CINE

‘Ready Player One’ y ‘Scott Pilgrim vs. the World’, sobre cine y videojuegos

Sigamos con ese tema tan complicado de desbrozar como es el de la enorme duda que se presenta si queremos considerar a los videojuegos un arte narrativo, o por lo menos un arte narrativo digno, y unámoslo con el de su muy particular y en cierta medida (¡en gran medida!) existencia parasitaria del cine. Porque si cuando los videojuegos eran poco más que cuatro pixels moviéndose no tenían ninguna relación con las películas, ahora que los videojuegos han adquirido un realismo asombroso, esa relación es más que evidente, y es imposible no referirse a los videojuegos como películas jugables, en las que nosotros tenemos el control del personaje (o personajes) protagonistas, y con mayor o menor libertad para movernos por la trama y por ese mundo creado por los desarolladores.

Y a veces el viaje es el inverso: películas basadas en videojuegos, de las que tenemos unos cuantos ejemplos, y en realidad muy pocos realmente interesantes. Pero lo que yo voy a poner hoy sobre la mesa no son adaptaciones de videojuegos, sino películas en las que la sustancia misma de los videojuegos se pone en tela de juicio, por así decirlo, y es parte nuclear de su trama y de su estrategia narrativa. Me refiero, como el lector ya se habrá imaginado (porque se habrá leído el título de este artículo) al último filme estrenado de Steven Spielberg, ‘Ready Player One’, y al cuarto del británico Edgar Wright, ‘Scott Pilgrim Vs. The World’, dos largometrajes que no pueden ser más diferentes entre sí, y en los que por excusas de su enrevesado argumento, nos veremos metidos en una aventura en la que el mundo de los videojuegos es esencial, pese a que ninguno de los dos parte de las imágenes de ningún videojuego.

La primera, la de Spielberg, es una adaptación de la novela homónima de Ernest Cline, que yo no me he leído (ni pienso leerme…) pero que por su argumento, del que dicen la película es tremendamente fiel, parece escrita deliberadamente no ya para el cine, sino para el propio Steven Spielberg. En ella, el protagonista, un chaval que no llega a la mayoría de edad, pobre como las ratas, se evade de su mísera existencia, en un futuro bastante desolador en el que la superpoblación y la pobreza se ha extendido por casi todo el mundo, entrando cada día en un universo virtual llamado Oasis, en el que se puede elegir una nueva personalidad, y con tu avatar puedes ganar dinero, hacer amigos, tener otra vida y jugar a una serie de juegos que todo habitual aficionado a los videojuegos puede reconocer. Cuando el creador de ese gigantesco, casi infinito, mundo virtual, muere, advierte a los jugadores que ha dejado a su alcance, en algún lugar de ese universo, el secreto para hacerse con el poder de todo ese vasto imperio.

La película podría haber sido un título de referencia, y no lo es, y esto por muchas razones. Pienso que a Spielberg le pasa lo que tantas veces: que es demasiado obvio, y no juega todas sus cartas a fondo, seguramente por tratar de llegar a cuantos más espectadores mejor, y por mor de un mayor alcance comercial. Ahora bien, sus primeros veinte minutos son apabullantes, apoteósicos. En ellos se presenta este universo virtual tan rico y con tantas posibilidades, en el que todo está generado por ordenador (y con muchísimos elementos icónicos de los años ochenta…), y en su punto culminante asistimos a la primera prueba, que es una carrera frenética con el Delorean de ‘Regreso al futuro’ como protagonista. Al verla, yo pensaba: esto es el futuro del cine. Pero la película adolece de demasiados defectos para ser ese futuro. Especialmente sus personajes, que poseen poca (o ninguna) fuerza y cuyo destino te importa más bien poco. El protagonista no tiene entidad y el malo es un villano de opereta. Con estos mimbres, efectivamente se parece a un videojuego, pues comparte con ellos el hecho de que los personajes carezcan de sustancia y toda la aventura te importe más bien poco mientras te entretenga un rato.

Para espectáculos CGI, muy superior el ‘Alita, Battle Angel’ de Robert Rodríguez. Spielberg es un director muy brillante, pero no siempre cabal. En contraposición tenemos al británico Edgar Wright, uno de los directores de comedia más interesantes del panorama actual, que en su primer filme norteamericano se metió en un delirio visual muy de su estilo, adaptando a su vez la novela gráfica de Bryan Lee O’Malley, en la que un chaval bastante alelado e inseguro, interpretado por Michael Cera, conoce a la chica de sus sueños, llamada Ramona Flowers, a la que da vida Mary Elizabeth Winstead, y hará lo imposible por estar con ella, a pesar de que eso supone tener que derrotar en combate, como si en un videjuego se tratase, a sus siete malvadas ex-parejas… Desde luego si ‘Ready Player One’ parecía escrito para Spielberg, esta excentricidad de argumento parece hecho a medida de Wright.

Es Wright un director de cine muy dinámico, muy vibrante, y con un amor personal por la comedia visual, por la locura disparatada, muy de agradecer, que en estos tiempos de corrección política y comedias bobas es casi como un oasis en medio del desierto. Este filme de 2010 carece de cualquier atisbo de autocomplacencia o pretenciosidad, todo lo contrario que el de Spielberg. Es una enorme broma sin más objetivo que hacerte reír, y comienza como una clásica película de «chico conoce chica», que luego se despeña por territorios de locura absoluta en la que Scott Pilgrim, el atribulado protagonista, se las tendrá que ver con los ex-novios (y alguna ex-novia) de la chica de sus sueños, y veremos peleas dignas de ‘Street Fighter’, o combates musicales, en los que llegaremos a ver las puntuaciones del ganador, vidas extras, personajes que se convierten en monedas, y toda la parafernalia habitual de los videojuegos, todo ello servido con el consustancial talento de Wright para la puesta en escena, los gags visuales y el montaje.

Es cierto que la película al final sabe a poco, que tanta pelea absurda acaba por cansar, de lo excesivas que resultan, y que en conjunto se pueden preferir otras comedias de Wright, pero también que posee no pocos alicientes visuales, y que existe en ella un genuino amor por lo que está contando, aunque sea (porque lo es) una majadería de gran calibre.

Ahora bien, siendo dos filmes que basan gran parte de su aparato visual y sonoro en el mundo de los videojuegos, ¿realmente van del mundo de los videojuegos, del mismo modo que algunas películas tratan sobre la música o la literatura? En cierto modo lo hacen, pero así demuestran, una vez más, la escasa riqueza conceptual de ese mundo, y al depender de algunos de sus resortes y convertir a algunos de sus personajes en meras caricaturas dignas de un videojuego, dan testimonio, siquiera involuntario, de las carencias de los videojuegos, en oposición a lo que puede ofrecer una película o una obra literaria de ficción.

En el cine, y en la literatura, el género, el universo en el que se mueven los personajes, es el marco, no el lienzo. Ese lienzo es la historia, la mirada del director o escritor, la creación de los personajes, su relación con el mundo real, con el tiempo en que esa ficción ha nacido, el estilo y la técnica con lo que todo eso está narrado. Pero en los videojuegos, ese género (aventuras, terror, bélico, sci-fi) es el lienzo, no el marco. Lo importante es el combate, la carrera, las armas, la tecnología, y por eso es un arte narrativo de tan baja, casi nula, relevancia y calidad.

Estándar