Y el resto puede mirar…

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Lo que yo creo es que por razones sentimentales, o viscerales (mejor las segundas que las primeras, siempre, pero eso es otro tema…), muchos cinéfilos o lectores, o cinéfilos-lectores, eligen a sus figuras de referencia, y a todas horas están defendiendo a capa y espada carreras bastante cuestionables, o que por lo menos están a la sombra de otras mucho más grandes que ellos, fascinados como están por figuras menores, con argumentos que pueden desmontarse fácilmente, si es que argumentos se les puede llamar. Y algunos nos pasamos la vida estupefactos porque el personal queda extasiado por la nueva película de Alejandro Amenábar, Ridley Scott o Christopher Nolan, o por la nueva novela de Arturo Pérez-Reverte, Ken Follett o Ildefonso Falcones, y no gastamos ni un segundo en tratar de convencer a nadie de que esto que está viendo o eso que está leyendo puede ser sin duda muy aparente o con aspecto de gran importancia, pero es un cine y una literatura de muy baja calidad.

Eso es lo que hacen algunos. Otros no elegimos a nuestros autores de referencia o precursores… somos elegidos por ellos. No nos enamoramos de Clint Eastwood cuando tenemos siete años, y a continuación todo lo que hace durante el resto de su vida nos parece intocable, o no quedamos prendidos de Pérez-Reverte con diez y durante décadas, cada vez que pare un nuevo trabajo, sostenemos que es una obra maestra insuperable. Algunos, creo, lo hacemos de otra manera: nos rendimos a las evidencias. Miramos el panorama, lo juzgamos de un modo más global, dejamos pasar el tiempo, comparamos las obras de unos y de otros, y caemos en la cuenta, nos salta a la vista, qué es lo verdaderamente grande, y no tenemos más remedio que constatarlo, que ponerlo por escrito, pero no como una defensa desesperada y ansiosa de nuestras ideas, sino como un mero peritaje forense. Esto es lo que hay, y algunos lo sabemos. No vamos a pelear, no vamos a discutir. No vamos a ofendernos ni a malgastar saliva en confrontaciones ni polémicas de ninguna clase. Porque sabemos que llevamos razón y con eso nos basta.

El otro día un amigo lector me comentó que no sabía si lo de Coppola en los años setenta tenía parangón con cualquier otro director en cualquier otra década. Desde luego no la tiene alguien que de cuatro filmes realizados, firma cuatro obras maestras absolutas, dos de ellas (las dos últimas del lote) entre lo más grande de la historia del cine, y quizá lo más grande de la historia del cine estadounidense, que todavía no ha sido superado, si es que alguna vez lo es. Vale la pena ponerlo por escrito una vez más:

The Godfather, 1972 – The Conversation, 1974 – The Godfather, Part II, 1974 – Apocalypse Now, 1979

Cierto que su carrera posterior fue muy irregular, pero esta proeza no ha sido igualada por nadie, y certifica a F.F. Coppola como el gran director de su generación, realmente el centro del canon estadounidense. ¿Quién puede acercarse a esto? Pues tan sólo su buen amigo Martin Scorsese, que no tiene ninguna obra de la altura de ‘The Godfather, Part II’, ni de ‘Apocalypse Now’ (¿quién las tiene?), pero sí un buen puñado de obras maestras, pues ha sido mucho más constante y fluido que Coppola, y así podemos citar un buen puñado de obras excepcionales:

Taxi Driver, 1976 – The Last Waltz, 1978 – Raging Bull, 1980 – Goodfellas, 1990 – The Age of Innocence, 1993 – Casino, 1995 – Gangs of New York, 2002 – The Aviator, 2004 – The Wolf of Wall Street, 2013 – Silence, 2016 – The Irishman, 2019

Pero además, y esto me parece todavía más importante, ha firmado un buen ramillete de obras notables, algunas de ellas consecutivas, lo que es una muestra de su innegable grandeza:

Mean Streets, 1973 – Alice Doesn’t Live Here Aymore, 1974 The King of Comedy, 1983 – After Hours, 1985 – The Color of Money, 1986 – Life Lessons, 1989 – Cape Fear, 1991 – Bringing Out the Dead, 1999 – The Departed, 2006

En el caso de Coppola… ¿quién puede oponerse a su total primacía? Ahí tiene cuatro obras maestras excepcionales que harían temblar toda la filmografía de Billy Wilder o de Elia Kazan. ¿Con qué argumentos se le puede cuestionar, con qué filmografías se le puede comparar? Él ha hecho esas cuatro joyas imperecederas, y el resto puede mirar, el resto menos unos pocos, uno de ellos precisamente Scorsese, con su magna carrera.

Pasemos a James Cameron. Con su verdadero debut (si olvidamos la amarga experiencia personal de ‘Pirañas 2’), levantado con cuatro duros, y su siguiente filme, hecho con ocho duros más (presupuestos irrisorios para su época…que desmienten que este señor sólo pueda trabajar con grandes producciones) iniciaba una carrera muy corta en títulos, pero que le da mil vueltas a cualquier otro director de cine de aventuras, de fantasía y de sci-fi, con una coherencia, una rotundidad y una grandiosidad temática y visual, que no tiene parangón. De 1984 a 1991 filma cuatro películas, que son cuatro maravillas, y el resto, una vez más, puede mirar:

The Terminator, 1984 – Aliens, 1986 – The Abyss, 1989 – Terminator 2: Judgment Day, 1991

¿Quién puede igualar esto? ¿Christopher Nolan? ¿Ridley Scott? El único que podría hacerle sombra es el gran David Fincher, un director con el que comparte ciertas similitudes técnicas y rasgos de personalidad, pero muy pocos más. Desde que Cameron tuvo un sueño, en Roma, con el Terminator surgiendo de las llamas, y lo pintó al óleo, su breve pero apasionante carrera habla por sí misma. No hace falta que venga yo, ni nadie, a defenderle. Sus primeras dos películas fueron nada menos que ‘Terminator’ y ‘Aliens’, de las que beben todos los Nolan, Whedon, Jackson, Rodríguez, Bay, Snyder, Gunn, Wachowski, y otros muchos, que no han logrado acercarse a esas dos obras maestras, ni a otras grandes obras de este cineasta, ni de lejos.

Vayamos ahora al cine español, en el que reinan, desde hace décadas, dos nombres: Almodóvar y Amenábar, con películas más o menos logradas y sobre todo el segundo con un corpus bastante cuestionable e impersonal. Pero para personalidad, para rotundidad pese a carecer de fluidez en su carrera, el gran director bilbaíno Enrique Urbizu, que tras unos años vibrantes en los que desperezó el cine de género en este país, junto a otros compañeros cineastas, llegó más lejos que ningún otro en las últimas dos décadas con tres filmes imprescindibles, que forman un todo, capítulo a capítulo, con la formidable presencia de Jose Coronado, para un relato sórdido y sombrío de la España actual:

La caja 507, 2002 – La vida mancha, 2003 – No habrá paz para los malvados, 2011

Otros que se queden con la decadencia y la autocomplacencia de Almodóvar, o con la astucia y vacuidad de Amenábar. Yo, y seguramente otros como yo, me quedo con la honestidad, la rugosidad, la violencia y la mirada austera y abrasiva de un cineasta imprescindible y muy poco conocido en este país.

Y para terminar hablemos de literatura, y de un monstruo del que ya he hablado varias veces y las que están por venir (en cuanto termine de leer toda su obra… lo cual no es fácil porque hay títulos suyos que no se encuentran en cualquier sitio…): el irrepetible William Faulkner, quien desde 1929 a 1940, poco más de diez años, escribió nada menos que nueve novelas, ocho de ellas obras maestras absolutas, que dejan unos cuantos peldaños más abajo a los que Harold Bloom consideraba sus iguales, Ernest Hemingway y F. Scott Fitzgerald:

The Sound and the Fury, 1929 – As I Lay Dying, 1930 – Sanctuary, 1931 – Light in August, 1932 – Pylon, 1935 – Absalom, Absalom!, 1936 – The Unvanquished, 1938 – The Wild Palms/If I Forget Thee, Jerusalem, 1939 – The Hamlet, 1940

Insisto, uno no escoge a sus héroes, o a sus referencias absolutas: simplemente se lanza a conocer lo que hay, y una vez roturado el terreno y visto en su totalidad, se limita a establecer hechos, como un forense establece un peritaje, con objetividad y sin ramalazos personales. Estos grandes nombres, y otros que no he incluido, se han ganado un lugar de privilegio en base a su trabajo, su talento y su coherencia artísticas, y nadie les ha regalado nada. Y aunque algunos quizá queden pronto olvidados del imaginario colectivo, su trabajo queda ahí para el que quiera, o sepa, o pueda, verlo.

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