la emoción…. incluso romanticismo, o nostalgia, o una búsqueda de lo otoñal y pasajero, o violencia e intensidad, o sentido de la maravilla, o ya para no volvernos locos el clásico viaje del héroe, o el clásico camino de redención, o catarsis, o reencuentro, o una peripecia de búsqueda personal, o un análisis histórico psicológico de un grupo de caracteres, o de una época, o ya para bajar el listón del todo un collage de costumbrismo… no encontramos absolutamente nada de eso, porque no hay absolutamente nada que encontrar, y esa es la razón fundamental de este texto: no sé ni qué buscan ni qué encuentran los lectores de Pérez-Reverte ni los críticos que tanto le adulan.

Sus novelas no son otra cosa que películas contadas, relatadas. Tal cual. No es de extrañar que muchas de ellas se hayan llevado al cine (con catastróficos resultados en la mayoría de los casos, también debo decir). Películas contadas sin gracia ni talento ni perspicacia ni sagacidad. Pérez-Reverte no quiere ser Dumas, ni Hope, ni Conrad. Quiere ser John Ford o John Huston. Quiere escribir, en otro formato, las películas del oeste y de aventuras de su infancia. De ahí su estilo y de ahí sus novelas. Y de ahí por tanto el estilo de las novelas de sus seguidores, como las de Juan Gómez-Jurado.

Esa es una de la razones más poderosas de que tanta gente le lea. Especialmente el grueso de sus lectores, varones de entre cincuenta y ochenta años. Todos esos lectores de escasa exigencia, por no decir ninguna exigencia, que quieren leer una historia viril, cinematográfica, cargada de testosterona, que les haga sentirse un poco más listos porque contienen muchos datos históricos y técnicos que ellos pueden sentir como conocimientos propios, y que se leen de un tirón, con lenguaje de oficinista, que no les haga madurar ni evolucionar como lectores, que les haga sentir orgullosos de sentirse españoles (ese españolismo de patria chica a la que son tan dados los votantes de derecha).

Pérez-Reverte ha entendido muy bien todo eso, y actúa en consecuencia. Tan bien como ha entendido Twitter, y el modo en que gestiona sus consabidas polémicas, insultando a este o a aquel de más allá, en su mesiánica actitud de salvador de literaturas y de patrias, de azote de la injusticia y los listillos, encantado de que le llamen Don Arturo y de poder, con cuatro frases contundentes y sonoras, sentenciar por encima del bien y del mal, como un Trump cualquiera.

Para Pérez-Reverte, Gómez-Jurado, Falcones, Zafón, Posteguillo, esto de la literatura va de vender muchos libros, de firmar muchos ejemplares en las ferias, de ganar mucha pasta y de contar historias más grandes que la vida sobre héroes y heroínas cinematográficas, mientras destrozan el buen gusto y la creatividad de sus ingenuos lectores, que les siguen en las redes por miles o puede que millones, sin tolerar que la crítica pueda siquiera rozarles, y pataleando porque el prestigio y los premios más importantes y la posteridad les cierra sus puertas, y ninguneando a los pocos que se atreven a ponerles peros a sus trabajos. Al menos aquí va una de las pocas críticas literarias serias, honestas, que se ha escrito sobre este supuesto autor.

Y la he escrito por una razón más visceral que intelectual: odio a los abusones. Los he odiado desde pequeño, a esos que hacen lo que quieren, por su fuerza bruta o por su falta de escrúpulos, sin que nadie pueda oponérseles. Eso son estos escritores, que copan las portadas, las librerías y la atención mediática, en detrimento de escritores de verdad, mucho más valiosos, valientes y sabios que ellos. No aman la literatura, se aman a ellos mismos, y en el caso de Pérez-Reverte es un éxtasis absoluto de haberse conocido y de escucharse sus proclamas y sus bravatas. Es el ejercicio de narcisismo desaforado más pasmoso de nuestro tiempo.

Supongo que cada uno elige a sus héroes, y que se es muy libre de elegir a quien se quiera. Hay mucha gente que ha elegido a Juan Gómez-Jurado y a Arturo Pérez-Reverte como sus héroes literarios. Mis condolencias para todos ellos.

13 comentarios en “Don Arturo Pérez-Reverte y el desaforado narcisismo

  1. Me faltan manos para aplaudir todo lo que has escrito.

    Quizá eso no te sirva de mucho, pero si me conocieras en persona, sabrías que soy un misántropo ‘redomao’ y que yo, excepción hecha de los grandes, como Mozart, Kafka o Scarlett Johansson, no babeo por nadie.

    Llevas toda la puta razón en tu entrada: Pérez-Reverte como novelista es un petardo; simplemente relata… como quien le cuenta una película a un amigo. Por cierto, “película contada” me parece a una definición brillante y exacta de la mierda que produce nuestro patrio escribidor, enhorabuena.

    Añadiré dos cosas más, la segunda será una sugerencia que espero no te disguste.

    Si partimos de la base de que admiras a Faulkner, lamento decirte que tienes un grave problema (como lo tengo yo, pues también lo admiro): la mayoría de autores te resultarán insípidos; cómo escribe el suicidio de Quentin en El ruido y.la furia es algo que está al alcance de no más de diez autores (la mayor parte de ellos están bajo tierra).

    Tu entrada está muy bien escrita, pero el primer párrafo yo lo habría escrito así.

    (Me despido ya no sin antes darte la enhorabuena otra vez por tu crítica).

    En el improbable (aunque no imposible) caso (a fin de cuentas en Zenda Libros trabaja un antiguo compañero mío de andanzas literarias, un tipo realmente grande, en todos los sentidos) de que Pérez-Reverte acceda a estas páginas mías, sé perfectamente, aunque no le conozco en persona—ni falta que hace, pues él se da a conocer a fondo por tierra, mar y aire—, que lo primero que pensará o dirá es que ya está aquí otro envidioso, otro que va a atacarle porque le gustaría triunfar como él, otro “tonto del culo” con argumentos de “chichinabo”, o alguna expresión castiza parecida de las que tanto gusta. En fin, lo cierto es que no escribo esto para él.

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    1. Hola, 921kibu. Sugerencia captada. Tenía que haberlo escrito de esa manera, pero a veces me lío y luego son muchas cosas que corregir.

      Sí, los lectores habituales de gente como Faulkner tenemos un grave problema. Luego nos pasamos la vida buscando cosas que leer que nos llenen lo mismo o parecido, y no es fácil de encontrar. Aunque algún título te encuentras de cuando en cuando.

      Gracias por tu comentario. Un saludo!

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  2. Siento no aportar mucho, pues no he leído al susodicho. Pero a raíz del fragmento de Faulkner se me ha ocurrido preguntarte por tu opinión sobre leer traducido, y cuánto crees que «se pierde» al no leer a un autor en su lengua original: el doblaje en el cine es muchas veces como un puñal, pero al menos no se «doblan» las imágenes… Pero, ¿qué pasa con el trabajo de un escritor? Con la poesía es mucho más dramático que con la narrativa (lo que decía Jarmusch de que leer poesía traducida es como ducharse con chubasquero), pero sigue siendo un tema preocupante (¿siempre es mejor acercarse a una sombra de Broch, Bely o Kawabata, que nada en absoluto?), y sin duda da para una entrada bien interesante.

    Es un placer tenerte de vuelta, Adrián. Te sigo desde que empecé con esto del cine y quedé fascinado por ‘Magnolia’, y entonces encontré una crítica tuya en cierta web… En fin, te deseo lo mejor, y espero seguir leyendo tus reflexiones durante mucho tiempo por aquí.

    Le gusta a 2 personas

    1. Hola RDM

      Muchos de los grandes artistas a los que admiro dicen que la gran literatura no se puede traducir… puede que sea verdad. No lo sé. Aprender inglés no es tan difícil, pero para leer a Dostoievski lo tenemos realmente complicado, y tampoco es cuestión de quedarnos sin leer ciertas cosas…

      Por mi parte, sí te puedo decir que he encontrado placer estético, y conmoción y hondura con obras maestras traducidas. Dudo que fuera mérito de los traductores, o al menos gran mérito, aunque por ejemplo a la hora de leer a Poe prefiero a Julio Gómez de la Serna que a Julio Cortázar.

      Tienes mucha razón: da para una entrada tremendamente interesante.

      Me alegro que te alegre leerme. Esto del internet es un caos, y cuando no se trabaja en blogs incompetentes, se tienen problemas para que la página funcione o para que los compañeros puedan escribir con regularidad. Es lo que hay. De ahí que me haya hecho este blog.

      Gracias por tus palabras. Sí, seguiré por aquí.

      Un saludo afectuoso.

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