CINE

☆☆☆☆

Hay un dato que me ha dejado como poco sorprendido, después de revisar lo que llevo completado en el Archivo de Mini Críticas, y es que de las mil doscientos y pico fichas que llevo hasta ahora, un alto porcentaje, casi una tercera parte del total, son películas de cuatro estrellas, es decir grandes, formidables o notables, incluso muy notables, algunas rozando lo magistral, lo que resulta una cantidad gigantesca, sobre todo teniendo en cuenta lo exigente que soy yo. Se trata de 412 títulos que a mi juicio merecen esa categoría, grandes trabajos muy por encima de la media, filmes a menudo impresionantes, de una belleza superlativa o de una profundidad imponente, de los que a menudo se puede aprender mucho más de narrativa, me temo, que de las grandes obras maestras (de las de ☆☆☆☆☆ sólo he dejado hasta ahora ciento y pico…). Es una cifra rotunda, y suman, estas de cuatro estrellas, más que ninguna otra categoría. ¿Por qué sucede esto?

Pienso que la respuesta es fácil: están entre las que más agrada recordar y, sobre todo, son aquellas sobre las que más me gusta escribir. A menudo me pongo a repasar las de cinco estrellas y vuelvo a recordar todo lo que me hicieron experimentar, en muchos casos sensaciones nada positivas ni halagüeñas, casi una zozobra del espíritu. Y luego me pongo a repasar el amplio grupo que he valorado con cuatro estrellas, y recuerdo su visionado con mucho más agrado, con la pasión del que sigue aprendiendo cosas, del que se descubre a sí mismo fascinado por los hallazgos visuales, por el ingenio arrollador con el que, de alguna manera difícil de describir, han conseguido elevarse por encima de las películas de tres estrellas de manera nítida, en este agón interminable, en esta batalla eterna entre las decenas de miles de películas que pugnan por una grandeza en la posteridad.

412 títulos… Y en ningún caso me pregunto si me he pasado, y si alguna de ellas se merecería mejor tres estrellas, o si me he quedado corto, y si en realidad es una película cinco estrellas. Es una de las ventajas de escribir cientos y cientos de críticas, que de una maldita vez y para siempre entiendes cuál es tu verdadero criterio, y te das cuenta de que sigues un camino estético no sólo por casualidad. Y a veces, lo puedo prometer, no las tienes todas contigo, pero has de establecer tu criterio aunque te pese a ti mismo. Y tengo seguro que son cuatro estrellas por una razón fundamental: cuánto he aprendido viendo esa película. Tres estrellas es una categoría meritoria, es un casi, o es un estar por encima de la mediocridad reinante, cinco estrellas es un enamoramiento, es un caer rendido ante una evidencia clamorosa, pero esas películas te pasan por encima, apenas te permiten aprender.

Las de ☆☆☆☆ son un regalo del director, muchas veces de un director genial, pero otras de un director sabio o inteligente, o poderoso, o de un director interesante que en un proyecto lo dio todo, lo sacó todo, lo vertió y le dio una forma esférica, perfecta, dispuestos, cualquiera de ellos, a entregar no una obra maestra imperecedera, sino un filme que fuera una experiencia plenamente satisfactoria para el espectador más exigente. Porque las de cuatro estrellas son para paladares exigentes, mientras que las de cinco estrellas son delicatessen geniales. Son casi obras maestras, o son pequeñas obras maestras, que van a luchar a brazo partido contra la crueldad del paso del tiempo para mantenerse ahí, erguidas y orgullosas como el día que nacieron, criaturas vivas que se saben hermosas y resplandecientes, quizá no tan descomunales como sus hermanas mayores, las de cinco estrellas, pero cerca, muy cerca, y capaces de enseñar lo que la narrativa puede dar de sí cuando todo funciona a la perfección.

Por las películas, las novelas, los discos… son entes vivos, son parte de esa gran batalla visualizada en la imagen de arriba del todo. Sus creadores las electrificaron de vida y las dejaron sueltas por el mundo, con su personalidad, su sistema inmunológico, sus virtudes y sus defectos, su energía y su oscuridad. El dios creador que fue el director o el novelista las estuvieron criando y viendo crecer durante meses o años, y cuando alcanzaron la plenitud, la mayoría de edad, las dejaron corretear por ahí, junto con otros libros o novelas, para averiguar cuál era la más hermosa, cuál era la más imponente. Y en esa batalla, no hay lugar para la equivocación, ni para el engaño, a menos que el juez no lo quiera o no lo pueda ver.

La pena que me da es que tarde o temprano se me acabarán las películas de ☆☆☆☆, y sólo me quedarán por comentar las de dos o las de uno, que son legión, con alguna de tres, que también hay unas cuantas pero que se acabarán, como las de cuatro, mucho antes que las mediocres o las malas, y me pasaré días y días, y semanas, hablando de la cantidad de películas bobas, mediocres, insulsas o repugnantes que he tenido la desgracia de ver en mi vida, y me dará la sensación, y al lector probablemente también, de que esas hordas de películas malas o mediocres o regulares, ganan por goleada y que no merece la pena ponerse a ver películas, y a ratos me darán ganas de darle la razón, pero ahí quedará ese puñado de películas estupendas, notables, formidables, magníficas, que no son obras maestras, ni falta que les hace, que las puedes ver veinte o treinta o cuarenta veces sin cansarte, porque son como tus amigas, como tus compañeras de viaje, que nunca te fallan, que te reconcilian con el cine y con la vida, pues una sola de ellas vale más que cien de dos estrellas.

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TELEVISIÓN

Encender la televisión y suicidarse

Se habrán escrito ya cientos, incluso miles, de artículos de opinión en torno a ese fenómeno que es la televisión, concretamente sobre la telebasura, en los que se desglosa el nivel actual de la programación televisiva, de forma sistemática o pormenorizada. Este no va a ser uno de esos artículos. Aquí solamente voy a intentar expresar lo que yo experimento la mayoría de las veces que enciendo el televisor sin un propósito claro, con el único objetivo de animar el salón y «ver qué ponen» mientras me tumbo un rato en el sofá a relajarme, algo de lo que me arrepiento el noventa por ciento de las veces en cuanto la huella del dedo pulgar abandona la superficie del botón de encendido, porque mi cerebro me envía una señal a la velocidad del rayo, una señal que podría traducirse como: «¿pero qué haces, muchacho?». Mi cerebro es listo y sabe lo que hay… y yo, muchas veces, pues no…

Un porcentaje sensible de las veces que me pongo delante del televisor lo hago por que sé lo que voy a ver, o lo que quiero hacer: o alguna película grabada, o algún DVD o Blu-ray, o algún videojuego en la PS4, o alguna serie que tenga pendiente de ver. O porque sé que empieza ‘El intermedio’, o por ver alguna noticia en concreto. Todo lo demás es jugársela. Y he elegido bien el verbo: jugársela. Porque prometo que puedo ir desde el canal 1 (La 1 de televisión española) hasta el 43 (Paramount Network)… e incluso adentrarme en lo muy desconocido y llegar al 82 (DKISS), o incluso al 92 (Canal Panda) yendo de canal en canal…y luego volver, y volver a empezar, con la cara hasta el suelo y descorazonado por comprobar cuánta gente trabaja en tantos productos insulsos y sin el menor interés, aunque seguro que tienen su público, lo que todavía es más desalentador, porque hay muchas cosas que no puedo entender que nadie se ponga a verlo para matar el tiempo o a la hora de cenar. A mí, sinceramente, se me revuelve el estómago y me dan ganas de meterme un dedo en el ojo y empujar hasta el cerebro para terminar con la tortura.

Lo malo, y esto lo saben todos los programadores y los dueños de las cadenas, es que resulta increíblemente fácil seguir haciendo zapping, y no te rindes. Sólo tienes que mover un músculo y tienes la extraña esperanza, la inefable ilusión, de que el infierno se acabe, y de que por arte de magia des con un canal en el que pongan algo mínimamente interesante, razonablemente entretenido. Y a veces, lo prometo, estoy así quince minutos hasta que por fin me doy por vencido y llego a preguntarme si la próxima vez volveré a caer en la trampa, la de que con tantos canales, muchos más que los que no tienen contratada una plataforma como Movistar + o ninguna otra, tendrás más probabilidades de obtener contenidos, narrativos o no, dignos de ver. Pero no, no tienes más probabilidades, tienes las mismas porque nadie cree que el espectador esté ávido de contenidos interesantes o valiosos que ver, solamente de noticias impactantes o risibles, de politiqueos, de fútbol, de series o películas que o hemos visto cien veces o no queremos ver ni una sola vez.

Pero es tan fácil encender el televisor y sentarnos delante de él. Es un miembro más de la unidad familiar, y un incesante goteo de información que no necesitamos, a base de noticias, reportajes, tertulias que no llevan a ninguna parte, especiales sobre pandemias o procesos políticos, crónicas, informes, testimonios, revelaciones, declaraciones, ficciones subsiguientes que narran desde unos cánones narrativos preexistentes e hipercodificados todo eso que acabo de nombrar. Y la ficción y la realidad terminan por confundirse, mezclarse y ser una sola, en ese rápido zapeo que he descrito, y lo mismo te da ver uno de los cientos de reportajes de actualidad de La Sexta, o ver una serie de detectives en TNT, porque todo sabe a lo mismo, todo tiene la misma textura, y todo adolece de esa falta de credibilidad que hace que la vida carezca de sentido y te den ganas de suicidarte.

Por eso hay que disponer de un plan muy bien trazado, y no salirse de él ni un milímetro. No debes dejarte convencer por los cantos de sirena que te dicen «cambia de canal que seguro que encuentras algo». Has de abrir la programación y averiguar qué van a poner en los próximos siete u ocho días, grabar todo lo que te parezca interesante, o bien apuntarte lo que vas a ver, y a qué horas, hacerte una agenda completa, para que te cundan las horas, para ver todas esas series que no quieres morirte sin ver, y que te llegue el tiempo justo para ver esa película de las 22h que no habías visto aún, o ponerte esa grabación de hace dos días. Yo prometo que hago todo esto, y mucho más, para que me aproveche el tiempo. Lo hago siempre que puedo. Y si no lo haces, si no lo hago, estás perdido amigo lector, estoy perdido. Empiezo a ver estupidez tras estupidez y me convierto en un televidente más, en un autómata, un adicto al zapping al que le da igual ver una película que un show barriobajero.

Pero de todo ello lo que más insoportable me resulta es el ruido. Es encender el puto televisor y sentirme agredido, por palabras, músicas, sonidos y fondos estridentes, una verdadera invasión de sonidos a la que nadie da importancia, pero que nos embrutecen, nos niegan un sosiego del que estamos muy necesitados estos días. Poner el televisor es, verdaderamente, jugársela, a que un tarado, o un político de extrema derecha, o un actor pésimo, o una serie en la que sólo hay ruido disfrazado de frenesí, es abrir la puerta a un mundo que no existe y que permitimos que exista con solo apretar un botón, y que tenemos el deber de silenciar, de acallar y de aniquilar con ese mismo gesto. Y pocas veces he visto eso tan nítido como en este largo y angustioso confinamiento: el ver que hora tras hora tengo un compañero ruidoso que deja de volverme tarumba con un simple movimiento.

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CINE

Argumentos

Más por curiosidad que por verdadera sed de conocimiento, lo leo todo. Cuando preparo una de las siete, u ocho, o nueve críticas diarias, para el Archivo que estoy completando, consulto tanto Filmaffinity como Imdb, y otras webs con las que completo detalles como el reparto, o la nacionalidad o alguna que otra duda que me surge, y aprovecho, casi siempre, para echar un vistazo tanto a las críticas «profesionales» (muchas de ellas lastradas precisamente por una falta de profesionalidad apabullante), como las de los espectadores o usuarios comunes, vertidas acerca de esas obras que estoy consultando, y me suelo topar con el mismo fenómeno una y otra vez, tanto en español como en inglés, pero sobre todo en español: que las «críticas» de los profesionales no se diferencian mucho de las de los aficionados en teoría no cualificados, y viceversa, y que los espectadores que se arrancan a dejar un comentario, casi siempre con un sobrenombre bastante irrisorio, hacen gala muchas veces de una soberbia y una mala uva, de un estilo barriobajero y perdonavidas que te deja estupefacto.

Yo no creo que el crítico que escribe en un medio cualquiera (ni siquiera yo mismo), al que se le presupone que ha visto muchas películas y que es capaz de separar el grano de la paja, sea más listo que el espectador que lee su crítica. No es cuestión de inteligencia, aunque sea un factor que nunca hace daño, sino de ser un espectador cualificado, con una formación artística, audiovisual y humanística, y con una experiencia importante en la escritura de críticas. La misión, si misión se le puede llamar, de ese crítico, no consiste en demostrar que sabe más que los demás y que ha visto más películas que nadie (o leído más libros que nadie…), ni en establecer los criterios artísticos de una generación, ni en cincelar sentencias en piedra. Yo creo que su verdadera labor es la de convertir al lector que le lee con respeto y atención en el mejor crítico que pueda ser ese lector, es despertar en él un espíritu crítico, analítico, y la de proporcionarle una guía con la que ese espectador pueda establecer sus propios gustos.

Y para eso hacen falta verdaderos argumentos. Es decir, razonamientos, tesis, debates internos en el texto del crítico, y son esos los que no encuentro por ninguna parte. Sólo veo a críticos contándome sus gustos (en el caso de grandes medios de comunicación) o a pseudo-críticos de blogs de cine hablando de su experiencia en su juventud, y de sus preferencias más arbitrarias o sus manías, como si a alguien le importaran esos despojos emocionales cuando lo que está buscando son textos sobre cine. Pero no puede sorprender cuando, insisto, los críticos que se ganan la vida escribiendo sobre cine sólo repiten ideas manidas hasta la náusea y son incapaces de ejercer de verdaderos «forenses narrativos», de verter en palabras su experiencia viva con el material con el que se acaban de enfrentar. Por eso cuando leo a un tal Ordell, de Palma, diciendo que tal película tiene una historia «flojísima», o a un tal Sylverveen, de Barcelona, diciendo que un trabajo televisivo está sobrevalorado, y luego me detengo un poco más a leer sus observaciones, no puedo sorprenderme de nada.

Si una pandemia ha puesto a la civilización humana patas arriba, y nadie o casi nadie ha hecho caso, o por lo menos se ha parado a escuchar, a los expertos, a los científicos que saben de esto, a pesar de que podían llegar cientos de miles de muertos… ¿alguien cree que en lo tocante a narrativa, a humanidades, alguien va a escuchar a los que tienen alguna credencial en literatura, cine o música? No digo a contratarles para que cubran eventos, o para que escriban crónicas o críticas, no digo publicarles libros o a valorar lo que ellos valoren, digo simplemente a escucharles. Por supuesto que no. El espectador medio no necesita que nadie le explique ni le enseñe nada, y mucho menos esos gafapastas que se creen más listos que ellos. Es más, si alguien debería escribir comentarios en las redes sociales (cientos, miles, quizá millones de comentarios), clamar a los cuatro vientos que ellos también tienen criterio, son ellos… porque ellos también pueden y deben ser leídos o escuchados, en esa truculenta esquizofrenia narcisista en la que se ataca con furia aquello en lo que a uno le gustaría convertirse, o a lo que aspira igualar, y esto lo he visto incluso en compañeros de blogs de cine, que abjuraban de los críticos mientras luchaban, con más pena que gloria, por ser uno de ellos.

Entre la carencia de argumentos, los que deciden que deben dejar blanco sobre negro, despreciando a los críticos pero tratando de emularles, hablan mucho de la «originalidad» de la historia, o de lo buena o mala que es la historia de la película o la novela. A mí no me queda claro en qué se diferencia una historia buena de una mala, y esas personas no me lo aclaran. También, cuando se trata de dramas históricos, suelen comentar lo precisa que es la película o la novela en sus detalles históricos, o la falta de precisión, los errores históricos, como si una película o una novela fuera un tratado histórico y ellos historiadores diplomados, o bien te topas con multitud de espectadores que hablan de la calidad del guion con solo ver la película, y argumentos no dan, pero tienen clarísimo que el guion es muy flojo, o pésimo, seguramente porque han ido a varios talleres de guion o de teatro o de cine o de escritura creativa.

Valoro mucho cuando un espectador o lector no cualificado (es decir, que no ha obtenido ninguna formación artística, o audiovisual o humanística) dice lo que opina sobre una obra, del soporte que sea, y lo hace con honestidad, sin recurrir a tópicos, sin sentencias grandilocuentes, sin expresiones barriobajeras, con respeto por la obra y por el que le vaya a leer, a pesar de que no le haya gustado lo que ha visto, sin ir de perdonavidas, escribiendo con claridad, ya que se pone a escribir en un foro, y muchas veces con una expresión verbal más que buena, desarrollando sus ideas y simplemente haciendo un comentario digno. De esos no abundan, desgraciadamente. Y en cuanto a mí… yo sólo puedo hablar con certeza sobre mí mismo…

Llevo escribiendo historias, o guiones u obras de teatro amateur desde los siete u ocho años, cuando le robaba a mi padre la máquina de escribir y me disponía a verter en palabras todas las historias que me rondaban por la cabeza. De adolescente empecé a escribir mis primeras críticas de cine, siempre emulando o directamente plagiando las críticas que leía, porque no disponía de las herramientas ni los conocimientos ni la personalidad necesarias para hacer otra cosa. También escribía pequeños cuentos, poemas. Con veinte años ingresé en la Escuela de cine de Madrid, donde no aprendí absolutamente nada. Algún tiempo después, me matriculé en el Instituto de cine de Madrid, y ya empecé a aprender más cosas. Como soy un lector compulsivo, aunque antes era bastante menos disciplinado, leía todo lo que caía en mis manos, tanto de cine, como literatura, ensayos, revistas, etc. Algo mejoró mi escritura, pero muy poco a poco. Algo se fueron fraguando mis ideas, pero muy lentamente.

Además, tengo estudios de psicología y antropología, no terminados, y he trabajado en varios cortometrajes. He escrito unos cuantos guiones cortos y después de muchos años intentándolo, cuando empecé a creer que no sería posible, terminé mi primera novela. He escrito otras cuatro, y estoy ahora con la sexta, que me llevará meses, pues es un proyecto muy ambicioso. La inmediatamente anterior la pondré a la venta en Amazon en cuanto la situación se normalice y pueda llevar a cabo varias gestiones necesarias. He escrito una veintena de cuentos largos y también un libro sobre una serie. He trabajado en 4 blogs sobre cine, y en dos revistas digitales, y he tenido cinco blogs propios. He colaborado con varios programas de radio y he ido a los festivales de cine de San Sebastián y Berlín. Actualmente tengo dos blogs, en uno ya he dejado 1.225 fichas de críticas y en otro 172 artículos, con unas 122 mil palabras escritas. Tanto en los blogs como en las revistas digitales he sido casi siempre entre lo más leído o lo más controvertido. Yo no sé si esto me cualifica antes que a muchos plumillas, pero es posible que sí.

Lo que más me gusta es encontrar argumentos, algunos los llamarían argumentos de autoridad, y expresarlos en palabras. Y confrontarlos con los de otros, como si fueran tus creaciones y las pusieras a jugar en el parque con las de los demás. No me gustan los enfrentamientos verbales, ni a ver quién mea más largo o quien ha visto más películas o ha leído más libros. Yo no escribo para eso. La imagen de arriba del todo resume lo que pienso de todas esas personas. Esto va de compartir lo único que nos separa de la barbarie, o de ser poco más que simios, o de la locura, en muchos casos. Va de tener respeto por uno mismo y por los demás, justo lo contrario de lo que sucede en muchos sitios, en varios de los cuales he tenido la desgracia de trabajar.

Pero creo que con todo esto he dejado claro mi punto de vista. Y en caso de no haberlo conseguido, por lo menos lo he intentado lo mejor que he podido.

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CINE, TELEVISIÓN

Tartakovsky

Con motivo del estreno de ‘Hotel Transilvania’, en 2012, la revista Caimán, que aún se llamaba Cahiers España, si no recuerdo mal, publicó una breve crítica sobre esa película en la que la autora, además de valorar la película como un ejercicio de animación brillante técnicamente pero falto de verdadero ingenio, casi se burló del nombre de su director, diciendo que «el nombre va en serio», en clara alusión de su gran parecido con el del director de ‘Stalker’ o ‘Nostalghia’, demostrando además que no conocía mucho al director de la película que estaba criticando. Tampoco pasa nada, porque es cierto que aquella película no es una gran película, y porque no estaba obligada a conocer a Genndy Tartakovski… si bien sería deseable que un crítico de cine que trabaja en una revista tan importante como Caimán se informara y supiera quién es el cineasta del que está hablando… aunque sólo fuera para no hacer el ridículo.

Tartakovsky, nacido en Rusia (como Tarkovski), pero ya nacionalizado estadounidense, es un animador que se hizo célebre, en primera instancia, con varias series dedicadas a un público infantil, tras varios años de aprendizaje del oficio: primero la estupenda ‘El laboratorio de Dexter’ (1996-1998), de la que fue creador, y luego la más comercial y exitosa ‘Las supernenas’ (‘The Powepuff Girls’, 1998-2001), que no creó pero sí produjo, dirigió y escribió varios episodios. Esto no fue más que el preámbulo porque en 2001 creaba su primera obra maestra, ‘Samurai Jack’, en la que de forma portentosa mezclaba géneros cinematográficos tales como la sci-fi, el western, la comedia (es un amante de la comedia negra), el terror, el cine de aventuras y un largo etcétera, con influencias del cine de Kurosawa, por supuesto, pero también de la literatura fantástica clásica (de Burroughs a H.G. Wells y R.E. Howard) y al cómic underground de los años setenta. Toda una maravilla que le certificaba como uno de los grandes directores de animación de su tiempo.

Y casi a continuación llegaba su segunda obra maestra, ‘Star Wars: Clone Wars’, en la que con un estilo de animación siempre muy personal narraba las controvertidas guerras clon que las películas de George Lucas nunca contaron, y conseguía una narración muy superior a la segunda trilogía de ‘Star Wars’, con una riqueza de contenido, una profundidad conceptual y de caracteres, una solidez argumental y un amor por la pura aventura, para un título que en lugar de ser el producto alimenticio que parecía destinado ser, se convierte en una obra indiscutiblemente mayor, de una belleza y una maestría incontestables. Pero eso no sirvió para que ‘Samurai Jack’ no fuese cancelada, y hemos tenido que esperar 14 años (casi los mismos que ‘Deadwood’…) para ver la conclusión de la historia, que no ha sido con una película, como tantas veces se ha anunciado, sino con una temporada final muy brillante, aunque la segunda mitad de temporada era bastante menos inspirada que la primera, con un final bellísimo, eso sí, para cerrar el viaje de Jack al pasado.

Desde entonces, en lo que se refiere a proyectos televisivos, ha encadenado varios títulos que no han fructificado de series que se han cancelado por diversos motivos, algunos muy prometedores, como ‘Korgoth of Barbaria’ (que puede verse subtitulado en Youtube), y ha tenido más éxito, o al menos más continuidad, en el cine, donde se dijo que era el director designado para la segunda parte de ‘Cristal oscuro’ (1982), proyecto que nunca cuajó y que se convirtió en una serie de televisión dirigida por otros. Pero ha sido el máximo responsable de la trilogía ‘Hotel Transilvania’ (2012-2015-2018), que si bien no puede decirse que forme parte de lo mejor de su trayectoria, al menos le ha mantenido en el candelero, como se suele decir, y probablemente le ha permitido prepararse para proyectos más personales. Uno de ellos el que ha aparecido recientemente en el canal Adult Swim y que es su tercera obra maestra, la portentosa serie de animación ‘Primal’.

‘Primal’, que narra la extraña amistad entre un hombre de las cavernas y un dinosaurio, es una obra de total madurez, con unos personajes principales maravillosamente caracterizados, con una expresividad y un dominio de la técnica propio de un maestro, en la que no existen diálogos, y que está contada por tanto sin palabras, pero no las necesitas, porque Tartakovsky ha alcanzado total dominio de las herramientas de la puesta en escena, y se vale únicamente de los planos y del montaje para narrar una aventura inolvidable, que todavía cuenta con unos pocos episodios, pero que ya dicen que es uno de los mejores trabajos de los últimos años.

El cine es mucho más que las películas americanas, o que los grandes autores europeos o asiáticos. Si realmente quieren conocerse todas sus manifestaciones, hay que abrir la mente y ser capaz de apreciar talentos y soportes como los de la animación, un género habitualmente denostado o por lo menos con poca atención por parte de las grandes revistas especializadas, pero que es un arte en sí mismo. Y Tartakovsky es uno de sus más importantes exponentes actuales, algo que se ha ganado a pulso, e ignorar su nombre y despreciarlo como un realizador más es síntoma de ese desdén de ciertos sectores de la crítica por un arte mayor, como el documental, como el videoarte, que ofrece alternativas al mainstream cada vez más agotado en sus fórmulas. Gente como Tartakovsky o Ralph Bakshi o Henry Selick o Jiří Trnka… o Nick Park y Peter Lord, y muchos más, son grandes genios de la animación, pero también son grandes directores de cine, a la altura de los más grandes de ficción en imagen real, y ya va siendo hora de que la crítica (la de Caiman, la de Dirigido por, la de cualquier revista o medio), una crítica que se supone seria y profesional, aunque muchas veces sea todo lo contrario (purista, conservadora, displicente, perezosa), se de cuenta de ello.

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CINE

Narrativa del tráiler de ‘Star Trek’ (2009)

No me parece JJ Abrams ninguna maravilla de director. Sí me parece, en realidad, un tipo muy listo, uno de los más listos de los actualmente andan por el panorama de la industria audiovisual estadounidense actual. Su extraña y ecléctica carrera como director alberga la tercera parte de ‘Mission: Impossible’, dos de los tres últimos, y nefastos, episodios de ‘Star Wars’, la bastante apreciable, aunque en modo alguno formidable ‘Super 8’, y las dos primeras películas del reinicio de la franquicia de ‘Star Trek’. En otras palabras, cine muy comercial, muy palomitero, grandes franquicias y mucha secuela. Como productor es uno de los más poderosos de la industria, una especie de aprendiz aventajado de Spielberg. Pero no voy a hablar más de su carrera, sino del tráiler de su segunda película como director, la ciertamente estimable, sin ser tampoco magnífica, ‘Star Trek’.

El mundo de los tráilers puede ser considerado un mundo aparte del cine, con sus propias reglas y sus propios objetivos narrativos, porque es narrativa. A menudo parecen cortados por el mismo patrón, todos, especialmente los norteamericanos, y también de muchos otros países, que tratan de emularlos. Se parecen demasiado entre sí, y cuando algún luminaria monta un nuevo tipo de tráiler que parece que funciona, todos le imitan como locos. En mi opinión, la mayoría de los tráilers cuenta demasiados detalles de la película hasta parecer, en el fondo, un resumen muy rápido de ella. Pero más allá de todo eso, convendremos en que los hay muy brillantes, capaces de llevarnos al cine sin remisión a ver la película que nos está anunciando. Y pocos hay tan brillantes como el tráiler principal (tenía otros, pero este es el principal) de ‘Star Trek’:

Dejando a un lado la valoración de la película, que ya digo está bastante bien sin ser extraordinaria, convendremos en que no cabe más épica en un tráiler, más intensidad, más frenesí y más grandiosidad. Pero aún más importante que todo eso, con este tráiler obtenemos dos cosas: en primer lugar casi un cortometraje cerrado en sí mismo, una historia completa que, sin contar casi nada del argumento de la película, y sin mostrar muchas imágenes comprometedoras de la trama, te introduce en su tono y en su mundo, y en segundo lugar, el dibujo del personaje principal, el capitán James Kirk, con una nitidez que yo no he visto en ningún tráiler anterior, al menos de su clase.

De hecho, casi parece un cortometraje dedicado a Kirk, a su viaje, su búsqueda e incluso su personalidad. Toda la estrategia narrativa de esta pieza, que está montada con un esmero magnífico, y con la evocadora música de ‘Freedom Fighters’ (que son como un grupo musical dedicado a entregar música apta para tráilers, aquí con su tema ‘Two Steps From Hell’) es la de un viaje, un itinerario personal, desde la caída libre, hasta el ascenso en la pared de hielo, pero siempre hacia adelante, como sugiere ese plano detalle de la mano impulsando la nave a mayor velocidad, sin olvidarse de la difícil relación de Kirk con Spock, visualizada en dos momentos esenciales como son la confrontación inicial en la academia y la mirada de mutuo respeto o reconocimiento en un momento posterior del trailer. Y por supuesto la épica. El film es épico, pero no tanto como aquí, con el villano de la función (Nero, un estupendo Eric Bana), como el reflejo retorcido del propio Kirk.

Todo funciona a la perfección en esta maravilla que muchos (entre ellos yo) vemos una y otra vez como ejemplo de lo que puede hacer un tráiler. Viéndolo se te hace inevitable acceder a la película, que a grandes rasgos es un trabajo inferior a esta joya audiovisual.

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CINE

Los disparates de las películas

Releyendo una vez más el imprescindible libro ‘Esculpir en el tiempo’, de Andrei Tarkovski (si no lo has leído, amable lector, y te consideras un cinéfilo o quieres aspirar a tener cierta cultura, ya estás tardando en hacerlo), recupero esas líneas en las que el gran director ruso reflexiona sobre la capacidad de la puesta en escena de crear vida, de ser tan expresiva como la misma vida, o bien convertirse en una sucesión de clichés y de lugares comunes con los que crear otro tipo de vida, falsa pero aceptada como tal… una realidad cinematográfica que diluye las verdaderas capacidades de este medio. Creo que lo que dice, sin citarlo, es que ninguna puesta en escena puede ser igual a otra, por el mero hecho de que no hay dos personas iguales, lo que afecta tanto a los directores que elaboran esa puesta en escena como a los personajes que son los que viven en ella. Pero como de personajes ya he hablado otras veces, hoy quiero hablar de la cantidad de lugares comunes, estupideces, clichés, imágenes absurdas, gestos disparatados que vemos en cientos de películas y que aceptamos como algo normal, cuando en realidad, si nos paramos a verlo con cierta perspectiva, nos daremos cuenta de que son eso, majaderías.

No voy a hacer una lista sobre improbabilidades físicas tales como que al disparar a una rueda, aunque sea de un turismo, a menos que sea con un arma de gran calibre, la bala saldría rebotada en lugar de reventar el neumático. Voy a hacer un compendio, o voy a intentarlo, sobre multitud de gestos y clichés que aceptamos con normalidad cuando en realidad no deberíamos hacerlo. Más que de puesta en escena, voy a escribir sobre el sentido común:

Para empezar uno de mis preferidos: los disparos. Nos pasamos la vida viendo películas de acción (mayoritariamente norteamericanas), con mucha acción, muchos tiros, persecuciones, balazos, etc. Dentro de este grupo hay varios subgrupos:

–El reconocimiento de un disparo: en las películas, en cuanto suena un tiro, no pasa ni medio segundo y todo el mundo sabe que ha escuchado la detonación de un arma, y sale corriendo a refugiarse. Esto es simplemente estúpido. Si caminaras por la calle, o estuvieras en el campo, y escucharas una detonación, como máximo te quedarías quieto y mirarías alrededor a ver qué está pasando. Tardarías unos cuantos segundos en reaccionar. Esto se ve muy bien en una escena de la maravillosa ‘Unforgiven’, de Eastwood, en la que tantos mitos absurdos se ponen en cuestión.

El vídeo dura varios minutos, pero son los primeros segundos los que ilustran lo que estoy diciendo: los chavales tardan en reaccionar mucho más que en una película normal.

–El efecto de un disparo: en todas esas películas en las que a un individuo, o individua, le pegan un tiro con una pistola, el personaje sale literalmente volando, como si hubiera recibido el puñetazo de un gigante. Esto no es cierto, a menos que te disparen con una escopeta capaz de derribar a un elefante. Por otra parte, un disparo en cualquier parte del cuerpo, incluso en una pierna o un brazo, se considera una herida muy grave, que no sana simplemente con una venda, y que por supuesto tiene todas las papeletas de infectarse. Esto va por todas las veces que al héroe le han pegado un tiro en un hombro y dice que solamente es un rasguño.

Los golpes. Esto afortunadamente está cambiando, desde aquellos años en los que no cabía imaginarse un Western en el que no le rompiesen a uno (o a varios) una mesa o una silla en la espalda, hasta la actualidad, en que si un tipo le pega una paliza a otro a base de puñetazos, se destroza los nudillos, y esto ya lo estamos viendo desde hace bastante tiempo… casi siempre, porque a veces vemos la mano tan impoluta como la de un pianista y la cara del otro machacada a trompazos.

Los gestos. Esos gestos tontos, que aceptamos como lo más normal del mundo, y que son los que más gracia me hacen. De ellos hay muchos:

–Todos los personajes reunidos alrededor de un mapa, y el que lleva la voz cantante encuentra el punto importante de ese mapa y en un plano detalle vemos cómo su dedo índice se estrella con fuerza contra ese punto del mapa, golpeando la mesa… nadie hace eso. ¿Ha probado a hacerlo el lector, golpear una mesa con el dedo? Puedes hacerte daño.

–El avión se ha quedado sin combustible, o el helicóptero ha entrado en una zona de turbulencias, o simplemente el reloj de muñeca se ha quedado parado, y el personaje se pone a darle golpecitos, como si eso fuera a revivirlo o a darle más fuel…¡y el caso es que en algunas ocasiones lo consiguen!

Seguro que hay unas cuantos ejemplos más como esos…

Coches. Lo de los coches merece capítulo aparte. ¿Cuántas veces hemos visto a dos personas dentro de un coche, una de ellas conduciendo, y se ponen a hablar y te planteas seriamente que tengan poderes adivinadores, un ojo en la oreja o que de un momento a otro se estrellen? Porque cuando se conduce, generalmente, se está atento a la carretera, y no al interlocutor, sobre todo en ciudad.

Otra cosa: ¿por qué los coches salen volando, aterrizan veinte metros más allá, y siguen circulando como si nada, como si no se destrozasen las ruedas o la suspensión o el eje? ¿por qué se revienta una rueda y, bueno, tampoco es gran cosa? ¿Por qué ciertos autobuses, al llegar al final de una rampa, levantan el morro y casi como que vuelan?

Los besos y las escenas de amor. Yo no sé cómo se besa normalmente la gente ni como practica sexo en la cama, pero lo que sí sé es que no es como sale en muchas películas. Desde luego las de los años cuarenta y cincuenta, con esos besos con la boca cerrada, muchas veces en la comisura de los labios, estaban dictados por el puritanismo y la censura de aquellos años, pero tampoco los besos y las escenas de sexo hipervitaminados de hoy en día, ni esa costumbre de algunas películas de cogerse la mano mientras se está en el tema. Lo del sexo y sus aledaños merecería un libro entero que no sé si alguna vez se habrá escrito.

Ordenadores. En casi todas las películas o series, cuando un fulano se pone a trabajar con un ordenador, sea el programa que sea (generalmente suele ser uno en el que tienen que evitar que se destruya el mundo, detener un envío de misiles nucleares, o frustrar un dispositivo maligno), suenan multitud de ruiditos por todas partes provenientes de la pantalla, pitidos, alertas, voces robóticas… eso no sucede en la vida real, ni podría suceder nunca. Ya sólo con el sonido de un mensaje o un mail nos ponemos de los putos nervios, como para que empiecen a sonar pitidos y alertas por todas partes.

Y seguro que al amigo lector se le ocurren unas cuantas cosas más que yo he pasado por alto. Esto del calor y de las contracturas de espalda es lo que tiene, que se te cierran las neuronas. Así que demos aquí por finalizada esta entrada, a la espera de alguna aportación generosa que me refresque la memoria.

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CRÍTICA, TELEVISIÓN

‘La unidad’, pura cáscara al servicio de la nada

Desde luego, hay que reconocer que en España las producciones televisivas al menos lo intentan. En algunas les sale más o menos bien la jugada, y en otras, la mayoría, pues no. En esta época en la que las ficciones televisivas han alcanzado grandes niveles de popularidad y han supuesto algunos logros estéticos memorables, en nuestro país las plataformas audiovisuales importantes han comenzado a crear sus propios contenidos narrativos, y han invertido mucho en grandes nombres y en grandes historias, muchas de ellas de género (de terror, policíaco, de Sci-Fi), lo cual es digno de mención. Pero este gran esfuerzo económico y humano se ha traducido, por desgracia, en un buen número de ficciones inanes, como por ejemplo la muy reciente ‘La unidad’, que Movistar + ya ofrece íntegra, en su primera temporada, a sus clientes.

Leo en Filmaffinity que un crítico, a quien desconozco, ha escrito un comentario en el que dice que se trata de un «portentoso thriller». Otro pone que es «pura adrenalina». Un tercero destaca su «realismo y verosimilitud», y un cuarto que es «espectacular». En la sección de los comentarios del público, varios claman por su gran calidad o le dedican otros calificativos muy elogiosos. Yo no sé qué serie han visto, pero seguro que no es la misma que he visto yo. Porque si algo no es esta serie es realista ni verosímil, si algo no hay en ella es adrenalina ni espectacularidad, y a grandes rasgos es imposible decir que se trate de un portentoso thriller. Luego entro en sus críticas a leer sus «argumentos» y no puede decirse que a la palabra le sobren las comillas que le he puesto…

Dani de la Torre, creador de esta serie, ya había avisado que es un director ambicioso con la lección bien aprendida en lo tocante al cine de género estadounidense. Dicho de otra manera: en su forma de organizar sus ficciones se percibe a un hombre que ha visto muchos thrillers comerciales americanos y que está dispuesto a hacer lo mismo en este país, una suerte de traslación de esos códigos narrativos. Y lo cierto es que lo consiguió con la muy aparatosa ‘El desconocido’, una película que podría haber protagonizado perfectamente Will Smith en New York o Liam Neeson en París, en lugar de Luis Tosar en La Coruña. Un montaje muy picado, un argumento muy trepidante, mucho ruido y mucho circo y una película más o menos solvente, a la que sin embargo le faltaba lo más esencial: que te la creyeras. Incidió tres años más tarde con ‘La sombra de la ley’, otro policíaco muy vistoso, con aura de cine negro «clásico», también con Luis Tosar, y con unos problemas de verosimilitud mucho mayores. Y ahora con ‘La unidad’ tenemos exactamente lo mismo pero acrecentado, quizá porque este cineasta se ha visto refrendado y no tiene intención de hacer otra cosa.

Es ‘La unidad’ la historia de una unidad de élite especializada en terrorismo yihadista. Cuando capturan a un importante terrorista internacional en los primeros compases de la trama pondrán a nuestro país en el punto de mira de una peligrosa célula y tratarán de desarticularla. Es decir, que la serie se mete en un fregado de gran complejidad, con unas cuantas localizaciones, con bastantes actores, y como no podía ser de otra manera, tratando de contar las intimidades más realistas y cercanas de sus criaturas, los policías miembros de esa unidad. Tratando, digo, porque desde la primera secuencia en la que la imagen no contiene a trescientos extras, o tiros o explosiones, se percibe la incapacidad de sus responsables para armar un drama creíble, complejo y denso. Dani de la Torre y sus colaboradores se muestran muy habilidosos en lo tocante a la presentación de vibrantes escenarios, imágenes aéreas de Madrid, Melilla o Figueres, grandes angulares para interiores muy vistosos o exteriores muy elaborados en el juego de luces, un montaje muy picado (en jerga, un montaje con mucho corte…), muchas cámaras casi desde todos los ángulos, mucho movimiento de travelling, cámara en mano, etc… pero al mismo tiempo se muestran muy limitados a la hora de trabajar con los actores, de establecer sus caracteres y sus relaciones, de escribir los diálogos, de armar secuencias memorables o importantes, de dar vida a sus criaturas.

Ni uno solo de los muchos diálogos que jalonan esta serie suena natural. Ni uno, y puedo prometer, para mayor escarnio, que muchos de ellos no se entienden, porque los actores, o lo que sean, más que hablar balbucean, un mal muy extendido en el cine español. Pero cuando se entienden es para escuchar las mismas cosas que hemos oído en centenares de películas, en una celebración del cliché que se extiende a todos los aspectos conceptuales de un trabajo que nada aporta al espectador, en el que de la Torre demuestra que ha visto películas de Denis Villeneuve y de Jacques Audiard, pero que no ha aprendido lo más esencial. También es muy posible que haya visto la magnífica ‘A Most Wanted Men’, pero todo lo que en el filme de Corbijn es sugestivo, contenido y sutil, aquí es torpe, obvio y bobo. Técnicamente la serie aparenta mucha solvencia, pero todo es pura cáscara, pura epidermis, debajo de la cual agoniza la nada. El director filma cada secuencia desde ocho puntos de vista diferentes, desde el interior de coches, desde el otro lado de cristaleras, en picado, en contrapicado, desde un lado, del otro, pero su puesta en escena es ortopédica, muy fastuosa, pero estéril. Por ver, podría haber visto ‘Gigantes’, en la que Enrique Urbizu consigue hacer creíble un material algo irregular y logra filmar algunos momentos magníficos. Es decir, todo lo contrario de esta supuesta gran serie.

Y es en el capítulo actores donde esta ficción termina de hacer aguas por todas partes, con un casting desastroso, en el que casi nadie está donde debe, y en el que todos viven en una historia distinta. Ya lo he dicho muchas veces: una de las grandes virtudes de un buen cineasta es la dirección de actores, que es mucho más que susurrarle al actor un estado de ánimo. La protagonista, Nathalie Poza, es la jefa de unidad más improbable que quepa imaginar, y está muy mal dirigida. La he visto en pocos títulos, pero aquí parece perdida, con el mismo estado de ánimo, entre despistada y amargada, y el mismo rictus desorientado, durante toda la serie. Y al igual que ella, el resto de actores (incluido Luis Zahera, en su típico rol exagerado y amanerado), aunque algunos de ellos no son actores ni lo serán jamás, y los que medianamente lo son no pueden crear un personaje digno porque su director no les ayuda para poder hacerlo y el guion, un libreto en que el ingenio y la intensidad brillan por su ausencia (que cualquier espectador, créanme, podría escribir si se lo propusiera, y mejor que Alberto Marini, Amèlia Mora y Dani de la Torre), les ayuda menos todavía. Son meros fantoches bailando sobre unos cimientos inexistentes, caricaturas de personajes sin vida, de los muchos que hemos visto en nuestra cinematografía.

De modo que sí, podemos hacer thrillers a la americana, con muchos gritos, muchos tiros, muchos ángulos de cámara, grandes angulares, muchas localizaciones, muchos muertos, muchos polis…. eso parece fácil, y más aún si te respalda una gran productora. Lo que parece mucho más difícil, de hecho casi inalcanzable, es hacer una buena serie, es que el director tenga algo que contar y no sea todo un artificio al servicio de la nada, que la ficción tenga un personalidad propia, y que cuando se relatan acontecimientos luctuosos como el del atropello de decenas de personas (quizá el momento más deleznable de la serie) se haga algo digno, severo, en claro homenaje a las víctimas de Barcelona, y no con el propósito de hacer un espectáculo sangriento, rescatando una tragedia reciente para montar una ficción comercial. Pero nada puede sacar el espectador mínimamente exigente, pues no hay ni una sola idea de puesta en escena, ni de narrativa, ni de personajes, ni de diálogos, que rescatar de esta pésima serie.

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CRÍTICA, TELEVISIÓN

‘The Wire’, la búsqueda de la verdad

Duele ver a Idris Elba en multitud de producciones, muchas de ellas descaradamente comerciales y de baja calidad, incluso haciendo del dios nórdico Heimdal pese a ser un hombre negro…producciones en las que incluso ha llegado a parecer un mal actor, porque yo creo que ni el mejor actor del mundo podría haber hecho gran cosa con esos papeles. Y duele, sobre todo, a los que le hemos visto en ‘The Wire’ y creo que a los que le han visto en ‘Luther’ (yo no soy uno de los afortunados) porque nosotros sí sabemos de lo que este hombre es capaz cuando tiene un material interesante con el que trabajar, y pocos materiales más interesantes le han podido llegar, a él y a cualquier otro actor, que el proyecto de HBO titulado ‘The Wire’, que ya es por derecho propio una de las más grandes leyendas de la televisión y, por qué no, del cine americano de las últimas dos décadas.

En mi opinión ‘The Wire’ es, junto con ‘The Sopranos’, la más grande creación televisiva de la historia, con permiso de otras grandes obras que le andan muy cerca como ‘Deadwood’, ‘Twin Peaks’, ‘Six Feet Under’, ‘Vikings’, ‘The Walking Dead’ o ‘Futurama’. Pero es muy difícil que nada pueda compararse a estas dos cimas de la ficción audiovisual moderna, y ni siquiera la encumbrada, y sin duda muy notable, ‘Breaking Bad’ me parece que esté en la misma liga que este monumental drama moderno cuyo marco y a la vez personaje fundamental es la sombría, herida y contradictoria ciudad de Baltimore, así como la miríada de criaturas que la pueblan, comenzando por el golfo y carismático, aunque por momentos despreciable, pero también valiente, al mismo tiempo bebedor, mujeriego, pero frágil y autodestructivo Jimmy McNulty (Dominic West), detective de homicidios del centro de la ciudad, que se empeña en que un juez amigo suyo se ponga a investigar los asesinatos sistemáticos de una desconocida banda de narcotraficantes, lo que será el punto de partida para una investigación que requerirá de un elaborado trabajo de escuchas (de ahí el título, The Wire, que vendría a significar «la escucha» o «el dispositivo de escucha», mucho más que el literal «el cable») con el que tener alguna oportunidad, por remota que sea, de detener a los delincuentes.

Dicho así puede que al lector profano le suene a la misma historia de policías que ha visto cien veces en la televisión, en el cine o incluso en la literatura, pero lo que convierte a esta ficción en algo único es su capacidad para erigirse en un retrato de un tiempo y de una sociedad, con un estilo casi documental, en el que la música extra-diegética (es decir, la que escucha el espectador pero no los personajes) está proscrita, y en la que ha quedado desterrada cualquier atisbo de épica o de heroísmo, porque su creador y máximo responsable, David Simon, tiene como principal objetivo la búsqueda de la verdad, y por ello se percibe, se palpa, casi se huele en cada plano un retrato tan expresivo como la misma vida, sin artificios ni divismos ni códigos del Noir, sino una puesta en escena despojada, casi ascética, de una sencillez y naturalidad pasmosas, con la que los cineastas capturan las peripecias vitales de sus criaturas, sus hermosas y numerosas criaturas, pues McNulty, aunque en cierto modo es el motor y el alma de la trama, es tan sólo la pieza inicial, el primero de las docenas e incluso cientos de personajes a los que da vida un portentoso grupo de actores en los que no hay el menor error de casting.

Lo he dicho ya y lo repetiré las veces que haga falta hasta que me denuncie algún aludido o se me quiten las ganas de escribir sobre el tema: el interés y la fuerza de los personajes no solamente es uno de los motivos por los que una ficción tiene opciones de ser perdurable, sino que es el signo del carácter, la personalidad, la verdadera cultura y la talla humana de sus creadores. Si tenemos a un escritor imbécil, creará personajes estúpidos e insoportables. Si tenemos a un escritor pedante y soberbio, creará personajes engolados y pretenciosos. Si el creador de la serie o de la novela es realmente alguien interesante, con algo que contar, sus personajes también lo serán. Y si tenemos a un portentoso escritor, un hombre de gran talla humana, pese a sus inevitables defectos, si es un verdadero gran creador no solamente creará una gran historia muy original e impactante y todo lo que se quiera, sino que sobre todo dibujará, con ayuda del casting y los actores, unos personajes soberbios, memorables, que trascenderán sus arquetipos y se erigirán en seres con más encarnadura que mucha gente que conocemos. En resumen, si eres Juan Gómez-Jurado crearás personajes estúpidos e insoportables, si eres Arturo Pérez-Reverte crearás personajes machistas, violentos, clasistas y arrogantes, y si eres David Simon crearás la fauna más fascinante, con permiso de la de David Chase en ‘The Sopranos’, que se ha visto en una pantalla.

Porque sobre todo ‘The Wire’ es una ficción sobre grupos sociales artificiales convertidos en faunas con sus propias reglas, el signo de los tiempos. Por un lado los detectives y demás miembros de la policía (McNulty, Bunk, «Kima» Greggs, Lester Freamon, Carver, Hauk, Sydnor, Norris, «Prez», Beadie Russell, el sargento Landsman, el teniente Daniels, el comisario Burrell, el comisario adjunto Rawls, el comandante Colvin, el comandante Valchek…entre otros), los traficantes o camellos (Avon Barksdale, «Stringer» Bell, Marlo Stanfield, Partlow, Bodie, Wallace, Poot, «Snoop» Pearson, «Wee-Bay», «Cheese»… entre otros muchos), los atracadores, asesinos o vividores callejeros (Omar Little, el Hermano Mouzone…), los abogados y fiscales (el juez Daniel Phelan, la ayudante del fiscal rhonda Pearlman, el abogado Maurice Levy…), los trabajadores del crucial puerto de Baltimore (Frank Sobotka, Nick Sobotka, Ziggy Sobotka, «Cara de caballo», «Fifty», Maui…), los distinguidos políticos de la ciudad (el senador Davis, el concejal Carcetti, el alcade Royce, el delegado Watkins, Anthony Gray, Coleman Parker, Teresa D’Agostino…), los atribulados miembros del sistema educativo (de nuevo «Prez», «Dukie», Randy, Namond, Michael, la directora adjunta Marcia, y varios profesores más…), los sufridos periodistas del Baltimore Sun y otros periódicos («Gus» Haynes, James Whiting, Kiebanow, Tim Phelps, etc…). Por no nombrar a los yonquis, y a los familiares de los personajes nombrados, y a muchos más. Un crisol de personajes en el que por alguna alquimia no te pierdes en ningún momento ni sobra un carácter ni falta una coma, pues todos ellos están dibujados con la misma firme mano y con idéntica sagaz mirada.

Los necesita David Simon para la serie, pues si la primera temporada transcurre en las calles más pobres de la ciudad, la segunda lo hace además en los puertos de Baltimore; la tercera, además de en las calles y en el puerto, en los pasillos del ayuntamiento y demás instituciones públicas de la ciudad; la cuarta, además de todo eso, en las aulas de los depauperados colegios e institutos; y la quinta en las calles, los puertos, los pasillos gubernamentales, las aulas y las oficinas de redacción de los principales medios de comunicación, con los que los cineastas crean una tupida realidad que es la de Baltimore pero que podría ser la de cualquier ciudad moderna, y a uno se le hace la boca agua imaginándose lo que podría haber sido una creación de este tipo en una ciudad tan corrupta y con una historia tan terrible como Madrid. Pero aquí es muy difícil que algún día llegue a realizarse algo así.

Ver ‘The Wire’ es una experiencia eufórica y sombría, vibrante y angustiosa, que te abre la mente y te hace comprender hasta donde puede llegar el audiovisual cuando se tiene la honestidad como valor absoluto, y cuando se sabe que sin personajes vivos tu ficción puede ser muy original y todo lo que se quiera, pero que en pocos años quedará obsoleta. No como esta maravilla, a la que muchos volvemos una y otra vez, agradecidos por su mera existencia.

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CINE

Breve y cruel historia del cine

El cine empezó mal, porque lo inventó un español pero nos lo robaron los franceses, confirmando una vez más esa teoría de que los anglosajones y los gabachos llevan dos siglos robándonos ideas, apropiándose de logros hispanos, y reescribiendo la historia a su conveniencia y a nuestra costa. No es mi intención reescribir nada, pero si quisiéramos hacer la historia del cine lo más breve posible podríamos escribirla de este modo: nació como hijo de la fotografía, a finales de siglo XIX, se hicieron numerosas películas de pocos minutos de duración, luego de media hora o una hora, todas mudas, y cuando empezaron a proliferar los largometrajes, a mediados de los años veinte del siglo XX, comenzó el cine sonoro, poco después el cine en color, se establecieron cánones académicos, tuvo lugar el fenómeno del estrellato mediático, con espectadores balbucientes deseando ver a esos rostros rutilantes de la pantalla, tanto en Estados Unidos como en Europa, y tras una etapa de relativo esplendor, que duró hasta los años cincuenta, llegó el demonio de la televisión, y la decandencia de las viejas formas, y los jóvenes de la Nouvelle Vague, el Free Cinema y otros movimientos que lo dinamitaron todo, y tuvo lugar, en los años setenta, la verdadera cristalización de lo que conocemos como cine y del que beben la mayoría de las películas valiosas que existen hoy en día.

Pero aún se puede resumir más: dos décadas y media de cine mudo, tres décadas de cine académico, una década de destrucción de las viejas formas, y una década en la que todo cambió, 70, seguida de otra en la que los grandes estudios fueron sustituidos por grandes corporaciones y se entonteció al espectador medio…entontecimiento que dura hasta nuestros días y que ha sido aplastante, hasta convertir al espectador medio en un verdadero especialista en la imagen básica de la película, pudiendo distinguir con un ojo infalible qué técnicas son las adecuadas y qué otras son las anquilosadas y pretéritas, pero con unas lagunas impresionantes en cuanto a conceptos artísticos, narrativos, literarios y dramatúrgicos, unas limitaciones apabullantes en cuanto a lo que significa la creación artística, imbuidos muchos, en la actualidad, de ese carácter mesiánico consistente en perdonarles las vida a los creadores, y la de considerar que nadie tiene que enseñarles nada y que sus gustos artísticos son infalibles. Es la verdadera y cruel historia del cine: la de espectadores displicentes, soberbios, jactanciosos y pedantes, cada vez más, que niegan toda novedad, toda originalidad, cualquier búsqueda formal inquisitiva y valiente, cualquier aventura narrativa que proponga nuevos caminos estéticos… pero siempre dispuestos a abrazar con pasión cualquier advenimiento técnico como si el cine no fuera más que tecnología.

Y así obtenemos dos visiones en la actualidad, sobre la historia del cine, que parecen antagónicas aunque en realidad son complementarias, y ambas carentes de verdadero criterio: los que por un lado veneran cualquier película, y a cualquier cineasta (y casi a cualquier intérprete), de los años treinta, cuarenta y cincuenta (especialmente estadounidense, aunque no tiene porqué ser así…), y comparan todo lo nuevo, incluso todo lo que se ha venido haciendo desde los años setenta, con esas décadas mágicas de John Fords, Ernst Lubitschs, Billy Wilders, Howards Hawks y demás cineastas sagrados, totémicos, concluyendo que existen ciertas cosas valiosas que podrían igualar o acercarse al trabajo de esos tótems, pero que en cualquier caso representan una decadencia irreversible y dolorosa respecto a la gloria pasada… y los que por otro lado observan todo lo pasado, muy especialmente lo anterior a los años setenta, como algo viejo, caduco, sin mucho interés… una forma de hacer cine vetusta, teatral, casi cutre, en la que se pueden admirar algunos viejos clásicos, pero que en todo caso no tiene nada que hacer con la pujanza del cine moderno, con la imagen y el sonido actuales, con la forma de hacer cine de ahora, mucho más vibrante, mucho más realista si se quiere, y menos idealizada.

En realidad ambas visiones, bajo mi punto de vista, son claramente incompletas, tendenciosas y poco reflexionadas. El cine de ahora no podría existir sin las conquistas previas, y el cine de antes no podía seguir existiendo, sencillamente.

Si hoy se estrenaran películas como ‘Casablanca’, o ‘Ben Hur’, o ‘Centauros del desierto’ las encontraríamos extrañas, absurdas y hasta ridículas. Para bien o para mal, las cosas evolucionan, y por alguna razón el cine evoluciona mucho más rápido que otras artes, y lo que hace pocas décadas parecía lo que con más fuerza captaba una verdad universal y estaba ejecutado de la manera más insuperable, ahora lo vemos con una mezcla de ingenuidad y cariño. Y las interpretaciones de Bogart, Wayne, Cooper, Bette Davis o Katherine Hepburn, de Dick Bogarde, Gassman, Isbert, Romi Schneider o Claudia Cardinale pueden ser todavía disfrutadas e incluso admiradas, pero es imposible extrapolarlas al cine actual, para bien o para mal. Quedaron incrustadas en su tiempo, así como la forma de escribir e interpretar los diálogos, el modo de iluminar los escenarios o montar las secuencias. El cine avanza imparable, quizá buscando su forma definitiva, o un nuevo y aún más sorprendente esplendor, y anclarse en formas pasadas, además academicistas, alegando su virtual y muy discutible perfección, es una grandísima equivocación. Nueve de cada diez grandes películas de entonces nos parecen ahora triviales, superadas, falsas o torpes, o en el mejor de los casos bien intencionadas pero poco atractivas a los ojos de hoy.

Pero no todo es así… No todo, desde luego. Existen películas, interpretaciones, secuencias, casi filmografías enteras que por algún extraño milagro, por alguna innombrable alquimia, se sostienen en pie, negando esta breve y cruel y caprichosa historia del cine personal que estoy elaborando aquí. Que se oponen a un historicismo y una lógica evolución de las formas, al igual que sucede en la música y en la literatura. Porque a lo mejor la historia no se escribe de la A a la Z, sino de abajo a arriba, y muchas veces se reescribe, negando una supuesta evolución, y recuperando conquistas cuyo testigo nadie en su momento tuvo el coraje de recoger. Y resulta que así tenemos obras que parecen fuera de su tiempo, y que quizá sean las más valiosas, grades e irrepetibles. ¿Cómo considerar si no ‘Ciudadano Kane’, ‘Sed de mal’ o ‘Campanadas a Medianoche’? ¿Cómo valorar de otro modo las mejores y más valientes interpretaciones de Jeanne Moreau, o Marlene Dietrich, o Maximilian Schell, o Burt Lancaster, o Henry Fonda, o Charles Laughton, o Vivien Leigh…? ¿No parece, mientras estamos viendo ‘Gone With the Wind’, o ‘Viridiana’, o ‘It’s a Wonderful Life’, o ‘Los cuatrocientos golpes’, que no son películas que tengan cincuenta o sesenta o setenta años, sino que son películas que se hicieron hace diez o quince años y que están totalmente fuera de su tiempo?

Son los grandes autores los que siempre, siempre, niegan la supuesta evolución de las formas, destruyendo lo anquilosado o pasajero y construyendo imágenes para las que no pasa el tiempo.

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CINE

Martin Scorsese y su visión del cine de Marvel

Ayer dejé en estas páginas el discurso de aceptación de F.F. Coppola del premio Princesa de Asturias, y hoy toca otro texto, pero de su buen amigo M. Scorsese, aunque no su propio discurso de aceptación al recoger ese mismo premio, unos pocos años más tarde, sino el artículo íntegro que el cineasta italoamericano escribió en en New York Times como respuesta a la enorme (y estúpida) polémica suscitada por una entrevista en la que dijo que los filmes de Marvel para él no son cine.

Dejo este texto aquí para mí más que para cualquier otra cosa, para tenerlo aquí y que no se pierda en la maraña de internet (y lo dejo tomándome la molestia de corregir algunos fallos en su traducción original al español…), aunque por supuesto también para que lo lea el que todavía no lo haya hecho, porque más allá de que tenga razón o no (yo creo que la tiene, y mucha) a un tipo como Martin Scorsese, cuando habla de cine, o escribe un artículo, lo suyo es escucharle o leerle con atención, y luego que cada uno opine lo que quiera y saque sus propias conclusiones.

He aquí el artículo:

Martin Scorsese: A qué me refiero con que las películas de Marvel no son cine

Por Martin Scorsese

A principios de octubre, en Inglaterra, la revista Empire me hizo una entrevista. Me preguntaron sobre las películas de Marvel. Contesté. Dije que había intentado ver algunas de ellas y que no eran para mí, pues me parecían más parques de atracciones que películas tal como las he conocido y amado durante mi vida y que, al final, no creía que fueran cine.

Algunas personas han considerado insultante la última parte de mi respuesta o la ven como la prueba de mi odio hacia Marvel. Si un lector está decidido a interpretar mis palabras de esa manera, no hay nada que pueda hacer al respecto.

En muchas de las películas de franquicias trabajan personas con talento y maestría considerable. Se ve en la pantalla. El hecho de que los filmes como tal no me interesen es un asunto de gusto y carácter personal. Sé que, si fuese más joven, podría haber estado emocionado por estas producciones cinematográficas y quizás hasta hubiera querido hacer una. Pero crecí en el momento en el que crecí y desarrollé un sentido de las películas —de lo que eran y de lo que podrían llegar a ser— que está tan lejos del universo Marvel como la Tierra lo está de Alfa Centauri.

Para mí, para los cineastas que llegué a amar y respetar, y para los amigos que empezaron a rodar películas al mismo tiempo que yo, el cine consistía en una revelación. Una revelación estética, emocional y espiritual. Giraba en torno a los personajes: la complejidad de las personas y sus naturalezas contradictorias y a veces paradójicas, su capacidad para herirse y amarse unos a otros y, súbitamente, enfrentarse a ellos mismos.

Consistía en confrontar lo inesperado en la pantalla y en la vida que dramatizaba e interpretaba, y expandir la sensación de lo que era posible en esa forma artística.

Esa era la clave para nosotros: era una forma artística. En aquel momento había cierto debate al respecto, por lo que defendimos el cine como un arte equivalente a la literatura, la música o el baile. Llegamos a entender que el arte podría encontrarse en distintos lugares y de muchas maneras: en ‘The Steel Helmet’ de Sam Fuller y ‘Persona’ de Ingmar Bergman, en ‘It’s Always Fair Weather’ de Stanley Donen y Gene Kelly y en ‘Scorpio Rising’ de Kenneth Anger, en ‘Vivre Sa Vie’ de Jean-Luc Godard y en ‘The Killers’ de Don Siegel.

También en las películas de Alfred Hitchcock. Supongo que podría decirse que Hitchcock era su propia franquicia. O, incluso, que era nuestra franquicia. Cada estreno de una de sus producciones era todo un evento. Estar en una sala llena de aquellas viejas butacas viendo Rear Windows’ era una experiencia extraordinaria, un acontecimiento electrizante creado por la química entre los espectadores y la película en sí misma.

En cierto modo, algunos filmes de Hitchcock eran también como parques de atracciones. Pienso en ‘Strangers on a Train’, cuyo clímax sucede en un carrusel —en un parque de atracciones real— y en ‘Psycho’, la cual vi el día de su estreno en función de medianoche, y fue una experiencia que nunca olvidaré. El público quería ser sorprendido y emocionado, y no salieron decepcionados.

Sesenta o setenta años más tarde, seguimos viendo esas películas y maravillándonos con ellas. Pero ¿son las sorpresas y las emociones las que nos hacen regresar a ellas? No lo creo. Los escenarios de ‘North by Northwest’ son impresionantes, pero no serían más que una sucesión de composiciones y cortes elegantes y dinámicos sin las emociones desgarradoras en el centro de la historia o el desconcierto absoluto del personaje de Cary Grant.

El clímax de ‘Stranger on a Train’ es una proeza, pero es la interacción entre los dos personajes principales y la interpretación profundamente inquietante de Robert Walker lo que resuena en la actualidad.

Algunos dicen que las películas de Hitchcock tenían cierta similitud entre ellas, y quizás sea cierto: el mismo Hitchcock se hizo esa pregunta. Pero la similitud de las películas de franquicia de hoy es otro asunto. Muchos de los elementos que definen el cine tal como lo conozco están en las películas de Marvel. Lo que no hay es revelación, misterio o genuino peligro emocional. Nada está en riesgo. Las películas están diseñadas para satisfacer un conjunto específico de demandas y para ser variaciones de un número finito de temas.

Se hacen llamar secuelas, pero en realidad tienen espíritu de remakes y todo en ellas pasa por decisiones oficiales, porque no puede ser de otra manera. Esa es la naturaleza de las franquicias cinematográficas modernas: tienen mercados estudiados, están probadas con audiencias y son analizadas, modificadas, vueltas a analizar y vueltas a modificar hasta que están listas para el consumo.

En otras palabras, son todo lo que las películas de Paul Thomas Anderson, Claire Denis, Spike Lee, Ari Aster, Kathryn Bigelow o Wes Anderson no son. Cuando veo una película de cualquiera de estos cineastas, sé que voy a ver algo absolutamente nuevo y que seré transportado a experiencias inesperadas y a veces hasta innombrables. Ampliarán mi sensación de lo que es posible lograr al contar historias con imágenes en movimiento y sonidos.

Te preguntarás entonces, ¿cuál es mi problema? ¿Por qué no dejar a las películas de superhéroes y otras franquicias en paz? La razón es sencilla. Actualmente, en muchos lugares de Estados Unidos y del mundo, las películas de franquicias son tu primera opción si quieres ver algo en el cine. Este es un momento precario en cuanto a la exhibición, y hay menos salas independientes que nunca. La ecuación se ha invertido y la emisión en directo se ha convertido en el sistema principal de exhibición. Sin embargo, aún no conozco a ningún cineasta que no quiera hacer películas para que sean proyectadas en la pantalla grande, frente a una audiencia.

Eso me incluye, y eso que acabo de terminar una película para Netflix. Solo esa compañía nos permitió rodar El irlandés de la manera que queríamos, y siempre estaré agradecido por eso. Tenemos un tiempo de exhibición en salas, lo cual es genial. ¿Me hubiera gustado que la película estuviera en más salas de cine por más tiempo? Por supuesto que sí. Pero sin importar con quién termines haciendo tu película, la realidad es que las pantallas de la mayoría de los multicines están repletas de franquicias cinematográficas.

Si me dices que eso sucede por un mero asunto de oferta y demanda y por darle a la gente lo que quiere, estoy en desacuerdo. Es como la pregunta del huevo y la gallina. Si al espectador solo se le vende una cosa eternamente, por supuesto que solo va a querer más de lo mismo.

Podrías decir entonces, ¿no pueden simplemente irse a casa y ver cualquier otra cosa que quieran en Netflix, iTunes o Hulu? Claro que pueden. Pueden ir a cualquier otro sitio que no sea una sala de cine, el lugar donde los cineastas querían que sus películas fueran vistas.

Como todos sabemos, en los últimos veinte años la industria del cine ha cambiado en todos sus frentes. Sin embargo, el cambio más siniestro ha sucedido de manera sigilosa y en la oscuridad de la noche: la eliminación gradual pero constante del riesgo. Muchas películas actuales son productos perfectos fabricados para el consumo inmediato. Muchas de ellas están realizadas por equipos de personas con talento. Aun así, les falta algo esencial: la visión unificadora de un artista individual. Por supuesto, un artista individual es el factor más arriesgado de todos.

No estoy insinuando que las películas deban ser o hayan sido alguna vez una forma artística subsidiada. Cuando el sistema de estudio de Hollywood estaba vivo y en buena forma, la tensión entre los artistas y los ejecutivos era constante e intensa, pero era una tensión productiva que nos dio algunas de las mejores películas de la historia. En palabras de Bob Dylan, las mejores películas de esa era fueron “heroicas y visionarias”.

Hoy, esa tensión se ha esfumado. Existen personas en la industria con una absoluta indiferencia sobre el aspecto artístico y una actitud displicente y posesiva —una combinación letal— sobre la historia del cine. Lamentablemente, la situación es que tenemos dos campos separados: el entretenimiento audiovisual mundial y el cine. De vez en cuando se solapan, pero eso sucede cada vez menos. Y me temo que el dominio económico de uno está siendo utilizado para marginar e incluso menospreciar la existencia del otro.

Para cualquiera que sueñe con crear películas o que esté empezando a hacerlo, la situación actual es brutal y hostil con el arte. Y el simple acto de escribir estas palabras me llena de una tristeza absoluta.

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