El relato

Ha tardado en suceder, más de lo que yo en un principio creía, pero ha sucedido o por lo menos está empezando a suceder: está empezando a verse mal que cualquiera que se ponga a escribir un artículo, incluso en una página como esta, lo haga sobre temas que no tengan que ver con el penoso estado actual relativo al Covid-19, o con la crisis mundial que se nos viene encima. No es que nadie me haya dicho nada de forma personal (como si fuera a hacerles el menor caso…), pero se palpa en el ambiente, en los comentarios y sobre todo en los contenidos de muchas páginas que visito diariamente: sólo es correcto y permitido hablar del virus, de la situación actual y de sus consecuencias. Todo lo demás ya es una frivolidad, porque, ¿qué clase de cínico desalmado se pone a comentar cuestiones de narrativa en literatura o en cine con tantos muertos en el país? Nada de esto se dice, pero se siente

Los que así piensan, que me consta que son legión, no han entendido nada de nada. Son esos que todavía creen, y creerán toda la vida, que la ficción en particular, y el arte en general, son un pasatiempo, un lujo, un juego para mentalidades elitistas, y que por tanto su interés queda destruido ante la gravedad de los acontecimientos. Son esas mismas personas que luego necesitan de esas películas, esos libros, esas series, para pasar la cuarentena sin volverse tarumbas perdidos, pero a continuación escriben en las redes sociales que hay que ser menos frívolo, y dejan comentarios sólo sobre el tema de la pandemia, y les parece mal hablar sobre otra cosa, o son esos articulistas que ya consideran casi un sacrilegio seguir hablando de libros y hasta en sus columnas sobre literatura hablan únicamente del puto virus. Insisto: no han entendido nada de nada.

Cuando nos reuníamos alrededor del fuego, no hace tanto tiempo (de hecho hay personas en el mundo que siguen haciéndolo) para que la persona más dotada a la hora de narrar contara a todos los presentes un relato, el relato de cada noche, no lo hacíamos, me temo, para huir de la realidad, o como un mero pasatiempo, sino como una forma de exorcizar el miedo, el desamparo o la incertidumbre hacia esa realidad. Era la voz del narrador y la mirada fija en las llamas la que convertía a ese relato en una parábola de la propia existencia, mucho antes de que existiera la imprenta o las salas de cine o los televisores. ¿Por qué un grupo de peregrinos, o de forajidos, o de cazadores, o una familia de campesinos, o unos soldados en un frente, o unos amigos en un descanso de un viaje, se reunían alrededor del fuego y se contaban historias? ¿Qué impelía y qué impele a esas gentes a hacerlo? ¿Qué tiene un relato, cuando está bien contado, cuando es honesto y valiente y emocionante, que finalmente, aunque te cuente algo impensable sobre alguien muy diferente a ti, acaba hablándote de ti mismo, y haciéndote sentir partícipe de su peripecia?

El relato, los relatos, ya sean en pintura (rupestre, renacentista o abstracta), drama (teatro y danza), versos, prosa, audiovisual… son parte consustancial de la historia de la humanidad, y además de para explicarnos están ahí para dar testimonio, para erigirse en un espejo en el que mirarnos. Nos reuníamos junto al fuego y nos contábamos historias de caza para superar el miedo, para encontrarnos a nosotros mismos convertidos en algo más que simios evolucionados. Pero hoy día muchos creen que son un divertimento parecido a jugar al parchís o a contar tu vida en las redes sociales. Los medios de comunicación elaboran listas semanales a sus lectores, de libros, películas y series, para «entretenerse» en la cuarentena, como el que hace la lista de la compra cuando tenga que bajar al supermercado. Hace pocos días, Stephen King dejó en su Twitter (yo no tengo Twitter, pero leo algunos de vez en cuando) la siguiente frase: «si crees que los artistas son inútiles, intenta pasar la cuarentena sin música, libros, poemas, películas o pinturas».

Porque todo es un relato. Lo que el gobierno, el nuestro y cualquier otro en el mundo, cuenta acerca de la pandemia, del número de muertos, de contagios, de sus razones para hacer esto o lo otro, es un relato, tan cercano a la verdad, o no, como cualquier relato de fantasía. Lo que te cuentas a ti mismo cada mañana para seguir adelante, es un relato. Lo que todos creemos estar viviendo desde ya demasiadas semanas es un relato de ciencia ficción. Miramos por la ventana y nos decimos: esto no puede estar sucediendo. Pero este relato está sucediendo ante nuestros ojos y por fin somos protagonistas, directos, de él, algunos trágicos… Si sobrevivimos a esta locura, que todavía está por ver, nos contaremos relatos acerca del confinamiento, de historias que hemos escuchado, de momentos terribles, y otros luminosos, que hemos experimentado. Es la naturaleza humana, hablar o escribir sobre sí misma, afirmarse. Decir a los cuatro vientos: yo existo, yo soy, yo estoy.

He empezado a escribir estas líneas antes de que nuestro magnífico ministro de cultura y deportes (¿qué tendrá que ver la cultura con los deportes? me pregunto yo…) saliera a declarar que no habrá medidas concretas para el ámbito de la cultura en nuestro país. ¿Pero a alguien le sorprende? España lleva décadas viviendo de espaldas a la cultura, siendo uno de los países del mundo con una tradición musical, literaria, pictórica, escultórica y arquitectónica más importante. La decisión de este gobierno de no aplicar medidas, ni ayudas, al sector, es consecuente con el sentir de muchos españoles: la cultura sobra, y el que la quiera que la pague, porque no es más que un lujo, y los artistas son unos privilegiados, que viven a cuerpo de rey, etc, etc, etc… Todo ese discurso panfletista, cegato y reduccionista ya cansa. Más que cansar, hastía.

No creo que por el hecho de escribir sobre otra cosa que no sea el Covid-19 seas un frívolo, como tampoco creo que todos esos que consideran la cultura como un pizza de microondas puedan vivir, en el futuro que nos espera, sin que alguien les cuente un relato del que por primera vez van a pasar de espectadores a víctimas. Y si no sobrevivimos, si el colapso de la economía es absoluto, si comienza una guerra por los alimentos, o si nos cae un pedrusco del cielo, lo único que habrá merecido salvarse de todo lo que en varios milenios ha hecho la humanidad, habrá sido precisamente ese arte, esa cultura, esos libros, poemas, esculturas, catedrales, pinturas, películas, que quedarán como vestigio del espíritu humano con mucha mayor claridad que un televisor o que las redes sociales.

4 comentarios en “El relato

  1. La frivolidad en todo caso consistiría en escribir y decir las inmensas sandeces sobre el Covid, los remedios caseros, el 5G, las conspiraciones y variadas etc. etc. etc. que se han escuchado estos largos días, pero no hablar por boca de ganso de la pandemia y tratar otros temas puede ser un síntoma tanto de prudencia como de extrema lucidez, y aunque no venga ahora demasiado a cuento quería decirte que ya tengo disponible el «Silencio roto» que me recomendaste e incluso vi la mitad y como me gustaba mucho me he dejado la otra mitad para hoy, consumo en pequeñas dosis porque ya no estoy para emociones fuertes todas de un atracón, Un abrazo

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    1. Estupenda película, ‘Silencio roto’… me alegra mucho que te guste.

      Tienes razón, esa es la frivolidad y no otra. Decía Luis Buñuel que con cosas como esta valdria la pena levantarse de la tumba, leer el periódico y volver a la tumba tranquilo…

      Yo he dejado de mirar las noticias. ¿Para qué? Parece que asistimos a una eurovision del terror, con el recuento de muertos por país…

      Abrazo fuerte!

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  2. Tienes toda la razón. Esto me recuerda a lo que dijo Theodor Adorno al final de la segunda guerra mundial: que no le veía sentido a que se continuara escribiendo poesía tras la barbarie nazi…
    La cultura es igual de importante, al margen de cualquier coyuntura, y en cierto sentido inevitable. Eso sí, en España es muy desazonante todo. En ocasiones me han dado ganas de no escribir más, pero lo seguiré haciendo aunque no me lea nadie en la vida.
    En cuanto a esa gente que mencionas, que tiene los huevos de criticar la cultura en estos momentos aunque sin ella enloquecerían, menuda panda de hipócritas y gañanes.
    Un abrazo, amigo!!!

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