Billy

Escribía yo el otro día mi punto de vista de la carrera de Hitchcock, después de haberlo hecho ya de otra vaca sagrada del mal llamado cine clásico norteamericano, John Ford, y hoy toca hacerlo del tercero, el que conformaría de alguna clase el triunvirato de directores estadounidenses (aunque los tres con raíces europeas), que durante muchas décadas (y las que quedan), son algo así como el sursum corda para un gran sector de la cinefilia más vetusta, que no se mueve de la trilogía de la caballería, de las obsesiones de Hitch o de las comedias o filmes Noir del bueno de Billy. Y aunque no es mi intención cuestionar demasiado la aportación de estos grandes nombres del otro lado del Atlántico (como si alguien le importara lo que yo hiciera…por otro lado), sí al menos dejar mi punto de vista, ya que yo, al contrario que otros, me he visto todas las películas de Billy y no me dejo llevar por esa recalcitrante nostalgia y ese insoportable fanatismo que considera que el 90% de las películas que parieron los miembros de este triunvirato son obras maestras incuestionables.

Nacido Samuel Wilder en el imperio astro-húngaro, en 1906, es otro de esos narradores de vida azarosa, que terminaron dirigiendo películas casi por casualidad y después de muchos años trabajando como guionista. De hecho, según sus propias palabras, se hizo director de cine para que otros dejaran de destrozar sus guiones. Lo cual es una de las muchas incoherencias proclamadas por este director, pues pocos guionistas pueden presumir de que sus libretos los hayan llevado a la gran pantalla gente como Mitchell Leisen o Ernst Lubitsch. Pero sea como fuere, tuvo el suficiente ascendente en la industria de la época para debutar con veintiocho años, y con bastante libertad, con la estimable ‘Curvas peligrosas’ (‘Mauvaise graine’), aunque codirigida con Alexandre Eisway, y tuvo que esperar ocho años para el verdadero comienzo de su filmografía, con la ingeniosa, aunque algo inocente, ‘El mayor y la menor’ (‘The Major and the Minor’), en la que ya empezaban a insinuarse algunas constantes futuras.

Yo creo (y esto es tan sólo mi opinión, aunque huelga decirlo) que las tres grandes películas de Billy Wilder, las tres bastante diferentes entre sí, aunque sin duda con puntos en común propios de un hombre muy culto con inquietudes muy concretas, son, por orden cronológico, ‘Perdición’ (‘Double Indemnity’), ‘El crepúsculo de los dioses’ (‘Sunset Blvd’) y ‘El apartamento’ (‘The Apartment’), repartidas en la década de los 40, los 50 y los 60. La primera, basada en la novela de James M. Cain, la segunda una de los pocos guiones verdaderamente originales de Wilder, y la tercera inspirada en la anécdota del ‘Breve encuentro’ (‘Brief Encounter’) de David Lean. Las tres películas poseen, de lejos, los que considero los mejores guiones de Wilder (que escribía siempre en colaboración, con Raymond Chandler, con Charles Brackett o con I.A.L. Diamond), y las tres con un personaje central masculino bastante patético y atribulado por cuestiones morales de gran calado, porque Wilder, en el fondo, era un gran moralista.

Además, las tres son las que están narradas y realizadas con una mayor perfección técnica, y un mayor número de hallazgos visuales, con una primorosa fotografía en blanco y negro. Y aunque ninguna de las tres me parece una obra maestra incontestable, son filmes formidables por los que parece que no pasan los años, especialmente, en mi opinión, por su magistral dirección de actores, que aunque en algunos aspectos son muy de su época, dan lugar a unos personajes extraordinarios (el trágico Walter Neff de ‘Perdición’, el patético Joe Gillis de ‘El crepúsculo de los dioses’, el trágico y patético C.C. Baxter de ‘El apartamento’), que encarnados por unos actores en lo mejor de sus carreras, se erigen como portavoces de una época y de un modo de entender el cine casi insuperables.

El resto de su filmografía me parece que está uno o dos peldaños por debajo de estos títulos citados, en algunos casos, o muchos peldaños por debajo, en unos cuantos. Wilder, considerado por los demás y por sí mismo, como un cáustico irredento, como un cronista de la naturaleza humana no demasiado complaciente, para el que los otros eran siempre sospechosos, y el mundo un lugar bastante sórdido en el que vivir, consideraba, irónicamente, al público como juez supremo, y por tanto una película que no obtuviera un éxito claro de taquilla era considerada por él como un absoluto fracaso. No se entiende esta incoherencia en un tipo tan feroz y cínico como él, como tampoco se entiende que alguien tan autoexigente como David Lean se viniera abajo de semejante forma ante el acoso y derribo de Pauline Kael y su horda de compañeros de la crítica.

Así, tiene títulos muy interesantes, como ‘The Big Carnival’, o ‘The Fortune Cookie’, o ‘The Lost Weekend’, o ‘A Foreign Affair’, o ‘Witness for the Prosecution’, o ‘Some Like it Hot’… películas estupendas, a menudo duras y sórdidas, o muy melodramáticas, a las que sin embargo siempre les falta algo para ser verdaderamente redondas, pues sus limitaciones argumentales, o sus condicionantes estéticos epocales, terminan lastrando una propuesta realmente vibrante. Luego, tiene películas bastante cuestionables, pese a la brillantez aparente del conjunto, como ‘Ariane’, ‘Irma la Douce’, ‘One, Two, Three’ o ‘Kiss Me, Stupid’, que dan fe de que estilo de comedia no es tan refinado o sofisticado como tantas veces se ha dicho, sino bastante de brocha gorda, basado en una cruel vulgaridad y en una nada escondida misoginia, muy propia por otro lado de su época y de su sociedad. Algunos chistes de ‘One, Two, Three’ parecen dignos de ‘American Pie’, mientras que al muy notable primer tercio de ‘Irma la Douce’, le sigue un desarrollo bastante deficiente, excesivo y autocomplaciente.

Para muchos, Wilder es el mayor guionista de cine de todos los tiempos. Yo no lo tengo tan claro, aunque vuelvo a afirmar que los tres guiones de sus tres más grandes películas son absolutamente portentosos. Pero ni siquiera le considero el mejor dialoguista, aunque hay que reconocer que cuando estaba sembrado era capaz de escribir diálogos y secuencias realmente memorables. Por desgracia para él, la decadencia de su cine fue irreversible y llegó alrededor de los sesenta años de edad. Son muy pocos los que década a década dan muestra de su grandeza, y Wilder tuvo unos años cuarenta y cincuenta prolíficos y brillantes, pero al igual que Hitchcock no tuvo el empuje suficiente para que las dos últimas décadas de su carrera su cine volviera a brillar como antaño.

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