La silla de Glenn Gould

Continúo con mi intención de escribir un artículo sobre un disco concreto cada semana, y hoy voy a hablar del que está considerado el mejor pianista del siglo XX, y el más completo desde Busoni: el canadiense Glenn Gould, quien podría ser uno de los músicos en particular, y de los artistas en general, de la pasada centuria, más extraños, herméticos y a su manera míticos, pues todo en su vida, en su personalidad y en su trabajo desprende ese aura reservada a las leyendas.

Niño prodigio, ya se sabía desde que tenía pocos años de edad que iba a convertirse en un portentoso pianista. Y también se sabía que no iba a ser como los demás grandes pianistas de su época, pues él rechaba todo el boato y toda la pose de cara a la galería y lo único que le importaba era la música, y ser el mejor ejecutante posible. Y no le importaba declarar que en la música el público sobraba, incluso en un concierto, pues los aplausos rompían el clima de recogimiento que se lograba con la ejecución de la pieza. Era, por tanto, uno de esos artistas que trabajaban para perfeccionar la técnica y el arte, no para ganar dinero. Y aún así fue muy muy famoso, casi una estrella del rock de la música clásica, o música culta por mejor decir.

Y su aversión al público no era, ni mucho menos, la única de sus rarezas, pues tenía costumbre de ir muy abrigado (con abrigo, bufanda y guantes) incluso en verano, daba de lado interacciones sociales básicas y vivía casi recluido, lo que para muchos era signo de un leve síndrome de asperger. De pequeño sufrió un accidente, por lo que su médico le aconsejó sentarse en una silla especial, mucho más pequeña que las normales, que él se llevaba a los conciertos, por lo que su cara quedaba casi a la altura del teclado, y adoptaba esa posición tan característica en él y tan poco canónica, que a otros grandes pianistas les resultaba ridícula. Puede verse en su grabación en directo para su segunda versión de ‘Las variaciones Goldberg’:

Especialista en Bach, William Byrd, Hindemith y Schönberg, su repertorio es inmenso, y resultaría muy difícil elegir un disco para que el lector que no le conozca y esté interesado pueda introducirse en su impecable y virtuoso estilo. Ni siquiera las celebérrimas ‘Variaciones Goldberg’, que son una obra maestra en sí misma, porque corre uno el riesgo de quedarse en ellas para siempre y no profundiar más.

Pero por suerte existe un disco disponible en Spotify que no sólo recoge los primeros movimientos de las Variaciones, sino que es un compendio bastante completo (aunque también arbitrario e irregular, como no podía ser de otra manera), con sus defectos pero que también da una idea general de la capacidad de este gran artista para adaptarse a interpretaciones de muy diverso pelaje tonal, y de colores expresivos casi dispares. Es el titulado ’50 Masterworks’, editado por Sony en 2016, y en el hay casi de todo: de Bach a Beethoven, De Brahms a Strauss, y de Haydn a Mozart.

Yo destacaría, de este extenso disco que podría haber sido más extenso y no habría pasado nada, el Allegretto de Beethoven, perteneciente a la Sonata para piano número 17, en el corte 45, en la que Gould parece tocar 4 pianos a la vez de lo eléctrico y vibrante de su ejecución; el Preludio y Fuga nº 6 en Re Menor de ‘El clave bien temperado’, que es el corte 24 del disco, que da idea de la perfección técnica, de la rapidez de los dedos y de la exigencia de este artista; y el delicado Intermezzo nº 2 en La Mayor, andante teneramente, de las Seis piezas para Piano de Brahms, corte 41, que es un prodigio de romanticismo, de tempo sostenido y de fragilidad conceptual.

Pero supongo que al escucharlo cada uno elegiremos lo que más nos conmueve, así que aquí dejo el disco, para que puedan escucharlo:

2 comentarios en “La silla de Glenn Gould

  1. Qué gran genio fue Glenn Gould… no sé cuántos cientos de veces habré escuchado las ‘Variaciones Goldberg’ (la versión del 81) y el ‘Clave bien temperado’. Cuando tocaba Bach, parece que tuviese una especie de conexión espiritual con él.

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