La grandeza de ‘Titanic’

No es ‘Titanic’ uno de esos filmes que los cinéfilos más exigentes, o cualquiera que se pase la vida hablando de películas y de narrativa, considere uno de los grandes de su tiempo. Supongo que la razón de mayor peso consiste en su enorme éxito popular, y es cierto que pocas, muy pocas veces, un título de masiva recaudación, alberga verdadero valor. Por mi parte, desde el momento de su estreno lo he defendido contra los más absurdos ataques (algunos de los cuales detallaré a continuación), convencido como estaba, y sigo estando de que es una película maravillosa, y una de esos escasos ejemplos en los que una aceptación por parte de un público universal. Pero ahora, además de volver a hablar de ella, quiero explicar la que creo que es, a mi personal discernimiento, la verdadera razón de su grandeza y su éxito popular.

Dicen de ‘Titanic’ que es algo así como ‘Romeo y Julieta en el mar’, como un argumento casi definitivo contra su falta de originalidad y de interés. Yo creo, sencillamente, que es un argumento del todo estúpido. ¿Qué es ‘West Side Story’, si no una especie de ‘Romeo y Julieta en el Bronx’, y además con canciones? Nunca he leído a nadie decir eso de aquel filme (por cierto, otro que es absolutamente maravilloso). Por otra parte sé perfectamente que ninguno de los que esgrimen ese argumento se han leído realmente ‘Romeo & Julieta’, pero esa es otra historia. Otro argumento, tan estúpido como el anterior, es que se trata de una ñoña historia de amor, en la que los actores están fatal, y en la que Cameron aprovecha para introducir su megalomanía en forma de gran hundimiento. Los que dicen eso ni se han enterado de lo que va la película, ni se quieren enterar.

Lo diré lo más directo y claro posible: ‘Titanic’ de James Cameron es una obra maestra excepcional del cine de todos los tiempos, por su insuperable equilibrio entre melodrama y drama histórico, por la magnífica construcción de su relato, casi una narración onírica en la que una anciana comparte sus memorias (idealizadas, probablemente, pero quizá por ello más eufóricas, más conmovedoras), y por la inmensa nobleza con la que está contada, pues en ningún momento Cameron se incluye en la tradición del cine de catástrofes, sino que cuenta una verdadera tragedia, absolutamente realista, como homenaje a las víctimas de la codicia y la soberbia. El buque Titanic es en realidad una metáfora exacta y terrible del mundo, con sus clases sociales y sus hipocresías e injusticias. Un mundo que va a la deriva y que está poblado por personas de toda condición y altura moral. Es el personaje de la película, realmente, y por eso así se titula, y no ‘Jack y Rose’. Es un ser vivo, y así es tratado, además de uno de los más subyugantes escenarios jamás realizados en cine, porque uno de los grandes aciertos de la película es que el barco realmente existe. Está ahí. No es 3D ni una imagen falsa. Y podemos por tanto sentirlo, palparlo y casi olerlo.

Michael Bay se hundió estrepitosamente con su detestable ‘Pearl Harbor’ porque intentando seguir la estela del filme de Cameron, fracasó allí donde la otra triunfó. No es suficiente con un gran presupuesto, una historia basada en eventos reales y trágicos, y una historia de amor. Hace falta algo más (en realidad mucho más). Y parte de ese algo más es lo que yo creo que se erige en la verdadera razón del éxito y la aclamación universal de ‘Titanic’.

Y es que, aunque todo el mundo se queda (quizá con toda lógica), con la historia de amor truncado de Jack y Rose, que a fin de cuentas es el motor del relato, no es ‘Titanic’ una historia de amor truncado, ni es una película sobre la fugacidad de la existencia, o sobre la codicia y la soberbia, o sobre tomar las riendas de tu vida más allá de convenciones sociales. Todo eso y mucho más, como un retrato feminista absolutamente magnífico, está en la película. Pero no es esa la razón de ser, el núcleo moral del filme de Cameron. El núcleo, lo más importante, el tema de la película es algo tan sombrío y tan oscuro como la muerte. Así de sencillo.

‘Titanic’ es una película extraordinaria porque muy pocas veces, o quizá nunca, hemos percibido una pantalla la cercanía de la muerte, del final de todo, como en esta película. Y aún más: es una película sobre cómo enfrentarse a la muerte.

Existe un plano, entre muchos, absolutamente estremecedor en esta película: los músicos están tocando sus últimos compases en cubierta, el agua comienza a inundarlo todo, muy cerca de donde se hallan, y el líder del grupo se despide de los demás, diciéndoles que ha sido un privilegio tocar con ellos, para finalmente volverse hacia el agua. Su mirada es la de alguien que mira de frente a la muerte. Tal cual. A continuación, el puente de mando se inunda, con el capitán aferrado al timón, y Cameron, con un increíble pudor pero con una aún más increíble intuición y fortaleza, realiza un plano de proa a popa, una panorámica lateral de derecha a izquierda, captando a cientos de personas corriendo para salvar la vida. Ese es el plano (son en realidad dos planos) más importante, a mi juicio, de la película: seres humanos enfrentándose a una muerte cierta. Y este tipo de planos solo es posible filmarlos desde una gran categoría humana. Porque Cameron no hace un espectáculo vacuo de supervivencia, sino un relato compasivo, luminoso, de unos acontecimientos que nosotros como espectadores sospechamos que están muy cerca de lo que aquel apocalíptico desastre hubo de ser.

‘Titanic’, como metáfora del mundo, es también un poema sobre la naturaleza humana. Sobre el cómo morir: con dignidad o sin ella, como un miserable o con coraje y humanidad. Eso es todo. Y de ahí que cualquier persona del mundo pueda sentirse compelida por estas imágenes. Nos enfrenta al hecho de que moriremos, y nos pregunta: ¿cómo serás capaz de morir?

Y esto se aplica, como no podría ser de otra manera, a Rose, portentosamente interpretada por Kate Winslet y Gloria Stuart. En los planos finales, en los que quizá la anciana ha muerto o está a punto de morir, entramos en su mente y en primera persona volvemos al buque, en el fondo del mar, para reencontrarnos con el difunto Jack en el reloj de la escalera de lujo, convertido ahora en guardián de la muerte. Allí nos esperan, y nos reciben y nos aplauden todos los que murieron en aquella pesadilla. Y ella, joven de nuevo, besa a Jack, besa a la muerte, aceptando morir así, sabiendo que es la mejor de las muertes, y la cámara les abandona y encuadra a la luz blanca de la cúpula. Ella, Rose, somos todos nosotros. Al igual que Rose, hemos realizado un viaje desde lo más eufórico hasta lo más tenebroso, y hemos vivido para contarlo, y ahora sólo nos queda decidir cómo morir.

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