La cruda realidad (I), sobre el desarrollo de las artes

Hace unos cuantos años, con todo eso de la Ley Sinde, se formó un bonito revuelo mediático, y una un tanto artificial polémica, porque muchos, con razón o sin ella, eso es lo de menos, se llevaron las manos a la cabeza, se rasgaron las vestiduras, y clamaron a los cuatro vientos que se estaban cortando las libertades de todos aquellos que se pasaban las veinticuatro horas del día pegados a un ordenador, descargándose toda clase de contenidos. En definitiva, se hablo mucho, y generalmente mal informados, sobre la Ley de Propiedad Intelectual. Recuerdo cierto debate en la tele con Enrique Urbizu. Y recuerdo cierto artículo, increíblemente tendencioso, manipulador, derrotista y victimista, escrito por el dueño de la franquicia de blogs para la que yo, casualmente, trabajaba, y en la que decía, poco más o menos, que con esa terrible tiranía lo mejor es que se acabara la cultura.

Lo cierto es que siempre hay excusas para hablar de cualquier cosa, menos de la cultura y de las artes, y para enmascarar los propios intereses comerciales, y las propias lagunas, estableciendo debates estériles que no llevan a ninguna parte. La cruda realidad es que a nadie le interesa (ni tiene por qué interesarle) la cultura, ni su desarrollo ni su evolución ni sus formas ni sus necesidades ni su existencia o desaparición. Para el grueso del público, la cultura es un producto de consumo, con el que llenar las horas de ocio. Punto final. Para otros, como yo, las artes y las formas narrativas son lo que dan sentido a su existencia, y no por un mero sentimiento buenista de pasión o amor. Más bien tiene que ver con una droga, una adicción, una necesidad interna, un sensualismo mal disimulado. Pero sea como fuere, nos preguntamos por el desarrollo de las artes, de cualquiera de ellas, y es fácil establecer, una vez más, la cruda realidad.

Y es interesante observar que las épocas de mayor esplendor de un arte determinado, ya sea arquitectura, escultura, pintura, música, literatura, cine o cualquier otro, no llega por casualidad, ni porque de repente se alineen los planetas, ni porque broten del suelo, como chinches, unos cuantos genios que lo van a cambiar todo. En realidad, las artes, y las formas narrativas, encuentran sus momentos de mayor plenitud por razones muy concretas, tanto sociales, como económicas, como incluso políticas o tecnológicas, y el que no lo vea así, es que no lo quiere ver. Actualmente, la oferta de contenidos narrativos (libros, comics, películas, series) es inmensa, abrumadora (y esto tiene su lado positivo pero también su lado negativo), pero no siempre ha sido así. La cultura, y las artes, las formas narrativas, han tenido un acceso no restringido pero sí limitado al grueso de la población.

Si tomamos como punto de partida el Renacimiento, y más concretamente el año 1450, fecha aproximada en la que se crea la imprenta de tipos móviles, establecemos una línea divisoria entre un arte y una cultura casi totalmente dominada por el clero en Europa, con su oscurantismo y su cerrazón, y un movimiento cultural que recorre el continente entero, que renueva la concepción no solamente del arte, también de las ciencias, y que lo cambia todo. La humanidad, la sociedad, estaba empezando a andar hacia lo que es ahora, y quizá fue entonces cuando el ser humano se percató de que la cultura y el arte, su creación y su divulgación, eran consustanciales a su naturaleza, e imprescindibles para su evolución, para su elevación. Es lógico que, después de varios siglos de Edad Media (que pese a su anquilosamiento también conoció cierto esplendor en las artes), la explosión de libertad, la renovación de la concepción del hombre en el mundo, el descubrimiento de las posibilidades técnicas, la recuperación de temas y formas de la antigüedad, propiciaran semejante esplendor, y dieran lugar a tal cantidad de artistas en Italia, Francia, Alemania y España, entre otros países.

Hoy cuesta pensarlo, en este mundo globalizado, pero en una ciudad, como por ejemplo Florencia, en la que todavía no existían muchos libros, la representación del ser humano que ofrecían las bellas artes como la escultura o la pintura, vivió una época de esplendor como jamás se ha conocido. Porque no había otra cosa. Y es imposible no establecer, que solamente con una explosión como la del Renacimiento, pudo llegar otra todavía mayor como la del Barroco y su música, con Johann Sebastian Bach (entre muchos otros) como su mayor exponente, lo que a su vez propició la música del breve periodo del Clasicismo, en el que tuvieron lugar Haydn, Mozart y Beethoven. ¿Y por qué estos grandes genios, pese a sus muchas vicisitudes vitales, pese a su corta vida en algunos casos, pese al necesario mecenazgo de figuras poderosas e impositivas, lograron brillar y crearon la mejor música de todos los tiempos? Porque no había otra cosa. El público lo demandaba, o mejor aún, lo necesitaba. La música clásica, su esplendor, llegó porque no había otra cosa que ver o con lo que vibrar, y con ella, fusionada con el teatro, llegó la ópera, que fue la primera fusión absoluta de las artes.

¿Y qué hay de la literatura, concretamente de la novela? Su primer esplendor llegó en el siglo XIX, en el que intentó, y algunas veces consiguió, reemplazar a la vida, reescribirla, hacer sentir al lector otras vidas. Y en el XX, época de su segundo esplendor, se convirtió en una de las bellas artes al ser capaz de cambiar la percepción del ser humano sobre el mundo, de crear formas absolutamente propias de representación. ¿Por qué llegó ese esplendor? Porque la literatura, en su forma novelesca, aunque también cuentística, se reveló como un eficaz soporte para que el pueblo viviera otras vidas, comunicara con zonas nobles de su interior, al igual que antes había hecho la música, y mucho antes la escultura y la pintura. Eso lo entendieron los escritores, igual que lo habían hecho antes los músicos. Y cuando se alcanza cierto estancamiento en las formas, y surge un soporte capaz de proporcionar al público una experiencia vital satisfactoria, que le haga más llevadera su propia vida, que le proponga un espejo de su propia existencia, llega un esplendor en ese nuevo arte.

De ahí el cine. Como antes la novela, y antes de ella la ópera y el teatro, el cine ha sido capaz de crear otros mundos y de hacer al espectador vivir otras vidas. Ante el creciente estrés e insatisfacción del mundo moderno, un formato como el cine, con el que en dos horas puedes vivir una vida no vivida, era inevitable. Pero ahora ya, en pleno siglo XXI, no es de extrañar el florecimiento del formato series, porque en cortas píldoras seriadas de menos de una hora, obtienes una experiencia vital satisfactoria, y así el las series han desplazado al cine en cuanto a las necesidades del público. Y por todo esto existen también los videojuegos. Todos estos contenidos narrativos, todo este negocio, existe porque el público lo necesita, quizá sin saberlo, y conoce épocas de esplendor porque en ese momento histórico, con esas herramientas tecnológicas, son capaces de ofrecerle al ser humano otra existencia, otra experiencia que añadir a la propia. Ni más ni menos.

Es posible que el cine y la novela mueran o por lo menos vean su desarrollo bastante más limitado en las próximas décadas que lo que han vivido en el siglo XXI, desplazados por otras formas de expresión. En la novela ya lo estamos viviendo: muy pocas obras maestras en el siglo XXI. En el cine los últimos viejos maestros dan sus últimos coletazos y la nueva generación no parece capaz de reemplazarla. El artista supremo que era el director da paso al creador de series, con su equipo de directores y guionistas, o al diseñador de videojuegos o realidades virtuales. Y si todo eso sucede es porque de alguna forma son soportes válidos para que el espectador actual pueda vivir otra vida con unas formas artísticas, conceptuales y narrativas diferentes. Y cuando dejen de ser válidas, y se invente otra cosa que pueda plantear una tensión psíquica, moral y emocional en el ser humano, esa otra cosa conocerá un florecimiento y todo lo demás se estancará o por lo menos pasará a segundo plano.

Esa es la cruda realidad.

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