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No recuerdo bien cuál fue la primera película que vi, nadie la recuerda. Probablemente alguna que pasaran por televisión, una de esas televisiones de los años ochenta que no tenían mando a distancia, con la pantalla curvada hacia fuera, en uno de los dos canales que existían en España por aquel entonces. Pero sí recuerdo la primera novela que me leí. Fue ‘La isla del tesoro’, de Robert Louis Stevenson. Hoy día sigue siendo una de mis historias favoritas.

Por alguna razón, las primeras novelas, o las primeras películas, ejercen en ti un efecto similar al del rostro de los padres cuando somos lactantes (rostros que luego olvidamos cuando nos hacemos mayores…). Te cambian. Te impresionan tanto que te dañan y al mismo tiempo te fortalecen. Por primera vez en tu vida, mucho más que en el mundo físico, te sientes frágil en tu mundo psíquico. Leí muchas veces, hasta casi saberme de memoria (memoria que ahora es arena…), ‘La isla del tesoro’. Es uno de esos volúmenes (aún lo conservo en mi casa, descansando a menos de un metro de mí, en la estantería) con estupendas ilustraciones. Algunas de ellas me sirvieron de base e inspiración para mis primeros dibujos. Mucho después, cuando veo películas de piratas en el mar, siempre las comparo con las sensaciones de aquellas lecturas. La sensación de libertad absoluta.

Pero mucho más importante que todo eso, fue el primer contacto serio con la muerte. En la novela, el pequeño Jim Hawkins (con el que irremediablemente se identifica el lector, sobre todo si es un niño), conoce a Billy Bones, un corsario de tres al cuarto que se hospeda en la posada del padre de Jim, llamada Almirante Benbow. Billy Bones, que guarda un importante secreto, no tarda en morir, se supone que por una apoplejía. Y a pesar de que no es un personaje positivo, de que no se puede decir que Jim Hawkins le tenga aprecio, es una muerte que a mí, siendo un chaval, apenas un niño, me impresionó. Por alguna razón, sentí una inmensa compasión por el viejo granuja, y su muerte me conmovió. Fue realmente lo que me enganchó a la historia, y me di cuenta de que por muy granuja y bebedor que fuera, era una hermanita de la caridad comparado con Long John Silver, el villano de la función.

John Silver me causaba terror. Claro que luego conocí a Ahab en ‘Moby Dick’, que me pareció un hermano de sangre, al que dibujé, en mi mente, con facciones parecidas. Pero John Silver creo que fue el primer personaje malvado que me fascinó y me perturbó. No entendía cómo alguien podía ser tan hijo de puta y además con aspecto de disfrutar de ello.

Todo esto que cuento es mi ADN narrativo. Lo primero, lo inicial. El núcleo celular. Por supuesto que vibré con muchos otros libros, como ‘Drácula’, que siendo tan joven no podía creer que fuera tan erótica, o ‘David Copperfield’, u otras. Pero en cuanto a novela, la primera que dejó una impresión profunda, una huella duradera, fue ‘La isla del tesoro’.

En el cine es más difícil saber qué fue lo primero. Lo que más me gustaba eran los westerns, eso sí. Mi padre me ponía muchos de ellos. Estaba seguro de que disfrutaría con los cásicos y los modernos, y no se equivocó. Cuando era un chaval quería, mucho antes que ser Han Solo (que también me gustaba mucho), ser el Clint Eastwood de ‘Por un puñado de dólares’, y ‘La muerte tenía un precio’. Luego, quise ser John McClane en ‘Die Hard’. Pero vi muchas películas, quizá demasiadas, y algunas que no me correspondía ver a mi edad. Lo que sí tengo claro es cuál fue la primera que me impresionó y en cierta manera me marcó. Fue ‘Robocop’, de Paul Verhoeven. Recuerdo perfectamente aquel momento.

Siendo una película de una violencia gráfica impresionante, sólo una escena me perturbó seriamente, y es aquella en la que el protagonista, Robocop, que ya ha averiguado que el psicópata es una marioneta en manos de Jones (Ronny Cox), el verdadero villano en la sombra. Total, que se presenta en su despacho dispuesto a detenerle, pero no puede hacerlo, ya que han configurado su sistema para no poder detener a ciertas personas. Y eso no es lo peor. Lo terrible es que llega esa máquina de matar que es ED-209 (una especie de tanque con patas), y machaca a Robocop a cañonazos. Yo era tan joven que no podía entenderlo. Robocop era el héroe. Ya le habían revivido, reensamblado y perfeccionado una vez, cual monstruo de Frankenstein, y no podía ser que le volviera a pasar lo mismo otra vez. En comparación, la salvaje escena en que es acribillado antes de convertirse en lo que era ahora, me parecía suave.

Ver al ED-209 destrozando al héroe me produjo un seísmo emocional indescriptible. Me sentí enervado, violentado. Deseé poder cruzar la pantalla y ayudar al héroe, salvarle. Muy pocas escenas, de niño, me provocaron una emoción semejante. Estaba indignado, asqueado con el género humano. Verhoeven lo había conseguido. Había logrado que un chavalillo de otro país viera su película y captara nítido el mensaje: los héroes, los valientes, son aplastados de forma inmisericorde por los poderosos. La imagen de Robocop triturado por el poder me redujo a la nada.

Por supuesto que después de esa, otras muchas películas me han conmovido, o me han perturbado, o me han fascinado. También muchas novelas, más grandes y perfectas que ‘La isla del tesoro’, me han dejado sin aliento. Pero quizá algunos, desde que empezamos a ver películas o a leer libros, queremos volver a sentir ese mismo pasmo, ese mismo, que reconecte con nuestro ADN y nos haga volver a las primeras imágenes.

2 comments on “Las primeras imágenes

  1. ejvargas dice:

    Robocop también me marcó. Esa película no era para mi edad y sobretodo que al vi sin censura, fue muy cruda. Recuerdo que todo mi odio de niño se lo ganaron OCP y su junta directiva; no podía creer que existieran personas tan malvadas

    Le gusta a 1 persona

    1. Veo que estamos en la misma línea. Sí, impresiona lo hijos de puta que son todos en esa empresa.

      Un saludo!

      Me gusta

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