CÓMIC, CINE, CRÍTICA

‘Vengadores: Endgame’: una nefasta película de aventuras

El mundo al revés. Resulta que el otro día, hojeando un poco las novedades editoriales en la librería de la esquina, me topé con el nuevo libro sobre los estrenos de 2019, que como cada año la editorial JC CLEMENTINE saca a la venta con las películas que han estado en cines el año anterior, y en la que además se incluyen algunos comentarios a cada película. Y hete aquí que el comentarista de turno, un tal David Ezquerra, del que jamás he oído hablar, deja por escrito, en la crítica de ‘El irlandés’, que Scorsese lleva treinta años sin hacer una buena película. Es respetable, por supuesto, pero unas pocas páginas más allá me encuentro con que ensalzan el patético filme de Amenábar ‘Mientras dure la guerra’, y esta paupérrima, gris, extraña, inane ‘Vengadores: Endgame’. Ya digo, el mundo al revés.

Y dirá el lector de estas líneas: Massanet, todo es cuestión de gustos. Y yo diré que no, que no es cuestión de gustos, es cuestión de cine, de buen gusto en realidad, de exigencia, de inteligencia, de sentido común. Por supuesto que cada cual puede pensar lo que le de la gana de una película, y no se tiene que estar de acuerdo con lo que pienso yo, pero en narrativa nada hay más veleidoso y más detestable, en realidad, que el «gusto».

‘Vengadores: Endgame’ no es una nefasta película porque a mí no me guste, por razones oscuras. Es al contrario: no me gusta nada porque es una película nefasta, y las razones son de todo menos oscuras. Es una película penosamente escrita, tristemente dirigida y desastrosamente armada en la mesa de montaje. Y el asunto es todavía más sangrante por cuanto se trata, desde hace algunos meses, de la película más taquillera de todos los tiempos. Lo cual, desde una posición objetiva, no significa nada, pero también significa mucho. Una legión de personas se cree que ese hecho, que haya ganado miles de millones de dólares en la taquilla de todo el mundo, la legitima, cuando en realidad lo que hace es deslegitimar a esos millones de personas que se han sentido extasiados con ella.

Mis razones, de peso, para detestar esta película desde el sentido común, no creo que puedan ser rebatidas por nadie. La primera película, la de 2012, estaba bastante bien, y antes de ella, y después, Marvel Studios nos ha bombardeado con varios títulos al año, unos mejores y otros peores, durante más de una década para concluir este enorme arco argumental de las gemas del infinito y de los Vengadores, y algunos hemos acabado un poco cansados de tanto superhéroe y tanta parafernalia. Tenían que cerrar la historia, de alguna manera. Podían haberlo hecho con un poco más de gracia, de ingenio y de pasión, factores que brillan por su ausencia en este triste final de época. En lugar de eso nos han entregado este pestiño seco con el que ejércitos de fanáticos han enloquecido y se han emocionado hasta el paroxismo. Esto ya no hay quien lo entienda.

La película empieza muy abajo, con dos secuencias grises (la de Hawkeye jugando al béisbol con sus hijos, y la de Tony Stark/Iron Man perdido en la inmensidad del espacio), y no consigue remontar en ningún momento, instalándose en ella una apatía, un cansancio, que no preludian nada bueno, y de los que no se libra ni siquiera en la sosa batalla final. Los personajes, todos sin excepción, aparecen completamente desdibujados, sin fuerza, como si los actores, hastiados de tanta superproducción, estuvieran con el piloto automático… y al haber tantos personajes importantes (docenas, literalmente) la mayoría se contenta con un simple y absurdo cameo. Los directores, Anthony y Joe Russo, que no lo hicieron nada mal en ‘El soldado de invierno’, entiendo que no lo tienen fácil con tanta superestrella, tanto presupuesto y tanta presión, pero más que una película parece que están dirigiendo un videojuego.

Y por si no fuera poco todo esto, nos enfrentamos a tres horas largas de metraje, absolutamente innecesarias, en las que se intenta meter casi de todo: drama, romance, humor de brocha gorda, épica, nostalgia, suspense, intriga, fantasía, reencuentros, despedidas, homenajes… Un popurrí absolutamente estomagante y además previsible, en el que desde el comienzo se adivina quién va a morir y cómo va a acabar este inmenso circo de siete pistas, que es como un más difícil todavía en el que, en realidad, no sucede nada, que es como una oda a los efectos digitales, como una colección de estampitas de colorines y lucecitas en las que apenas la aparición de la Capitana Marvel aporta un poco de intensidad, en el que Tony Stark está por estar a pesar de ser la gran estrella y la de mayor carisma, en la que Thor se convierte en bufón con tripa cervecera, para un conjunto diseñado para que todo el mundo salga contento del cine, y en el que sólo falta el mando de la consola.

Este pestiño seco sólo puede entusiasmar a los fans, que también serán fanáticos de los cómics, ese tipo de espectador poco exigente con tal de que le sirvan un plato de épica precocinada y saturada de efectos visuales, ejércitos interminables un espectáculo de luces y lágrimas. No hay aventura aquí, porque no hay compañerismo, no hay tragedia y no hay tensión. Y duele ver al que quizá sea el reparto más alucinante de las últimas décadas feliz de estar en este bodrio aunque sólo sea unos segundos en pantalla. Sin nombrar a todos, porque es imposible, podemos ver a: Benedict Cumberbatch, Brie Larson, Zoe Saldana, Tilda Swinton, Natalie Portman, Marisa Tomei, Angela Bassett, Michael Douglas, Michelle Pfeiffer, William Hurt, Gwyneth Paltrow, Robert Redford, Samuel L. Jackson, Rene Russo… casi nada.

Esto, en realidad, no es una película, sino una declaración de principios de Hollywood: «haremos lo que haga falta, sin reparar en gastos, ni en la vampirización de estrellas de prestigio, sin preocuparnos por seguir explotando las imágenes generadas por ordenador, secuela tras secuela, para mantener nuestro poderío comercial». Y no faltan, por supuesto, las patéticas concesiones a lo políticamente correcto cuando vemos al capi entregar su escudo al Halcón en lugar de a Bucky (porque el Halcón es negro, y hay que cumplir la cuota racial) y a Thor entregar el reino de Asgard, nada menos, a la Valkiria (porque es mujer y es negra, doble cuota…), así como ese espectacular y vergonzoso momento en el que a la Capitana Marvel acuden a ayudarla todas las superheroínas de la película, en una imagen nítidamente surgida del «Mee Too»…

Por suerte, el ciclo de superhéroes parece de momento haberse detenido. Aún dará los últimos coletazos, pero los actores que los interpretan también empiezan a estar hartos, y se les nota. Esta última película ha nacido vieja, y en cinco años algunos que ahora están cegados por tanta fanfarria y tanto espectáculo, empezaran a verle las costuras al zombie, las mismas que otros vemos sin tener que esperar tanto tiempo.

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