TELEVISIÓN

‘Future Man’, ejemplo de personajes bien dibujados

No todo en esta vida consiste en buscar y disfrutar cosas excelsas. Por suerte, en el panorama narrativo audiovisual existe una gran variedad de propuestas, algunas de las cuales (como esta de la que voy a escribir ahora) jamás serían incluidas entre lo mejor de la producción del año, pero que si se saben ver con la necesaria carencia de prejuicios, sí poseen los suficientes elementos disfrutables y algunas virtudes esenciales que los vuelven completamente disfrutables, además de albergar una ausencia total de pretensiones. Porque la única pretensión de ‘Future Man’, creada por Howard Overman y Kyle Hunter para la plataforma Hulu, consiste en hacer reír al espectador a golpe de puro ingenio, y eso lo consigue con creces. Pero, además, se pueden aprender unas cuantas cosas de este gozoso desmadre sin pies ni cabeza, y la más importante de las cuales, probablemente, tiene que ver con el siempre complicado trabajo de la creación de personajes.

Cuenta la disparatada historia de un don nadie (por nombre Josh Futturman… interpretado por Josh Hutcherson), un pringado de veintitantos años que todavía vive con sus amorosos padres en su casa de California, quien trabaja como fregasuelos para una importante empresa bioquímica, con una vida social desastrosa, que mata el tiempo y cura frustraciones con sus videojuegos. En uno de esos videojuegos, consistente en ser algo así como un guerrero del futuro que salva a la humanidad de las «guerras bióticas», consigue llegar al final y superarlo con las mejores puntuaciones mundiales. Acto seguido aparecen en su habitación dos soldados o guerreros (llamados Wolf y Tiger) que aparecían en ese mismo videojuego, pero que vienen del futuro, y que le explican que ese juego se creó, precisamente, para encontrar al guerrero perfecto, al salvador que les ayudase en las «guerras bióticas» que efectivamente sucederán, y dando por sentado que ese pringado es un tipo duro y veterano en mil guerras, como ellos mismos, se lo llevan al pasado para llevar a cabo su complicado plan de cambiar el futuro.

Esta sandez de argumento, que por supuesto da pie a multitud de referencias a la saga de ‘Regreso al futuro’, y a muchas películas de James Cameron (inolvidable el episodio en el que se cuelan en casa del cineasta para robar el «cameronio», sustancia imprescindible para viajar en el tiempo…) funciona gracias a tres cosas, fundamentalmente: los ingeniosos guiones que proponen casi una aventura diferente en cada episodio de la primera temporada, las delirantes situaciones en las que los guionistas y directores no se cortan a la hora de llevar sus chistes hasta el límite, y sus tres personajes protagonistas, encarnados por un trío de actores en estado de gracia, que consiguen que sus caracteres sean mucho más que caricaturas. Todo ello para componer episodios que no llegan a los treinta minutos, en los que este improbable héroe, elegido por error, tratará de ayudar a sus dos cuestionables compañeros, al mismo tiempo que intenta evitar que maten a todo el mundo, proponiendo planes que siempre salen mal y que les lleva de desastre en desastre.

Creo que Josh Hutcherson está muy bien como el atribulado Josh Futturman, tratando de frenar la naturaleza destructiva de sus dos compañeros, acostumbrados a guerrear y matar sin mucho sentido común, luchando por cambiar el futuro para ser su salvador y al mismo tiempo deseando volver a su casa y que esa pesadilla termine lo mejor posible. A su vez, Eliza Coupe está maravillosa como Tiger, la aguerrida comandante que ha perdido a todos sus hombres menos a uno, en su misión de salvar el mundo, y cuya única alegría consiste en matar más y mejor a todo el que se ponga por delante, hasta que ha de enfrentarse a su verdadera naturaleza. Pero el rey de la función es un extraordinario Derek Wilson interpretando al ofuscado Wolf, un experto en demoliciones que venera a su comandante y que a lo largo de la historia irá descubriendo su capacidad de adaptación a las (numerosas) vicisitudes y majaderías que se les ocurren a los guionistas, y que es mucho más que una máquina de matar. Estos tres personajes, que jamás, ni siquiera en la muy floja segunda temporada, pierden pie ni se diluye por lo disparatado de la trama, son el soporte fundamental de la serie, y su relación, la amistad que mantienen, llega a conmoverte a pesar de estar asistiendo a un espectáculo de comedia negra disparatada, de absurdo por el absurdo, en el que no importan tanto las paradojas de los viajes temporales como proponer algunas de las situaciones más estrambóticas y disparatadas que han podido verse en televisión.

La primera temporada es casi perfecta, dentro de su clase, y es una pena que la segunda, pese a tener algunos momentos que recuerdan al ingenio desenfrenado de la primera, sea tan desafortunada, pues muy pocas cosas funcionan, y cuando funcionan se ven eclipsadas por una cierta desidia en la construcción de las secuencias y en la fabricación de los chistes visuales. Por suerte, el final es absolutamente frenético y disparatado, y el último capítulo es de una brillantez y una rotundidad que recuerdan a episodios magníficos de la primera temporada como ese en que Futturman se cuela vestido de mujer en la casa del amante del potencial villano del futuro. Y la tercera temporada, que es la final, pese a ser mucho más breve que las otras dos, recupera el espíritu de comedia negra desenfrenada y de absurdo total, y vuelve casi al nivel inicial de los primeros trece episodios, regalando a los espectadores otras cuatro horas con Wolf, Tiger y Josh Futturman, en una más que digna despedida y cierre de fiesta, en el que se percibe que los personajes, pese a los muchos avatares que les suceden, pese a que por motivos de un argumento que es como una montaña rusa podrían haberse despeñado en la incoherencia interna, siguen siendo ellos mismos hasta el final, lo que es mérito de los directores y guionistas, pero sobre todo de Hutcherson, de Coupe, y del gran Wilson.

Supongo que no poca gente se acercará a esta serie y enseguida sentirá rechazo o, aún peor, indiferencia. Otros, que necesitamos no solamente de obras excelsas para vivir, agradecemos su ironía, su humor negro, su espíritu descerebrado, que la hermana con ‘Rick y Morty’ o con ‘Futurama’, pero en imagen real, lo que tiene mucho más mérito de lo que parece. Al menos durante treinta y tantos episodios, incluso aquellos decididamente flojos, he sido bastante feliz esperando a que este confinamiento pase y volvamos a una normalidad que ya nunca volverá a ser la misma, pues el futuro ya no es el que era, y de eso saben bien Futturman, Wolf y Tiger.

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CINE

‘Willow’, y ese cine que nos gustaba a los ocho años

El otro día, gracias a que con la pandemia que estamos viviendo los de Movistar+ nos han regalado, a sus sufridos clientes, algunos canales de más que generalmente no pagaríamos, tuve ocasión de ver, después de mucho tiempo, ‘Superman II’ (1980), una película que cuando era niño vi decenas de veces, y que aunque ya por entonces no apreciaba mucho su primera mitad, por considerarla un tanto ñoña y fuera de lugar, me fascinaba por la llegada de los tres villanos, por mucho que fueran vestidos como estrellas del rock, pues me aterraba la música, me atrapaban los momentos de suspense y me emocionaba hasta el escalofrío cuando por fin vuelve Superman, con sus poderes ya recobrados, y se enfrenta a los tres villanos en el aire nocturno de ese Metrópolis que no es otra cosa que Nueva York disfrazado. Y viendo la película, a pesar de que los años no han sido compasivos con ella, me ha vuelto a emocionar ese momento: Superman llega volando como una centella, se detiene en la ventana del despacho de Perry White y dice: «General, ¿le importaría salir aquí, conmigo?». Lo que inicia una batalla muy bien hecha incluso para los estándares de hoy día (aunque cuando el general y sus dos secuaces se lanzan a por él…literalmente se lanzan a por él, como si se tiraran por la ventana…).

Es sólo una de las muchas películas que vimos en los años ochenta, películas que ahora una turba de nostálgicos-fanáticos a los que habría que buscar un nombre más apropiado que fanboy, se empeñan en poner por las nubes, como si aquel cine fuera algo extraordinario. Y hubo casos en los que el título en cuestión, como por ejemplo el nombrado en el párrafo anterior, era bastante defendible, pero hubo otros, muchos, en los que si te pones a verla en 2020 se te cae el ánimo hasta el suelo…salvo si eres un nostálgico-fanático de esos, claro. El caso más notorio, a mi juicio, es el de la espantosa ‘Willow’, dirigida por Ron Howard en 1988, y que según las votaciones de IMDB tiene una nota de 7,3 sobre 10…Y como también la pusieron hace poco, ayer sin ir más lejos, pude volver a experimentar lo que llevo sintiendo con ella hace muchos años: que no solamente es una lección de cómo no hacer cine, sino que más concretamente es un compendio de todo lo que no se debe hacer en una película de aventuras y fantasía. Y sí… reconozco que cuando tenía ocho años y la vi me encantó, me pareció lo más de lo más, pero algunos (empiezo a pensar que muy pocos) evolucionamos, crecemos, aprendemos, y dejamos de pensar como cuando éramos unos críos.

Quinto largometraje de Ron Howard, verdadero protegido de George Lucas desde que le dirigiera en ‘American Graffiti’ (1973), un Lucas que también hace aquí labores de producción y que además es el autor de la historia, plagiando descaradamente muchos elementos de ‘El señor de los anillos’ (mientras que en ‘Star Wars’, a pesar de que también le debe mucho a la obra de Tolkien, conseguía destilar los elementos y hacerlos propios), lo primero que sorprende de esta ‘Willow’ es su horroroso diseño de producción, que más que una épica película de aventuras parece que nos encontramos en un mundo no muy alejado de ‘Conan, el destructor’ (por cierto una película que, para mi absoluto pasmo, algunos empiezan también a defender con ardor…) y sólo un poquito más elaborado. Sorprende, a continuación, el casting, y no por trabajar con verdaderos enanos en lugar de con personas de talla más grande y luego trucados de alguna forma para que parezcan pequeños, sino por la elección de su reparto, desde un Val Kilmer totalmente desaprovechado y como si estuviera en otra película, hasta todo un elenco de secundarios sin la menor fuerza que no tienen nada que hacer con caracteres tan pobremente escritos.

Porque aunque tenemos a un enano que inicia una odisea (ejem), llevando en brazos al bebé que va a acabar con la malvada Bavmorda, lo que supuestamente da lugar a trepidantes aventuras, los personajes, incluido el del enano que da nombre a la película, interpretado por Warwick Davis, pasando por el Madmartigan (vaya nombre…) de Kilmer, la Sorsha (otro nombre estupendo) de Joanne Whalley, no poseen la menor entidad, y están pésimamente dirigidos por Ron Howard, quien además se limita a poner la cámara de cualquier manera, sin orden ni concierto, y a emplear la apreciable música de James Horner de forma machacona: ¿el grupo huye en la carreta? fanfarria de aventuras; ¿el grupo inicia una escaramuza a puñetazos? fanfarria de aventuras; ¿Madmartigan saca la espada? fanfarria… Así una y otra vez, hasta ese deleznable clímax con un monstruo muy mal diseñado y animado en Stop-Motion (como las criaturas de Ray Harryhausen), y un final parecido al de ‘Star Wars’, y una historia de amor que no hay por donde cogerla, y otra de amistad de Madmartigan con Airk, unas secuencias de combates chuscas y sin gracia…todo muy para niños. Demasiado, y mal hecho, que los niños no son imbéciles. Y es que da la impresión que desde el principio aceptaron el carácter infantil de la cinta y no se preocuparon de hacer un filme digno.

¿Esto se merece un 7,3 en IMDB? Está clarísimo que no. Por supuesto que las votaciones de los espectadores carecen de importancia, pero que 12.000 personas le hayan puesto un 10 es para preocuparse. Entonces, ¿qué le pondrían a ‘Juego de tronos’? Al lado de ‘Willow’, ‘Lady Halcón’ (‘Ladyhawke’, 1985) casi parece una obra maestra. Esta película, como tantas otras deleznables de los años ochenta, goza de una popularidad inconcebible, sólo explicable porque los cuarentones que ahora las defienden las vieron con pocos años y las mitificaron porque no tenían nada mejor que hacer. Pero yo, por ejemplo, al mismo tiempo que estas, vi unas cuantas de los años setenta, una década que sí es mítica. ¿Por qué los setenta, unos años extraordinarios, no tienen a una turba de recalcitrantes dando la vara con ella? Sencillamente porque no lo necesita. Se defiende ella sola, aunque yo, personalmente, pese a que no me necesite, voy a hablar sobre ella en otro artículo.

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CINE, LITERATURA

Algunos hablamos el mismo idioma

Se equivoca el ínclito Arturo Pérez-Reverte, como en tantas otras cosas y como tantos otros se equivocaron antes que él, cuando proclama a los cuatro vientos, una y otra vez, que la educación y la cultura son la solución para hacer mejores personas, y que a la vez la sociedad sea mejor. Las cosas no son tan fáciles. Jamás hemos tenido un acceso más sencillo (aunque no gratis, nada es gratis…) a la cultura, jamás tanta gente al mismo tiempo ha podido disponer de literatura, de música y de cine, y en lugar de ir hacia adelante pareciera que retrocedemos. Basta recordar que la élite de la Alemania nazi eran las personas más cultivadas y refinadas de su tiempo, y todo el mundo sabe la que prepararon…

La cultura, sobre todo, se alcanza leyendo y escuchando música, todos los días de tu vida. Si además tienes la suerte de ver cine con fluidez, y de estar rodeado de exposiciones de arte, y de vivir en un ambiente cultural, pues mucho mejor. Pero existen muchas personas que hablan cinco idiomas, que han leído 5.000 libros y que conocen a fondo la música culta, y que sin embargo son unos grandísimos ignorantes. No basta leer y escuchar…hay que saber leer y escuchar bien. Y aunque se sepa hacer esto, que nadie piense que por llegar a una edad respetable y haberse leído a los clásicos se salva de ser un imbécil recalcitrante. Y además la cultura no está para eso. No es un salvavidas moral, es un salvavidas personal. Nada más y nada menos. Y empiezo a observar que todos aquellos que proclaman que hay que leer obligatoriamente, que leer nos hace mejores, que la cultura nos salva como sociedad… todos esos no son tan diferentes de mucha gente ignorante, sectaria, cínica y autoconvencida de su propia importancia que he conocido a lo largo de mi vida.

Pero algunos hablamos el mismo idioma, y eso reconforta. Cuando te encuentras con columnistas, o articulistas, o críticos, e incluso trabajas con ellos en blogs, y te das cuenta, con un escalofrío, que en lugar de escribir deberían leer y aprender y crecer interiormente, anhelas, sin darte cuenta, encontrarte con alguien que hable tu mismo idioma, y no ese idioma con el que tú te comunicabas cuando tenías quince o diecisiete años. Y hablo por propia experiencia. Cuando yo era un chaval veía cine de forma compulsiva y leía todo lo que caía en mis manos. Y yo quería conocer aquello que veía, conocerlo a fondo, y escribir como esos que tanto me gustaban y que, a mi parecer, tan bien expresaban sus ideas sobre cine, arte y narrativa. De modo que me puse a escribir, pensando que sería fácil. Y no, era tremendamente difícil. Por una razón inicial, nuclear: yo no tenía ni idea de lo que era el cine. Y de paso tampoco tenía ni idea de escribir. Ambas cosas no se aprenden en cinco años, o en diez. Tardas bastante tiempo en saber de lo que hablas y en expresarlo con soltura y rotundidad.

Lo desolador es que cuando por fin empiezas a saber de lo que hablas, al menos un poco, te ves rodeado de gente, en ese blog en el que trabajas con otros compañeros, que escribe y se expresa y sabe de cine lo mismo que tú cuando tenías quince años, y dándoselas de expertos y de escritores, y de profundos analistas, aunque notas, percibes, sospechas, que saben perfectamente que eres tú, y no ellos, el que tiene algo que decir y el que sabe decirlo. E intentas, en un absurdo arranque de generosidad (y, entre otras cosas, porque eres un ingenuo), enseñarles a hablar tu mismo idioma. Y es absolutamente imposible que lo aprendan. Porque ellos ya tienen el suyo, un idioma tosco, de escaso alcance, limitado y limitador, consistente en expresiones como «el séptimo arte», «la antesala de los Oscar», géneros como la comedia dramática o el género de géneros (el Western, claro), valoraciones que oscilan únicamente entre obra maestra y puta basura, filias y fobias viscerales, nula argumentación, desprecio del debate teórico, absoluto desconocimiento de las más esenciales herramientas narrativas, todo ello para abonar egos desmesurados, narcisismos monstruosos, mentalidades infantiles.

Y aún más desolador cuando «sales al mundo» y compruebas que escritores y directores de razonable e incluso masivo éxito se expresan igual, y tienen las mismas ideas y conocimientos, y se las dan también de expertos, aunque lo más sensato habría sido que jamás escribieran una sola línea. Y llegado ese punto no es que anheles, es que suplicas encontrar gente que hable tu mismo idioma. Y resulta que la hay. La hay, y por lo general ha recorrido caminos parecidos al tuyo, y ha sido ninguneada muchas veces, o ignorada, o despreciada. Esto no va de ser mejores o peores personas. Por lo general no creo en la naturaleza humana. Esto va de quien llega y quién no, de quién aprende y quien no. Esto va, y me van a permitir una metáfora colorida, de los que tardan años en descender a la mazmorra del dragón y sacar de allí el tesoro del conocimiento, y de los que van por ahí creyendo que basta con hacerse los chulitos en la tasca del pueblo. Sin lucha no hay conquista, jamás.

Pero, insisto, algunos hablamos el mismo idioma. Algunos sabemos cómo trabajan los actores, y cómo se trabaja con ellos. Algunos entendemos el lenguaje de la cámara, y la necesidad de que narrativamente se escriba con ella, y muchas cosas más acerca de cine y de literatura. Algunos no repetimos las mismas ideas que otros llevan proclamando cincuenta o sesenta años, sino que buscamos ideas nuevas. Y algunos intentamos compartirlas y no quedárnoslas para nosotros, de ahí el impulso de escribir estas páginas. En realidad, creo que cuanta más gente hablara el mismo idioma mucho mejor, pero muchos, la gran mayoría, no tienen el menor interés en ello, como no lo tienen en aprender. Están muy felices en su isla, creyéndose que no tienen nada que aprender de nadie, y con su lenguaje plagado de expresiones manidas, de lugares comunes. Yo no sé si algún día esta cabeza mía albergará un gran conocimiento, pero por lo menos voy a intentarlo. Y no para ser mejor persona, sino para no morir siendo un grandísimo ignorante de la vida.

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LITERATURA, TELEVISIÓN

‘The Outsider’, desde la novela de King, hasta la serie de HBO

Me leí, hace muy poco, ‘The Outsider’ de Stephen King porque me habían llegado comentarios positivos de esta nueva serie de HBO, basada en esa novela. De modo que en cuanto terminé la lectura de sus más de 550 páginas puse el primer capítulo, en gran medida ávido de comprobar hasta qué punto todo lo que yo había imaginado leyendo las páginas de la obra literaria aparecía en las imágenes de la obra de ficción, y en qué aspectos o detalles o soluciones distaba de lo que propuesto por King en uno de sus últimos trabajos. Es un ejercicio interesante porque por un lado opone tu imaginación a la de los directores/creadores de la serie, y por otro lado supone una confrontación entre la estructura y las decisiones creativas del novelista, frente a la estructura y las decisiones creativas de los cineastas.

El debate teórico que surge con las adaptaciones literarias (sobre su pertinencia o no, sobre su fidelidad, su necesidad) siempre ha estado ahí y yo creo que siempre lo estará (y bienvenido sea todo debate teórico, que casi nadie quiere ponerse a dilucidar…), pero una de las ideas más habituales es que no puede compararse un libro a su adaptación cinematográfica, o películas y libros que aunque no participen del mismo argumento, sean obras que nos recuerden las unas a las otras. Y aunque estoy de acuerdo en que sería mejor desechar esa expresión de que «el libro es mejor que la película», o a la inversa, también creo que es inevitable hablar, de una forma teórica, sobre lo que supone la adaptación de una novela concreta, sin necesidad de hablar de mejor o peor, sino de las razones de una y de otra, de su construcción y de sus diferencias. Creo que es lo bastante interesante como para dedicarle estas líneas.

Y aún más si, como es mi caso, y por las razones anteriormente expuestas, primero te lees la novela y acto seguido te pones con la serie. Creo que Stephen King, pese a no parecerme ningún genio de la literatura universal, sí es un autor que se merece un respeto, y cuyo corpus va a perdurar por razones más allá de las comerciales. Se le suele achacar que su escritura es poco literaria, y entiendo esta clase de comentarios. Pero es indiscutible su capacidad para la creación de personajes memorables y llenos de vida, su infalible instinto para los diálogos, su enorme ingenio narrativo. ‘El visitante’/’The Outsider’ es una de sus últimas novelas, y desde el arranque se percibe la rotundidad del que se las sabe todas, de quien hace mucho que tiene cogido el toro por los cuernos, y de alguien que poco a poco te va enredando en una historia apasionante y en cuanto te descuidas te tiene enganchado a una intriga al principio inquietante y después terrorífica.

Cuenta la historia de un asesinato atroz, cometido contra un niño que no llega a los diez años, a quien han sodomizado con una gruesa rama de un árbol y arrancado varias partes de su cuerpo a mordiscos. El caso parece claro para el detective local de ese pueblo ficticio, pues los testigos, las abundantes huellas dactilares e incluso el ADN apuntan a una sola persona, un hombre muy querido en el pueblo al que se arresta inmediatamente. El único problema, el gran problema, es que esa persona no estuvo en la ciudad el día del asesinato, puede demostrarlo con pruebas fehacientes. Se establece en ese momento la imposibilidad de que una persona esté en dos sitios al mismo tiempo, y ni siquiera la opción de un doble o doppelgänger parece viable. El novelista, con su habitual pericia, nos irá introduciendo poco a poco en un horror inimaginable.

Ahora la adaptación. Está escrita nada menos que por Richard Price, un veterano guionista que también se las sabe todas. Ha escrito guiones para Martin Scorsese y ha participado en series como ‘The Wire’ o, más recientemente, ‘The Night of’. Y lo interesante, o más bien irónico, de su adaptación, es que sigue los mimbres de la novela más o menos hasta el episodio 4, y a partir de ahí su historia difiere de la novela cada vez en más aspectos, desde el orden de los acontecimientos hasta las mismas secuencias, y tienen lugar diálogos y hechos que jamás aparecen en el libro, un desarrollo de la investigación alejado de lo que proponía King, hasta llegar a un final algo más parecido y que en la serie es mucho más contundente e inquietante que el de la novela, pues King una vez más escribe un final débil y algo precipitado para su historia.

Es tan diferente en algunos puntos la historia de la serie a la de la novela, que creo que deberían considerar no decir que es una adaptación, sino que es una historia inspirada en ese libro. Y la pregunta que yo me hago es la siguiente: ¿si tu interés de adaptar un libro concreto nace de la lectura de ese libro y de las posibilidades que sospechas que esa historia puede tener en un medio visual, por qué luego, al adaptarla, coges algunos mimbres iniciales y luego inventas personajes, relaciones, situaciones y respuestas que no están en ese libro? Personalmente no lo entiendo. Sí entiendo que por ejemplo se decida que la serie transcurra en una atmósfera otoñal, en lugar del verano abrasador que nos cuenta Stephen King. Yo también me imaginaba más un otoño gris y ominoso antes que un sol constante, porque creo que establece mejor el tono de esta historia. También entiendo que se altere un poco el importante personaje de Holly Gibney y que en la serie parezca casi una psíquica, y puedo entender que, a grandes rasgos, no vas a escribir un guion, necesariamente, calcado página a página de la novela, pero ¿qué necesidad había de cambiar el curso de la investigación, de inventar capítulos nuevos que nada añaden a la trama, por cierto, de alterar las relaciones entre los personajes…? En mi opinión, si en tu adaptación vas a cambiar algo sustancial y ese algo no mejora lo escrito en el libro, no lo hagas.

La serie es más que decente, y tiene algunos momentos realmente magníficos, el reparto está muy bien y su puesta en escena está muy cuidada, con un uso muy psicológico de la cámara y de la atmósfera, y con una música excelente porque está escrita y ejecutada de manera muy inteligente y jamás obvia. Pero diez capítulos se antojan algo excesivos, y la trepidante trama del libro parece diluirse en algunos momentos. Entiendo que querían escribir y realizar algo parecido a una saga, pero con ello sacrificaron la unidad de la historia. El clímax en el bosque, eso sí, es excelente, mucho más potente que el de la novela, que se me antoja insuficiente para la potencia de la la estructura de King.

Llegarán más adaptaciones de King en los próximos meses y años, confirmándole como el autor más adaptado de la historia del cine. Es cierto que la mayoría de sus novelas proponen una aventura muy cinematográfica, pero tanto en su caso como en otros, no estoy seguro de que tenga mucho sentido llamar igual a la historia cuando su estructura, sus personajes y su espíritu tiene poco que ver con King, como ha sucedido tantas veces. Una adaptación es más fiel y puede llamarse así, adaptación, cuando más que ser un calco de la historia original, mantiene intactos el espíritu y la atmósfera original de la novela. Y no es el caso de ‘The Outsider’, una serie muy bien hecha que, como ‘Castle Rock’, parece más inspirada por el universo del autor que otra cosa.

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CINE

Cine adulterado, saturado y caduco

Por si el lector no lo sabe, existen dos clases de efectos especiales: los efectos especiales «a cámara», y los llamados de forma habitual efectos visuales. Los primeros serían efectos que en su mayor parte suceden delante de la cámara. Consisten en un trucaje que queda capturado por la cámara, y quizá luego suavizado o perfeccionado a posteriori, pero que sobre todo suceden en el set de rodaje, como maquillaje, efectos animatronics (como los muñecos de los parques de atracciones), incendios reales, y un larguísimo etcétera. Los segundos serían efectos producidos después del rodaje y añadidos a la película de manera digital. Estos son los efectos que cada día se emplean más a menudo en filmes de fantasía o ciencia ficción, y ya incluso en otros que quedan fuera del marco de esos dos géneros. El problema es que generalmente se emplean mal, y dotan al filme de un aspecto artificial, adulterado y muy poco creíble.

Recuerdo que cuando los efectos digitales comenzaron a perfeccionarse, hace ya casi tres décadas, tuvo lugar un encendido debate, que duró años y que ahora parece haber desaparecido, sobre la proliferación de esos efectos en películas comerciales. Básicamente se hablaba de «las películas de efectos especiales» de un modo peyorativo, como si fueran filmes de escasa calidad narrativa por el mero hecho de introducir en sus imágenes las primeras criaturas creadas por ordenador. Lo cierto es que en muchos casos merecían ese tratamiento peyorativo, aunque no en todos. Algunos directores ya conseguían incrustar en sus ficciones efectos visuales (los del segundo grupo, los que se introducen digitalmente) de una manera creíble, creativa y sobre todo orgánica, pero eran los menos. Un ejemplo excelente siempre me ha parecido ‘Fight Club’, de David Fincher, que hace 21 años introducía secuencias enteras creadas por ordenador, incrustadas de manera absolutamente orgánica gracias al enorme temperamento visual de este cineasta.

Lamentablemente, con la llegada de la era digital, docenas y docenas de directores sin la autoexigencia formal de un Fincher, un Cameron o un Cuarón, empujados por una industria ávida de ofrecer a la masa de espectadores un espectáculo de colorines y de criaturas interminable, han hecho proliferar los efectos digitales hasta un punto casi estomagante, del que no se han salvado productos multimillonarios, y que teóricamente debían entregar un acabado digital perfecto, como la saga Harry Potter o las nuevas películas de ‘Star Wars’, por no decir las películas de ‘El señor de los anillos’ o de ‘El Hobbit’ perpetradas por Peter Jackson, y hasta las películas del Universo Marvel. Títulos carísimos, con departamentos gigantescos de efectos visuales, con gente preparadísima que al final lo que aporta al cine es un espectáculo de dibujos animados interactuando con actores reales…

Porque sucede lo siguiente: el espectador sabe lo que está viendo. Si algo ha traído esta era digital, aunque muchos no sean conscientes, es un aprendizaje casi instintivo a los espectadores de toda condición sobre la calidad, pertinencia y origen de las imágenes cinematográficas. Y todos sabemos ya si lo que estamos viendo es real o no, y esto es fundamental a la hora de valorar si una película es creíble, si entras en ella, o no. Por ejemplo: aún se sigue considerando la transformación de ‘Un hombre lobo americano en Londres’ como la más perfecta jamás realizada, ya sea en un filme de terror o de cualquier otra clase:

Si tal cosa sucede es porque, además de la pericia narrativa de John Landis, lo que estamos viendo sucede delante de la cámara. Eso lo hace mucho más terrorífico, memorable y sobre todo creíble. Si esta secuencia se hiciera hoy día, no me cabe duda de que se haría de manera digital, con lo que no tendría ni una décima parte de la fuerza que tiene en la película de Landis, como tantas veces lo hemos visto en muchas películas, y se haría algo parecido quizá a lo se hace en ‘Van Helsing’ (una película que no está del todo mal, todo sea dicho…)

Es muy espectacular, pero no te lo crees. Sabes que son dibujos animados, y por tanto no «entras» de manera emocional y psicológica en eso que estás viendo, tan solo entras desde una perspectiva sensorial: una transformación de un hombre en una criatura fantástica como un hombre lobo. La diferencia es gigantesca. Y esto sucede en el cine actual de manera continua y hasta enfermiza, convirtiendo las películas en parodias de sí mismas. No solo en lo que tiene que ver con transformaciones, sino también con toda clase de criaturas y sobre todo con batallas de todo tipo. Pongo dos ejemplos de batallas rodadas «a cámara»:

La primera la obra maestra de David Lean, y la segunda la que dirigió de rebote (y le quedó bastante bien) Stanley Kubrick. Son dos ejemplos superlativos de secuencias de grandes batallas con literalmente miles de extras. La enorme ventaja de estas secuencias frente a otras realizadas hoy en día es palpable con sólo ver dos ejemplos:

Y es que sabes perfectamente que lo que estás viendo es mentira. El cine, como todo arte, consiste por supuesto en una mentira, pero es una mentira pactada con el espectador. El receptor ha de percibir que es una mentira «que se puede creer», una mentira tan bien elaborada que puede creérsela sin ningún problema. Esto no sucede en estas películas, más basadas en el fandom y la presión mediática que en el verdadero cine que alberguen, más bien escaso. Los directores, los productores, y los diseñadores de efectos digitales, se creen que ya que su juguete se lo permite, pueden introducir ejércitos no ya de miles sino de millones, literalmente, de individuos. Y así, asistimos a un espectáculo de dudosa emoción, y obtenemos muchas ficciones, como por ejemplo ‘Alice in Wonderland’, del muy sobrevalorado Tim Burton, en la que también tenemos una batallita final con criaturas generadas por ordenador…

Es fundamental que los sucesos y las peripecias de los personajes, ya sea una conversación en lo alto de un edificio o una batalla en mundo fantástico, suceda en la pantalla. La verdad de una imagen, de una secuencia, está en el plano, no en el montaje ni en los efectos visuales. No puedes engañar al espectador eternamente. Yo afirmo que la mayoría de estas películas de aventuras fantásticas producidas en las dos últimas décadas, dentro de no muchos años se verán como algo bastante ridículo, incluso por los mismos espectadores (cientos de millones) que actualmente las jalean como el no va más del espectáculo. Porque al igual que de forma automática hemos enseñado a una generación entera de qué están hechas las imágenes que están viendo, al final conseguirán discernir por sí mismos cuáles de esas imágenes son una saturación adulterada y caduca de una secuencia, y cuales otras están elaboradas con grandeza y profundidad narrativas.

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CÓMIC, CINE

Imágenes en blanco y negro

Nunca han faltado los puristas (qué poco me gustan los puristas…espero no ser uno de ellos) que durante años clamaran que el verdadero cine, el esencial, es en blanco y negro (B&N a partir de ahora, para abreviar), que el Noir empezó y terminó con el B&N, y que como prácticamente todo el cine mudo (salvo el que se coloreaba a posteriori con esos tonos azules o rojizos tan poco naturales) fue, necesariamente, en B&N, demuestra la «pureza» de esa idea y de cierto tipo de cine ya extinguido. Son ideas más o menos defendibles, esgrimidas generalmente con pocos argumentos, pero hay algo que es indiscutible: las imágenes en B&N tienen algo especial, algo casi poético, de lo que carecen las imágenes en color, y eso tanto en cine como en otros soportes visuales tales como la fotografía artística o el cómic. Esas imágenes poseen un aura y unas calidades muy específicas, que cualquier espectador o receptor puede apreciar aunque no sea muy ducho en fotografía.

No sé cuántos lectores de estas líneas han hecho un corto en su vida, o un trabajo fotográfico ambicioso, pero el tema del color es un problema serio cuando no trabajamos con el B&N. Yo he hecho cortos y trabajos fotográficos, y desde el primer momento te das cuenta de que jamás puedes reproducir los colores de la vida real, y que intentar tal cosa es un empeño fútil. Has de conocer cómo captura el color tu cámara o tu película, del mismo modo que el encargado de color de un cómic ha de establecer una paleta para el acabado final. Y esto, este trabajo con el color, puede ser un verdadero quebradero de cabeza, y más de una vez te encuentras en callejones sin salida en los que te das cuenta de que los colores no son los que tú querías, y eso no lo arreglas ni con el etalonaje más concienzudo del mundo. Pero con el B&N el trabajo es mucho más fluido y mucho más natural. No es tan fácil como quitar el color, pero sí puedes acercarte a la imagen desde un punto de vista mucho más sencillo y basado en luces y sombras, más que en colorimetría.

El cine empezó en B&N porque no existían las técnicas actuales para revelar en color, y cuando por fin existieron, los costes eran prohibitivos, por eso hasta mediados del siglo XX no se implantó el color como algo habitual en las películas, aunque aún se hacían muchas, la mayoría, en B&N. A partir de los años sesenta empezó a introducirse una mayor aceptación del color, y a tomarse el B&N como algo vetusto y del pasado, pero han seguido produciéndose películas en B&N. No muchas, pero de vez en cuando nos llegan títulos en ese formato. Es paradójico, pero la mayoría de los grandes directores de nuestra época han hecho al menos una película en blanco y negro, y aunque los resultados globales del filme quizá puedan ser discutibles en algunos casos, las calidades fotográficas, meramente visuales, de esos filmes, son muy superiores a casi cualquier otro contemporáneo. Spielberg hizo su ‘Schindler’s List’, Scorsese su ‘Raging Bull’, Alfonso Cuarón su ‘Roma’, los Coen ‘The Man Who Wasn’t There’, Alexander Payne ‘Nebraska’, Jim Jarmusch ‘Dead Man’, Michael Haneke con ‘La cinta blanca’, Woody Allen con ‘Manhattan’, ‘Stardust Memories’, ‘Shadows and Fog’, ‘Zelig’, ‘Celebrity’ y ‘Broadway Danny Rose’…

Estos filmes parecen, al mismo tiempo, un homenaje al B&W y una exploración de sus posibilidades expresivas y estilísticas actuales. Pero algunos como ‘The Elephant Man’, de Lynch, no podrían entenderse en color. En esos casos la imagen monocromática era tan obligada como lo es por ejemplo en el neorrealismo italiano. Es inimaginable una versión en color de ‘Los olvidados’ de Buñuel, o de ‘Germania, anno zero’ de Rossellini. Estos filmes hicieron del blanco y negro algo consustancial de su estrategia narrativa, lo mismo que le sucede por ejemplo a ‘Night of the Living Dead’, de Romero.

Porque el «Black & White» tiene algo inasible que hace que la película proyecte un estado de ánimo muy diferente al color. Es un efecto eminentemente teatral, sin ninguna duda, pero que a los pocos minutos de proyección el espectador asume como completamente natural. Decía Tarkovski que los sueños y los recuerdos no pueden ser en color, que aunque no nos demos cuenta son en blanco y negro. Yo no lo tengo muy claro, pero quizá sea verdad, no lo sé. Lo que sí sé es que cuando vemos una película en blanco y negro enseguida nos olvidamos de que son solamente dos colores (o tres, sin contamos el gris): nos parecen muchos colores más. Nuestra mente compensa aquello que no nos ofrece la película y de alguna manera la experiencia visual es más nítida, menos impuesta por los colores «personales» del director. Es un cine que a mí siempre me ha parecido más plateado que oscuro, en el que las sombras y las fuentes de color adquieren mayor relevancia y necesidad narrativa, por decirlo de alguna manera.

Y lo mismo me sucede con el cómic, y aquí incluyo el manga japonés, y no porque el cómic tenga nada que ver con el cine (algo tiene que ver, pero mucho menos de lo que dicen algunos), sino porque al ser también imágenes en las que el color o la falta de él supone una diferencia gigantesca, siempre he preferido, por motivos que no consigo explicarme a mí mismo, los mangas en B&W…

…que son la mayoría de los que se hacen en Japón, a los que nos llegan a todo color:

Del mismo modo que prefiero los cómics de Conan en esplendoroso blanco y negro…

…que los quizá muy elaborados colores de otros títulos del mismo personaje:

Convendrá el lector que el blanco y negro de estos cómics tiene otra textura, otra…atmósfera, mucho más rica y mucho más sugerente en el caso del dibujo monocromático que en esos colores tan vivos. Lo mismo sucede con la fotografía: suele ser mucho más interesante en blanco y negro que en color, incluso los retratos (¡no me negará nadie que salimos todos mucho más interesantes en B&W!). Es posible que el B&N nos permita elegir a nosotros, de manera inconsciente, los colores del mundo, al igual que le permite al cine, a la fotografía o al cómic establecer un estilo mucho más marcado y más cercano a los sueños o a los recuerdos.

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CINE

Directores en peligro de extinción

A todos nos gustan esos directores que hacen una película cada dos o tres años, incluso cada año, algunos afortunados, por lo que en dos o tres décadas acumulan la friolera de doce o quince títulos, y es fácil ponerse con ellos y empezar a desbrozar su estilo y a elegir cuáles son sus mejores títulos, y ver sus influencias, y cómo están influyendo ellos mismos… Y más aún cuando consiguen esa fluidez incluso al final de sus carreras, ya con setenta u ochenta años, y empezamos a decir fíjate que gran cineasta y cómo aguanta el tío, a pesar de su edad, y sigue haciendo una película cada año…lo hace porque es un monstruo, un genio, un titán, etc, etc… Y lo cierto es que pensamos todo esto y nos gusta todo esto porque estamos muy mal acostumbrados y vamos un poco a lo fácil, nos guste o no.

Conseguir firmar una carrera que abarque cinco décadas y que en cada década conste de tres, o cinco, o siete títulos, es una verdadera rareza, y tiene mucho más que ver con la suerte que con el genio (aunque solamente los más grandes se mantienen década a década en perfecta forma…). Hay muchos más directores cuyas carreras son francamente irregulares en intensidad de títulos, pero cuyo talento es innegable, y que a lo mejor han firmado en su carrera ocho películas, o cuatro. O una, como es el caso de Charles Laughton con la inolvidable ‘La noche del cazador’ (‘Night of the Hunter’, 1955), y que por tanto nos parecen menos interesantes o por lo menos de un valor más cuestionable, porque…¿cómo va a estar por encima un director de tres títulos a otro que haya filmado veinte películas? ¿Cómo va a ser superior Andrei Tarkovski, que dirigió siete, a John Ford, que hizo más de setenta cortos y mediometrajes, y más de sesenta largometrajes?… Imposible, ¿no?… Pues sucede que es posible.

Y más aún: ¿cómo va a ser más importante un director de carrera truncada que otro que a sus setenta y ochenta sigue disfrutando de las mieles del éxito? ¡Eso suena antinatural! Si ese cineasta experimentó un descarrilamiento en su carrera, algo haría, ¿no? Seguro que no le interesa tanto el cine como a otros. ¿Cómo va a ser más importante John Carpenter que Clint Eastwood o Ridley Scott?… Pues lo es. Por supuesto que hay mucho mediocre que jamás debió dedicarse a dirigir y que nos libró, a sus cuarenta y cinco años, de mayores sufrimientos, pero lamentablemente la historia del cine está trufada de grandes nombres ocultos para el gran público que hicieron grandes cosas y cuya carrera no ha pasado a la historia. Muchos más de los que quizá el inopinado lector de estas líneas pueda imaginar.

Estoy pensando ahora mismo en Todd Field, director de dos únicos largometrajes, después de estrenar una serie de cortos y otros trabajos menores. El primero de esos largos fue nada menos que ‘En la habitación’ (‘In the Bedroom’, 2001), un filme magistral cuyo visionado es obligatorio para todo cinéfilo que se precie. Y el segundo el más que notable filme ‘Juegos secretos’ (‘Little Children’, 2006), que de alguna forma incidía en ese mundo de guetos de lujo que son los barrios residenciales de EEUU, y en los demonios que pueden surgir en los pliegues más confortables de la sociedad. Dos películas magníficas, dignas de un cineasta superlativo. No ha vuelto a dirigir ningún largometraje más. ¿Por qué? ¿Es que se enfrentó a la industria de alguna manera o tuvo algún escándalo sonado? No lo parece. ¿Entonces?…

Otro cineasta que empezó de manera inmejorable fue Frank Darabont, que en 1994 debutó con la impresionante ‘Cadena perpetua’ (‘The Shawshank Redemption’), y luego dirigió otras películas algo menores (desde luego, menores que esa, que era gigantesca), para terminar siendo uno de los creadores de la serie ‘The Walking Dead’, adaptación del cómic homónimo. A pesar de que sus proyectos han tenido bastante éxito, lleva trece años sin dirigir una película… Ya he nombrado el caso de Charles Laughton y su ‘La noche del cazador’. El propio Luis Buñuel estuvo 14 años (entre ‘Las Hurdes’, y ‘Gran Casino’), sin poder hacer ninguna película, aunque ese es un caso extremo, pues se libró de la Guerra Civil casi de milagro y estuvo dando tumbos hasta que por fin consiguió trabajo en México. Iván Zulueta, de vida desastrosa, tiene dos largometrajes, separados por diez años cada uno. Y como ellos, otros muchos, que demuestran que mantenerse como director de cine es mucho más difícil, en realidad, que llegar a serlo. Muchos han llegado y nadie se acuerdan de ellos, y mejor que no lo hubieran hecho nunca. Otros llegan, y quizá hacen una buena película, o dos, y luego desaparecen. Sin dejar rastro.

Y otros, incluso, llegan a disfrutar de un grandioso éxito en su carrera, y por imponderables de la industria, por carácter o por impedimentos de modas, en pocos años ven esa carrera venirse abajo, y no consiguen recuperarse jamás. Pocos en ese sentido como John Carpenter, que arrasó en taquilla con ‘Halloween’ y ‘La niebla’, que firmó algunas películas portentosas en los ochenta, pero que desde el fracaso de ‘Big Trouble in Little China’, en 1986, vio como su carrera declinaba de manera irremediable. Su penúltima película fue ‘Ghosts of Mars’…con 53 años. Y para la siguiente, la última que hará nunca, tuvo que esperar 9 años, y ni siquiera fue estrenada en cine.

Pero el rey en esto de ver hundida su carrera, que convierte al resto en aprendices, fue el gran Francis Ford Coppola, que en 1974 firmó su gran éxito ‘El padrino, parte II’, y que a partir de ahí, con el rodaje de ‘Apocalypse Now’ y con la locura de ‘One From the Heart’, jugó durante demasiado tiempo con la suerte y con ser una especie de Ave Fénix del cine, hasta que en 1992, con ‘Bram Stoker’s Dracula’ firmó su última gran película, y desde entonces no ha sido ni la sombra de lo que fue. Esos son los casos más duros para los cinéfilos, cuando constatamos que algunos directores se extinguen, pero muy lentamente, mientras esperamos otra gran película que nunca llega, y que en algunos casos, demasiados, nunca llegarán a ver la luz.

Nos lamentamos, algunos, que a John McTiernan le metieran una temporada en la sombra, con razón o no, y que desde entonces, como es lógico, no haya levantado ni un sólo proyecto, como nos lamentamos de que James Cameron, en todo el siglo XXI (es decir, desde 1997…) sólo haya realizado un largometraje, y de eso hace ya 11 años. De lo que algunos no nos lamentamos es de afirmar que John Ford no es más grande que Tarkovski por haber dirigido veinte veces más películas que él, al igual que Jose Luis Garci no es mejor director que Víctor Erice, pese a que el primero ha dirigido 19 largometrajes, y el segundo 3.

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CINE

‘Ready Player One’ y ‘Scott Pilgrim vs. the World’, sobre cine y videojuegos

Sigamos con ese tema tan complicado de desbrozar como es el de la enorme duda que se presenta si queremos considerar a los videojuegos un arte narrativo, o por lo menos un arte narrativo digno, y unámoslo con el de su muy particular y en cierta medida (¡en gran medida!) existencia parasitaria del cine. Porque si cuando los videojuegos eran poco más que cuatro pixels moviéndose no tenían ninguna relación con las películas, ahora que los videojuegos han adquirido un realismo asombroso, esa relación es más que evidente, y es imposible no referirse a los videojuegos como películas jugables, en las que nosotros tenemos el control del personaje (o personajes) protagonistas, y con mayor o menor libertad para movernos por la trama y por ese mundo creado por los desarolladores.

Y a veces el viaje es el inverso: películas basadas en videojuegos, de las que tenemos unos cuantos ejemplos, y en realidad muy pocos realmente interesantes. Pero lo que yo voy a poner hoy sobre la mesa no son adaptaciones de videojuegos, sino películas en las que la sustancia misma de los videojuegos se pone en tela de juicio, por así decirlo, y es parte nuclear de su trama y de su estrategia narrativa. Me refiero, como el lector ya se habrá imaginado (porque se habrá leído el título de este artículo) al último filme estrenado de Steven Spielberg, ‘Ready Player One’, y al cuarto del británico Edgar Wright, ‘Scott Pilgrim Vs. The World’, dos largometrajes que no pueden ser más diferentes entre sí, y en los que por excusas de su enrevesado argumento, nos veremos metidos en una aventura en la que el mundo de los videojuegos es esencial, pese a que ninguno de los dos parte de las imágenes de ningún videojuego.

La primera, la de Spielberg, es una adaptación de la novela homónima de Ernest Cline, que yo no me he leído (ni pienso leerme…) pero que por su argumento, del que dicen la película es tremendamente fiel, parece escrita deliberadamente no ya para el cine, sino para el propio Steven Spielberg. En ella, el protagonista, un chaval que no llega a la mayoría de edad, pobre como las ratas, se evade de su mísera existencia, en un futuro bastante desolador en el que la superpoblación y la pobreza se ha extendido por casi todo el mundo, entrando cada día en un universo virtual llamado Oasis, en el que se puede elegir una nueva personalidad, y con tu avatar puedes ganar dinero, hacer amigos, tener otra vida y jugar a una serie de juegos que todo habitual aficionado a los videojuegos puede reconocer. Cuando el creador de ese gigantesco, casi infinito, mundo virtual, muere, advierte a los jugadores que ha dejado a su alcance, en algún lugar de ese universo, el secreto para hacerse con el poder de todo ese vasto imperio.

La película podría haber sido un título de referencia, y no lo es, y esto por muchas razones. Pienso que a Spielberg le pasa lo que tantas veces: que es demasiado obvio, y no juega todas sus cartas a fondo, seguramente por tratar de llegar a cuantos más espectadores mejor, y por mor de un mayor alcance comercial. Ahora bien, sus primeros veinte minutos son apabullantes, apoteósicos. En ellos se presenta este universo virtual tan rico y con tantas posibilidades, en el que todo está generado por ordenador (y con muchísimos elementos icónicos de los años ochenta…), y en su punto culminante asistimos a la primera prueba, que es una carrera frenética con el Delorean de ‘Regreso al futuro’ como protagonista. Al verla, yo pensaba: esto es el futuro del cine. Pero la película adolece de demasiados defectos para ser ese futuro. Especialmente sus personajes, que poseen poca (o ninguna) fuerza y cuyo destino te importa más bien poco. El protagonista no tiene entidad y el malo es un villano de opereta. Con estos mimbres, efectivamente se parece a un videojuego, pues comparte con ellos el hecho de que los personajes carezcan de sustancia y toda la aventura te importe más bien poco mientras te entretenga un rato.

Para espectáculos CGI, muy superior el ‘Alita, Battle Angel’ de Robert Rodríguez. Spielberg es un director muy brillante, pero no siempre cabal. En contraposición tenemos al británico Edgar Wright, uno de los directores de comedia más interesantes del panorama actual, que en su primer filme norteamericano se metió en un delirio visual muy de su estilo, adaptando a su vez la novela gráfica de Bryan Lee O’Malley, en la que un chaval bastante alelado e inseguro, interpretado por Michael Cera, conoce a la chica de sus sueños, llamada Ramona Flowers, a la que da vida Mary Elizabeth Winstead, y hará lo imposible por estar con ella, a pesar de que eso supone tener que derrotar en combate, como si en un videjuego se tratase, a sus siete malvadas ex-parejas… Desde luego si ‘Ready Player One’ parecía escrito para Spielberg, esta excentricidad de argumento parece hecho a medida de Wright.

Es Wright un director de cine muy dinámico, muy vibrante, y con un amor personal por la comedia visual, por la locura disparatada, muy de agradecer, que en estos tiempos de corrección política y comedias bobas es casi como un oasis en medio del desierto. Este filme de 2010 carece de cualquier atisbo de autocomplacencia o pretenciosidad, todo lo contrario que el de Spielberg. Es una enorme broma sin más objetivo que hacerte reír, y comienza como una clásica película de «chico conoce chica», que luego se despeña por territorios de locura absoluta en la que Scott Pilgrim, el atribulado protagonista, se las tendrá que ver con los ex-novios (y alguna ex-novia) de la chica de sus sueños, y veremos peleas dignas de ‘Street Fighter’, o combates musicales, en los que llegaremos a ver las puntuaciones del ganador, vidas extras, personajes que se convierten en monedas, y toda la parafernalia habitual de los videojuegos, todo ello servido con el consustancial talento de Wright para la puesta en escena, los gags visuales y el montaje.

Es cierto que la película al final sabe a poco, que tanta pelea absurda acaba por cansar, de lo excesivas que resultan, y que en conjunto se pueden preferir otras comedias de Wright, pero también que posee no pocos alicientes visuales, y que existe en ella un genuino amor por lo que está contando, aunque sea (porque lo es) una majadería de gran calibre.

Ahora bien, siendo dos filmes que basan gran parte de su aparato visual y sonoro en el mundo de los videojuegos, ¿realmente van del mundo de los videojuegos, del mismo modo que algunas películas tratan sobre la música o la literatura? En cierto modo lo hacen, pero así demuestran, una vez más, la escasa riqueza conceptual de ese mundo, y al depender de algunos de sus resortes y convertir a algunos de sus personajes en meras caricaturas dignas de un videojuego, dan testimonio, siquiera involuntario, de las carencias de los videojuegos, en oposición a lo que puede ofrecer una película o una obra literaria de ficción.

En el cine, y en la literatura, el género, el universo en el que se mueven los personajes, es el marco, no el lienzo. Ese lienzo es la historia, la mirada del director o escritor, la creación de los personajes, su relación con el mundo real, con el tiempo en que esa ficción ha nacido, el estilo y la técnica con lo que todo eso está narrado. Pero en los videojuegos, ese género (aventuras, terror, bélico, sci-fi) es el lienzo, no el marco. Lo importante es el combate, la carrera, las armas, la tecnología, y por eso es un arte narrativo de tan baja, casi nula, relevancia y calidad.

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ENSAYO

¿Realmente los videojuegos pueden ser considerados un arte?

Hace mucho tiempo que muchos se hacen esa pregunta. O más bien la formulan, esperando que la respuesta sea sí. Generalmente, las que se hacen esa pregunta son personas habituadas a emplear gran parte de su tiempo en videojuegos, que poseen una o más consolas, y que llevan muchos años con carreras, batallas, aventuras, survivals, plataformas virtuales. Y estoy convencido de que se hacen, o lanzan, esa pregunta, con la esperanza de que la respuesta sea sí, porque quizá creen o sienten que ese estatus, el de arte, más que merecerlo, otorgaría una pátina de prestigio a esa actividad consistente en ganar todas las carreras, masacrar más enemigos que nadie o terminar la aventura que a veces puede llevarles varios meses, y muchos desvelos, de esfuerzo. Como si ser arte justificara esta industria multimillonaria, y quizá así se sintieran mejor con ello. Es mi sincera opinión.

Yo no sé si soy la persona más adecuada para responder a esa pregunta. Ni siquiera a intentar dar una respuesta. Pero sí, quizá, a dar mi punto de vista. Porque a pesar de que me paso la vida entre libros, música y cine, también empleo algo de mi tiempo, el que quede (siempre queda más tiempo en el día del que creemos, si sabemos organizarnos), en videojuegos. Tengo la PS4, cortesía de mi hermano, y en él tengo instalado el ‘The Last of Us’, el ‘Red Dead Redemption 2’, el ‘God of War’, el ‘Assassins Creed Black Flag’, el ‘Watch Dogs 2’, y alguna cosa más que ahora mismo no recuerdo. Y me los he pasado todos, varias veces. Esto no significa, insisto, que yo pueda dar una respuesta satisfactoria (y aunque la diera tampoco me lee tanta gente), pero el otro día un amable lector me volvió a hacer esta pregunta que ya he escuchado y leído tantas veces y que he tratado de contestar en alguna ocasión, en la medida de mis posibilidades, siendo alguien que cuando se trata de narrativa sabe de lo que habla (al contrario que el 99% de la gente que leo, en medios físicos o digitales), y siendo también bastante propenso a desfogarme, de cuando en cuando, pegando tiros como un salvaje en Valentine o hundiendo cazadores de piratas en el Caribe.

Ya era yo un chaval, y algunos se hacían esta pregunta cuando teníamos juegos como el ‘Super-Pang 2’ (al que me vicié y estuve a punto de pasarme metiendo moneda tras moneda) o el ‘Sonic’. He de decir, porque de vez en cuando soy un poquito cabrón, que todos los que por aquel entonces, y los que durante todos estos años, e incluso ahora mismo (todos los que conozco en persona, claro está, y conozco su vida…) me hacen esa pregunta son personas que leer, lo que se dice leer, leen o leían más bien poco o nada. Pero estamos en un país, y en una época, en la que nadie lee, de modo que no debería ser un detalle demasiado relevante para muchos (para mí sí…). Ahora, con el avance de la técnica, tenemos maravillas absolutas como el ‘Red Dead Redemption 2’ o el ‘The Last of Us’, y claro, los jugones, que saben de esto mucho más que yo porque se pasan el fin de semana jugando a la consola, insisten más que nunca: los videojuegos son un arte, como el cine y otros, y debería ser considerado como tal. Y yo no sé qué contestar.

Es una de las ventajas de escribirlo en lugar de decirlo: tienes un poco más de tiempo para pensar y para buscar las palabras precisas.

Actualmente un juego como ‘God of War’ requiere la inversión de decenas de millones de dólares, varios años de trabajo, un enorme equipo de profesionales, una división entera de investigadores, otra de programadores, otra de diseñadores, un nutrido grupo de guionistas, un director creativo, o varios, un jefe de producción, o varios, un director, o directores, absolutos, que a lo mejor no son los auténticos creadores de la criatura, sin olvidarnos de un escogido grupo de intérpretes, que antes daban voz pero que ahora, además, sirven de modelo para los caracteres del juego. Y todo ello para ofrecernos, año tras año, un espectáculo cada vez más realista, más impresionante, en el que poder crear un bosque, una montaña o un mundo entero virtual, dentro del cual el jugador (o los jugadores cooperativos) van a poder adentrarse y van a sentirse como en un mundo alternativo totalmente cerrado en sí mismo, con sus propia reglas y ritmos, y en el que un árbol o un caballo o un barco o una ola en el mar va a tener un aspecto muy parecido al que tiene en realidad. Con todo eso, ¿en qué se diferencia un videojuego de una gran superproducción cinematográfica? ¿No implica la creación de uno de estos títulos la participación de muchas personas de gran talento creativo y artístico? ¿No cuentan muchos de estos juegos, al fin y al cabo, una historia trepidante de acción, o de terror, o de aventuras? ¿No pueden equipararse por tanto a las películas o a las novelas de acción, terror o aventuras? Y si esas imágenes están creadas por verdaderos artistas gráficos, ¿por qué no van a estar a la altura de cualquier arte conceptual capaz de traspasar fronteras y de erigirse en una imagen icónica de su tiempo?

Todas esas preguntas, aunque algo capciosas, tienen parte de razón en su formulación, y creo que es hasta lógico que puedan incitar a alguien a pensar de manera positiva en ello, pero en mi opinión, considerar un arte a un soporte como los videojuegos, más que abrir fronteras a las capacidades expresivas del arte moderno, no lo que nos enseña, lo que nos revela, es que muchos no tienen ni idea de lo que significa el arte, y de que nuestra relación con el arte narrativo o conceptual es bastante superficial en el mejor de los casos, pues consideramos, por razones que se me escapan, que una pintada en una pared, o que un mundo creado a base de pixels puede ser considerado arte. Pero si tuviera que responder a esa pregunta en base únicamente a mis ideas más profundas al respecto, consideraría que sí, que es una forma de arte, muy tosca y más parecida a la artesanía que a un arte elevado, más aún porque todo videojuego en todo el mundo está creado, sobre todo, para ganar dinero divirtiendo a la gente, pero tal consideración no le quita sus méritos. Porque en efecto, algunos videojuegos están elaborados con verdadero arte.

Ahora bien, yo insisto en las tres características básicas que ha de reunir todo arte elevado: comunicar una cualidad trascendental de la emoción, ser una forma de conocimiento universal y constituir una experiencia sensorial y vital completa en sí misma. A estas tres básicas se podrían añadir otras secundarias, tales como que el arte ha de ser una manifestación, una expresión personal del autor, que han de constituir una mirada y una lectura del mundo, que ha de inducir al receptor en un estado de ánimo muy concreto y que ha conmover, mover con, a ese receptor. Yo creo que no existe un videojuego en toda la historia que haya logrado no ya las tres primeras características fundamentales, tampoco ninguna de las otras, las secundarias. Todo ello conforma lo que podemos denominar las bellas artes, que son la manifestación humana más importante. Los videojuegos no pueden aspirar a eso, y que no me salga alguno diciéndome que con algunos se aprende algo de historia. También aprendes algo de historia con un volumen de historia, y no por eso lo consideras arte.

Los videojuegos han de ser escritos, claro, por un alguien o por varios alguien. Ese guion no es un guion cinematográfico, sino un compendio de todas las posibilidades que puedan surgir en ese juego, siguiendo una trama, muchas veces, que sí puede considerarse ligeramente literaria, pero que a grandes rasgos puede ser alterada o elegida por el jugador, con lo que su carácter literario se deshace. Sí, tenemos una trama, como en ‘Red Dead Redemption 2’, en la que un personaje protagonista, a veces bastante bien dibujado, que será nuestro alter-ego, y al que guiaremos en base a nuestras decisiones, sea o no un juego de los considerados de «mundo abierto». De tal manera, avanzaremos por la trama, muchas veces venciendo a enemigos más o menos complicados de matar, hasta llegar a la resolución de la historia. Todo esto, muchas veces, intercalado por vídeos de aspecto más o menos cinematográfico en los que perderemos el control, momentáneamente, de nuestro personaje, con los que los creadores certificarán su deuda con los mecanismos del cine y al mismo tiempo romperán la unidad estética, si es que a eso puede aspirar, del videojuego.

Bien: ¿en qué se diferencia esto, pese a que ese río o ese bosque se ven tan reales y tan hermosos, o más aún, que uno real, pese a que los personajes que aparecen poseen un realismo pasmoso y con voces de actores muy bien dobladas, pese a que alberga un sonido y una luz estupendos, de un concurso televisivo de pruebas físicas, uno en el que tú mismo participaras, y en el que cada momento climático se viera intercalado por un corto de animación explicándote cómo sigue la historia? ¿Seguirían algunos considerándolo arte en ese caso? De acuerdo, unos artistas extraordinarios han levantado un mundo ficticio, con detalles increíbles y hasta con un diseño muy marcado, casi abigarrado, pero ¿basta con eso? De hecho, ese es el único detalle que más o menos podría cumplir con el hecho de convertirse en una experiencia vital completa, el viaje inmersivo que realiza el jugador cada vez que le da al play, pero, ¿puede realmente considerarse una experiencia vital y sensorial completa en sí misma cuando en realidad jamás olvidas que los personajes, todos, incluso el tuyo, es un muñeco, un autómata que se mueve a tu voluntad o la de la inteligencia artificial del software?

Creo que he dado mi opinión lo mejor que he sabido o podido, en el caso de que alguien realmente le importe. Los videojuegos son un arte artesanal, sin duda, que nos ofrece mundos alternativos en los que descargar adrenalina, o sentirnos durante una hora unos piratas, o unos supervivientes, y nos aportan escenarios o historias o atmósferas realmente impactantes, pero son un arte tosco, que no se sostiene estética ni narrativamente, y que jamás, al paso que va, conseguirá conmover y elevarnos de la misma manera que las bellas artes. Pero en realidad tampoco lo pretende. Lo único que quiere, y para lo que está diseñado, es para evadirnos de este mundo y ayudarnos a pensar un poco menos, mientras sus responsables se llevan miles de millones de dólares en ganancias. Parece una transacción justa.

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CINE, ENSAYO, LITERATURA

El cine no es nada comparado con la literatura

Aún así el cine es, puede ser, un arte maravilloso, y a muchos nos tiene enamorados, pero es imposible comparar el cine con la literatura, del mismo modo que es imposible comparar los videojuegos con el cine. No solamente por la abismal diferencia que suponen cientos de años de literatura con ciento veinticinco años escasos de cine, que también se traduce en una abismal diferencia de títulos… no se trata de comparar aportaciones «al peso», sino lo que supone la experiencia de leer un libro, ya sea una novela, un relato o un poemario. El cine no puede competir en cuanto a forma de comunicación y de conocimiento, a pesar de que juega con ventaja, pues argumentalmente nace de la literatura y formalmente es mucho más vistoso. Puede ofrecer una experiencia sensorial total en dos horas, cuando pocos libros se leen en tan poco tiempo. En una semana puedes ver una veintena de películas, pero hay libros que no te lees en una semana. Si quieres leerlos bien, al menos. Pero sobre leer bien volveré más adelante.

En mi opinión, el cine no alcanzó su mayoría de edad hasta los años setenta. Sé que para la mayoría de estudiosos y de analistas cinematográficos, este medio ya obtiene una cima con el cine mudo, que luego se vería refrendada por el cine académico, mal llamado clásico, de los años treinta y cuarenta, pero ya dije en cierta ocasión que en el cine mudo se inventó lo visual, y el cine no es solamente visual, también es sonoro. Y creo que los años treinta y cuarenta fueron un retroceso. Mucho de ese cine no aguanta un visionado actual. Es imposible negar su importancia histórica y epocal, pero no posee un vuelo estético duradero, pues depende muchísimo de la literatura y el teatro, del musical y de los géneros, y tan solo puede defenderse el trabajo de los más grandes artistas de esos años (Welles, Buñuel, Rossellini…). Tal retroceso se extendió a los años cincuenta, y tan solo empezó a liberarse de ataduras academicistas, a preocuparse de verdad por la imagen y el sonido y a despojarse de convenciones teatrales, en los convulsos sesenta, en los que tantas cosas sucedieron, preparando el terreno para la eclosión y rotundidad de los años setenta, que fueron tan fructíferos que opino, y creo que no me equivoco, que la mayor parte del mejor cine que vemos ahora mismo posee un cordón umbilical directo, formalmente hablando, con aquel decenio.

Pero estoy convencido de otra cosa: que el que no lee no puede apreciar el gran cine en toda su dimensión. Y la gente no lee. No solamente en España, un país muy poco lector, sino en todo el mundo. Y dirá el lector, no sin razón: ¿Massanet, tú cómo puedes saber que la gente no lee en todo el mundo? Y yo responderé: simplemente lo sé. Me cuesta encontrar gente verdaderamente lectora, y cuando encuentro por ejemplo a compañeros de trabajo, o amigos de amigos, o a conocidos de familiares, que me dicen que leen, y en efecto lo hacen, simplemente consumen las novedades dictadas por las grandes editoriales, no conocen ningún clásico ni ningún gran escritor, y se expresan acorde a ese bagaje cultural. Tengo gente que lee y que se interesa por poseer unas lecturas interesantes y valiosas, pero es poquísima. Y la literatura se muere, la están matando y embruteciendo entre todos, y es muy difícil encontrar autores arriesgados hoy día, y que además obtengan un impacto mediático.

El espectador de cine se sienta en su sofá, o en la butaca del cine, lo más cómodamente que puede, y deja que la película comience y apenas tiene que hacer mucho más. El director le coge de la mano y se lo lleva de paseo. Como mucho, en los casos más extremos, ha de esforzarse en desentrañar una trama o en entrar en un mundo o un estado anímico que no tenía previsto, y que por tanto entra en conflicto con sus prejuicios sobre lo que es una película. Nada más. Es muy diferente de lo que debe hacer no cuando se lee una mala novela, por cierto, que son como películas, sino cuando se lee una obra maestra como ‘La montaña mágica’, de Thomas Mann, que jamás se quedará obsoleta y que pese a las apariencias, no es en absoluto abstrusa o demasiado compleja, pero sí requiere tiempo y dedicación. Y lo que te da esta novela no puede dártelo ni toda la filmografía de Billy Wilder. Es cuestión de aportaciones estéticas, de conmoción narrativa. Lo más valioso, siempre, siempre, requiere un esfuerzo consciente, una exigencia máxima, al receptor. Sin lucha no hay conquista, y ser un cinéfilo no vale de nada si te lees una novela o un libro de cuentos cada tres meses.

El año pasado me leí setenta y siete títulos, si no recuerdo mal, entre teatro, poesía, ensayo, novela y cuentos (no cuentos individuales… libros de cuentos). Este año llevo leídos veintidós, y estoy ahora mismo con el veintitrés. Por lo que desde enero del 2019 hablamos de unos 100 libros. Créame el que acceda a estas líneas que intento escoger lo mejor que sé y que puedo, y que a pesar de que me permito el lujo de leer estupideces como ‘Sidi’ o ‘El paciente’, mi tiempo es oro, y aún así, aunque me dejo los ojos con D.H. Lawrence, o con Conrad, o con Svevo, con Frisch, he de reconocer que algunos de sus libros me han dejado frío. No he sido capaz de entrar en ellos, sin dejar de constatar su indudable talla como escritores. Pero incluso de esos encuentros en los que creo que el autor en cuestión, o por lo menos que ese título individual está sobredimensionado, aprendo mucho más con esa lectura, infinitamente más, que con las películas fallidas de Clint Eastwood o de Ridley Scott.

Por no hablar de las obras absolutamente grandes. En este periodo de lectura me he leído dos de Herman Hesse (‘Siddhartha’ y ‘El juego de los abalorios’), dos de James Joyce (‘Retrato del artista adolescente’ y el maldito ‘Ulysses’), una de Herman Broch (la sublime ‘La muerte de Virgilio’), la ya nombrada de Thomas Mann (‘La montaña mágica’), de Cormac McCarthy su obra maestra absoluta ‘Meridiano de sangre’, de William Faulkner diez novelas (algunas de ellas las mejores que jamás leí) y dos libros de cuentos, la extraordinaria ‘La canción de Salomón’ de Toni Morrison, algunas estupendas novelas de Stephen King (otras no tan buenas, por desgracia…), por fin la poesía completa de Walt Whitman, ‘Una habitación con vistas’ y ‘Orlando’ de Virginia Woolf, de Olaf Stapledon la maravillosa ‘Hacedor de estrellas’, de Max Brooks la impresionante ‘Guerra Mundial Z’, de Tolstoi algunas novelas breves (y he de releerme la monumental ‘Guerra y Paz’), la ‘Antolojía’ de Juan Ramón Jiménez, ensayos de Unamuno… entre otras maravillas.

Toda esta narrativa, este bagaje cultural, está al alcance de cualquiera, desde un nivel monetario y logístico, aunque quizá no es fácil de leer y no es apta para todos los paladares, de eso me doy también cuenta yo solo. Que la masa prefiera leer novelas basura es problema suyo y una elección muy respetable, pero no es defendible pensar que el cine puede estar a este nivel de aportación cultural salvo en algunos casos aislados, y sobre todo a partir de los años setenta, que fue cuando el cine se hizo mayor. Yo creo que es imposible verlo de otra manera.

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