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A veces nos olvidamos de que cuando un escritor o un cineasta, o incluso un músico o un pintor, o un escultor, o cualquier tipo de artista en cualquier soporte, se ponen a hacer sus cosas, se sientan o se paran a escribir, a filmar, a ejecutar una pieza, lo hacen, cuando son verdaderos artistas, por algo, y sobre todo para algo. En estos días de confinamiento, veo en las noticias a muchas personas que claman para que se abran las librerías de una vez porque en casa se aburren, y leyendo les pasa mejor el tiempo. Cada cual es muy libre de hacer lo que quiera con su tiempo y con el dinero que invierte en cultura, ya sea libros, películas, o cualquier otra cosa, pero dudo mucho que si en determinado momento un auténtico artista empleó meses o años en una obra lo hiciera para que la gente tuviera algo con qué entretenerse, aunque me consta que es lo que piensa la mayoría de la gente: que los artistas están ahí para entretenerles a ellos.

En la época más dura del comunismo, desde el segundo cuarto del siglo XX hasta aproximadamente los años ochenta, tanto en la antigua URSS como en otros países satélite, estaba considerado una abominación que un artista hablara de cosas personales, que su obra fuera individualista, íntima. Boris Pasternak o Andrei Tarkovski, entre otros muchos, supieron esto de primera mano. Lo adecuado, lo permitido, era hablar de la colectividad, del sustrato ruso, del comunismo, de ideas nacionalistas, de tradiciones. Todo lo demás era digno del decadente y capitalista mundo occidental. Eso del mundo interior del artista eran zarandajas. El artista existía para la colectividad, y sus obras debían albergar el carácter de una catedral: autoría invisible, funcionalidad social y tradicional. Y ahora, en el mundo occidental, el asunto es parecido. Para muchos, incluso para algunos que se las dan de críticos o expertos, es intolerable que un artista despliegue en el papel o en la pantalla su mundo personal, sus obsesiones, su temperamento más visceral.

Es una de las muchas ideas que proliferan en torno al artista y a su condición en el seno de la sociedad: que es un privilegiado que vive muy bien haciendo cosas muy bohemias, y que por tanto es la gente la que debe dictar los márgenes de su trabajo, y el juez supremo a la hora de valorar sus obras, porque a fin de cuentas la gente es la que paga sus caprichos y la que les “permite” su tren de vida. Falacias de esta magnitud son aceptadas por mucha más gente de la que parece, personas que por lo demás no tienen a los valores culturales como los basamentos de su vida, sino que consideran el arte y la cultura como un lujo, como el que tiene una piscina, o un coche, o una casa en la playa, y que además se lo pasa bien viendo películas y leyendo algún libro de vez en cuando. Nadie puede decirles a estas personas lo que es la cultura o el arte porque ellos lo saben bien, y detestan a todos esos artistillas progres, titiriteros o excesivamente de izquierdas, que no entienden que el arte es entretenimiento.

Porque una cosa es clara: tanto los libros como las películas, al igual que la música, son un producto, y se distribuyen, se venden y se comercializan como un producto más, exactamente igual que la Coca-Cola, que una pizza de microondas o que un producto para el coche o para el hogar. Ese es el mundo en el que vivimos, una sociedad muy lejana del ágora griego o del foro romano, en la que la creación artística es moneda de cambio y no patrimonio y acervo cultural de los ciudadanos. Y aunque este cambio ha traído algunas cosas buenas, indudables, derivadas de un esplendor temporal de ciertas artes narrativas, ha traído también consigo una frivolización inédita del arte, y un alejamiento o extrañeza del público o receptor hacia la figura del artista, a la que se observa a menudo con sospecha, con recelo o con aprensión.

El artista, escritor o cineasta, escultor o músico, cuando se pone a escribir, o a pintar, o a componer, lo hace porque no tiene más remedio que hacerlo, en la mayoría de los casos. No hace eso para vivir, sino que vive para hacer eso. Y tratar de racionalizar este fenómeno resulta fútil porque no tiene nada que ver con la razón. Es una forma de vida. Luego el receptor puede adquirir sus obras y tratar de entenderlas, o puede emplearlas para matar su tiempo. El artista lo hizo también para algo: para hablar de algo, para expresar algo importante para él, algo que quiere comunicar, que necesita dar a luz, una imagen o una emoción que se ha quedado en su filtro interior y que amenaza con volverle loco. Al sacarlo, al expresarlo, haciéndolo real, puede convivir con ese algo, purgarlo y coexistir con ello, como un satélite.

Hágame caso, amigo lector. Cuando vea una película, o lea un libro, pregúntese qué le está contando el artista. Y no me refiero al argumento, sino al tema, al concepto en sí. ¿Por qué el artista ha decidido escribir esto en este momento? Eso es lo esencial. Y si la respuesta no está clara, o la respuesta es simplemente para ganar dinero, o por contar una historia divertida con la que entretener al receptor, no lea ese libro ni vea ese película.

This entry was posted in CINE.

2 comments on “¿Qué me estás contando?

  1. Templo dice:

    Muchas veces me cuestiono si es necesario conocer la vida del autor para entender íntegramente el mensaje. Estoy viendo estos días Sátántangó, y este pensamiento me invade en muchas de las escenas.

    O quizá, por el contrario, la obra ha de ser totalmente transparente y no necesitar más alla de lo que se puede percibir en pantalla. O quizá sea el conjunto de la obra del artista el que confiere sentido a las piezas individuales. No lo sé.

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    1. O quizá sea todo eso a la vez. Es bueno que te lo cuestiones

      Le gusta a 1 persona

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