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Yo creo que treinta y dos años ya son suficientes. Muchos recuerdan todavía aquella aparición de “una serie de animación para espectadores más adultos” sobre una familia de piel amarilla y cuatro dedos en lugar de cinco, que venía a revolucionar la televisión, allá por diciembre de 1989 en EEUU, y unos pocos meses más tarde aquí en España, y creo que nadie se habría creído que en 2020 aún seguiríamos no solo con nuevas temporadas de ‘Los Simpson’, sino con reposiciones interminables de varias de sus primeras temporadas (la 8, la 9, la 10 y la 11, sobre todo), sin que parezca asomar por el horizonte un previsible cierre de la serie, con lo que quizá podamos tener casi aseguradas, por lo menos, cuatro o cinco temporadas más, a pesar del indiscutible declive de la serie, no precisamente desde hace cuatro o cinco años, sino desde hace bastante más tiempo. Por eso digo que creo que treinta y dos años en antena son suficientes, al menos para mí, pero está visto que para muchos no.

Yo creo que la decadencia comenzó, de manera casi irreversible, allá por la temporada catorce. Esta serie se había caracterizado siempre por retratar la vida de una familia de clase trabajadora, bastante estrafalaria, que por supuesto era un reflejo distorsionado de nuestra realidad (especialmente, la realidad estadounidense), no solamente en las relaciones familiares, por supuesto, sino en la sociedad en su conjunto, con sus hipocresías, sus mezquindades, sus absurdos y sus esperpentos. Pero siempre con honestidad, con inteligencia, remozando a conveniencia los códigos de algunos géneros cinematográficos en ciertos episodios, tensando la cuerda de la sátira lo justo y necesario, desmadrándose algunas veces, pero siempre con un ojo puesto en la realidad, con episodios memorables. A partir de la temporada catorce todo eso cambió, poco a poco, y luego sin remisión, además de ser la primera temporada en la que ni uno solo de sus episodios, sin ser realmente malos, era en verdad memorable. Ni uno.

Eso no significa que no alberguen algún hallazgo, o algún chiste brillante a costa de Homer, pero la chispa de la serie se acabó ahí, y desde entonces han recurrido al gran personaje que es el padre de la familia para mantener vivo el interés. Y no está nada mal: pocas series tienen trece temporadas en plena forma. La gran mayoría pueden contentarse de tener dos o tres realmente buenas. ‘The Simpsons’ es historia de la televisión. Eso nadie lo duda. Pero para haberse ido con dignidad e inscribirse en letras de oro, tendría que haberlo hecho hace más de catorce años. Y eso es mucho tiempo. La única razón por la que se ha mantenido en antena, me temo, es porque da mucho dinero: se vende a todo el mundo, y su baja audiencia y sus malas críticas no impiden que siga generando una gran cantidad de dinero. Pero es imposible ver un episodio de las últimas diez temporadas y reírse como lo hacíamos antes, como aún podemos reírnos cuando volvemos a ver el cualquier episodio de las trece primeras temporadas, por muchas veces que lo hayamos visto ya. ‘Los Simpsons’ ya no es una sátira de la sociedad de finales del XX y principios del XXI, se ha convertido en una parodia de sí mismo. Ningún chiste hace gracia, ni uno solo. Los guiones son torpes. La animación es ahora mucho peor que antes. Incluso han prescindido del músico habitual de la serie, Alf Clausen (no el autor del tema principal conocido por todos, a cargo de Danny Elfman, sino de la musica incidental, crucial para el tono de la serie), alegando incapacidad pero con toda seguridad para abaratar costes.

Pero hubo un tiempo en que ‘Los Simpson’ fueron grandes, muy grandes. Como me dijo un profesor mío de la escuela de cine: hay episodios en los que están sembrados, que son la mayoría. Es verdad. Es en esos episodios en los que debería estar cimentada la leyenda de la serie, aquellos capítulos extraordinarios, uno tras otro, en los que daba igual que a Homer le contratara un supervillano internacional, que se convirtiese en un improbable boxeador profesional, o que el señor Burns encontrase a su hijo perdido, o que Bart se pusiera trabajar en una casa de variedades… los responsables de la serie sabían dar en la diana con tres factores insuperables: una historia sorprendente, unos personajes muy bien trazados y unos diálogos que bordeaban el absurdo sin caer en la memez. Y hablamos de personajes magníficos, patéticos, a menudo sombríos o poco inteligentes, como el dueño del bar más cutre imaginable, Moe Szyslak, el director de escuela más gris de la historia, Seymour Skinner, el estrambótico regente del badulaque, Apu Nahasapeemapetilon, o el padre de familia más borracho, idiota, machista, maltratador, bocazas, violento, impulsivo, en peor forma, calvo, tragón, el ínclito Homer Simpson, que es por derecho propio uno de los caracteres más notables de las últimas décadas, y no solamente de la animación o de la caja tonta.

Sospecho que Billy Wilder, Woody Allen o los hermanos Coen habrían dado el brazo derecho por firmar algunas de estas frases:

“Mi hijo no es comunista. Podrá ser mentiroso, cerdo, idiota, comunista, pero nunca una estrella de porno”, Abe Simpson sobre su hijo Homer.

“No estoy en condiciones de conducir… un momento… no tengo por qué escucharme a mí mismo, estoy borracho”, Homer

“Niños, que no me importe lo que decís no significa que no esté escuchando”, Homer.

“No os preocupéis, la mayoría de vosotros no os enamoraréis, tan solo os juntaréis con alguien por miedo a morir solos”, Edna Krabappel a sus alumnos.

“Operadora, deme el número para el 911”, Homer.

“Lisa, los vampiros son seres inventados, como los duendes, los gremlins y los esquimales”, Homer,

“Homer no funcionar cerveza bien sin”, Homer.

“Dicen que el alcohol borra la memoria… de lo demas no me acuerdo”, Barney.

“La opresión y la tiranía son una pequeña tasa por vivir en el país de la libertad”, señor Burns.

O por escribir este diálogo:

O este:

O este:

Entre decenas y decenas más, o episodios tan extraordinarios como aquel en que Homer se compra una pistola, o aquel otro en que Apu ha de pasarse por el marido de Marge, o el del falso ángel petrificado, o el de la secta… que podemos ver cien veces y nos partimos de risa, porque sus guionistas estaban tocados con la varita mágica de la comedia imperecedera, la que por alguna alquimia nunca pasará de moda, ayudados además en España por el extraordinario doblaje (en animación estoy a favor de que cada cual ponga su doblaje) de Carlos Revilla, cuya voz será para siempre la de Homer, aunque por desgracia murió en la temporada 11 y nos dejó a todos bastante huérfanos.

Pero la gran serie Matt Groening siempre será ‘Futurama’, aunque de mi admiración por ella hablaré en otra ocasión. De momento aquí queda mi voto, anónimo, que a nadie le importa un carajo, pero honesto y con fundamento, para que ‘Los Simpson’ echen el cierre antes de la temporada 40.

4 comments on “Cuando ‘Los Simpson’ eran grandes

  1. Templo dice:

    Precisamente antes de entrar a tu blog a leer esta entrada estaba hablando con mi novia de esta serie (se sabe prácticamente los episodios de memoria).

    Ambos coincidíamos, al igual que tú, en fijar el declive en torno a las temporadas 13-14. Hasta ese momento la serie era sublime.
    Ahora mismo no soporto ver más de dos minutos.

    Acabamos también hablando de Futurama, y llegamos a tu misma conclusión. En su conjunto es un serie mucho más redonda, muy probablemente, por apearse a tiempo. Espero con ganas ese artículo.

    ¡Un abrazo!

    Le gusta a 2 personas

    1. Pues fíjate, 17 temporadas bastante nefastas. Yo no creo que haya serie con tantos años aburridos, grises o simplemente olvidables. Pero ‘Los Simpson’ ya son un icono cultural.

      Abrazote!

      Le gusta a 1 persona

  2. El capítulo del trillón de dólares es brutal

    Le gusta a 2 personas

    1. Tantos y tantos… ese que dices tú lo habré visto un millón de veces

      Le gusta a 2 personas

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