CINE

La responsabilidad moral de los documentales de naturaleza

No sé cuántos documentales habré visto en mi vida, pero puedo asegurar que han sido muchos. Y de todo tipo. Es un género, o un formato, que me interesa enormemente, y que en el fondo no es tan distinto de la ficción. Muchos cineastas opinan, con buen criterio, que entre la ficción y la documental hay una fina línea, o que directamente no hay ninguna línea, pues en cuanto se decide que la cámara ha de colocarse en es dirección, y no en aquella otra, y en cuanto se propone que la historia va a contarse de determinada manera, ya se está haciendo ficción, por mucho que delante tengas a una manada de leonas con sus crías.

Y dentro del género de documentales de naturaleza, en los que se narra la vida de una especie animal o de varias especies de animales en un marco determinado, no nos engañemos: se está haciendo también ficción. Los realizadores nos cuentan un poco la historia que ellos quieren y manipulan las imágenes para que creamos que todo lo que vemos tiene una correlación, una causa y efecto, y muchas veces el babuino o la araña o el elefante cuya peripecia estamos siguiendo no es el mismo que veíamos al principio del metraje porque, ¿quién va a notar la diferencia? Y aunque me consta que la mayoría de los directores de documentales tienen buena fe y su intención es acercar al espectador a una realidad concreta, esto es a fin de cuentas un negocio más, y si pueden manipular ciertas apabullantes imágenes en el montaje para darle una apariencia de verdad, lo harán.

Pero no es esa la responsabilidad moral de la que quiero hablar. Quisiera centrar este artículo en otra responsabilidad de mucho mayor calado: la obligación de los documentales de naturaleza, de todos esos en los que su equipo viaja por todo el globo, de contar la verdad, de no edulcorarla para no perturbar al espectador. Si convenimos que los documentales son como cualquier otro tipo de cine, y que por tanto con imágenes y sonidos pueden inducir al espectador a un estado de ánimo muy concreto, y que finalmente también son una forma de conocimiento, se rigen, por tanto, por las mismas leyes de construcción narrativa, y son culpables muchas veces de una tendenciosidad tremendamente dañina y contraproducente, que miente al espectador sobre la catastrófica situación actual global. Y esto pasa incluso con los títulos supuestamente más valientes.

Es un hecho la destrucción masiva de ecosistemas, la violación continua de espacios de protección para la salvaguarda de especies frágiles, la situación terrible de muchos animales en peligro de extinción tales como el león, el tigre o el lince ibérico (y generalmente casi cualquier depredador más grande que un gato y no domesticado), la contaminación de la mayoría de las regiones fluviales de todo el mundo, la deforestación de enclaves vitales para la oxigenación de la atmósfera terrestre, el calentamiento global y la desaparición progresiva de los casquetes polares, el casi apocalíptico tratamiento de los mares y su fauna, la destrucción de la barrera de coral y un largo etcétera de situaciones catastróficas que todo el mundo conoce bien y que los documentales tienen el deber no solamente de capturar en imágenes, sino de alertar con toda la fuerza posible. Pero me temo que no es esto lo que sucede. Incluso en títulos que se dedican precisamente a denunciar la situación, finalmente se ofrece una conclusión optimista y relajada que diluye todo lo que hasta entonces se ha mostrado.

La construcción narrativa posee reglas severas, estrictas, que establecen el alcance emocional de la peripecia que se nos ofrece en una pantalla o en las páginas de un libro. Si, por ejemplo, lo que pretendo es narrar una historia luminosa, pero en las últimas cincuenta páginas, o en los últimos diez minutos de metraje, me despeño por unos derroteros siniestros, esos últimos minutos, esas últimas páginas, serán las que más condicionen el estado de ánimo del receptor, por mucho que durante ciento cincuenta páginas, o cien minutos, me haya dedicado a hablarle de unicornios y florecillas del bosque. Y al revés sucede lo mismo. Por mucho que te cuente la vomitiva matanza anual de delfines en Taiji, o por mucho que me pase quince minutos deteniéndome en la terrible situación de los osos polares cuando el deshielo llega demasiado pronto, si la conclusión, incluso si las últimas palabras del narrador de turno, incluso si la última imagen que vemos, por mor de un apasionamiento o de una euforia póstumas, es luminosa o positiva, echará a perder todo lo sembrado hasta ese momento.

Porque el espectador, incluso el más cualificado, es así. No es racional, es visceral, irracional. Tu estado anímico quedará dislocado y te parecerá que ese desastre inminente que durante una hora te han estado contando…pues no es tan desastre, y que las cosas se solucionarán un poco por sí solas, y que alarmarse es una equivocación, y que con todo eso que te han dicho ya te has concienciado y que por tanto no se te va a ocurrir comer carne de delfín (como si alguna vez se te hubiera ocurrido), o vas a empezar a ir a la compra con tu bolsa de tela en lugar de pedir bolsas de plástico cada vez que te bajas a por dos latas de cerveza.

Es imprescindible mantener el tono hasta el final, en una obra de ficción y en una obra documental. No pueden mediar paños calientes, ni paliativos de ninguna clase. El espectador ha de terminar de ver ese drama sobre leones africanos SABIENDO que dentro de pocos años ya no habrá leones. Debe cambiar de canal SABIENDO que o empezamos a tomarnos en serio a la naturaleza o la naturaleza nos tomará en serio a nosotros y nos borrará de un plumazo, como si fuéramos un molesto caso de pulgas, tal como decía George Carlin. Debe alertarse, agobiarse, entrar en crisis, porque estamos en crisis. Debe entender, de una jodida vez, que a los animales no se les toca, que son inocentes, y que por tanto tienen el derecho de vivir libres y salvajes. Tienen el derecho a que les dejemos en paz de una vez y para siempre, porque no nos pertenecen, y nuestro bienestar depende del suyo. El espectador debe empezar a saber todo eso, y existe una gran responsabilidad moral en no dulcificar el estado de las cosas.

Quizá aún me quedan algunos años para llegar al punto al que llegó el gran animador Ralph Bakshi, quien dijo que ya no creía que el arte pudiera cambiar el mundo. Puede que algún día piense de forma parecida, pero de momento no. De momento aún pienso que lo que vemos y leemos y escuchamos nos puede cambiar, puede significar una diferencia, aunque sea mínima. Los grandes cambios empiezan por detalles pequeños. Pero para eso habría que empezar por exigir que los que dedican su vida a mostrarnos la vida salvaje, no nos entreguen películas edulcoradas. Que no nos traten como a niños viendo un filme de Disney. Quizá la sociedad está esperando a que la tomen por adulta.

Estándar