Catedrales

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Sigamos un poco con el tema del que hablaba yo el otro día: el de las estrellitas para valorar una obra artística, preferiblemente narrativa, que es el campo de estas páginas a las que de tanto en tanto puedo dedicar algo de tiempo.

Cuando era un enano, y veía todo este tinglado de las estrellitas, pensaba que la cosa venía dada. Es decir, que las estrellitas, pocas o muchas, aparecían por arte de magia delante del título de una película, o de una novela, o de un disco musical. Luego, claro, me enteré de que no, de que había un fulano que se las ponía. También llegué a creer, durante un tiempo, que a cuantas más estrellas, peor era una película. Para rematar el asunto, estaba convencido de que si tal o cual título de este o de aquel soporte narrativo, tenía cuatro estrellas… pues las tenía para todo el mundo, y que nadie podría decir lo contrario. Cuál fue mi sorpresa al constatar lo equivocado que estaba, pues unos le podían poner a una misma creación una estrella, y otros cinco estrellas. De modo que mi desconcierto era total.

¿Cómo era posible esto? ¿Para qué entonces las dichosas estrellitas? ¿Y por qué estrellitas y no limones, por ejemplo, de esos que se veían caer de la nada y formar una fila en la pantalla de las máquinas tragaperras a las que jugaba mi abuelo? ‘Los diez mandamientos’, de Cecil B. DeMille, dos limones. ‘Depredador’, de John McTiernan, tres limones. ‘Star Wars’, de George Lucas, diez limones… o eso quería yo creer en aquella época.

Crear es construir

Ahora sé que las estrellitas no sirven, en realidad, para designar la excelencia, o la carencia de ella, en una película/novela/serie/disco, etc… Sé que a cuantas más estrellas, más grandeza, más altura. De eso va esto: de ir hacia arriba. Si tienes una estrella, vas por el suelo dando saltitos torpes, incapaz de desplegar las alas. Se puede decir que lo has intentando, sí, pero cada vez que miras hacia arriba te das de bruces contra el suelo y quedas hecho un cristo. Si tienes dos estrellas… ¡vaya!, estás volando, pero a ras de suelo, y en cualquier momento pareces a punto de caer… aunque también hay momentos que pareciera que podrías haber ido más arriba, y no has querido o no has sabido hacerlo. Si tienes tres estrellas la cosa cambia: la creación vuela. No tienes un vuelo muy majestuoso, también es verdad, más bien justito. Pero volar, vuelas, y lejos del suelo. No te puedes permitir grandes piruetas, ni fardar demasiado, pero hay que reconocer que vas bastante arriba. Se podría decir que lo has conseguido. Te has ganado el respeto del personal.

A partir de aquí empieza lo complicado. Muy pocos tienen cuatro estrellas. Cuatro estrellas empieza a ser élite, primera división. Las obras que tienen esta categoría albergan un poder, una fuerza, una clase, que las de dos o tres estrellitas observan con envidia. Cuatro estrellas sí es para fardar. Sólo las obras de gran profundidad y hondura, las más valientes y sabias, las perdurables, las que van a quedar en la memoria de muchos, alcanzan esta categoría. E incluso algunas, muy pocas, rozan las cinco estrellas. Porque, amigo, las de cinco estrellas son lo más. Lo más delicado, lo más bello, lo más frágil y lo más raro. Las cinco estrellas es esa rara flor ubicada en esa montaña escarpada, casi imposible de alcanzar, siempre en peligro de extinción, y además para conseguirla y apreciarla hay que currárselo. No basta con querer verlas. Hay que saber verlas.

Por este razonamiento que acabo de desarrollar, veo que a veces alguien le ha puesto cinco, o acaso cuatro estrellas a películas o novelas que si tienen dos (siempre bajo mi punto de vista, huelga decir) se pueden dar por satisfechas. La cosa va de construir. La cosa va de subir, de volar.

Cada vez que veo una película o leo una novela (o un cuento, o veo una serie, o escucho un disco), la cosa empieza a subir o no. El autor va colocando piedra tras piedra, edificando a cada palabra, a cada imagen, a cada capítulo, a cada secuencia, a cada riff y a cada arpegio. Su creación está viva (y el que no crea que está viva… qué equivocado está…), paso a paso va adquiriendo su sistema inmunológico, se vas desperezando, va hallando su personalidad, va ganando espacio, entidad, identidad. A veces la obra parece que va a crecer mucho más y, de pronto, gatillazo y todo se viene abajo con estrépito. A veces la cosa va lenta pero segura, y requiere cierta paciencia por parte del receptor. Otras veces la cosa no se ve, en toda su grandeza, hasta el mismo final. Y muchas, demasiadas, se advierte al autor tratando de levantar su edificación con manos torpes, con herramientas oxidadas o inadecuadas, y más que una construcción, lo que tenemos es un agujero… horadado en el buen gusto y creatividad del receptor.

Puede ser apasionante estar viendo una película, o leyendo una novela, y antes de que llegue el final estar seguro de que estás ante una obra maestra, pero aún no sabes de cuánto alcance, de cuánto vuelo, y empezar a ver que la cosa se tuerce y que puede quedar más roma de lo que esperabas, o que en el último momento el autor hace un último esfuerzo y conquista algo memorable. En otras ocasiones, te da lo mismo si te las estás viendo con algo más o menos grandioso, porque estás volando por la estratosfera casi desde el mismo comienzo. Es lo que me sucede a mí con Faulkner. He leído seis o siete páginas de alguna de sus novelas y ya estoy tan arriba, mucho más alto que con la gran mayoría de novelistas, que me da igual a donde me lleve, y ese juicio de valor ya carece de importancia, porque me ha enamorado por completo.

Para mí, todo esto de que haya algunas personas que admiren películas o novelas mediocres, escritores o directores más que cuestionables, es más una cuestión sociológica que de cualquier otro orden. Es como entrar en la catedral de Santiago y que el vecino me diga que prefiere entrar en la choza prefabricada de un poco más allá. Que usted lo pase bien.