ENSAYO

¿Realmente los videojuegos pueden ser considerados un arte?

Hace mucho tiempo que muchos se hacen esa pregunta. O más bien la formulan, esperando que la respuesta sea sí. Generalmente, las que se hacen esa pregunta son personas habituadas a emplear gran parte de su tiempo en videojuegos, que poseen una o más consolas, y que llevan muchos años con carreras, batallas, aventuras, survivals, plataformas virtuales. Y estoy convencido de que se hacen, o lanzan, esa pregunta, con la esperanza de que la respuesta sea sí, porque quizá creen o sienten que ese estatus, el de arte, más que merecerlo, otorgaría una pátina de prestigio a esa actividad consistente en ganar todas las carreras, masacrar más enemigos que nadie o terminar la aventura que a veces puede llevarles varios meses, y muchos desvelos, de esfuerzo. Como si ser arte justificara esta industria multimillonaria, y quizá así se sintieran mejor con ello. Es mi sincera opinión.

Yo no sé si soy la persona más adecuada para responder a esa pregunta. Ni siquiera a intentar dar una respuesta. Pero sí, quizá, a dar mi punto de vista. Porque a pesar de que me paso la vida entre libros, música y cine, también empleo algo de mi tiempo, el que quede (siempre queda más tiempo en el día del que creemos, si sabemos organizarnos), en videojuegos. Tengo la PS4, cortesía de mi hermano, y en él tengo instalado el ‘The Last of Us’, el ‘Red Dead Redemption 2’, el ‘God of War’, el ‘Assassins Creed Black Flag’, el ‘Watch Dogs 2’, y alguna cosa más que ahora mismo no recuerdo. Y me los he pasado todos, varias veces. Esto no significa, insisto, que yo pueda dar una respuesta satisfactoria (y aunque la diera tampoco me lee tanta gente), pero el otro día un amable lector me volvió a hacer esta pregunta que ya he escuchado y leído tantas veces y que he tratado de contestar en alguna ocasión, en la medida de mis posibilidades, siendo alguien que cuando se trata de narrativa sabe de lo que habla (al contrario que el 99% de la gente que leo, en medios físicos o digitales), y siendo también bastante propenso a desfogarme, de cuando en cuando, pegando tiros como un salvaje en Valentine o hundiendo cazadores de piratas en el Caribe.

Ya era yo un chaval, y algunos se hacían esta pregunta cuando teníamos juegos como el ‘Super-Pang 2’ (al que me vicié y estuve a punto de pasarme metiendo moneda tras moneda) o el ‘Sonic’. He de decir, porque de vez en cuando soy un poquito cabrón, que todos los que por aquel entonces, y los que durante todos estos años, e incluso ahora mismo (todos los que conozco en persona, claro está, y conozco su vida…) me hacen esa pregunta son personas que leer, lo que se dice leer, leen o leían más bien poco o nada. Pero estamos en un país, y en una época, en la que nadie lee, de modo que no debería ser un detalle demasiado relevante para muchos (para mí sí…). Ahora, con el avance de la técnica, tenemos maravillas absolutas como el ‘Red Dead Redemption 2’ o el ‘The Last of Us’, y claro, los jugones, que saben de esto mucho más que yo porque se pasan el fin de semana jugando a la consola, insisten más que nunca: los videojuegos son un arte, como el cine y otros, y debería ser considerado como tal. Y yo no sé qué contestar.

Es una de las ventajas de escribirlo en lugar de decirlo: tienes un poco más de tiempo para pensar y para buscar las palabras precisas.

Actualmente un juego como ‘God of War’ requiere la inversión de decenas de millones de dólares, varios años de trabajo, un enorme equipo de profesionales, una división entera de investigadores, otra de programadores, otra de diseñadores, un nutrido grupo de guionistas, un director creativo, o varios, un jefe de producción, o varios, un director, o directores, absolutos, que a lo mejor no son los auténticos creadores de la criatura, sin olvidarnos de un escogido grupo de intérpretes, que antes daban voz pero que ahora, además, sirven de modelo para los caracteres del juego. Y todo ello para ofrecernos, año tras año, un espectáculo cada vez más realista, más impresionante, en el que poder crear un bosque, una montaña o un mundo entero virtual, dentro del cual el jugador (o los jugadores cooperativos) van a poder adentrarse y van a sentirse como en un mundo alternativo totalmente cerrado en sí mismo, con sus propia reglas y ritmos, y en el que un árbol o un caballo o un barco o una ola en el mar va a tener un aspecto muy parecido al que tiene en realidad. Con todo eso, ¿en qué se diferencia un videojuego de una gran superproducción cinematográfica? ¿No implica la creación de uno de estos títulos la participación de muchas personas de gran talento creativo y artístico? ¿No cuentan muchos de estos juegos, al fin y al cabo, una historia trepidante de acción, o de terror, o de aventuras? ¿No pueden equipararse por tanto a las películas o a las novelas de acción, terror o aventuras? Y si esas imágenes están creadas por verdaderos artistas gráficos, ¿por qué no van a estar a la altura de cualquier arte conceptual capaz de traspasar fronteras y de erigirse en una imagen icónica de su tiempo?

Todas esas preguntas, aunque algo capciosas, tienen parte de razón en su formulación, y creo que es hasta lógico que puedan incitar a alguien a pensar de manera positiva en ello, pero en mi opinión, considerar un arte a un soporte como los videojuegos, más que abrir fronteras a las capacidades expresivas del arte moderno, no lo que nos enseña, lo que nos revela, es que muchos no tienen ni idea de lo que significa el arte, y de que nuestra relación con el arte narrativo o conceptual es bastante superficial en el mejor de los casos, pues consideramos, por razones que se me escapan, que una pintada en una pared, o que un mundo creado a base de pixels puede ser considerado arte. Pero si tuviera que responder a esa pregunta en base únicamente a mis ideas más profundas al respecto, consideraría que sí, que es una forma de arte, muy tosca y más parecida a la artesanía que a un arte elevado, más aún porque todo videojuego en todo el mundo está creado, sobre todo, para ganar dinero divirtiendo a la gente, pero tal consideración no le quita sus méritos. Porque en efecto, algunos videojuegos están elaborados con verdadero arte.

Ahora bien, yo insisto en las tres características básicas que ha de reunir todo arte elevado: comunicar una cualidad trascendental de la emoción, ser una forma de conocimiento universal y constituir una experiencia sensorial y vital completa en sí misma. A estas tres básicas se podrían añadir otras secundarias, tales como que el arte ha de ser una manifestación, una expresión personal del autor, que han de constituir una mirada y una lectura del mundo, que ha de inducir al receptor en un estado de ánimo muy concreto y que ha conmover, mover con, a ese receptor. Yo creo que no existe un videojuego en toda la historia que haya logrado no ya las tres primeras características fundamentales, tampoco ninguna de las otras, las secundarias. Todo ello conforma lo que podemos denominar las bellas artes, que son la manifestación humana más importante. Los videojuegos no pueden aspirar a eso, y que no me salga alguno diciéndome que con algunos se aprende algo de historia. También aprendes algo de historia con un volumen de historia, y no por eso lo consideras arte.

Los videojuegos han de ser escritos, claro, por un alguien o por varios alguien. Ese guion no es un guion cinematográfico, sino un compendio de todas las posibilidades que puedan surgir en ese juego, siguiendo una trama, muchas veces, que sí puede considerarse ligeramente literaria, pero que a grandes rasgos puede ser alterada o elegida por el jugador, con lo que su carácter literario se deshace. Sí, tenemos una trama, como en ‘Red Dead Redemption 2’, en la que un personaje protagonista, a veces bastante bien dibujado, que será nuestro alter-ego, y al que guiaremos en base a nuestras decisiones, sea o no un juego de los considerados de «mundo abierto». De tal manera, avanzaremos por la trama, muchas veces venciendo a enemigos más o menos complicados de matar, hasta llegar a la resolución de la historia. Todo esto, muchas veces, intercalado por vídeos de aspecto más o menos cinematográfico en los que perderemos el control, momentáneamente, de nuestro personaje, con los que los creadores certificarán su deuda con los mecanismos del cine y al mismo tiempo romperán la unidad estética, si es que a eso puede aspirar, del videojuego.

Bien: ¿en qué se diferencia esto, pese a que ese río o ese bosque se ven tan reales y tan hermosos, o más aún, que uno real, pese a que los personajes que aparecen poseen un realismo pasmoso y con voces de actores muy bien dobladas, pese a que alberga un sonido y una luz estupendos, de un concurso televisivo de pruebas físicas, uno en el que tú mismo participaras, y en el que cada momento climático se viera intercalado por un corto de animación explicándote cómo sigue la historia? ¿Seguirían algunos considerándolo arte en ese caso? De acuerdo, unos artistas extraordinarios han levantado un mundo ficticio, con detalles increíbles y hasta con un diseño muy marcado, casi abigarrado, pero ¿basta con eso? De hecho, ese es el único detalle que más o menos podría cumplir con el hecho de convertirse en una experiencia vital completa, el viaje inmersivo que realiza el jugador cada vez que le da al play, pero, ¿puede realmente considerarse una experiencia vital y sensorial completa en sí misma cuando en realidad jamás olvidas que los personajes, todos, incluso el tuyo, es un muñeco, un autómata que se mueve a tu voluntad o la de la inteligencia artificial del software?

Creo que he dado mi opinión lo mejor que he sabido o podido, en el caso de que alguien realmente le importe. Los videojuegos son un arte artesanal, sin duda, que nos ofrece mundos alternativos en los que descargar adrenalina, o sentirnos durante una hora unos piratas, o unos supervivientes, y nos aportan escenarios o historias o atmósferas realmente impactantes, pero son un arte tosco, que no se sostiene estética ni narrativamente, y que jamás, al paso que va, conseguirá conmover y elevarnos de la misma manera que las bellas artes. Pero en realidad tampoco lo pretende. Lo único que quiere, y para lo que está diseñado, es para evadirnos de este mundo y ayudarnos a pensar un poco menos, mientras sus responsables se llevan miles de millones de dólares en ganancias. Parece una transacción justa.

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