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Yo soy de los que piensan que los que verdaderamente hacen que esto del cine avance son los autores, los que arriesgan, y no los grandes éxitos masivos, ni los directores estrella. Si se revisa mi lista de lo mejor de cada año desde 1979, se verá que ya ahí estoy dejando claro mi punto de vista. Una y otra vez los grandes directores, los que poseen una carrera densa y prolífica, son los que convierten a un año mediocre en otro memorable. Y este año en el que estamos no es una excepción: al filme de Netflix de Scorsese, se le suman las películas de Tarantino, Polanski y Malick. Aunque siempre hay películas de directores que hasta el momento no habían destacado, como el caso de Todd Philips con su ‘Joker’…

Cuento todo esto porque llama poderosamente la atención el caso de Alan Taylor, un director de televisión con un curriculum que da vértigo leerlo. El tipo ha dirigido por lo menos un episodio, cuando no varios, de ‘Juego de tronos’, ‘Boardwalk Empire’, ‘Nurse Jackie’, ‘En terapia’, ‘Mad Men’, ‘Ley y orden’, ‘Big Love’, ‘Roma’, ‘Deadwood’, ‘Lost’, ‘Carnivàle’, ‘Sexo en Nueva York’, ‘Los Soprano’ y ‘Oz’, entre muchas otras series. Es decir, que Taylor ha participado directamente en la creación de algunas de las mejores series de la historia. Sin embargo, cuando por fin se ha lanzado a hacer películas para el cine, la cosa ha cambiado.

En 2013 le ofrecieron dirigir la segunda parte de ‘Thor’ (2011), que aquí se llamó ‘Thor: el mundo oscuro’, y en 2015 tuvo la mala idea de aceptar dirigir ‘Terminator: Génesis’. Vamos por partes.

Ya en el primer Thor, Kenneth Branagh, antaño un prometedor cineasta, se había instalado en la más absoluta mediocridad y convencionalismo, amén de embarcarse en un diseño de producción espantoso, para acometer una de las peores aventuras de los últimos años. Que un director de televisión del prestigio de Taylor se lanzara a hacer la lógica secuela es, como poco, extraño. Supongo que Taylor, por mucha experiencia que tuviera en televisión, tomó esa decisión porque quería pisar sobre seguro, dirigiendo un filme que sin duda iba a hacer dinero, y con la que empezar con buen pie en eso de dirigir películas. Pero su error fue mayúsculo y la película quedó muy mediocre.

Un verdadero director ha de arriesgar siempre, y que un consumado profesional, un tipo de renombre, que es uno de los realizadores estrella de la HBO, no le eche coraje para empezar a dirigir películas, es una mala noticia. Una pésima noticia. Cineastas principiantes que nadie conoce y que echan a andar con propuestas arriesgadas tienen mucho más mérito que él.

Y la cosa empeora aún más con ‘Terminator: Génesis’, que dirigió dos años después. Quinta película de la franquicia creada por James Cameron, se trata de un desastre mayúsculo, un despropósito de grandes dimensiones. Intentando reinventar la saga, Taylor y su equipo de guionistas, más que otra cosa, parece que están haciendo una parodia, un chiste sin la menor gracia. No basta con un presupuesto generoso ni con un puñado de estrellas (por cierto que Emilia Clarke es una Sarah Connor bastante improbable, aunque supongo que ella y Taylor son amigos de sus trabajos en HBO) para hacer una buena película.

En uno de esos reportajes sobre el mundo de las series, dedicado exclusivamente a Alan Taylor, el hombre, con más desvergüenza que otra cosa, afirmaba que se sentía desengañado del mundo del cine, y que su intención era volver a las series. Lo hizo con un piloto sobre la novela ‘Picnic a la vera del camino’, de los hermanos Strugatkiy, que ya llevara al cine Tarkovski en su genial ‘Stalker’ (1979). Para mí está claro que este buen hombre esperaba, después de haber triunfado en televisión como pocos directores lo han hecho, simplemente pasar al cine y triunfar en el ámbito de los superhéroes o de la sci-fi. Y sin embargo ha demostrado ser un director impersonal, mediocre, irrelevante. Él dirá que está desengañado, pero lo más probable es que se haya engañado a sí mismo.

Taylor no es un verdadero director de cine, ni lo será nunca, para su desgracia. Miles, o millones de personas, se cambiarían por él en un instante, porque les encantaría tener su curriculum, sus experiencias y su prestigio televisivo, pero el cine seguiría esperando que otro buen director, con algo que contar, hiciera acto de presencia.

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