¿Cómo reconocer el genio en literatura?

He escrito mucho sobre literatura en estas páginas mías, aunque no tanto como me gustaría. Me he lamentado de la deserción de la verdadera crítica literaria, he abominado de autores españoles hodiernos, he intentado dejar claros mis gustos y mis inclinaciones en este compleja y vetusta forma de arte, he escrito sobre novelas y novelistas, sobre estilos y conexiones entre grandes obras, e incluso me he atrevido a esbozar, siquiera sugerir, algunos valores narrativos inherentes a la narrativa escrita. Pero esta gran pregunta, que me la ha suscitado un amigo lector y compañero de fatigas articulistas, nunca me la había planteado, y tengo la extraña, seguramente controvertida, poco defendible idea, de que muy pocos, a su vez, se la han planteado a sí mismos, dando todo el mundo por sentado lo que es un gran escritor, cuales son los factores de su ADN, cómo se le reconoce y hasta cuál es su aspecto y su forma de ser, cuando probablemente lo que están haciendo es valorar ese fenómeno a posteriori, como diciendo que ayer efectivamente llovió, cuando se repasan las carreras de los grandes genios que todo el mundo conoce.

Los de siempre: Dante, el maldito Shakespeare, Cervantes, Tolstoi, Dickens, Hugo, Dostoyevski, Goethe, Melville, Proust, Woolf, Kafka… Se decidió, en determinado momento, sobre todo por parte de la crítica especializada, que esos, y otros como ellos, eran los grandes nombres, las grandes catedrales inamovibles, obligatorias, de la literatura. Pero el lector medio tampoco tiene claro el porqué. Y a esos gigantes inamovibles podemos sumar otros y otras, cientos, quizá algunos miles, entre los que también, claro que sí, existen muchos anónimos que jamás llegaron a ser considerados por editoriales o crítica, o que ni siquiera llegaron a los lectores, y que por tanto fueron silenciados, acallados para siempre, como si ni siquiera hubiesen existido jamás. Como Mozart, Beethoven, Bach, Wagner, Haydn, Schubert, Stravinski, Prokofiev, Shostakóvich… y muchos más, que guardan en su interior el inefable don del genio musical, de los que también todo el mundo, hasta los que jamás escucharon más de una sola composición suyas (o ninguna) sabe que son los grandes monstruos de la música, y que albergan el gen concreto, lo mismo sucede en literatura. ¿Dónde está ese gen? ¿En qué consiste? ¿Cómo se manifiesta? ¿Es fácil de encontrar, de detectar?

A lo máximo que llegan algunos, que intentan no llegar a los sesenta siendo unos verdaderos zotes, es a acercarse a algunos clásicos, o a algunos románticos, como Byron, o a algunos a caballo entre los siglos, como Zweig, y ya con eso creen que entienden de qué va esto de la gran literatura y los grandes escritores, que la asignatura está aprobada, y siguen sin tener mucha idea de por qué están leyendo precisamente eso, ni por qué es grande o debería serlo. Yo sólo puedo hablar de mí, claro, de lo que yo considero gran literatura, y sobre todo de por qué la considero así. No sirve eso de agarrarse a un gran nombre, leerle y pensar que has llegado a algo. Hay que ir más lejos si se quiere responder a la pregunta que encabeza estos párrafos. Hay que llegar a sitios concretos. Y quizá para eso va a ser imprescindible acogerse a figuras que me ayuden a explicarme. Va a ser necesario emplear el exempli gratia.

Tomemos a Poe. Sí, a ese, a Edgar Allan Poe. A pesar de que su obra se compone mayoritariamente de narrativa breve, pues escribió medio centenar de cuentos, más que novelística, ya que una única novela jalona su breve trayectoria, además de su ingente trabajo crítico y periodístico, se le considera no solamente el padre de la literatura gótica norteamericana (de la que beben desde H.P. Lovecraft hasta Stephen King), el inventor del cuento detectivesco moderno (medio siglo antes de Sherlock Holmes, que es un plagio en toda regla de su Dupin), e incluso uno de los máximos precursores de la Sci-Fi y del relato metafísico. Casi nada. La influencia de Poe, pese a su azarosa vida y a su breve obra, es inmensa. ¿Es por eso Poe un enorme escritor? Pues sí, por eso y por otras cosas también. Existen escritores influyentes que no son grandes literatos. ¿Por qué en mi opinión Poe sí lo es? Porque tenía un mundo propio, en primer lugar. Porque vivía por y para la literatura, en segundo. Y porque poseía un estilo muy definido, que era, en realidad, el verdadero protagonista de sus historias. Y el estilo lo es todo en literatura.

Los lectores valoran una trama muy elaborada, muy pensada…yo diría esquematizada, mecánica, en la que cada elemento sea casi una pieza de ajedrez en un inmenso tablero en que el escritor lo tiene todo dispuesto de forma maquiavélica, y cuando la peripecia concluye, se queda con la boca abierta, porque ve el puzzle por entero y se admira de la habilidad suprema del escritor. También valoran una reconstrucción histórica muy documentada, en la que se noten las horas (y los meses) de investigación, que cada vez que se dice un nombre, o se hable de un objeto, sea con conocimiento de causa… poco importa que el lector no tenga ni idea de ese momento histórico, o de esa cultura primorosamente llevada a las páginas, porque si lo busca en la wikipedia, o en la enciclopedia de su abuelo, resulta que será verdad. ¿Por qué los lectores valoran esas dos características más que ninguna otra? No tengo ni la menor idea. Pero la verdadera gran literatura no tiene nada ver con todo eso.

Volvamos a Poe. Escribió un ensayo magnífico titulado ‘Filosofía de la composición’ (lo tengo aquí mismo…puedo ver su lomo si me asomo a la librería) en el que explicaba sus ideas acerca de la mera composición de un relato, desde el principio hasta el final. Además de valioso e interesante, da fe de que Poe reflexionaba sobre el arte que había elegido cultivar mucho más que la mayoría de sus contemporáneos. No creo que sea casualidad que los artistas que más y mejor meditan sobre su arte (Van Gogh, Tarkovski, Bach…) llegan más lejos y son más recordados que muchos otros. Y eso, me temo, se refleja en su estilo. El estilo, mucho más que la forma de estructurar la historia, o que la investigación documental, es lo que hace a un gran escritor, porque es la manifestación pura de su intelecto, de su conexión con las letras. El estilo es la pureza con la que las palabras brotan de la mente y llegan a la pluma, al teclado, hasta el punto en que no escriben lo que piensan de forma de directa, sino que piensan al mismo tiempo que escriben.

Y del estilo, como un río del que nacieran varios afluentes, surge todo lo demás. Surge la luminosidad de las ideas que manan del texto, ya sea de ficción o no ficción, surge la calidad de la prosa, su pertinencia estética; por no decir la fuerza de la historia, la riqueza de los personajes, la energía de las situaciones, el mundo que el escritor está levantando y que debe hacerse totalmente creíble a nuestros ojos, hasta conformar un segundo nuevo, tan vibrante, o más, que el nuestro. Y esto vale también para la no ficción. Creo que un gran escritor ha de dominar varios géneros sin el menor problema, y ser novelista y al mismo tiempo cuentista, y cultivar la poesía, y un poco el teatro, o ser un dramaturgo y al mismo tiempo un guionista, y ensayista, y crítico, y en todo eso ha de dejar su huella. ¿Para qué hacer lo que otros ya han hecho? ¿Para qué repetir fórmulas? Un gran escritor ha de roturar caminos nuevos. Y esto no tiene nada que ver con la supuesta originalidad de las historias, ese concepto tan manido y falso de lo original, sino ser original él mismo, ser único.

Lo que un escritor, si quiere ser grande, ha de buscar son grandes metas, como el conquistador que se lanza a por nuevos mundos. El escritor, el narrador o ensayista, ha de ser audaz, ha de autoimponerse retos formales. Demasiados bobos como Juan Gómez-Jurado creen que una gran novela es más importante o puede ser un clásico si trata “grandes temas”, como la esclavitud, el amor prohibido, la tolerancia o la igualdad de género. Esto es una falsedad. Una gran novela, un gran cuento o una gran obra de teatro, si son arte, es porque llegan a donde nadie llegó y a donde casi nadie se atreve a ir, desde un punto de vista formal. Ha de ser un viaje no solamente para el lector, sobre todo para el escritor, que ha de visitar oscuridades inimaginables y volver para contarlo

¿Y cómo lo cuenta? Con una prosa en la que como el vino se destilen ideas y casi una forma de pensar. Y con unos personajes interesantes, vivos y creíbles. Porque una creación artística ha de estar viva, y nada lo demuestra más que las criaturas que la pueblan. Y del mismo modo que unos hijos idiotas o calvos habrán sido engendrados por padres idiotas y calvos, muy probablemente, siguiendo el viejo refrán de que de tal palo tal astilla (con excepciones, por supuesto), un escritor idiota engendrará criaturas idiotas, torpes, imbéciles, mezquinas y fatuas, escritas con torpeza, mezquindad y fatuidad. Y un gran escritor, una gran mente, engendrará criaturas probablemente imperfectas, quizá terribles, sin duda amorales o incluso terroríficas, pero también magníficas, inolvidables, bellas y sobre todo vivas, muy vivas, con más encarnadura que la gente con la que nos cruzamos por la calle o con la que compartimos nuestro espacio de trabajo.

Hace poco me leí ‘Pasenow o el romanticismo’, de Hermann Broch. ¡Qué claridad de ideas, qué rotundidad de comienzo, qué personajes tan vívidos! La mente del novelista no solo planea por toda la historia, sino que penetra en todos sus intersticios con fuerza abrumadora. No me toma por tonto ni se pone a sí mismo en un pedestal, sino que eleva mi inteligencia compartiendo la suya. Su refinada prosa me lleva por los aires y hace flotar cada escena, cada diálogo. Los hace creíbles, cercanos, rugosos, y las tribulaciones de Pasenow se me antojan como algo real, inevitable. No hay aquí un armazón dramático poderoso, ni una investigación de costumbres y culturas, com en las novelas de hoy, sino que desde el mismo comienzo, como si al abrir la primera página un vendaval de inteligencia y buen gusto entrara en mí. Esto pasa con algunas novelas o algunos cuentos u otras creaciones literarias.

Ya he comentado que hace unos meses me leí ‘The Hamlet’, de Faulkner, que aquí se llamó ‘El villorrio’. Es una magnífica novela, pero contiene además una sección, llamada ‘Eula’ (que es como se titula el segundo libro) que es absolutamente sublime. Es música, tal cual. Pocos escritores pueden llegar a este nivel, y siempre me asombro de que se compare a este escritor con Hemingway y Fitzgerald, que no tienen nada que hacer con él. Yo creo que ni siquiera Joyce o Woolf, siendo extraordinarios, pueden ser rivales para Faulkner, por la sencilla razón de que nunca escribieron nada como esto. Esta sección, está escrita pensando al mismo tiempo que escribe. Parece compuesta de un tirón, en una sola respiración. Son aproximadamente cuarenta páginas las más geniales, en las que bullen media docena de personajes. Faulkner no cuenta sino que narra, muestra, susurra casi, sus idas y venidas, sus pensamientos, sus pasiones, sus contradicciones, su belleza interior y también lo que tienen de terribles, con una prosa que es puro ritmo y cadencia. Es algo indescriptible.

Porque eso, y con esto termino, es lo que ha de buscar en mi opinión un gran escritor, por encima de la verdad, la sabiduría y la lucidez. Ha de buscar la belleza. Y la belleza no es un jarrón chino colocado en una mesa, ni el cuadro de una puesta de sol. La belleza en narrativa, en poesía y en dramaturgia es la de los personajes, las peripecias que viven, el mundo creado para ellos, la capacidad de reflejar en él nuestro mundo, la de sentirnos identificados, la de sentirnos menos solos. La belleza es la de la composición, no la de representación, la de la creación de una vida imperfecta pero vibrante, nítida, no la de una recreación costumbrista. La belleza de una mirada y de una voz, de unas ideas, las del escritor o escritora que con su talento, con su mente, con su arte, ilumina nuestro interior y nos hace más libres, nos da un pedazo de verdad, su verdad, nos hace más también más terribles, más fragmentarios, y más lúcidos, más despiertos.

Todo esto, y alguna cosa más que me he dejado en el tintero, es lo que yo creo que hace de un escritor un gran escritor, un escritor de genio.

8 comentarios sobre “¿Cómo reconocer el genio en literatura?

  1. Muy buen texto, sí señor. Hay fragmentos que poseen belleza, sin duda.
    Por otro lado, estoy totalmente de acuerdo contigo, especialmente con que un gran escritor debe dominar con soltura varios géneros literarios. Es algo que tienen todos los grandes.
    Me ha encantado, la verdad. Enhorabuena, amigo.
    Un abrazo!!!

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  2. Me ha gustado muchísimo este artículo Adrián. Creo has sintetizado de una manera bastante clara y concisa un debate que nos lleva a muchos de cabeza.

    Me gustaría aprovechar el artículo para preguntarte, ¿qué personajes, del mundo de la literatura, han sido los que dirías que más te han marcado o fascinado? Me refiero a esos personajes que son más humanos que muchos humanos.

    Por otro lado, has mencionado la cuestión de los ensayos, con lo que estoy bastante de acuerdo contigo. Suelo leer ensayos sobre Historia y a menudo se obvia que la prosa debe de ser tan buena como si de una ficción se tratase. Tengo ya en la recámara el ensayo de Tarkovski para leerlo en cuanto pueda pero, ¿qué otros ensayos que hayas leído, y que consideres imprescindibles recomendarías?

    Un saludo y gracias por tu labor.

    Le gusta a 2 personas

    1. Qué de preguntas me haces…

      Personajes, muchísimos. Hay grandes creaciones que jamás se te van de la cabeza, desde El Quijote (el primero de todos ellos y el más desconocido en gran medida), pasando por el Ahab de ‘Moby Dick’, Lady Bracknell en ‘La importancia de llamarse Ernesto’, el juez Holden en ‘Meridiano de sangre’, Darl Bundren en ‘Mientras agonizo’, Joe Christmas en ‘Luz de Agosto’, Virgilio en ‘La muerte de Virgilio’, Beatriz en ‘La divina comedia’, Lodovico Settembrini y Naphta en ‘La montaña mágica’, Satán en ‘El paraíso perdido’, Dupin en los cuentos de Poe, y muchos más…

      En cuanto a ensayos o no ficción, no sabría decirte así en frío. Muchos. Desde ‘El elogio de la sombra’ de Tanizaki, hasta las ‘Cartas a Theo’ de Van Gogh. Literalmente cientos. Ya iré hablando de todo eso en sucesivos artículos, si la salud y el tiempo lo permiten

      Gracias a ti por tu comentario!

      Le gusta a 3 personas

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