Chupasangres en la literatura, en el cine y en la vida real

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Dicen que el mito vampírico viene de muy lejos, puede que de los egipcios. Otros dicen que incluso ha existido, con sus lógicas variantes, en casi todas las culturas ancestrales del mundo, para luego convertirse en materia de oscurantismo y superstición durante los largos e interminables (en apariencia) siglos medievales, en los cuales la gente creía en su existencia con tanta naturalidad como se creía en Dios o en la autoridad de la Iglesia. Y ahora, en este mundo globalizado y ajetreado de hoy día, los vampiros siguen invadiendo las pantallas y las librerías, como un icono de terror o incluso un icono pop, que trasciende épocas y fronteras, y que por diversas razones no decae en su popularidad, sino que una vez más se erige como una especie de metáfora de la humanidad.

Es la figura del vampiro y el fenómeno del vampirismo algo muy atractivo y muy susceptible de emplearse para narraciones de muy diversa índole, porque en ello el subconsciente colectivo puede depositar y trascender ideas reprimidas y del erotismo y la sexualidad, del poder y la transgresión del poder, de la vida eterna o la muerte eterna, de violencia y espiritualidad, del paso del tiempo, de nihilismo y existencialismo, de anhelos, en definitiva, consustanciales a la naturaleza humana, a sus luces y sus sombras. En comparación otros mitos del terror como por ejemplo el hombre lobo, no han gozado ni mucho menos de una vitalidad (irónicamente), como la del vampiro, y los pocos intentos que todavía se llevan a cabo, como la bastante reciente, y muy poco interesante ‘El hombre lobo’ (‘The Wolf Man’), de Joe Johnston, caen una y otra vez en el ridículo o casi en la parodia, mientras que las muy diversas versiones del vampirismo golpean una y otra vez el imaginario popular y le ayudan a seguir vigente.

Al final, la mejor película sobre hombres lobo va a ser la sorprendente y en verdad terrorífica ‘El hombre lobo americano en Londres’ (‘An American Werewolf in London’, 1981), de John Landis, que no escatima momentos de gran hilaridad y malicia visual tan consustanciales a su director… mientras que no existe ninguna gran novela sobre ese mito. Pero existen una gran cantidad de novelas y películas muy interesantes sobre vampiros, a menudo abordando la temática desde ópticas muy originales, e incluso hablando del fenómeno de un vampirismo mucho más aterrizado, mucho más real, que es el que existe entre personas de nuestra vida cotidiana, cuando la relación se vuelve tóxica y uno de los dos es el vampiro (energético, emocional, o como se quiera decir…), y el otro su víctima, casi su esclavo emocional. El trasfondo realmente no importa, sino lo que existe detrás de él, y aunque estas últimas narraciones pierden el componente metafórico, siguen albergando la fuerza primigenia del fenómeno.

De todas formas parece claro que el vampiro actual lo inventó, lo configuró y casi podríamos decir que lo cinceló en piedra, Bram Stoker con su esencial novela ‘Drácula’, aparecida a finales del siglo XIX, y que en realidad muy poca gente conoce, porque han visto tantas películas o sucedáneos que ya se conforman con eso y no se deciden a adentrarse en las maravillosas páginas de una novela extraordinaria, contada a base de extractos de diarios o notas o cartas o cuadernos de bitácora, lo que confiere al texto, gracias también a la increíble convicción y talento de Stoker, un halo de espeluznante credibilidad, como si tuviéramos en nuestras manos documentación real sobre una aventura escalofriante. Stoker no se inspiró, tal como afirma erróneamente la Encyclopedia Brittanica, en la vida de Vlad Tepes, sino que tan solo cogió el nombre de su casa, Draculea, porque su verdadero interés era reflexionar sobre las contradicciones e hipocresías de la Inglaterra de su tiempo.

Las adaptaciones teatrales de la novela, pues Bram Stoker era el secretario personal del gran histrión Henry Irving, son las que por desgracia establecieron la iconografía visual del personaje y el argumento, que encontraron su primer referente cinematográfico en la imagen de Bela Lugosi, y ya durante mucho tiempo se quedó esa visualización del vampiro con capa, pelo engominado y aspecto seductor, que por suerte otros muchos autores, literarios o cinematográficos, han dinamitado con títulos personalísimos…aunque también hay otros que han hecho que los vampiros brillen a la luz del día.

Dejo aquí un listado de los que yo considero los diez trabajos literarios más importantes y vibrantes de este subgénero del terror y el relato gótico, y seguro que el inopinado lector de estas líneas tiene algunos títulos que añadir, y a continuación los diez cinematográficos:

‘Ligeia’, de Edgar Allan Poe, 1838.

‘Varney, el vampiro’, de James Malcolm Rymer, 1845

‘La ville vampire’, de Paul Feval, 1867.

‘Carmilla’, de Sheridan Le Fanu, 1872

‘Lilith’, de George McDonald, 1895.

‘Dracula’, de Bram Stoker, 1897.

‘Salem’s Lot’, de Stephen King, 1975.

‘I Am Legend’, de Richard Matheson, 1954.

‘The Vampire Lestat’, de Anne Rice, 1985.

‘Vampire$’, de John Steakly, 1990.

Y estas son las películas sobre el mito que me parecen más memorables:

‘Nosferatu’, de F. W. Murnau, 1922.

‘Vampyr’, de C. T. Dreyer, 1932.

‘Dracula’, de Terence Fisher, 1958.

‘La maschera del demonio’, de Mario Bava, 1960.

‘Nosferatu: Phantom der Nacht’, de Werner Herzog, 1979.

‘Near Dark’, de Kathryn Bigelow, 1987.

‘Bram Stoker’s Dracula’, de F. F. Coppola, 1992.

‘Only Lovers Left Alive’, de Jim Jarmusch, 2013.

‘The Fearless Vampire Killers’, de Roman Polanski, 1967.

‘The Addiction’, de Abel Ferrara, 1995.

Al final no hay tantas realmente notables, pero aquí están las que yo considero más valiosas, como representación de un fenómeno que se antoja tan inmortal como el propio personaje.

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