Bloom, Harold

Una de las cosas que más me han llamado la atención desde que me he vuelto mucho más disciplinado con mis lecturas, es la ausencia, la deserción de la crítica literaria. No es que no existan críticos literarios, es que no existe la crítica, salvo contadas y no muy honrosas excepciones. De esto he hablado yo aquí unas cuantas veces y supongo que volveré a hablar unas cuantas veces más. Si te pones a buscar críticas literarias en los medios de comunicación o en blogs o medios digitales, encuentras una caterva de individuos e individuas que, al igual que sucede con la crítica cinematográfica, no hablan de literatura, sino de sus propios gustos, de sus inclinaciones artísticas o de sus fobias y filias, sin aportar apenas argumentos, sin incitar a un debate teórico y, en definitiva, sin marcar una época ni poseer verdadera personalidad. Aunque es cierto que alguno que otro tiene un poco más de personalidad, y de entre ellos, el más famoso, controvertido y renombrado probablemente sea el recientemente fallecido Harold Bloom.

Bloom, Harold, profesor de Yale, ocupando la cátedra Sterling durante varias décadas, un día decidió, y le ayudaron algunos a decidir, que era el crítico literario más importante no solamente de Estados Unidos, ni de la lengua anglosajona, sino del mundo entero. Estas cosas se deciden así, por un ventarrón. Un día alguien decide que Shakespeare es el mejor escritor de todos los tiempos, que John Ford es el mejor director de todos los tiempos, que la Encyclopedia Britannica es la mejor enciclopedia del mundo, que Harold Bloom es el crítico más importante del mundo… cosas así. Y la plebe poco puede decir al respecto. Bueno lo cierto es que Harold Bloom no solamente no era el crítico más importante del mundo, sino que en mi opinión, que es la opinión menos importante del mundo para todo el mundo menos para mí, Bloom ni siquiera era un crítico literario. En realidad era poco más que un glorificado profesor de literatura y un historiador, que se lanzó a elaborar algunas tesis interesantes, y poco más.

No es mi intención dudar de la enorme cultura de este hombre, que murió el año pasado a la provecta edad de 89 años, empresa por otro lado fútil, pues no me cabe duda de que fue uno de los lectores y pensadores más fecundos y exuberantes de su tiempo (aunque quizá sí dudo de que pudiera leer, tal como él se jactaba de poder hacer, cuatrocientas páginas a la hora). Tampoco es mi intención la de dudar de sus vastos conocimientos sobre los clásicos. Pero como ya he dicho más de una vez, nada de todo eso le salva a uno de ser un grandísimo ignorante. Su cuestionable empeño de escribir el ‘Canon Occidental’, una obra descomunal en ambición y pobre en resultados, le retrata como un pensador prolijo pero poco incisivo, apasionado pero dogmático, sensible pero indolente. Porque Bloom no hablaba ni leía otro idioma que no fuera el inglés (aunque entendía partes textuales de otros idiomas) por lo que quizá debió escribir un canon en inglés, pero él, aupado en su soberbia y su arrogancia, hizo un canon occidental, poniendo por delante de todos los escritores a sus amados autores blancos, hombres y anglosajones, y sembrando en su larguísimo texto sus diatribas contra feministas, progresistas y librepensadores.

Bloom no fue un crítico porque aunque tenía razón en bastantes cosas de las que repetía constantemente, como que un buen libro jamás debe ser tarea fácil para el lector, sino que debe suponerle un esfuerzo consciente, una exigencia intelectual constante, no existen, sin embargo, en sus críticas ni un atisbo de argumentación, ni un sólo análisis sustentado en la forma. Si uno revisa sus numerosos libros (no sólo el Canon, también ‘¿Cómo leer y por qué?’, ‘Shakespeare, la invención de lo humano’, ‘Cuentos y cuentistas’, ‘Genios: un mosaico de cien mentes creativas y ejemplares’…) advierte rápidamente que su forma de atacar una creación y de exponer su tesis consiste en contar el argumento del libro, en buscar las influencias históricas que lo han hecho posible, y en elucubrar sobre la personalidad que lo ha hecho posible, así como su conexión con las personalidades ficticias del texto. Todo expuesto con comentarios pedantes, muy universitarios y poco vívidos. Y eso en el mejor de los casos. En el peor, que son los más numerosos, un desarrollo tendencioso, arbitrario y obcecado de su pensamiento, que poco más o menos viene a decir que tal cosa es así porque yo conozco la literatura y como conozco la literatura tal cosa es así.

En pocas palabras: yo tengo razón, y el que no esté de acuerdo con tal idea, es porque no ha leído lo suficiente o no conoce bien el inglés o no tiene la cultura necesaria para rebatirlo. De ahí nace su pasmosa y en cierto modo malsana obsesión con Shakespeare, que es para él no solamente el escritor (no dramaturgo) más importante de todos tiempos (pasados y futuros o venideros), sino el genio más grande que ha dado la humanidad. Shakespeare, cuyo historicismo no es muy probable, que es posible que sea una amalgama de autores, pero que aunque hubiera existido, es un dramaturgo extraordinariamente sobrevalorado, representa su piedra de toque, la medida de todas las cosas para Bloom. Es impresionante cómo da igual el libro que escriba, sobre el ámbito literario que sea, que aunque no esté centrado en Shakespeare es de lejos el autor más nombrado de ese ensayo. Para Bloom, todos los villanos de la literatura, e incluso del cine, son yaguianos (por Yago), y todos los golfos o sinvergüenzas son falstaffianos (por Falstaff). Leyendo ‘Shakespare, la invención de lo humano’, uno deduce que todas las maravillas del desarrollo humanos se deben fundamentalmente a Shakespeare.

Como mucho acepta el magisterio de Cervantes, Montaigne, Goethe, Dante y Tolstoi, pero todos ellos bajo la sombra de Shakespeare. Bloom fue un fervoroso defensor de los grandes nombres de la literatura, de la lectura compulsiva, de la enseñanza de la literatura en la universidad… fue un historiador literario excelso, y un crítico pobre, incognoscible, intransigente, exaltado y prosélito. Poco puede aprender el lector no iniciado, y casi nada el lector iniciado, de un tipo como él, salvo el valor y la importancia de la gran literatura, salvo el amor y la pasión por la lectura, que no es poco. Pero pese a ser durante tanto tiempo “el crítico más importante del mundo”, los lectores siguen huérfanos de grandes críticos, de teóricos que inciten a pensar por uno mismo, que despierten el espíritu crítico y analista del lector común. Es, fue, el típico pedante erudito que quería tener la razón siempre, y del que no se podía aprender nada.

Y por cierto que si quieren leer otra opinión que no sea la mía, en este sitio pueden acceder a un artículo mucho mejor escrito y más extenso y prolijo, a cargo de Javier Gallego Alonso. De nada.

14 comentarios en “Bloom, Harold

  1. Muy bien escrito y expuesto. No creo que se puedan condensar mucho mejor, ni de forma así de amena, las numerosas faltas y los escasos méritos de la obra y el pensamiento de este hombre. Al leer cosas como esta no se siente uno tan solo ante la pasmosa aceptación popular de hechos como los que nombras: que Bloom sea ek crítico más importante, Shakespeare el mejor escritor, etc.
    Por cierto, muchas gracias por la mención!! Un abrazo grande!!

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      1. Claro, lo entendí perfectamente, sólo que no puedo opinar al respecto porque no conozco lo que ha hecho.
        Además, me parece muy bien que haya gente que haga ese trabajo ( el de criticar la obra o palabra de un crítico -o de un charlatán en todo caso- ) para que no quede todo en una sola campana final, evitando con eso la lectura de obras literarias que podrían resultar de valor para muchos lectores.
        Un abrazo.

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  2. A ver, hay que ser pragmático, si alguien lee 400 páginas en una hora, que son casi 7 por minuto de un tamaño vamos a decir promedio, ni muy grandes ni muy pequeñas, está claro que no puede asimilarlo todo y si supongamos que lo consiguiese no tardaría mucho tiempo en acabar como una regadera. En mi humilde opinión hay que huir siempre del que convierte su profesión en un espectáculo circense salvo claro está que sea trapecista, payaso o similares ya que entonces me parecería perfecto, pero si es crítico literario… entonces no se yo si podría ser quizás que Bloom en el fondo tuviese un alma de payaso. Y casi que me reafirmo en la posibilidad “payasera” si como bien sorprende al amigo Javier Gallego, no pone a Edgard Alan Poe en un lugar muy prominente en la literatura, por tanto mi precipitada conclusión sería que lo entierren en un barril de amontillado, porque desde la Universidad, Yale incluida, debe de impartirse sobre cualquier otra materia la SENCILLEZ y la HUMILDAD. (luego ya si no quedase mas remedio podremos ser astutos como serpientes) Saludos¡¡

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