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A punto de concluir su carrera comercial en cines, ‘El rey león’, la nueva versión estrenada este año, ha alcanzado la escalofriante cifra de más de mil seiscientos millones de dólares recaudados en todo el mundo. Unos datos que te dejarían sin aliento si no fueran ya los habituales en casi cualquier título con los que Disney nos bombardea año tras año. Sin ir más lejos, ‘Frozen 2’ lleva recaudados casi mil millones, y su carrera en cines ha empezado hace pocas semanas… Una sola de estas películas recauda mucho más que todo el cine español en un año.

No suelo hablar del dinero recaudado por una película. Pero no es de esta bestialidad de cifras, realmente, de lo que quiero hablar, sino de lo que significan. Con estos éxitos continuados de sus películas de animación, y con los de las películas de superhéroes de Marvel, que también son propiedad de Disney, el acaparamiento de las pantallas de todo el mundo por parte de la todopoderosa compañía es un hecho objetivo. La industria, por supuesto, está de enhorabuena con este caudal increíble de dinero, Disney da palmas con las orejas y se felicita por su éxito empresarial y por sus estrategias comerciales, y unos cuantos millones de espectadores están encantados con la situación. Yo no. Yo soy como Pepito Grillo, o como el cuervo aguafiestas.

Recuerdo cuando estrenaron la primera versión de ‘El rey león’ hace veinticinco años. Yo tenía, en 1994, quince años, y se hablaba de la que iba a ser una de las películas de más éxito del año, que se había estrenado en verano en EEUU, y que aquí llegó en noviembre. Y en efecto, fue un gran éxito, pero nada comparado a lo de ahora. Cómo cambia el mundo y cómo cambia el cine… El dinero que obtuvo la primera película, que en su momento se consideró un triunfo, ahora sería considerado como no muy espectacular. Pero ‘El rey león’ ha sido, desde el principio, una máquina de hacer dinero para Disney. Tanto en cine, como en DVD y Blu-Ray, como el musical que aquí en Madrid no da visos de agotar el interés de la masa que acude a verlo año a año. Es el mascarón de proa de su invasión cultural, de su apropiación de las pantallas.

Hoy día no hay una sola gran superproducción de Disney al año, sino que hay diez o doce. O incluso más. Y todas acaparan un buen número de pantallas, y todas reciben una atención mediática apabullante. En 2019 han sido sobre todo los niños de menos de diez años los que le han dicho a la industria qué es lo que deben producir y poner en el cine. Esto es así, y va a seguir siendo así. Y cuando no son los niños son los chavales de quince a veinte años. Ya el cine de superhéroes está recibiendo nominaciones a los Óscar, e incluso premios en importantes festivales europeos. Mientras tanto, el cine de autor, el independiente, el que arriesga, el cine grande y vivo que hace que la nave siga avanzando, está muriendo a pasos agigantados. Scorsese ha de rodar en Netflix, y muchos cineastas importantes tienen las puertas cada vez más cerradas. Lo que está sucediendo es terrible, y mientras muchos se frotan las manos con el negocio y otros parecen encantados con la situación, algunos sabemos que no es una buena idea dejar que los niños y los chavales decidan qué cine hay que hacer y producir.

La nueva versión de ‘El rey león’

Más allá del hecho de que no creo que hiciera falta una versión en imagen real, o en imagen tres dimensiones, o como se quiera llamar, de ningún “clásico” de Disney, el advenimiento de un nuevo Rey León, realizado con todo lujo de detalles, repitiendo el esquema de la primera película con algunas variantes, empleando algunas de las canciones originales y otras nuevas, es muy paradigmático del estado de las cosas, y más que celebrar, irónicamente, la grandeza de la película original, lo que consigue es revelar con mayor nitidez sus oquedades e imperfecciones.

‘El rey león’ de 1994 es considerada una de las grandes películas Disney, por una gran mayoría de espectadores. No es de mis preferidas. Desde luego la película no es una obra maestra, como tanto se ha dicho. Se beneficia muchísimo de una animación superlativa (como sólo una gran superproducción marca de la casa puede lograr), y de una música muy inspirada de Hans Zimmer que otorga grandeza, épica y nobleza al conjunto, pero la historia es chata, las caracterizaciones de los personajes son desiguales, y el personaje de Simba carece de carisma y de verdadero interés. Es el heredero al trono de su padre, por supuesto, y eso es todo. Su tío le engaña, haciéndole creer que es el causante de la muerte de su padre, y cuando se convence de que tiene que luchar vuelve y vence.

La historia se resiente gravemente de una construcción deficiente, por cuanto todo gira, precisamente, en torno a un personaje tan poco atractivo e interesante como Simba. Es un carácter que no tiene nada de particular. Ningún mérito, ningún daño real. La pérdida de su padre, hoy día, queda impostada y vacía, y su crecimiento personal al lado de Timón y Pumba, que podría haber sido lo más interesante de la historia, se nos escatima en un único plano encadenado que rompe, además, el tono de lo que nos estaban contando. Este relato a lo Shakespeare (como todo lo que tenga un rey y un sucesor y un usurpador…al parecer) me parece muy inferior al ingenio de ‘Aladdin’ o la frescura de ‘Enredados’.

Y la nueva película en imagen real y animación 3D hace más patentes estas fragilidades y añade otras nuevas, al mismo tiempo que evidencia la trampa, lo falsario, del mensaje y de la imagen Disney. Ver cantar a dibujos animados es una cosa que puede tener su gracia y su pertinencia, no así ver cantar a animales sin expresividad humana. Las emociones que intenta transmitirnos la película quedan opacadas por el simple hecho de que son bestias, no seres humanos, y la grandeza técnica de la película acaba resultando un mero exhibicionismo tecnológico. Incluso la mejor secuencia de la película inicial, la estampida de los ñus que causa la muerte de Mufasa, está aquí abaratada, carece de la fuerza de la otra. Es un remedo soso y falto de imaginación.

En realidad, si lo pensamos bien, sólo Scar cumple con el cometido de humanizar a los animales. Porque Scar representa la naturaleza humana, con sus envidias, sus ansias de poder y su maldad intrínseca, por paradójico que resulte. Es por tanto de lo poco salvable de una película que una vez más Disney quiere hacernos colar como un mensaje de amor a la naturaleza, pero que de nuevo introduce animales buenos y animales malos, con lo peligroso que es esa idea en la mente de un niño, y que aspira a un hiperrealismo que se da de bofetadas con la poesía del cine. Aquí no hay poesía ni lirismo, tan solo un deseo de colonizar las mentes infantiles y juveniles con unas ficciones preñadas de ideas ultra conservadoras, de ganar increíbles cantidades de dinero con productos en los que cada vez hay menos cine, de copar las pantallas de todo el mundo impidiendo que los verdaderos cineastas encuentren su espacio.

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