Parque Jurásico (Jurassic Park), el ejemplo máximo de la no aventura

Me encuentro a menudo con no pocas personas que defienden con mucho tesón ciertas películas que yo, sinceramente, no puedo entender que les gusten tanto y crean que merecen tanta defensa. Es el caso de ‘Jurassic Park’, que desde su estreno cuenta en todo el mundo con una legión de admiradores de muy diverso bagaje intelectual, que cuanto menos sostienen que es un digno espectáculo, que es tremendamente entretenida, y cuanto más que es una gran película y una de las mejores de su director. Y yo, que nunca me callo en estas cosas, sostengo una y otra vez la tesis contraria: que no solamente no es una gran película, sino que es aburrida y que no es una aventura digna de ser recordada. De hecho, ni siquiera es una aventura. Y en cuanto a que sea de las mejores de su director…ahí sí que no puedo discutir mucho, porque Spielberg tiene un buen puñado de películas bastante cuestionables.

Pero como resulta que hace poco volví a tener una conversación similar, y como hace mucho tiempo que no escribo sobre ella y ya ni me acuerdo de lo que escribí, voy a intentar poner mis ideas en orden acerca del largometraje número catorce de la filmografía de este buen director metido a negociante del arte de hacer películas. Voy a intentar exponer todos mis argumentos de la manera más clara y rotunda y honesta posible, eludiendo toda tendenciosidad y preferencia personal.

Adaptación del superventas de Michael Crichton, amigo personal de Steven Spielberg, no creo que sea ninguna locura sospechar que el escritor fabricó su novela con la esperanza de que el célebre cineasta lo llevase a la pantalla. De hecho, parece imposible pensar en otro director. Lo interesante, y paradójico, del asunto, es que si el guion del propio Crichton y de David Koepp hubiese sido un poco más fiel a la novela, quizá la película de Spielberg no habría sido tan floja, tan sosa y tan inane. Pero vamos por partes, que no me quiero adelantar. Además, el argumento de la película sigue, a grandes rasgos, el de la novela. Pero lo hace despojándola de toda hojarasca, como si fuera un ejercicio de depuración extrema, como si cogiese únicamente el esqueleto, y como si aún a ese esqueleto le quitase unas cuantas costillas… En mi caso primero vi la película, y luego me leí la novela. De modo que la impresión que tuve entonces, que es la que mantengo ahora, aunque reforzada, fue libre de todo prejuicio.

Los sucesos narrados son de sobra conocidos: un multimillonario con graves carencias de moralidad, hace posible un parque temático en el que los dinosaurios, gracias a la clonación genética, han vuelto a la vida. Pero, claro, algo tiene que salir mal, y lo que comienza como un viaje maravilloso se vuelve una angustiosa y terrorífica pesadilla. Bien. Estos son los mimbres, pero ¿con qué los cose Spielberg? La altura de una aventura siempre depende de la riqueza y la profundidad de los personajes. Da igual si es una situación límite la que les sobreviene a los despistados protagonistas, o si bien son los protagonistas los que van a buscar la aventura. Da igual, también, si son héroes, o antihéroes, o villanos, o malvados, o torpes o mal avenidos. Lo que importa es lo interesante que sean ellos. Y ese es el primer fallo, quizá el primordial, de esta pequeña película.

Los personajes de esta película no tienen entidad, son muñecos sin vida. Durante mucho tiempo sostuve que están mal interpretados, pero no creo que sea el caso. Sí, los actores están bastante envarados, bastante teatrales, pero no están tan mal. Son sus personajes los que no funcionan como un todo conjuntado, y esto es responsabilidad última del director.

La aventura puede ser todo lo grande, o espectacular, o épica o terrorífica que se quiera. Si los personajes te dan igual, si son planos, la aventura queda en nada. Y este es el caso. Los protagonistas son, mayormente, tres: el paleontólogo Alan Grant (Sam Neill), la paleobotánica Ellie Satler (la siempre maravillosa Laura Dern) y el matemático Ian Malcolm (Jeff Goldblum), además del extraño multimillonario interpretado por Richard Attemborough y los dos niños, sus nietos. Otros personajes, como el interpretado nada menos que por Samuel Jackson, son sombras de sombras. Están por estar y no le importan un comino al espectador. Pero durante toda la película Spielberg se rompe la cabeza intentando que estos personajes nos importen, nos caigan bien. Y fracasa estrepitosamente.

Y una de las razones por las que esto pasa es porque Sam Neill, Laura Dern y Jeff Goldblum parecen estar cada uno en una película distinta. Tal cual. En un registro diferente, en una canción atonal. La gran aventura, siempre, cuenta la experiencia límite de un grupo de compañeros, ya sean dos, tres, o veintisiete, y la forma en que se unen, a menudo llevándose mal muchos de ellos, pero superando las dificultades, perdiendo compañeros por el camino, descubriéndose a sí mismos, obteniendo sabiduría en el camino, aprendiendo habilidades físicas y psicológicas, alcanzando una revelación, volviéndose más ellos mismos. Absolutamente nada de todo eso hay en las imágenes de ‘Jurassic Park’.

Los atribulados protagonistas, sobre todo Neill y Dern, además de los dos niños, se pasan gran parte de la película huyendo de un lado a otro, salvando dos o tres (no más) momentos de gran peligro, y finalmente huyen de la isla. Nada más. Por el camino, el paleontólogo, que al principio de la película parecía reacio a tener hijos alguna vez en su vida (y que supuestamente mantiene una relación con la botánica…relación que nunca es explícita por alguna razón que no alcanzo a comprender), al final, por el hecho de haber tenido que cuidar de los dos nietos del loco multimillonario en la peligrosa isla, parece que le ha surgido su vena parental y su última imagen es la de los dos niños abrazados amorosamente a su regazo, ante la mirada aprobadora de su no-novia, o su novia sí pero no. Es decir, que de lo que de verdad va esta película, porque es así como termina y es lo que le queda emocionalmente al espectador, es de aceptar que para ser feliz hay que tener hijos y crear una bonita familia americana.

Por lo demás, visualmente, narrativamente, la película se sostiene en dos únicas secuencias grandilocuentes y algo vacuas, que en su momento asombraron a todo el mundo, pero que hoy resultan sorprendentemente sosas, sin gracia, sin ritmo: la del tyrannosaurio en mitad de la carretera y la de los dos velocirraptores en la cocina. Dos momentos vistosos, supuestamente trepidantes y muy previsibles, pues nadie se puede creer que Spielberg vaya a matar salvajemente a los dos críos, tan solo se van a comer al malvado abogado. Porque esto es un cuento infantil, no una poderosa película de aventuras. Un cuento para el que Spielberg cuenta con unos efectos especiales y visuales de primer orden, y para el que ha llamado a un gran reparto que de vida a personajes sin vida, y con una música portentosa (lo único portentoso) de John Williams.

Lo que podría haber sido un gran sci-fi, oscuro y frenético, se queda en una agradable película para chavales, en una montaña rusa amable y luminosa con algún momento oscuro, filmada con la habilidad superlativa de este prestidigitador del cine. Creo que he dado unas cuantas razones, bastante irrebatibles, de que no es, ni de broma, una gran película, y desde luego no es una gran aventura. No hay aventura, de hecho, sólo dos instantes de gran peligro solventados sin mucho esfuerzo, que no pueden aportar nada al espectador ávido de emociones intensas.

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