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El cine empezó mal, porque lo inventó un español pero nos lo robaron los franceses, confirmando una vez más esa teoría de que los anglosajones y los gabachos llevan dos siglos robándonos ideas, apropiándose de logros hispanos, y reescribiendo la historia a su conveniencia y a nuestra costa. No es mi intención reescribir nada, pero si quisiéramos hacer la historia del cine lo más breve posible podríamos escribirla de este modo: nació como hijo de la fotografía, a finales de siglo XIX, se hicieron numerosas películas de pocos minutos de duración, luego de media hora o una hora, todas mudas, y cuando empezaron a proliferar los largometrajes, a mediados de los años veinte del siglo XX, comenzó el cine sonoro, poco después el cine en color, se establecieron cánones académicos, tuvo lugar el fenómeno del estrellato mediático, con espectadores balbucientes deseando ver a esos rostros rutilantes de la pantalla, tanto en Estados Unidos como en Europa, y tras una etapa de relativo esplendor, que duró hasta los años cincuenta, llegó el demonio de la televisión, y la decandencia de las viejas formas, y los jóvenes de la Nouvelle Vague, el Free Cinema y otros movimientos que lo dinamitaron todo, y tuvo lugar, en los años setenta, la verdadera cristalización de lo que conocemos como cine y del que beben la mayoría de las películas valiosas que existen hoy en día.

Pero aún se puede resumir más: dos décadas y media de cine mudo, tres décadas de cine académico, una década de destrucción de las viejas formas, y una década en la que todo cambió, 70, seguida de otra en la que los grandes estudios fueron sustituidos por grandes corporaciones y se entonteció al espectador medio…entontecimiento que dura hasta nuestros días y que ha sido aplastante, hasta convertir al espectador medio en un verdadero especialista en la imagen básica de la película, pudiendo distinguir con un ojo infalible qué técnicas son las adecuadas y qué otras son las anquilosadas y pretéritas, pero con unas lagunas impresionantes en cuanto a conceptos artísticos, narrativos, literarios y dramatúrgicos, unas limitaciones apabullantes en cuanto a lo que significa la creación artística, imbuidos muchos, en la actualidad, de ese carácter mesiánico consistente en perdonarles las vida a los creadores, y la de considerar que nadie tiene que enseñarles nada y que sus gustos artísticos son infalibles. Es la verdadera y cruel historia del cine: la de espectadores displicentes, soberbios, jactanciosos y pedantes, cada vez más, que niegan toda novedad, toda originalidad, cualquier búsqueda formal inquisitiva y valiente, cualquier aventura narrativa que proponga nuevos caminos estéticos… pero siempre dispuestos a abrazar con pasión cualquier advenimiento técnico como si el cine no fuera más que tecnología.

Y así obtenemos dos visiones en la actualidad, sobre la historia del cine, que parecen antagónicas aunque en realidad son complementarias, y ambas carentes de verdadero criterio: los que por un lado veneran cualquier película, y a cualquier cineasta (y casi a cualquier intérprete), de los años treinta, cuarenta y cincuenta (especialmente estadounidense, aunque no tiene porqué ser así…), y comparan todo lo nuevo, incluso todo lo que se ha venido haciendo desde los años setenta, con esas décadas mágicas de John Fords, Ernst Lubitschs, Billy Wilders, Howards Hawks y demás cineastas sagrados, totémicos, concluyendo que existen ciertas cosas valiosas que podrían igualar o acercarse al trabajo de esos tótems, pero que en cualquier caso representan una decadencia irreversible y dolorosa respecto a la gloria pasada… y los que por otro lado observan todo lo pasado, muy especialmente lo anterior a los años setenta, como algo viejo, caduco, sin mucho interés… una forma de hacer cine vetusta, teatral, casi cutre, en la que se pueden admirar algunos viejos clásicos, pero que en todo caso no tiene nada que hacer con la pujanza del cine moderno, con la imagen y el sonido actuales, con la forma de hacer cine de ahora, mucho más vibrante, mucho más realista si se quiere, y menos idealizada.

En realidad ambas visiones, bajo mi punto de vista, son claramente incompletas, tendenciosas y poco reflexionadas. El cine de ahora no podría existir sin las conquistas previas, y el cine de antes no podía seguir existiendo, sencillamente.

Si hoy se estrenaran películas como ‘Casablanca’, o ‘Ben Hur’, o ‘Centauros del desierto’ las encontraríamos extrañas, absurdas y hasta ridículas. Para bien o para mal, las cosas evolucionan, y por alguna razón el cine evoluciona mucho más rápido que otras artes, y lo que hace pocas décadas parecía lo que con más fuerza captaba una verdad universal y estaba ejecutado de la manera más insuperable, ahora lo vemos con una mezcla de ingenuidad y cariño. Y las interpretaciones de Bogart, Wayne, Cooper, Bette Davis o Katherine Hepburn, de Dick Bogarde, Gassman, Isbert, Romi Schneider o Claudia Cardinale pueden ser todavía disfrutadas e incluso admiradas, pero es imposible extrapolarlas al cine actual, para bien o para mal. Quedaron incrustadas en su tiempo, así como la forma de escribir e interpretar los diálogos, el modo de iluminar los escenarios o montar las secuencias. El cine avanza imparable, quizá buscando su forma definitiva, o un nuevo y aún más sorprendente esplendor, y anclarse en formas pasadas, además academicistas, alegando su virtual y muy discutible perfección, es una grandísima equivocación. Nueve de cada diez grandes películas de entonces nos parecen ahora triviales, superadas, falsas o torpes, o en el mejor de los casos bien intencionadas pero poco atractivas a los ojos de hoy.

Pero no todo es así… No todo, desde luego. Existen películas, interpretaciones, secuencias, casi filmografías enteras que por algún extraño milagro, por alguna innombrable alquimia, se sostienen en pie, negando esta breve y cruel y caprichosa historia del cine personal que estoy elaborando aquí. Que se oponen a un historicismo y una lógica evolución de las formas, al igual que sucede en la música y en la literatura. Porque a lo mejor la historia no se escribe de la A a la Z, sino de abajo a arriba, y muchas veces se reescribe, negando una supuesta evolución, y recuperando conquistas cuyo testigo nadie en su momento tuvo el coraje de recoger. Y resulta que así tenemos obras que parecen fuera de su tiempo, y que quizá sean las más valiosas, grades e irrepetibles. ¿Cómo considerar si no ‘Ciudadano Kane’, ‘Sed de mal’ o ‘Campanadas a Medianoche’? ¿Cómo valorar de otro modo las mejores y más valientes interpretaciones de Jeanne Moreau, o Marlene Dietrich, o Maximilian Schell, o Burt Lancaster, o Henry Fonda, o Charles Laughton, o Vivien Leigh…? ¿No parece, mientras estamos viendo ‘Gone With the Wind’, o ‘Viridiana’, o ‘It’s a Wonderful Life’, o ‘Los cuatrocientos golpes’, que no son películas que tengan cincuenta o sesenta o setenta años, sino que son películas que se hicieron hace diez o quince años y que están totalmente fuera de su tiempo?

Son los grandes autores los que siempre, siempre, niegan la supuesta evolución de las formas, destruyendo lo anquilosado o pasajero y construyendo imágenes para las que no pasa el tiempo.

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