Mis enseñanzas en la Escuela de Cine de Madrid

En todo lo relativo a cine, o a narrativa, o a arte audiovisual en general, ya adelanto que en la Escuela Oficial de Cine de Madrid, la ECAM por sus siglas, no aprendí absolutamente nada. De hecho, en cierto sentido, creo que fue mucho peor, para mi bagaje personal, ir allí de lo que podría haber sido no haber ido nunca. Me podría haber ahorrado el dinero y haberlo invertido en algo más productivo. Pero vamos por partes.

Creo que nunca insistiré lo suficiente en lo inocente que he podido llegar a ser en muchos momentos de mi vida, especialmente cuando acababa de salir de la adolescencia y daba mis primeros pasos como persona supuestamente adulta. Yo tenía la sensación, más bien la creencia, de que el mundo era un lugar justo, en el que básicamente si te esforzabas lo suficiente y eras honesto, podías llegar a conseguir muchas cosas de las que te propusieras, y que la gente que te rodeaba, en su mayor parte, era tan honesta y con tan poca malicia como tú mismo. Ah, y que los profesores que te tocaran en suerte, fuera en la universidad o en la Escuela de Cine, tendría algún interés, siquiera tangencial, hacia su propio trabajo. Ya se imaginará el lector de estas líneas que todo ese castillo de naipes se me desbarató al primer soplido.

Tardé tres años en ingresar en la ECAM. Para acceder a sus cursos todo aspirante tenía la necesidad de llevar a cabo una batería de pruebas, a cada cual más desafortunada (recuerdo que una de ellas era una crítica por escrito a una película…), y la última una entrevista personal con el equipo directivo del centro. Cuando ya había perdido toda esperanza de que pudiera suceder, conseguí llegar a la última prueba, la entrevista, y contra todo pronóstico fui elegido entre la docena que empezaría el siguiente año en la diplomatura de dirección de cine. Yo tenía unos veinte años, poco más. Y, claro, estaba entusiasmado porque por fin había conseguido entrar en la ECAM, y ya me veía a mí mismo convertido en un director de cine en pocos años, y tratando de salir adelante en esta raquítica industria nuestra.

Las expectativas, si no recuerdo mal, se me cayeron a las tres semanas de ir a clase. Antes de cumplirse un mes, eso seguro. Los primeros días, por razones que se me escapan (como se me escapa todo lo demás), asistimos todos los nuevos a una serie de conferencias sobre el cine español, o sobre el arte y estética en general, algunas de ellas dadas por personas muy capaces, que nunca volví a ver. También a alguna proyección de más de una película proyectada de forma caprichosa por el director del centro, Fernando Méndez-Leite. Y a la segunda semana empezaron las clases. Llamarlas clases es un decir, porque no sé cómo llamarlas, pero el caso es que empezaron. La encargada del seminario de dirección era Ana Díez, que ha hecho algunas películas de las que por suerte o por desgracia ya no se acuerda nadie. De otros profesores me acuerdo menos, pero de ella me acuerdo muy bien.

Digo de ella, porque de sus clases lo único que recuerdo es que se pasó varios meses hablándonos de sus experiencias personales, de lo mal que estaba la industria, de que era muy complicado que ninguno de nosotros llegara a nada… Todo ello explicado y narrado con una desidia, con un mal humor, con una displicencia, que era verlo para creerlo. Recuerdo que en cierta ocasión se sacó de la manga una “clase de planificación visual”: se trajo los brutos (esto es, las diversas tomas sin montar de una película), de un filme suyo de 1997, llamado ‘Todo está oscuro’. En esos brutos pudimos ver unas cuantas tomas y planos de una secuencia concreta. Juro por todos mis muertos que esta persona había filmado la secuencia desde todos los ángulos posibles: desde arriba, desde el frente, los lados, desde detrás. Y luego había cambiado las ópticas, varias veces, de modo que tenía ese plano de arriba, o de detrás, o de frente, o de los lados, pero más corto o más largo, 65 mm, o con 180mm. Eso fue todo. Prometo que yo no daba crédito.

Y yo empecé a pensar (¿no he dicho que era un inocente?) que seríamos, los de dirección, los únicos que padeceríamos unas clases nefastas. Qué va. Nada más lejos. Cada vez que me reunía con mis amigos de la diplomatura de fotografía había que verles las caras. Hasta el suelo las llevaban. Y lo mismo, los de producción, por no decir los actores. Aquello era una fiesta de caras hasta el suelo. Los de producción, que no recuerdo a quien tenían de profesora, nos contaban que les estaba diciendo que sobre todo un productor tiene que aprender a decir NO. A decir NO… ¡Todo lo contrario! Un productor está ahí para decir sí a cualquier petición (razonable…) que le haga el director, y para conseguírselo en la medida de sus posibilidades. ¡Para eso está el productor!

También teníamos clase de historia del cine español (a cargo de Carlos F. Heredero, que aún sigue por ahí), que no estaba mal pero que no nos hacía convertirnos en directores o en cineastas en general, aunque sí conocer quienes habían sido los directores más importantes de nuestro cine, y teníamos clases optativas. Yo estuve en muchas clases de guion con Juan Antonio Porto, y en unas cuantas de fotografía con el hermano de Teddy Villalba (¿cómo se llamaba este hombre?), que trataba a sus alumnos, fui testigo en numerosas ocasiones, como si fueran gilipollas a su servicio, poco menos que memos a los que darle el biberón… Todo muy divertido, didáctico y acogedor…Ah, y tuvieron lugar varias trifulcas con los alumnos de guion, porque querían filmar sus propios cortos a fin de curso, en lugar de hacer eso para lo que habían entrado a estudiar (escribir guiones…) y que se los filmaran otros (nosotros…sin ir más lejos). Al final los directores escribimos nuestros propios guiones, por desgracia… Por último, en este aspecto, decir que intenté levantar, en esos nueve meses de curso, tres proyectos por mi cuenta, todos ellos rechazados por Teddy Villalba, que concedía medios (cámaras, atrezzo, sonido y demás) a amigos o a hijos de gente famosa. A esos sí. A mis colegas cutres y a mí ni un foco.

Pero si el trato y las clases con el profesorado fueron cercanas a una pesadilla, la rutina diaria con los “compañeros” yo creo que fue bastante peor. Allí todos, hasta el más cenutrio, era un experto en cine, en literatura y en arte, y una futura estrella mediática. Yo no he visto a ni uno solo, salvo a Paco Plaza (me gustan sus películas, sin tirar cohetes, pero no le considero un director demasiado interesante), salir de la ECAM y convertirse en director, productor, guionista, montador o director de fotografía, pero en aquel momento era algo alucinante. No es que los de tercero y los de segundo te mirasen por encima del hombro, como si fueras poco menos que la mierda que acababan de pisar en la calle, es que los de primero, los que iban conmigo a clase, también lo hacían. Han pasado varios años y no veo que ninguno haya estrenado una sola película en cines, con todo lo creidito que se lo tenían. Incomprendidos ellos. Creo que el más chulo y arrogante de todos (no voy a decir nombres, esto no es una venganza, sino una crónica), ha hecho algún cortometraje porno. ¡Bien por él!

Al final, tuve ciertas “conversaciones” con mi profesora y con la junta directiva, suficientes para que me obligaran a repetir curso, por díscolo y bocazas. Me fui y no miré atrás. Al año siguiente me matriculé en el Instituto de cine de Madrid, y me lo pasé muy bien, hice algunos cortos interesantes y por fin aprendí cosas, tuve profesores estupendos y conocí a compañeros realmente inteligentes, generosos y agradables. Esos años sí valieron la pena, pese a los sacrificios económicos, pese al enorme esfuerzo. Empezaba a saber un poco de qué iba esto del cine, y que me iba a ser imposible hacer algo personal en él. Y así tampoco quiero. Otros tragan y hacen ciertas películas y dirigen algunos episodios de series de televisión españolas. Prometo que no merece la pena. Seguro que se sienten directores. Pero no lo son.

Algún tiempo después, empecé a escribir sobre cine. Años me costó, y me han costado después, tener un criterio, una formación y una voz autorizada. No sé si vale el esfuerzo y me da igual. Y me he encontrado con un montón de plumillas desorientados que no saben dejar tres comas (porque no han leído nada en su vida) hablando sobre cine en todas partes y queriendo mear más lejos que tú, por algún tipo de complejo de inferioridad, por algún narcisismo de manual que les impide ser algo más que freaks. Y con eso tuve que lidiar, y de vez en cuando lidio todavía. Me sigue dando igual. Yo creo que escribo bien y que sé de lo que hablo, dos cuestiones de las que le 95% de la gente que se pone a dar teclazos sobre cine no puede presumir.

Que nadie vaya a una escuela de cine, o a un taller de escritura, a aprender cómo se hacen películas o cómo se escriben novelas. La única forma de aprender a escribir una novela, creanme que lo sé muy bien, es escribiéndola; así como la única forma de aprender a hacer una película, paradójicamente, es haciéndola.

7 comentarios sobre “Mis enseñanzas en la Escuela de Cine de Madrid

  1. Te digo Adrián que por desgracia el mal de la educación llega a todas las universidades. En mi carrera, técnica, la falta de ganas de los profesores era igual de alarmante. Muchos con conocimientos pero pocos con capacidades educativas.

    El mejor profesor lo tuve en una de libre elección, antropología física (nada que ver con lo mío). Todos los que estábamos allí, de diferentes carreras, compartíamos el mismo pensamiento sobre el profesor. 1 entre cientos.

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  2. Después de leer este artículo, me ha picado la curiosidad y me he pasado por las webs de la Escuela y del Instituto y por lo que parece actualmente los precios de las matrículas de los cursos son de un importe similar y abultadito, no parece normal que funcionen con desidia, porque si corre la voz la gente se lo va a pensar antes de matricular y tener un dispendio tan poco productivo, pero como dice Templo la baja calidad de la enseñanza es un problema muy generalizado en Spain. Saludos

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    1. Sí, sí… no son nada baratos. Pues no creo ser el único que tuvo una experiencia atroz, y lo hemos dicho muchas veces, pero la gente tiene muchas ganas de llegar y se entregan ciegos a unos estudios que creen les van a dar puntos para el futuro. Y todo lo contrario.

      Es una pena, pero es la realidad. Yo he hablado con mucha gente, para que no hagan cursos, ni talleres literarios ni nada de nada, y no me hace nadie ni puto caso.

      Saludos!

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