CINE, ENSAYO, LITERATURA

El cine no es nada comparado con la literatura

Aún así el cine es, puede ser, un arte maravilloso, y a muchos nos tiene enamorados, pero es imposible comparar el cine con la literatura, del mismo modo que es imposible comparar los videojuegos con el cine. No solamente por la abismal diferencia que suponen cientos de años de literatura con ciento veinticinco años escasos de cine, que también se traduce en una abismal diferencia de títulos… no se trata de comparar aportaciones «al peso», sino lo que supone la experiencia de leer un libro, ya sea una novela, un relato o un poemario. El cine no puede competir en cuanto a forma de comunicación y de conocimiento, a pesar de que juega con ventaja, pues argumentalmente nace de la literatura y formalmente es mucho más vistoso. Puede ofrecer una experiencia sensorial total en dos horas, cuando pocos libros se leen en tan poco tiempo. En una semana puedes ver una veintena de películas, pero hay libros que no te lees en una semana. Si quieres leerlos bien, al menos. Pero sobre leer bien volveré más adelante.

En mi opinión, el cine no alcanzó su mayoría de edad hasta los años setenta. Sé que para la mayoría de estudiosos y de analistas cinematográficos, este medio ya obtiene una cima con el cine mudo, que luego se vería refrendada por el cine académico, mal llamado clásico, de los años treinta y cuarenta, pero ya dije en cierta ocasión que en el cine mudo se inventó lo visual, y el cine no es solamente visual, también es sonoro. Y creo que los años treinta y cuarenta fueron un retroceso. Mucho de ese cine no aguanta un visionado actual. Es imposible negar su importancia histórica y epocal, pero no posee un vuelo estético duradero, pues depende muchísimo de la literatura y el teatro, del musical y de los géneros, y tan solo puede defenderse el trabajo de los más grandes artistas de esos años (Welles, Buñuel, Rossellini…). Tal retroceso se extendió a los años cincuenta, y tan solo empezó a liberarse de ataduras academicistas, a preocuparse de verdad por la imagen y el sonido y a despojarse de convenciones teatrales, en los convulsos sesenta, en los que tantas cosas sucedieron, preparando el terreno para la eclosión y rotundidad de los años setenta, que fueron tan fructíferos que opino, y creo que no me equivoco, que la mayor parte del mejor cine que vemos ahora mismo posee un cordón umbilical directo, formalmente hablando, con aquel decenio.

Pero estoy convencido de otra cosa: que el que no lee no puede apreciar el gran cine en toda su dimensión. Y la gente no lee. No solamente en España, un país muy poco lector, sino en todo el mundo. Y dirá el lector, no sin razón: ¿Massanet, tú cómo puedes saber que la gente no lee en todo el mundo? Y yo responderé: simplemente lo sé. Me cuesta encontrar gente verdaderamente lectora, y cuando encuentro por ejemplo a compañeros de trabajo, o amigos de amigos, o a conocidos de familiares, que me dicen que leen, y en efecto lo hacen, simplemente consumen las novedades dictadas por las grandes editoriales, no conocen ningún clásico ni ningún gran escritor, y se expresan acorde a ese bagaje cultural. Tengo gente que lee y que se interesa por poseer unas lecturas interesantes y valiosas, pero es poquísima. Y la literatura se muere, la están matando y embruteciendo entre todos, y es muy difícil encontrar autores arriesgados hoy día, y que además obtengan un impacto mediático.

El espectador de cine se sienta en su sofá, o en la butaca del cine, lo más cómodamente que puede, y deja que la película comience y apenas tiene que hacer mucho más. El director le coge de la mano y se lo lleva de paseo. Como mucho, en los casos más extremos, ha de esforzarse en desentrañar una trama o en entrar en un mundo o un estado anímico que no tenía previsto, y que por tanto entra en conflicto con sus prejuicios sobre lo que es una película. Nada más. Es muy diferente de lo que debe hacer no cuando se lee una mala novela, por cierto, que son como películas, sino cuando se lee una obra maestra como ‘La montaña mágica’, de Thomas Mann, que jamás se quedará obsoleta y que pese a las apariencias, no es en absoluto abstrusa o demasiado compleja, pero sí requiere tiempo y dedicación. Y lo que te da esta novela no puede dártelo ni toda la filmografía de Billy Wilder. Es cuestión de aportaciones estéticas, de conmoción narrativa. Lo más valioso, siempre, siempre, requiere un esfuerzo consciente, una exigencia máxima, al receptor. Sin lucha no hay conquista, y ser un cinéfilo no vale de nada si te lees una novela o un libro de cuentos cada tres meses.

El año pasado me leí setenta y siete títulos, si no recuerdo mal, entre teatro, poesía, ensayo, novela y cuentos (no cuentos individuales… libros de cuentos). Este año llevo leídos veintidós, y estoy ahora mismo con el veintitrés. Por lo que desde enero del 2019 hablamos de unos 100 libros. Créame el que acceda a estas líneas que intento escoger lo mejor que sé y que puedo, y que a pesar de que me permito el lujo de leer estupideces como ‘Sidi’ o ‘El paciente’, mi tiempo es oro, y aún así, aunque me dejo los ojos con D.H. Lawrence, o con Conrad, o con Svevo, con Frisch, he de reconocer que algunos de sus libros me han dejado frío. No he sido capaz de entrar en ellos, sin dejar de constatar su indudable talla como escritores. Pero incluso de esos encuentros en los que creo que el autor en cuestión, o por lo menos que ese título individual está sobredimensionado, aprendo mucho más con esa lectura, infinitamente más, que con las películas fallidas de Clint Eastwood o de Ridley Scott.

Por no hablar de las obras absolutamente grandes. En este periodo de lectura me he leído dos de Herman Hesse (‘Siddhartha’ y ‘El juego de los abalorios’), dos de James Joyce (‘Retrato del artista adolescente’ y el maldito ‘Ulysses’), una de Herman Broch (la sublime ‘La muerte de Virgilio’), la ya nombrada de Thomas Mann (‘La montaña mágica’), de Cormac McCarthy su obra maestra absoluta ‘Meridiano de sangre’, de William Faulkner diez novelas (algunas de ellas las mejores que jamás leí) y dos libros de cuentos, la extraordinaria ‘La canción de Salomón’ de Toni Morrison, algunas estupendas novelas de Stephen King (otras no tan buenas, por desgracia…), por fin la poesía completa de Walt Whitman, ‘Una habitación con vistas’ y ‘Orlando’ de Virginia Woolf, de Olaf Stapledon la maravillosa ‘Hacedor de estrellas’, de Max Brooks la impresionante ‘Guerra Mundial Z’, de Tolstoi algunas novelas breves (y he de releerme la monumental ‘Guerra y Paz’), la ‘Antolojía’ de Juan Ramón Jiménez, ensayos de Unamuno… entre otras maravillas.

Toda esta narrativa, este bagaje cultural, está al alcance de cualquiera, desde un nivel monetario y logístico, aunque quizá no es fácil de leer y no es apta para todos los paladares, de eso me doy también cuenta yo solo. Que la masa prefiera leer novelas basura es problema suyo y una elección muy respetable, pero no es defendible pensar que el cine puede estar a este nivel de aportación cultural salvo en algunos casos aislados, y sobre todo a partir de los años setenta, que fue cuando el cine se hizo mayor. Yo creo que es imposible verlo de otra manera.

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