La ardua lectura

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Ahora voy a teclear una de esas generalizaciones odiosas y tan reprochables, pero me da igual, porque si lo tecleo es con conocimiento de causa, es porque me consta, y no me gusta que me conste, pero me consta igual: ese porcentaje de personas, de esas que van por ahí por la calle tal día como hoy de un lado para otro, que se gasta de cuando en cuando dinero para comprarse un libro, lo hace no por sed de conocimiento, ni por acceder a un trabajo que pueda hacer explotar sus sentidos, ni porque quiera tener en su casa una obra maestra o una obra notable….la gran mayoría de los pocos que dedican parte de su sueldo en conseguir libros, lo hacen para leer cualquier cosa que les haga sentir mejor, con la que pasar el rato (o los ratos largos de confinamiento), con la que “desconectar” de su vida cotidiana, permitiendo que toda una pléyade de abyectos novelistas de cuarta fila, a los que les han publicado editores tan despreciables como ellos, les destroce, les haga picadillo, el buen gusto y la imaginación, envuelva su creatividad en una pegajosa bolsa de necedades, y en el peor de los casos les haga sentirse adictos (ellos se creen lectores voraces) a esos productos, y les mueva a comprar más pseudo-novelas por el estilo.

Esos son los lectores habituales, al menos en este país, y probablemente en muchos otros países del mundo occidental. No tiene nada de malo, en realidad. Cada uno hace con su vida lo que le parece, que ya llegará la parca a decirle lo que no le ha dado tiempo a hacer. Yo, por mi parte, que también soy lector, y que por tanto cada día arranco algunas horas de sueño para dejar de ser un grandísimo ignorante, he de decir que estoy muy preocupado, y a cada lectura un poco más, porque empiezo a pensar, en primer lugar, que no me va a dar tiempo a leer todo lo que quisiera antes de irme al otro barrio, y porque, al mismo tiempo, tengo la sensación de que gran parte de todo eso que me voy a leer, ya sea novelas, cuentos, ensayos, poesía, teatro o investigación….lo que sea, de todo eso gran parte, pese a su aparente e innegable importancia, me va a resultar trivial o en el mejor de los casos simplemente interesante, y no voy a poder evitar pensar en volver a aquello que me ha parecido excelso.

Es lo que tiene comer caviar, que luego te ponen un lenguado reseco, que en su momento (quince minutos, dos siglos antes) estuvo buenísimo, pero que ahora te parece eso, reseco, y aunque te ves en la obligación de admitir su importancia histórica, no te llena, ni estética, ni sensorial, ni emocionalmente, como ciertas obras maestras que ya has leído y que estás deseando volver a coger, tirando por la ventana esa novela tan crucial de tal novelista fundamental en el siglo XX… Este año me he leído ‘El americano impasible’, de Grahan Greene, que está bien escrita y tiene una historia interesante, pero que a mí no me dice nada, por una escritura plana, de oficinista. Eso para mí no es literatura. Tampoco me ha gustado mucho la fundamental ‘Moderato Cantábile’, de Marguerite Duras, una novela corta esencial para el devenir de la nueva novela francesa y europea, con una estructura innovadora y un estilo muy interesante, pero nuevamente con una escritura funcionarial, muy poca inventiva verbal.

He leído, del principio hasta el final, ‘Nostromo’, del fundamental Joseph Conrad, que me ha parecido también un trabajo muy interesante, una creación realmente notable de un mundo imaginado y casi soñado por este escritor, pero no me ha conmovido ni sus personajes ni su escritura. También he leído, por supuesto, esa basura de ‘El paciente’. Me ha gustado ‘La náusea’ de Jean Paul Sartre, pero más por sus ideas que por sus características netamente literarias o novelísticas. Algunos pasajes de ‘Viaje al fin de la noche’ me han parecido realmente estimulantes, pero el conjunto me parece excesivo, mal medido y poco armónico. Acabo de leerme, por fin, ‘La guerra de los mundos’, de H.G. Wells, que no es gran literatura. Es un cuento largo con mucha imaginación pero de novelística va muy justo, aunque comprendo la importancia de este material hace más de ciento veinte años. No me ha gustado ‘Cell’, de Stephen King, uno de sus trabajos menos estimulantes, en el que inyecta su consabida astucia y energía, pero sin grandes resultados.

Me ha parecido maravilloso, este sí, ‘La canción de Salomón’, de la recientemente desaparecida Toni Morrison, un libro de verdad extraordinario, que con palabras logra capturar un mundo, logra crear un universo y unos personajes totalmente vivos y creíbles, para una peripecia conmovedora, ambivalente e inolvidable. También me ha parecido extraordinario el esfuerzo lírico ‘El cementerio marino’ de Paul Valéry. Son trabajos que utilizan las palabras, y no las ideas, para crear emociones, conceptos, verdades que saltan a la vista del lector con nitidez y rotundidad, sin tendenciosidad ni artificios. Y por supuesto me han parecido impresionantes ‘La ciudad’ y ‘La mansión’, con las que el gran William Faulkner cierra su trilogía de los Snopes iniciada casi treinta años antes. Novelas de gran dificultad, las de Faulkner, como la de Morrison, como el poema narrativo de Valéry. Y es que tenía razón el pesado de Harold Bloom cuando decía que la dificultad de una lectura va pareja, cuando el autor es grande, con la altura del material literario que se tiene entre manos.

Mientras estás leyendo una novela de la complejidad de ‘La mansión’, no lo pasas precisamente bien en muchos momentos, porque te exige una concentración absoluta, no puedes avanzar páginas con fluidez, y su lectura es ardua y trabajosa, como subir por una montaña escarpada en pleno invierno. Pero son esas montañas las que de verdad te aportan algo, si es que tienes exigencia de algo más que de una historieta entretenida para pasar el rato. Cuando luego se vuelve a una lectura algo más amena, algo más sencilla, una parte de tu mente lo agradece porque ya no tienes que subir esa escarpada ladera (como te lo agradecerían tus piernas si tuvieras que subirla físicamente), pero la parte de ti que sabe que eso mereció la pena ya no disfruta igual de propuestas más sencillas. Leyendo ‘Dublineses’, de Joyce, te puede parecer muy interesante, pero echas en falta la intrincada escritura de ‘Ulysses’ o ‘Retrato del artista adolescente’. Me gusta mucho la compleja estructura de ‘Guerra y paz’ y sus centenares de habitantes, pero es en la maraña de palabras de ‘La muerte de Virgilio’, de ‘La ruta de Flandes’, de ‘Absalom, Absalom’, en ese reto, en esa aventura intelectual, donde me reconozco y me reconforto, de donde me siento más vivo al salir.

Actualmente, la literatura mainstream, y muchas veces incluso la que va de moderna o experimental, es tan convencional, tan plana, que me es muy difícil leerla. Capítulo 1, fulanito sale de casa y va a ver a menganito…; capítulo 2, esa mañana no se sentía capaz de seguir haciendo X…. Eso no es literatura. Como decía Wilde, sólo la literatura es capaz de capturar, en toda su complejidad, la propia vida. No intentar siquiera hacer eso, es rebajarla, prostituirla por unos cuantos euros o dólares, y con la aquiescencia del personal.

Para eso mejor no leer, desgraciadamente.

Plural: 9 comentarios en “La ardua lectura”

  1. Adrián, he visto que estás familiarizado con la obra de Bloom. Hace unos días escribí un artículo sobre él y su mosaico, por llamarlo de alguna forma, de 100 genios literarios de todos los tiempos.
    Me encantaría que te pasases por el blog y lo leyeses, a ver si coincides o disidentes conmigo.

    Le gusta a 1 persona

      1. Ostras, cierto. Algo he debido de liar y tenía la opción de comentarios desactivada, pero ya está solucionado. Gracias por decírmelo!
        Sí, yo le tuve algo de rabia a Shakespeare en su momento, en parte por su culpa.
        Tienes razón en lo de Cervantes. Además este hombre conocía muy poco la literatura española como para escribir algo destacable sobre ella.
        Me alegra que coincidas en general conmigo!!!

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