LITERATURA, TELEVISIÓN

Las editoriales y los escritores de éxito se ríen de todos nosotros

Imaginémonos que Rosalía se presenta a OT y por supuesto lo gana. Imaginémoslo por un momento. Extraño, ¿no es así? No podríamos creer que tal cosa sucediera ni en un millón de años, porque sería en primer lugar absurdo y en segundo una barbaridad. Bueno, pues tal cosa, poco más o menos y salvando las distancias, es lo que sucede con los premios literarios de este país. Los grandes, los importantes, los que salen en las noticias y les procuran a los ganadores cientos de miles de euros.

Viene a cuento, lo del ejemplo de Rosalía, por el reciente fallo del Alfaguara, en el que ha salido ganador nada menos que Guillermo Arriaga… en realidad viene a cuento de muchas cosas, pero esto del Alfaguara es ya el colmo. Guillermo Arriaga, el guionista de éxito internacional de las magníficas ‘Amores perros’. ’21 gramos’, ‘Babel’, ‘Los tres entierros de Melquíades Estrada’…también director de cine, novelista consagrado que ha publicado en su país y en el nuestro, precisamente en la editorial Alfaguara… De verdad, ¿pero es que nadie se sonroja ni siente deseos de clamar al cielo? A ver cómo lo explico: se han presentado seiscientas y pico novelas, bajo plica (esto es, con seudónimo), ¿y sale elegido un tipo muy conocido (y bastante buen escritor, aunque eso es lo de menos), y bastante mediático? Empezando porque nadie se cree que un jurado pueda leerse seiscientas y pico novelas…en el caso en que se lean alguna. Y del puñado que se leerán, justo eligen una que resulta que, oh sorpresa, es de un escritor de Alfaguara que es bastante conocido. Más allá del premio económico, que es sustancioso, y que para mí no tiene importancia, es el hecho del premio en sí.

Basta ya

Esto que digo aquí lo han dicho antes muchos otros, y seguramente mejor que yo (y con más potencia, y con un nombre más conocido que el mío), pero merece la pena decirlo las veces que haga falta: para que esta pantomima de los Nadal, los Primavera, los Alfaguara y los Planeta se sostenga hace falta que la mentira, la falacia, la secunden no solamente las editoriales y los mandamases que las promueven, sino los lectores, la crítica y sobre todo los escritores, que es lo más grave de todo. ¿Cómo es posible que un premio tan importante lo gane siempre o bien un escritor reconocido, publicado en varios idiomas, o bien un periodista o un presentador de televisión? ¿Cómo es posible que Javier Moro, que literariamente no es nadie, gane el Planeta en 2011 y el Primavera en 2018? Y lo mismo Fernando Schwartz, con diez años de diferencia: primero el Planeta y luego el Primavera.

Y podríamos seguir con una larga lista de autores que son reconocidos con importantísimos premios nacionales, dotados con una bolsa muy sustanciosa (el Planeta entrega la barbaridad de 600.000€), entregados a gente como Maxim Huerta, Juan José Millás, Lucía Etxebarría, Fernando Savater, Raúl del Pozo, Nativel Preciado, José Ovejero, la presentadora Ángeles Caso, Maruja Torres… Insisto: gente que literariamente no es nadie. ¿Quién, que no sea fan irredento, recuerda sus novelas ahora mismo? ¿Alguien que lee estas líneas tiene a esos autores en su casa y le parecen tan extraordinarios como un Joseph Conrad, un Graham Greene, un Thomas Mann? Yo creo que no. Pero una y otra vez ganan esos premios por novelas que a nadie le interesa, cometiendo un crimen de estafa absoluta al pueblo español, a la plebe, a todos nosotros, y cuatro o cinco años después salen llorando en televisión diciendo que Hacienda les ha dado un palo por hacer las cosas mal…

Y todo esto la gente ni lo comenta ni le parece mal por una razón muy sencilla: les trae sin cuidado la literatura, concretamente la española. Pero hay muchos, como yo, que piensan diferente, que sabemos que hay muchos autores desconocidos, miles, quizá decenas de miles, que se merecerían obtener uno de esos reconocimientos, pero no por el dinero que procuran, sino por hacerse un hueco en el mundo editorial. ¿Cuándo va a ganar la novela que presentó una escritora totalmente desconocida de 32, o de 49 años, que ha escrito una obra maestra? Estos grandes premios debería estar prohibido que se presentara gente consagrada. Y los que se presentan lo hacen sabiendo que tienen posibilidades de ganarlo. Es decir, que además de estafa cometen abuso de poder. Ellos mismos quizá fueron un escritor desconocido que no sabía como darse a conocer, pero ahora les importa un carajo: los desconocidos, quizá magníficos, que arreen.

Me consta que hay miles de escritores, ahora mismo en Madrid, de un talento increíble, a los que ninguna editorial, ni editor, ni agente editorial, les hace ni maldito el caso. Y presentar algún trabajo formidable de narrativa a uno de esos premios es perder el tiempo, que se rían de ellos con el mayor de los cinismos. Es así, y ellos lo saben. Y si alguno de esos escritores que sabe que su propio trabajo vale la pena me lee, sabrá bien lo que le estoy diciendo: si tu padre no fundó una editorial, si no eres un periodista de un programa de la tele, si no fuiste corresponsal en Beirut, si no tienes un padrino poderoso que por un azar se fija en ti, lo tienes jodido no solamente para publicar, tan sólo para que te hagan el más mínimo caso.

Pero esas mismas editoriales, esos mismos editores, esos críticos, esos escritores consagrados que escriben literatura sin el menor interés, y los mismos lectores (ignorantes de que les están engañando) que sostienen todo el tinglado, además se arman de soberbia para decirle a todo el mundo lo que es bueno y lo que es malo, lo que merece publicarse y lo que no, lo que ya representa el insulto final. No me extraña que haya tanto descreído del mundo literario con un talento para escribir que sobrepasa el de todos los autores nombrados juntos y alguno más.

¿Cómo no indignarse, cómo no hartarse?

El ocasional lector de estas líneas, al que tanto agradezco que se pase por aquí de cuando en cuando (más que nada para saber que no estoy tan solo respecto a las cosas que pienso), quizá sea consciente, quizá no, de los diez libros más leídos del 2019. Pido perdón de antemano, pero aquí están:

‘Sidi‘, de Arturo Pérez-Reverte; ‘La cara norte del corazón’, de Dolores Redondo; ‘Loba negra’ de Juan Gómez-Jurado; ‘Terra Alta’, de Javier Cercas (Premio Planeta 2019); ‘Largo pétalo de mar’, de Isabel Allende; ‘Alegría’, de Manuel Vilas (finalista del Premio Planeta 2019); ‘El pintor de almas’, de Ildefonso Falcones; ‘Lluvia fina’, de Luis Landero; ‘Tampoco pido tanto’, de Megan Maxwell; ‘El latido de la Tierra’, de Luz Gabás. Dudo que ninguno de estos libros, salvo la pésima novela de Pérez-Reverte, sea recordado dentro de diez años (o cinco), como ejemplo de buena, de valiosa literatura…y el de Pérez-Reverte quizá lo sea por la indescifrable devoción de sus acólitos….

Y hay que decir que esta lista cambia bastante dependiendo de la fuente, lo que más que misterioso resulta bastante inquietante, pero ese es otro asunto…

Pero ahora llega la verdadera cuestión, y es que sé, me consta, que la gente, la mayoría de la gente, se piensa que un verdadero escritor, que un gran escritor, quisiera ser como uno de estos personajes. Y están muy equivocados. Por supuesto que todos queremos ser leídos y que nuestro trabajo tenga repercusión, pero aseguro al lector de estas líneas que ningún escritor auténtico, de los que están más preocupados por la literatura que por ganar dinero, se entregaría al circo de los premios, de las redes sociales, de los más vendidos, de las filas kilométricas de lectores no habituales que quieren que les firmen el libro.

Pero en realidad, un escritor de verdad (Unamuno, Hesse, Mann, Faulkner, Woolf, Yourcenar, y miles desconocidos que seguirán siendo escritores magníficos pese a ello) jamás se entregaría a este fatuo espectáculo de vanidad, a esta vergonzosa actividad de llenar el twitter de los eventos, las firmas, los éxitos propios, a este continuo babosear a los amigos famosetes para que te retuiteen, a este alabar a los que te encumbran y ningunear a los que te critican, dejándoles como envidiosos o ignorantes. Y lo triste no es que pase todo eso, lo triste es que luego los lectores los consideran sus ídolos, a esos que destruyen su buen gusto, a esos que se ríen de ellos, les toman por imbéciles y les sacan los cuartos. A gente que escribe sandeces como esta:

Arturo Pérez-Reverte@perezreverteMe alegra mucho, @JuanGomezJurado, que seas tú quien me pisa los talones, joven pistolero. Eres un profesional y lo mereces. Qué mayor te haces y qué viejo me hago yo. Por eso es hora de que empieces a cuidarte cuando vayas al bar. Entras en la zona de los tiros por la espalda.

Joven pistolero… Todo esto no tendría mayor importancia si alguna (digo alguna…) novela de cualquiera de los citados valiese algo. Pero no es el caso. Y si alguna vez una escritora o un escritor desconocido, se hiciera con un premio importante, y lo ganara con una grandísima novela, todos los que somos ignorados sistemáticamente por aquello que escribimos nos sentiríamos reivindicados. Y los que quieran seguir con este circo, que lo hagan, pero que no cuenten con los que tenemos la cabeza bien amueblada.

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CINE, CRÍTICA

Sobre eso de poner estrellitas

Sobre eso quería escribir yo un poco aquí, ahora que en el archivo ya llevo escritas 456 minicríticas (y las que me quedan…, en qué jardines me meto, la madre que me parió), sobre lo que uno va aprendiendo, sobre las dificultades que te vas encontrando, y sobre lo complejo que es muchas veces valorar ciertas obras, siempre (o casi siempre, porque hay algunas que ojalá nunca se hubieran filmado, o por lo menos yo no hubiera perdido el tiempo viéndolas) desde el máximo respeto por sus creadores, que supongo yo que han hecho el máximo esfuerzo, o han hecho todo lo que estaba en sus manos dentro de sus limitaciones, para hacer el mejor trabajo posible.

Todo esto viene a cuento de la razón de ser de estas páginas mías, que como ya he dicho algunas veces pero no me importa volver a explicar las que haga falta, nacen porque tengo la sensación de que hay personas (como yo mismo en cierta época de mi vida) que desean saber más de cine (o de literatura, o de música, o de lo que sea, pero aprender), y que no saben por donde empezar, o que no saben cómo abordar, por ejemplo, una mayor comprensión del hecho cinematográfico, de lo que es realmente una buena película, o una magnífica película, y por qué consideramos que es o no es así, más allá de gustos personales, de filias y de fobias. Y para llegar a eso no les vale, me temo, con leer las columnas de El País sobre los estrenos de cine de cada fin de semana, o las baladronadas y estupideces de ciertos programas de la tele, y tampoco tienen tiempo ni dinero ni la (buena o mala) suerte de asistir a una escuela de cine.

Y como no va de gustos personales, porque cada uno tiene los suyos y nadie te los puede quitar, pues decidir si poner una o dos, o poner tres o cuatro estrellitas, es algo a veces arduo de decidir. Porque entre dos y cuatro, o entre una y cinco, pues claro que es muy fácil. Pero vamos al meollo: ¿en qué reside el valor cinematográfico, netamente y fundamentalmente cinematográfico, de una obra? Esa es la cuestión.

Decía yo el otro día por aquí que el tema no es precisamente algo decisivo a la hora de valorar si una película es valiosa o no, pero es uno de los elementos en los que se fija la gente. Es decir que la gente, mucha gente, se cree que ‘La lista de Schindler’ es mucho mejor película que ‘Tiburón’ (yo prefiero llamarla ‘Jaws’, pero para que el lector me entienda), por el simple hecho de la segunda va sobre un tiburón asesino a que hay que dar caza, y la primera va sobre el Holocausto Judío de la II Guerra Mundial. Y están equivocados: ‘Jaws’ es mucho mejor película que ‘La lista de Schindler’. Es una obra mucho mejor construida, con mucho más cine dentro y mucha menos tendenciosidad. Y sobre todo, y ante todo, es un filme que acierta plenamente con la forma en que está narrado, y ‘La lista de Schindler’ no.

Algunos me han preguntado en persona (y yo esperaba que también sucediera en los comentarios, pero ya veo que no…¡prometo que no muerdo!) cómo puedo ponerle a una película tan bien hecha (porque hay que reconocer que a nivel puramente de realización es una maravilla absoluta) como ‘La lista de Schindler’ únicamente tres estrellitas, que es lo mismo que a mi juicio tienen, por ejemplo, ‘Carretera al infierno’, ‘Spiderman 2’, o ‘Planeta Prohibido’, sin ir más lejos. Pues porque en primer lugar una película no se juzga respecto a otras sino respecto a sí misma, y en segundo, entra en juego un concepto muy importante (o varios que intento desgranar), que consiste en entender la diferencia entre lo que se busca y lo que se encuentra. Y a mi juicio lo que busca Spielberg y lo que encuentra está en un término medio, nunca es pleno, total, y de ahí las tres estrellitas.

Pero además es que creo que por muy bien que esté realizada una película, eso no la eleva necesariamente de una valoración apreciable (las malditas tres estrellitas), pero en ningún modo formidable (cuatro…) a menos que tenga algo más que eso. En el reciente ‘Todopoderosos’ (por cierto uno de los más aburridos de los últimos tiempos, y de los más decepcionantes), en el que tres personas inteligentes y un sujeto pagado de sí mismo hablaron sobre piratas, el bueno de Rodrigo Cortés aseguraba que ‘La isla de las cabezas cortadas’, el desastre económico de Renny Harlin, es una película de piratas ejemplar, en la que todo está hecho maravillosamente, en la que todo se ve y cada plano es pertinente. Y puede ser cierto, pero también es cierto que la película es un despropósito de tono, de ritmo, de personajes, de historia, de punto de vista, de profundidad narrativa, y un largo etcétera.

Y es que hay muchas cosas que valorar en una película, y se valoran desde el mismo momento en que la estás viendo, y si eres un crítico de cine medianamente serio puedes disfrutar de la película (o sufrirla) al mismo tiempo que vas escribiendo la crítica en la cabeza y vas sabiendo ya si estás ante algo mediocre o algo valioso. Y me temo que son conceptos que los críticos no se paran a pensar, más que en ese abyecto y superficial «me gusta» o «no me gusta». Eso lo hace cualquier chimpancé.

Pero no nos desviemos: ¿por qué ‘Atraco a las tres’ es mucho mejor película que ‘El laberinto del fauno’, por ejemplo, o que ‘Los diez mandamientos’? Pues porque la primera tiene algo más que imágenes muy elaboradas pero vacías, o que un gran tema bíblico que dé lugar a momentos épicos. La primera es más humana, más rugosa, más cercana, más auténtica. La película de Jose María Forqué tiene mucho más ingenio que las otras dos, tiene personajes que te crees, no como en la película de DeMille, tiene momentos deslumbrantes de comedia, de verdad.

¿Significa eso que el cine no ha de ser, como tantas veces he proclamado, eminentemente visual? No exactamente. Depende de la película. Por ejemplo, la extraordinaria ‘2046’ es un poema visual de una belleza y una fuerza expresiva impresionante. No hay personajes cercanos o humanos o creíbles. Es todo lirismo, grandeza compositiva, abstracción. Pero es que ese es el personaje, el tema, el ingenio. No todas las películas pueden ser iguales, y por tanto no pueden ser valoradas por igual. No se puede valorar igual un filme de Clint Eastwood que ‘2046’, no sería justo ni para una ni para la otra. Lo que se ha de valorar es cada una en sí misma.

Lo más fácil es llegar a la conclusión de que una película tiene tres estrellas. A partir de ahí, ¿dónde está el cine, los elementos, los detalles, que hacen que llegue a cuatro (notable, grande, formidable), o a cinco (excepcional, magistral o directamente obra maestra)? Una película con tres estrellas es una obra bien cerrada, con elementos atractivos, una buena historia, una dirección competente, sin grandes fallos o zonas grises, pero no es una obra redonda, magnífica, deslumbrante. Para llegar a eso ha de tener bastantes cosas que la diferencien: una dirección poderosa, unos personajes memorables (en su composición o en su interpretación), escenas brillantes… Y para ser cinco estrellas ha de ser algo verdaderamente excepcional, ha de tocar zonas de nuestro interior que rara vez nos tocan, ha de volar a territorios desconocidos pero hermosos, ha de ser quizá frágil pero única.

Pero claro, también hay que valorar si se sostiene con el paso del tiempo, si sus influencias están bien asumidas, si alberga pertinencia narrativa respecto de su época…y si al director no se le escapa el tono y el ritmo del conjunto. Son muchas cosas, porque ante todo el cine es una forma de conocimiento.

En resumen, de una obra narrativa habría que valorar, si es que de verdad se quiere ser un crítico de cine solvente, unas cuantas cosas:

-La pertinencia narrativa.

-El contexto histórico en el que está filmada.

-El tono y el ritmo.

-La profundidad de los personajes (y cómo están interpretados).

-Su uso de los arquetipos y su alejamiento, o no, de los clichés.

-Su profundidad humana (y no hablamos de buenismo, sino de su reflejo de la naturaleza humana, con sus luces y sus sombras)

-La construcción del guión, y su ingenio, su originalidad, sus diálogos y su armazón.

-El sentido del montaje (relacionado pero no definitorio del ritmo o el tono)

-Lo meramente visual (fotografía y sentido de la planificación)

-La mezcla de sonido (y el concepto musical)

-La diferencia entre lo que se busca y lo que se encuentra.

-Su importancia histórica (dentro de su género, por ejemplo, pero también dentro de la filmografía del director, y de su época)

-Su clase, su «gracia» a la hora de simplemente contar una historia.

-Su honestidad.

-Su personalidad.

Entre otras cosas que seguro que me dejo en el tintero. No es tan fácil como pensar que tal director me encanta y a todo lo suyo le pongo cuatro o cinco estrellas. Es más, si te duele poner a tal o cual película una puntuación menor a lo que querrías, es que estás haciendo lo correcto.

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CINE

Cine clásico vs. cine moderno

En el eterno, y muchas veces estéril, debate sobre lo mejor del cine, existen, siempre han existido y a este paso siempre existirán, legiones de cinéfilos, o de simples espectadores aficionados al cine, que defenderán a capa y espada la anquilosada idea de que el cine de los años treinta, cuarenta y cincuenta (del cine estadounidense, no de otras cinematografías, curiosamente) es lo mejor que se ha hecho jamás, que algunos de los directores de aquella época (Ford, Hitchcock, Wilder, Lang, Preminger, Walsh, Hawks, Cukor, Lubitsch…..) son los más grandes que jamás han existido, y que todo lo que viene después, lo que tenemos ahora, no puede ni compararse con aquel paraíso hecho imágenes y sonido. Y yo, y creo que otros, llevamos mucho tiempo diciendo que no, que no es tan fácil.

Todo eso teniendo en cuenta que el término «clásico» es bastante discutible, y que el término «académico» cuadra mejor con determinado tipo de cine…

El otro día (en realidad hace algunas semanas) empecé a ver, por mera curiosidad, ese documental en varias partes llamado ‘Movies’, a secas, que se suponía que era un repaso por la historia del cine, y que no es otra cosa que una loa desmesurada al cine norteamericano, uno de esos shows de autobombo que tan bien se le dan a los gringos, en el que única y exclusivamente, con un chovinismo sonrojante, se hablaba de cine norteamericano, y de lo buenísimas y preciosas y tiernas y emocionantes que son todas y cada una de sus películas. Lo quité a los diez minutos, añorando ese extraordinario documental de Martin Scorsese titulado ‘A Personal Journey with Martin Scorsese Through American Movies’ (está disponible en youtube, para el que le interese…), en el que el genio italoamericano por lo menos ponía las cosas en su contexto con un poder divulgativo mucho mayor. Y eso me dio que pensar…que todos esos que se quedan extasiados todavía con ‘Casablanca’, la estupenda película de Michael Curtiz, y que no entienden, por ejemplo, ‘Eternal Sunshine of the Spotless Mind’, son hijos, o nietos, de la maldita dictadura, con la que sólo nos llegaba cine norteamericano (y no todo, porque mucho era censurado), con la que se tragaron el mito que precisamente cuenta en ese documental que es ‘Movies’.

Si fuera por la industria estadounidense, no existiría otro cine que el suyo. Pero por suerte existe. Ahora bien, los que se pasan la vida viendo películas norteamericanas de todo cariz, quedan casi insensibles ante una buena película europea, o simplemente ante una película diferente, en la que no haya buenos y malos, que no sea maniquea ni académica, y esto lo he visto yo muchísimas veces. Pero ante todo quedan ciegos ante un hecho incontestable: las películas son hijas de su tiempo, y no todas resisten el paso de las décadas. No es cuestión de negar la importancia que pudieran tener en su momento, sino de valorar la importancia que tienen en la historia del cine. Y muchas de ellas, por más que se empeñen los recalcitrantes puristas, no tienen nada que hacer contra películas europeas o contra películas actuales. Y es normal que así sea: para un espectador, uno cualificado, que tenga nociones de narrativa y de estética, y que tenga sensibilidad y curiosidad, es complicado que un filme de los años cuarenta pueda competir con uno de hace pocos años.

A fin de cuentas las películas son, o deberían ser, como cualquier otra forma de arte: un soporte, una obra, destinada a producir una impresión estética en el espectador. Y el espectador no debe ser un arqueólogo. El espectador, ese ente tan difícil de entender, sabe lo que quiere y hace lo que le da la gana. Y no es más tonto o más necio porque prefiera un filme de 2005 antes que uno de 1955, por muy prestigioso que sea. Es decir, ‘Marty’, de Delbert Mann, que sin duda es una buena película, y que en su momento recibió muchos parabienes, premios y elogios, hoy día queda como una historia y sobre todo una forma de contar una historia, bastante poco interesante. Es imposible ponerla por delante de ‘Brokeback Mountain’, por ejemplo, o incluso de ‘Munich’. No solamente están mucho mejor hechas (y no hablo de un mero aspecto técnico), sino mucho más interesantemente narradas, que es lo importante.

Pero hagamos un versus más directo, comparando películas y años, teniendo en cuenta que el cine que se hace no es el que el espectador quiere, sino el que necesita, lo que es bien distinto. Si cogemos todas las películas estrenadas en 1942, año por ejemplo de ‘Casablanca’, o ‘El orgullo de los Yanquis’, o ‘Piratas del Mar Caribe’, o ‘El Cisne Negro’, encontramos que muy pocas películas, quizá tan solo ‘La magnificencia de los Amberson’, de Welles, han soportado el paso del tiempo, poseen una narrativa universal y son todavía una forma de conocimiento. No pueden ni compararse, todas ellas, con años como el de 1999, o el de 2004. Y esto no son ganas de polemizar, son hechos. Y mejor no comparar lo que se hacía en EEUU en 1942 con lo que se hacía en Europa o en Asia.

Desde 1970 el cine entró en la mayoría de edad. A partir de ese momento, no bastaba con contar una gran historia con grandes nombres. El cine, ya adulto, en plenitud, los cineastas, los espectadores, se daban cuenta de que una película es algo más que una historia. Que cada plano y cada sonido significa algo que es parte de un todo. Que ya no se puede hacer teatro filmado, que el cine de estudios murió. Así, se recogieron todos los frutos obtenidos por los grandes genios (Welles, Antonioni, Bergman, Kurosawa… y algunos de ellos siguieron trabajando algunos años más), llegaron la Nouvelle Vague y el Free Cinema, reformularon los preceptos del neorrealismo, del cine de vanguardia y del cine social, se sirvieron de los avances en emulsión fotográfica, y de pronto el panorama fue otro. Con sus luces y sus sombras, pero otro.

Porque las artes evolucionan al hacernos evolucionar como sociedad. Es su función y es su sino. Van acorde a sus tiempos y no quedan anticuadas porque se alcancen nuevas formas, sino porque había algo dentro de ellas que no terminaba de funcionar, que era demasiado dependiente de una óptica social o psicológica muy epocal, y su poder fue disminuyendo. Pero hay otras que así pasen cien años seguirán vigentes, vivas, poderosas y emocionantes.

Exceptuando a Welles, y a los primeros genios como Chaplin, Keaton, Griffith o ¿qué ha hecho el cine norteamericano tan vivo, real, y duradero como la obra de FF Coppola, Martin Scorsese, Terrence Malick, Brian de Palma, Woody Allen, William Friedkin, Sidney Lumet, Roman Polanski, Michael Cimino, John Cassavetes, Milos Forman, Bob Fosse, Peter Bogdanovich, en los años setenta en el cine norteamericano, y por citar sólo a los más célebres? ¿Y en las últimas tres décadas tenemos a David Lynch, John Carpenter, Ang Lee, Oliver Stone, Gus van Sant, James Cameron, Todd Haynes, Alfonso Cuarón, Kathryn Bigelow, los hermanos Coen, David Fincher, Richard Linklater, Paul Thomas Anderson, Spike Lee, entre muchos otros? ¿Realmente vamos a quedarnos con el cine teatral que se hacía en los años cuarenta y cincuenta, en el que el sonido, por cuestiones técnicas lógicas, o la imagen, o la planificación, tenía menos importancia que el prestigio de su historia?

Ahora el cine puede, debe compararse con la literatura, y empezar a desgajarse de ella y del teatro, así como de cualquier arte escénica. Y lo está haciendo, pese la protesta y los pataleos de los mismos recalcitrantes que se creen con la potestad de despreciar lo que haga cualquier verdadero autor cinematográfico.

Dejo para otro trabajo la más que obvia inferioridad del cine norteamericano en comparación con el europeo o el asiático, a pesar de su poderío económico, así como el hecho de que son los autores, y no la industria, los que hacen avanzar el cine, y muchas veces a pesar de la segunda.

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CINE, CRÍTICA

‘El oficial y el espía’ de Polanski y ‘Mientras dure la guerra’ de Amenábar, la noche y el día

Se da la casualidad de que he tenido la oportunidad de ver, dos días después de la película de Amenábar, la última dirigida por Roman Polanski, y acabo de llegar del cine y de sentarme delante del teclado, y para empezar he de decir lo siguiente: he aquí, al contrario que en aquella de la que hablé hace unas horas, auténtico, verdadero, gran cine.

Es paradójico que ambas películas nos hablen de eventos particularmente notables en el devenir histórico de España y de Francia, hechos luctuosos que han pasado a la historia como ejemplos de cobardía, de fanatismo, de nacionalismo…pero también de heroísmo, de valentía, de nobleza y de luz humana. En la de Amenábar se nos cuenta, es un decir, todo lo que rodeó el famoso discurso de Unamuno en la Universidad de Salamanca, y en la de Polanski se nos detallan las oscuridades del caso Dreyfus. Es decir, ambas son piezas de época, en la que se nos narran hechos verídicos, con nombre y apellidos, pero allí donde Amenábar se muestra un primerizo, casi un advenedizo, en esto de hacer cine (eso sí, un advenedizo mimado por los medios de comunicación y casi intocable para la crítica), Polanski se confirma como uno de esos raros talentos que llevan cine en las venas.

Pero poco vamos a descubrir a estas alturas de la grandeza y de la carrera del realizador franco-polaco. Tan solo decir que con esta ya son seis décadas completas que lleva haciendo películas, que en su haber hay algunos títulos algo más cuestionables, pero también obras maestras incontestables como ‘Rosemary’s Baby’, ‘Chinatown’, ‘Tess’ o ‘The Pianist’, además de un puñado de magníficas películas como ‘Knife in the Water’, ‘Repulsion’, ‘Macbeth’, ‘Death and the Maiden’ o ‘Bitter Moon’. Un cineasta que el año pasado, a sus ochenta y seis, presentó este ‘J’accuse’, que quizás es también una proclamación de la persecución personal que él ha experimentado durante gran parte de su vida por hechos probados o no tan probados, y que le confirma como uno de los grandes vivos de su oficio. No es una de sus obras maestras, pero es una magnífica película en la que plano a plano, y secuencia a secuencia, se ve a un verdadero cineasta.

Aquí está, detalle por detalle, todo lo que le falta a la mediocre, insulsa e inane película de Amenábar que tanto dinero está generando y tantas alabanzas por parte de todo el mundo está recibiendo. Y me consta que la primera la ha ido a ver mucha menos gente que la segunda en este desgraciado país. En cierta forma, es comprensible: para uno de los pocos directores renombrados que tenemos, el público español siente la necesidad de protegerle en gran medida. Pero hay muchos otros directores que merecerían mayor atención y mayor protección por parte del mismo público, y que son sistemáticamente ninguneados. Y esto es particularmente doloroso, porque todo aquello en lo que la película de Amenábar falla, en la de Polanski es una conquista, y el elevado tema del que las dos hablan es secundario, porque el tema no tiene nada que ver con la narrativa.

En ‘El oficial y la espía’, triste traducción del certero y seminal ‘J’accuse’, el gran Polanski narra con una precisión majestuosa la investigación que el coronel Picquart (formidable Jean Dujardin) lleva a cabo, en gran medida en contra de sus deseos personales, con la que revela la enorme corrupción y abuso de poder de todos los estamos militares y judiciales de la Francia de finales del siglo XIX. Aquí, vemos una película muy bien armada, todo lo contrario que ‘Mientras dure la guerra’. La mirada de Polanski es sabia, lúcida, contundente, y Amenábar juega a hacer películas. En la de Polanski te crees todo lo que ves porque está hecho con convicción, la de Amenábar parece una parodia de unos hechos trágicos que merecieron un director de mayor fuste y menor ambición comercial. En ‘J’accuse’ observamos todo lo que ha de tener una gran película: un guión construido con esmero, con una armazón en ‘crescendo’, hacia arriba; una dirección de actores soberbia, con un reparto muy bien elegido, en el que no falla ni un secundario; un sentido del montaje en el que cada plano dura lo que ha de durar y cada corte, o cada fundido, o cada encadenado, alberga una razón de ser narrativa profunda, meditada, que forma parte de un todo que funciona como un reloj. En el filme de Amenábar asistimos a una mala representación de una historia sin montaje, sin dirección de actores y sin cine.

Todo esto que escribo aquí (y que de momento no lee demasiada gente) no va a cambiar la apreciación (aunque lo leyeran muchas más personas) que muchos tengan sobre Amenábar, ni va a quitarle de encima a Polanski el estigma de golfo y de violador que sin duda no merece. Pero Polanski, pese a una carrera ciertamente irregular en algunos tramos, es una leyenda del cine, y Amenábar es un director encumbrado y muy discutible. Y eso no es una opinión, es un hecho tan incontestable como lo que cuenta ‘J’accuse’.

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CINE, CRÍTICA

‘Mientras dure la guerra’, de Alejandro Amenábar, es por desgracia un filme pésimo

Acaba de terminar (sus créditos todavía pasan por la pantalla de mi televisor) y me es imposible no escribir sobre ella, pues las sensaciones (casi todas negativas), que me ha suscitado el nuevo trabajo de Alejandro Amenábar son tan intensas, tan viscerales, que despiertan ese impulso que siempre ha existido en mí, que me impele a argumentar mis ideas, pues a veces es lo único que tengo.

Viendo ‘Mientras dure la guerra’ me he sentido, a ratos, transportado al pasado. No precisamente a ese pasado al que quieren llevarme sus responsables, sino a otro bastante más prosaico, me temo: el primer visionado de ‘Mar adentro’, hace ya tantos años. Recuerdo bien las alabanzas generalizadas, recuerdo también mi instinto inicial, el de un tipo que todavía no las tenía todas consigo en cuanto a sus ideas, sus gustos e inclinaciones artísticas. El suplicio casi insoportable que me reportaron sus imágenes se ha visto multiplicado con el que me ha provocado su séptima película, ahora que Amenábar parece definitivamente instalado, por alguna razón inconfesable, en el melodrama de prestigio, esa suerte de estilo cinematográfico consistente en contar historias más grandes que la vida con absoluta corrección formal. Abandonando sus ciertamente atractivas primeras historias, sin duda menos, digamos, reputadas, pero al menos algo más ingeniosas.

Con esta nueva película, reincido en mis sentimientos respecto a ese tipo de cine, de modo que quizá no andaba yo tan desencaminado conmigo mismo hace quince años, o eso o sigo siendo tan majadero como por aquel entonces. No hay vuelta de hoja. Pero no. Ahora ya confío un poco más en mis emociones, en mis argumentos ante una obra artística, o por lo menos narrativa. Y pienso que esto es exactamente lo mismo que ‘Mar adentro’, un melodrama lacrimógeno muy mal armado pero muy bien maquillado, con un buen actor en el vértice de las imágenes (Javier Bardem allí, Karra Elejalde aquí), un tema grande, que suena a importante (nada menos que la eutanasia en aquella, y aquí los acontecimientos de la Universidad de Salamanca en plena Guerra Civil…tal como está España en estos días de caldeada), y todo con mucha enjundia, mucho empaque, un presupuesto holgado y unos cuantos juguetes audiovisuales al servicio del director.

Pero Amenábar no da la talla.

El director estrella con pies de barro

Es Amenábar el niño bonito del cine español desde que comenzó su andadura allá por 1996, cuando debutó con la ciertamente estimable ‘Tesis’ (sobre la que Jose Luis Cuerda afirmó, y yo estaba presente en aquella conferencia, algo de lo que casi nunca me acuerdo…, que cinco minutos suyos eran mejores que todo ‘El silencio de los corderos’….supongo que de ilusión también se vive, como decía el refrán), que le dio el primero de los tres premios Goya al mejor director (aunque ese primero fuera en la categoría de director novel), que el muchacho ganó en menos de diez años. Toda una hazaña que, como no podía ser de otra manera, le aupó a una condición de intocable al que ni siquiera el comercial y mucho más internacional J.A. Bayona puede aspirar…

Pero, al menos desde la prescindible óptica de quien esto suscribe, el arrollador descaro y el ciertamente astuto ingenio de ‘Tesis’ no se vio refrendado por su carrera posterior, cada vez más pendiente de afirmar esa condición, ese nivel de fama y de grandeza mediática, que de construirse una trayectoria sólida e interesante. Y en cierto sentido (el comercial, claro) le funcionó, pues hasta ‘Mar adentro’, su cuarta película, todas ellas se cuentan por éxitos en taquilla, y por el veleidoso respaldo de la crítica de este país, que no destaca precisamente por su exigencia, cabalidad ni altura de miras. El premio Óscar a ‘Mar adentro’, sobre la muy superior y, esa sí, estremecedora ‘El hundimiento’, fue su cumbre y, al mismo tiempo, el principio de su declive. A mí no me engañó nunca, pero algunos empiezan a descreer, lo cual es una buena noticia.

‘Ágora’ evidenció que su enorme ambición no vuela acorde con su talento y sobre todo con su verdadero calado como artista. ‘Regresión’, que pasó sin pena ni gloria por el cine, y que casi nadie ha visto, fue la primera de sus películas que muchos (como Carlos Heredero, mi antiguo profesor de cine español) dijeron que era impersonal (a mí impersonal me parece todo su cine…). Y ahora vuelve a España con un tema mucho más castizo (de hecho, más castizo imposible), pero de nuevo instalado en el melodrama menos sutil y más comercial, obteniendo buenos números de taquilla, convenciendo de nuevo a una gran parte de la crítica y el público, y a algunos como yo confirmándonos de una vez y para siempre que es un globo hinchado, una estrella con pies de barro.

Muchos creen que en cine, o en novela, una de las cosas más importantes es el tema, el material narrado. Estamos en eso, y me temo que seguiremos en eso mucho tiempo, tal como están las cosas. Y no es así. Hablar del famoso discurso de Unamuno en el pestilente Día de la Raza, o de la odisea de Oskar Schindler durante el Holocausto Judío, o de la eutanasia, o de cualquier otra cosa supuestamente importante, no hace de tu película, o tu novela, mejor. Las grandes narraciones no se elevan por hablar de grandes temas, sino a pesar de ellos. Es la narración lo que importa, el modo en que el plato se te sirve, no el plato en sí. Y es ahí donde Amenábar fracasa estrepitosamente. No entiende, o no quiere entender, tal como le sucede a su entregado público, que un día en tu casa tendiendo la ropa y jugando al parchís puede ser más emocionante que una batalla contra los orcos. Todo depende de cómo te lo narren.

Y una vez más cuenta con una producción de primerísimo nivel, con un diseño de producción muy cuidado, una esmerada reconstrucción histórica, una buena (aunque me limitaría a decir bonita) fotografía, algunos soberbios planos de efectos especiales, escenas de masas bien coreografiadas, un trabajado maquillaje para algunos de los caracteres, etc, etc… Sin embargo, a pesar de este envidiable aparato escenográfico, son los muñecos los que le fallan, es el alma del invento la que está ausente. Y lo está desde el minuto 0, hasta el minuto 100 de la película, sin que en ningún momento haya en ella algún detalle que la haga elevarse de la más aplastante mediocridad.

Como es bien sabido, esta película nos cuenta el enfrentamiento de Miguel de Unamuno, recién restituido rector vitalicio de la Universidad de Salamanca, contra los poderes fácticos que pronto se harían con el control del gobierno de este desgraciado país, los cuales quieren que arrime el ascua a su sardina, pero se topan con su valentía y sus palabras. Pero este material, que se supone va a ofrecer tensión, suspense, momentos de alto voltaje social e íntimo, desencuentros, conversaciones antológicas, no entrega nada de eso al espectador, sino una colección de secuencias, arbitrariamente unidas entre sí, en las que el ritmo interno del relato y el tono de la narración se le van de las manos continuamente a Amenábar. Y eso, esas dos cosas, son las únicas que jamás pueden írsele de las manos a un buen cineasta.

Es imposible, así, creerse nada de lo que se está viendo. Parece que asistimos a una especie de telefilme sin el menor rango visual, cinematográfico, con un montaje superficial y una estructura muy poco trabajada, errática, frágil, mal cosida y peor armada. Es tremendamente significativo que este director se empeñe en hacer él la música (que resulta reiterativa, ñoña y poco dinámica), pues su película carece de música interior, de verdad, de ritmo, como ya he dicho. Un filme como este exigía una férrea armazón formal, un crescendo imparable, una antelación trágica de los hechos, un peso dramático que jamás saboreamos en sus borrosas imágenes que son todo cáscara, todo humo.

Con esto poco puede hacer un voluntarioso Karra Elejalde, un actor que es puro instinto, puro fuego interior. ¿Qué va a hacer él en una película tan mecánica y tan fría como esta, en la que la emoción no hace acto de presencia ni siquiera en sus impostados momentos sensibleros? Y así, al igual que el resto del reparto, sin excepción, está teatral, envarado, poco creíble. Es posible que se lleve el Goya a mejor actor, pero no se lo merece. En realidad, es posible que Amenábar tenga un Goya más, el cuarto, a mejor director, y que su película arrase en esos premios, pero no se los merece. Yo ni siquiera le daría el de mejor sonido a una película que debía sonar mucho mejor, dejar que el espectador escuchase el mundo de aquel entonces, que así respirase, en lugar de colarle su música, que es un disparate que también esté nominada.

Y así, el cine español seguirá esperando un gran director, o por lo menos un buen director, que haga acto de presencia, así como la crítica seguirá esperando a críticos, comentaristas, que vean las cosas como son, y no como se quiere que sean.

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CINE

Premios cinematográficos locales: absurdos, mentiras y montajes

Ahora que se han entregado los Globos de Oro, y que dentro de poco tendrán lugar los Bafta, los Goya y los Óscar, entre muchos galardones de industrias premiándose a sí mismas, quizá merece la pena volver a incidir en todo el montaje y en todo el absurdo que este tinglado representa, y que cada año es un poco más falso, un poco más estrafalario y bastante más prescindible.

Se supone que estos premios los eligen lustrosas «academias» cinematográficas, o asociaciones de prensa, o en definitiva un nutrido grupo de profesionales, que se ven todas las películas del año, y luego votan como si esto se tratase de un plebiscito, un voto secreto y en el que no caben chantajes de ningún tipo. Esto es lo que se le vende al público y el público se lo traga tan contento. Y yo, la verdad, no sé cómo puede tragárselo.

Todos estos premios anuales son un montaje, establecido para mantener el status quo, en los que las nominaciones están decididas de antemano, y los premios mucho más, al menos en la mayoría de las disciplinas importantes. Es la única explicación posible a que Globos de Oro, Bafta y Óscars no solamente premien exactamente lo mismo, con muy pocas variaciones, sino que ya en un principio nominan las mismas películas y los mismos actores.

En el caso de los Goya, por quitárnoslo de en medio cuanto antes, teniendo en cuenta lo raquítica y anémica que es nuestra industria, tiene cierto sentido que tres o cuatro películas acaparen todos los apartados, y acumulen (esas tres o cuatro) diez, doce o catorce nominaciones. Pero no así en el cine norteamericano y británico, con una industria mucho más grande y en la que podrían esperarse lógica disensiones entre esos tres galardones.

Pero, realmente, ¿alguien puede creerse que la «Asociación de Prensa Extranjera en Hollywood», que cubre los eventos de ese país para publicaciones en el extranjero, va a preferir exactamente los mismos títulos que pocas semanas después se nominan en los Óscar por la Academia de ese país? Y más aún, ¿quién puede aceptar que en los BAFTA, de la Academia Británica de artes televisivas y cinematográficas, va a ocurrir lo mismo? Luego hay títulos que, a pesar de su evidente relevancia, son ninguneados en los premios anuales…¿Cómo va a tener lugar lo contrario, si sucede este extraño poltergeist cada año? ¿No será que lo más lógico, que todo esto sea una patraña destinada a convencer al personal de que las decisiones de toda esta panda de académicos y críticos de prensa extranjera y demás seres en la sombra, son inapelables…cuando en realidad muchas veces son justamente lo contrario, tremendamente discutibles?

Porque más allá de las lógicas preferencias de cada cual, es cierto que más o menos recogen lo más relevante y recordado del año…más o menos. Con sangrantes excepciones. Pero más o menos digamos que sucede así. Sin embargo, indefectiblemente, cada año, la película ganadora es la que más conviene para salvaguardar las apariencias de una industria que elige ese título correcto, amable, que sigue fiel a cierto academicismo, a cierta imagen de fábrica de sueños, o por lo menos a cierto cine de prestigio, en el casi nunca lo más bello y revolucionario obtiene alguna mención.

Ciertos premios, también es verdad, resultan inapelables. Muchas veces se otorga el Óscar a mejor fotografía o a mejor música original precisamente a ese gran trabajo del año, o a uno de los incontestables trabajos del año. Pero siempre, absolutamente siempre, el premio a mejor película y a mejor director es una decisión política, de cara a la galería. Así fue cuando premiaron a ‘Crash’, o a ‘Moonlight’, o a ‘Argo’, o a ‘El discurso del rey’, o a ‘The Artist’, y tantas y tantas otras. Y los premios a actores, muchas veces, se entregan a una gran estrella que hace tiempo la masa social exige que lo tenga, o ese intérprete que ya tiene sus años y tiene su última oportunidad…

Y si alguien quiere una prueba de la falta de honestidad de estos premios, basta con mirar algunas entregas: ¿cómo es posible que cuando le dieron el Óscar a Almodóvar, se lo entregase Antonio Banderas y Penélope Cruz? ¿O a Martin Scorsese sus amigos Coppola, Spielberg y Lucas? Y así muchos ejemplos a los que la plebe, todos nosotros, asistimos pasmados, y muchos, la mayoría, lo aceptan como la broma que es.

Al menos en los festivales de cine, esos que muchos supuestos cinéfilos detestan y rechazan con desdén, se elige un grupo de películas que compite de forma más directa, con un jurado internacional que las ve por primera vez. Y por supuesto que habrá presiones, y las hay, y componendas, y tinglados, pero se respira otro ambiente, y no hay masa social ni crítica que imponga sus gustos y su ley, que es lo más importante. Los premios Óscar y los Bafta y los Globos de Oro, son premios económicos, y por eso la gente los quiere ganar, no se lleven a engaño. Algunos significan premios en metálico directo, y otros un resurgir en las salas o un cartelito en la carátula del blu-ray, que le de un marchamo de calidad. Pero no se fíen de eso tanto como de su propio criterio. El que lo tenga, claro.

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CINE

Algunos apuntes sobre el cine norteamericano

Ahora que ya está cerca el ritual anual de los premios Óscar, que supuestamente premia lo mejor del año (como si las películas y la gente que hace las películas fueran caballos que compitieran en una carrera), y con todas las minicríticas que he ido dejando en mi archivo, y a pesar de que todavía me faltan muchísimas, me hago una idea más general de lo que opino de cada década en el cine (sin haberlo visto ni mucho menos todo, lógicamente), de lo que pienso acerca de directores de diversas épocas (echando un vistazo a los ganadores y nominados al Óscar de cada año) y de que algunas percepciones mías se confirman y otras se diluyen.

Por ejemplo: con la aparición en 1980 de ‘Raging Bull’, que no ganó el Óscar pero que debió haberlo hecho para que esos premios tuvieran algo más de prestigio (los que obtuvo a mejor actor y mejor montaje eran obligatorios), casi todo lo demás que apareció en esa década está por debajo de la obra maestra de Scorsese. Es decir, ‘Raging Bull’ es una pieza de tal calibre, que eclipsa su década casi por entero. Hablamos del cine norteamericano. ¿Qué se le puede comparar? Pues muy poco. Acaso ‘The Elephant Man’ y ‘Blue Velvet’, de David Lynch, ‘The Terminator’ y ‘Aliens’, de James Cameron, ‘The Thing’ y ‘They Live’, de John Carpenter. Y nada más. Pero yo creo que la primacía del filme de Scorsese en la década de los ochenta (a pesar de que 1980 no pertenece realmente a la década de los ochenta), es clamorosa. En los años noventa la cosa cambiaría, y si cogemos en global las dos últimas décadas del siglo XX, ‘Raging Bull’ tendría que compartir trono con otros filmes norteamericanos (algunos más de Scorsese, por cierto).

Y si en lugar de echar la mirada hacia adelante, hacia los años ochenta y noventa, la echamos hacia atrás, la percepción se amplía, y vuelvo a tener claro que pese a ser uno de los más grandes de la historia, pese a tener en su haber nada menos que ‘Raging Bull’ y ‘Taxi Driver’, y además ‘Goodfellas’, ‘The Age of Innocence’, ‘Casino’, ‘Gangs of New York’, ‘The Aviator’, ‘Wolf of Wall Street’ y ‘Silence’, añadiendo esa maravilla que es ‘The Last Waltz’, a pesar de eso, el gran Marty no tiene nada en su filmografía comparable a ‘Apocalypse Now’ y ‘The Godfather, part II’.

Y ya haciendo un ejercicio de síntesis, y sin olvidar jamás las grandes aportaciones, en los años setenta, de Spielberg, De Palma, Milius, Cimino, Polanski (con su obra maestra ‘Chinatown’), Arthur Penn, las primeras películas de Woody Allen, y unos cuantos más, si nos vamos hacia atrás, hacia los años sesenta y cincuenta, ¿qué podemos encontrar que pueda acercarse a la perfección y grandeza de ‘The Godfather, part II’ y ‘Apocalypse Now’? Si nos fiamos de la nómina de ganadores o aspirantes a los Óscar durante esas década tenemos a gente (alguna magnífica) como: Costa-Gavras, George Roy Hill, Sydney Pollack, John Schlesinger, Carol Reed, Mike Nichols, Stanley Kramer, Richard Brooks, Fred Zinnemann, Robert Wise, William Wyler, George Cukor, Elia Kazan, Otto Preminger, Martin Ritt, J. Lee Thompson, Billy Wilder, John Ford, George Stevens, Ernst Lubitsch…

Insisto, algunos de ellos son grandes cineastas. Pero si el ocasional lector de estas líneas es un cinéfilo que se ha visto algunas de las películas, o muchas de las películas, de los citados, y si además no se deja llevar por falsas mitomanías, convendrá conmigo en que nada en la filmografía de todos esos directores puede siquiera compararse con la grandeza, la genialidad, la perfección de ‘The Godfather, part II’ y ‘Apocalypse Now’. ¿Qué podría citarse en contra de este argumento? ¿’Centauros del desierto’ y su cambio de tono a mitad de película, o sus actores tan teatrales? ¿La superproducción ‘Ben Hur’ o el drama ‘Los mejores años de nuestra vida’ de un director tan impersonal como William Wyler’? ¿El ingenio arrollador de ‘Ser o no ser’ de Lubitsch? ¿El romanticismo del cuento de hadas de ‘El apartamento’, de Wilder? ¿Las imágenes casi kitsch de ‘Vertigo’, de Alfred Hitchcock?

Y tirando más hacia atrás, ¿qué oponemos a la tragedia de Michael Corleone o al corazón de las tinieblas de Willard? ¿’Casablanca’, del gran Michael Curtiz? ¿’Las campanas de Santa María’, de Leo McCarey? ¿’Historias de Fildelfia’, de George Cukor? El cine antiguo, como todo lo antiguo, especialmente si es artístico o con trazas de serlo, obtiene mucha veces injustamente la categoría de intocable, y se beneficia de la mitomanía de crítica y público, y nos ciega ante lo que hay.

De lo poco que podría comparársele podemos citar, sin ninguna duda, a Orson Welles, y sus impresionantes ‘Ciudadano Kane’, ‘La magnificencia de los Amberson’, ‘Sed de mal’ o ‘Campanadas a medianoche’. En cuanto a calado emocional y universal es posible situar ahí a ‘It’s a Wonderful Life’, de Frank Capra. Si hablamos de grandeza compositiva, ambición y perfección técnica, tenemos a ‘Lo que el viento se llevó’ o a ‘El mago de Oz’, que son también grandiosas. Y si nos quedamos con ejemplos de poesía visual, podemos nombrar ‘King Kong’. Pero de entre todo lo demás, seamos serios y establezcamos de una vez la primacía estética de las obras maestras de Francis Ford Coppola, para quien esto firma el gran genio del cine norteamericano y el único que recogió el testigo, en más de un sentido, de Orson Welles y que por así decirlo terminó su trabajo: el de situar el cine de su país a la altura de Akira Kurosawa, Kenji Mizoguchi, Federico Fellini, Luis Buñuel, Michelangelo Antonioni, Andrei Tarkovski e Ingmar Bergman.

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CINE, LITERATURA

No existe la inocencia en la narrativa

El sublime Oscar Wilde dijo que «ningún artista tiene simpatías éticas…una simpatía ética en un artista constituye un amaneramiento imperdonable de estilo», pero él también las tenía, sin ningún género de dudas. De hecho, la personalidad entera de Wilde, y su propia vida, constituyen en sí mismas una simpatía ética. Puede que lo que dijo, si realmente lo dijo, fuera una de sus ocurrencias, o una muestra más de su arrollador cinismo, pero lo cierto es que todo artista establece una moral, y despliega sus propias «simpatías éticas» a cada cosa que hace. Algunos de forma más sutil, otros con brocha gorda. Pero lo hacen. Quizá la única narrativa totalmente pura e inocente, si es que tales palabras pudieran aplicársele, sería la música…pero sucede que la música es el arte más sutil de todos.

Pero centrándonos en la literatura y en el cine, sobre todo este último, resulta que la sutilidad salta por los aires. Pensemos por ejemplo en dos géneros como la fantasía y la sci-fi, tanto en literatura como en cine. Serían dos marcos que el espectador menos atento podría pensar que son de pura evasión, principalmente la fantasía. Sucede algo muy distinto: en narrativa, la fantasía, cuando está bien hecha, habla de la realidad, y del ser humano, con mucha mayor nitidez, y mucha mayor validez que un drama social, por ejemplo. Porque el drama social, o el reportaje, o una novela política, hablan de algo muy concreto, mientras que la fantasía, cuando es profunda e inteligente, tiende a hablar de universalidades. De ahí su tremendo poder.

Pensemos por ejemplo en ‘Juego de tronos’, para muchos la serie que ha marcado la década. Además de una evasión insuperable, se trata de un relato que profundiza en la naturaleza del ser humano, y que trata de hacer preguntas universales, enmarcada además en un contexto social y político mundial (la crisis económica global, el calentamiento del planeta por el efecto invernadero, la era Trump…) insoslayable, que otorga más fuerza a aquello que se está contando, y que no puede desgajarse de ello. Porque no existen las casualidades, y el que lo crea anda bastante desencaminado. Pensemos ahora en ‘The Walking Dead’, que es una «survival fantasy horror»…¿cómo desligar la aparición de Negan a la del mismo Trump en la Casa Blanca y la de otros dictadores encubiertos de salvadores en otras zonas del globo? ¿cómo no rastrear la actualidad sociopolítica, la crisis de valores, el sentido apocalíptico del nuevo milenio, con cada decisión «estética» de la serie? Resulta literalmente imposible.

Y entrando en la sci-fi más pura…¿cómo no establecer, de manera meridiana, que ‘Mad Max: Fury Road’, la obra maestra de George Miller, no es un relato en el que se condena de manera tajante al heteropatriarcado, con reminiscencias a los señores de la guerra de algunos países de África, al mismo tiempo que una crítica al despilfarro de los recursos energéticos del planeta? Las películas, las novelas, se hacen no solamente por algo, sino muchas veces para algo.

Un artista, un narrador, no solamente establece sus preferencias éticas con cada decisión estética que toma, sino que es hijo de su tiempo, y la realidad cotidiana de su sociedad queda filtrada en sus ficciones de manera inevitable, aunque quiera hacer algo de pura evasión. Porque en realidad, la pura evasión no existe, y hasta el escritor o director más comerciales, queriendo contar una historia con la que hacer olvidar al espectador sus problemas diarios, hablará de sí mismo y de su entorno, de manera más o menos velada, con mayor o menor verdad…pero es que en narrativa, por desgracia, la mentira, el autoengaño, tiene las alas muy cortas.

¿Alguien puede dudar de que lo que hace Mel Gibson en ‘Braveheart’, por ejemplo, es una exaltación de una figura crística en la personalidad del soldado William Wallace, que porta una espada casi tan alta como él mismo, y que con su empuñadura asemeja una cruz gigante?…¿Alguien tiene los redaños de negar que el grueso de la filmografía de John Ford existe no solamente para establecer la superioridad del mundo anglosajón sobre otras culturas, sino la del hombre sobre la mujer por el mero hecho de ser hombre? De la misma forma que el cine de Buñuel es una expresión de su repulsa al status quo y a lo políticamente correcto, y el de Terrence Malick se erige en una defensa de la naturaleza y de una forma de vida anticapitalista. Y el que no vea es, sencillamente, porque no lo quiere ver.

Otra cosa es la calidad narrativa, o la falta de ella, de cada una de esas ficciones. Pero la inocencia no existe en ellas, y en literatura tampoco. Puede que eso del arte sea «contar mentiras para mostrar la verdad», como tantas veces se ha dicho. Pero el artista queda retratado con sus decisiones, así como el receptor (lector, espectador) con su agudeza o su carencia. Cuando el «maestro» Pérez-Reverte, que va por ahí de liberal y de intelectual libre de prejuicios políticos, decide escribir una historia sobre un espía franquista, ‘Falcó’, puede que haya quien piense que es una elección inocente, o una provocación. No es ni una cosa ni la otra, sino una declaración de principios éticos. Y lo mismo le sucede a Vargas Llosa, y a Almudena Grandes, y a la gran mayoría de supuestos grandes novelistas españoles, sin importar el color ideológico con el que quieran presentarse al mundo. Son gente de ideas que oscilan entre lo rancio y la extrema derecha, y basta leerse un capítulo de cualquiera de sus novelas para darse cuenta de ello.

Es el espectador, cualificado (el crítico, claro está), o no cualificado, que puede ser igual de inteligente de lo que supuestamente es el crítico, el que no debe dejar que le cuelen gato por liebre, y el que en ningún caso puede pensar que en narrativa hay inocencia de ninguna clase. Los que escribimos, o los que filman imágenes, y en algunos casos los que hacen música, lo hacemos para algo, y por algo.

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CINE

La infinita belleza de ‘El nuevo mundo’

Hay cosas, hay imágenes, que a uno se le quedan dentro para siempre. Recuerdo muy bien los planos finales de ‘The Shawshank Redemption’, de Frank Darabont (que aquí se llamó, con esa imaginación superlativa que nos caracteriza, ‘Cadena perpetua’), con esas imágenes del mar, con esa sensación de libertad recobrada. Recuerdo cómo me sentí en el cine cuando lo vi, y cómo me he sentido cada vez que lo he vuelto a ver. Y recuerdo otras películas con similar emoción, pero pocas, muy pocas, como ‘El nuevo mundo’, de Terrence Malick, que fue casi mayoritariamente ignorada en su momento, que no es una película que esté guardada en la mente de muchos cinéfilos y para la que el concepto belleza se queda muy corto.

A veces me pregunto qué obtiene la gente del cine, qué espera que le aporte. Conozco a no pocos (algunos con cierta sensibilidad artística, otros con ninguna) que aborrecen de esta película por considerarla lenta o aburrida. Están en su derecho, por supuesto, y es muy respetable. Pero…¿qué cine prefieren ver? ¿Qué cine buscan? ¿Y qué hay en ese cine que tanto les gusta? Algunos, como yo mismo, buscamos muchas cosas diferentes, en el cine, en la música y en la literatura, pero cuando nos hallamos ante algo de esta belleza…¿cómo resistirnos a ella? ‘El nuevo mundo’ es una obra de arte de tal calibre, es una experiencia cinematográfica tan hipnótica, que se me hace muy cuesta arriba pensar que pueda haber algo mejor, y sé que el que no la aprecie, el que sienta rechazo hacia ella, carece no solamente de la menor sensibilidad estética, sino de cualquier atisbo de sensibilidad hacia ninguna cosa, porque es imposible no sentirse compelido por sus imágenes.

Y ya Malick había puesto el listón muy alto con ‘La delgada línea roja’, realizada siete años antes. Aquella obra maestra sigue siendo insuperable. Pero esta… esta puede mirarla de tú a tú, siendo mucho más frágil, mucho menos epatante, mucho más íntima y delicada que aquella, partiendo de la misma audaz, indomable, mirada.

Tres reglas le impuso Malick, por lo menos, al portentoso director de fotografía mexicano Emmanuel Lubezki: todos los planos serían cámara al hombro, toda la iluminación sería natural, y todos los ángulos y encuadres serían o intentarían ser el punto de vista de un personaje. Por supuesto había más reglas en el rodaje, como que el atrezzo debía ocultar todo cable o cualquier otro material de rodaje (de modo que en cualquier momento se podría hacer una panorámica de trescientos sesenta grados sin que el escenario se «rompiese»), y que el rodaje podría pararse en cualquier momento si Malick encontraba un plano detalle (de una planta, de un animal, de un fenómeno atmosférico, que necesitase filmar. Y así, con un diseño de producción prodigioso, rodeados de unos escenarios naturales que dejan sin aliento, se logró uno de los pedazos de celuloide más perfectos de la entera historia del cine.

Es Malick un director muy visual y muy dinámico (como todos los grandes cineasta, por otro lado), pero aquí casi todo ese poderío visual (exceptuando las escasas escenas de batalla, filmadas con una maestría poco común) está vertido a la historia de amor y desamor (que es apócrifa, pues John Smith y la india a la que los blancos llamaron Pocahontas jamás fueron amantes) que es al mismo tiempo absolutamente conmovedora, y realmente única en la forma en que está contada. El año pasado tuve la oportunidad (la desgracia, más bien…) de leerme ‘Romeo & Julieta’, de William Shakespeare, se supone que la más maravillosa historia de amor jamás contada, que a mí me produjo sopor y rechazo. No te crees, nunca, que Romeo (que en un principio está enamorado de una tal Rosalina) se enamore de Julieta, ni que Julieta se enamore de Romeo. Todo está forzado de una manera tan poco plausible que más que conmover, mueve a la risa.

Ahora bien, qué diferente es todo aquí. Pocas veces, o nunca, hemos asistido, como espectadores, a un enamoramiento mutuo (el del colono invasor y el de la joven nativa, claro está), que es progresivo y que alberga verdad en cada plano, en cada mirada, en cada gesto y palabra. Esta historia de amor truncado (sobre todo por la ceguera de John Smith, magistralmente interpretado por el gran Colin Farrell) te rompe el corazón en pedazos. Existe una secuencia, entre las muchas que ambos comparten, en la que John recuerda, o rememora un encuentro con la muchacha… Esa secuencia cae en la eternidad. Todo ello narrado con un montaje, un conocimiento del entorno natural, una reconstrucción (esta vez sí) verosímil de la cultura indígena de Estados Unidos, que te deja pasmado, sin poder apartar la mirada.

‘El nuevo mundo’ es delicatessen, un filme que es una verdadera joya para los amantes del cine más raro y escaso. Jamás ningún director americano (ni John Ford ni ningún otro) pudo filmar tanta belleza.

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CINE

Spielberg sí, Spielberg no…

Va a ser que no…

Y lo va a ser por muchas razones, pero llevo toda mi vida viendo películas de este señor (como, por otra parte, ha hecho media humanidad), y tratando de decidirme sobre mi propia opinión acerca de su cine, y de su talla artística, y no creo que este hombre sea el gran maestro que tantos quieren ver en él.

Spielberg es, de lejos, el director de cine más famoso de la historia, por lo menos en occidente. A su lado, el fenómeno de masas que fue Alfred Hitchcock parece una moda pasajera, una anécdota. Tal nivel de celebridad, acompañado del impresionante éxito comercial de varias de sus películas, han sido a veces más una carga que otra cosa, pues ese ha sido el argumento principal de sus detractores: tiene mucho éxito porque es un director comercial, y es un director comercial porque no es un gran director. Al mismo tiempo, ese éxito, esa universalidad de su cine, le ha hecho acreedor de la defensa acérrima de millones de espectadores (cualificados o no) de todo el mundo.

Lejos de mi intención negar las enormes cualidades narrativas de Spielberg. Si alguien ha nacido, en el cine norteamericano de las últimas cinco décadas, con unas facultades innatas para filmar películas, ese es Spielberg. Lo suyo, como lo de Scorsese, no es pasión por el cine, es otra cosa. Es enfermedad, es obsesión. Steven Spielberg estaba destinado a hacer películas, sin importar si tuvieran éxito o aceptación, o no. Con veintipocos años ya andaba por la tele dirigiendo a Joan Crawford para una serie. Spielberg habría llegado a hacer películas aunque hubiese tenido que matar por ello. Y no en vano para su primer filme oficial, ‘Duel’, producido inicialmente para televisión, que rodó en muy pocos días, hizo un esfuerzo sobrehumano para filmar todo ese material y de una forma tan competente. Todo esto es innegable.

Tampoco voy a negar, del todo, la importancia de su trayectoria, que ahora a sus setenta y tantos años, además de prolífica, se revela como bastante poliédrica y no tan fácil de abarcar como pueda parecer. Además de que su peso en la industria, y la influencia de sus filmes en el gusto del público y en la estructura de Hollywood de las últimas décadas es muy notable…

Ahora bien, voy a plantear mi posición respecto a su cine de la siguiente manera: Spielberg es un señor de un talento impresionante, y con un poder en la industria que casi nadie alberga, y con una experiencia enorme. Y sin embargo hace películas como ‘La terminal’, ‘La guerra de los mundos’, ‘Las aventuras de Tintín’, ‘War Horse’ o ‘Ready Player One’…por no nombrar ‘Hook’, ‘Parque Jurásico’ y su secuela, la cuarta parte de Indiana Jones, o ahora un remake de ‘West Side Story’. Y lo hace, creo yo, porque aún hay otra cosa que le importa más que el cine (el ser humano puede obsesionarse con más de una cosa al mismo tiempo…) y es el dinero, y toma decisiones un tanto cuestionables porque su voz como artista es cuestionable.

Eso es lo que queda de los artistas (directores, novelistas, poetas o músicos): su voz, su personalidad. Algunos la tienen muy marcada, y otros menos. Así son las cosas.

Escuchar hablar tan bien a Rodrigo Cortés en ‘Todopoderosos’ acerca de Spielberg a mí me subleva, porque este cineasta es un tipo exigente, que mide bien sus gustos y sus palabras (no como otros…). Y hay muchos que opinan como él, y que me gustaría que defendieran no solamente la mayoría de las películas nombradas, sino también otras que no he nombrado.

Tanto ‘Duel’ como ‘The Sugarland Express’ son películas estupendas, y ‘Jaws’ y ‘Encuentros en la tercera fase’ son grandes películas. Hasta ahí todo correcto, irreprochable. Claro que en cuanto Spielberg toma conciencia de su importancia y de su ambición pasan dos cosas: primero que quiere seguir gozando de un gran éxito, popularidad y lugar privilegiado en el seno de la industria, segundo que quiere ser un director respetado, no solamente un asombroso creador de grandes éxitos comerciales. Es por eso que en 1985, tras los éxitos consecutivos de los dos primeros Indiana Jones y sobre todo de ‘E.T.’, que es inferior por ejemplo a ‘Jaws’ o ‘Encuentros en la tercera fase’, pero que se convierte, de nuevo, en la película más taquillera de la historia, Spielberg decide filmar ‘El color púrpura’, sobre la novela de Alice Walker. Y por si acaso no ha quedado claro, en 1987 firma ‘El imperio del sol’, sobre la novela de J.G. Ballard.

Desde luego la primera es mucho más sólida que la segunda, aunque ambas estén bastante bien. Pero sucede que Spielberg se mira demasiado en el espejo de John Ford en la primera, y en el de David Lean, en la segunda. En otras palabras, no tiene voz propia, lo suficientemente evolucionada, para poder identificarla. Y sucede algo más: su necesidad, casi patológica, de introducir elementos exageradamente sentimentales, su propensión a utilizar caracteres infantiles, muy idealizados pero muy poco o mal desarrollados, rebaja mucho lo poco de personal que puedan tener sus películas.

Pero él ha seguido intentándolo, mezclando películas descaradamente comerciales con otras de clara intención dramática y personal, que lo auparan a una jerarquía más elevada de creador, con resultados desiguales. Así, a ‘El color púrpura’ y ‘El imperio del sol’, habría que sumar ‘La lista de Schindler’, ‘Amistad’, ‘Salvar al soldado Ryan’, ‘Inteligencia artificial’, ‘Munich’, ‘Warhorse’, ‘Lincoln’, ‘El puente de los espías’ y ‘Los archivos del pentágono’. De todas ellas, las más poderosas, probablemente, son ‘Salvar el soldado Ryan’, ‘Munich’ y ‘Lincoln’, pero no creo que ninguna de estas tres sea una obra maestra absoluta. ‘Salvar al soldado Ryan’ es una gran película, qué duda cabe, pero la experiencia de su visionado sería más intensa si arrancáramos de ella el prólogo y el epílogo, que nada añaden, y algunas secuencias que salen (rompiendo tono, ritmo y punto de vista) del entorno de los combates para dar a la película más apariencia de categoría dramática.

‘Munich’, por su parte, es otra gran película, y además valiente y durísima, nada complaciente con el espectador, pero se percibe en ella cierta teatralidad y una autoconsciencia que acaban diluyendo algo la propuesta, como si no se creyera del todo lo que está contando. Aún superior es, por tanto, ‘Lincoln’, que parece, en un principio, que va a ser una película mucho más convencional, y que termina siendo increíblemente sobria, elegante y convincente.

También ha hecho bastantes cosas bastante deprimentes, como las dos Parques Jurásicos, ‘Hook’, ‘Always’, ‘La terminal’… telefilmes con ínfulas, que podría haber filmado cualquier otro, pero que por ser él cuentan con grandes estrellas, y un empaque evidente, pero que están filmados con desgana, con dejadez, sin la menor imaginación, algo sorprendente en un director tan rico visualmente, tan dinámico en el movimiento de la cámara, capaz de construir valses con las secuencias. No parece la trayectoria de un gran maestro de la historia del cine.

Lo cierto es que Spielberg quedará como un gran director de cine de aventuras, capaz de epatar al espectador como muy pocos lo han hecho, y se recordarán sus aportaciones a la sci-fi y al melodrama, y su capacidad de concitar la atención del mundo entero por la universalidad de sus temas y el carisma de su estilo, pero también quedará como alguien que filmó secuencias e ideas sin el menor sentido, y cuyo estilo estaba demasiado influenciado, sin trascender, por el de algunos de los grandes maestros del pasado.

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