Spielberg sí, Spielberg no…

Va a ser que no…

Y lo va a ser por muchas razones, pero llevo toda mi vida viendo películas de este señor (como, por otra parte, ha hecho media humanidad), y tratando de decidirme sobre mi propia opinión acerca de su cine, y de su talla artística, y no creo que este hombre sea el gran maestro que tantos quieren ver en él.

Spielberg es, de lejos, el director de cine más famoso de la historia, por lo menos en occidente. A su lado, el fenómeno de masas que fue Alfred Hitchcock parece una moda pasajera, una anécdota. Tal nivel de celebridad, acompañado del impresionante éxito comercial de varias de sus películas, han sido a veces más una carga que otra cosa, pues ese ha sido el argumento principal de sus detractores: tiene mucho éxito porque es un director comercial, y es un director comercial porque no es un gran director. Al mismo tiempo, ese éxito, esa universalidad de su cine, le ha hecho acreedor de la defensa acérrima de millones de espectadores (cualificados o no) de todo el mundo.

Lejos de mi intención negar las enormes cualidades narrativas de Spielberg. Si alguien ha nacido, en el cine norteamericano de las últimas cinco décadas, con unas facultades innatas para filmar películas, ese es Spielberg. Lo suyo, como lo de Scorsese, no es pasión por el cine, es otra cosa. Es enfermedad, es obsesión. Steven Spielberg estaba destinado a hacer películas, sin importar si tuvieran éxito o aceptación, o no. Con veintipocos años ya andaba por la tele dirigiendo a Joan Crawford para una serie. Spielberg habría llegado a hacer películas aunque hubiese tenido que matar por ello. Y no en vano para su primer filme oficial, ‘Duel’, producido inicialmente para televisión, que rodó en muy pocos días, hizo un esfuerzo sobrehumano para filmar todo ese material y de una forma tan competente. Todo esto es innegable.

Tampoco voy a negar, del todo, la importancia de su trayectoria, que ahora a sus setenta y tantos años, además de prolífica, se revela como bastante poliédrica y no tan fácil de abarcar como pueda parecer. Además de que su peso en la industria, y la influencia de sus filmes en el gusto del público y en la estructura de Hollywood de las últimas décadas es muy notable…

Ahora bien, voy a plantear mi posición respecto a su cine de la siguiente manera: Spielberg es un señor de un talento impresionante, y con un poder en la industria que casi nadie alberga, y con una experiencia enorme. Y sin embargo hace películas como ‘La terminal’, ‘La guerra de los mundos’, ‘Las aventuras de Tintín’, ‘War Horse’ o ‘Ready Player One’…por no nombrar ‘Hook’, ‘Parque Jurásico’ y su secuela, la cuarta parte de Indiana Jones, o ahora un remake de ‘West Side Story’. Y lo hace, creo yo, porque aún hay otra cosa que le importa más que el cine (el ser humano puede obsesionarse con más de una cosa al mismo tiempo…) y es el dinero, y toma decisiones un tanto cuestionables porque su voz como artista es cuestionable.

Eso es lo que queda de los artistas (directores, novelistas, poetas o músicos): su voz, su personalidad. Algunos la tienen muy marcada, y otros menos. Así son las cosas.

Escuchar hablar tan bien a Rodrigo Cortés en ‘Todopoderosos’ acerca de Spielberg a mí me subleva, porque este cineasta es un tipo exigente, que mide bien sus gustos y sus palabras (no como otros…). Y hay muchos que opinan como él, y que me gustaría que defendieran no solamente la mayoría de las películas nombradas, sino también otras que no he nombrado.

Tanto ‘Duel’ como ‘The Sugarland Express’ son películas estupendas, y ‘Jaws’ y ‘Encuentros en la tercera fase’ son grandes películas. Hasta ahí todo correcto, irreprochable. Claro que en cuanto Spielberg toma conciencia de su importancia y de su ambición pasan dos cosas: primero que quiere seguir gozando de un gran éxito, popularidad y lugar privilegiado en el seno de la industria, segundo que quiere ser un director respetado, no solamente un asombroso creador de grandes éxitos comerciales. Es por eso que en 1985, tras los éxitos consecutivos de los dos primeros Indiana Jones y sobre todo de ‘E.T.’, que es inferior por ejemplo a ‘Jaws’ o ‘Encuentros en la tercera fase’, pero que se convierte, de nuevo, en la película más taquillera de la historia, Spielberg decide filmar ‘El color púrpura’, sobre la novela de Alice Walker. Y por si acaso no ha quedado claro, en 1987 firma ‘El imperio del sol’, sobre la novela de J.G. Ballard.

Desde luego la primera es mucho más sólida que la segunda, aunque ambas estén bastante bien. Pero sucede que Spielberg se mira demasiado en el espejo de John Ford en la primera, y en el de David Lean, en la segunda. En otras palabras, no tiene voz propia, lo suficientemente evolucionada, para poder identificarla. Y sucede algo más: su necesidad, casi patológica, de introducir elementos exageradamente sentimentales, su propensión a utilizar caracteres infantiles, muy idealizados pero muy poco o mal desarrollados, rebaja mucho lo poco de personal que puedan tener sus películas.

Pero él ha seguido intentándolo, mezclando películas descaradamente comerciales con otras de clara intención dramática y personal, que lo auparan a una jerarquía más elevada de creador, con resultados desiguales. Así, a ‘El color púrpura’ y ‘El imperio del sol’, habría que sumar ‘La lista de Schindler’, ‘Amistad’, ‘Salvar al soldado Ryan’, ‘Inteligencia artificial’, ‘Munich’, ‘Warhorse’, ‘Lincoln’, ‘El puente de los espías’ y ‘Los archivos del pentágono’. De todas ellas, las más poderosas, probablemente, son ‘Salvar el soldado Ryan’, ‘Munich’ y ‘Lincoln’, pero no creo que ninguna de estas tres sea una obra maestra absoluta. ‘Salvar al soldado Ryan’ es una gran película, qué duda cabe, pero la experiencia de su visionado sería más intensa si arrancáramos de ella el prólogo y el epílogo, que nada añaden, y algunas secuencias que salen (rompiendo tono, ritmo y punto de vista) del entorno de los combates para dar a la película más apariencia de categoría dramática.

‘Munich’, por su parte, es otra gran película, y además valiente y durísima, nada complaciente con el espectador, pero se percibe en ella cierta teatralidad y una autoconsciencia que acaban diluyendo algo la propuesta, como si no se creyera del todo lo que está contando. Aún superior es, por tanto, ‘Lincoln’, que parece, en un principio, que va a ser una película mucho más convencional, y que termina siendo increíblemente sobria, elegante y convincente.

También ha hecho bastantes cosas bastante deprimentes, como las dos Parques Jurásicos, ‘Hook’, ‘Always’, ‘La terminal’… telefilmes con ínfulas, que podría haber filmado cualquier otro, pero que por ser él cuentan con grandes estrellas, y un empaque evidente, pero que están filmados con desgana, con dejadez, sin la menor imaginación, algo sorprendente en un director tan rico visualmente, tan dinámico en el movimiento de la cámara, capaz de construir valses con las secuencias. No parece la trayectoria de un gran maestro de la historia del cine.

Lo cierto es que Spielberg quedará como un gran director de cine de aventuras, capaz de epatar al espectador como muy pocos lo han hecho, y se recordarán sus aportaciones a la sci-fi y al melodrama, y su capacidad de concitar la atención del mundo entero por la universalidad de sus temas y el carisma de su estilo, pero también quedará como alguien que filmó secuencias e ideas sin el menor sentido, y cuyo estilo estaba demasiado influenciado, sin trascender, por el de algunos de los grandes maestros del pasado.