‘Sidi’, de Arturo Pérez-Reverte

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Será que a mí me va la marcha, o será que soy un crítico científico, empírico. El caso es que me he leído la última novela de este señor por dos razones. La primera es que no he encontrado ni una sola crítica literaria sobre ella, en ninguna parte. La segunda es que me he pasado tres veces por grandes superficies en las que se venden esos extraños objetos llamados libros, y en las tres ocasiones, aunque he pasado por allí de refilón, buscando otras cosas, he visto a más de un señor (nunca señora…) entrar en el establecimiento, coger este libro, pagarlo y marcharse. Y dado que sigue siendo, varias semanas después de su aparición, el libro más vendido en España según El Corte Inglés (que como todo el mundo sabe están por la preservación de la literatura), pues yo quiero averiguar qué está pasando aquí. Qué puede suceder para que otro libro de este hombre arrase de semejante manera.

Así que se lo he pedido a una amiga, y me lo he leído en cuatro días. Algo que por otra parte no reviste ningún mérito, dado lo que cuenta y la forma en que lo cuenta. Y lo de la crítica literaria lo digo muy en serio. No han publicado ni una sola, y que no me salga el lector con esta, porque esto no es una crítica literaria. Es otra cosa. No voy a decir yo lo que es, porque estas páginas mías me las tomo muy serio.

Y me he enfrentado a la lectura de esta novela con toda la equidistancia y profesionalidad que he podido reunir, teniendo en cuenta que ya me he leído unas cuantas novelas de este escritor, y que por tanto conozco el paño, y sé a lo que atenerme. Y si no conseguía (que no he conseguido) averiguar la respuesta al misterio de por qué la gente necesita de sus novelas para vivir mejor, y son capaces de desembolsar alegremente 22€, quizá me lo pasara más o menos bien, como en sus novelitas más defendibles, esas de mucha guerra, muchos tacos y mucha desvergüenza. Pero tampoco ha sido el caso. Como dice Ruy Díaz en este novela: “no estaba de Dios”.

El vacío en la página

Un crítico ha de ponerse, siempre que pueda, en la piel del artista cuya obra va a comentar, intentando encontrar la voz que le inspiró y las razones que le incitaron a escribir esa novela, y no otra, y los motivos por los que la escribió de esa manera, y no de otra. Con algunos grandes artistas esto resulta muy difícil. Con Pérez-Reverte… pues no. Voy a tirar de presunción: inmersos como estamos en el V centenario de la primera vuelta al mundo de Magallanes y Elcano, es muy probable que nuestro novelista/historiador valorara la posibilidad de escribir un tocho al respecto, en una jugada parecida a la de ‘Un día de cólera’ (en el segundo centenario de los acontecimientos del Dos de Mayo) o a la de ‘Cabo Trafalgar’ (también en otro segundo centenario…el de la Batalla de Trafalgar). Pero quizá le echó para atrás que como era hasta previsible, nuestro apasionante mercado editorial abarrotaría las mesas de novedades con libros al respecto.

De modo que volvió grupas y se dijo: ¿qué historia puede ser más “revertiana”, y con cual puedo de alguna manera ser lo más polémico posible y cerrar la boca a tanto imbécil que me tiene por facha y supremacista? Y no tuvo que pensarlo mucho, porque la figura de Rodrigo Díaz de Vivar se ajustaba como un guante a ese requerimiento. Y aquí la tenemos. Y no crea el lector que exagero un pelo, porque el mismo autor ha dicho de El Cid que es un personaje muy revertiano. Jamás escuchamos a Hitchcock decir que determinado material era muy hitchcockiano, ni a Ford que algo era muy fordiano, pero él se lo puede permitir. En realidad es lo único que se puede permitir, porque su novela (si novela se le puede llamar) está presidida por una aplastante mediocridad que en numerosas ocasiones roza el ridículo más absoluto. Y creo, sinceramente, que además de porque no quiere hacer otra cosa, es que el hombre no puede.

La novela comienza “in media res”, esto es, con una acción (la persecución del grupo del Cid a una partida de bandidos) enmarcada en unos hechos muy avanzados (el destierro del protagonista), lo cual es una decisión, como poco, sorprendente. Con esta forma de empezar, Pérez-Reverte se ahorra, supuestamente, explicaciones iniciales y una introducción al marco histórico y a los antecedentes que seguramente harían la novela mucho más extensa de lo que es (apenas 360 páginas con el tamaño de letra para niños de doce años de Alfaguara), y así puede, de nuevo supuestamente, ir al meollo de la acción y no andarse con explicaciones ni zarandajas. Pero no. Resulta que no.

Porque Pérez-Reverte es fiel a sí mismo, y todas sus novelas son iguales. Contarán cosas distintas, pero están estructuradas de la misma manera. A saber: el personaje central hace cuatro o cinco cosas (X), generalmente triviales, tales como lavarse, acomodarse en su catre o beber un trago, y a continuación se pone a pensar en su pasado o en las causas (Y) de su situación actual y Reverte narrador se pone a explicarnos en qué piensa. Y así, lo que nos habíamos ahorrado de introducción, nos lo mete a calzador en mitad de una en teoría tensa y terrible persecución, y de cada cinco páginas media es de alguien haciendo algo trivial, y cuatro páginas y media son de relatar sucesos pasados. Así queda la estructura: XYYYY, XYYYY, XYYYY…. una y otra vez. Sin parar. De esta manera rompe una y otra vez el tono y el ritmo de una historia que avanza a trompicones, y la tensión del relato se desvanece.

Resulta que el grupo de El Cid, que se ha unido a su exilio, finalmente da con la partida de bandidos moros que está arrasando un pueblo tras otro y provocando una carnicería. Pero lo hace en la página 110, y cuando lo hace, Reverte se ventila el suceso en dos páginas, y con recursos literarios tales como “Entonces Ruy Díaz lo alcanzó en el cuello. Clang, chas, hizo.” Para seguir con “Sonó duro, metálico –primero vibró la hoja de la espada– y blando al fin, al penetrar entre los anillos de hierro. El golpe había dado en la carne“. Recuerdo cuando una profesora mía me dijo, cuando yo era un crío, que para contar bien una historia hay que prescindir de expresiones tales como “entonces”. Cuánta razón tenía. Pero más allá de eso, esta narración de novelucha de kiosko, de cómic de los años cincuenta, ¿es lo que necesita el lector medio, al que seguro le cuesta mucho ganar veintidós putos euros, para sentirse mejor? No me lo explico. Pérez-Reverte, además, toma a ese lector por subnormal una y otra vez: ya nos habíamos dado cuenta, sin que él tuviera que decirlo, que el golpe había dado en la carne.

Ciento diez páginas, para contar esto, de la forma en que está contado, que no es contar nada, me parece increíblemente desafortunado, a falta de una palabra mejor. Un tercio, nada menos, de la novela, en una persecución que no se nos narra, para desembocar en un combate que se nos escatima. Pérez-Reverte no es novelista, es rellenador de libros. Creo que llega a explicarse cinco veces, en esas ciento diez páginas iniciales, las razones del destierro de El Cid (unas razones muy interpretadas por Pérez-Reverte, pues los libros de historia no dicen eso exactamente….), y son explicadas de manera diferente, pero ya nos habíamos enterado la primera vez de su versión del exilio. Es el estilo revertiano. Si el protagonista se presta a hablar con unos soldados, comentará lo que opina de los soldados en general y de la vida soldadesca… y lo hará, de manera más o menos parecida, CADA VEZ que se le acerque un soldado, o casi. Reverte es el maestro de la reiteración.

Pero el resto de la novela no es mucho más apasionante. Sin señor que le ofrezca su protección, y al que poder ofrecer sus servicios, El Cid acude, como es bien sabido, al rey de Zaragoza, musulmán, por supuesto, y a su servicio emprende una serie de escaramuzas en Monzón y Tamarite, para finalmente vencer a Mundir, gobernador de Lérida y hermano del rey de Zaragoza, y a Berenguer Ramón II, conde de Barcelona. Y ya está, ahí acaba la novela. Y con este esquema argumental, Pérez-Reverte pretende, que ya es pretender, capturar la mítica del personaje medieval más famoso de la historia de España, hacer un dibujo moderno y profundo del personaje, apropiado para las nuevas generaciones, que necesitan de él para aprender historia, zambullirse en un entorno histórico y construir un relato bélico. Y fracasa estrepitosamente.

Pérez-Reverte, en su épica de héroes españoles (El Cid habla y actúa exactamente igual que su Alatriste), de su imaginería, muy personal y discutible, de la historia de España, está muy alejado de una figura de la grandeza y la oscuridad de Rodrigo Díaz de Vivar, un guerrero y mercenario muy complejo que él abarata y al que es incapaz de dotar de verdad, de hondura. En primer lugar porque Pérez-Reverte, en su temperamento, es un tipo muy cínico y descreído, lo que no favorece ese acercamiento. Y en segundo lugar porque es un escritor de una frivolidad insoslayable. Si el lector de verdad quiere saber lo que es una persecución y una carnicería, que se lea ‘Meridiano de sangre’, la extraordinaria obra maestra de Cormac McCarthy. Eso es narrar. Lo de Pérez-Reverte es una jugada comercial apadrinada por Alfaguara, encantada con sus frivolidades maquilladas de grandes historias épicas.

Veleidades

Le hicieron hace poco una entrevista al aludido. No tenía que ver con esta nueva novela, sino con la situación política española, y le preguntaron por su trabajo en la RAE. Ni corto ni perezoso, el amigo Pérez-Reverte dijo que es como su casa, y que además aprovecha su biblioteca para escribir sus novelas. ¿Para qué creían que estaba ahí? Me lo imagino buscando textos sobre El Cid y sobre la época. No sé para qué, porque nada de eso se traduce en su novela. Por poner varios centenares de expresiones que nadie conoce, no se hace una mejor novela. Los malos novelistas se escudan en una documentación exhaustiva, en pedantería, en una supuesta superioridad cultural, para que nadie pueda tocarles. Pues se les puede tocar. Lo siento por ellos.

Una de las pocas cosas que tiene más o menos decentes ‘Sidi’, este relato de frontera, son sus diálogos, porque Pérez-Reverte tiene cierta habilidad para ellos. Pero los arruina porque todos los personajes hablan igual (entre sí, en esta novela, Y EN EL RESTO DE SUS NOVELAS), y porque las atribuciones de los diálogos son nefastas, dignas de un adolescente que empezara a escribir sus primeros textos. Así mismo, narra, o intenta narrar, aunque más bien relata, todo de la misma manera. He perdido la cuenta de las veces que alguien “concluye” (por “se da cuenta”, “se percata”), y ha llegado a hastiarme la necesidad de este hombre de demostrar cuanto sabe de historia y de aspectos técnicos que no poseen la menor relevancia, salvo si eres un recalcitrante recolector de pedanterías o si eres un lector de escasa personalidad que quiere sentirse un poco más listo leyendo una novela.

Y él quiere sentirse un poco más querido, contando la historia de cómo El Cid trabaja con los moros, y lo hace bien, y hasta se hace amigo de ellos. Quiere demostrar al mundo que no es el racista y el facha que algunos creen. Que a él los moros no le caen tan mal, en un chabacano ejercicio de reseteo moral que nadie se puede tragar. Es como el que dice que no es homófobo porque algunos de sus amigos son gays, o el que no es machista porque está casado y tiene tres hijas. Pérez-Reverte, mal que le pese, es en sí mismo la cristalización de los más grandes defectos e hipocresías del español medio.

Es duro decirlo, y quizá me caiga una buena lluvia de improperios (y quizá hasta de hostias) por decirlo, pero no puedo contenerme: el que crea que las novelas de Pérez-Reverte son literatura, es que no tiene la menor sensibilidad literaria, ni el menor bagaje cultural. Él cuenta con ello. Lo sabe perfectamente y lo utiliza. Es como el listillo de la clase, que sabe salirse con la suya, porque conoce un poco mejor las reglas del juego, y da gato por liebre a profesores (críticos), y compañeros rezagados (lectores corrientes), y la jugada le ha salido bien, a juzgar por los resultados comerciales. La gente le lee, en realidad, porque él cae bien. En un país tan inculto como este, que Reverte, con sus chulerías, sus machistadas maquilladas de chascarrillos, su indescriptible soberbia, caiga bien y venda mucho, es totalmente lógico.

He leído en muchos foros, y hasta he escuchado a gente, que los libros de Pérez-Reverte son muy fáciles de leer. Por eso le leen. Pero los libros fáciles, que no exigen nada a sus lectores, rara vez son valiosos o importantes. ‘Sidi’ es una pésima novela, una más del extenso catálogo revertiano, que últimamente se renueva cada año (no me extraña, porque una novela como esta se escribe en pocas semanas) que va a hacerle a él un poco más millonario de lo que ya es, y a los pobres incautos que le lean un poco más ignorantes todavía. Es una transacción justa, asimétrica pero justa.

Y hasta aquí la única crítica literaria, por lo menos honesta, que van a encontrar por ahí sobre ‘Sidi’, del maestro Pérez-Reverte. Si los críticos literarios a sueldo de los medios de comunicación hicieran su trabajo (o les dejaran hacerlo), los desconocidos como yo no perderíamos nuestro tiempo leyendo y dejando por escrito en nuestras desconocidas páginas nuestras ideas sobre novelas tan pobres como esta.

Plural: 15 comentarios en “‘Sidi’, de Arturo Pérez-Reverte”

      1. O directamente, no sabe. Ten en cuenta que Pérez Reverte es para los españoles lo que Stephen King para los americanos. Y claro, eso no todo el mundo lo sabe

        Le gusta a 1 persona

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