MÚSICA

London Grammar, o el lirismo en el sonido

Cierta música posee el inefable hálito de lo evocador, lo lírico, y se te mete entre los huesos con la facilidad de un bisturí esgrimido con destreza. No necesita, por tanto, de varias escuchas, como suele suceder, para poder apreciar sus calidades, sino que desde el primer momento te asalta con su poder y su hipnosis. Es lo que me sucedió a mí con London Grammar, y con el puñadito de canciones que de momento llevan publicadas en los dos álbumes de estudio que hasta ahora conforman su breve trayectoria. Pero ya está claro que nos encontramos ante uno de los grupos del futuro del llamado, con cierta desgana, ‘Indie Pop’, aunque en realidad las características sonoras de este grupo escapan al calificativo fácil y a la etiqueta genérica que muchos necesitan para referirse al trabajo de una banda.

Surgidos en 2009 en la Universidad de Nottingham, la cantante Hannah Ride y el guitarrista Dan Rothman empezaron a escribir y tocar canciones juntos antes de terminar sus estudios, y se unieron al teclista y batería Dominic «Dot» Major, y no tardaron mucho tiempo en encontrar mánager y en tener listo su primer disco, quizá porque tanto el mánager como las discográficas se dieron cuenta muy pronto del potencial de este trío. Aparecía en 2012 el sencillo ‘Hey Now’, que alcanzó popularidad inmediata en la red, que era el aperitivo para su EP de debut ‘Metal & Dust’, que luego se vería recogido y ampliado en el LP de debut ‘If You Wait’, con nada menos que 17 cortes, en los que ya la singular y elegíaca voz de Hannah Reid destacaba con su impresionante rango vocal de contralto (la voz femenina más grave, de extraordinaria rareza), que otorga a las canciones un emotivo, casi místico, cariz, entre la nostalgia más sombría y la energía más luminosa.

De ese primer disco yo destacaría los temas ‘Hey Now’, ‘Strong’, el cover ‘Nightcall’ de Kavinsky (todos los buenos grupos se diferencian porque son capaces de crear buenos o incluso magníficos covers, a veces incluso superiores a sus originales) y el original ‘Flickers’, pero sí es verdad lo que algunos han dicho: resulta un álbum todavía algo deslavazado, todo lo contrario del segundo, el mucho más sólido y rotundo ‘Truth is a Beautiful Thing’, de 2017, que con catorce temas (más cuatro temas extras en su versión deluxe) es también un trabajo extenso, pero sensiblemente superior al inicial, con las guitarras, los teclados y las percusiones mucho mejor producidos y esta vez a la altura de la maravillosa voz de la Reid. Se hace difícil imaginar que sólo son dos músicos detrás de ella, pues a veces pareciera una orquesta entera, tocando con el objetivo de destrozarnos anímicamente con algunos de los temas más hermosos y emocionantes del indie reciente.

De todas ellas, mi preferida tal vez sea la bella y sentida ‘Hell to the Liars’, que casi parece un lamento y que posee un halo trágico y una capacidad de sugestión extraordinarios, tanto que es capaz, como todas las grandes canciones, de hacerte sentir muy lejos de donde estás y al mismo muy cerca de ti mismo, como si atravesaras un bosque en mitad de una tormenta, como si experimentaras un dificultoso viaje del que salir un poco más sereno y un poco más vivo. Y no es la única de ese gran disco, pues también tiene grandes temas como ‘Rooting for You’, ‘Big Picture’, ‘Oh Woman Oh Man’, ‘Who Am I’, ‘Everyone Else’ o ‘Truth is a Beautiful Thing’, excelentes, sentidas, evocadoras canciones, que les alejan de lo Pop para enmarcarles casi como narradores de la pérdida, la melancolía y el viaje iniciático.

Esperemos que les depara el futuro. De momento van tranquilos, sin prisas, sin querer sacar un disco cada año o cada dos años, a su ritmo. Quizá se apaguen pronto, como tantos grupos, o quizá se conviertan en un trío de referencia, el que quiso ser Keane y no lo consiguió, comenzando de manera fulgurante y convertidos ahora en una banda irrelevante. A lo mejor ‘London Grammar’ sí lo consigue. Por lo pronto, aquí dejo su segundo álbum para que el lector pueda disfrutarlo:

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CINE

La nueva mayoría

Para ellos ha sido confeccionado, diseñado, configurado, plastificado, empaquetado y recalentado este mundo moderno. Para ellos, que se jactan de no haber leído un libro en su puta vida, como diría el Loco de la Colina, y que cuando se lo leen se trata del habitual best-seller que está en boca de todos, un libro de 700 páginas que cuesta 24 euros y que quizá se lean o quizá no, para dar la vara después a sus familiares, amigos y compañeros de trabajo con ese libro y otros de ese autor que quizá se compre porque tienen todos la portada muy bonita y van todos sobre la Guerra Civil, o sobre la vida en los pueblos de España. Para ellos, que se ríen de los que hablamos de cultura llamándonos gafapastas, o listillos, o enterados, que desprecian y rechazan cualquier tema o concepto que tenga que ver con algo más que el fútbol y el dinero y el sexo. Para ellos, que ni siquiera saben el nombre de los ocho planetas del Sistema Solar. Este mundo nuevo se lo han servido en bandeja a ellos.

Y creen que son libres, ellos. Creen que pueden decidir qué tipo de vida tener, y qué gobernantes se sienten en el sillón, y qué ideas políticas, pero no pueden. Sólo tienen la ilusión de que pueden, de que gozan de cierta libertad, pero no es cierto. Sólo en una cosa están en lo cierto: este entorno está fabricado para ellos, a la altura de sus expectativas, al nivel de su nivel, y lo saben. Y si en algún momento las expectativas cambian, o el nivel sube, son suficientes (son mayoría…) y protestarán y patalearán hasta que el nivel vuelva a bajar.

Recuerdo cierto momento bochornoso en el Instituto de Cine de Madrid (no la ECAM, de esa ya he hablado, ahora me estoy refiriendo al Instituto de cine, en el que también estuve matriculado), en mitad de una clase de narrativa, guion y escritura. El profesor nos daba ejemplos y referencias bastante interesantes, algunas cultas y algunas un tanto arcaicas, y hay que reconocer que le gustaba hablar y le gustaba escucharse, pero todo estaba resultando de lo más interesante y el aula estaba a tope de gente. En determinado momento cierta chica, creo que de la especialidad de producción, se plantó, interrumpió la clase, y comenzó a reclamar que la lección, que la charla, fuera un poco más sencilla, porque se estaba perdiendo con tanta densidad y aquello era inadmisible. Ante el requerimiento de esta persona, otras voces empezaron a elevarse en el aula y en pocos minutos comenzó una oleada de quejas, gritos, reprobaciones contra el profesor (que se sentó agobiado y estupefacto en su silla…), la charla se interrumpió y estuvimos como media hora, o más, debatiendo si aquella clase tenía sentido, si era necesario ponerse tan eruditos o tan profundos, y si no sería mejor que el profesor entendiera que mucha gente no podía seguirle o no entendía nada. Es decir, en lugar de que la mayoría de los asistentes trataran de subir su nivel, que es el objetivo ulterior de estas cosas, la charla, la lección, debía bajar el suyo para estar a la altura de sus alumnos. Yo no daba crédito. Cualquiera que lo lea pensará que el profesor se había pasado de críptico, pero lo cierto es que estaba resultado todo muy ameno.

Esto es verídico. También he de decir que aquella muchacha no era una persona particularmente sagaz, salvo a la hora de combinar su bolso y sus zapatos. Un buen amigo mío me contaba que en cierto foro de cine, al que acudía cada semana, se había montado una bronca porque algunos asistentes exigían que la película se pusiera doblada, a lo que la moderadora o coordinadora del foro se había negado tajantemente, y que le pedían una justificación de tal cosa. Son legión las personas que nos encontramos cuya expresión verbal y claridad de ideas deja mucho que desear, pero luego esas personas nos corrigen cuando alguna palabra decimos mal (porque siempre podemos equivocarnos a la hora de hablar), y de pronto pareciera que ese analfabeto o analfabeta funcional está por encima de ti o de cualquier otro, cuando ni siquiera domina bien su propio idioma. Y a todos estos, que son mayoría, son los que el cine, la televisión y la literatura ha de divertir cuando llegan a su casa después de trabajar, o los fines de semana, cuando tienen algo de tiempo libre, y van a exigir que esos contenidos estén a su nivel.

De modo que tanto darle vueltas al asunto y la causa de la mediocridad de la literatura y de gran parte del cine que nos llega tiene que ver en realidad con la vieja ley de la oferta y la demanda, con el huevo y la gallina, con el círculo vicioso del que se aprovechan los más listos para dar de comer pienso al ganado. Es todo, en realidad, mucho más fácil de lo que parecía. Tal como dijo el loco de la colina, estamos subyugados por una nueva mayoría, que precisamente por su condición iletrada, zafia, palurda, es más susceptible de ser controlada por los poderosos, y de alzarse, gracias a su apoyo, con más poder, más mercado y más atención. Y eso no es lo peor, porque algunos de los más conspicuos miembros de esa mayoría se ponen a escribir crítica (cinematográfica o literaria) y a dejar sus necedades por escrito en blogs. Yo he trabajado con algunos de ellos, y mientras se esforzaban por dejar claro quién meaba más lejos me pedían consejo sobre cómo escribir una frase sencilla…

Esta es la verdadera crisis, y es el verdadero cambio climático. El cambio a un clima de toxicidad cultural, de sectarismo, de chabacanería, narcisismo y vulgaridad, que es causa, y no consecuencia, de muchos otros males. El problema no es la educación, como repiten muchos superficiales, el problema es la necedad, la mezquindad, la vulgaridad. Dales a esos necios, mezquinos y vulgares educación, y educación de calidad, y tendrán más armas para enturbiar más el clima y para sentirse más importantes. No les cambiará. No dejarán de exigir una literatura fácil de leer o un cine fácil de digerir. No dejarán de enviar cartas a los periódicos exigiendo que se reescriba el final de una serie, o la historia de un videojuego famoso. Seguirán leyendo a Reverte o escribiendo como él, pero esta vez con argumentos que parecerán de autoridad.

Por eso los otros, los que no somos mayoría, no podemos cejar en nuestro empeño. No podemos bajar la guardia, ni contemporizar, ni resignarnos, ni dejarnos marginar. Tenemos que seguir expresándonos, siendo valientes, diciendo lo que pensamos. Debemos seguir estudiando, seguir leyendo, para demostrar que otra forma de pensar y de hacer las cosas es posible, que aún el pueblo llano puede elevarse a la altura de los artistas y no al revés. Elevarse, no descender a las cloacas. Establecer nuestros propios guetos intelectuales a la espera del momento de tomar por asalto los barrios residenciales de los que llevan la necedad por bandera.

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CINE

‘The Last of Us, part II’, o cómo rivalizar con el cine

Yo no soy un jugón, de esos que se pasan la vida pegados a la consola, gastándose cada ciertas semanas un dinero para adquirir las últimas novedades, y dejando comentarios (o incluso administrando blogs) en torno a este fenómeno audiovisual. Pero sí me gusta jugar, por supuesto. Ya lo he dicho alguna vez: no creo que los videojuegos sean un arte elevado, más bien un arte de muy baja condición, si es que lo son, pero me gusta la experiencia de jugarlos alguna que otra vez, e incluso llegar hasta el final por muy largo que sea, y en los de mundo abierto conseguir el mayor porcentaje total posible. Y supongo que al final adquiriré el lanzamiento más esperado del año (que iba a llegar hace dos, pero que ha ido retrasando su aparición una y otra vez), que no es otro, claro, que el ‘The Last of Us, part II’, siete largos años después de que la primera parte nos impactara tanto a todos.

Con este título (entre otros), no es ningún secreto, y no lo hacen precisamente con sutilidad, los creadores de videojuegos siguen queriendo rivalizar con el cine en cuanto a la atención de los espectadores y al acaparamiento de las pantallas domésticas, así como en la creación de mundos alternativos y de historias que atrapen la imaginación del respetable. Ya la soberbia primera parte, que pese a que se ha quedado un poco obsoleta en su mecánica y en el movimiento de los personajes sigue siendo plenamente disfrutable, se erigía como una especie de gran saga, de gran relato apocalíptico, totalmente inmersivo, con muchos momentos muy cinematográficos (no me refiero a los videos introductorios, me refiero al juego en sí), que daba fe de que sus responsables habían visto muchas películas y habían aprendido bien las lecciones de encuadres, atmósfera y fotografía, consiguiendo un verdadero hito en el que tú, como jugador, vivías una aventura survival extrema. Y ahora, con la segunda parte, se supone que va a prolongar esa aventura y va a beneficiarse de los avances técnicos para ser aún más inmersiva y mucho más perfecta visualmente.

No lo tiene nada fácil, con esa joya absoluta que es ‘Red Dead Redemption 2’ todavía fresca en la memoria, pero quizá consiga convertirse en lo que los aficionados a los videojuegos tanto ansían: una respuesta válida a las películas, en estos tiempos de confinamiento y de cines cerrados, y por primera vez, irónicamente, una propuesta que resuena con los tiempos que vivimos. Para el lector de estas líneas que no conozca el título original de 2013, la historia va de una pandemia global que convierte a las personas primero en posesos asesinos sin miedo ni escrúpulos, que matan a primera vista, luego engendros sin ojos que reaccionan ante cualquier sonido y que son muy difíciles de matar, y finalmente en monstruos renqueantes capaces de fundirte con el calor que emana de sus cuerpos. Como todo el mundo sabe, o sospecha, los creadores de esta segunda parte que ya tenemos aquí, comenzaron a desarrollarla años antes de que el mundo entero se viera asolado por una pandemia, y han retrasado (por motivos técnicos o logísticos) su aparición bastantes meses. Puede que algunos vean en este estreno un gran oportunismo, pero en realidad tenían que sacarlo más temprano que tarde y ya no podían esperar más.

Por ironías de la vida, que a veces son fatales, un juego de género tan extremo, en el que una pesadilla de zombis monstruosos se hace realidad patente para sus personajes, encuentra un reflejo en nuestra propia realidad actual, sin necesidad de que la Covid-19 nos convierta en mutantes aterradores (a casi ninguno…salvo a ciertos políticos con tendencia destructiva…), lo que por primera vez acerca una historia de este soporte narrativo a un hecho histórico presente. Pero lo que de verdad a muchos, o casi todos, nos conmovía y nos fascinaba del primer juego era la extraña relación de amistad, casi paterno-filial, entre el solitario y superviviente nato llamado Joel y la niña infectada pero inmune llamada Ellie, que en un primer momento son incapaces de fiarse uno de otro, pero que por circunstancias de la trama se ven obligados a viajar solos, y que poco a poco se van conociendo y apoyándose más el uno en el otro, enlazando con esa tradición de los relatos de aventuras, en la que un grupo de supervivientes, por pequeño que sea, ha de aprender a salir adelante unido, pese a sus diferencias.

Es de suponer que esta segunda parte prolongará esa capacidad de sus creadores para dibujar con profundidad a sus criaturas y para reflexionar sobre sus relaciones, con el protagonismo absoluto de Ellie, y con Joel, según creo, relegado a un segundo plano, pues van a contar más cosas de la familia de la niña, ahora ya muchacha bastante más crecidita, así como de su relación íntima con otros personajes femeninos. Y de nuevo con música de Gustavo Santaolalla (‘Babel’, ‘Brokeback Mountain’, ‘Diarios de motocicleta’), esta vez ayudado en los entornos de terror por Marc Quayle, mientras él se ocupa de los acordes más dramáticos. De modo que regresaremos a este mundo hostil, con tantas reminiscencias de ‘The Walking Dead’ de AMC o de ‘Stalker’ de Tarkovski, y mientras lo juegue, ya sea el mes que viene, o al siguiente (o cuando deje de estar tan caro adquirirlo…) me iré preguntando, tramo a tramo, si esta vez un videojuego puede ser una experiencia tan totalitaria como una película, o siquiera si hay necesidad de comparar ambos medios. Yo empiezo a creer que no.

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LITERATURA

Absurdo total

Hoy vamos de metáforas, o por lo menos de comparaciones. A ver qué tal me salen…

Imaginemos que nos vamos de viaje a algún lugar espectacular… yo qué sé… ¡A Roma, por ejemplo! ¿No habéis estado? Tenéis que ir, pese al ruido, el caos y algunas cosas más. Pero imaginemos que vamos a Roma no a ver el Coliseo, ni el Panteón, ni el Foro Romano, ni la Fontana di Trevi, ni los Museos Vaticanos…nada de eso. Lo que vamos a ver son las chozas de los arrabales, las construcciones creadas hace dos años y que carecen del mínimo valor arquitectónico. Vamos a ver, por ejemplo, los edificios de las zonas residenciales, e incluso entramos en algunos de ellos, en lugar de ir a ver todas esas maravillas antes nombradas. ¿Se lo imagina el lector de estas líneas?

Otro ejemplo: imaginemos que tenemos mesa en el restaurante más selecto del mundo, pero que esa noche, por nuestra cara bonita, está a precio de saldo y puedes comer las delicatessen más exclusivas y equisitas que tu mente, y sobre todo tu estómago, puedan imaginar, y además pongamos que tú eres una persona de buen yantar. Pero en lugar de comerte un caviar Almas, unos hongos matsutake, una sandía Densuke Black, una nuez Macadamia, una carne de Wagyu o unas trufas blancas….o sin ponernos tan exquisitos: en lugar de comerte la mejor paella que nadie cocinó jamás, o el último sushi que nadie preparará sobre la faz de la tierra, a ti te da por comerte una hamburguesa digna del Mcdonalds o una pizza de microondas. ¿Y por qué? Porque sí.

Sigamos, que hay más: imagínate que te haces amigo de un multimillonario que te invita a que te vayas de viaje, sólo o acompañado o como te dé la santa gana, al lugar del mundo más maravilloso, extraordinario, impresionante que quepa imaginar, a donde quieras. A los fiordos noruegos, a Kyoto, a los parajes salvajes de Australia, a darte una vuelta por los bosques de Yellowstone, a cualquiera de las cataratas más fastuosas de cualquiera de los continentes… en suma, a donde tú elijas, pero a donde eliges ir es a Benidorm, al barrio más hortera de los muchos que jalonan esa ciudad, a estar rodeado de guiris de segunda clase, a pasar calor en un hotel con el aire acondicionado roto, bebiendo sangría de mala calidad y comiendo perritos calientes todos los días. ¿Te lo imaginas, lector? ¿A que no?

Pues todo eso, lo de la comida, lo de los viajes, lo de monumentos históricos impresionantes, todas esas elecciones equivocadas que ni tú ni nadie, en su sano juicio (¡lógicamente!), elegiría… ¡es lo que hace todo el mundo con la literatura! Con el agravante, además, de que te cuesta lo mismo (y a veces más) un bodrio con tapas lujosas que una obra maestra bien editada. El grueso de la gente que se atreve a meterse en una librería con la firme intención de comprarse algo más que un guarda página o un calendario, compra y lee basura, se va de viaje a Benidorm cuando podría irse a Islandia, se zampa una pizza congelada en lugar de degustar una delicatessen que le haría volar de placer, se mete en chabolas de cartón llenas de inmundicia en lugar de visitar el San Pedro, en Roma. Y lo hacen por elección propia… o lo que les queda de elección propia tras el bombardeo por saturación de los medios de comunicación y publicidad, que les convence de que ese es el libro que necesitan, y que las obras de arte literarias, las que llevan cincuenta, o cien, o trescientos años dando vueltas por el mundo, son para otros, para los gafapasta, para los que van de listillos por la vida.

Esos lectores que no leen nunca, los que compran la novela de moda que todo el mundo está comprando, los que te dicen a ti lo que debes leer pero jamás aceptan que les digas que lo que leen es basura, los que dicen que leen mucho porque para ellos leer diez o doce novelas al año es leer, los que tuercen el gesto cuando ven que llevas bajo el brazo un ejemplar de Dostoyevski, o de Mann, esos que eligen irse a Benidorm, o visitar chabolas o comer pizzas de microondas, los que suponen un absurdo. Y son legión. ¿Cuál es su razón para comprarse esos tochos de Ken Follet, o de Dan Brown, o de Ildefonso Falcones, o de Carlos Ruiz Zafón, o de Arturo Pérez-Reverte? Que son como películas, que aprendes historia. ¿Y cuál es su excusa para no leerse ‘Guerra y paz’, o ‘La montaña mágica’…o libros mucho menos extensos como ‘La ruta de Flandes’, o ‘La muerte de Virgilio’? Que son cosas que no entienden, o que no tienen interés en entender, que son libros muy densos e incluso aburridos, sin tener ni idea de lo que están diciendo.

Así están las cosas y no van a cambiar. ¿Quieres vivir de la literatura? Escribe dramones decimonónicos sobre catedrales, ciudades, o revoluciones, o sobre libros. ¿Quieres leer obras interesantes, arriesgadas, audaces? Vete a una librería de segunda mano y busca, amigo, busca. Busca mucho, porque lo hay.

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LITERATURA

Escritores desconocidos o pobres, juntaletras millonarios

¿Quién es el culpable? ¿Cuándo empezó todo? ¿Es posible revertir la situación? Con motivo de la muerte de ese pésimo escritor que fue Carlos Ruiz Zafón (ya decía yo que era un novelista pésimo, que no era novelista, antes de que se muriese, no se crea el lector de estas líneas que he esperado a su deceso para expresarme al respecto…), me veo imbuido, una vez más, del espíritu de García Viñó, me arremango y decido no caer en la desesperación, escribiendo una vez más sobre el estado de la literatura actual, el circo de las editoriales, el trabajo torpedero de los críticos literarios mediáticos y el aborregado público en general, que ni siquiera sabe que se la están colando por toda la escuadra.

Coja usted a cualquier escritor, cualquiera del mundo, conocido o no, consagrado o no, primerizo o veterano, y en una situación ideal e imposible (bueno… no tan imposible, de hecho es lo que sucede de una u otra manera todos los días en los despachos de las editoriales), plantéele estas dos opciones, irrevocables:

1: escribir una obra literaria notable, quizá incluso memorable, a base de mucho esfuerzo, y posiblemente envejecer y morir sin mucho dinero en el bolsillo, por lo menos derivado de la literatura.

2: escribir un best-seller que le reporte entre cinco y diez millones de dólares, pero una obra de ínfimo, cuando no inexistente, valor literario, que además será loada por críticos y público, aunque toda persona inteligente y exigente, incluso el mismo autor, sabe que su obra no vale nada.

Si el interpelado decide, por mucho que diga que ama la literatura, el número 2, para luego, quizá, dedicarse a escribir obras más personales, si acaso duda entre el 1 y el 2, no es un verdadero escritor. Así de claro. Un verdadero escritor no escribe porque decida hacerlo, y además para ganar dinero, sino que escribe porque no tiene más remedio que hacerlo, y en realidad todo este circo editorial, todo este baboseo por televisiones y redes sociales, con el que tan a gusto parecen sentirse (y seguro que se sienten, aunque luego puedan llegar a negarlo…) los Pérez-Reverte, Juan Gómez-Jurado, Ildefonso Falcones, Carlos Ruiz Zafón antes de irse al otro barrio, Almudena Grandes, Elvira Lindo, Antonio Muñoz Molina, Fernando Savater… y en el fondo otros como Alberto Olmos, Juan Soto Ivars, Agustín Fernández Mallo, Manuel Vilas, y muchos escritores sin nada que contar pero que de vez en cuando deciden juntar unas cuantas letras, todo esto, como digo, es algo que para un verdadero escritor, alguien que vive por y para las letras, la narrativa, el lenguaje y la creación literaria, es algo insufrible. Es un anatema.

Un verdadero escritor no escribe de vez en cuando a ver qué novela le sale, un verdadero escritor escribe todos los días, de lunes a domingo, y en el poco tiempo libre del que dispone lee todo lo que puede para seguir aprendiendo. Un escritor como Carlos Ruiz Zafón y otros que están chapados en oro, que tienen mansiones en Beverly Hills, que poseen fortunas de millones de euros o dólares, que escriben cada dos o tres años una novela, o mejor dicho un tocho de mil páginas, que le ha llevado dos años escribir, con muchísima investigación y documentación financiada por la editorial, no es un verdadero escritor. Son hombres de negocios. Y alguno existe que no es malo del todo juntando palabras, pero al que la literatura le importa un carajo, por mucho que proclame por tierra, mar y aire, por decenas de televisiones de medio mundo, que ama los libros, a los lectores y al sursum corda.

Pero a un escritor de verdad (como a un director de verdad, o a un músico de verdad) en realidad la literatura le da igual. No se siente imbuido de un carácter mesiánico, salvador de esa hermosa bella arte de la literatura. No cree que él tenga que decir nada al respecto. Le importan un carajo, también, los lectores, porque es la única manera de respetar, realmente, su inteligencia. No se jacta de conocerlos, ni de entender sus gustos ni sus necesidades. A un escritor, novelista o narrador auténtico incluso La Verdad con mayúsculas le trae absolutamente sin cuidado. Le da igual que su libro venda poco o mucho, o que el lector medio lea pocos libros, cada vez menos, al año, o que la industria se derrumbe. Todo eso para él, o ella, es irrelevante. ¿Saben por qué? Porque tiene cosas más importantes en las que pensar. Mucho más. Para empezar, y ante todo, la verdad con letra minúscula de sus personajes, el mundo que ha de crear para ellos y que ha de crear para ese lector abstracto que quizá nunca llegue, el estilo y el punto de vista, las palabras perfectas…y luego ha de corregirlo, ha de mirar cada escena, cada diálogo, cada gesto, como si lo hubiese escrito otro, y que todo ello no le lleve tres años de su vida, sino tan solo unos meses, porque no quiere perder la energía inicial, porque esto no es un negocio para él, porque tiene muchas historias que contar, por que la escritura es para el verdadero narrador una forma de relacionarse con el mundo, en todas sus facetas.

Por eso el escritor auténtico no se detiene en twitter a escribir las gilipolleces que leemos, sobre qué ocurrencia ha tenido su hija de cuatro años por la mañana, o sobre su encuentro con los lectores en Villacebolletas de abajo, o su última ocurrencia en la cocina de su casa, o sus rancias ideas políticas, y mucho menos se pone a vender sus libros. Porque eso último, en realidad, es trabajo de la editorial, y el escritor participa de eso hasta cierto punto, y nunca hasta el límite de no permitirle seguir escribiendo. El escritor auténtico, el de raza, no es el mono de feria para las casetas de los grandes eventos, ni el polemista televisivo sobre gilipolleces. El escritor auténtico sabe que todo lo que escriba es importante, es valioso, es necesario decirlo, y que toda palabra es una palabra de más, y que romper el silencio con estupideces no es digno de alguien que dedica su vida a escribir.

Esos escritores auténticos, casi desconocidos, que publican cuando les dejan y cuando no tampoco les importa porque escribirán el resto de su vida hasta que no puedan más, no son los nombrados por aquellos que generalmente no leen. Los que generalmente no leen son los que se enamoran de los engendros de Carlos Ruiz Zafón o de Pérez-Reverte, los que defienden que son los mejores escritores del mundo, ¡porque no han leído nada más! ¿Qué culpa tendrán ellos?

El escritor de verdad sabe que no tiene tiempo para bobadas. Dispone de algunas décadas para escribir, para lograr quizá algún día cuajar una gran obra, algo que sea digno de perdurar. Va a intentarlo hasta que se borren las letras de las teclas del ordenador, en noches calurosas de verano y en mañanas gélidas de invierno, el día de la muerte de su padre o el día de la boda de su hijo, enfermo de diabetes o con jaqueca, en su casa, en un motel en mitad de ninguna parte o en unas cuartillas en el banco del parque. Y cuando ve fenómenos sociológicos (nunca literarios) como este de Zafón, un tipo que nadie sabe cómo consiguió ser el más escritor español más internacional desde Cervantes, podrido de pasta y tan mal escritor, se encoge de hombros y sigue escribiendo.

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LITERATURA

Pésimos novelistas que se mueren

Sé perfectamente que si el infierno existe, y estoy casi seguro de que sí, yo voy a ir a él. Por algunas cosas que pienso y escribo y que me gustaría hacer, y por cosas como las que voy a escribir ahora. Pero no me importa. Al menos dije y escribí lo que pensaba, con honestidad y sin medias tintas, sin preocuparme demasiado por lo políticamente correcto ni por algunas reacciones negativas.

Todo esto tiene como punto de partida el reciente fallecimiento de Carlos Ruiz Zafón, conocido escritor español, a los 55 años de edad (bastante joven, pero la parca es lo que tiene, que te llega sin avisar ni respetar edad ni condición), quien según cuentan escribió algunos libros que vendieron millones de ejemplares en todo el mundo y fueron traducidos a decenas de idiomas, y estaba considerado uno de los grandes literatos (por lo menos a nivel popular) de nuestro país. Ha muerto en Los Ángeles, dicen, porque «trabajaba para la industria cinematográfica», sin que nadie especifique muy bien lo que hacía. Ni un crédito en IMDB, a menos que ande yo muy errado. Todo el mundo, o casi todo el mundo, ha llorado su muerte casi como si se tratara de Gabriel García Márquez o algo por el estilo. De modo que esta vez no se aplica esa máxima de que cuando te mueres todo el mundo te quiere, porque a este señor ya le quería todo el mundo antes de irse al otro barrio.

Escucho en el telediario, estupefacto, que Carlos Ruiz Zafón había revolucionado la literatura (no la industria editorial, no su género, no la aceptación popular, no… la literatura a secas…), y poco menos que había salvado a los pobres no-lectores de seguir siéndolo. Casi un santo, un mártir de las letras este hombre, cuya obra es la más leída en español desde la aparición del Quijote (esto también lo decía en el telediario, no es que me lo haya sacado de la chistera). Y yo, una vez más, no puedo hacer otra cosa que lamentar profundamente el estado de las cosas, porque no me queda más remedio que fiarme de mí mismo, y sé perfectamente que Carlos Ruiz Zafón era un pésimo novelista. Un escritor deplorable como tantos otros que asolan nuestra literatura y la de otros países y que, tal como decían en ese opúsculo, leían sobre todo los que no leen con asiduidad. Esa es la clave.

Sólo un escritor deplorable escribiría estos párrafos, los primeros de un volumen que ha vendido millones de ejemplares y que lleva el rimbombante y hueco título de ‘La sombra del viento’:

«Todavía recuerdo aquel amanecer en que mi padre me llevó por primera vez a visitar el
Cementerio de los Libros Olvidados. Desgranaban los primeros días del verano de 1945 y
caminábamos por las calles de una Barcelona atrapada bajo cielos de ceniza y un sol de
vapor que se derramaba sobre la Rambla de Santa Mónica en una guirnalda de cobre
líquido
.
—Daniel, lo que vas a ver hoy no se lo puedes contar a nadie —advirtió mi padre—. Ni
a tu amigo Tomás. A nadie.
—¿Ni siquiera a mamá? —inquirí yo, a media voz.
Mi padre suspiró, amparado en aquella sonrisa triste que le perseguía como una sombra
por la vida.
—Claro que sí —respondió cabizbajo—. Con ella no tenemos secretos. A ella puedes
contárselo todo.

Poco después de la guerra civil, un brote de cólera se había llevado a mi madre. La
enterramos en Montjuïc el día de mi cuarto cumpleaños. Sólo recuerdo que llovió todo el
día y toda la noche, y que cuando le pregunté a mi padre si el cielo lloraba le faltó la voz
para responderme. Seis años después, la ausencia de mi madre era para mí todavía un
espejismo, un silencio a gritos que aún no había aprendido a acallar con palabras. Mi padre
y yo vivíamos en un pequeño piso de la calle Santa Ana, junto a la plaza de la iglesia. El
piso estaba situado justo encima de la librería especializada en ediciones de coleccionista y
libros usados heredada de mi abuelo, un bazar encantado que mi padre confiaba en que
algún día pasaría a mis manos. Me crié entre libros, haciendo amigos invisibles en páginas
que se deshacían en polvo y cuyo olor aún conservo en las manos. De niño aprendí a
conciliar el sueño mientras le explicaba a mi madre en la penumbra de mi habitación las
incidencias de la jornada, mis andanzas en el colegio, lo que había aprendido aquel día…
No podía oír su voz o sentir su tacto, pero su luz y su calor ardían en cada rincón de aquella
casa y yo, con la fe de los que todavía pueden contar sus años con los dedos de las manos,
creía que si cerraba los ojos y le hablaba, ella podría oírme desde donde estuviese. A veces,
mi padre me escuchaba desde el comedor y lloraba a escondidas.
«

Eso de «desgranaban los primeros días de verano» es muy revolucionario de la literatura, concretamente se escribía así en el siglo XVIII y primeros del XIX. En cuanto a esa frase mítica («…caminábamos por las calles de una Barcelona atrapada bajo cielos de ceniza y un sol de
vapor que se derramaba sobre la Rambla de Santa Mónica en una guirnalda de cobre
líquido
«) es la frase que escribiría alguien que no es novelista. Sencillamente. ¿Qué es eso de una Barcelona atrapada bajo cielos de ceniza? ¿Qué es eso de que se derramaba como una guirnalda de cobre líquido? A mí que me lo expliquen. Y la cosa es así ¡durante todo el libro! Que si las librerías huelen a magia, que si comparaciones idiotas con imágenes que no vienen a cuento… Literatura de la abuela tricotando en el rincón al lado de la chimenea, muy revolucionaria ella. Muchos han leído estas páginas porque es un canto de amor a Barcelona, y supongo que eso supone un arrastre nostálgico, pero tal cosa no justifica una novela, ni mucho menos los millones de ejemplares vendidos. Pero menos que cualquier otra cosa las loas de decenas de «críticos» literarios, de medios importantes proclamando que este engendro literario es poco menos que una obra maestra de la literatura universal.

Que si tiene una escritura sublime (Sunday Times), que si un clásico contemporáneo (Daily Telegraph), que si el mejor libro del año (Le Figaro), que si García Márquez, Umberto Eco y Jorge Luis Borges digievolucionan y se funden en uno (The New York Times)…así hasta dieciocho opiniones laudatorias incluidas en las págínas iniciales de ese best-seller, para convencer al lector poco habitual, o directamente al ciudadano que no lee jamás, de que se lo compre y que a lo mejor lo lea. Pero Carlos Ruiz Zafón no tenía ni idea de lo que es la literatura, y todos esos críticos que le pusieron por las nubes no se la leyeron, simplemente, sólo recibieron la orden de ponerla por las nubes, porque no hay por donde cogerla. Alberto Olmos dijo hace poco que Elvira Sastre y Marwan «no tienen ni puta idea de poesía ni de nada». Y tiene razón. Menos razón tiene cuando dice que nuestra élite intelectual son Savater y Marías. Y yo tengo toda la razón cuando digo que Carlos Ruiz Zafón ni era novelista ni lo será jamás, así hubiera vivido cuarenta años más, del mismo modo que ni Savater (estupendo filósofo y pensador, nunca literato), ni Marías serán tampoco novelistas, ni aunque se mueran ahora y todo el mundo empiece a adorarles, ni aunque vivan treinta años más.

Y ahora este señor se ha muerto y todo el mundo le llora, pero yo, que lógicamente no deseaba su muerte, pero cuyo fallecimiento me trae sin cuidado porque ni le conocía ni me interesaba lo más mínimo, lloro por otras razones: el nivel de los escritores españoles (y muchos internacionales), y la desidia casi perversa de la crítica, en todo el mundo, conchabada con las editoriales para venderle basura al respetable. Pero ya no hacen falta para nada, pueden despedirles a todos y ahorrarse sus sueldos, porque ya una enorme masa social está convencida de que «necesita» comprar el último libro de Pérez-Reverte, de Gómez-Jurado, de Elvira Lindo, de Almudena Grandes, de Ildefonso Falcones, y por supuesto los editores saben cuánto van a vender las sucesivas reediciones de la farfolla literaria de Ruiz Zafón, ahora que ha muerto.

Pero yo lo seguiré diciendo todo el tiempo que pueda, sin desfallecer. Todo eso que acabo de nombrar y mucho más, no es literatura. Es hojarasca. Son best-sellers baratos, algunos disfrazados de erudición o historicismo, pero contenidos narrativos de muy bajo nivel. No lo lean, por favor. Léanse algo que de verdad sea algo grande, sea verdadera literatura. Como por ejemplo, y con esto doy por finalizado este artículo, esta maravilla de Herman Broch, titulada ‘La muerte de Virgilio’:

«…pero centelleantemente impenetrable, inmóvil e imprevisible, se extendía alrededor de él la tonalidad del sueño, centelleando de perdición subyugadora de los dioses, inexorable, abarcándolo todo, eliminando la creación, complicados mutuamente el bien y el mal, innumerables los cruces, infinitas las sendas de los rayos, ultraterrena la luz, pero todavía en lo calculable, todavía terrena, todavía finita, destinada a apagarse…¿Se iba el sueño? ¿Y con el sueño que se iba, se iba, pues, el soñador?»

Esto es escribir.

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CINE

Las 10 películas de mi vida

Todos tenemos ese puñado de películas que en determinado momento de nuestra vida nos cambiaron, y nos cambiaron para siempre. Esos títulos que llevamos dentro de nosotros a donde quiera que vamos, y que rara vez se ven sustituidos por otros, pero que cuando lo hacen se convierte en un grupo de películas todavía más cerrado en sí mismo, todavía más inexpugnable.

No son, mis diez películas (un número que como bien decía George Carlin suena a importante, suena a dramático) las mejores películas, necesariamente, que yo jamás haya visto, pese a que creo que todas ellas son de una calidad extraordinaria, aunque sí pueden ser las películas que más veces he visto, que con mayor pasión y casi devoción vuelvo a ver una y otra vez, porque ya son parte de mí mismo, y si mis cien películas favoritas (quizá algún día haga esa lista) serían como cien grandes amigos con los que siempre puedo contar, estas diez, las diez de mi vida, son las películas que espero volver a ver justo antes de morir, una última vez, para volver a creer que el cine es realmente capaz de cambiarme, no sólo de divertirme o fascinarme, sino de plantearme cuestiones mucho más importantes, que tienen que ver conmigo mismo y mi relación con el mundo.

Son las siguientes:

‘APOCALYPSE NOW’ (1979), de Francis Ford Coppola

‘EL PADRINO, PARTE II’ (The Godfather, Part II, 1974), de Francis Ford Coppola

‘LA DELGADA LÍNEA ROJA’ (The Thin Red Line, 1998), de Terrence Malick

‘TERMINATOR’ (The Terminator, 1984), de James Cameron

‘UNO DE LOS NUESTROS’ (Goodfellas, 1990), de Martin Scorsese

‘NOSTALGIA’ (Nostalghia, 1983), de Andrei Tarkovski

‘FANNY Y ALEXANDER’ (Fanny och Alexander, 1982), de Ingmar Bergman

‘MAD MAX: FURIA EN LA CARRETERA’ (Mad Max: Fury Road, 2015), de George Miller

‘CYRANO DE BERGERAC’ (1990), de Jean-Paul Rappeneau

‘PESADILLA ANTES DE NAVIDAD’ (The Nightmare Before Christmas, 1993), de Henry Selick

Sé perfectamente que mi vida no habría sido la misma en caso de no haberlas visto, por la sencilla razón de que yo no habría sido el mismo. Si soy una buena persona, ellas me hicieron así, y si soy una mala persona, también. Si soy abierto o cerrado, compasivo o empático, curioso u obsesivo, mezquino u oscuro, en gran parte es culpa suya. He crecido viendo estas películas, y la última de ellas, ‘Mad Max: Fury Road’, me hizo sacar fuerzas cuando más las necesitaba. En el tintero se han quedado otras. Noventa, para ser exactos, pero tras mucho quitar y poner, y tras mucho ser honesto conmigo mismo, esta lista ha salido sola, y aunque todavía podría tener dudas sobre otras, sería para hacer la lista más larga, no para reemplazar ninguna.

Teniendo en cuenta que creo firmemente que ‘Apocalypse Now’ y ‘The Godfather, part II’ son las dos mejores películas del cine estadounidense que he visto o que podré ver jamás, que solamente puede acercarse algo la experiencia de ver ‘Goodfellas’ una y otra vez, y que para mí las dos películas más conmovedoras, perfectas y magnificentes de los dos grandes genios del cine europeo (Tarkovski y Bergman) son las dos que he incluido, ‘Fanny och Alexander’ y ‘Nostalghia’, que además he visto decenas de veces tratando de descifrar su enigma, pues es imposible no ponerlas en lo más alto de mi experiencia cinematográfica. Así mismo, no creo que exista una película sci-fi, salvo quizá otras dirigidas por el mismo director, que me haya subyugado tanto como ‘The Terminator’, y que la única que se le puede comparar, dentro de su clase, y que me haya impactado de forma más duradera, es ‘Mad Max: Fury Road’, del mismo modo que ‘The Thin Red Line’ es el único filme bélico cuyo visionado puede compararse al de ‘Apocalypse Now’, pues son obligatorias sus inclusiones. Para cerrar, mi filme francés preferido, el que más me ha hecho vibrar, aunque soy consciente de que los hay netamente superiores, y el musical y filme de animación más fascinante e imaginativo que he visto, pues ahí tenemos las diez.

Al final no ha sido tan complicado confeccionarla.

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CINE, LITERATURA

Hay que saber preguntar

Me suele pasar casi siempre que asisto o veo por televisión, o encuentro en youtube, alguna rueda de prensa, o alguna conferencia, entrevista, mesa redonda o Master Class, o cualquier cosa parecida, en la que pueden tener de invitado a alguien realmente importante, que está dispuesto a contestar todas las preguntas (o casi todas…) que les formulen los afortunados asistentes al evento: la mayoría de las preguntas son bastante obvias, innecesarias y poco afortunadas, cuando no bobas, reiterativas, bobaliconas o directamente incoherentes, desaprovechando así la oportunidad no ya de aprender algo, sino de que esa personalidad artística en concreto pueda dejar alguna perla y comentar algún aspecto poco conocido de su forma de pensar o de trabajar.

Y no me estoy refiriendo a las entrevistas individuales, en esta ocasión. Lo de las entrevistas en este país es algo endémico, y solamente en el trabajo de algunos periodistas o cronistas, sabes que el diálogo va a ser interesante, cuando en todos los demás lo más probable es que apartes la mirada por vergüenza ajena, no sólo por la falta de calidad o pertinencia de las preguntas, sino porque notas que el entrevistador no tiene mucha idea de a quién tiene delante, no ha preparado a conciencia su trabajo, o aunque lo conozca o lo haya preparado, todo se reduce a un panegírico al que le falta gotear la vaselina. Me estoy refiriendo a esos eventos en los que hay muchos posibles entrevistadores, todos aquellos que en cuanto tienen oportunidad levantan la mano y esperan que le pasen el micrófono esta vez y poder preguntarle a esa luminaria algo que quizá llevan esperando preguntarle durante mucho tiempo.

De entre decenas de personas que pueden pedir el micro en una rueda de prensa o una conferencia, se esperaría que alguna pregunta realmente perspicaz surgiera, pero no es el caso. Y mi experiencia en festivales o mesas redondas no es distinta. Recuerdo que cuando llegué a San Sebastián, ingenuo de mí, me quedé perplejo por las estupideces que se le estaban preguntando, por ejemplo, a Terry Gilliam, con motivo de la presentación de su ‘The Imaginarium of Doctor Parnassus’. Concretamente una señora de alguna revista local o de algún periódico de provincias, que le estaba preguntando al director sobre cuestiones que nada tenían que ver con la película, ni con su trabajo, ni con el cine. Gilliam, como tantos otros en tantas ocasiones, respondía con la mejor de sus sonrisas, aunque algunas preguntas le hacían sentir claramente incómodo. Y esto se repitió en Berlín. Nadie hacía preguntas sobre la película en cuestión, y se supone que yo estaba rodeado de cronistas cinematográficos, gente versada en este asunto, pero recuerdo bien que un tipo, creo que del Chicago Tribune, se volvió hacia mí y me instó a que hiciera más preguntas, porque al menos las mías eran interesantes. Y eso no es jactancia por mi parte, esto es la verdad.

Célebre es aquel evento en Cannes, hace ya más de una década, en que en una rueda de prensa multitudinaria, con cientos de periodistas preguntando a un célebre grupo de cineastas, Polanski se levantó (a eso de la tercera o cuarta pregunta, no muchas más) y dijo que no iba a soportar más cuestiones bobas, que los periodistas estaban todos idiotizados por el internet y los ordenadores, y que daban muy mala imagen de su oficio. Algunos le reprocharon haber hecho eso, pero yo he sido testigo de preguntas dignas de aficionados de quince años y no de periodistas veteranos con varios festivales a sus espaldas, y de cómo el interpelado, actor, director, guionista o productor, se lo toma con muchísima filosofía y con una media sonrisa de resignación responde a la penúltima chorrada planteada por el enviado del New York Times o de El Mundo.

Porque no hay diferencias entre esos periodistas y un grupo de aficionados cualesquiera sin formación en artes o humanidades. Hace unos años, en la escuela de cine, vino a darnos una clase magistral nada menos que Enrique Urbizu. Cansado de preguntas dignas de adolescentes semianalfabetos se puso a hablar él libremente, a desgranar sus conocimientos y su visión de lo que significa hacer cine, y a mí me respondió media docena de preguntas, las únicas (y de nuevo no es jactancia, es la jodida verdad) que merecía la pena contestar, ya que tenían que ver con su trabajo, con su visión del cine, con sus películas, con decisiones de cámara y un sinfín de cosas más.

Tomemos como ejemplo esta mesa redonda nada menos que con David Fincher, en la TAI. ¿De verdad que esas eran las únicas preguntas que hacerle a un cineasta de su categoría?: «¿Te consideras un perfeccionista?», «¿Qué piensa del personaje de Amy en Gone Girl?», «¿Por qué tu cine tiene tendencia a usar verdes y amarillos?»….¡»¿Es más complicado rodar un historia de ficción o una historia real?»! Estos son estudiantes de cine, jóvenes, se supone que hambrientos, deseando aprender, fagocitar todo aquello que se les pone por delante, y no preguntan más que bobadas. Sería necesario que conocieran bien la carrera del interpelado, y aprovechar la sinergia de algunos de sus comentarios para profundizar en su manera de pensar y extraer de la conversación cuestiones más interesantes. Pero para empezar yo le preguntaría hasta qué punto aprendió de la nefasta experiencia de ‘Alien 3’, de cual de sus trabajos se siente más orgulloso y por qué, al igual que de cual de ellos se siente menos orgulloso y por qué, si considera que con ‘Zodiac’ se abrió una nueva etapa en su carera, qué películas ve para inspirarse a la hora de ver una película, qué directores de la actualidad le impresionan y le influencian más, qué partes del proceso de producción de una película le resultan más complicados y duros, y qué partes más fáciles y llevaderas, qué cuestiones todavía no ha abordado en su cine y le gustaría abordar en un futuro, ¿se sintió decepcionado por la acogida inicial de ‘Fight Club’ o se la esperaba?, si es un gran lector y qué lecturas son las que más le aportan… y un sinfín de cosas más de las que luego se podría ir profundizando a lo concreto y a cuestiones que a lo mejor no se le han planteado en ninguna entrevista.

Al final lo mejor, muchas veces, es que el cineasta o el artista invitado se ponga a hablar libremente de sus experiencias. Muchas veces es lo más enriquecedor. ¿Para qué vas a interpelarle, si él sabe bien lo que quiere contar?

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CINE, LITERATURA, TELEVISIÓN

Espíritus afines

Son como los vampiros, o como las meigas, que haberlas haylas. Pero hay que saber fijarse, o quizá simplemente hay que abrir los ojos y afinar el oído y la verdad se le presenta a uno tan nítida y desnuda como la misma Luna. Los espíritus afines están ahí, a la vista, y acabas descubriéndoles por la forma en que se unen, porque la unión, la afinidad, es lo que en el fondo te describe, o lo que te señala, o lo que te hace saltar las alarmas. Y hay afinidades que destacan por lo extraordinario de aquellos a los que une, y otras que destacan por la vulgaridad y medianía absoluta, como es el caso de dos cineastas que jamás he comprendido en entusiasmo, e incluso la veneración, que muchos todavía les profesan. Estoy refiriéndome a Julio Medem y Darren Aronofsky, dos individuos que me parecen primos hermanos en el tinglado este de hacer películas.

Recuerdo cuando asistía a la escuela de cine de Madrid, la ECAM, con varios compañeros insistiéndome en que tenía que ver, sí o sí, una maravilla absoluta llamada ‘Requiem For a Dream’ (2000), de un tal Darren «Arronofsky» (juro que me lo pronunciaban así, con dos erres, en lugar de una…), que era algo pasmoso en fotografía, en historia, en cine en definitiva. Bueno, después de tanto insistirme, la vi. No me impresionó demasiado como película, y se lo dije. A mis compañeros les pareció que yo no tenía «ni puta idea» de esto. Bueno, puede ser. Sí me impresionó, para mal, el tono moralista de la historia, probablemente el relato más moralizador sobre el consumo de drogas jamás filmado, así como el exagerado final, que destrozaba a los protagonistas sin remisión. Me gustó mucho, eso sí, la excelente interpretación de Ellen Burstyn (una de las grandes de su generación), y la creativa y muy interesante fotografía de Matthew Libatique. Ahora, me temo, sigo pensando igual. Esta película, como todas las de su director, es visualmente muy interesante, pero conceptualmente muy mediocre. No hay personajes, sólo sombras de personajes, casi siempre con un grupo de actores entregadísimo, pero sin nada de fuste con lo que trabajar.

También recuerdo las críticas de Ángel Fdez-Santos de las primeras películas de Julio Medem. Fdez-Santos se arriesgó con él, vio en sus películas gran talento, aunque desequilibrado, y le vaticinó un estimulante futuro. Fdez-Santos se equivocó, como tantos otros. Medem es un director astuto, con cierta personalidad, con un gusto por lo visual, por la fotografía y el plano, bastante creativo, al igual que Arofnosky, pero también comparte con él la flojedad de sus materiales narrativos, su enorme ambición nunca en correspondencia con los resultados de sus realizaciones. La mejor película de Medem es la primera, ‘Vacas’, y luego alguien le convenció de que era un genio, y se lanzó a dirigir una decena de películas muy cuestionables, defendidas a capa y espada por ciertos sectores de la crítica y el público, pero con muy poco cine dentro…una gran capacidad para crear imágenes pegadizas, casi hipnóticas, pero sin la cohesión necesaria de una narrativa sólida, sin personajes interesantes, sin una voz, sin una personalidad poderosa que unifique todo eso.

Ambos directores son engreídos, crípticos en sus declaraciones, soberbios y grandilocuentes en su puesta en escena, mediocres en sus resultados. Para terminar de rematar su afinidad, el segundo dirigió ‘Ma ma’ en 2012, y el primero ‘Madre!’ en 2017, dos películas que no tienen nada que ver en lo temático a pesar de la coincidencia en su título, pero que, cosa curiosa, comparten su absoluta inanidad como respuesta a una ambición gigantesca. Medem y Aronofsky son, para mí, directores primos hermanos, y como ellos hay muchos (aunque les gustará pensar que son únicos), pero quizá sean el ejemplo máximo de ambición desmesurada y de resultados pobres, a uno y otro lado del atlántico. Hay afinidades aún mayores, como por ejemplo la entrañable amistad que al parecer une a dos escritores tan infaustos como Arturo Pérez-Reverte y Juan Gómez-Jurado, que se retuitean sus estupideces en sus respectivas de Twitter, que se promocionan el uno al otro y que se han convertido en una suerte de maestro Obi Wan Kenobi (Pérez-Reverte) y discípulo Luke Skywalker, sin darse cuenta de que en realidad escriben los dos con un estilo muy parecido e igualmente atroz, y casi que piensan las mismas cosas y dicen las mismas sandeces reaccionarias.

Por suerte también hay otras afinidades. Las que además han unido, siquiera por breve tiempo, los destinos de Francis Ford Coppola y Martin Scorsese, de Buñuel y de Lorca, de Oscar Wilde y Bram Stoker, Thomas Mann y Hermann Hesse, Samuel Beckett y James Joyce, entre muchos otros, quizá porque, sintonizaban en esferas del intelecto y de la sensibilidad que vibraban muy similares, aunque sólo fuera por unos pocos años o meses, y les era imposible no acercarse y admirarse mutuamente, reconociendo en el otro no solamente lo que le unía a él, sino también lo que les separaba o lo que le faltaba en su propio arte, aprendiendo el uno del otro, creciendo interiormente como artistas gracias a esa amistad y esa devoción mutua, que en siglos pasados habría sido casi considerado un amor platónico. Y no es para menos, porque de amor hablamos: el amor a un arte concreto compartido entre dos seres muy parecidos.

Por cosas como estas uno acaba por pensar que hay cuestiones, muchas, la mayoría (si no todas) que no pueden ser mero azar. Que no lo son. Que de alguna manera los mediocres se reconocen entre sí, y arman entre sí una relación falsa y dadivosa, pero también los lúcidos, los escogidos, y arman una amistad poderosa y legendaria, por muy breve que sea, la de dos gigantes mirándose el uno al otro y viéndose con mucha mayor nitidez a sí mismos.

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CINE

Cuando ‘Los Simpson’ eran grandes

Yo creo que treinta y dos años ya son suficientes. Muchos recuerdan todavía aquella aparición de «una serie de animación para espectadores más adultos» sobre una familia de piel amarilla y cuatro dedos en lugar de cinco, que venía a revolucionar la televisión, allá por diciembre de 1989 en EEUU, y unos pocos meses más tarde aquí en España, y creo que nadie se habría creído que en 2020 aún seguiríamos no solo con nuevas temporadas de ‘Los Simpson’, sino con reposiciones interminables de varias de sus primeras temporadas (la 8, la 9, la 10 y la 11, sobre todo), sin que parezca asomar por el horizonte un previsible cierre de la serie, con lo que quizá podamos tener casi aseguradas, por lo menos, cuatro o cinco temporadas más, a pesar del indiscutible declive de la serie, no precisamente desde hace cuatro o cinco años, sino desde hace bastante más tiempo. Por eso digo que creo que treinta y dos años en antena son suficientes, al menos para mí, pero está visto que para muchos no.

Yo creo que la decadencia comenzó, de manera casi irreversible, allá por la temporada catorce. Esta serie se había caracterizado siempre por retratar la vida de una familia de clase trabajadora, bastante estrafalaria, que por supuesto era un reflejo distorsionado de nuestra realidad (especialmente, la realidad estadounidense), no solamente en las relaciones familiares, por supuesto, sino en la sociedad en su conjunto, con sus hipocresías, sus mezquindades, sus absurdos y sus esperpentos. Pero siempre con honestidad, con inteligencia, remozando a conveniencia los códigos de algunos géneros cinematográficos en ciertos episodios, tensando la cuerda de la sátira lo justo y necesario, desmadrándose algunas veces, pero siempre con un ojo puesto en la realidad, con episodios memorables. A partir de la temporada catorce todo eso cambió, poco a poco, y luego sin remisión, además de ser la primera temporada en la que ni uno solo de sus episodios, sin ser realmente malos, era en verdad memorable. Ni uno.

Eso no significa que no alberguen algún hallazgo, o algún chiste brillante a costa de Homer, pero la chispa de la serie se acabó ahí, y desde entonces han recurrido al gran personaje que es el padre de la familia para mantener vivo el interés. Y no está nada mal: pocas series tienen trece temporadas en plena forma. La gran mayoría pueden contentarse de tener dos o tres realmente buenas. ‘The Simpsons’ es historia de la televisión. Eso nadie lo duda. Pero para haberse ido con dignidad e inscribirse en letras de oro, tendría que haberlo hecho hace más de catorce años. Y eso es mucho tiempo. La única razón por la que se ha mantenido en antena, me temo, es porque da mucho dinero: se vende a todo el mundo, y su baja audiencia y sus malas críticas no impiden que siga generando una gran cantidad de dinero. Pero es imposible ver un episodio de las últimas diez temporadas y reírse como lo hacíamos antes, como aún podemos reírnos cuando volvemos a ver el cualquier episodio de las trece primeras temporadas, por muchas veces que lo hayamos visto ya. ‘Los Simpsons’ ya no es una sátira de la sociedad de finales del XX y principios del XXI, se ha convertido en una parodia de sí mismo. Ningún chiste hace gracia, ni uno solo. Los guiones son torpes. La animación es ahora mucho peor que antes. Incluso han prescindido del músico habitual de la serie, Alf Clausen (no el autor del tema principal conocido por todos, a cargo de Danny Elfman, sino de la musica incidental, crucial para el tono de la serie), alegando incapacidad pero con toda seguridad para abaratar costes.

Pero hubo un tiempo en que ‘Los Simpson’ fueron grandes, muy grandes. Como me dijo un profesor mío de la escuela de cine: hay episodios en los que están sembrados, que son la mayoría. Es verdad. Es en esos episodios en los que debería estar cimentada la leyenda de la serie, aquellos capítulos extraordinarios, uno tras otro, en los que daba igual que a Homer le contratara un supervillano internacional, que se convirtiese en un improbable boxeador profesional, o que el señor Burns encontrase a su hijo perdido, o que Bart se pusiera trabajar en una casa de variedades… los responsables de la serie sabían dar en la diana con tres factores insuperables: una historia sorprendente, unos personajes muy bien trazados y unos diálogos que bordeaban el absurdo sin caer en la memez. Y hablamos de personajes magníficos, patéticos, a menudo sombríos o poco inteligentes, como el dueño del bar más cutre imaginable, Moe Szyslak, el director de escuela más gris de la historia, Seymour Skinner, el estrambótico regente del badulaque, Apu Nahasapeemapetilon, o el padre de familia más borracho, idiota, machista, maltratador, bocazas, violento, impulsivo, en peor forma, calvo, tragón, el ínclito Homer Simpson, que es por derecho propio uno de los caracteres más notables de las últimas décadas, y no solamente de la animación o de la caja tonta.

Sospecho que Billy Wilder, Woody Allen o los hermanos Coen habrían dado el brazo derecho por firmar algunas de estas frases:

“Mi hijo no es comunista. Podrá ser mentiroso, cerdo, idiota, comunista, pero nunca una estrella de porno”, Abe Simpson sobre su hijo Homer.

«No estoy en condiciones de conducir… un momento… no tengo por qué escucharme a mí mismo, estoy borracho», Homer

«Niños, que no me importe lo que decís no significa que no esté escuchando», Homer.

«No os preocupéis, la mayoría de vosotros no os enamoraréis, tan solo os juntaréis con alguien por miedo a morir solos», Edna Krabappel a sus alumnos.

«Operadora, deme el número para el 911», Homer.

«Lisa, los vampiros son seres inventados, como los duendes, los gremlins y los esquimales», Homer,

«Homer no funcionar cerveza bien sin», Homer.

«Dicen que el alcohol borra la memoria… de lo demas no me acuerdo», Barney.

«La opresión y la tiranía son una pequeña tasa por vivir en el país de la libertad», señor Burns.

O por escribir este diálogo:

O este:

O este:

Entre decenas y decenas más, o episodios tan extraordinarios como aquel en que Homer se compra una pistola, o aquel otro en que Apu ha de pasarse por el marido de Marge, o el del falso ángel petrificado, o el de la secta… que podemos ver cien veces y nos partimos de risa, porque sus guionistas estaban tocados con la varita mágica de la comedia imperecedera, la que por alguna alquimia nunca pasará de moda, ayudados además en España por el extraordinario doblaje (en animación estoy a favor de que cada cual ponga su doblaje) de Carlos Revilla, cuya voz será para siempre la de Homer, aunque por desgracia murió en la temporada 11 y nos dejó a todos bastante huérfanos.

Pero la gran serie Matt Groening siempre será ‘Futurama’, aunque de mi admiración por ella hablaré en otra ocasión. De momento aquí queda mi voto, anónimo, que a nadie le importa un carajo, pero honesto y con fundamento, para que ‘Los Simpson’ echen el cierre antes de la temporada 40.

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