CINE

A vuelapluma

Como despedida a este alocado, cansino, en algunos aspectos exasperado 2019, y ahora que tengo algunos minutos antes de participar de esa tradición folclórica de la que no hay dios que escape, que consiste en alegrarse de que un año se acabe y otro empiece (…), unos cuantos apuntes a vuelapluma, porque me apetece, porque así suelto un poco todo lo que tengo en la cabeza, y me preparo para lo que tengo por soltar…

2019 ha sido el año del aburrimiento definitivo en la política, de la pérdida total de la esperanza, de la confirmación de que los nacionalistas catalanes son unos chantajistas, y que la derecha española (tanto política, como los medios de comunicación afines) cada año se supera en el asco que da y en la vergüenza ajena que provoca. No entiendo muy bien qué esperamos que hagan los políticos y los poderosos por nosotros: somos nosotros los que les damos cosas a ellos. Dejemos de dárselas ya.

Diciembre ha sido el mejor mes de este blog en cuanto a lecturas (casi el doble que el mes pasado, que ya fue más del doble del anterior), por lo que sólo puedo sentirme complacido. Muchas gracias a todos los que me leen, incluso aquellos que lo hacen con desprecio y rabia, sobre todo a estos últimos. Que me leáis por inquina me da lo mismo, siguen siendo lecturas, y mi corazón es generoso: todas las lecturas son buenas. Gracias de verdad. En el blog de minicríticas me importan menos las lecturas. Hasta que no lo acabe, y me queda mucho para eso, no podré valorar si mereció la pena el esfuerzo.

He redescubierto, este año, mi pasión por varias cosas: por el cine, por la crítica (cinematográfica y literaria) que pienso seguir practicando, por mi espíritu contestatario que me lleva a enfrentarme a todo aquello que me desagrada y me repugna, por la lectura. Y he descubierto mi interés por escribir relatos. Por escribir muchas cosas, pero sobre todo relatos.

Este año he leído 77 libros. Algunos un rollo, otros maravillosos, unos pocos fascinantes. A ver qué da de sí 2020. Por lo pronto, terminar de leer toda la obra de William Faulkner (y así escribir la segunda parte de cierto post) y todo lo que pueda de la de Tolstoi.

He terminado mi cuarta novela, que pronto empezaré a mover por agencias editoriales. Las otras tres, por el momento, nadie ha querido publicarlas. Pero, ¿sabéis lo que digo?, me trae sin cuidado. Ya les prestarán atención en un futuro.

He escrito un libro de relatos, y estoy muy orgulloso de él. Ya estoy empezando a moverlo. Con un poquito de suerte tendrá sus réditos. Y si no, tampoco pasa nada. Creo que me ha quedado muy personal y muy interesante, y con eso de momento basta.

Este año tengo pensado escribir una nueva novela, un nuevo libro de relatos, y otras cosas más. Quizá en un futuro abra un blog o una página para empezar a dejar algunos pequeños relatos de muestra. ya veremos.

Una cosa es segura: mi blog tiene las mejores imágenes del mundo, y eso es porque me las curro y conozco sitios que proporcionan esas imágenes, que con la configuración de esta página quedan arriba del todo, bien grandes, espectaculares. No me preguntéis de dónde las saco porque no pienso decirlo.

Espero emplear el tiempo en cosas productivas. Es decir, leer, escribir, ver películas y estar con gente valiosa, que alguna hay. De esa forma hacerse mayor va mereciendo un poco la pena. Muy poco, pero lo suficiente.

Y para terminar este ‘A vuelapluma’: en este 2020 pienso seguir siendo tan crítico, tan radical y tan cascarrabias como siempre. No voy a dejar de ser yo mismo a estas alturas.

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CINE

La catástrofe de ‘Star Wars’

Yo creo que el mundo, o la sociedad, o la especie humana, han llegado a un callejón sin salida. Y si existe Dios, está claro que sobreestimó sus capacidades al crear al hombre y a la mujer. Porque hemos llegado a un punto en el que los abuelos votan a los que les dejan sin pensiones, los norteamericanos votan a un borracho majadero, y los españoles le ríen las gracias a un fascistoide que ayudó a arrasar a Irak, y admiran a un hombre al que echaron por tener un partido corrupto, condenado judicialmente. Pero sobre todo porque es imposible que en una saga las cosas se hagan cada vez peor, que la gente lo sepa, y que aún así sigan yendo al cine a verla. Es como ir al matadero con una sonrisa…

Qué quejica estoy últimamente, me dicen algunos… Pero no es ser quejica, es alucinar con el panorama. La cosa es la siguiente, y no me importa admitirlo: desde la grandiosa estupidez ‘Star Wars – Episodio VII – El despertar de la fuerza’, que tuve la desgracia de ver hace 4 años, me he negado a ver más productos de esta franquicia, ahora adquirida por Disney. Ya me he cansado. Cuarenta años de jedis, de la fuerza, de navecitas espaciales y de monstruitos peludos son suficientes. Otros no se cansan. Allá ellos. En mi opinión, estas películas, desde hace demasiados años, son tóxicas para el concepto auténtico de la aventura, que jamás fue infantil o infantiloide, sino espejo de los deseos y los miedos humanos más básicos, y por eso, por su capacidad para hablar de la naturaleza humana, una forma más de arte. Pero ya no hay marcha atrás.

Yo creo que parte de la culpa de que esto haya sucedido, de que el concepto de la aventura actual resida en muchos efectos visuales, y monstruitos y bichos de toda clase, y ejércitos gigantescos, también la tiene el mediocre Peter Jackson y sus fantasías de raíz tolkiana, y después la Marvel con su máquina tragaperras perfectamente engrasada, pero sobre todo Lucas con su regreso a finales del siglo XX. ¿Por qué no se quedaría en su casa, el buen hombre?

La primera trilogía Star Wars estaba bastante bien. A grandes rasgos podríamos decir que la primera, rebautizada como ‘Una nueva esperanza’, pero que siempre será ‘La guerra de las galaxias’, fue un hito fundacional, y que la segunda, la extraordinaria ‘El imperio contraataca’, fue aún mejor, contra todo pronóstico, solidificando una mitología y una forma de entender el cine y la aventura. A partir de ahí las cosas se empezaron a torcer. Porque la tercera, ‘El retorno del Jedi’, ya avisaba de que no es tan fácil hacer una trilogía compacta, y que en comparación con las otras dos era mediocre, fatua y falta de gracia. Tan solo se salvaba el pobre Mark Hamill en su emocionante enfrentamiento con su patético padre y la gárgola del emperador.

Ahora bien: la segunda trilogía, con la que Lucas quiso contar un relato anterior a la primera, es tan desastrosa que hace buena a ‘El retorno del Jedi’. La hace casi una obra maestra. A la nula capacidad de Lucas de dirigir a sus actores con un mínimo de profesionalidad (no digo de competencia o de interés, digo de profesionalidad…), se une una escritura de guiones digna de un adolescente semianalfabeto. Y si la primera, ‘La amenaza fantasma’, era tontorrona, zafia, sosa y boba, la segunda, ‘El ataque de los clones’, pese a algunos buenos momentos y a una música sublime de Williams (qué increíblemente bello, sugerente y épico es ‘Across the Stars’….), era casi ridícula, zafia, estúpida, con unos actores (Hayden Christensen, un actor no tan malo en otras películas, a la cabeza de todos ellos…) horrendos, espantosos, en una aventura sin pies ni cabeza. Y para rematar la tercera, ‘La venganza de los Sith’, defendida por muchos incautos como la mejor de la saga, que era una calamidad, con un Darth Vader de pena, con un duelo de sables final totalmente sobredimensionado y falto de épica, conectando con la primera trilogía de una forma absolutamente forzada…

¡Pero es que sucedió un milagro! La primera película de la tercera trilogía fue tan mala, tan horrenda, que hacía buenas a las peliculas de la segunda. En comparación con ‘El despertar de la fuerza’, ‘La venganza de los Sith’ parece vibrante, conmovedora. Y dicen, me cuentan, que las dos siguientes, la de hace dos años y la que se acaba de estrenar, son una catástrofe todavía mayor, que confirman que en lugar de una continuación, parecen una parodia de las películas originales.

Y eso que se supone que son filmes que nacen del respeto, de la veneración absoluta, y que son creados para continuar una tradición fílmica. Es como con ‘Terminator: Génesis’, que en realidad es una burla a las películas originales. Para esto, que no hagan nada. Es como si dentro de cinco o diez años alguien hace una película de ‘Juego de tronos’ que es como una parodia, y además recauda cientos de millones de dólares en la taquilla de todo el mundo, con la gente convencida de que va a ver una porquería pero sin poder evitar ver esa porquería. No me cabe en la cabeza. ¿Qué será lo próximo, ir a ver una parodia de ‘El padrino’ dirigida por JJ Abrams, que todo el mundo sepa que es una basura pero que recaude más que las otras tres juntas? Tiempo al tiempo.

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CINE, LITERATURA, MÚSICA

Pues a mí me gusta Jean-Claude Van Damme

También me gustan las fotos de animales salvajes cazando… (y no encuentro ninguna foto de Van Damme decente…) A lo que iba: resulta que echando un vistazo a las películas que he visto del cachas oriundo de Bruselas, resulta que ninguna de ellas me ha desagradado. Quizá sea por eso que dicen de que la posible decepción depende totalmente de las expectativas que se tengan. Pero las películas de Van Damme, y Van Damme mismo, dan exactamente lo que prometen: una ensalada de hostias, una historia sencilla y efectiva, una realización dinámica, y que los buenos ganen y los malos pierdan. Y poca gente, ni siquiera Chuck Norris, reparte bofetadas con tanto talento como el susodicho. Es más, voy a tirarme por el barranco y voy a lanzar un órdago, aún a riesgo de que los pocos que todavía me leen me tilden de majadero: incluso me parece bastante buen actor.

Hale, ya lo he dicho…

Lo repito, de perdidos al río: me parece bastante buen actor. Cierto que tiene dos registros (noble/ tranquilito, y hostiador/alterado), y que no se le puede pedir mucho, porque siempre es él mismo haciendo de héroe, o de antihéroe, pero ¿acaso no hacía eso mismo John Wayne? Es decir, seamos justos: el mítico héroe de western por antonomasia, el grandullón de nombre real Marion Robert Morrison, tenía registro y medio, y tampoco se le podía pedir demasiado. Era tan buen actor, o tan malo (en mi opinión era un pésimo actor con mucho carisma), como Van Damme. Y ahí le tienen, de mito del cine para toda la eternidad.

Todo esto viene a cuenta del último Todopoderosos, el segundo sobre John Landis. Y dirá el pobre lector de estas confusas líneas: «¿Massanet, se te ha ido la puta olla? ¿qué tendrá que ver una cosa con otra? Por mucho que te esfuerces con tu excelsa prosa y tu portentosa imaginación, jamás vas a conectar ambas cuestiones». Y yo contestaré: «qué poca fe me tenéis…».

El hecho, objetivo, de que a mí Jean-Claude Van Damme me caiga tan bien, y me parezca bastante buen actor, y me gusten sus películas…de hecho me lo pase pipa con sus películas, tiene menos que ver con tontas inclinaciones personales que con el hecho de que Van Damme, a diferencia de muchos otros (algunos ya verán por dónde voy…) ni engaña a nadie ni se engaña, sobre todo, a sí mismo. Es lo que es, y no va por la vida de gran actor, ni de superestrella mundial. Es de esa forma que a mí tanto me gusta: una persona inteligente, consciente de sus limitaciones (por cierto, recomiendo mucho su magnífica ‘JCVD’ de 2008), con carisma pero sin divismos (al contrario que Arnold, Sylvester y otros por el estilo), que no pretende ser otra cosa que lo que es.

Porque al otro lado del espectro están los que son unos mediocres afortunados (o unos mataos, en algunos casos extraordinarios…). Hablaba yo ayer de Alan Taylor y sus nefastas incursiones en el cine. Ese pertenecería al primer grupo. Y luego hay gente como el espectacular Juan Gómez-Jurado… ese pertenece al segundo. Lo diré de nuevo: Rodrigo Cortés hace muy fácil seguir escuchando el programa (y Cansado, y González-Campos), pero Gómez-Jurado lo hace cada vez más difícil. Porque chulitos falsamente humildes como Pérez-Reverte (joder, qué de gente con apellidos compuestos…) ya teníamos uno, y lo llevábamos mal. Pero dos ya no. Dos es demasiado…

Durante mis singulares años en escuelas de cine (la oficial y otra, en la que por fin aprendí algo), y luego trabajando en webs de cine, escribiendo críticas y artículos de toda clase, y aún más tarde y durante todo ese tiempo encontrándome en la vida con gente de todo pelaje, he conocido Gomez-Jurados sin parar. Los hay por todos lados. No todos los que conocí en escuelas de cine o en webs, pero sí muchos: perdonavidas, listillos, mediocres, chulitos, grandísimos ignorantes, machos alfas que se creen que son la hostia y no tienen ni media… En fin, una fauna bien nutrida. ¡Y resulta que todos son iguales! Todos tienen unas lagunas culturales alucinantes, todos van por ahí alardeando de lo que no son, todos (y empleo el masculino, porque no hay chicas en esta fauna) creyéndose fantásticos y espectaculares y haciendo el ridículo cada vez que abren la boca o intentan juntar tres palabras.

Pero ahora resulta que uno de ellos vende cientos de miles de libros, es un personaje mediático al que se ve por televisión y se escucha en la radio con regularidad. Todos los demás, por suerte, desaparecieron de mi vista. Pero este no: este me estropea el único programa interesante y entretenido sobre cine y literatura que se puede ver o escuchar actualmente.

Resulta que Pérez-Reverte liberó la novela, que estaba secuestrada (¿por quién? no se sabe ¿con qué objetivo? no lo ha dicho) y Gómez-Jurado es el visionario del libro electrónico en España. Por supuesto que sí, dos genios renacentistas totalmente incomprendidos por mediocres como yo. Y aún hay más: Gómez-Jurado tiene matrícula de honor en crítica cinematográfica y en crítica literaria…. luego no tiene ni zorra idea de jerga de cámara, ni sabe lo que es la manipulación del tiempo y el espacio cinematográfico…. pero tiene matrícula de honor… ¿con qué escuela o universidad? No se sabe tampoco. ¿Hace falta que te den una matrícula de honor en crítica cinematográfica? ¿No sería mejor conocer el cine? ¿No deberían devolverle el dinero?

Escuchar a este sujeto meterse con Godard, o decir que a ‘Guerra y Paz’ de Tolstoi le sobran quinientas páginas (¿cuáles, concretamente?), o defender a capa y espada el cine comercial, o comparar Harry Potter con ‘La Ilíada’, dan ganas de vomitar. En el primer vídeo que enlazo, al menos Cortés tiene el sentido común de pararle los pies, por muy amigo que sea suyo, y decirle que lo que dice no tiene ni pies ni cabeza. Así mismo, González-Campos le dice que son opiniones de otras personas y que debería respetarlas…

Finalmente los mataos han tomado el control de los micros y los medios de comunicación. Siguen vistiendo las mismas camisetas que cuando teníamos quince años, y diciendo la mismas estupideces que cuando teníamos doce. Y al público le parece bien. Pues lo siento por ellos. Yo por mi parte me voy a poner a ver ‘Doble impacto’ (1991), una estupenda película de acción, muy bien rodada. Y mientras tanto, de reojo, voy a observar mi ejemplar impecable de ‘Guerra y Paz’, descansando en mi biblioteca, agradeciendo que existan ciertas obras de arte que nos reconcilien con nosotros mismos.

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CINE, TELEVISIÓN

Alan Taylor, y lo difícil que es ser un gran director de cine

Yo soy de los que piensan que los que verdaderamente hacen que esto del cine avance son los autores, los que arriesgan, y no los grandes éxitos masivos, ni los directores estrella. Si se revisa mi lista de lo mejor de cada año desde 1979, se verá que ya ahí estoy dejando claro mi punto de vista. Una y otra vez los grandes directores, los que poseen una carrera densa y prolífica, son los que convierten a un año mediocre en otro memorable. Y este año en el que estamos no es una excepción: al filme de Netflix de Scorsese, se le suman las películas de Tarantino, Polanski y Malick. Aunque siempre hay películas de directores que hasta el momento no habían destacado, como el caso de Todd Philips con su ‘Joker’…

Cuento todo esto porque llama poderosamente la atención el caso de Alan Taylor, un director de televisión con un curriculum que da vértigo leerlo. El tipo ha dirigido por lo menos un episodio, cuando no varios, de ‘Juego de tronos’, ‘Boardwalk Empire’, ‘Nurse Jackie’, ‘En terapia’, ‘Mad Men’, ‘Ley y orden’, ‘Big Love’, ‘Roma’, ‘Deadwood’, ‘Lost’, ‘Carnivàle’, ‘Sexo en Nueva York’, ‘Los Soprano’ y ‘Oz’, entre muchas otras series. Es decir, que Taylor ha participado directamente en la creación de algunas de las mejores series de la historia. Sin embargo, cuando por fin se ha lanzado a hacer películas para el cine, la cosa ha cambiado.

En 2013 le ofrecieron dirigir la segunda parte de ‘Thor’ (2011), que aquí se llamó ‘Thor: el mundo oscuro’, y en 2015 tuvo la mala idea de aceptar dirigir ‘Terminator: Génesis’. Vamos por partes.

Ya en el primer Thor, Kenneth Branagh, antaño un prometedor cineasta, se había instalado en la más absoluta mediocridad y convencionalismo, amén de embarcarse en un diseño de producción espantoso, para acometer una de las peores aventuras de los últimos años. Que un director de televisión del prestigio de Taylor se lanzara a hacer la lógica secuela es, como poco, extraño. Supongo que Taylor, por mucha experiencia que tuviera en televisión, tomó esa decisión porque quería pisar sobre seguro, dirigiendo un filme que sin duda iba a hacer dinero, y con la que empezar con buen pie en eso de dirigir películas. Pero su error fue mayúsculo y la película quedó muy mediocre.

Un verdadero director ha de arriesgar siempre, y que un consumado profesional, un tipo de renombre, que es uno de los realizadores estrella de la HBO, no le eche coraje para empezar a dirigir películas, es una mala noticia. Una pésima noticia. Cineastas principiantes que nadie conoce y que echan a andar con propuestas arriesgadas tienen mucho más mérito que él.

Y la cosa empeora aún más con ‘Terminator: Génesis’, que dirigió dos años después. Quinta película de la franquicia creada por James Cameron, se trata de un desastre mayúsculo, un despropósito de grandes dimensiones. Intentando reinventar la saga, Taylor y su equipo de guionistas, más que otra cosa, parece que están haciendo una parodia, un chiste sin la menor gracia. No basta con un presupuesto generoso ni con un puñado de estrellas (por cierto que Emilia Clarke es una Sarah Connor bastante improbable, aunque supongo que ella y Taylor son amigos de sus trabajos en HBO) para hacer una buena película.

En uno de esos reportajes sobre el mundo de las series, dedicado exclusivamente a Alan Taylor, el hombre, con más desvergüenza que otra cosa, afirmaba que se sentía desengañado del mundo del cine, y que su intención era volver a las series. Lo hizo con un piloto sobre la novela ‘Picnic a la vera del camino’, de los hermanos Strugatkiy, que ya llevara al cine Tarkovski en su genial ‘Stalker’ (1979). Para mí está claro que este buen hombre esperaba, después de haber triunfado en televisión como pocos directores lo han hecho, simplemente pasar al cine y triunfar en el ámbito de los superhéroes o de la sci-fi. Y sin embargo ha demostrado ser un director impersonal, mediocre, irrelevante. Él dirá que está desengañado, pero lo más probable es que se haya engañado a sí mismo.

Taylor no es un verdadero director de cine, ni lo será nunca, para su desgracia. Miles, o millones de personas, se cambiarían por él en un instante, porque les encantaría tener su curriculum, sus experiencias y su prestigio televisivo, pero el cine seguiría esperando que otro buen director, con algo que contar, hiciera acto de presencia.

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CINE

James Cameron y la conquista del espacio

No sé dónde ni cuándo lo escribí por primera vez, pero sería deseable (si no obligatorio), que nuestros más admirados artistas lo fueran por sus méritos objetivos, y no por una suerte de excéntrica mitomanía. Sé que es pedir mucho en la mayoría de los casos, pero no debería serlo tanto en el caso de supuestos «expertos» en esto del cine. Sea como fuere, que cada cual argumente como buenamente pueda, si es que puede.

Digo esto porque en mi opinión no existen dos películas capaces de contar al espectador la conquista del espacio exterior de la misma manera que lo han hecho ‘Aliens’ (1986) y ‘Avatar’ (2009), ambas, por supuesto, realizaciones de James Cameron, el más grande director de sci-fi de la entera historia del cine. Otros, supongo, se quedarían con la lisérgica y endeble ‘2001: una odisea del espacio’ de Kubrick, o incluso con la arrogante y embarullada ‘Interstellar’ de Nolan. Allá ellos. Otros optamos por un cine mucho más emocionante y paradójicamente menos cerebral.

Cameron, de alguna manera, es en sí mismo una afortunada mezcla de cineasta y científico. Entre sus escasas ficciones ya ha contado lo que puede pasar en el planeta Tierra si se nos desmadra la inteligencia artificial (con las extraordinarias ‘Terminator’ y ‘Terminator 2’), pero también ha sido de los más apasionados, y de los más ingeniosos, a la hora de contar el viaje a las estrellas. El primero de ellos, como todo el mundo sabe, secuela de la mítica película de 1979 ‘Alien’, de Ridley Scott, para la que reelaboró un guión original que iba a llamarse, muy premonitoriamente, ‘Madre’. Y creo, sinceramente, que pocas películas, por no decir ninguna, reflejan con esta fuerza el enigma de un viaje a lo desconocido, el vértigo de la exploración y la colonización espacial, la batalla por la supervivencia contra una especie alienígena hostil. Muy superior al filme de Scott, ‘Aliens’ es una portentosa obra maestra.

Por si el ocasional lector no es consciente de esto, que sepa (y esto no es ninguna fantasía) que la colonización humana del sistema solar va a empezar muy pronto, quizá en la próxima década. Y que después tendrá lugar la lógica exploración interestelar, comenzando probablemente con una estrella cercana como Alpha Centauri. La idea es viajar a un planeta habitable y no emplear para ello más de veinte o treinta años terrestres a pesar de que quizá se hallen a decenas, o centenares de años luz. Estamos muy lejos de conseguir eso, al menos en teoría, y películas como ‘Aliens’ podrían dar la sensación de dejadez científica por mor de una historia espacial más espectacular, pero nada más lejos de la verdad.

Cameron, en lugar de optar por un realismo técnico que coarte la fantasía, más propio de Christopher Nolan, parte de la ciencia para contar una ficción, y no al revés. Y triunfa allí donde otros fracasan o construyen sci-fi poco duradera, a pesar de que ‘Aliens’ es una producción modesta, de que como realizador aún tendría que evolucionar, y de que gran parte de la historia transcurre en angustiosos interiores. Poco de todo eso importa porque el aliento de gran épica, de relato de exploración estelar, que alberga esta gran obra, es insoslayable. Parece mentira que su estreno tuviera lugar hace casi treinta y cuatro años, y de que no tenga ningún plano hecho con CGI, porque de alguna misteriosa manera soporta con entereza el paso del tiempo, mucho mejor que títulos parecidos bastante más recientes o de ahora mismo.

Y en la muy famosa ‘Avatar’, de la que pronto nos llegará su segunda parte, Cameron propone el reverso a ese relato, contando una historia en la que los invasores, y por tanto la especie hostil, somos nosotros, la especie humana. No recuerdo ninguna película en la que esto suceda. Y lo hace esbozando los primeros detalles de un mundo nuevo, al que llama Pandora, y con los Na’vi como especie dominante, muy cercanos en su cultura a los nativos americanos. Construye así una parábola sobre la exploración humana como devastadora de otros mundos, a los que únicamente quiere esquilmar sin aprender nada de ellos.

La grandeza del cine de Cameron consiste en la emoción, la tensión psicológica de sus historias, en sus ideas sobra la humanidad como civilización y como especie. Son algunas de las razones que le sitúan muy por encima, a pesar de su poco prolífica carrera, de muchos otros directores muy admirados por el público menos exigente y más bakala. No me cabe duda de que muchos científicos jóvenes de hoy día que despuntan en disciplinas como la astronomía o la ingeniería espacial, vieron nacer su vocación viendo películas como las nombradas, mucho antes que documentales o filmes mucho más fríos y falsamente precisos. Es la imaginación la que nos empuja al futuro, y no el conocimiento. Al menos eso es lo que yo creo.

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PRESENTACIONES

Poniendo estrellitas

Antes de dejar por unos días de escribir nuevos artículos, por todo eso de la Navidad, la familia, los viajes y follones miles, aviso con esta breve introducción, para todo aquel que le interese leerlo, que estoy preparando un enorme archivo de minicríticas, al que he llamado, precisamente Poniendo estrellitas, y que va a contener minicríticas de todas las películas que recuerde haber visto, para hacer un listado lo más grande posible. Había pensado hacerlo en este mismo espacio, pero es logísticamente imposible.

Serán minicríticas, muy breves, de apenas un párrafo, al estilo del gran Jaume Genover de Fotogramas, acompañadas de las susodichas estrellitas. Todas la entradas (una por película), podrán ser comentadas por si alguien quiere hacerlo y decirme lo equivocado que estoy o lo tonto que soy. Así mismo, entre las categorías (nacionalidad y año), y las etiquetas (año de producción, número de estrellitas concedidas, nombre del director), el ocasional lector podrá ir viendo un listado más general en uno u otro sentido, que espero aporte un poco más de mi punto de vista de esto del cine y también, por supuesto, me haga aprender cosas nuevas.

Y dirá el inopinado lector de esta introducción: ¿y para qué diablos te pones a hacer algo de esa envergadura? Pues porque me apetece, y además quizá así llegue a saber algún día cuántas películas he visto. O quizá me quisiera preguntar ¿y cada cuánto lo vas a actualizar? Y yo contestaré que en teoría todos los días dejaré unas cuantas, porque son muy pequeñas. Y no voy a poner cosas como creo que, o mi opinión es que….o frases como esa políticamente correctas. Pongo lo que opino muy escuetamente, sin argumentar (de hecho es posible que pueda ir dejándolas también desde mi móvil), que no es ese el objetivo de ese archivo. A otras preguntas como si se me ha ido la pinza, si no tengo nada mejor que hacer o cuanto tiempo voy a tardar en hacer un archivo decente contesto muy rápidamente y por orden: sí, tengo mejores cosas que hacer pero es algo que me lleva rondando la cabeza un tiempo, yo creo que en un año o dos tendré puesto todo.

Como no quiero dar la brasa a los seguidores de wordpress con 20 entradas diarias o cosa así, quizá haya momentos en que el archivo esté en modo privado, así no bombardearé con novedades en el lector del programa. Y a continuación volveré a ponerla visible. Eso es todo. Cuando tenga tiempo haré una página, que irá en la columna donde está por ejemplo el Áspero Compendio de Directores.

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CINE

‘Pitch Black’ y ‘A Quiet Place’, o cómo desaprovechar buenas ideas narrativas

Algunas películas son interesantes de ver no tanto por sus grandes méritos, sino a veces por sus estupendas ideas, y por el modo en que sus responsables, por diversas razones, no acaban de llevar esas ideas a buen puerto. Claro, eso nos pone a nosotros, como espectadores, en una tesitura: los directores no supieron, o no pudieron, o no quisieron narrar de una forma más interesante esa estimulante propuesta… ¿cómo lo habríamos hecho nosotros? Criticar estos casos es fácil, pero proponer alguna alternativa es bastante difícil.

Esto es lo que sucede con dos filmes con planteamientos propios de la sci-fi más clásica, y que luego derivan a cierto estilo de terror. Además, ambas de terror con monstruos implacables que dan caza al pequeño grupo de protagonistas. Una es ‘Pitch Black’, escrita y dirigida por David Twohy, y otra es ‘A Quiet Place’, que aquí se llamó ‘Un lugar tranquilo’, producida, escrita, protagonizada y dirigida por John Krasinski. Ambas producciones de no muy elevado presupuesto, y ambas con puntos de partida realmente muy brillantes, que quizá habrían requerido de un guión a la altura de ese punto de partida, y de un director de mucho más fuste que los nombrados.

En ‘Pitch Black’ un grupo de personajes, que viajaba en una nave interestelar, se estrella a causa de un accidente en un planeta iluminado por un sistema ternario (tres soles), que a causa de eso no es más que un desierto, pero que pronto averiguan que por una combinación de factores, se mantiene a oscuras durante muchos días seguidos. El mayor problema al que tienen que enfrentarse es que en ese planeta viven unas criaturas que sólo despiertan cuando hay total ausencia de luz, y que pueden verles, y cazarles, en la absoluta oscuridad. Lo interesante es que uno de los personajes, el supuesto villano de la función, llamado Riddick, tiene los ojos operados y también puede ver en la oscuridad.

Este planteamiento podría haber dado de sí un gran filme de aventuras de Serie B, y sin embargo se queda en una estimable y entretenida película en la que los trucos de guión y de imagen se hacen muy evidentes. Habría hecho falta un tratamiento de la fotografía mucho más creativo, en una película en la que la falta de luz es el elemento narrativo más importante. Pero claro, se enfrentaban al gran problema de que en cine no puedes no ver nada. Aunque sea de noche en una llanura sin luna, en cine ves algo. Un reflejo, una leve luz detrás de los personajes. La pantalla no puede simplemente quedarse en negro, con unas voces detrás. Y en ‘Pitch Black’, no es que se vea algo, es que se ve muchísimo. El pequeño grupo de mal avenidos compañeros que para intentar intenta sobrevivir lucha por llegar a la nave de salvamento, por momentos parece iluminado por grandes arcos voltaicos en mitad de una oscuridad no tan oscura. Y así la idea de la película se desdibuja.

Algo parecido sucede, pero bastante peor, con la mucho más exitosa, y mucho más reciente, ‘A Quiet Place’, que nos cuenta la historia de una familia que ha sobrevivido a una invasión extraterrestre. Por lo visto, la clave para que las criaturas no te encuentren es no realizar ningún ruido, ni el más mínimo. Y así, la familia vive hablando con el lenguaje de signos, y caminando por senderos de arena. El planteamiento, de nuevo, es muy original y estimulante, pero queda lastrado por una serie de nefastas decisiones del director y protagonista. Porque en una película en la que los personajes no pueden hacer ningún ruido, sobra la música, salvo quizá en los ataques de las criaturas. Y falta ingenio. Construir una película a base de golpes de efecto, a estas alturas, no parece muy meritorio. Es una película en la que cada mínimo sonido debería aterrorizar, y que acaba convirtiéndose en un relato para glorificar la familia tradicional y el estilo de vida norteamericano.

En una el elemento clave narrativo es la luz misma (o la falta de luz), en otra es el sonido. Ninguna de las dos consigue emplearlos de forma creativa. Entre las dos prefiero desde luego ‘Pitch Black’, que por lo menos tiene personajes, alguna secuencia bien filmada, y te cuenta una historia de forma decente. El final, con ese doble sacrificio, es bastante emocionante. La película de Krasinski, por el contrario, tiene personajes de cartón piedra, y en ningún momento logra ni siquiera emocionar o despertar ningún interés, más allá de los consabidos sustos a base de golpes de sonido. El final es directamente horroroso, con la protagonista de pronto convertida en Rambo.

Y es que no es tan fácil ser John Carpenter. Este tipo de películas medianas te demuestran lo complicado que es triunfar en un marco tan poco valorado como la Serie B, concretamente en sci-fi, que a algunos tantas alegrías nos ha traído. Que no basta con una buena idea, sino que luego hay que desarrollarla y saber llevarla hasta el final. El guión (sí, yo lo escribo con tilde, ¿qué pasa?) es fundamental, y que el director sepa hacer algo más que pegar planos. David Twohy no es malo, pero Krasinski es un mediocre con ínfulas. Con cosas como estas te das cuenta de lo difícil que es hacer una buena, y además original, película.

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CINE

El cine es alguien mirando

Y siempre es así, aunque no veamos a alguien mirando. Pero tampoco voy a suscribir esa manida frase de que el cine nos enseña a mirar (casi tan absurda como esa otra de que leer nos hace mejores personas, o más felices, o más libres…). El cine es la glorificación de la mirada. Es un artista (en este caso, director/ora de la película) mirando el mundo de una determinada manera, capturando un pedazo (el plano) del mundo, y desechando otros, haciendo casi tan importante el objeto material que estamos viendo, como lo que hay detrás, la mirada, el tono, la intención del que mira.

Pero muchas veces sí vemos a ese alguien mirando. Un personaje, a menudo el protagonista, mirando algo, y a continuación, a corte, vemos el objeto que está mirando. Ese diálogo entre alguien que mira y plano a corte de lo que está mirando es lo más básico, y en cierto sentido lo más poderoso, a un nivel psicológico, que puede dar el cine. No solamente por asociación de acciones o ideas, sino sobre todo por la respuesta emocional. Digamos que el personaje se encuentra en estado normal, tranquilo, luego ve algo que le saca de ese estado, tenemos a corte el plano de lo que él está viendo (que puede ser un plano abiertamente subjetivo, esto es, que simule ser exactamente su punto de vista, o no) y de nuevo un plano del personaje reaccionando a lo que él (y nosotros) está viendo. Y nuestra reacción es la misma que la suya.

Y aunque no lo sea, aunque no sea exactamente la misma, podremos empatizar con la reacción emocional o psicológica de ese personaje, que viene a ser lo mismo. Y ya estaremos interesados en la narrativa de la película, y en la historia que nos quiere contar. Es algo absolutamente simple y mecánico, pero lo suficientemente eficaz como para haberse usado millones de veces en películas de todo tipo. Pensemos por ejemplo en ‘La ventana indiscreta’ (‘Rear Window’, 1956) de Alfred Hitchcock, que es una especie de estudio sobre esto de lo que estoy hablando. O pensemos en las películas de Steven Spielberg (un director por el que no siento especial devoción, pero cuyo inmenso talento no pienso negar), en las que una y otra vez vemos a un personaje y después lo que ve el personaje, y muchas veces sin plano a corte. Simplemente la cámara se mueve, pone al personaje en primer término de espaldas, y al fondo aquello, espantoso o maravilloso, a lo que no puede dejar de mirar.

Pero más allá de todo esto, existen una gran cantidad de maravillosas películas que están basadas en la mirada del personaje, y no de una forma evidente o calculada, como en el caso de la película de Hitchcock, sino de un modo mucho más sutil, que está ahí sin que apenas lo percibamos. Pienso por ejemplo en esa maravilla que es ‘Las flores de la guerra’, de Zhang Yimou, cuyo tono estético y moral está presidido por la mirada de la increíble niña Zhang Xinyi, que ya en un principio Yimou se preocupa mucho que la veamos mirar a su entorno, pero que en determinado momento, en el interior de la catedral, mira una y otra vez por el agujero de bala de la vidriera, y cuyo rostro queda teñido de sus cristales de colores.

La niña no es la protagonista ‘de facto’, algo que sería el personaje de Christian Bale o de la actriz Ni Ni, pero sí es la protagonista moral, ‘de iure’. Y más que el objeto que mira, lo más importante de la película, a mi juicio, es verla a ella mirando. Los ojos y la expresión de ella, como símbolo de la inocencia y la niñez resquebrajadas. Es eso, y no otra cosa, lo que te rompe el corazón en esta película. Y conseguir ese tipo de mirada, de tensión psíquica, en un actor (que debe ser la misma que quieres inocular en la mente del espectador), a veces es increíblemente difícil, pero si se logra es de lo más importante que puede alcanzar el cine.

Ejemplos, miles. La famosa escena de ‘El espíritu de la colmena’, de Víctor Erice, en la que la niña, Ana, se queda conmocionada ante la muerte de la niña de ‘Frankenstein’, de James Whale:

O uno de mis preferidos: el de Keanu Reeves mirando a Bodhi surfear en ‘Le llaman Bodhi’ (Point Break, Kathryn Bigelow, 1991):

En realidad, el cine no va del ser humano, va del espectador. Va de alguien mirando algo que le conmueve, le aterra o le maravilla. Es decir, de alguien viendo una película. Paradójicamente, eso es el cine.

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CINE

El incomprensible vacío a Zhang Yimou

Digo incomprensible a falta de una palabra mejor, porque antes de empezar a escribir estas líneas he creído encontrar la razón más poderosa (habrá más, por supuesto), por la que este gran cineasta, que hace dos décadas estaba en boca de todos los cinéfilos y en las selecciones de los grandes festivales del mundo, ahora, sin que nadie cuestione del todo su talento, se ve relegado como un gran artesano que conoció días mejores, y nadie le presta mucha atención y sus nuevos trabajos, aunque obtienen notables éxitos de taquilla en muchos casos, son ninguneadas como meros pasatiempos preciosistas. Pero ya llegaré a esa razón fundamental, un poco más adelante.

Tuve la suerte de entrevistarle hace varios años, en el Festival de Berlín, en el que él presentaba la estupenda ‘Una mujer, una pistola y una tienda de fideos’, remake del primer filme de los hermanos Coen, ‘Sangre Fácil’, al que él dotaba de una fuerza y un ingenio arrolladores. Y hablé con él (apenas tres preguntas, pero muy enriquecedoras), y noté (notamos los pocos que estábamos ahí) que sabía que sus decisiones de esa década no le estaban renovando el prestigio, precisamente, más bien todo lo contrario, pero él se lo tomaba con filosofía. La película, por supuesto, no ganó ni un solo premio, y creo que en España ni se estrenó. Y si lo hizo habrá sido en dos o tres salas, durante dos semanas como mucho.

Y hace poco tuve ocasión de ver (porque cuando se estrenó en España, 2013, ni me enteré…tampoco era una buena época en mi vida para ese ritual de ir al cine…) ‘Las flores de la guerra’ (2011), al parecer la película más cara de la historia del cine chino, que narra una historia basada en hechos reales, acaecida en Nakin en plena invasión japonesa (lo que se conoce como La Masacre de Nankin, uno de los mayores crímenes de guerra del siglo XX). Y he de confesar que en parte estaba yo todavía influido por la corriente de opinión general, que insiste en que las mejores películas de Yimou quedaron atrás, y que cuando se pone a narrar sucesos de la historia de su país se vuelve nacionalista y maniqueo. Pero a medida que la película iba avanzando me iba dando cuenta de que no. De que la opinión generalizada sobre este director está sustentada en una pila de prejuicios y lugares comunes, y que este hombre es realmente uno de los grandes.

La delicada mirada de un gigante

En mi opinión ‘Las flores de la guerra’ es una obra maestra. Una obra maestra rotunda. No falta quien diga que prefiere ‘Ciudad de vida y muerte’ (2009), de Lu Chuan, por ser una película mucho más sobria con el mismo marco (la invasión de Nankín y posterior carnicería). Y es sin duda una gran película, pero no es imposible valorar ambas. La de Yimou opta por un acercamiento mucho más lírico, más poético, si se quiere, que tiene mucho más que ver con su temperamento artístico., y que por tanto es totalmente coherente con el resto de su apasionante filmografía. Porque además, Yimou no escatima en imágenes espantosas de asesinatos, violaciones y atrocidades, pero sobre todo su propósito con este filme es el de construir un sentido homenaje al sufrimiento de las mujeres en aquella barbarie.

Dicen que fueron violadas más de veinte mil (incluidas niñas y ancianas) residentes de la ciudad y alrededores. La mayoría de ellas torturadas y golpeadas hasta la muerte. Y para Yimou, un director para el que la figura de la mujer es capital (de hecho es el centro de casi todas sus películas), esto es un material que él no podía dejar pasar. Por eso cuenta la historia de estas estudiantes menores de edad de un convento católico que han de convivir con las famosas prostitutas del barrio rojo, acompañadas por un extranjero, un sinvergüenza sin escrúpulos, que ha de pasarse por sacerdote para no compartir su suerte (un gran Christian Bale). Y lo hace con tan sobrecogedor lirismo, con una autoexigencia tan absoluta, con tal manejo de las herramientas y resortes de la puesta en escena, que te deja sin habla.

Cuando la gente desdeña las películas de Yimou, como por ejemplo esta, yo no puedo entenderlo. Muy difícil encontrar algo de esta belleza, de esta hondura, con una fotografía y un diseño de producción tan exquisitos. El relato está presidido por la mirada de la niña protagonista (una fabulosa Zhang Xinyi), más que por el marcado carácter del falso sacerdote (Bale) y la imponente líder de las prostitutas (espectacular Ni Ni), y es esa mirada, entre el espanto, la curiosidad y la extrema inocencia, la que marca el tono trágico de esta inolvidable película, en la que cada plano, o casi, es una obra de arte, en la que el montaje, como sucede siempre con Yimou (no solamente en ‘Keep Cool’, su obra maestra de 1997) es increíblemente creativo, percutante y preciso, y en la que el color, como en todas las películas de este gran artista, es de importancia capital.

Decir de esta maravilla que se trata de otra película del «director del régimen», o que es manipuladora, es no enterarse de nada, o no querer enterarse. Pero supongo que Yimou se esperaría algo de esto cuando dejó de ser un cineasta problemático para el gobierno de su país, y desde que hizo sus grandes películas épicas se convirtió en el director chino más internacional, más universal. Y es un cineasta con poder, pues está absolutamente respetado en China, dirigió la ceremonia de apertura de los JJOO de Pekín, y además de la trilogía wuxia original (conformada por las sensaciones, inefables, ‘Héroe’, ‘La casa de las dagas voladoras’ y ‘La maldición de la flor dorada’, ha realizado ‘La gran muralla’ y recientemente ‘Sombra’. Grandes espectáculos que a los puristas no les convencen, y por las que lo han metido en el saco de lo realizadores ampulosos, preciosistas y comerciales.

Y esa es la razón fundamental: si eres un director de dramas intimistas, y eres capaz de hacer maravillas, obtienes un prestigio, pero si haces grandísimo, exquisito cine de aventuras, eres un vendido al sistema. El gran cine espectáculo nunca podrá obtener un respeto que muchas veces se merece. Porque los géneros no son más que etiquetas. Etiquetar ‘Las flores de la guerra’ como filme bélico o melodrama lacrimógeno quizá pueda impedirte percibir la extrema delicadeza de, por ejemplo, la secuencia en la que las prostitutas envuelven sus cuerpos en telas para disimular sus senos, o las imágenes, fundamentales, de la vidriera del rosetón de la iglesia, a través de cuyo agujero la niña protagonista observa el mundo a hurtadillas. Yimou, como todo gran artista, va creciendo, evolucionando y hollando nuevas formas, sin dejar de ser él mismo. Por supuesto que sus películas de los años noventa no van a volver, pero porque cada título tiene su momento, y Yimou ha seguido haciendo películas extraordinarias.

Lo voy a decir para terminar: sus películas de acción y aventuras son, todas, sin excepción, obras maestras del género, de una fuerza visual, un ingenio narrativo, arrolladores, y de una perfección técnica que deja sin aliento. Ya les gustaría a directores occidentales filmar así, con esa épica y esa grandiosidad. Pero claro, la crítica purista eso no lo va a consentir, y además es chino, o sea que filma de un modo un poco extraño y diferente a lo habitual, por lo que se pueden quitar esos filmes de encima con facilidad. Pero eso sucede porque ni han reflexionado sobre el gran cine de aventuras (que es, en esencia, el cine fundacional), ni realmente quieren valorar la narrativa por sí misma, más que el estilo de la historia que se quiere contar.

Pero si alguien quiere encontrar un sucesor (diferente, contemporáneo, con otras inquietudes y sensibilidades, pero sucesor al fin y al cabo) de Akira Kurosawa, lo tiene en Zhang Yimou. Si quieren ver maravillas intimistas las tienen en ‘Sorgo rojo’, ‘La linterna roja’ o ‘El camino casa’ (esta última una de las mejores películas de su década). Pero si quieren ver una épica que reduce a Peter Jackson y gente así a la nada, tienen también en Yimou un referente ineludible. Por eso, y por muchas otras razones, Yimou es y seguirá siendo, uno de los grandes cineastas del mundo.

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CÓMIC

Jordi Bernet, el más grande

Cada uno tiene su personal panteón de gigantes, o de titanes. En la literatura, en el cine, en la música. En el cómic. Algunos se refieren a ellos como sus gustos, o sus preferencias. O sus debilidades. Yo no creo que sea nada de eso. Creo que son los tipos, o tipas, que te convencieron que no se puede hacer mejor, que no puede haber nadie más grande que ellos. Quizá similar, quizá compañeros de viaje, pero nada más grande. Por eso están en un panteón.

Como se podrá deducir sin mucho esfuerzo, Jordi Bernet es para mí uno de los diez o doce ilustradores de cómic más grandes que existen, y quizá que han existido. Y puedo prometer que es un club muy exclusivo, muy elitista y muy reflexionado, el mío. En ese panteón también estaría gente tan maravillosa como Richard Corben, David Mazzuchelli, Sergio Aragonés, John Buscema o Jean Giraud. Y puede que sobre todos ellos el artista catalán Jordi Bernet, más conocido por el gran público por ser el dibujante de ‘Clara…de noche’, que durante muchísimos años fue uno de los puntales de la ahora decadente revista ‘El jueves’. Disfruto de su magnífica obra casi desde que tengo uso de razón, y en cuanto descubrí que no tiene nada que envidiar (más bien es al contrario) a los sempiternos dibujantes estadounidenses, mi admiración por él no ha decaído.

Recuerdo aquella época de mi vida (entre los 6 y 12 años), en que los cómics lo eran absolutamente todo, o casi. Me pasaba la mitad del día entre todos los que podía conseguir de Francisco Ibáñez (‘Mortadelo y Filemón’, ‘Rompetechos’, y ‘El botones Sacarino’) y los norteamericanos, por supuesto. Los de superhéroes, claro, pero también ‘La espada salvaje de Conan el bárbaro’, que era mi favorito por aquella época. Y entre todo eso, como no podía ser de otra manera, estaban los prohibidos, los que no me tocaban por mi edad. En otras palabras: los que más me apetecía leer. Porque los de Conan, en algunas ocasiones, ya incluían ciertas cosas, ciertas imágenes, que hacían que a un chaval pre-adolescente le explotara la cabeza.

Erotismo, cinefilia, oscuridad

No recuerdo en qué momento exacto fue, pero sí recuerdo el modo en que me impactaron ciertos cómics. Eran mucho más violentos, con más carga sexual, con más mala leche, que muchas películas que podía ver a escondidas. Eran casi como la fruta prohibida, y conseguir leerlos, y no digamos ya adquirirlos, era algo apasionante, casi febril. Y de entre todos los que pude leer en aquella época, los que más me impresionaron, y en cierta forma siguen impresionándome, fueron los de Jordi Bernet. Estamos hablando de los años ochenta, claro, y de la extraordinaria obra ‘Torpedo 1936’, creada por el guionista Enrique Sánchez-Abulí.

Es muy interesante este cómic, en primer lugar, porque el dibujante inicial fue el gran Alex Toth, de estilo ligeramente parecido, en sus claroscuros y en su composición, al de Bernet. Pero si comparamos ambos trabajos, debemos convenir es que al gran pincel y buen gusto de Toth, le sucede la energía arrolladora, la genialidad visual de Bernet, que más que dibujar y entintar parece ejercer de director de fotografía de una película de cine negro de los años treinta y cuarenta.

‘Torpedo 1936’ es sin duda la obra maestras de Bernet. En ella no solamente vuelca su enorme amor por el cine norteamericano de la era «dorada» de Hollywood, sino que convierte el intenso humor negro de Abulí en una infinita colección de imágenes inolvidables. En sus manos, el asesino a sueldo Luca Torelli, alias ‘Torpedo’, un sujeto capaz de matar a cualquiera (incluyendo mujeres) con tal de ganarse la vida, se convierte en un carácter más grande que la vida, que parece evadido, por una suerte de sortilegio, de alguna obra maestra de Fritz Lang o Billy Wilder. La serie, bastante extensa, en la que se cuentan pequeñas historias autoconclusivas en las que abunda el erotismo, la sordidez y el humor salvaje, tiene viñetas que parecen dibujadas por el director de fotografía de ‘Sed de mal’ o de ‘Perdición’.

En otras palabras, es una serie de cómics que te dejan sin aliento, sobre todo si eres un cinéfilo empedernido. Y con ella, también, comenzaron las absurdas polémicas suscitadas por las obras de Bernet (ya fueran escritas por Abulí o por Trillo), dado el carácter abiertamente misógino, cuando no abiertamente cruel, de muchos de sus episodios. Memorables fueron los encontronazos con El País, que publicó en su semanal un número especialmente sórdido (uno de los mejores, por cierto) para luego retirarlo por ser demasiado fuerte, y con TVE, que iba a coproducir la serie de animación a mediados de los noventa y se apartó del proyecto. Para que luego digan que el puritanismo (en el que por cierto ahora mismo estamos inmersos) era cosa del pasado.

Y algunos años después vio la luz su colaboración con Carlos Trillo para crear la ya legendaria serie ‘Clara…de noche’, protagonizada, como todo el mundo sabe, por la maravillosa prostituta Clara y su hijo Pablito, que ya es historia de oro del cómic español.

Es extraordinario el modo en que este hombre domina la técnica de la sencillez, valiéndose de muy pocos trazos y detalles para caracterizar un personaje, y entintándolo después (otro día hablamos de la importancia del entintador, que puede cambiar de forma radical el aspecto final de una obra) con un gusto y una pericia yo diría que exquisitos. La finura de su trazo es tal que es capaz de mezclar, en una sola escena, el realismo más extremo con la idealización más abstracta, siendo, sin ninguna duda, uno de los grandes maestros del blanco y negro de la actualidad, y cuyos cómics en color, si bien muy brillantes, no alcanzan el mismo grado de tensión artística.

En comparación con Clara, o con Cicca Dum-Dum, la sensualidad de Milo Manara o del Serpieri de Druuna, me resbala, me parece falta de fuerza. En otras palabras, falsa. Porque Bernet, además de un dibujante estratosférico, y de creador de mundos sórdidos y apasionantes, es quizá el más hipnótico dibujante erótico de la actualidad. Sus heroínas femeninas, verdaderas pin-ups de finales del XX y principios del XXI, entroncan con esa querencia de Bernet por el cine americano de los estudios, pero él sabe dotarlas de una humanidad, de una fisicidad, difíciles de describir.

Da que pensar, ahora que Bernet empieza a tener una edad avanzada, y que el cine se ha vuelto tan conservador y tan puritano, si verdaderamente el erotismo va a desaparecer y se va a hacer tan oculto como hace treinta años, pero eso es otro tema que quizá de para otro artículo. Por lo pronto animo al ocasional lector de estas líneas amante del cómic de calidad que se haga con la obra completa de ‘Torpedo’ y con cualquier número recopilatorio de ‘Clara…de noche’, amén de cualquier cosa dibujada por este gran artista. Será un poco más feliz.

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