CINE, LITERATURA

El cine ha vampirizado la literatura

Debido a mi trabajo diario en el Archivo de Mini Críticas que estoy elaborando, en el que cada día dejo 8 ó 9 ó 10 críticas, me estoy dando cuenta, perspicaz que soy, de que muchas, muchísimas películas, muchas más de las que yo en un principio pensaba (porque como es obvio, para los datos de guion e intérpretes miro la información en internet…tanta memoria no tengo ni he tenido nunca…) están basadas en libros, relatos, cómics, obras de teatro… En un material escrito previo, en definitiva. Incluso títulos que yo habría jurado, si me hubiesen preguntado al azar, que se trataba de un guion original, están basados en un material previo. Incluso Billy Wilder, considerado por muchos (yo no estoy entre ellos) el más grande guionista de la historia del cine, ha basado el 90% de sus guiones en novelas, relatos u obras de teatro previas. Es impresionante, me temo, el modo en que el cine ha vampirizado la literatura.

Decía Tarkovski, en su imprescindible ‘Esculpir en el tiempo’, que ya iba siendo hora de que el cine se fuera separando de la literatura (y, añadía, de la música), para ser un arte autónomo, con sus formas, reglas y conceptos autónomos, si es que de verdad quería ser considerado un arte. Estoy bastante de acuerdo con él (como estoy bastante de acuerdo en casi todo lo que decía o escribía), porque creo que el cine es más auténtico, más imagen y más sonido, cuanto más se aparta de la palabra, cuanto más abstracto y parecido a la música, en cuanto forma narrativa. Necesita de un soporte escrito, inicial, de unos cimientos, del mismo modo que el jazz o la música en general los necesita, pero la música no es escrita, sino que obtiene su verdadera forma después, y quizá así debería ser el cine.

Y dirá el lector, y no sin razón, que esto que estoy diciendo y argumentando tiene el rancio aroma del purismo que yo tanto detesto, pero no tengo yo muy claro, bien pensado, que sea purismo, y sí la defensa de una idea que siempre me ha rondado la cabeza: para que una novela sea susceptible de ser llevada al cine, ha de ser generalmente una mala novela, o una novela bastante mediocre, bastante poco literaria. Porque cuanto más «literaria» es una novela, o cuanto más literario es un relato, entiéndaseme la expresión, más difícil y por tanto desaconsejable, es llevarla al cine. De hecho, tal como decía también Tarkovski, ciertas novelas sólo serían llevadas al cine por alguien que despreciase tanto el cine como la literatura. Y ciertas novelas, no hace falta imaginar mucho cuales, son descaradamente escritas para ser adaptadas al cine y hacer ganar más dinero a sus autores, pero tal descaro conlleva, inevitablemente, la mediocridad, cuando no la nulidad literaria.

Una de las adaptaciones más cuestionables de las últimas décadas, a pesar de que la segunda película tiene momentos realmente magníficos, es la que hizo Peter Jackson de ‘El señor de los anillos’ hace ya casi dos décadas. De cara a la galería esta adaptación devenía del amor que Peter Jackson y su equipo de guionistas sentían por la obra de Tolkien, y del deseo del cineasta de hacer por fin una adaptación que estuviera a la altura, con una producción muy cuidada, y con una versión muy fiel, o por lo menos bastante fiel, del relato interior (cuando en realidad, a poco que se mire con cierta sagacidad, no es más que una jugada comercial de altos vuelos). Pero el gran problema de esta adaptación es precisamente su fidelidad, añadiendo a esto que la imaginación de Jackson y la de Tolkien no puede ser de tonalidades y temperamentos más disímiles. Y así, la imagen en acción de real de Jackson, que según decían (no es cierto) estaba inspirada en las ilustraciones canónicas de la novela, acaba pareciéndose más a un cómic, a un tebeo vistoso y colorido, que a una adaptación fiel al espíritu de Tolkien.

Aquella novela, en realidad, por muchas aventuras y mundos imaginarios que albergue, es prácticamente intraducible al cine, y por eso tiene mucho mérito que Ralph Bakshi, en su maravillosa versión de 1978, lograse capturar el espíritu de Tolkien e hiciera una versión que, pese a ciertas arritmias interiores, es muy superior a la de Jackson en todos los aspectos, y mucho más cerca a los libros. Quizás ayudaba el hecho de ser una película de animación, porque es posible que la imagen real destruya, en muchas ocasiones, el tono literario de ciertos cuentos o novelas de fantasía, pero asegurar eso ya sería hilar muy fino.

Y existe otra novela, que en realidad no es ninguna maravilla de novela (yo nunca la he recomendado a nadie), y que sin embargo poseía un material narrativo muy apto para ser llevado al cine. Hablo, cómo no, de ‘El Padrino’, de Mario Puzo, con la que Francis Ford Coppola, pese a que escribió la adaptación junto al novelista, logró trascender el espíritu, un tanto equívoco, falto de expresividad…un mundo bastante desdibujado en suma, y él, con su genio, lo transformó en la que posiblemente es la trilogía más importante del cine norteamericano, y cuya sustancia narrativa le inspiró para hacer la segunda y tercera parte, profundizando en unos personajes y elaborando un argumento que en su mayor parte no existía en esa novela…pero que parecen propios del universo propuesto, o al menos esbozado, en esa novela. Y esto es algo que sucede con bastante frecuencia, pese a que nunca ha tenido los resultados de los tres filmes de Coppola: que una mala novela posee algunos alicientes, algunos rasgos, que son muy susceptibles de ser llevados al cine, quizá sin proponérselo demasiado, lo que no significa, naturalmente, que eso sea garantía de éxito.

En mi opinión el cine se ha servido demasiado ya de argumentos literarios, pero sobre todo se ha servido de formas y herramientas narrativas de las novelas más vanguardistas, más ambiciosas formalmente hablando. Novelas que el grueso de los espectadores desprecia o ignora por ser demasiado densas, pero de las que luego se sirven directores no muy brillantes para hacer un cine aparentemente más audaz. Pero poco hay que decir al respecto, porque se seguirán buscando buenas o malas novelas para ser llevadas al cine, y esto no tiene nada que ver con la calidad de los guionistas, porque para escribir un guion original o un guion adaptado creáme el lector cuando le digo que la técnica de escritura, y el trabajo duro es el mismo…

Otro día quizá convendría hablar de la vampirización que el cine ha hecho con la música. Pero tengo la impresión de que ese trabajo va a quedar bastante más extenso que este.

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CÓMIC, CINE, CRÍTICA, LITERATURA, MÚSICA, TELEVISIÓN

Yo soy mi crítico favorito

Debido a esta catástrofe mundial que estamos experimentando (que no va a ser el Apocalipsis final pero sí nos va a convencer a muchos, como si hiciera falta que nos convencieran, de que deberíamos ir perdiendo de una maldita vez la fe en la especie humana) resulta que muchos medios, además del Pornhub Premium, se han lanzado a ofrecer contenidos gratuitos, y hasta Movistar Plus nos ha abierto a sus sufridos clientes algunos canales que por lo general no tenemos interés en pagar. Uno de ellos, quizá el único que valga la pena, es TCM (siglas de Turner Classic Movies), en el que al contrario que otros se programan películas en excelente imagen y sonido, siempre con subtítulos, y siempre grandes clásicos…aunque la mayoría norteamericanos.

Y además de grandes clásicos, ponen documentales, entrevistas (alguna que otra bastante interesante), reportajes, especiales… Hace poco un documental, y de esto quiero escribir, sobre la famosa crítica de la revista New Yorker, Pauline Kael, quien durante cuarenta años, aproximadamente, escribió sobre cine y se convirtió en una de las «opinadoras» cinematográficas más influyentes de su tiempo en Estados Unidos. Y yo tenía la esperanza de que el documental fuera una interesante radiografía de esa era, y profundizara en la personalidad de la susodicha, bastante polémica (algo que a ella, lógicamente, le interesaba) y bastante avanzada a su tiempo. Pero en lugar de eso tenemos un panegírico en toda regla en la que celebridades del cine de EEUU, desde productores y actores hasta el mismo Tarantino, se dedican, durante 45 minutos que se hacen muy largos, a santificar a Kael, a glosar su enorme sabiduría, su inmensa influencia, su arrollador carácter, etc, etc, etc…

Los estadounidenses no tienen término medio: o hacen un documental sensacional, sea cual sea su tema, o te hacen un panfleto laudatorio que no hay por donde cogerlo. Pero esa es materia de otro artículo. Por lo pronto decir que en mi opinión Pauline Kael escribía muy bien (sí, me he leído algunos textos suyos, como el famoso ‘Raising Kane’, y otros menos famosos pero igualmente interesantes) , y era una persona culta y perspicaz, pero en mi opinión como crítica de cine (es decir, de arte) no valía mucho. Kael sufría lo que muchos críticos de renombre: un complejo de mesianismo cultural (léase «perdonavidas recalcitrante»), que surge, siempre, de un narcisismo infantil y mal curado, y que se manifiesta no en juzgar lo que hacen los demás (lo que a fin de cuentas es la labor de todo crítico) sino en decirles lo que tienen que hacer. No en analizar lo que hay en la película, sino lo que a su juicio no hay y debería haber.

Famoso es su encontronazo con David Lean, a propósito del estreno de ‘La hija de Ryan’, en el que le recriminaron, sencillamente, hacer el cine que él quería hacer, y ante la pregunta de Lean: «¿qué queréis? ¿que filme en 16 mm en blanco y negro?», Kael le respondió: «te la dejaríamos hacer en color». Así, esta crítica se convirtió en el primer, y quizá mayor ejemplo, de ese tipo de crítico bravucón, presuntuoso, petulante, engreído, que se cree, todavía hoy día hay unos cuantos, que debe decirle a los directores cómo hacer las películas, que va al cine a extraer de él su propia teoría de cómo tienen que ser las cosas, o a imponerla, y que por tanto entrega al lector un comentario no profesional, sino profundamente tendencioso, prejuicioso, con el que glorificar sus gustos personales, y nunca valorar con mirada analítica las virtudes o defectos narrativos del título en cuestión.

Viendo este documental, y a pesar de que en algunos aspectos (como el hecho de que entre los años 50 y 60 el cine americano daba muchas más razones para detestarlo que para amarlo) estoy de acuerdo con ella, vuelvo a pensar una vez más lo de siempre, aún a riesgo de lo que pueda pensar cualquiera que lea estas líneas: yo soy mi crítico favorito. Y además lo soy de lejos, de muy lejos. Yo, al contrario que Kael, y que muchos otros, no empleo dos páginas de periódico (unas 4.000 palabras), para dar vueltas y vueltas sobre ideas sin asentar ningún argumento de peso. Yo, por lo menos, intento ver, o saber, o averiguar, qué diablos es el cine, y qué puede ofrecerme, a mí y a cualquiera. No me creo por encima del bien y del mal y no tengo ningún complejo narcisista que curar (de hecho, me ha costado mucho poner una foto mía como cabecera de este artículo…y aún así he tenido que manipularla para que no se me vea mucho). Escribo tan bien como lo haría Pauline Kael, pero no necesito ponerme pedante, ni rimbombante en mis artículos. Tengo carácter, y cuando algo no me gusta soy bastante tajante, pero no escribo barbaridades, groserías o macarradas, como hacen tantos otros

Y si echo un vistazo al trabajo de otros críticos…sigo pensando lo mismo. No me agradan los norteamericanos, ni Roger Ebert ni ningún otro, todos ensimismados con su propio cine, y demasiado metidos en su papel de «periodista crítico de cine» y muy poco, o nada, en el de escritor de arte que escribe sobre cine. Me gustan algo más los franceses, sobre todo los de la corriente de Cahiers, pero me puede su énfasis en un determinado tipo de cine, y en la teoría del cine de autor, y su casi desdén hacia el cine, por tanto, supuestamente menos autoral y menos «artístico». Durante mucho tiempo leí las crónicas y críticas de Ángel Fdez-Santos (de hecho tengo un libro suyo aquí en casa), pero ahora, aunque le sigo apreciando y siento respeto por él, me parece un purista redomado, y a mí ni me gustan ni me convencen los purismos en el arte. Me cae bien y me gusta cómo escribe Carlos F. Heredero, otro purista, otro de la corriente de Cahiers, pero a veces sus argumentos no me convencen, son demasiado obvios, reiterativos y sin riesgo. Por no hablar de Boyero o de Pumares. Esos se parecen bastante a la Kael, en su falta de argumentos y en su necesidad de hablar a todas horas de sus cuestionables gustos personales. Y no voy a hablar de la legión de plumillas desorientados, de almas descarriadas, todos ellos perdonavidas por cierto, que escriben en blogs o sitios parecidos, que podrán haber visto muchas películas pero no saben poner una coma ni establecer una idea rotunda.

Sí me gusta Tomas Fernández Valenti, un crítico un poco de mi estilo, pero no lo bastante como para preferir su criterio al mío, ni su escritura (bastante de oficinista) a la mía. Le tengo un enorme respeto, como puedo respetar a otros, pero sigo pensando lo mismo: yo soy mi crítico favorito, porque soy el que más y mejor, y con más argumentos, me convenzo, y yo creo que cualquier persona inteligente, con cierta cultura, con curiosidad, y con inclinación por las artes, debería ser siempre su propio crítico favorito y responder que lo es cuando alguien le preguntara qué persona ostenta ese rango, y me parece lamentable que David Lean permitiera que todos esos plumillas le quitaran las ganas de hacer cine, o que Billy Wilder proclamara una y otra vez que el público es el juez supremo. Todo eso revela una falta de espíritu, una debilidad de carácter, bastante sorprendente, teniendo en cuenta lo grandes directores que eran ambos.

El crítico de cine, a mi juicio, no está para decirles a los directores y a los espectadores cuál es su elevada, ideal y quimérica idea de cine, a la espera de que tanto unos como otros loen su perspicacia. Está para ejercer de analista forense de lo que hay. Punto final. No de lo que quisiera o de lo que le gustaría, o de lo que no hay en esa película, o en aquella otra. Está para hablar, y escribir, de lo que está en la pantalla. Y para hablar y/o escribir de eso, para ejercer la gran responsabilidad que significa desempeñar esta profesión consistente en ser un intermediario válido entre la película y el receptor, no es tolerable hablar de «gustos personales». Esto no va de gustos, de filias, o de fobias. Esto va de valores, va de argumentos, va de conocimientos. De conocer el cine, tal como es, sin idealizaciones, sin esnobismos dignos de adolescentes. No es cuestión oscurecer con imposturas, sino de iluminar al lector con palabras que le ayuden a llegar a donde él, por cualquier razón, no puede llegar. No va de ver quién mea más lejos, sino de compartir idénticos valores y de confrontar diferentes miradas armadas con argumentos, no con fanatismos.

Dicen de los críticos que son todos unos cineastas frustrados, unos amargados, unos soberbios y unos pedantes. Algo de verdad hay en eso, sobre todo en ciertos críticos famosos. Otros, pues yo me considero también crítico de cine, consideramos más importante el cine, la literatura o la música, mucho más importante, que nuestros gustos, e intentamos ampliar conocimientos con cada nuevo artículo, no demostrar cuánto sabemos, ni ponernos por encima de aquello que comentamos, y mucho menos de los espectadores. Yo no soy más listo que nadie (aunque a veces peque de cierta vanidad), ni he visto más películas que nadie (de hecho creo que mis padres han visto muchas más películas que yo y que muchos críticos que andan por ahí) sólo conozco mejor el cine que el grueso de los espectadores, y no tengo ningún problema en ayudar al que se interese en ampliar su conocimiento al respecto, dentro de mis posibilidades.

Para eso escribo, en realidad. No me interesa vivir en mi isla. Quisiera hablar con la gente de tú a tú, establecer debates teóricos, no peleas del «no tienes ni puta idea». Me gustaría hablar con cualquiera de los aspectos que me interesan de literatura, de cine, de música. Y rara vez puedo hacerlo.

Por eso escribo estos artículos.

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CRÍTICA, TELEVISIÓN

‘Euphoria’, una deslumbrante joya de ficción

No es fácil decidir qué ponerse a ver, y estos días de confinamiento menos todavía. Soy de los que piensan, y seguro que no soy el único, que se hacen demasiadas películas, se producen demasiadas series, y se escriben demasiados libros. Y en un gran porcentaje no valen la pena. Pero no te puedes fiar sólo de tu olfato, por mucho que algunos lo tengamos bien desarrollado. Te puedes perder algunas maravillas que andan por ahí llamando la atención, y que tú crees que no son para ti, o que no valen la pena. O puedes, simplemente, no elegir correctamente en qué invertir las próximas horas o días de tu vida. Y con HBO me sucede eso. Me pongo a mirar qué serie ver, y no me decido. Y al final no veo nada, o me pongo a ver lo que ya he visto. Por suerte, esta semana me he decidido a ver ‘Euphoria’, de la que no había leído absolutamente ninguna crítica.

Ahora sí, ahora ya he leído algunas críticas elogiosas, y no pocos comentarios positivos, pero por mi parte puedo decir que una vez más HBO lo han vuelto a hacer, han vuelto a dar en el clavo con otra producción propia con la que indagan en la sociedad estadounidense actual, y han firmado una verdadera joya, creada por el bastante joven y poco conocido Sam Levinson, adaptando al parecer una serie israelí, que ya es por derecho propio una de las grandes series de la casa, y cuyos ocho episodios (también se agradecen series así de cortas…) es imposible que dejen indiferente a nadie, cuando no incomodar, divertir y hasta conmover a la gran mayoría de los que se atrevan a acercarse a sus sorprendentes imágenes.

La cosa va de una chiquilla llamada Rue (impresionante el trabajo de la actriz y cantante Zendaya…), de unos diecisiete años, y de su vida en una barriada de clase media de Los Ángeles. Rue, que nació tres días después del ataque a las Torres Gemelas, desarrolla adicción a las drogas, por su carácter depresivo y su personalidad bipolar, y la historia comienza a su salida de rehabilitación. Vive con su madre y con su hermana pequeña, y tiene un círculo de amistades del instituto, especialmente su grupo de amigas, cada cual con sus problemas, y sus historias, su pasado y sus particularidades. Así vista parecería otra típica historia de adolescentes, pero ‘Euphoria’ está muy lejos de ser eso, hasta el punto de que me parece que dentro de su clase (historia juvenil, drama adolescente de sexo, drogas y música a tope) es la mejor, la más profunda y estimulante que yo he visto…y he visto unas cuantas.

Este relato tiene como objetivo radiografiar toda una generación (la nacida con el siglo) cada vez más perdida, en un mundo desquiciado, en una Estados Unidos hiperviolenta, hipercompetitiva, casi feroz, que no deja espacio a las equivocaciones y mucho menos a los sentimientos. Y, para ello, nos narra el impacto que las drogas, la pornografía, el alcohol y las interrelaciones personales tienen en unas mentes todavía tan impresionables, tan frágiles. No se corta en imágenes de violencia extrema, de sexo gráfico (con desnudos totales, sobre todo masculinos), en que veamos a estos chavales destruidos o consumidos por sus pasiones, sus adicciones, sus depresiones o por la brutal realidad en la que viven. Pero sobre cualquier otra cosa, la serie es deslumbrante por la forma en que lo cuenta.

En su puesta en escena, Sam Levinson y su equipo de cineastas se revelan como aplicados discípulos de Scorsese o incluso de Paul Thomas Anderson (de hecho el cuarto episodio parece filmado por el director de ‘Magnolia’). La energía de la cámara y del montaje es absolutamente arrolladora, con unos movimientos, unos cortes y en conjunto una resolución visual de una riqueza expresiva insoslayable. Y todo ello da pie a un juego de tonos y contratonos realmente insuperable, y así en esta deprimente historia hay mucha comedia negra, y también tono de fábula, y por supuesto romanticismo, y un magnífico erotismo (qué poco erotismo hay hoy en día en ficción…), tienen lugar secuencias luminosas, que dan paso a otras de una sordidez casi insoportable. No da respiro una serie que es casi como una montaña rusa en la que al final lo que acaba primando son los personajes, y sus vidas.

Porque aunque la mayoría de ellos, o todos, incluida la protagonista Rue, son personajes bastante patéticos, mezquinos, y hasta psicópatas o personas despreciables, la serie trata de comprenderlos, empatiza con ellos y terminan importándonos, del primero al último, porque logra que en estos ocho episodios sintamos que convivimos con ellos, con sus adicciones, sus penas y sus pequeños triunfos, todo ello magnificado por un grupo de actores en verdad formidable, todos ellos, en el que no se nota el menor fingimiento ni interpretación, sino que viven la secuencia y que han nacido para encarnar a estos personajes, que se mueven como animales por esta secuencia fragmentada, dislocada, en la que un evento sirve para explicar otro evento pero en el que a menudo las acciones y las consecuencias no van necesariamente unidas en el tiempo.

Tendrá segunda temporada, esta serie. Ojalá me equivoque, pero dudo que puedan repetir este triunfo, del mismo modo que ‘True Detective’ (otra serie con ocho episodios, por cierto) no pudo repetir una primera temporada absolutamente fastuosa. Ya veremos. De momento ahí queda esta joya, y el poso que deja, tras acompañar durante ocho horas a unos personajes más vivos que mucha gente que conozco.

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CINE

Géneros cinematográficos: la Sci-Fi

Termino ya este repaso por los que yo considero los ocho géneros canónicos (el Western, el Bélico, el Noir, el Musical, el Histórico, la Comedia, el Fantástico y este que ahora me ocupa), con el que espero haber dado mi personal visión y punto de vista sobre cada uno de ellos, del que he ido desgranando su ADN y sus códigos maestros, aprendiendo mucho por el camino y con el que espero que el lector (pasado, presente o futuro) pueda a su vez aprender cosas o despertar su curiosidad por ciertos conceptos, aunque solo sea por oponer sus propias ideas y argumentos a los míos, que también para eso se escribe muchas veces.

La Sci-Fi, o ciencia ficción (aunque más correcta es la traslación ficción científica, pero tampoco hace falta ser puristas), es el género especulativo por excelencia. En ese sentido, es el primo hermano del Histórico, y es opuesto al Fantástico, pues mientras en este último se desarrolla un universo o una realidad que bajo ningún concepto tendría cabida en la nuestra, la ciencia ficción ha de partir necesariamente de este mundo, de esta realidad, para desde ahí elaborar su especulación. Toda película Sci-Fi es una pregunta concreta: ¿qué pasaría si…?. ¿Qué pasaría si las máquinas se rebelasen contra nosotros? ¿Qué pasaría si se acabara la comida? ¿Qué pasaría si aterrizaran unos extraterrestres? ¿Qué pasaría si ocurriera cualquier cosa que aún no ha ocurrido pero que es posible que ocurra? O por lo menos no imposible…

Su poder, por tanto, radica en que parte de nuestra realidad para ponerla en una situación límite que desde un punto de vista científico, por lo menos teórico, no es una quimera parecida a que baje un caballo con alas desde Marte. La Sci-Fi nos pone en un brete, nos sitúa, a la humanidad, en un abismo, y se complace observando las consecuencias morales, emocionales y psicológicas de todo ello. Por todo esto, se trata quizá del género más sombrío, y muchas veces el menos complaciente con el espectador, pues en la llamada Sci-Fi dura no existe la menor esperanza para la humanidad, y ejerce como espejo de la realidad actual, sea la que sea, con sus miserias y sus falsedades. Es por ello que también es un género tremendamente crítico con la sociedad.

Vamos a ver sus rasgos genéticos:

– Plantea una situación (presente, futura o incluso pasada) que es teóricamente posible desde un punto de vista científico.

–Como tal, se erige en un estudio de personajes que en sí mismos son una suerte de reflejo de toda la sociedad e incluso de toda la humanidad.

–Es un género que alerta, que avisa de una situación funesta, muy concreta, que podría llegar a suceder, y para la que no estamos preparados.

–Generalmente habla de la responsabilidad del hombre con la tecnología que él produce, pero no es conditio sine qua non, más bien es una radiografía de las acciones globales del ser humano.

–Parte siempre de un mundo real, casi de una película sin género, que suele denominarse (de forma equívoca) dramática, para luego construir su especulación.

En realidad este género, que ha producido no pocas obras maestras, puede mezclarse muy bien con el Noir, que a su manera también especula con posibilidades políticas o sociales, y ha habido no pocos bélicos que a su vez eran Sci-Fi, y algún que otro Western (‘Atmósfera Cero’, de Peter Hyams, por ejemplo). Lo divertido de esos casos es discernir cuánto tienen de cada género y cuál es el principal de ellos.

La Sci-Fi, que para algunos empezó con la imprescindible novela ‘Frankenstein, o el moderno Prometeo’, de Mary Shelley, publicada en 1818, es la hija directa de la industrialización, de las ciudades modernas, del ansia del ser humano por la conquista de todo lo conocido, y por la comprensión y expansión hacia todo lo desconocido, de la capacidad de esta especie dominante, en suma, por condicionar el entorno que le rodea, muchas veces sin pensar en las consecuencias o si es éticamente cuestionable. No voy a nombrar esta vez muchas películas, ni siquiera unas cuantas, pues supongo que cada uno tendrá las preferidas, y ya dejo mis argumentos en forma de píldora en el Archivo de Mini Críticas, donde se pueden consultar 11 páginas de títulos. Tan solo diré que es poco dudoso que haya un director de Sci-Fi que pueda hacerle sombra a James Cameron, quizá el más grandioso director del género, a pesar de una carrera muy corta en títulos.

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CINE

Esa película me suena

Nos pasamos la vida hablando de películas, y sobre ellas disertamos acerca de los actores, de la historia (del argumento a todas horas, como si fuera lo más importante), de la fotografía, de la ambientación. Cuando algunos nos ponemos un poquito más serios escribimos o debatimos sobre directores, sobre la puesta en escena. Y cuando nos ponemos bastante más serios comenzamos a hablar sobre narrativa, sobre imagen, sobre conceptos, incluso sobre la pertinencia o no de la música, sobre particularidades concretas, pero nunca, o casi nunca, sobre el sonido. Y es una cosa que creo debe cambiar.

Dicen, algunos, que la mayor parte del cine se inventó en la época muda. Es decir, toda la mecánica de la puesta en escena, casi todas las herramientas narrativas, la caligrafía de la cámara, el desarrollo del arte del montaje. Y puede que sea verdad. Pero me parece que todos esos eruditos y directores y estudiosos y críticos de cine se olvidan siempre de algo esencial: se inventó todo lo que tenía que ver con la imagen, no con el sonido. Y, amigo lector, sin sonido el cine no es nada, por mucho que se empeñen los más recalcitrantes. Poco más que sombras proyectadas en una pared. Las imágenes mudas son fotografías, fotografías en movimiento, y carecen de vida. En la época del cine mudo, que era el cine inicial, el cine incipiente, el único cine, aquello parecía cine y por tanto lo era, y hoy podemos aprender muchas cosas de aquellos títulos y de aquellos pioneros. Pero no podemos aprenderlo todo. Falta la otra mitad del invento, del soporte narrativo en el que estamos inmersos. Falta el corazón del asunto.

El cine no es imagen, queridos eruditos. El cine es imagen Y SONIDO. Y demasiadas veces esta evidencia, este secreto a voces (nunca mejor dicho), queda silenciada (nunca mejor d…) por muchos, o por todos. Y cuando digo sonido no digo solamente los diálogos, o el sonido ambiente, o la música (el sempiterno pianito triste para acompañar momentos luctuosos…qué cascarrabias me he levantado hoy…), sino simple y llanamente, aunque no es simple ni llano el tema, lo que hace que las imágenes tan primorosamente bordadas por el director de fotografía, que ese escenario tan perfecto, que esos actores tan maravillosos, cobren vida. Nada más y nada menos. Y aunque por supuesto un embrionario director o narrador en imágenes puede aprender mucho quitando el sonido de la tele y viendo aquella obra maestra en silencio total desde el principio hasta el final, no estaría de más que ese genio del cine que está a punto de hacer su primera película aprendiera algo también, por los medios que tuviera disponibles, de música y de sonido.

Demasiadas veces me quedo perplejo cuando sale uno de esos pseudo-novelistas que hoy nos asolan (sí…los de siempre…A P-R, J G-J, Muñoz Molina y su mujer, presentadores de televisión, periodistas con ganas de escribir tonterías, famosillos sin nada mejor que hacer… ¡toda esa fauna de la que hablado doscientas veces!) y sin el menor reparo, en cualquier entrevista, dicen que no solamente no tienen ni idea de música, lo que hasta cierto punto es perdonable, sino que no les interesa. Que no les interesa. Sinceramente, creo que es una de las razones (¡no la única, por cierto!) que explican la broza literaria que perpetran. Todo arte narrativo tiende a ser música, en su composición, en su construcción, para elaborar un tempo, un ritmo y una cadencia, ya sea en el literario o el cinematográfico, e ignorar esto y darle la espalda al sonido y a la música, es una completa estupidez, digna de grandísimos ignorantes. Y esto es aún más sangrante en el caso de un cineasta, porque aún hay legión que piensan que el cine son fotografías, o que el cine es teatro, y muchísimos los que piensan que el sonido es secundario y casi una molestia, y que la música es «de acompañamiento».

Hace pocos años asistí al cine a ver la primera parte de la adaptación que se había hecho de ‘It’, la famosa novela de Stephen King. La película no está mal, pero el sonido tenía un aspecto interesante. Siendo, como es, una película de terror, la parte sonora de la película albergaba todos los efectos de miedo y de sustos tan consustanciales a este género y tan manoseados en cientos de títulos. Pero hete aquí que en determinado momento, antes de uno de esos sustos que a toda la platea (y he de confesar que a mí también) le hizo saltar de pánico hasta el techo, el diseñador de sonido, que no me cabe duda que tiene un talento innato que ojalá le dejen explorar y desarrollar algún día, nos iba preparando, a los pobres espectadores, con algunos sonidos agazapados, en una esquina de la sala (una esquina opuesta a la pantalla), con sonidos y ecos y reverberaciones muy estudiadas, que hicieron de la sala de cine, al menos por unos segundos, una caja de resonancia emocional en la que las cuatro paredes, el suelo, y el techo, además de las imágenes, nos hacían vibrar a todos en la misma sintonía. Y al experimentar yo esa sintonía me vino a la cabeza el hecho de lo muy desaprovechado que está el sonido, casi siempre, en una sala de cine.

Cuando hablamos de imagen y de fotografía, hablamos de muchos conceptos que tienen que ver con ambas. Y cuando hablamos de sonido, sucede lo mismo, y quizá con conceptos más numerosos y profundos que con la imagen, porque la imagen es absoluta, pero el sonido no. La imagen contiene ideas, equívocas o unívocas, pero el sonido ninguna, ni de unas ni de otras. Una imagen se fija en nuestra memoria, y luego la memoria puede (y de hecho lo hace a menudo) alterarla, deformarla o manipularla a conveniencia, y dos años después aquella secuencia que recordábamos a plena luz del sol era en verdad en una carretera nocturna. Esto sucede mucho más a menudo de lo que se cree. Pero los sonidos, e incluso la música, no las recordamos con tanta nitidez. Es decir, si nos esforzamos sí, podemos recuperar esa sonoridad, o esa canción, por supuesto. Pero en realidad los sonidos y la música son evocadores de recuerdos, y con ellos accedemos con mayor velocidad y rotundidad a esas imágenes que los acompañaban.

El sonido no solamente son efectos de sonido, música, diálogos. El sonido es en sí (al igual que la dirección de fotografía, al igual que la dirección de actores, al igual que el montaje…) un guion cinematográfico dentro de la película, uno más, que ha de construirse en sintonía con el resto de guiones para conformar la sinfonía que es la película. El sonido, como la música, de una película es narrativa. Son conceptos. Son emociones, por supuesto, pero sobre todo sensaciones que operan en el espectador a un nivel increíblemente profundo y poderoso, y que dotan a la película de su verdadero significado, y muy pocos directores le han prestado atención primordial. Pienso ahora en Francis Ford Coppola, David Lynch…muy pocos conocidos.

Si el lector realmente se interesa por lo que le estoy diciendo, que haga una cosa, si es que le es posible, y en estos días de encierro no tiene nada mejor que hacer: que se vea ‘El espejo’, de Tarkovski, y que preste especial atención al sonido. Se dará cuenta de que debajo de las imágenes, debajo de esta evocadora reflexión sobre la infancia y la maternidad, hay algo que está ahí y que te está contando todo eso de otra forma, en perfecta sintonía con las imágenes. Es el sonido, por supuesto, que de manera absolutamente orgánica, alternando entre música clásica, música electrónica, diálogos en off, fundidos a sonido ambiente…todo con un sentido, una dirección muy concreta, nada gratuita, que de forma sutil lleva a tu subconsciente, mecido por esos sonidos y músicas, a un estado de ánimo definido. Es el poder del sonido, cuando está empleado de un modo eminentemente narrativo.

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CINE, ENSAYO

Géneros cinematográficos: el Fantástico

Debo decir que a la hora de comenzar a preparar este artículo, el penúltimo sobre los géneros cinematográficos, me he dado cuenta de que no hay muchas películas de género netamente Fantástico que me parezcan realmente grandes. Es decir, haberlas haylas, pero no demasiadas, y la mayoría de las que a la gente le parecen importantes a mí me resultan bobas o irrelevantes. Tanto es así que me ha costado mucho encontrar una imagen de cabecera para este texto, una que me convenciera porque de un solo vistazo fuera capaz de definirlo, hasta que me he dado cuenta de que en gran medida es el cine de animación el que con más intensidad y mayor tino ha abundado en este género tan difícil pero al mismo tiempo tan hermoso y tan poético.

En realidad, todo el cine es fantasía, incluso el drama íntimo de raigambre más realista. Todo es ficción, incluso un documental, y la ficción es fantasía, ensueño, entelequia. Pero claro que existe un género que trasciende todo eso hasta cristalizar en un código narrativo muy definido, que como no podía ser de otra manera, proviene de la literatura, que una vez más se demuestra como la verdadera razón de ser (o por lo menos el punto de partida) de gran parte del cine que vemos todos los días. En literatura el Fantástico, o la Fantasy, o como se quiera llamar, posee unos límites muy precisos, y del mismo modo sucede en el cine, el que en la actualidad tiene sus ejemplos más conocidos en franquicias de aventuras, o en filmes de terror puro, pero que de cuando en cuando todavía nos sorprende con películas extraordinarias, a veces no muy aceptadas por el gran público, que dan buena fe de hasta dónde puede llegar el género.

Por razones incluso bastante lógicas, el cine Fantástico es uno de los más comerciales, y uno de los que más se cultivan por directores de todo tipo, incluso, y este es el problema actual, por directores que no poseen el menor temperamento ni inclinación por el Fantástico, que todo lo reducen a un tebeo muy vistoso, a un universo con reglas mal establecidas y peor ejecutadas, puestos al servicio de grandes franquicias que obtienen dividendos multimillonarios en las salas y ahogan y casi borran del planeta otras propuestas más vibrantes. Me estoy refiriendo, por supuesto, a las sagas de ‘Harry Potter’, de ‘El señor de los anillos’, de ‘Piratas del Caribe’, de ‘Star Wars’ y ahora del universo cinematográfico de Marvel (que por cierto algo tiene de Sci-Fi, pero muy poco), que han abaratado los conceptos de Fantasía y de Aventura hasta reducirlos casi a una fantasmagoría de dibujos animados y efectos digitales mal desarrollados narrativamente, pero que son lo que se entiende hoy por Fantasía.

Por no hablar del cine de terror, ahora reconstituido en cine de sustos y de superficiales guiñoles, la mayoría de ellos también digitales y poco orgánicos, que jamás puedes creerte porque sabes que todo lo que está apareciendo en pantalla en realidad no está delante del espectador.

Pero también ha habido otro cine Fantástico, y lo sigue habiendo, en películas de imagen real como ‘El príncipe de las tinieblas’ (‘Prince of Darkness’, 1987), de Carpenter, ‘Las brujas de Eastwick’ (‘The Witches of Eastwick’, 1987), de Miller, ‘Un hombre lobo americano en Londres’ (‘An American Werewolf in London’), de Landis, ‘Los héroes del tiempo’ (‘Time Bandits’, 1981), de Gilliam, ‘¿Quién engañó a Roger Rabbit? (‘Who Framed Roger Rabbit?), de Zemeckis, ‘El ejército de las tinieblas’ (‘Army of Darkness’, 1992), de Raimi, ‘Cool World’ (1992), de Bakshi, ‘La momia’ (‘The Mummy’, 1999), de Sommers, ‘Sleepy Hollow’ (1999), de Burton, ‘El sexto sentido’ (‘The Sixth Sense’, 1999) y ‘El protegido’ (‘Unbreakeable’ 2000), ambas de Shyamalan, ‘Guardians of the Galaxy’ (2014), de Gunn, por nombrar algunas de las últimas décadas, y reconociendo que incluso en esas franquicias nombradas siempre hay un título que es realmente formidable, (‘El imperio contraataca’ en Star Wars, ‘Las dos Torres’ en El señor de los anillos, ‘Harry Potter y el prisionero de Azkabán’…).

Pero en el soporte en el que más y mejor se ha practicado este frágil género de hadas, dragones, guerreros, mundos alternativos, espadas láser, naves espaciales, monstruos escalofriantes, pesadillas interminables, infiernos ocultos, superhéroes, dimensiones paralelas y criaturas fantásticas de todo pelaje, es sin duda en la animación, que década tras década nos va dejando, en cinematografías europeas, asiáticas y americanas, títulos maravillosos que dan cuenta, quizá porque en la animación es un ámbito más eficaz para contener esa maleable sustancia. Y así podemos nombrar no pocos títulos de la Ghibli y de la factoría Pixar, los tres maravillosas largos en Stop-Motion de Henry Selick, los filmes de la casa Laika, las animaciones de Dreamworks o de muchos directores japoneses y europeos que hacen trabajos extraordinarios, todos ellos cumpliendo el ADN más básico de este género tan complejo:

–Los elementos de la historia que salen en la película no podrían darse, bajo ningún concepto, en la vida real, y no suelen aparecer en otros géneros, ni siquiera como especulación.

Al igual que pasaba con el Musical, en el que también teníamos un único elemento significativo, ese es el único condicionante para obtener un filme del género Fantástico. Y por supuesto luego podríamos hablar de tonos, estilos, títulos más canónicos y títulos menos canónicos, pero ese es el único, y es paradójico que el Musical y el Fantástico nunca o casi nunca hayan coincidido (salvo en el más famoso videoclip de todos los tiempos y poco más), quizá porque se repelen mutuamente, de la misma forma que les pasa a otros géneros, mientras que sí han aparecido Westerns Musicales, o Históricos Musicales.

Y es por todo esto por lo que el Fantástico es un cine tan diferente de la Sci-Fi, de la que hablaremos en el último texto de esta serie.

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CRÍTICA, LITERATURA

'El paciente', de Juan Gómez-Jurado, o cómo destruir la inteligencia del lector

Tengo que empezar esto diciendo que no es justo. No es justo para este muchacho que yo me ponga a leerle justo después de terminar ‘El cementerio marino’ de Paul Valery, y antes de comenzar con ‘Contra esto y aquello’ de Unamuno. Pero me mueve, una vez más, lo de siempre: el hecho de que no existe ninguna crítica (ni una sola, lo juro por lo que me queda de neuronas después de buscarlas por tierra mar y aire) sobre esta novelita, a lo que se suma el hecho de que, como estamos en plena epidemia global, este autor ha permitido, en un gesto de magnífico altruismo, que ‘El paciente’ se pueda descargar gratis, lo que me ayuda a (intentar) romper el maleficio de no haber podido leer una novela suya entera, principalmente por el hecho de que no pensaba pagar por ninguna de ellas…

Así que aquí estamos, y creo que un colega comentarista, que tiene su propia web, va a hacer lo mismo, de modo que pronto tendremos dos reseñas de esta novela, lo que va a resultar en un aumento, en la red y en los medios en general, del 200% en su número total.

Vayamos al asunto, y creo que me va a quedar un articulo bastante más corto del que dediqué a esa novelita ridícula de Arturo Pérez-Reverte, entre otras cosas porque no quiero perder demasiado tiempo ni hacérselo perder al lector, aunque sí el imprescindible para dejar lo más nítidos posibles mis argumentos sobre este tipo de sub-productos en particular (que por lo visto se venden casi tan bien como las novelas históricas y en general cualquier tipo de sub-literatura de la que algunos creen que les aporta algo en su vida, cuando harían mejor dedicando ese dinero a fines caritativos) y sobre el «estilo» de Gómez-Jurado (en adelante G-J, para abreviar), en particular.

Y debo decir que una vez más me ha sido imposible leerme la novela entera, o por lo menos detener la vista en las partes más enrevesadas, porque mi aguante y mi tiempo son cada vez más limitados, y porque la forma de representación de G-J, el modo en que presenta y arma su realidad novelística, la forma en que construye a sus personajes y en que va desarrollando su inverosímil argumento, hacen muy difícil que se pueda mantener la atención, pero he leído lo suficiente como para hacerme una idea general. Este hombre, G-J, que se tiene a sí mismo como un escritor de éxito (porque para gente como él cuantos más lectores tienes mejor novelista eres), como un artista total y casi como un erudito (oigan sus baladronadas y pedanterías en Todopoderosos y verán que no exagero absolutamente nada), no es novelista, del mismo modo que Alejandro Amenábar no es cineasta. Son otra cosa: los más listos de la clase.

Esta novela, ‘El paciente’, que habrá vendido miles o decenas de miles de copias, es un ejemplo perfecto de cómo no debe ser una novela y de cómo no escribirla. No se pueden escribir generalidades del tipo «todos los cirujanos del mundo beben», ni se pueden hacer comparaciones tan exageradas, tan burdas (“acompañados de uno de los silencios marca Robson, tan inasibles como el humo y tan sólidos como un muro de ladrillos”…“Tenía tantas ganas de seguir en su despacho como de que me metiesen astillas bajo las uñas”…) constantemente, además de frases grandilocuentes y nulamente narrativas en cada párrafo. En realidad, lo que G-J hace aquí es destilar todas las películas estadounidenses que ha devorado en las últimas dos décadas y plagar de clichés todo su inexistente y atroz estilo literario, si estilo se le puede llamar. Cualquier cinéfilo puede advertir imágenes de películas de Spielberg, Ridley Scott, de series de televisión…

Lo que este escritor pretende es contar una trepidante historia que podría haber sido perfectamente una de esos thrillers americanos llenos de supuesto suspense, y para unos ojos poco exigentes supongo que lo cumple. Una historia enmarcada en EEUU (cómo no), con personajes anglosajones que se expresan como si fueran de Madrid o de Toledo, en la que un prestigioso neurocirujano de un importante hospital privado, que no tiene nunca un duro (!), nos cuenta las últimas sesenta y tres horas antes de una operación que puede cambiarle la vida, al que le han secuestrado su hija para no dejar salir con vida del quirófano al presidente de EEUU (!!), todo orquestado por un malo de película que se parece a Ewan McGregor, que le vigila por llamadas o mensajes al móvil. Es decir, algo que hemos visto cien veces en cine pero que este señor no tiene el menor reparo en hacer pasar por una novela y en sentirse un importante escritor por ello.

Como en la, por cierto excelente, novela ‘El fugitivo’, de Stephen King, en la que el nombre de los capítulos es una cuenta atrás, se supone que este neurocirujano nos cuenta su versión de la historia desde la cárcel, pero ni siquiera eso lo hace G-J de forma honesta, porque continuamente rompe el punto de vista, y por tanto las reglas que él se ha marcado las incumple, entrando en el punto de vista de la cuñada y agente de FBI, cuyas vicisitudes él no puede saber, ¡e incluso en el del villano de la función, que él puede conocer todavía menos!, por la sencilla razón de que hace falta mucha habilidad, de la que G-J a todas luces carece, para contar una historia en primera persona y mantener la tensión y el estilo.

Pero más allá de todo eso, principalmente se impone en la lectura la irrevocable sensación de que el personaje protagonista es un imbécil redomado, un payaso soberbio, engreído, machista, clasista y desagradable, cuyo destino te importa muy poco. No posee el menor carisma porque los personajes, se quiera o no, son una extensión de la personalidad del autor, del mismo modo que la prosa, el estilo, es una extensión del intelecto del escritor, y en ambas cosas G-J se muestra como el niñato consentido y privilegiado que habla en sus programas de radio casi como si fuese un joven Stephen King, o un erudito como José Saramago. Él es el doctor Evans, en realidad, un hombre fatuo, vanidoso, impulsivo, de ideas infantiles, de reacciones muy poco creíbles, que a lo mejor el bueno de Rodrigo Cortés considera también una narrativa de primerísima división…

Por supuesto que un personaje protagonista no debe ser inmaculado. Eso ya está totalmente superado en la narrativa actual, pero sí debe tener carisma, sí debe ser interesante. Debe ser, en definitiva, un ser de carne y hueso con el que podamos empatizar, cuyo destino y azares nos conmuevan, nos muevan con. Pero como G-J no tiene carisma ni es un escritor interesante (salvo para aquellos que considerarían interesante, por ejemplo, a Kim Dotcom, o a Christopher Nolan, o a Julio Medem), es totalmente incapaz de crear un personaje verdadero, porque carece de imaginación para poder hacerlo, y destruye con ello de paso la imaginación y la inteligencia del lector. No sé si cabe aquí la idea de Tolstoi que afirmaba que en literatura no debe el escritor inventarse nada, que todo debe ser, o tender, a la verdad. No cabe porque demasiados escritores no saben lo que significa eso.

Gente como G-J o como Pérez-Reverte, Javier Sierra, Santiago Posteguillo, Antonio Muñoz Molina, Elvira Lindo, Javier Castillo, Joel Dicker, cuyo trabajo no sería tan dañino si no lo leyera tanta gente, si no tuviera tanto eco mediático, son el Covid19 de la literatura, con los espectadores además convencidos de que leen buenos libros, de que acceden a buena literatura, sin una crítica capaz de poner las cosas en su sitio. Este virus no mata a gente pero sí mata la creatividad y la buena salud de la novela, y sus efectos van a ser igualmente destructivos y duraderos.

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MÚSICA

El ‘Moon Safari’ de Air

Cuando pienso en algún disco o tema o artista sobre el que escribir, intento siempre que sea uno de esos trabajos que en alguna etapa de mi vida realmente me marcaron, por una razón o por otra, aunque no fuese una etapa especialmente feliz o productiva de mi vida, y aunque volver a escucharlos no me traiga buenos recuerdos. Imagino que para el ocasional lector de estas líneas, la experiencia será muy diferente, y si la escucha de este disco se hace continuada quizá marque a ese lector, y se vuelva importante para él, pero en un sentido muy distinto.

Aunque a veces olvido que del mismo modo que una música determinada no nos afecta a todos con la misma intensidad ni en el mismo momento, también sucede que no para todo el mundo la música es tan importante. Uno tiene a pensar que los demás son como uno mismo, o por lo menos parecido a uno mismo, y que al igual que la escucha de determinado disco o canción a algunos nos retrotrae a situaciones y ambientes y detalles vitales muy definidos, a otros les resbala bastante, o simplemente les trae algún recuerdo y poco más. Cada uno es como es. Pero yo escribo para los que la música sí es una parte importante de sus vidas.

En este caso, sobre el primer LP de estudio del dúo francés Air, titulado ‘Moon Safari’ y publicado por Virgin Records en 1998, y a estas alturas un verdadero clásico de la música electrónica más chill-out, que es como decir música electrónica más relajada, aunque los géneros y subgéneros de la música electrónica son tan laxos, resbaladizos y complejos (por mucho que los expertos digan lo contrario), que una vez más nos encontramos ante un disco de difícil definición, en el que caben sonoridades trip-hop, psicodélicas e incluso jazzísticas, pero también space-rock e incluso ambient, pues este dúo de músicos no asume un género como propio, sino que intenta crear su propio sonido empleando varios recursos genéricos para golpear al receptor de la forma más contundente posible.

Y en el disco que nos ocupa, aunque en posteriores años sacarían trabajos igual de notables, Air encuentra ya su sonido pese a debutar con él (aunque anteriormente publicaron el EP ‘Premiers Symptômes’), lo que es rasgo definitorio de su autoexigencia y su búsqueda formal, para componer los diez temas de este álbum, que son como un recorrido lírico, sensorial y hasta metafísico por todas las sonoridades posibles del chill-out europeo de finales de los noventa, que ellos pasan por su particular filtro creativo. Y aunque sin duda mi canción predilecta de este trabajo es el corte inicial, llamado ‘La femme d’argent’, pues es la que alberga más variaciones, la que propone más subidas y bajadas de intensidad, por muy sutiles que sean a veces, reconozco que todas las canciones me producen una sensación de bienestar difícil de describir y que tienen que ver con ese estado de sosiego y optimismo que sólo la música puede inocularnos al espíritu.

Quizá por eso en directo los ‘Air’ no sean muy interesantes. Porque son ideales para una charla a las cinco de la mañana, ya sea de fiesta o en la intimidad, y sobre todo para uno mismo, en un viaje interior y exterior, que tan bien puede venir en estos días de reclusión forzosa y desesperación latente.

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CINE, ENSAYO

Géneros cinematográficos: la Comedia

Vamos con unos de los géneros, o quizá el género cinematográfico, más resbaladizo, más difícil de definir y en cierto sentido más inabarcable de todos ellos, porque la comedia es algo más, en realidad bastante más, que un montón de chistes visuales o verbales, mucho más que una película en la que uno vaya a reírse a carcajadas sin parar desde el principio hasta el final. Y no solamente es un género con su codificación estricta, también es un tono (véase el cuadro de tonos que ya definí), pero vamos por partes que hay tela que cortar.

Y la tela comienza por Aristóteles, nada menos, con su imprescindible Poética, en la que ya empezaba a definir lo que era la Tragedia en oposición a otras formas narrativas (como la Comedia, un concepto muy diferente en esos tiempos de lo que significa hoy), y calificaba al humor, a la sátira, como un arte de segunda, incluso «de baja estofa». Varios siglos después, con si ‘Divina Comedia’, que en realidad se llamaba ‘Commedia’ a secas (fue Boccaccio el que empezó a referirse a ella como ‘Divina’ y así se quedó por los siglos de los siglos), Dante Alighieri iniciaba el Renacimiento, y en él se redefinía todo, incluso el género de la Comedia, que ya era tomado como una forma de arte mayor, capaz de expresar y de llegar a sitios que para otros géneros está vedado.

Hablo de todo esto porque los géneros cinematográficos, la mayoría, provienen de una tradición literaria, y la Comedia no es una excepción. Pero también es un tono narrativo, que puede ser luminoso (comedia a secas, costumbrista, o satírica, o paródica) y oscuro (comedia negra). Y de esta forma tenemos un Noir como ‘Fargo’, de los Coen, que en su tonalidad es una comedia negra de manual. Y lo mismo pasa con ‘Pulp Fiction’, por citar títulos que todo el mundo conozca, pero por otra parte tenemos comedias luminosas que en realidad son del género Fantástico como ‘Golpe en la pequeña China’, de Carpenter, o del género Musical como ‘Cantando bajo la lluvia’ de Stanley Donen, o dramas judiciales como ‘La costilla de Adán’, de Cukor, o dramas como ‘Mejor…imposible’ de Brooks, e incluso películas de aventuras en tono de comedia luminosa como ‘La princesa prometida’, de Reiner.

De modo que quizá sería bueno distinguir entre el género Comedia y el tono Comedia. El género Comedia sería el contenido y el punto de vista en este caso, y el tono Comedia sería la forma, la técnica de representación. Espero se me entienda. ‘Golfus de Roma’, por ejemplo, es un drama histórico y un musical, pero su tono es de Comedia. El género comedia, para entendernos, sería cualquier tipo de narración lúdica, de costumbres, muchas veces ligera o desenfadada, como con ‘Belle Epoque’, de Fernando Trueba, en la que te ríes rara vez. Pero el tono comedia sería una forma de narrar muy determinada, con un montaje, un tempo, y un ritmo (no confundir ninguna de las tres cosas) más intensos, más rápidos y más dinámicos que en el drama o la tragedia.

Cuando en una revista o en un blog el articulista de turno habla sobre comedias, siempre se refiere a películas que te hacen reír, a historias desternillantes, delirantes, desmadradas. Y como yo estoy demostrando, eso no es verdad. Esas son del tono comedia, y de un tono además muy específico: la sátira o la parodia. Esas comedias, por lo general, pasan de moda muy rápidamente, porque el humor es algo muy epocal, que a la siguiente generación ya no hace tanta gracia, si es que hace alguna. La Comedia es algo más general, y se refiere a un punto de vista, a una forma de entender el arte narrativo, por lo que Hitchcock no se equivocaba al referirse a ‘Psycho’ como una comedia. Digamos que el Drama o la Tragedia nos hacen sentir mal con nosotros mismos, y la Comedia nos hace sentir algo mejor, nos libera de lo que no nos gusta de nuestro interior.

Pero si queremos definir cómo hacer un chiste visual y/o verbal, la serie ‘Futurama’ o ‘Los Simpson’ dan buena fe de ello (la segunda cuando no era una parodia de sí misma), y las películas de Edgar Wright también. La comedia visual, más netamente cinematográfica, suelta un chiste verbal o visual, una gracia, y enseguida viene el corte de montaje. Fíjese el lector en cualquier burrada o majadería que suelte Homer: enseguida hay un corte de montaje, y es eso lo que nos hace gracia. El famoso chiste visual de Jack Burton, en ‘Golpe en la pequeña China’, en el que dispara al techo y da un grito de guerra para empezar el combate, y como consecuencia le caen cascotes a la cabeza y le dejan inconsciente, nos hace gracia porque el montaje es rápido, a corte directo, y enseguida le dejamos ahí tirado. En caso contrario no nos haría tanta gracia.

Pero definamos ya el ADN tanto del género Comedia, como del tono Comedia/Parodia/Sátira y la Comedia Negra:

–Es un género lúdico, sobre costumbres, sobre la sociedad y sobre el ser humano en particular, y generalmente luminoso.

–Habla sobre personajes muchas veces patéticos, o bobos, o inútiles, y sobre sus desventuras personales, ejerciendo una catarsis personal que nos ayuda a reírnos de nosotros mismos.

–En comedia negra, se basa en el maltrato al personaje, es decir en coger un carácter anodino y hacerle pasar por toda clase de desgracias.

–Su tempo es veloz, cuando es tono narrativo, tanto en el chiste verbal como en el visual.

–Nos hace reír a veces, pero sobre todo es una reflexión sana sobre la condición humana.

–En la parodia, y sobre todo en la sátira, el objetivo es reírse de todo convencionalismo social, e incluso del mismo cine, y a veces de los códigos de otros géneros, para poner en solfa cualquier idea preconcebida.

Claro, haría falta escribir un artículo específico sobre parodia, sátira y comedia negra, para adentrarnos un poco más en cada uno de estos tonos, pero eso ya sería alargar mucho todo esto. Lo más importante para mí en este artículo es desgranar el ADN de la Comedia, y demostrar que es mucho más que una serie de personajes haciendo el bobo delante de una pantalla.

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CINE

El montaje narrativo de ‘Las dos torres’

No es la famosa, exitosa y multipremiada adaptación de ‘El señor de los anillos’ santo de mi devoción, como no es santo de mi devoción el propio Peter Jackson, responsable principal de la trilogía, un director que en los años noventa era un prometedor director del Fantástico, pero que luego demostró que no era más que otro mercenario vendido al cine comercial. La primera película, ‘La comunidad del anillo’, le quedó bastante decente, trepidante y atractiva. La tercera y última, ‘El retorno del rey’, le quedó bastante amorfa, excesiva y mal dirigida. Pero la segunda, ‘Las dos torres’, le quedó particularmente bien. Muy fina, muy equilibrada y muy sólida. Un filme magnífico, sobre todo en sus primeros 45 min, sobre todo por su construcción, su montaje interior, del que me propongo hablar en las próximas líneas.

Creo que le puse cuatro estrellas en el Archivo de Mini Críticas. Me gusta hasta su fotografía. Creo que tiene imágenes de fantasía portentosas, y bastantes de ellas. La iconografía funciona, la música es perfecta, la atmósfera es la mejor de las tres películas, la batalla final es impresionante. Tiene sus defectos, claro. Elijah Wood está pasadísimo, no veo al Frodo ni al Sam de la novela, es muy soberbia y autocomplaciente, es algo sensiblera y maniquea, la dirección de actores es muy mecánica en ocasiones. Pero me da igual, porque el acabado, el montaje, es extraordinario. En cine el montaje es algo así como el entintado en el cómic. No sé si el lector de estas líneas lo sabe: el dibujo a lápiz es algo importante, es la base, pero el entintado final es la clave, y cambia muchas veces por completo el dibujo a lápiz. A veces son dos artistas diferentes, a veces la tinta termina por elevar el material, otras lo arruina o lo empobrece. En cine es igual. El montaje no solamente es pegar planos y armar la película de modo lógico. Es construirla. Es definirla. Es reescribirla también.

En esta ocasión se encarga del montaje Michael Horton, un editor que no ha hecho nada de gran envergadura, pero que se nota que es un tipo que sabe muy bien lo que hace en esta ocasión, pues firma un corte muy elaborado, con muchos aspectos interesantes en esos primeros 45 minutos aludidos anteriormente. Ojalá hubieran contado con él para ese desbarajuste absoluto de ‘El retorno del rey’…

Escalofrío, épica, hechicería

El montaje es corte, es estilo. Es decidir, es descartar. Pero también es construir. Con el montaje se puede contar una historia de una forma más interesante que presentando simplemente los hechos en sentido lineal. Y es precisamente lo que hace ‘Las dos torres’. Comenzamos con una imagen de las montañas nevadas, y con un regreso al momento en que los personajes (y los espectadores) creyeron que era el final de Gandalf. Pero no es así: Gandalf cae y en su caída se enfrenta al Balrog. Caen y caen por cientos de metros al corazón de la montaña, y cuando van a estrellarse contra un lago interior, la imagen explota y pasamos a corte a Frodo, que se despierta. Todo ha sido un sueño, ¿o no?

Este comienzo no es casual, y va a enganchar, va a conectar con una estrategia posterior. Pero de momento estamos con Frodo y Sam, en su viaje a Mordor, y obtenemos el largo capítulo de su encuentro con Gollum, su lucha con él y finalmente con la persuasión de Frodo para que la criatura les lleve hasta las puestas de Mordor. Si el espectador/lector de estas líneas se fija, la imagen de los riscos de la montaña conecta a corte de montaje con otros riscos, por los que pasa la compañía de Uruk-Hai creados por Saruman para conseguir el anillo para sí mismo, que cargan consigo a Merry y Pippin. Bien, tenemos varias líneas narrativas:

  1. Frodo y Sam, yendo a Mordor.
  2. Merry y Pippin, siendo cargados por los orcos camino de Isengard.
  3. Aragorn, Legolas y Gimli, persiguiendo a esos orcos para salvar a Merry y Pippin.
  4. Éomer, soldado rohirrim, regresando tras una escaramuza a Edoras, donde el rey de Rohan, manipulado por Saruman y Grima, le expulsa de allí.
  5. (oculto) La transformación de Gandalf el Gris en Gandalf el Blanco, tras vencer al Balrog.
  6. (interludios) muy breves, de Saruman.

Bien, en la novela de Tolkien todo esto se soluciona de una manera bastante poco ortodoxa, pues el novelista divide las acciones en los libros, algo que pocos escritores harían, de tal modo que el libro 4 (segundo de ‘Las dos torres’) está dedicado exclusivamente a Frodo y Sam, mientras que el libro 3 contaba toda la historia de Aragorn, Gimli, Legolas, Saruman, Gandalf… Esto sencillamente no era posible hacerlo así en la película. Se imponía un montaje en paralelo con diversas acciones, pero ahora veamos de qué manera tan brillante lo hace Michael Horton, a quien habría que atribuir gran parte del mérito de la altura de esta película:

Nos habíamos quedado con 1 (Frodo y Sam), y el elegante corte a 2 (Merry y Pippin). Una vez en 2 (orcos llevándose secuestrados a Merry y Pippin), se va alternando de un modo muy emocionante con 3 (Aragorn, Legolas y Gimli siguiendo a los orcos para liberar a sus amigos), con música enfática y épica que lo conecta todo. 1 es siempre el segmento más largo (de hecho, son los segmentos más largos hasta el final de la película), y 2 y 3 los más cortos, alternándose para dar al espectador la sensación de huida y persecución. Cuando Aragorn se da cuenta de que los orcos van directos a Isengard, a Saruman, vamos directos a corte con el personaje interpretado por Christopher Lee (6), un breve interludio que sirve para entender cómo afecta la deforestación del bosque al despertar de los ents, y también para enganchar de manera natural con los ataques de los orcos de Saruman a los pueblos de Rohan, lo que nos lleva directamente a Éomer (4).

Éomer, por supuesto, no sabe que el rey de Edoras está controlado por Saruman. Le expulsan de allí en cuanto descubre la traición de Grima. Y regresamos (con un corte algo brusco esta vez), al juego de huida y persecución de 2 y 3. Esto concluye cuando nos quedamos en 2 porque los orcos, al llegar la noche, descansan cerca del bosque de Fangorn. Tiene lugar una pelea, Merry y Pippin intentan huir, llegan los rohirrim capitaneados por el expulsado Eomer (4), y los masacran a todos, y nos quedamos con la imagen del caballo a punto de pisotear a Pippin. Corte a 3, Legolas advirtiendo que algo ha pasado durante la noche. Se encuentran con 4, con Éomer y sus hombres a caballo, que primero les son hostiles y luego les dejan marchar, advirtiéndoles que no dejaron a nadie con vida del grupo de los orcos. En efecto, el trío perseguidor llega hasta lo que queda de los orcos, creyendo muertos también a Merry y Pippin, pero enseguida Aragorn se da cuenta de que no, de que los hobbits consiguieron escapar a Fangorn.

¿Cómo ha armado todo esto Peter Jackson con ayuda de Michael Horton? Tanto 2, como 3 y 4, son líneas argumentales que serían algo así como flechas en movimiento, un movimiento que al final va a cruzarse o a detenerse. 2 y 3 van en una dirección, 4 se cruza primero con 2 y los orcos quedan destruidos, y luego con 3 y les explica lo sucedido, de tal modo que por fin 3 alcanza a los orcos, muertos. Aragorn deduce lo que ha sucedido en el combate nocturno, con un hábil montaje de flash-backs a modo de insertos, y al llegar a Fangorn la acción se retrotrae al pasado, a lo que pasó por la noche, con los hobbits encontrando a Bárbol, y Bárbol dejándoles a los pies del «mago blanco», que podemos suponer que es Saruman.

Tenemos un nuevo corte, algo brusco, a 1, a Frodo y Sam con Gollum, que atraviesan las extensas ciénagas y por la noche están a punto de ser descubiertos por un espectro del anillo, y regresamos a 3 (Aragorn, Legolas…), entrando en Fangorn tras los pasos de 2 (Merry y Pippin), y encontrándose también con el mago blanco, que no es Saruman, sino Gandalf, quien les cuenta su batalla contra el balrog (en la novela lucha con esa criatura durante nueve días antes de vencerla…), que conecta con la primera secuencia de la película, la de Gandalf cayendo con el balrog por el abismo. Y así obtenemos un relato circular que se cierra a lo 43 min, aproximadamente, y que como puede el lector constatar con este breve resumen, está muy brillantemente armado.

El resto de la película no es tan brillante, me temo, aunque está muy por encima de la otras dos películas. Pero todo esto podrían haberlo contado de un modo mucho más convencional, ordenándolo de forma lineal, sin cuidar tanto los detalles que enganchan, de manera orgánica, un segmento con otro. Detalles como esos dan cuenta de lo cuidado y de lo pensado que está todo en este bloque de casi tres cuartos de hora, y es un buen ejemplo de montaje narrativo, de una búsqueda de representación y expresividad que moldea espacio y tiempo para crear una narración interesante.

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