LITERATURA

AGONÍA, del griego ἀγών (agón – Lucha)

Ante ciertas cosas uno se siente impotente. Por ejemplo, ante el hecho de que, aunque cada vez me lee más gente, lo cierto es que quisiera llegar a mucha más, pero somos demasiados los que dejamos negro sobre blanco en este proceloso mundo, y no es fácil que tus trabajos trasciendan, sobre todo cuando a la gente no le interesa leer: lo que le interesa son las noticias impactantes, los videos virales, las fotos atractivas o vistosas, las polémicas, los bulos. Supongo que si eliges intentar abrir horizontes intelectuales a tus lectores, lo tienes bastante complicado, y la cosa va granito a granito. Pero la razón de que cada mañana, o cada dos, me siente aquí a teclear es porque sé que tengo cosas que decir, y ante todo, conozco la forma de transmitirlas.

También me siento impotente metido en casa todo el día, pero creo que en este mundo interconectado de hoy, el que se aburre es porque quiere. Yo tengo demasiado trabajo, demasiadas cosas que leer, demasiadas que escribir, como para permitirme el lujo de aburrirme. Y lo mismo pasa con la gente que tiene niños pequeños, a los que se les dice qué tienen que hacer para distraerles. Yo, personalmente, cuando era niño, no necesitaba en ningún momento que mis padres me divirtiesen ni me distrajesen, porque tenía demasiada imaginación, y lo que no quería era que me molestasen. Pero eso es tema de otro artículo, y me estoy yendo por las ramas.

AGONÍA, del griego ἀγών (agón – Lucha)… Es posible que haya algunos que hayan entrado en este artículo pensando que me voy a poner catastrofista o apocalíptico, o que voy a hablar de la agonía de miles de personas en el mundo, debido a esta extraña pandemia global que nos azota. Pues no. Este título tan contundente viene a raíz de un vídeo que el otro día, a través de los comentarios de algún artículo, me pasó un amable lector, en el que Rodrigo Cortés, un hombre de gran cultura al que respeto lo suficiente, se marcaba la inadecuada paradoja (es decir, la «boutade») de afirmar que ‘Cicatriz’, de Juan Gómez-Jurado, era narrativa de primerísima división, por la dudosa y problemática razón (seguro que dijo muchas más, pero el vídeo era un resumen) de que se lee de un tirón, te engancha y no lo dejas hasta la noche.

Más allá de opiniones o de gustos particulares de cada cual, más allá del hecho de que por alguna enigmática y apasionante razón Rodrigo Cortés y Juan Gómez-Jurado son íntimos amigos, yo quiero ahora hablar de Agonía, es decir de lucha, de lo que en la Antigua Grecia se llamaba el Agón, la competición tanto física como intelectual con la que se establecía una necesaria y armónica jerarquía.

Rodrigo Cortés sabe perfectamente, siento ser así de categórico, que ‘Cicatriz’ no es narrativa de primerísima división. Lo sabe tan bien como Arturo Pérez-Reverte sabe que lo suyo es farfolla literaria, y el mismo Juan Gómez-Jurado sabe que es un escritor pésimo, si escritor se le puede llamar. Lo saben, los tres, cada uno lo suyo, créanme. Lo saben, pero no pueden permitirse el lujo de saberlo, bien por razones de amistad, bien por compasión hacia sí mismos o hacia los demás, bien por cierto estilo de vida, o por mantener el status-quo, o por vivir de las apariencias. Pero lo saben perfectamente.

Recuerdo mi ‘Todopoderosos’ preferido, el dedicado a Harry Potter, en el que Cortés, un hombre muy leído, muy culto, con un bagaje intelectual muy por encima de la media, establecía sus razones, ponderadas y razonadas, por las que cuestionaba la altura literaria de la obra de J.K. Rowling, y era capaz, al mismo tiempo, de nombrar algunas virtudes puntuales de su prosa. Y si la Rowling, que en cierto sentido es una madre estética de Gómez-Jurado, le parecía todo eso, ¿cómo es posible que ‘Cicatriz’ le parezca «narrativa de primerísima división»? ¿Es que está de broma, o es un cínico? Desde luego, no parecía un cínico, pero quizá lo sea. Yo no lo sé.

Cuando una obra aparece en el mundo, ya sea un libro, un volumen de poesía, una pieza de teatro, una película, un cortometraje, una serie o incluso un videojuego, automáticamente se la lanza a relacionarse con otras obras similares, del mismo soporte, de su misma época. Esto es inevitable, y en cierto modo necesario. Ningún artista vive en un vacío, y sus obras tampoco. Y en cuanto se relacionan unas con otras comienza ese Agón, esa lucha, estética, por establecer cuál está por encima y cuál por debajo, porque en caso contrario todo valdría lo mismo, en ese caso te aportaría lo mismo una pieza de Bach que una canción de Justin Bieber, y yo creo que es lo que quieren algunos buenrollistas, algunos hipócritas y algunos fatuos, anhelantes de un mundo igualitario, sin aristas, sin imperfecciones, sin escalas estéticas, en el que todo mundo valga lo mismo, y sepa lo mismo, y represente lo mismo. Pero no es así. Todos tenemos los mismos derechos, pero por suerte o por desgracia, no todos valemos lo mismo para lo mismo, y no todas las obras se pueden meter en el mismo saco.

Y si establecemos que no todo vale lo mismo, del mismo modo que jamás nuestra estrella, el Sol, será tan grande como Betelgeuse, podemos volver con un poco más de confianza a la terrible frase de Cortés: «es narrativa de primerísima división». No de primera, sino de primerísima. Es decir, lo mejor de lo mejor. Y si así es, si en verdad ‘Cicatriz’, esa memez de novela digna de un adolescente semianalfabeto, está entre lo más grande de su clase, se la puede situar en la misma estantería que Patricia Highsmith, por ejemplo, ¿no? Son novelas de suspense, de intriga, de asesinatos e investigaciones policiales, las de G-J. Es decir, como las de la Highsmith: la saga de Ripley, ‘El grito de la lechuza’, o ‘Las dos caras de enero’, o ‘La celda de cristal’. Porque supongo, supondrá el lector de estas líneas, que G-J es capaz de transmitir la desazón, la corrupción moral, la ambigüedad y la ambivalencia psicológica, de la novelista estadounidense, ¿no?

Pues no. No está a la altura de la Highsmith, o de otras y otros novelistas de su clase, que sí es primerísima división narrativa, y que no se puede leer de un tirón, en una sola noche, si se quieren advertir y disfrutar los claroscuros morales de sus historias. De modo que ni G-J está en primerísima división, ni la narrativa de primerísima división te engancha como una droga. Lo que te engancha como una droga son los best-sellers, diseñados y ejecutados para que el lector ni piense ni se cuestiones, sino que se deje arrastrar por una historia trepidante y fácil, de estilo inexistente o casi siempre atroz, con el que despeñarse unas cuantas horas por mundos inverosímiles de cartón piedra narrativo. Y G-J está en la primerísima división de eso. Es más, es el niño bonito de esa división, como algunos otros, pocos, colegas suyos. Como Amenábar en el cine español. Gente muy lista, muy astuta, que le da al público lo que quiere, que no exige nada de sus lectores, y a la que el cine, la literatura y la narrativa, en general, les importa una mierda. Lo único que les importa es el dinero y la fama. Si realmente les importase se quitarían de en medio y permitirían a otros más aptos e interesantes ocupar su lugar.

Sigo respetando a Cortés, pese a su a veces temerarias y comprometidas declaraciones sobre ciertos amigos, y pese a que sus dos últimas películas no son buenas películas (es más, la última, ‘Blackwood’, es una pésima película sin pies ni cabeza). Y sigo pensando en lo impotente que resulta todo, y que se aburre el que quiere. Y que la verdadera agonía es escuchar, o leer, la infinidad de bobadas que se dicen por la televisión o en los medios escritos o en las redes sociales.

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CINE, ENSAYO

Géneros cinematográficos: el Histórico

El cine histórico, que es uno de los ocho géneros canónicos, podría ser fácilmente considerado como un «no género», o como un simple marco para el lienzo que luego podría ser el cine Bélico, o el Western o incluso el Noir. Pero en mi opinión es un género tan codificado como los otros siete, con reglas muy estrictas que lo definen como tal, y que aunque como muchos otros puede existir en una combinación con otro u otros géneros canónicos, posee la suficiente entidad y nitidez, y creo que si los autores que se adentran en sus códigos lo hiciesen con más honestidad de la que habitualmente lo hacen, sería un género mucho más rico y apasionante, pues posee muchas posibilidades.

Lo cierto es que es un género bastante resbaladizo. Por una parte es el más solemne de todos. Pero lo es sólo en teoría, porque también puede albergar comedia o incluso comedia negra. Por otra parte es ese tipo de cine prestigioso (y por tanto bastante comercial) que el gran público gusta de ver por tratar, muy a menudo, grandes temas humanos, grandes hechos del pasado, que son del interés común y que invitan a los cineastas a una narrativa de gran escenografía, o a una épica o a una grandeza visual tan afín a este tipo de cine. Pero, por otra parte, suele ser un tipo de cine bastante tendencioso y manipulador, y capaz de caer en el ridículo con facilidad, pues ¿cómo sabemos nosotros cómo se relacionaban, cómo hablaban, cómo se comportaban, en la Grecia Antigua o en la Antigua Roma? Por todo ello, además, es un tipo de película cuyas imágenes pueden pasar rápidamente de moda, y dejar de ser atractivas a los cinco o diez años. Por todo esto no es un género fácil de hacer ni de analizar.

En cierto sentido (en realidad, en muchos sentidos), el cine Histórico sería el opuesto temático, tonal, a la Sci-Fi, pues si el segundo es un género que habla de lo que podría pasar en un futuro, de lo que tememos que pueda llegar a pasar, el género Histórico es un cine que nos habla de lo que pudo haber pasado, de lo que nos lamentamos, o nos congratulamos, de que hayan tenido lugar. Y por supuesto, en su seno caben las especulaciones, del mismo modo que en la Sci-Fi caben las especulaciones. Es más, son muy bienvenidas, pues sin ellas la imaginación de los autores se vería muy constreñida. ¿Pudo realmente Espartaco concitar tantos enemigos en el campo de batalla, algo históricamente improbable? ¿Fue la traición de los fenicios la verdadera causa del exterminio de su ejército? ¿Estaba al corriente Hitler, o no lo estaba, del desembarco en Normandía, y por tanto la historia de que no querían despertarle es una falacia? ¿Pudo ocultarle realmente, su estado mayor, ya todos metidos en el búnker final, la situación de las defensas de Berlín?

Eso es lo interesante de este género, que también podría ser considerado lo opuesto a la comedia, al menos casi siempre y cuando no existe nada de sátira ni cinismo en su argumento, pues la comedia es el género «rápido», dinámico por excelencia, mientras que el cine Histórico (llamado tantas veces «drama» de forma un tanto equívoca) es un género de tempo más reposado, muchas veces, más solemne. Pero incluso cuando se acerca a los ritmos de una comedia de costumbres, el cine Histórico tiene como objetivo establecer una mirada crítica sobre la historia, una historia dentro de la Historia, y un tratamiento de la Historia que no se deje engullir por el argumento que se intenta contar. Espero se me entienda. El cine histórico es arqueología, arquelogía narrativa, que muchas veces se vuelve vetusta, pero que puede ser, que debe ser, también vibrante, capaz de hacernos viajar a un pasado de varias décadas, o varios siglos atrás, y de establecer poéticas y hasta líricas conexiones con el presente, y hasta con el futuro.

Por tanto, y para no alargar demasiado esta entrada, podríamos decir que el ADN de este género se compone de los siguientes mimbres:

–Un viaje al pasado, reciente o remoto, que narra, muchas veces especulando, unos hechos históricamente probados.

–En ese viaje los cineastas establecerán una visión crítica (no aventurera) de los hechos narrados.

–Los personajes serán por tanto personajes verídicos, o mezcla de varios personajes verídicos.

–El componente histórico será algo más que un marco para un lienzo de aventuras, de Western, o de Noir. Será un cine en el que se hable de historia, principalmente. En cierto modo será un cine sociopolítico.

Mientras escribo estas líneas tengo puesta en la tele la magnífica película de Steven Spielberg ‘Lincoln’ (2012), que es un ejemplo canónico de cine histórico. Especula sobre unos hechos pasados, está contada a través de personajes históricos que existieron tal como se nos cuenta, habla sobre un momento histórico probado e importante (la aprobación de la 13ª Enmienda, que abolió definitivamente la esclavitud), y no es aventurera ni una comedia de costumbres. Es cine Histórico de manual.

Ya sólo me quedan 3 géneros canónicos, y la verdad es que estoy aprendiendo bastante. Y espero que el inopinado lector de estas líneas también.

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TELEVISIÓN

Mi ranking de series de televisión

En realidad no es mi ranking, pero al menos es un compendio de las series más importantes que he visto, un breve resumen y un comentario sobre algunas de ellas. Porque, además, es muy difícil hacer una lista o un artículo de opinión serio, dada la gran cantidad de series existentes y el escaso tiempo para verlas todas, sobre todo cuando se trata de títulos de varios años y casi cien capítulos de duración. No se puede ver todo en cine, leer todo lo posible, escuchar música a todas horas y además ser un experto en series. La vida no da para todo.

Pero aún sin haberlo visto todo (algo imposible, dadas las circunstancias) voy a arriesgarme a escribir lo que pienso, en términos de ranking, de importancia, de influencia y de grandeza.

Las dos mejores series de todos los tiempos son ‘The Sopranos’ (1999-2006), creada por David Chase, y ‘The Wire’ (2002-2008), creada por David Simon. Si tuviera que elegir entre las dos, me quedaría con la primera, aunque no es una decisión fácil, porque la serie de Simon es extraordinaria desde el principio hasta el final, y el collage de rostros, actores y personajes más prodigioso que jamás se ha visto en una pantalla. Pero supongo que hay que elegir, y no he visto nada más terrible ni definitivo que la tragedia íntima de Tony Soprano, por mucho que por ejemplo en Jot Down digan que la muerte de Nancy Marchand truncó la serie y le impidió acercarse a la perfección. No solo creo que no es así, sino que de alguna forma la hizo crecer más allá de sus límites iniciales.

Ambas obras maestras no habrían podido existir sin la creación, más de una década antes, de la serie más influyente de la historia: ‘Twin Peaks’ (1990-1991, 2017), creada por David Lynch y Mark Frost, y que es puro Lynch desde el primer fotograma hasta el último. Otras series como ‘X-Files’ (1993-2002, 2016-2018), creada por Chris Carter, me parecen mucho más convencionales, en todos los sentidos, y hasta pueriles, teniendo en cuenta la enorme influencia, la perfección formal, la exigencia narrativa de Lynch y su equipo.

Pero si se quiere hablar de series (la mayoría americanas, me temo), es imposible no establecer un ranking entre sus géneros o estilos. Y en el estilo o género sitcom (abreviatura que en inglés se refiere a situational comedy, y que vendría significar comedia de enredo…más o menos), y que engloba todas esas comedias algo teatrales, muchas veces con público, la mayoría en platós cerrados, con pocos tiros de cámara (posiciones de plano) dramáticos, y con risas enlatadas, creo que la insuperable es ‘The Big Bang Theory’ (2007-2019), creada por Cuck Lorre y Bill Prady, para mi gusto muy superior a otras como ‘Friends’ (1994-2004) o incluso la maravillosa ‘Frasier’ (1993-2004), por la sencilla razón de que tiene mucho más ingenio en sus guiones y en sus personajes, llegando a albergar algunos de los mejores diálogos de los últimos tiempos en una ficción de comedia. Y solamente en sus tres o cuatro temporadas finales tuvo un bajón de inspiración o de imaginación en sus guiones. De modo que creo que reina por encima de casi cualquier otra.

Por otro lado, tendríamos no pocas series que podríamos calificar de westerns, o «survivals», que más perezosamente podrían ser calificadas como series de aventuras, tales como ‘Lost’ (2004-2010), o ‘The 100’ (2014-), de fantasía, sci-fi o terror. Pero la más redonda de todas ellas, pese a sus no pocos detractores, es ‘The Walking Dead’ (2010-), bajo mi punto de vista, pues ninguna otra reúne tales calidades y fortalezas en un tan delicado equilibrio de historia, personajes, realización y profundidad emocional.

En cuanto a las series más épicas, ya sean de fantasía o históricas, creo que sería la clase de ficciones televisivas más difícil de decidir una reina absoluta, pues aunque ‘Juego de tronos’ (2011-2019) es realmente imponente y magnífica, otras como ‘Vikings’ (2013-), con mucho menos presupuesto y mucha menos publicidad, no le va a la zaga en cuanto a creación de personajes y tramas, y en cuanto a grandeza narrativa, entendiendo grandeza narrativa como la capacidad de levantar un mundo propio, de hablar de temas universales, de hacer vivir a una serie de personajes absolutamente nítidos, y hacerlo partiendo de la verdad de aquello que se está contando, sin trucos ni tendenciosidad, sin soberbia ni impostada grandilocuencia. Por esas razones, y por algunas más, quizá ‘Vikings’ sea todavía mejor serie que ‘Game of Thrones’, pareciéndome la segunda realmente magnífica.

Pero eso sucede con no pocas series importantes. Cuando una creación nace, ya sea una serie, una película, un libro…cuando aparece en el mundo, automáticamente convive y se relaciona con otras creaciones anteriores, lo que es un modo muy elegante de decir que compite con ellas por un lugar no solamente en el imaginario popular o en beneficios o en éxito, sino en grandeza estética. Por eso, cuando por ejemplo aparece ‘Breaking Bad’ (2008-2013), de Vince Gilligan, o surge ‘Mad Men’ (2007-2015), de Matthew Weiner, es imposible no certificarlas como grandes series, como magníficas ficciones, pero inevitablemente por debajo de otras enormes, que logran eclipsarlas por muy magníficas que sean, y ninguna de las dos puede competir, ni siquiera acercarse, a ‘The Sopranos’. En mi opinión están varios peldaños por debajo, por mucho que Weiner fuera uno de los socios de David Chase en ‘The Sopranos’, o pese al enorme influjo y carisma de la serie protagonizada por Bryan Cranston.

La razón de que resulte tan complicado superar a ‘Los Soprano’ es que la serie de David Chase, a lo largo de seis temporadas ofrecía a sus espectadores un episodio magistral tras otro, un relato extraordinario tras otro, sin desmayo, sin bajada de calidad. Y eso por ejemplo no lo pudo hacer la maravillosa serie ‘Six Feet Under’ (2001-2005), de Alan Ball, que podría haber sido una de las dos o tres mejores series de la historia pero que a partir de la cuarta temporada, y sobre todo la quinta, sufrió un desdibujamiento de los personajes, una caída de tensión en las tramas, más que evidente.

Y de todos los procedimentales (series con capítulos más o menos conclusivos, en los que se trata un caso o crimen o misterio cada vez), la insuperable, bajo cualquier punto de vista, es ‘House M.D.’ (2004-2012), de David Shore, que partiendo de un esquema detectivesco y de unos personajes protagonistas muy inspirados en el Holmes y Watson de Arthur Conan Doyle, es mucho más que cualquier serie de polis, o de crímenes al uso, pues a lo largo de ocho temporadas se adentró por terrenos morales y psicológicos muy complejos y muy poco comerciales, y sin embargo logró concitar delante del televisor a millones de personas de todo el mundo con temas existenciales, nihilistas, con un sentido del humor arrollador y con un cinismo plasmado en algunos de los mejores diálogos que jamás se escribieron para televisión.

Pero mi serie favorita, por encima de otras que considero superiores, es la truncada y trágica y terrible ‘Deadwood’ (2004-2006), que además de ser un western canónico, salvo por el hecho de sus abundantes y elaborados diálogos, es una tragedia universal y casi un fresco histórico de enorme calado y alcance estético, que con un guion, unos actores y sobre todo una puesta en escena absolutamente insuperables, narraba, como quizá ninguna película lo hizo jamás, la forma en que se construyó Estados Unidos y los prolegómenos de territorios narrativos como los que luego explora ‘Los Soprano’ o ‘The Wire’.

Pero supongo que cada cual tendrá su lista y su particular altar y ranking de series. Aquí les he dejado el mío, que quizá en unos años cambie, dada la gran cantidad de ficciones que nos llegan temporada tras temporada.

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MÚSICA

Depeche Mode y ‘Ultra’

Todos tenemos un altar con los discos de nuestra vida, esos que durante una época escuchamos de manera compulsiva, las más de las veces en nuestra adolescencia, y cuyas canciones se nos grabaron a fuego, hasta tal punto que al volver a escucharlas, tres años, o quince años después, volvemos a percibir la mismas sensaciones que nos embargaban por aquel entonces, y volvemos a vibrar de la misma manera, y aunque en nuestro interior se instala cierta absurda nostalgia por esos días y esa época que nunca volverá, también se nos activan esos enigmáticos resortes que nos hacen sospechar que el tiempo es una cosa relativa, y que en el fondo, muy en el fondo, no hemos cambiado tanto. Que no hemos cambiado nada. Que seguimos siendo nosotros mismos.

Entre la muy nutrida y apasionante trayectoria de los Depeche Mode, una banda que posee una verdadera legión de acérrimos seguidores, los cuales les siguen desde sus mismos inicios, existen bastantes trabajos que cualquier podría defender como el mejor, el más grande o el más perfecto. Estoy seguro de que sus fans pueden estar debatiendo y dilucidando durante horas, o días, a ese respecto, porque el sonido de los Depeche es lo bastante denso, rico y complejo, y su repertorio posee suficientes canciones míticas, como para dar pie a ello. No es mi intención, sin embargo, establecer cual es el mejor trabajo de la banda británica, ni qué álbum posee la mejor selección de canciones, ni nada por el estilo, pues no a todas horas debemos estar lanzando nuestra opinión a los cuatro vientos. Solamente quiero poner aquí el disco de ellos que más me ha entusiasmado desde siempre, y el que más veces he escuchado con gran diferencia.

Depeche Mode sacaron ‘Ultra’ en 1996, y no faltaron las voces que dijeron que era un trabajo desangelado, demasiado frío, existencialista o incluso fatuo y vacío, pero en general casi desde el primero momento la mayoría pensamos que se trataba de una prueba más del genio de Andy Fletcher, Martin Gore y Dave Gahan, el trío de músicos que desde 1980, salvo algún bandazo puntual, no se habían bajado de la primera división de la música electrónica más interesante del panorama internacional, y que con ‘Ultra’ confirmaban que seguían entre los grandes de su tiempo, pues se trata de un trabajo de plena madurez expresiva y de deslumbrante ejecución técnica, con una producción exquisita y un refinamiento estilístico que a otros grupos les lleva mucho más tiempo alcanzar que dieciséis años y nueve discos de estudio.

Imposible elegir un solo tema de los doce que componen el LP, pues ni sobra ni falta nada, y aunque lógicamente todos tendrán sus preferidos, ninguno de ellos brilla por encima de los demás, y ninguno de ellos adolece de cierta carencia de garra o de energía, pues todos ellos forman un conjunto compacto y férreo, casi un disco conceptual, un relato del fin del mundo poblado por sonoridades sombrías y luminosas a un tiempo, por letras líricas y descarnadas, por un tempo y una dinámica que nos ayudan a elevarnos aunque sea en una escucha casual de cualquiera de sus cortes.

Escuchar por primera vez ‘Ultra’ significa enfrentarse a un denso muro de sonido que apela a lo más oculto de nuestra sensibilidad y a reconfigurar nuestro oído musical, pues nada en él sigue derroteros habituales, y por tanto no es sorprendente que algunos lo rechacen. Doy por hecho que la mayoría de los lectores de estas líneas lo conocerán, siquiera tangencialmente, pero animo a los que no lo conozcan a que den click en la primera canción y se queden escuchando hasta el final su hora casi redonda de duración (hora y dos segundos), que suponen una experiencia musical catártica, y que sin duda les hará olvidarse de la caótica situación actual.

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LITERATURA

Los escritores felices y su farfolla literaria

Hace ya algunas semanas que escribí un artículo en el que hablaba un poco de la realidad más visible, más mediática, del panorama literario español actual. En él, desgranaba algunos greatest hits de mis escritores predilectos. Porque la verdad es que el tema es sangrante, interminable y más que grotesco, una dolorosa caricatura. Y todo deriva de la misma idea que ya he repetido algunas veces:

Si a un escritor le das a elegir entre:

A) Escribir una obra literaria valiente, ambiciosa, exigente, que no venda ni cinco mil ejemplares los primeros dos años, pero que quizá sea una gran obra.

B) Escribir basura literaria con la que vendan cientos de miles de ejemplares y les haga ganar mucho dinero.

Un altísimo porcentaje de los escritores con algo de talento para las palabras, elegirán la segunda opción sin pestañear, por la sencilla razón de que tanto a ellos como a su entorno, la literatura no les importa absolutamente nada. Es más, lo único que les importa es el dinero, la fama, el impacto mediático, las firmas multitudinarias de libros, sentirse más grandes que otros. Porque, y esto es otra gran verdad, todos esos escritores «de éxito», o la mayoría de ellos, me consta, creen que a más lectores mejor escritores son. Y si no me creen escuchen sus declaraciones, lean sus proclamas. Lo piensan. Pero en el fondo saben que no lo son. Lo saben perfectamente. Pero necesitan todo eso, las firmas, los elogios desmedidos, las multitudes, las ventas estratosféricas, para ayudarse en su engaño.

Bien, no es ese el objetivo de este artículo, sino el constatar que además de todo esto, estos escritores, valiéndose del narcisista, tóxico, invasivo y falaz mundo actual, más basado en la apariencia de algo que en ese algo, más interesado en gustar a una mayoría que en construir un discurso coherente, más basado en el ego, la soberbia, la chulería, el amiguismo, la exageración, el autobombo, que en un verdadero temperamento artístico, construyen una imagen de sí mismos y del mundo que les rodea tan absolutamente idílico que es verlo para creerlo. Según lo que los Pérez-Reverte, Juan Gómez-Jurado, Javier Castillo y gente así intenta vendernos, ellos viven una vida de felicidad y plenitud, de risas y de fiestas, de desahogo, de viajes, de encuentros con amigos, de reuniones, de veladas con amigos superestrellas del deporte o del cine o de la televisión, de conferencias multitudinarias, de críticos que se reúnen con ellos para elogiarles hasta agotar todos los adjetivos, de investiduras en universidades, de entrevistas televisivas…eso cuando no están en esa fascinante actividad que es la escritura de su siguiente novela, en esa aventura chispeante y feliz, en esa búsqueda de documentación parecida a la de Indiana Jones con el Santo Grial.

Este mundo de redes sociales, en el que la noticia en un telediario es lo que tal persona ha subido a su twitter o a su facebook, esta sociedad vendida al capital, en la que el dinero no es que sea lo más importante, es que es lo único importante, en que tus novelas se venden bien si tienes un montón de amigos famosos que te las van a proporcionar sin parar, es perfecto para la farfolla literaria, el puro vacío estético, de los Pérez-Reverte, Gómez-Jurado, Castillo, Sierra, Posteguillo y docenas como ellos, que les dictan a los editores lo que tienen que publicar si quieren seguir sobreviviendo en el mercado literario, y que les obligan a los lectores a no leer otra cosa si quieren estar al día de las novedades.

Y en esa felicidad sin fin que proclaman a los cuatro vientos, noche y día, por tierra, mar y aire, por todas las redes sociales, en todos los telediarios, en la radio, en los suplementos literarios, es tan perfecta que no admiten ni la menor crítica literaria, y estos grandes escritores no tendrán ningún problema en hacer callar a los (pocos) críticos valientes que se atrevan a decir lo que es un secreto a voces: que estos escritores que llenan sus twitters (léanlos y lo comprobarán) de sus libros y sus conferencias, y que sólo saben hablar de sí mismos, poseen un estilo atroz y no hacen literatura. Hacen negocio con los ignorantes que ni siquiera intentan leer un buen libro alguna vez en su vida. Esos valientes críticos serán acallados, despedidos o ninguneados, serán humillados, cuestionados y vilipendiados, y no se podrá hacer nada al respecto, mientras estos escritores, con parejas que son «influencers», o con ideas políticas cavernarias, o con salidas de tono de adolescentes, no construirán una sola idea expresiva u original en su vida, no escribirán un buen libro ni de casualidad, y seguirán siendo unos privilegiados intocables, a los que la plebe más aborregada besará por donde pasen.

Esta es la grotesca realidad, y no se puede maquillar de ninguna manera. Y debido a esa realidad no se puede hablar de literatura. Tan solo de majaderías, de niñatos engreídos, de académicos reaccionarios, de aspirantes a novelistas cuyo estilo es barato y atroz. Y el buen gusto seguirá esperando, agazapado en el rincón, a que alguien le haga algún caso. Y los buenos libros, los que exigen algo del lector a cambio de ser leídos, seguirán cogiendo polvo en las librerías de viejo y de segunda mano de todo el mundo.

Lo cierto es que un escritor, o escritora, no ha de ser increíblemente infeliz y atormentado para ser mejor novelista, o mejor dramaturgo, o mejor poeta. Eso es un cliché establecido en el siglo XIX, y que tantas figuras trágicas ha dado en el arte. Pero tampoco creo que sea muy creíble, ni sano, este narcisismo desaforado , ni este baboseo por redes sociales, ni este rollo «happy flower» de los escritores más vendidos, que se burlan de la literatura y de los lectores, mientras se las dan de defensores de la lectura, de guardianes de la cultura, y de profundos conocedores del mercado literario. No son más que unos afortunados, unos privilegiados, a los que la masa no lectora ha bendecido con compras compulsivas para matar el tiempo. No son escritores, pues ninguno de ellos tiene verdadera vocación artística, y todos ellos están más influenciados por el cine que por la literatura. Y en esta categoría no solamente entran los ínclitos Pérez-Reverte, Gómez-Jurado y Castillo, también Antonio Muñoz Molina, Elvira Lindo, Almudena Grandes, Matilde Asensi, Javier Sierra, Ildefonso Falcones y un largo etcétera.

Los grandes escritores, como los grandes músicos, y los grandes arquitectos, y los grandes cineastas, no se ponen a escribir para ganar dinero, ni para ganar fama, ni elogios. Lo hacen para transformar el mundo, para hacer avanzar el arte al que han consagrado su vida, para construir ideas, para despertar conciencias, para abrir caminos y horizontes. Y eso es un trabajo arduo, que les enfrenta, casi, a imponderables universales, lo que no les deja mucho tiempo para alardear, para ir de fiesta con amigos famosos, para estar a todas horas presentes en las redes sociales, para babosear en los premios literarios. Los grandes escritores, los novelistas, dramaturgos, poetas, ensayistas, son los intelectuales del mundo, y como tal son lo opuesto a este mercadeo de egos, a esta farfolla literaria diseñada para aplacar las mentes más perezosas.

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CINE

El drama más esencial

Habiendo comentado ya el ADN de cuatro de los ocho géneros canónicos (el Western, el Bélico, el Noir y el Musical) quizá valga la pena detenerse en otra clase de cine, de hecho en cierta manera una clase de cine también muy determinada y a su modo muy codificada, que muchos llaman drama (aunque en realidad drama significa otra cosa, que ahora pasaré a comentar) o que también se llama a menudo el cine de no género, o el cine sin género, ese que es el predilecto de cierto sector de la crítica, quizá el más purista y elitista de todos, que considera, por razones absurdas para mí, que el cine de género tiene menos valor o menos altura estética. Pero he de reconocer que a mí, cuando es gran cine, también me vuelve loco.

Un inciso sobre el término «drama»: en realidad «drama» proviene del griego dram, que significa acción, o movimiento, o para ser más exactos, representación de una acción. Es por eso que las obras de teatro se llaman generalmente dramas. Hoy se distingue, un tanto equivocadamente, entre filmes dramáticos y filmes de comedia, sin saber que, en el fondo, pueden ser lo mismo. Fin del inciso.

Continuemos. Cine de no género, ese que a lo mejor, muy tangencialmente, tiene trazas de Noir, o de Western, o de Comedia, o de Fantástico, pero que sobre todo es un relato de la vida actual, absolutamente realista, casi naturalista, que tiene personajes «reales» a los que les pasan cosas que podrían definirse como «realistas», eventos o peripecias que podrían pasarle a cualquier espectador del mundo un día cualquiera y no se sorprendería. El tipo de cine que habla sobre problemas familiares, o problemas conyugales, o problemas de pareja, o de trabajo, o políticos, o sociales, que carece de personajes más grandes que la vida, que no está narrado con grúas ni con grandes angulares (generalmente…), sino muchas veces con cámara en mano, a cara lavada, incluso con actores no profesionales, pues pretende darte un bocado de la realidad que tú puedes palpar todos los días, sin recurrir a las formas del melodrama.

Y digo pretende porque incluso esas películas, y esto es importante recalcarlo, son una fantasía, no un reportaje, y por tanto nada tienen que ver con un documental (soporte que incluso para muchos cineastas es también ficción…). A fin de cuentas, una película sin género también está codificada y posee unas reglas internas que ha de mantener para ser cohesiva y, sobre todo, creíble. En definitiva cualquier ficción es una fantasía, y como tal ha de ser coherente con su propio universo, algo que muchas veces no sucede y que da como resultado un filme amorfo y de escaso vuelo.

Sea como fuere, este tipo de cine es el que con frecuencia se lleva premios en los festivales, o incluso en Goyas, Oscars o Baftas, y es el que con más denuedo defienden los críticos más puristas tipo Ángel Fernández-Santos o Miguel Marías, a los que se oponen otro, como Jesús Palacios o gente así, convencidos de que el cine de género es mucho más poderoso. Yo no me alineo ni en un bando ni en el otro, en primer lugar porque no soy purista, y en segundo porque creo que existen grandes películas fuera o dentro de los grandes géneros, y hay que sacar las gemas allá donde se hallen.

Haciendo memoria de magníficas, formidables películas de no género del último par de décadas, pienso en las españolas ‘Solas’ (1999), de Benito Zambrano, o ‘Te doy mis ojos’ (2003), de Icíar Bollaín, o ‘La vida mancha’ (2003), de Enrique Urbizu; o en la danesa ‘La caza’ (2012), de Thomas Vinterberg; o en la argentina ‘Martin (Hache)’ (1997), de Adolfo Aristaráin; la alemana ‘La vida de los otros’ (2006), de Florian Henckel von Donnersmarck; las norteamericanas ‘Mud’ (2012), de Jeff Nichols, ‘In the Bedroom’ (2001), de Todd Field, ‘Winter’s Bone’ (2010), de Debra Granik, ‘Captain Fantastic’ (2016), de Matt Ross; o la británica ‘Locke’ (2013), de Steven Knight; por nombrar un grupo de películas ni muy famosas ni muy desconocidas que cualquier espectador puede encontrar con facilidad y que son un ejemplo de ese tipo de cine que no es ni musical, ni noir, ni western, ni bélico, sino que pone la cámara, y la puesta en escena, a la altura de la mirada humana.

Este tipo de películas también debe verse en cine, porque sus sonidos, los urbanos, los cotidianos, son los que oímos (o creemos oír) todos los días, y viéndolas en la oscuridad de una sala casi tenemos la impresión de que los cineastas están hablando de nuestra propia vida, de que se han colado en nuestra cotidianeidad y con la fuerza del cine pueden hablarnos de tú a tú de algunos de los resortes más enigmáticos de nuestra propia vida, o de vidas parecidas a la nuestra, o de infancias, o de senectudes, o de descubrimientos que podrían tener lugar en nuestra geografía a pesar de transcurrir, en la ficción, en otra geografía muy diferente. Si el cine es, como cualquier otro arte, una forma de conocimiento, el cine de no género es valioso cuando se convierte en una fuente de conocimiento y de reflexión de nuestra realidad más rugosa y cercana.

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CINE

La dificultad en la creación de personajes: ‘Aliens’ y ‘Blade II’

Me parece que fue ayer cuando pusieron en televisión, por enésima vez, la película de Guillermo del Toro ‘Blade II’, que por supuesto es una secuela de la disfrutable ‘Blade’ cuatro años anterior a ella. La estuve viendo un rato, hastiado de tanta noticia y reportaje sobre el maldito coronavirus, y llegué al punto en el que un grupo de mercenarios, casi una pandilla de compañeros vampiros, capitaneados por el protagonista, se cuela en una fiesta y poco después comienza una masacre. Y mientras veía esto pensaba yo en las muchas veces que he visto algo parecido, pero en las pocas en las que eso que estaba viendo realmente tenía algo de vida, de verdad, independientemente de si se tratara de vampiros, alienígenas, un Bélico, un Western o lo que fuera. Lo narrativo tiene que ver con personajes, que en algunas ocasiones, muy escasas, poseen más encarnadura que la mayoría de personas que conocemos. Y al parecer, viendo películas todos los santos días, y pensando en películas y novelas a todas horas, debe ser algo al alcance de muy pocos.

Sobre todo en las películas. Pensémoslo bien: tienes dos horas, a veces una hora y media, para perfilar unos personajes, y contar una historia en la que algo les sucede a esos personajes, y has de narrar una peripecia, y cerrar un final, y tienes secuencias en las que no estás contando nada de eso, sino que estás levantando un mundo ficticio, o estás creando otros personajes secundarios. No es como una novela, o en una serie, soportes en los que tienes más tiempo para ir dibujándolos con un poco más de margen. En una película no hay margen para nada. El personaje tiene que estar ahí desde el mismo principio, propiciado, en primer lugar, por una minuciosa y exacerbada labor de casting, y en segundo lugar por la imaginación combinada del director (que es el creador del personaje), y del intérprete (que es el segundo creador, definitivo, de ese personaje, en complicidad con el director), y ambos saben, cuando son inteligentes, que el personaje ha de estar ya, completo, en el primer plano en el que aparezca en la película.

No importa que sea protagonista o secundario. Eso no tiene nada que ver. Cualquier personaje es importante, y a veces los secundarios lo son más que los principales, porque ofrecen una visión más global, más absoluta y nítida, del mundo del director y de sus artes y de su oficio. Y son igualmente difíciles de crear y sobre todo de cerrar en noventa o en ciento veinte minutos. En demasiadas películas el personaje termina desdibujado cuando parecía que iba por buen camino.

Y esa escena de ‘Blade II’ a la que me refería al principio… en realidad me recordó vagamente a otras películas en las que, como en un Western, vemos a un grupo de personajes, algunos mejor avenidos que otros, enfrentarse a un gran peligro, e ir desplegando sus diversas personalidades a medida que la aventura se va complicando. Como por ejemplo en ‘Tiburón’ (‘Jaws’, Spielberg, 1975), pero ahí solamente hay tres personajes. No es tan complicado como en otros casos en los que tienes a seis, o diez, o doce. Por eso al final siempre acabo recurriendo, en mi memoria, a una de las más grandes en este sentido (y en otros sentidos también), la insuperable ‘Aliens’ (1986), de James Cameron, en la que si a la docena de marines sumamos a la protagonista, Ripley, a la niña, Newt, al burócrata sin escrúpulos, Burke, al androide, Bishop, al teniente, Gorman, y los dos pilotos, tenemos nada menos que a diecinueve personajes, unos con más relevancia, lógicamente, que otros, pero todos perfectamente dibujados desde el mismo principio, con personalidades muy marcadas y diferenciadas unas de otras, y que crean un grupo completamente vivo, creíble y sobre todo plausible.

Por otro lado, en el filme de del Toro, que nunca ha sido un gran cineasta, ni mucho menos, el grupo llamado Blood-Pack, con el vampiro Blade a la cabeza, son meras sombras de sombras. No son personajes reales, sino títeres sin vida, con mucho tatuaje y mucha sonrisa y gestos de malotes, y nada más. Ni siquiera Reinhardt, interpretado por el buen actor que siempre ha sido Ron Perlman, es un personaje con entidad. No te lo crees, ni tiene fuerza, ni hay imaginación en él, verdadera imaginación, porque no hay verdadera imaginación en del Toro más allá de sus elaborados maquillajes y sus aparatosos efectos especiales. Al igual que en ‘Aliens’, su grupo de personajes se enfrenta a una aventura sangrienta y terrorífica, pero te da igual, porque los personajes no te interesan. Ni están vivos, ni están bien dibujados, ni tienen entidad ni puedes sentir empatía por ellos.

Pero en ‘Aliens’ sí, y muchos de esos personajes no son positivos, ni luminosos, ni nobles, ni nada por el estilo. Pero te interesan sus destinos, sus relaciones, sus reacciones. Son un espejo certero de ti mismo y de cómo reaccionarías en esa situación tan límite. Y esto sucede con todos los caracteres, aún los más episódicos, pues asistes a una vida real, tan real o más que la vida misma, y su muerte, generalmente horrible, te impacta como si una verdadera vida se hubiera perdido, con todas sus posibilidades, con todos sus errores. La muerte de Vazquez, el sacrificio de Gorman a su lado, al que tanto ella ha odiado, su expiación, te golpea verdaderamente. Aún más: te conmueve. Porque te lo crees, y quieres que suceda eso, y Cameron lo sabe. Quiere darte la oportunidad de que suceda y de que seas testigo de ese sacrificio.

Muchas veces, en mi archivo de mini críticas, al recordar la película que estoy criticando, puedo ver a los personajes, y otras veces no, y no tengo más remedio que elevar mi opinión o rebajarla, porque crear unos caracteres sólidos es algo que reviste un gran mérito y complejidad.

Me consta que mucha gente prefiere como director a del Toro que a James Cameron. Son cosas que yo no puedo entender, por mucho que me las expliquen. Yo no es que prefiera a James Cameron, como cualquier estúpido fanboy, y por eso me gustan más sus personajes. Es que veo una película de James Cameron, aún la menos lograda, y encuentro valores narrativos, tales como por ejemplo la creación de personajes, todos ellos con entidad, bien dibujados, emocionantes, cuyas interrelaciones, réplicas, dinámicas internas, rasgos de personalidad, son interesantes. En el caso de del Toro esto no ocurre, y por eso su cine no me interesa, más allá de absurdas filias o fobias. Un personaje, tanto en cine como en literatura es una extensión de la mente del creador, una plasmación de su universo cinematográfico y literario, y una cristalización de su puesta en escena o de su estilo literario. Estás accediendo al interior más íntimo de ese creador, y allí vas a poder ver de qué pasta está hecho, qué criaturas pueblan ese interior, de qué molde, de qué sustancia se han fabricado.

Los personajes son una parte esencial de una ficción narrativa, y me temo que mucha gente, asombrosamente, no les presta atención, o no lo tienen en cuenta para valorar a la película o al director. Y yo, que escribo estas líneas siempre para hablar de cuestiones narrativas, no puedo entenderlo.

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CINE, ENSAYO

Géneros cinematográficos: el Musical

Cada vez que escribo sobre un género intento encontrar lo que es específico en él, lo que no comparte con ningún otro género y lo que lo convierte en un tipo de filme muy específico, muy concreto, que emplea determinadas herramientas para alcanzar su propio rango. Y de los ocho grandes géneros pocos hay tan codificados, exactos y concretos como el Musical, que sin embargo no debe circunscribirse únicamente a los filmes de ficción musicales canónicos, pues al igual que ocurría con el bélico, puede (y ha de…) ampliarse a todos los soportes, incluido el videoclip y el documental o reportaje musical, pues todos ellos dependen del mismo código genético.

Por tanto, si sólo nos limitáramos a hablar de los filmes clásicos de Fred Astaire y Ginger Rogers, de Stanley Donen con Gene Kelly, o muchos otros de esa clase, sólo estaríamos haciendo lo que por otra parte se ha hecho casi siempre: ceñirnos a un fenómeno localista, y no global, como certifica el hecho de que la industria de Bollywood, una industria bastante más grande que la de Hollywood, se sustenta sobre todo de musicales. Pero además, negaríamos que realmente lo son no pocos videoclips (en realidad la mayoría de ellos) y no pocos de los muchísimos documentales sobre música o sobre músicos que nos ha regalado el cine. Pero que se tranquilice el lector porque no es mi intención llevar a cabo aquí un compendio, sino dejar claro que de la misma manera que el Western no es sólo John Wayne, el Musical no es sólo ‘Cantando bajo la lluvia’ (‘Singin’ in the Rain’, Stanley Donen, Gene Kelly, 1952).

En mi opinión, completamente personal y por ello prescindible y discutible como la de cualquier otro, el Musical sí es lo que nunca será el western canónico estadounidense: el género de géneros. Y voy a intentar explicar por qué.

Escribiendo las numerosas Mini Críticas de mi Archivo, me he dado cuenta, yo solito, de lo mucho que ha dependido el cine de la literatura. Pero mucho antes ya de ponerme en ese empeño un tanto suicida, ya había pensado en lo mucho que el cine ha vampirizado la música, pues con ella ha modelado sus formas y ha maquillado sus numerosas carencias expresivas, hasta el punto de que es extremadamente inusual encontrarse un filme sin música. E incluso existe un subgénero, o por lo menos tono de películas según mi clasificación, como es el melodrama, que como su mismo nombre indica, es un drama musicado, cuyas emociones y estructura dependen íntimamente de la música.

Pero más allá de eso, es un hecho, para algunos, que todas las artes narrativas, especialmente el cine, aspiran a ser música, y solamente cuando lo consiguen trascienden el mero cuenta cuentos y aspiran a convertirse en parte de las bellas artes, tal como sucede también con la literatura. El cine es una sinfonía de imágenes, y es algo que pienso desde hace mucho tiempo, con su ritmo y su tempo, con su tono y su armonía, su cadencia y su estructura interna y externa. Es imposible, para un montador, no hablar de la construcción de la película en términos no musicales

Por eso muchas veces resulta casi imposible no introducir música, y hacerla parte sustancial de la estrategia narrativa de cualquier película, e incluso parte medular de ella, como en el caso de los musicales, cuya codificación es quizá de las más estrictas, y consiste en este simple y breve ADN:

–La historia no puede entenderse si extraemos de ella las canciones.

Nada más. Y en algunas películas se bailará y en otras no, pero sin canciones que cuenten la historia, no hay película musical. Y lo interesante es que este género de géneros puede incluir en su seno casi cualquier género o subgénero, y así han existido musicales western, musicales noir, musicales dramas históricos… e incluso de terror, como demuestra el videoclip más famoso de la historia:

Dirigido por John Landis, esta breve historia, que podría considerarse un corto de terror, demuestra que no hay límites para el musical siempre que se tenga el suficiente talento cinematográfico, y Landis lo tiene y desde el minuto 8:28 hasta el 9:40 obtenemos una pieza musical magnífica, tan bien rodada como los bailes de ‘West Side Story’, y con una densidad conceptual, una fuerza en el corte del montaje, una inventiva visual, que la convierten en un musical absolutamente canónico y maravilloso, más allá de las evidentes limitaciones interpretativas de Michael Jackson, como también lo fue por cierto el de ‘Bad’, dirigido por Martin Scorsese:

Por no decir esta pequeña broma de Fatboy Slim, titulada ‘Weapon of Choice’, en la que Christopher Walken adquiere poderes voladores:

Pero ha habido unos cuantos más, así como lo son el documental ‘The Last Waltz’ (1978), también de Scorsese, o ‘Let’s Get Lost’ (1988) de Bruce Webber, entre muchos otros, en los que sin los números musicales no pueden entenderse la historia, o por lo menos la narración, que intentan mostrarte.

Cada uno tendrá su musical o musicales favoritos, y seguramente sus placeres culpables, que a lo mejor, con un poco de suerte, he incitado al lector a volver a ver y disfrutar de nuevo.

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MÚSICA

Timo Maas y el pulso urbano

Esta semana voy a escribir sobre uno de los discos que más he escuchado en mi vida, y cuya canción homónima (la que da nombre al álbum, que además es claramente la mejor de todas) aparece cada fin de año en la lista que me manda Spotify para indicarme aquello que más veces he dado al play. Es uno de esos álbumes con los que te topas, y que nada más empezar a escucharlo sabes que has dado con algo espectacular.

Y ese fue mi caso: esa canción (‘Pictures’) estaba puesta de fondo en una de esas páginas webs de una marca de ropa, o una tienda de ropa, o algo por el estilo, y se me quedó grabada. Me dije: ¿qué diablos es esto?. Nunca repetiré lo bastante que si de verdad se quiere tener una vida plena en lo cultural, hay que dejarse llevar por la intuición y, sobre todo, por la curiosidad. Sin curiosidad intelectual, no hacemos nada más que repetir aquello que nos dijeron nuestros padres, que era lo que les gustaba a nuestros abuelos, que fue lo que nuestros bisabuelos dijeron que estaba bien, y que sancionaron como lo correcto. Así no vamos a ninguna parte. Hay que presionar más allá de los límites, probar, curiosear, hasta dar con cosas nuevas que se adentren en territorios inexplorados, sobre todo inexplorados de tu interior creativo.

Una de las pocas cosas que me impide, demasiado a menudo, volverme loco con tanto ruido y tanta gente y tanto caos madrileño, y que además me permite caminar centrado, es la música que me pongo en los auriculares a todas horas (hasta el día que me quede sordo). Y uno de los discos, sin ninguna duda, que por alguna extraña razón me hacen sentir el pulso de una ciudad, de cualquier ciudad (pues lo he escuchado en más lugares que Madrid, lógicamente) es este ‘Pictures’ que Timo Maas dio a luz en 2005 y que es un absoluto clásico de la música house y de la Indie Dance, con sonidos, texturas y colores pocas veces visto en el género, y que puede rivalizar con otros grandes discos como el ‘Mezzanine’ de Massive Attack , o con el ‘Surrender’ de los Chemical Brothers, aunque por supuesto es mucho menos conocido.

El tema más vibrante, más inolvidable, ya he dicho que es el segundo corte, ese sensacional ‘Pictures’ que parece llevarnos al mismo tiempo a una pista de baile y una frenética búsqueda por una ciudad de claroscuros, con una lluvia permanente o con una desesperación interminable. Pero ya el primero, ‘Slip in Electro Kid’, resulta sugestivo, psicológico y hasta perturbador. Luego cada uno, siempre que le interese este tipo de música, podrá elegir entre el muy bailable ‘High Drama’, el casi narrativo y hasta conceptual ‘Big Chevy’ o el muy indie ‘Devil Feel’, entre otras, pero al final, escuchando el disco, uno tiene la sensación de que le están contando una historia con principio y final, una búsqueda del pulso de una ciudad, de una urbe nocturna que sintoniza con una frecuencia muy especial: la de los sonámbulos que ya dormirán cuando mueran.

Sin más, aquí dejo el disco:

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CINE

Amor y Odio

Creo que fue Fernando Vallejo, en el documental ‘La desazón suprema: retrato incesante de Fernando Vallejo’, quien dijo que el amor, como el odio, es parte de la vida. Puede que sea verdad, pero no puedo asegurarlo. Y todos tenemos filias y fobias, algunas inconfesables, otras inexplicables, pero todas viscerales, difíciles de moderar, casi imposibles de contener. Puede que sea una de las características de la naturaleza humana.

Y en el cine, o en cualquier otro soporte narrativo, pasa lo mismo. Todos tenemos a cierto director, o a cierta escritora, o determinada actriz o determinado actor al que sencillamente no soportamos. Y llegado el momento podemos reconocer que han hecho algunos buenos trabajos, pero no les soportamos, y poco se puede hacer al respecto. El problema no es ese. El problema es cuando todo, o prácticamente todo, se basa en el «me gusta» o «no me gusta», en «lo amo» o «lo odio», en «esto es una obra maestra» o «esto es una puta mierda». Y este es el estado de la cosas actual. Por cada Rodrigo Cortés (un razonamiento mesurado, argumentado, conocedor de lo que habla, respetuoso con las ideas que no concuerdan con la suya) hay cientos de Juan Gómez-Jurado (trolls agazapados en pedantería, pensamiento adolescente y poco razonado, opiniones en extremo polarizadas, argumentos infantiles). ¿Y qué se puede hacer al repecto? Me temo que poca cosa.

Recuerdo cierta conversación que mantuve hace muchos años en la Escuela Oficial de Cine de Madrid, en la que varios compañeros, como era de esperar, ensalzaban a Stanley Kubrick, y llegó el momento en que me preguntaron a mí, o tuve la oportunidad de decir lo que pensaba. Y lo que dije fue lo que siempre he pensado: que Stanley Kubrick no es para tanto, por lo menos en mi opinión. Jamás olvidaré cómo me miraron. Hablo en serio: parecía que se habían tragado, todos, una abeja al rojo vivo que se quedara unos segundos en su garganta, y luego bajara hasta su estómago, revoloteando y causando estragos. Se me quedaron grabadas sus caras para siempre. Yo, en mi inocencia (porque durante gran parte de mi vida, hasta hace no muy lejanas fechas, he sido bastante benévolo y hasta bobo, esa es la verdad), tenía la esperanza de que mi afirmación iniciara un debate más o menos interesante sobre la carrera de ese director, pero en lugar de eso la conversación se terminó, y dio paso a ataques directos a mi nulo gusto cinematográfico y mi escaso sentido común.

Y esto, repito, en la Escuela de Cine de Madrid. Por eso no me sorprendió en absoluto cuando empecé a escribir en varias revistas digitales, y en todas y cada una de ellas (unas más y otras menos, pero siempre dependiendo del número de lectores, no del número de neuronas), me las tuve que ver con una caterva de energúmenos a los que no sentaba nada bien que yo me limitara a decir lo que pensaba sobre tal o cual película, sobre este o aquel director, siempre desde la mayor honestidad de la que era capaz. Todos esos «amantes del cine», todos esos «defensores de la libertad de expresión», exigían, me exigían, un respeto por sus ideas que ellos, de primeras, no eran capaces de dedicar a los demás. Mientras me insultaban y censuraban cada uno de mis textos, alardeaban de ser los valedores de cómo hay que enfrentarse a una crítica cinematográfica, de cómo hay que disfrutar de las películas, y del respeto que se les debía por el mero hecho de existir. Para esos sujetos, argumentar que una película que a ellos, casualmente, les gustaba, era vacua, o sin alma, o era un espectáculo al servicio de la nada, significaba, sin ambages, un ataque personal contra ellos, y debido a eso se sentían legitimados para insultar, despreciar, atacar, injuriar, difamar…

Y no creo haber sido el único que ha sufrido esa experiencia. Pero uno habla desde su experiencia.

Y creo que desde entonces, la cosa ha ido a peor. La capacidad crítica del espectador medio se reduce a me encanta o lo detesto, y nadie escucha a nadie ni desea aprender, pues todo el mundo parece en posesión de una verdad absoluta, y desprecia la de los demás. Todo esto de lo que estoy hablando tiene una definición: fascismo. Tal cual, fascismo. Intolerancia, intransigencia, fanatismo. Y no es una consecuencia de un mundo fascista e intolerante, sino la causa, desgraciadamente. De ahí nace lo que luego vemos en el senado, o en el congreso, o en otros países supuestamente democráticos. Todo empieza por no saber aceptar que el de enfrente no opina igual que tú. Con no poder vivir con eso, con no poder soportarlo, conque sus argumentos, bien elaborados, sean para ti como un insulto, o peor que insulto. Un ataque directo a tu integridad personal, a tu identidad. ¿Cree el lector de estas líneas que exagero, que me estoy saliendo de madre? Ni por un segundo.

Todo depende de la madurez mental, madurez que he de decir que he encontrado en muy pocos de los comentaristas o críticos (aunque ellos odiaban a los críticos «serios»…pero se jactaban de ser uno más de ellos) de los que he conocido en mi vida. La mayoría de las personas se enfrentan a una película, un libro, una serie o un cómic como el que toma posiciones en un partido de fútbol, o en una batalla.

Me decían, y aún me dicen de cuando en cuando, que yo odio a Ridley Scott, por ejemplo. Y no es verdad, aunque reconozco que no me cae bien. Con su enérgico rictus de británico arrogante, con ese punto chulesco y soberbio tan propio de ciertos individuos de su país (y de otros países), es ese tipo de «artista» o de director, que no me convence. Y mucho más importante, además, el hecho de que su carrera me parece cuestionable. Evidentemente, yo no conozco al individuo. Seguro que en persona es un abuelito encantador que regala caramelos a los niños y ayuda a las personas impedidas a cruzar a la acera. Todo eso no me interesa. Me interesa, claro, su figura pública, su imagen de artista. Y he de decir que, salvo su extraordinario sentido de la atmósfera, no hay nada en su narrativa que llame la atención. Y pese a ello, algunas películas suyas me gustan. Tiene alguna realmente estupenda. Pero también tiene unas cuantas realmente pobres, e incluso repugnantes.

Es un caso extremo, quizá el más grande de nuestro tiempo, de fanatismo ciego. Ocurre como con Clint Eastwood. Tanto al británico como a Eastwood se les perdona todo. Da igual que encadenen una película lamentable tras otra. Existe una bula papal, concedida por sus millones de adoradores, por un sector de la crítica, por los medios de comunicación, que les exime de responsabilidades. Hicieron tal o cual película realmente buena, luego pueden pasar varias décadas haciendo películas maniqueas, torpes o directamente espantosas. Eso tiene un nombre: amor ciego. Amor de fanboy. Por el contrario, a otros cineastas mucho más valiosos y valientes, se les mira con lupa cada cosa que hacen, y no importa que hayan dirigido dos o tres películas seguidas realmente formidables, si la siguiente es más floja les destrozan, les machacan y les hacen picadillo. Si eso es cinefilia habría que redefinir el concepto.

Lo cierto es que ni el amor ni el odio viscerales tienen cabida en cuanto a la labor crítica, y es una labor que se hace entre todos, ya sean artistas, espectadores, espectadores cualificados, lectores, lectores cualificados, o incluso críticos e historiadores. Que un escritor o un director con una trayectoria magnífica de repente salga con un mal trabajo no es para tanto. Se certifica que es un mal trabajo y se sigue adelante. No ha manchado su imagen, ni ha destruido su reputación ni su legado por uno o dos o tres malos trabajos. Poco importa ya que Quentin Tarantino dirigiera ‘The Hateful Eight’, que Cameron hiciera ‘True Lies’ o que David Lynch perpetrara ‘Fuego: camina conmigo’. Lo que importa es que han hecho más cosas, y que sus triunfos eclipsan sus errores. Y poco importa lo que diga tal o cual persona, por mucho que su tono sea más contundente, o sus ideas choquen frontalmente con las tuyas. Si posees suficiente madurez mental, suficiente personalidad, tendrás la fuerza requerida para sostener tus argumentos, sin necesidad de injuriar o de patalear.

Yo reconozco que tengo algunos defectos. A veces tengo bastante mal genio, sobre todo con lo que yo considero que son grandes injusticias. Y a veces me puede mi vanidad intelectual. Es así, y aunque podría ser peor, de vez en cuando ambos defectos asoman la patita por aquí y por allá. Ahora bien, procuro escuchar a todo el mundo, y sólo ataco a los que se pasan de prepotentes, a los matones de tres al cuarto, a los intransigentes que se creen con derecho a decir las majaderías más grandes con total impunidad. Pero no ataco con insultos, sino con argumentos, no con injurias, sino con más argumentos. Pero la experiencia me ha enseñado que los argumentos a muchos les duelen más que las pedradas verbales.

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