‘El irlandés’, de Martin Scorsese

Es muy difícil hablar de una película de Scorsese (el largometraje de ficción número veinticinco de su carrera, nada menos, excluyendo el sensacional mediometraje ‘Life Lessons’ del filme de episodios ‘Historias de Nueva York’) que de alguna manera, aunque es muy posible que el genio italoamericano siga filmando películas, significa el reencuentro con algunos títulos de su filmografía y al mismo tiempo la despedida de un tipo de cine, y que además se haga a través de una plataforma de streaming como Netflix, que ha permitido su estreno durante un par de semanas. Son muchos los temas y las ideas y las sensaciones que desprende el visionado de una película de tres horas y media exactas, de un torrente de cine y de energía tan arrollador como lo es ‘El irlandés’.

Pero antes de profundizar en sus imágenes vale la pena dejar algo por escrito que muy pocos parecen estar dispuestos a decir en voz alta: Netflix está cometiendo una equivocación histórica a la hora de exhibir sus películas. La única razón, en realidad, por la que la han estrenado, es para poder competir en los Óscar, que tienen unos requerimientos muy estrictos siquiera para seleccionar las nominadas. No lo han hecho para que la película pueda ser disfrutada en pantalla grande. Su estrategia, claro, es que la gente se suscriba a su servicio. Y es muy lógico. Pero no perderían absolutamente nada si dejasen que sus películas tuviesen una vida más larga en las salas, y si exigiesen menos a los cines. Películas como ‘El irlandés’ (y otras como ‘Roma’, y muchas más) son filmadas para ser vistas en cine. Es el cine, y los espectadores, los que pierden con estas estrategias comerciales. Netflix defiende lo suyo, pero demuestra que le importa poco el objetivo primordial de los cineastas a los que produce sus películas.

Dicho esto hay que enfrentarse de una vez a la ardua tarea de comentar las imágenes desplegadas en pantalla por Marty. Unas imágenes que no se parecen, en realidad, a nada de lo que haya filmado antes, y que en el fondo se parecen mucho. La obra de Scorsese es el gran fresco histórico de la vida estadounidense del siglo XX y XIX, contada a través de sus personajes atormentados, obsesivos, pertinaces, incapaces de dejar de ser quienes son aunque su vida dependa de ello.

Ironía, nervio, nostalgia, desamparo

Lo primero que sorprende en el visionado de esta película es el sutil humor que se desprende en gran parte de su extenso metraje. Pocas veces Scorsese ha sido tan irónico, tan cáustico. Parece echar una mirada distanciada y burlona a una época desquiciada, la que sigue a la II Guerra Mundial, en la que los EEUU cambiaron por completo y se convirtieron en el circo mediático que es hoy día. No parece casual que se haya estrenado en plena era Trump, en la que tantos fantasmas del pasado parecen resurgir en cada esquina.

Pero esa mirada irónica, ese humor soterrado, poco a poco va dejando paso al nervio, a la vibrante energía scorsesiana de siempre, ahora sazonada con una nostalgia, una melancolía, que se va filtrando antes de que llegue el tercio final de la historia, y que se apodera de la película en su clímax, hasta ofrecer un desolado retrato de la soledad y el desamparo que deja al espectador completamente noqueado. El final de ‘El irlandés’ llega todavía más lejos que el de ‘Casino’ en la devastación emocional de su personaje central. Parece, en realidad, continuar con la vejez de Ace Rothstein (también interpretado por De Niro) en la figura de Frank Sheeran, con el que no tiene piedad pese a observar su ruina moral con ojos compasivos.

Precisamente desde ‘Casino’, hace ya casi un cuarto de siglo, que no coincidían De Niro y Scorsese, una de las asociaciones cinematográficas más longeva y legendaria de la historia del cine americano. Y vale la pena apuntar que al igual que Pacino no es ni la mitad de sí mismo sin la sombra de Coppola detrás, tampoco De Niro parece ser capaz de enfrentarse a grandes retos sin su amigo Marty en la dirección. Este gran actor, al que demasiado a menudo se le nota que está interpretando, parece agotado y envejecido antes de tiempo. Lleva casi dos décadas participando en películas muy por debajo de su reputación (con algunas comedias realmente infumables), pero por suerte ha podido coincidir una vez más con el director con el que ha colaborado otras ocho veces, para componer un personaje memorable.

Su Frank Sheeran, el irlandés al que quizá se refiere el título de la película (aunque bien podría ser por JFK, cuya figura es crucial en el devenir de la historia), se aleja bastante de otros personajes dibujados al alimón con Scorsese. Le dota de mucha mayor humanidad y muy complejas contradicciones, muy bien escritas por el curtido guionista Steven Zaillian sobre el libro de Charles Brandt ‘I Heard You Painted Houses’, pero en gran parte de la película Sheeran no es más que un espectador privilegiado de los intrincados acontecimientos en los que la hermandad de camioneros se vincula con la mafia italiana, apoya el mandato de John Kennedy, se enfrenta a él por no cumplir sus promesas, con el desastre de Bahía de Cochinos de fondo… una compleja trama que sin embargo no es lienzo, sino que es marco, y que al final ejerce como excusa para contarnos la historia de una doble amistad.

El genial Scorsese

Porque al igual que en otras películas de Scorsese, de lo que trata ‘El irlandés’ es de la amistad, de sus frágiles vínculos y de la dificultad de mantenerla a lo largo de los años. Sheeran con Russell (interpretado con honda verdad y sabiduría escénicas por el irrepetible Joe Pesci), y Sheeran con Jimmy Hoffa (al que da vida un desatado, como casi siempre, Pacino, que por una vez es capaz de canalizar el inmenso histrión que puede llegar a ser). Una especie de historia de amistad a tres bandas que no puede acabar bien y que en sus ramificaciones narrativas es perfecta para la sensibilidad y la mirada de Scorsese, que vuelve a regalarnos otro trabajo extraordinario.

Y ya habíamos visto a los wiseguys de ‘Mean Streets’, o de ‘Goodfellas’, o de ‘Casino’ crecer juntos y compartir mil penalidades para luego traicionarse unos a otros sin el menor escrúpulo. Pero no habíamos presenciado un pesar tan grande, tan nítido, en ninguna de sus películas. El destino de los personajes de ‘El irlandés’ conmueve verdaderamente pese a volver a tratarse de una panda de asesinos y extorsionadores. Nos conmueve porque ellos lamentan por primera vez tener que actuar como lo hacen, aunque lo hagan para no ahogarse en un desesperado sálvese quien pueda. Esta vez la idealización no es sustituida por el cinismo, sino por la amargura de una vida que se acaba y plaga de errores nefastos.

Y una vez más tenemos a la portentosa Thelma Schoonmaker haciendo de las suyas, mano a mano con Scorsese, en el montaje. Y tenemos un gran trabajo de Rodrigo Prieto en la fotografía. Ambos, en total sintonía narrativa con el director, despliegan un virtuosismo nada complaciente, una tensión cinética a la que muy pocas películas pueden aspirar. La nerviosa, rebelde cámara del director está un poco más reposada esta vez. Pero sólo un poco. En cuanto te descuidas la secuencia se vuelve un verdadero huracán de imágenes y sonidos que te demuestran por qué este hombre es uno de los más grandes cineastas de la historia del cine. Poco importa que pese al CGI se note que De Niro está muy mayor. Poco importan sus tres horas y media de metraje. ‘El irlandés’ es una celebración de cierto tipo de cine que quizá nunca vuelva a verse. El cine por el cine, la pasión por la pasión. Es lo que hace Scorsese desde hace más de cincuenta años. Vivir el cine. No entender la vida sin el cine.

Aún recuerdo lo que dijo de él cierto crítico de cine con motivo del estreno de ‘El aviador’ (2004): que Scorsese era un director inelegante. Ni entonces ni ahora puede entenderse el motivo de estas palabras. ‘El irlandés’ es una clase de elegancia narrativa, de sabiduría narrativa. Quizá otros se queden con el falso clasicismo del último Clint Eastwood, pero algunos nos rendimos a la evidencia una y otra vez, a cada nueva película de Scorsese, que cuando falte nos dejará tan huérfanos que no podremos creerlo.

Habrá que volver a ver (la siguiente vez en Netflix, qué remedio…) este ‘El irlandés’, porque es imposible abarcar todo, y saborear todo, de una sola tacada. Yo no sé si es una obra maestra, como muchos han dicho antes de verla, pero estoy seguro de que es una de sus grandes películas. Otro trabajo extraordinario, de los que abundan en la carrera de un director extraordinario.

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